Disclamer: La historia original se llama Un Soltero Difícil de Gabrie Kritin y los personajes de Sailor Moon pertenecen a la genial Naoko Takeuchi

•·.·´¯`·.·•Ƹ̴Ӂ̴ƷDIFICIL DE ATRAPARƸ̴Ӂ̴Ʒ•·.·´¯`·.·•

Capítulo 3

Serena nunca había estado tan nerviosa antes de una cita. Primero se le estropeó el secador y, como era demasiado tarde para comprar otro, tuvo que apartarse el pelo de la cara y sujetarlo con un par de horquillas. Luego se le hizo una carrera en las únicas medias decentes que le quedaban. De modo que tendría que ir sin medias.

Y, además, tuvo que aguantar a Seyia.

—Soy el cabeza de familia y no me gusta que salgas con Darien Chiba. No me gusta nada.

—Te he dejado un asado en el homo —suspiró Serena, mientras se ponía rímel frente al espejo—. Si te comes todas las verduras, podrás tomar helado de postre.

Seyia arrugó la nariz.

—No me gustan las verduras. Además, esta noche tengo planes.

Serena se volvió para mirar a su hermano. Llevaba el pelo sujeto en una coleta, como siempre, y a juzgar por el trocito de papel higiénico que tenía pegado al mentón, acababa de afeitarse.

—¿Qué planes?

—Prefiero no decirlo. Y no cambies de tema. Estábamos hablando de Darien Chiba.

— ¿Qué pasa con él?

—Que no es tu tipo, Serena. Me han dicho que tiene una lista de requisitos para encontrar la esposa perfecta.

—No te preocupes. No estoy interesada.

—De todas formas, te prohíbo que salgas con él. No me deja usar sus herramientas... excepto la escoba.

—Eres un aprendiz —le recordó Serena—. Tienes que empezar por algo. Dale tiempo.

Seyia negó con la cabeza.

—No me queda tiempo. Ya tengo veintidós años.

Su hermana soltó una carcajada.

—Te compraré un bastón en tu próximo cumpleaños.

—Lo digo en serio, Serena. La vida se me escapa de las manos. ¿Y qué tengo? Nada. Cero —suspiró Seyia—, Es hora de hacer cambios drásticos.

—¿Qué cambios?

—Estábamos hablando de Chiba.

—No, estamos hablando de ti. Quiero saber a qué cambios te refieres.

—Es un secreto.

—Seyia, no hagas ninguna tontería.

—¿Qué quieres decir?

—Los dos sabemos qué quiero decir. Sé que estos últimos años han sido difíciles para ti. Especialmente tras la muerte de papá.

Serena no quería admitir que también habían sido difíciles para ella. La muerte repentina de Kenji Tsukino ocho años antes había dejado a una chica de diecinueve años a cargo de su hermano de catorce. Y ella intentó criarlo lo mejor que pudo con los consejos de su madre desde la cárcel.

—Lo echo de menos. Era mi héroe.

Justo las palabras que Serena no quería oír.

—Yo también quería mucho a papá. Seyia, pero tenía muchos defectos. Era demasiado listo como para pasarse la vida abriendo cajas fuertes ajenas. Debería haber hecho algo.

—Kenji Tsukino era el mejor ladrón de joyas del país. La policía nunca pudo detenerlo.

—Lo sé. Pero el estrés de vivir al otro lado de la ley pudo con él. Sólo tenía cuarenta y siete años cuando sufrió el infarto.

Seyia dejó caer los hombros.

—Podría haberle pasado lo mismo de ser fontanero o carpintero. Además, a él le gustaba mucho su trabajo.

A veces Serena se preguntaba si su padre había amado su trabajo más que a su familia. Nunca pudieron quedarse mucho tiempo en una ciudad y tenían que cambiar constantemente de colegio. Y mentir cada vez que les preguntaban a qué se dedicaba su padre. «Trabaja en el negocio de cajas fuertes», decían. Lo que no contaban era que su especialidad era abrir esas cajas.

Aunque tuvieron una infancia feliz. Los Tsukino eran una familia unida y siempre habían podido depender unos de otros. Por eso Serena no pensaba dejar que su hermano fuera por el mal camino.

—Las cosas ahora son diferentes. La policía detiene a los ladrones con métodos que antes no tenían, Seyia. Si estás pensando en dedicarte a lo que se dedicaba papá, piénsalo dos veces. Hazlo por mí.

En ese momento sonó el timbre.

—Debe de ser Darien.

—Ya voy yo —suspiró Seyia.

—Dile que bajo ahora mismo —sonrió Serena, poniéndose unos pendientes dorados.

—Le diré eso y otras cosas —murmuró su hermano desde el pasillo.

— ¡ No se te ocurra decirle nada!

Serena se miró al espejo. Insatisfecha con su aspecto tiró del escote de la blusa roja. Luego lo volvió a subir. Y lo volvió a bajar.

Con el pelo hacia atrás estaba horrible. Desgraciadamente, estaría más horrible si se lo dejaba suelto porque no había podido alisarlo.

Nerviosa, respiró profundamente, sorprendida por la sensación de vacío que tenía en el estómago. Llevaba meses sin salir con un hombre. Entre su negocio y vigilar a Seyia, no había tenido tiempo de conocer a nadie.

Aunque lo de aquella noche no era una cita de verdad. Darien Chiba había dejado bien claro que no estaba interesado en ella.

Pero, a pesar de su escepticismo sobre el talento adivinador de Madame Luna, no podía negar que Darien le parecía muy atractivo. Había algo en él... algo que casi le hacía olvidar que no debía gustarle.

Darien esperaba en el porche, nervioso. La idea de salir con Serena Tsukino lo intrigaba y lo asustaba al mismo tiempo. Ahora que estaba allí no sabía si llamar al timbre otra vez o salir corriendo.

La advertencia de Nick se repetía en su cabeza: «Ten cuidado, hermanito. Ten mucho cuidado».

Pero él nunca había dejado que el miedo le dictase lo que debía hacer. Además, sólo era una cita. Tampoco iba a pasar nada.

La puerta se abrió y Seyia apareció en el porche con un cuchillo en la mano.

—Ah, eres tú.

—Aparta ese cuchillo. Seyia.

—¿Esta cosita? —murmuró él, mirándolo a la luz del farol—. Es que estaba cortando carne.

—Apártalo —insistió Darien. Después de casi haber perdido un dedo del pie, no pensaba arriesgarse.

—¿Y si no lo hago?

—Entonces tendré que quitártelo yo mismo.

Seyia vaciló un momento, pero después clavó el cuchillo en la tierra de una maceta.

—Muy bien, como quieras.

—Gracias. ¿Puedo entrar?

—No.

Darien dejó escapar un suspiro.

—¿Serena está lista?

—Eso depende. ¿Cuáles son tus intenciones con respecto a mi hermana?

—Voy a invitarla a cenar.

—Lo que quiero saber es qué tienes en mente para el postre.

—Algo dulce... o sea, que no puede ser tu hermana —contestó Darien—. No te preocupes. No estoy interesado en ella.

Eso no era del todo cierto, pero no le gustaba nada la mirada de Seyia.

—Eso espero —dijo él entonces, dando un paso adelante. Su cabeza quedaba a la altura del mentón de Chiba—. Porque si no es así tendrás que vértelas conmigo.

—Gracias por la advertencia —replicó Darien, burlón.

—Acuérdate —dijo Seyia antes de desaparecer. En el fondo era admirable que quisiera proteger a su hermana. Estaba zumbado, pero era un zumbado leal a su familia.

Darien entró en la casa y miró alrededor. Las ventanas tenían cristales emplomados y en el salón había una chimenea de mármol con un diseño intrincado.

Era sorprendente. Serena Tsukino tenía una casa espectacular. Y seguramente era una buena decoradora. Los muebles, sencillos, destacaban la grandeza de aquella casa de principios del siglo XX. Entonces observó la escalera de caracol. Nunca había visto una igual en St. Louis. Debía ser de finales del siglo XIX y estaba en unas condiciones extraordinarias, con la madera brillante, como recién pulida.

Darien acarició el pasamanos, rematado por una cabeza de ángel. Aquella escalera debía valer una fortuna.

Entonces se preguntó quién la habría construido. Una de sus aficiones era estudiar técnicas clásicas de carpintería... Se puso en cuclillas para ver si encontraba una fecha o las iniciales del constructor de aquella obra maestra, pero lo que vio fue algo completamente diferente.

—Qué demonios...

Oyó pasos detrás de él, pero antes de que pudiera volverse algo le golpeó en la cabeza. Darien parpadeó, sorprendido y luego... todo se volvió negro.

Después de echarse laca en el flequillo, Serena se dirigió a la escalera.

—¿Seyia? ¿Darien?

No hubo respuesta. Esperaba que su hermano no lo hubiera asustado. Aunque quizá no era él quien llamó al timbre. En las últimas veinticuatro horas se preguntó más de una vez si le daría plantón.

Sus dudas se convirtieron en aprensión cuando llegó abajo. En el salón no había nadie, pero la puerta de la calle estaba abierta. Serena se asomó y vio un Chevy blanco aparcado delante de la casa.

Sorprendida, iba a cerrar la puerta cuando vio el cuchillo clavado en el tiesto. Parecía como si alguien hubiera querido matar al geranio.

—¿Seyia? ¿Dónde estás?

La bandeja del asado estaba sin tocar. Y por la ventana de la cocina vio el coche de su hermano.

—¿Seyia? —volvió a llamarlo.

Iba a subir por la escalera cuando vio unos za patos. Eran unos mocasines marrones. Y estaban, por supuesto, conectados a unas piernas.

—¡Dios mío! —exclamó. Darien Chiba estaba tirado en el suelo—. ¡Darien! ¿Qué te ha pasado?

Él no reaccionó. Nerviosa, Serena tiró de sus tobillos para sacarlo del hueco de la escalera. Consiguió moverlo un centímetro más o menos. Pero claro, ella no había movido nunca cien kilos de peso muerto. ¡Muerto! No podía ser, no podía estar muerto.

¿O sí?

—¡Darien, por favor, despierta!

Tenía un moretón en la sien y un hilillo de sangre corría por su cara. Estaba muy pálido.

—¡Darien!

No hubo respuesta. Frenética, Serena levantó su cabeza con una mano e intentó hacerle la respiración boca a boca para llevar oxígeno a sus pulmones, pero no parecía servir de nada.

Entonces Darien se movió. O, más bien, movió los labios, buscando los de ella. Seguía teniendo los ojos cerrados, pero la estaba besando con lengua. Luego dejó escapar un gemido, aunque Serena no sabía si de dolor o de placer.

—¿Estás bien?

—¿Qué me ha pasado? —preguntó él, con voz ronca.

—No lo sé. Cuando bajé te encontré tirado aquí.

—¿Aquí dónde?

—En mi casa. Soy Serena, ¿te acuerdas? Serena Tsukino. Teníamos una cita.

—Serena —murmuró Darien, con los ojos cerrados—. He soñado que me besabas.

A ella también le había parecido un sueño. Nunca la habían besado así. Y no era sólo la técnica. Después de todo, el hombre apenas estaba consciente. Era la llama que se había encendido con aquel beso, la conexión que parecía haber nacido entre ellos.

—¿O no ha sido un sueño?

—No, pero tampoco ha sido un beso exactamente —Serena se pasó la lengua por los labios—. Pero eso da igual. ¿Cómo te encuentras?

—Como si alguien hubiera usado mi cabeza para hacer prácticas de béisbol. ¿Qué ha pasado?

—Creo que te atacó un chihuahua.

Darien sacudió la cabeza.

—¿Has dicho un chihuahua?

Serena tomó un perro de escayola que había en el suelo. Una de las orejas estaba rota y tenía una mancha de sangre.

—La mascota de Seyia... es que es alérgico al pelo de los animales. Lo usamos como tope para la puerta.

—Y también parece ser un buen perro guardián. No lo vi siquiera.

—¿Qué estabas haciendo debajo de la escalera?

—La escalera —repitió Darien, cerrando los ojos de nuevo—. Bonita escalera... había mirado debajo...

—¿Para qué?

Él arrugó el ceño, como si estuviera intentando recordar.

—Un nombre. Estaba buscando un nombre.

¿Un nombre? No tenía sentido. Lo cual no debería sorprenderla. Al fin y al cabo. Darien acababa de recibir un golpe en la cabeza.

—Hablando de nombres, ¿te acuerdas del tuyo?

—Claro.

—Dímelo.

—Darien Joseph Chiba. Tengo veintisiete años y vivo en la calle Ravenna, St. Louis, Missouri. ¿Me equivoco?

—¿Veintisiete? Pareces mayor.

—En este momento, me siento como si tuviera ochenta y siete —suspiró Darien, intentando levantarse—. Perdón, noventa y siete.

—¿Te encuentras bien? Quizá debería llamar a una ambulancia.

—No, no, estoy bien. Sólo un poco mareado.

—Sigo sin entender qué ha pasado aquí.

—¿No es evidente?

—No. Tú estabas inconsciente en el suelo y no encuentro a mi hermano por ninguna parte. Pero no puede haber sido Seyia...

—¿Cómo que no? Y, por cierto, un intento de asesinato es algo muy grave.

—¿Qué estás diciendo?

—No me mires con esa cara. Y no te hagas la sorprendida. Seyia abrió la puerta con un cuchillo en la mano, dejando bien claro que no me quería aquí. Y el otro día me asaltó con una sierra eléctrica.

—Eso fue un accidente. Además, Seyia nunca le haría daño a nadie... a propósito —replicó Serena.

—Admiro tu lealtad, pero esto es demasiado. Seyia es una amenaza. Debería estar entre rejas.

Ella se mordió los labios, angustiada. Seyia no sobreviviría ni un día en la cárcel. Apenas era capaz de sobrevivir fuera de ella.

—Sé que es tu hermano — siguió Darien—, Pero tengo que denunciarlo a la policía, lo siento. Si no, es capaz de matar a cualquiera. Y como yo soy su objetivo favorito...

—No lo entiendes. Mi hermano ha tenido una vida muy dura. Nuestra familia es... diferente.

—Te entiendo mejor de lo que crees —suspiró él—. Pero Seyia tiene que aceptar la responsabilidad de sus actos. Y una infancia difícil no es excusa.

—Mira, esto es ridículo —insistió Serena—. Te digo que Seyia no te ha golpeado. Te doy mi palabra.

—Entonces, ¿quién ha sido?

Ella se encogió de hombros.

—Podría haber sido mi tío Leo. A veces aparece sin avisar.

—¿Cómo?

—Leo prefiere actuar y preguntar después. O Frankie.

—¿Frankie?

—Mi primo. Trabaja para un prestamista y le gusta practicar con víctimas despistadas.

—Qué familia más encantadora. Ahora Seyia casi me parece inofensivo. ¿Algún otro tipo violento en tu familia?

—Candy. Otra prima. Odia a los hombres desde que su novio la denunció a los federales.

Darien apretó los dientes.

—¿Quieres que me lo crea?

—¡Es la verdad! Si no me crees, llama a mi madre.

—¿Cuál es su número de teléfono?

—Uno cuatro dos tres siete seis.

—¿Ese es su número de teléfono?

—No, es su número de reclusa. Tienes que darlo para hablar con ella en la prisión de Vandalia.

—¿Tu madre está...?

—En la cárcel, sí —suspiró Serena. Tras la muerte de su padre se había prometido a sí misma no mentir sobre su familia. Así se ahorraba muchos bochornos—. El número de la cárcel está grabado en la memoria del teléfono.

Darien entró en el salón y se dejó caer en el sofá.

—Aquí hay tres números... de tres cárceles diferentes.

—Cuatro, en realidad, si contamos el reformatorio donde está Benson, el hijo de mi tío Leo. Es que le dio por robar un coche el día que cumplió quince años.

—¿De verdad tu madre está en la cárcel?

— Sí, pero saldrá en menos de un mes.

—¿Cuántos Tsukino hay entre rejas?

Serena miró al techo para hacer un cálculo mental.

—Seis, si contamos a Benson. Pero él no está en la cárcel, sólo en un reformatorio.

—Seis —repitió Darien, incrédulo.

—Así que ya ves. Tengo cierta experiencia sobre comportamiento delictivo y te aseguro que Seyia no es capaz de saltarse la ley, aunque le gustaría.

—¿Qué quieres decir con eso?

Serena se mordió los labios.

—Nada.

—Dímelo.

—No es importante.

Darien la miraba, esperando. ¿Qué había en sus ojos, compasión, comprensión? ¿Pánico?

—Muy bien, te lo contaré. Pero con una condición.

—No estás en posición de poner condiciones, Serena. O me lo dices ahora mismo o llamo a la policía.

Menuda compasión.

—Pues llama a la policía. No pienso decirte nada.

Pero en lugar de marcar el teléfono, Darien cerró los ojos. Estaba muy pálido y Serena lamentó estar discutiendo con él. Sabía que Seyia no podía haberlo atacado, pero la realidad era que alguien acababa de golpearlo en la cabeza. Y había muchas posibilidades de que ese alguien fuera un Tsukino.

—¿Necesitas algo? ¿Quieres una aspirina?

—No, gracias.

—¿Te apetece cenar? Sólo tardaré un minuto en calentar el asado.

Darien abrió un ojo.

—¿Sabes cocinar?

—Desde los doce años. Alguien tenía que encargarse de la cocina cuando mi madre fue a la cárcel por primera vez.

—A los doce años —suspiró él—.Yo tenía siete cuando mi madre nos abandonó. Pero ella no volvió nunca.

—Lo siento —murmuró Serena.

—No lo sientas, teníamos a mi tía Luna. No podría habernos querido más si fuéramos sus propios hijos. Incluso cuando nos poníamos imposibles.

—Entonces entenderás que yo quiera a mi familia. Son un poquito... en fin, raros, pero son todo lo que tengo.

—¿Raros?

—Bueno, delincuentes. Excepto Seyia. Mi hermano no es una persona violenta.

Esperó que le contradijera, pero no dijo nada. Quizá lo había convencido. Quizá ya no iba a llamar a la policía.

Serena apretó los labios. Cuando encontrase al Tsukino que le había pegado aquel mamporro, lo colgaría de los pulgares. No, algo peor, haría que se comiera el asado. Darien le había preguntado si sabía cocinar, no si era buena cocinera.

En su caso, había una gran diferencia.

Pero no podía hacer nada hasta que él tomase una decisión. ¿Denunciaría a su hermano? ¿O creería en su inocencia?

—Serena —dijo Darien entonces, con el tono de un hombre que ha tomado una decisión.

—¿Sí?

—Hay algo más que debes saber.

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Hola chicas… que les pareció este capítulo… pobre Darien seguro que vio estrellitas con ese golpe, jajajaja, pero bueno, al menos tuvo una pequeña compensación ¿no creen? Y que tal Seyia… es bastante rarito el chico, jajajaja, es todo un caso definitivamente.

Bueno, gracias por sus reviews y por seguir la historia, y por agregarme en sus favoritos

Besitos

Ángel Negro