¡Muchas gracias por vuestros reviews! Espero que os guste este capítulo sobre Gray y Wendy a petición de Otaku12FT :))
Publicación rápida; las musas componiendo canciones sobre mí.
Habréis notado que he cambiado el título; no me gustaba para nada, pero en su momento no tuve una idea mejor.
04
Por una moneda de oro
No hacía mucho sol aquella mañana de sábado, y la mayoría de los magos de Fairy Tail se encontraban en alguna misión o perdiendo el tiempo bebiendo cerveza. Otros habían salido a dar un paseo por la ciudad, pero a los pocos minutos tendrían que regresar, pues se avecinaba una tormenta.
—¿Qué haces?— preguntó Gray a Wendy que, sentada sobre una mesa, parecía estar muy concentrada en observar entre las rendijas de la madera.
—Hay una moneda de oro incrustada entre la madera— contestó. Entonces metió sus finos dedos y trató de sacarla, pero no pudo. Se cruzó de brazos y se puso a reflexionar sobre cómo sacar la dichosa moneda. Gray la observó y sonrió.
—Podrías pedirle ayuda a Charle. Ella tiene las manos más pequeñas que tú.
Wendy se giró y negó con la cabeza.
—No; ella está con Happy y Natsu. Ya he intentado usar mi magia, pero está tan bien encajada que no sirve de nada.
Gray se levantó y dió un rodeo hasta situarse delante de la peliazul. Observó la moneda con atención, encontrando en aquel problema una distracción al aburrimiento de la tarde.
—Y reluce— comentó.
—¿Crees que la magia de hielo serviría?
El mago intentó también meter los dedos para sacarla, pero ni siquiera pudo rozarla. No estaba a demasiada profundidad, apenas medio centímetro, pero era suficiente para causar un cierto malestar y una inquietud entre ambos.
—No lo sé— contestó.— Podríamos intentarlo.
Gray se situó debajo de la mesa, pues la dichosa moneda estaba más cerca por arriba que por abajo, y empezó a empujar con un fino palo de hielo. Sin embargo, no salió, y aquello lo enfadó.
Entonces se levantó otra vez y se sentó al lado de Wendy. Ambos observaron en silencio la moneda, pensativos, hasta que un grito de un mago borracho los sacó de sus pensamientos.
—¡No seas pedófilo, Gray! ¡Aléjate de esa monada!
Wendy se puso tensa e inconscientemente se alejó un poco del mago de hielo. Él, en cambio, se levantó y encaró a Macao, que llevaba encima unas cuantas cervezas de más.
—Sí, sí, sí— decía el borracho— lo que tú digas, pero Wendy ya se ha ido~
Gray se giró y un relámpago sacudió su cuerpo. ¿En serio esa pequeña inocente se habría creído que iba tras ella?
—Tsch...
—No finjas que te da igual, pedazo de bobo.
—Deja de decir estupideces, Macao, que le causas problemas a los demás.— Y salió caminando con tranquilidad del gremio para encontrarse con Wendy y aclarar el posible y absurdo malentendido.
Sin embargo, no la encontrará tan pronto.
A causa de las palabras del borracho Macao, Wendy se había puesto roja hasta las orejas. Lo cual no era sorprendente: se trataba de una maga muy tímida. Pero había algo más, un motivo más especial por el que no quería que Gray la viera sonrojada por esas palabras.
Y es que Wendy llevaba un tiempo pensando en cosas que no quería pensar, y fijándose, también, en cosas en las que no se quería fijar.
Tal vez fuera por su condición de adolescente, y el que sus hormonas estuvieran alteradas, pero des de hacía varias semanas, cuando Gray Fullbuster se desnudaba, no podía evitar lanzar alguna miradita discreta y sonrojarse. Y pensar, también, que menudo cuerpo tenía el mago. Y entonces se asustaba de sí misma y se sonrojaba y salía corriendo y se escondía y se sentía mal porque sabía que estaba enamorándose del exhibicionista.
Y eso estaba mal. Por eso debía mantener la compostura y evitar que alguien se diera cuenta.
En aquel momento, Wendy estaba escondida debajo de un puente cerca de la casa de Lucy. Ella no estaba, tampoco, pues había salido con Levy y su equipo a ayudar en una misión. Por eso su casa no era una opción.
Wendy estaba encojida, abrazando sus piernas y con el rostro encajado entre sus rodillas. Estaba tan nerviosa por lo que había dicho Macao que hasta temblaba un poco.
—¿Wendy?
Peor aún que las palabras de un borracho fue ver que era pésima escondiéndose. Dio un brinco por el susto y se alejó un poco de Gray, que esbozaba una sonrisa amable.
—No te habrás asustado por lo que dijo Macao, ¿verdad?— Se sentó en el suelo, a un metro de distancia de ella y, sorprendentemente, vestido.— Últimamente te noto extraña. ¿Te intimido o algo?
Temblaba. Negó repetidas veces con la cabeza.
—No, no, no es eso. Gray es una persona muy amable.— Se quedó pensando una escusa mejor.— Antes me estabas ayudando con la moneda atascada y no pasaba nada, ¿no?— Y se rió nerviosa.
Gray entornó los ojos.
—¿Segura?
Asintió, sonriendo.
Gray, sin embargo, no se marchó. Se quedó allí, sentado, observándola intimidantemente.
—Pues yo diría que me escondes algo. Mira; sé que seguramente no es asunto mío y que no tenemos una relación muy cercana, pero puedes confiar en mí para lo que quieras.
—Muchas gracias, Gray— contestó, educada.— Pero no me sucede nada.
Él se encogió de hombros y se tumbó, observando la parte baja del puente. Y empezó a llover, de repente. Fue un gran chubasco, y Wendy se vio obligada a sentarse al lado de Gray para evitar mojarse, hecho que le produjo mucha vergüenza.
Al parecer, estaban obligados a permanecer juntos hasta que amainase.
—No te creo— insistió él.— Llevo un tiempo fijándome en que huyes de mí. Si me lo contaras, podríamos solucionar el problema.
Wendy no sabía qué decir en una situación tan problemática como aquella. Se quedó pensando en un modo de excusarse, y dijo lo primero que se le vino a la cabeza.
—Gray también huye de Juvia cuando la ve, a veces.
El muchacho se levantó de golpe.
—¡Eso es diferente! ¿O es que me consideras un acosador de verdad?
—Macao usó la palabra «pedófilo»— contraatacó enfurruñada.
A la Dragon Slayer le molestaba que la trataran como una auténtica niña pese a tener ya catorze años. Gray a penas tenía cuatro más que ella; la distancia no era tanta. Pero, claro, ella no tenía pechos y todo el mundo estaba empeñado en hacérselo saber.
—Ya, sí, pero incluso si tú y yo tuvieramos ese tipo de relación no sería pedofilia.
—¿Ah, no?
—¡Por supuesto que no! Si no me equiboco, ya tienes una edad.
Wendy jugueteó con sus dedos, nerviosa. Al menos el principal interesado no estaba diciendo que jamás saldría con ella porque tal acto se consideraría pedofilia.
—En fin— suspiró Gray—, ¿vas a decirme lo que te ocurre o tengo que arrancártelo a cosquillas?
Levantó sus manos amenazantes y Wendy rogó para que se detuviera. Odiaba las cosquillas. Eran su principal y mayor debilidad. Sufría cuando se las hacían como con nada más.
—No, no, no; eso no, porfabor, Gray, no lo hagas...
—Entonces deberás decirme qué es lo que te pasa y juntos trataremos de solucionarlo, ¿vale?
Wendy observó las manos levantadas del chico y luego observó las suyas propias. La tormenta seguía cayendo muy fuerte, y sería una descortesía muy grande salir corriendo y dejarle ahí solo.
La joven se levantó e inspiró fuerte.
—¡MIRA GRAY, ES UN UNICORNIO ROSA!— señaló a sus espaldas y, cuando por instinto él se giró, Wendy aprovechó para salir pitando de debajo del puente y perder de vista al muchacho.
—¿Pero qué coño...?
Gray se había enfadado. No enfadado de verdad, sino como las rabietas que tenía a menudo con Natsu. A él no se la jugaban de un modo tan patético —aunque la mayoría de la gente no habría caído en un truco tan estúpido—, así que se levantó también y se puso a correr tras Wendy.
La chica era muy mala en deportes, lo sabía.
Por eso no tardó en alcanzarla y ella, aterrada ante la idea de ser sometida a las cosquillas, hizo un mal movimiento y cayó torpemente sobre el pavimentado de piedra.
Gray se detuvo, sintiendo una oleada de culpabilidad.
—¿Estás bien? ¿Te duele algo? Lo siento mucho, no pretendía...
—Estoy bien— contestó, con un par de lágrimas disimuladas por la lluvia. Sentía un dolor inhumano en la pierna, y temió haberse rasurado y necesitar puntos. Por la cara de Gray, pero, parecía que no estaba desangrándose.
—Te ayudo a levantarte— dijo él, tomando su brazo para levantarla. Pero ella negó con la cabeza y lo apartó bruscamente. Le dolía la piernas como mil infiernos.
—No— dijo. Tras pensarlo un poco, añadió: —me duele la pierna...
Gray sonrió amablemente ante la tozudez de la pequeña.
—Te llevaré hasta el gremio.
—Puedo curarme yo misma.— Levantó su mano hasta la altura de su pierna y se concentró para sanar el hueso roto. Tardó unos minutos. Gray no se movió.
Cuando hubo terminado, se levantó ella misma e inspiró profundamente.
Gray bajó la mirada algo molesto consigo mismo por haber provocado que Wendy se hiriera.
—Lo siento— dijo.
—No es nada.
—Deberias decirme qué es lo que te pasa conmigo. No me gusta ver que me evades.
Wendy suspiró.
—No me pas ¡Ah!
Gray no la dejó terminar. La abrazó fuertemente contra sí y sonrió como todo un vencedor.
—Ahora ya no puedes huir. O me dices qué demonios te ocurre conmigo o te hago cosquillas.— Para probar que podía hacerlo en esa posición, le regaló un prólogo de la tortura estando aún entre sus brazos.— ¿Qué decides?
—No, no, no, no... cosquillas no, Gray, no las aguanto...
—Entonces dímelo.
—¿Por qué tantas ganas por saberlo? Si fuera Juvia, ¿la presionarías tanto?
—Ella jamás me evitaría, en primer lugar— contestó. Con tono de falso amenazador añadió:— Vamos, Wendy, el tiempo pasa y mis manos quieren hacer cosquillas...
—¡No, no, no!— Wendy se revolvió entre sus brazos, que la sujetaron con fuerza pese a las energías de la muchacha.
—Entonces, confiesa.
La lluvia parecía ir calmándose poco a poco. Wendy no tenía alternativa.
—Creo que me estoy enamorando de Gray— confesó.
Con la sorpresa, él soltó su agarre y Wendy aprovechó para salir corriendo de allí.
...
Había pasado una semana desde la gran confesión —forzada— de Wendy, y Gray no podía dejar de observarla y sentirse irritado.
Estaba con Romeo. El maldito hijo de Macao; de tal palo tal astilla.
—¿Hacia dónde prestas tanta atención?— preguntó Lucy, al ver que el mago de hielo no intervenía en la conversación.
—Eso, Gray, ¿hacia dónde?— se unió Erza.
Ambas chicas dirigieron su mirada hacia el punto dónde él la tenía perdida y sonrieron con dulzura ante la escena que contemplaron.
Y Gray, que creyó haber tenido suficiente, fue testigo de una dulce confesión de alguien dulce y amable y todo lo que Dios quisiera.
—Oooh~ ¡Le trajo rosas!— se emocionó la maga celestial.— Romeo y Wendy hacen una estupenda pareja, ¿no crees, Gray?
En la mesa de los nombrados estaban Romeo, Wendy y Charle. La última de espectadora, y parecía muy emocionada con el espectáculo. El primero, subido a la mesa, estaba arrodillado tendiéndole a la Dragon Slayer del cielo un ramo de hermosas rosas.
Pero Wendy no parecía estar conforme con esa escena. Por un momento, desvió su mirada hacia Gray y vio que la observaba con el entrecejo fruncido. Se levantó, se inclinó hacia Romeo educadamente y tras un «lo siento» apresurado abandonó el gremio, que quedó en un absoluto silencio.
Gray fue tras ella.
...
—¿Por qué has salido corriendo?
Wendy se sobresaltó y limpió las pocas lágrimas que asomaban de sus ojos. Gray la había encontrado de nuevo, en el mismo sitio. No se le ocurrió otro lugar más que bajo ese puente de piedra.
—¿Es lo que haces cuando la situación te supera; correr?
—No, no es lo que hago.
—Pero el otro día lo hiciste, y hoy también.
—Pero no suelo hacerlo— protestó, enfadada.
Gray se sentó a su lado, tal vez demasiado cerca para el gusto de la muchacha, que se creía rechazada por enana.
No dijeron nada durante un rato, porque ni ella ni él tenían la menor idea de cómo tratar con la situación.
Al final, él habló.
—Me sentía apenado y cabreado cuando Romeo se te confesaba. Supongo que tú sabrás lo que significa, ¿no?
Ella asintió.
—Aunque si lo digo sonaré muy prepotente.
Él sonrió.
—Lo sé.
Gray acarició el pelo de Wendy que, sobresaltada, giró su cabeza temblorosa para comprobar si lo que sucedía sucedía de verdad. Él se acercó un poco, no demasiado y, cuando estuvo a punto de rozar sus labios, se detuvo.
—¿Sigues creyendo que no es una mala idea que estemos juntos?— le preguntó a Wendy.
—Eso no ha cambiado.
Entonces él volvió a acercarse y la besó definitivamente.
El beso fue tierno y dulce. Ella posó su mano en su hombro, casi sin creer lo que estaba sucediendo, y él acarició su pelo y su espalda como si se tratara de una preciada joya que necesitara cuidar y proteger.
Gray continuó besando a Wendy.
