Disclaimer: Todos los personajes son propiedad exclusiva de Rumiko Takahashi, exceptuando a otros originales de mi invención; ninguno basado en persona real o ficticia de ninguna otra obra literaria, cinematográfica, etc. Cualquier semejanza con la realidad es mera coincidencia. Actúo sin ánimo de lucro.
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CAPÍTULO III
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Pasaje de Alcester, salida de Wilmcote.
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Inuyasha Jourdian McLonney Deddington, duodécimo conde de Warwick; marqués de Wolston; barón de Oxhill, de Berry, de Kinver y de Evenley, siempre había creído que la valía de un hombre no residía en la fuerza de sus músculos más que en la agudeza de su mente y la voluntad de su espíritu. A lo largo de su vida había visto demasiadas cosas; más de las que cualquier hombre querría saber; aún así, eran pocas las que no llegaba a comprender.
Y sin embargo, no entendía casi nada de lo ocurrido las últimas doce horas. De repente, había visto su vida correr a segunda velocidad, como si no fuera suya; todo su mundo dando vueltas mientras él intentaba comprender las emociones nuevas que lo embargaban.
Miró la cálida belleza que reposaba a unos metros de él; sus rizos de ébano derramándose como oro negro sobre las pieles en que descansaba, sus labios cárdenos moviéndose en un silencioso ruego; dulces gemidos aterrados rasgaban su garganta mientras se revolvía con inquietud; como si ni siquiera el sueño la hiciera segura. Parecía tan frágil. Tan pálida y delicada como una muñeca. Tan distinta a la otra y a la vez tan exacta como las dos mitades de una misma figura. Una figura perfecta. Completamente exótica. El cuerpo delgado se sacudía con temblores intermitentes bajo la pesada tela de la manta.
Inuyasha sabía que soñaba. Soñaba con el terror mortal, con la sangre, la crueldad y el dolor del cuerpo en una agonía que no acababa. Sentía su angustia perfumando el aire de la habitación como un vaho maldito, rodeándolos y embargándolos de una angustia tal, que ella prefería mantenerse en el tormento de su pesadilla que arriesgarse a enfrentar el horror de la realidad. Pero el sueño era un lugar donde nadie, ni siquiera Inuyasha, con toda su maestría y determinación, podía ayudarla.
Inhaló profundamente e hizo algo a lo que, en toda su vida, nunca se había acostumbrado. Suspiró; y necesitó toda su fuerza de voluntad, de la que tanto se enorgullecía, para guardarse de acariciar esa frente pálida, inclinarse sobre ella y acunarla; resguardarla del frío y calentar su cuerpo con palabras dulces que hablaran de momentos dichosos y tiernas promesas.
¡Dios!, él nunca había sido un hombre sentimental...
Y sin embargo, una ardiente necesidad de proteger y aliviar el dolor le roía como una afilada garra.
Miró fijamente la madera estropeada de las vigas que sostenían el techo sobre sus cabezas intentando ignorar el modo en que ella se movía inquieta y cómo su cuerpo traidor estaba reaccionando a ello. Lo acontecido desde la tarde anterior repitiéndose en su mente como una secuencia viva una y otra vez, reviviendo la angustia y haciéndole preguntarse sobre las circunstancias que le habían llevado ahí, en ese preciso momento, a salvarlas.
Se habían detenido en una vieja garita de cazadores a esperar el amanecer cuando Inuyasha se dio cuenta de que la piel de ambas mujeres había empezado a congelarse, literalmente. Sus cuerpos magullados se retorcieron, temblaron y se agitaron en un intento vago de sus músculos por calentarse a sí mismos, pero el clima en esa época del año era implacable. Afortunadamente, y aunque la temporada había terminado hacía meses, los cazadores habían dejado algunas pieles viejas amontonadas en una esquina y suficiente carbón para mantener un fuego constante durante varias horas.
Inuyasha miró fijamente a la mujer albina recostada frente a él, enredada en una diminuta manta que a duras penas podía proporcionarle suficiente calor; percibiendo el modo en que el temblor de su cuerpo se había incrementado ligeramente. Observó la sangre seca manchando la suave seda de su vestido, los bordes y costuras desgarrados, las magulladuras tumefactas en sus hombros expuestos, el extraordinario rostro hinchado, ennegrecido... y la vieja ira corrió a través de él con la fuerza de una explosión.
Él no sabía nada de medicina, pero estaba bastante habituado a la anatomía femenina. Sabía que un hombre podía hacerle mucho daño a una mujer si era demasiado rudo y, en cuanto la había visto, supo que algo se le había desgarrado por dentro. No obstante, el frío había ayudado a contener la hemorragia. Mortal ironía que el mismo hecho que horas antes le había salvado la vida pudiera quitársela ahora si no entraba en calor.
Pero Inuyasha había visto morir a demasiada gente para desear agregar un nuevo recuerdo perseguidor en su consciencia, recordándole que quizá en aquel momento había llegado demasiado tarde o que no había sido lo bastante rápido. No; haría lo posible por salvar a esa extraña desventurada. Al menos así estaría tranquilo.
Con pasos lentos, medidos, como caricias de las plantas sobre el suelo astillado, se acercó a ella casi furtivamente sin hacer ruido, con el movimiento ágil y subrepticio de un cazador. Se inclinó a su lado y, con las manos fuertes y aún tan suaves, levantó su cuerpo menudo, manta y todo, y lo apretó a su pecho mientras la acercaba un poco más al hogar que ardía al centro de la habitación.
La colocó con cuidado sobre el suelo tibio. Tomó su temperatura y juró en voz baja cuando percibió su fiebre. Su frente, pálida y mortecina, resplandecía con el sudor frío que la cubría; con la esquina de la manta, la secó.
Había hecho todo lo que había podido. ¡Él no era médico, maldición! Estaba acostumbrado a las heridas de guerra, no a...
Meneó la cabeza con resignación. En otras circunstancias, las habría dejado, seguras y abrigadas, y hubiera ido a buscar ayuda; sin embargo, no podía arriesgarse a dejarlas solas. Algo en su interior, su parte más oscura, esa parte desconfiada y recelosa, le decía que el ataque de la noche anterior no había sido al azar.
Si su instinto no le había abandonado, amanecería en cuestión de minutos; entonces reanudaría la marcha y en poco más de una hora estarían frente al portal de la fortaleza de Warwick.
Suspiró nuevamente mientras frotaba los brazos temblorosos de ella con sus dedos ásperos. En casa, segura, tibia..., y con la ayuda disponible nada más pedirla.
Sacrée merde...
Cuando había salido hacia Wilmcote la tarde anterior había estado preparado para encontrarse casi con cualquier cosa y su mente había sopesado todas las posibilidades. Excepto ésta. ¿Quién se hubiera imaginado que Dios..., no; Dios, no; el destino lo hubiera usado como instrumento para evitar algo que no debía suceder y que terminaría cargando con la responsabilidad de dos mujeres solas a las que debía proteger. Dos mujeres de las que no sabía absolutamente nada.
Miró el semblante pálido resplandeciendo con el fuego dorado. Su rostro se suavizó. Quizá sí supiera una cosa. No representaban ningún peligro para él.
Un gorjeo femenino se oyó a su espalda e Inuyasha se estremeció. Bueno, al menos una de ellas no era un peligro. Giró sobre sí y su corazón se saltó un latido cuando vio un par de somnolientos, profundos y plateados ojos mirándole desde las pieles.
Pero lo que tanto, inconscientemente, había temido encontrar ahí, no estaba. Hacía mucho tiempo que Inuyasha se había acostumbrado al terror en las miradas de las personas cuando se les acercaba, ¡Por Dios!, no era que realmente fuera a hacerles daño...
En ese instante, Inuyasha percibió hasta qué punto le había calado ese frío desprecio. Se descubrió acercándose a la chica con cautela, como un cervatillo temiendo ser herido, temiendo confiar demasiado y acercarse a beber de la mano del cazador. No una actitud común en él.
Sin embargo, lo que vio en esas profundidades grises fue algo completamente inesperado. Podía percibir la ternura de su alma como un halo inherente a ella. Un curioso calor lo rodeó y el sentimiento le resultó extrañamente familiar; como un recuerdo anhelado durante mucho tiempo y que la crudeza que lo rodeaba casi le hubiera hecho olvidar. La cálida inocencia de los ojos que le miraban con adormilada curiosidad fue para él una experiencia nueva. Habían pasado tantos años desde la última vez que sintió la mirada límpida de alguien recorrerlo sin aversión, que la repentina sensación de felicidad que estalló en su pecho lo abrumó.
Pero claro, él no permitiría que ella se diera cuenta...
-¿Cómo te sientes? -murmuró mientras se arrodillaba junto a ella y le tocaba la frente.
La vio mover los labios sin emitir sonido, como luchando por encontrar las palabras. Miró su bonita frente fruncirse en un encantador ceño mientras sus ojos inquietos se movían, como si intentara enfocarlo. Una ternura desconocida se extendió a través de él. Maldición, odiaba su vulnerabilidad porque le hacía sentir cosas que no podía comprender.
De pronto, todo el cuerpo de ella comenzó a temblar; Inuyasha se movió rápido. Sus manos grandes tomaron sus hombros frágiles y la levantó contra su pecho. Hizo aquello que había deseado hacer desde el mismo instante en que la encontró. Se vio y sintió a sí mismo acunarla, cubriéndola con su calor, susurrando una letanía de palabras cariñosas que ni siquiera sabía que conociera. El murmullo bajo llenó en ambiente de una cómoda calidez y el cuerpo de ella dejó de temblar poco a poco, relajándose hasta un punto letárgico contra él.
Se había quedado dormida.
Un suspiro satisfecho brotó de él mientras disfrutaba de la suavidad de su cuerpo apretado contra el suyo; y casi maldijo al primer rayo de luz que se filtró por la ventana porque le robaba su pretexto para seguir abrazado a ella. Reticentemente, la colocó con cuidado sobre las pieles y caminó a la puerta. A la luz del día, las copas de los árboles tenían delgadas capas de nieve que resplandecía y la tierra mojada parecía haberse congelado. Movió la bota por encima y vio cómo la nevisca, de apenas media pulgada de espesor, se corría bajo la suela. Caminó a la parte trasera, de la que sobresalía un cobertizo pequeño; miró a Lueur resoplar y el vaho salir de sus fosas nasales mientras movía una pata delantera en signo de bienvenida. Inuyasha le acarició el cuello y desató la brida que había atado a un travesaño por la noche. Miró con frustración el pelaje de su lomo cubierto por la misma capa blanca y sintió el pelo congelado bajo los dedos. Mierda, nunca antes lo había expuesto de ese modo y se aseguraría de que no hubiera una segunda vez.
Con movimiento ágiles, desató y llevó a ambos caballos a la entrada de la garita. Una ráfaga de aire frío entró con él al cuarto y su mirada fluctuó entre ambas mujeres: las dos seguía inconscientes.
En cuestión de minutos, lo tenía todo listo. Había apagado el fuego con una de las mantas antes de envolverlas unas sobre otras en los hombros de ambas. Cuando las sacó de nuevo al frío exterior, no parecieron notarlo. Sin embargo, la idea de llevar a la chica colgando del lomo de un caballo no le parecía tan adecuada ahora. Torció la boca en una mueca molesta mientras acomodaba a la mujer albina sobre el alazán. Mientras llevaba a la joven en brazos, se decidió. La llevó al lomo de su propio caballo.
Si alguno debe llevar el peso de dos, tiene que ser Lueur, se dijo, Ese caballo flaco no las aguantará hasta Warwick. Quizá si siguiera repitiéndoselo todo el camino, llegaría a convencerse y, también, sería mejor ignorar el hecho de que el segundo caballo fuera casi tan magnífico como el suyo propio.
Después de acomodarse sobre la silla, jaló la suave figura envuelta al interior de sus brazos. Se demoró más tiempo del necesario en asegurar su comodidad, sus dedos rozando constantemente a la carne expuesta de su cuello. Qué conveniente.
Con un ceño en el rostro, tomó ambas riendas, enredó las bridas en torno a sus puños cerrados y apretó un brazo sobre el vientre de la mujer, estrujándola contra su pecho. Era sólo para asegurarla, continuó diciéndose; ella no inspiraba ninguna emoción en él.
Miró a la mujer albina y de nuevo se aseguró de que no caería repentinamente. Luego, con una presión casi imperceptible de sus rodillas, Lueur comenzó a andar.
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-Vaya -tronó una voz jocosa-. Cuando dijiste que algo te esperaba en Wilmcote, no imaginé que te referías a esto...
La construcción imponente de Warwick se alzaba frente a él, como una promesa de añorado confort. La piedra ancha y lisa relucía al sol como una gema pulida, las puertas de cedro eran anchas y poderosas; unas puertas hechas para la defensa, diseñadas para resistir la crudeza del asedio. Exactamente del mismo modo en que una gruesa coraza helada resguardaba su corazón, porque lo que había dentro era demasiado vulnerable.
Inuyasha gruñó con fastidio mientras observaba a Miroku descargar con cuidado a la mujer sobre el alazán. Luego tomó a su propia carga preciosa y, reticentemente, la entregó a los brazos expectantes de Herrick, un viejo amigo que debía haber ido a buscarle durante su ausencia.
-Pero qué cosa más divina -musitó éste, sosteniendo a la joven mujer contra su pecho y mirando sus rasgos, idiotizado-. No sabía que te dedicaras a robar princesas, Inuyasha, ¿es que estás tan desesperado? -el tono convincentemente serio que había utilizado hizo reír a Miroku. No así al conde, que no apreciaba ser objeto de burla.
-No tientes a tu suerte, Herrick -amenazó con voz sedosa-. Puede que no te haya visto hace mucho tiempo, pero eso no me detiene de pegarte una paliza. ¿Por qué no hace algo útil, para variar, y vas a buscar a Judd?
Descendió del caballo con agilidad y entregó las riendas a un mozuelo de menos de doce años. Casi con vehemencia, arrancó el cuerpo delgado de brazos de su amigo, que le observó sostenerlo con algo parecido a la posesión. Ninguno de los hombres sonreía ya. Ambos miraron a las mujeres con desconcierto y preocupación.
Cuando Miroku finalmente se percató de la hinchazón de la mandíbula de la mujer mayor, exclamó horrorizado:
-¡Por la sangre de Cristo, está rota! -miró a Inuyasha con interrogación.
-Las encontré anoche cuando eran atacadas -dijo simplemente mientras andaba, con Miroku a su lado, hacia la enorme puerta. Con vaguedad percibió que Herrick se había ido-. Maté a ambos hombres.
Mientras hablaban, entraron a un gran salón. Un hombre maduro, algo canoso pero de constitución fuerte se acercó de inmediato con pasos elegantes. Hizo un gesto de deferencia hacia su amo.
-Señor... -la bienvenida del mayordomo se cortó cuando se percató de lo que ocurría-. Voy a prepararlo todo -un instante después, había desaparecido por las puertas que daban a la cocina impartiendo órdenes.
El castillo se sumió en un murmullo colectivo mientras decenas de sirvientes se movían de aquí para allá con presteza. Para cuando Inuyasha llegó a una habitación, la cama ya había sido calentada y la chimenea encendida. Dejó a la joven con suavidad sobre la colcha blanda y le quitó las mantas sucias del cuerpo. Un silbido desde la entrada llamó su atención. Herrick permanecía de pie ahí con los ojos admirados clavados en ella mientras un hombre, varias pulgadas más alto pero de complexión delgada, entraba a la habitación.
-Herrick me ha dicho algo de unas mujeres... -miró a la joven yaciendo fabulosamente hermosa-, ¿Es ella? -sin esperar respuesta, Judd se adelantó sobre el lecho, dejó una bolsa de cuero negro en la mesa de noche junto a una palangana y comenzó a aflojar los lazos del ajustado corsé con manos expertas. Un extraño calor invadió el rostro de Inuyasha mientras lo miraba desnudarla lentamente.
Contrólate, Inuyasha..., no estaría bien que le cortaras las manos a Judd, Inuyasha..., no; no estaría demasiado bien..
Apretó los puños y rechinó los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Creyó escuchar a los hombres intercambiar algunas palabras, pero ya no les prestaba atención. Su mente nublada por una emoción también nueva. Más primitiva. Más oscura.
Hacía tiempo, había rescatado a un viajero de ser asesinado por la Randa, un grupo de bandoleros que asoló los caminos de Malvery impunemente hasta que él y sus hombres los enfrentaron y entregaron a las autoridades.
El hombre no escatimó en su agradecimiento e insistió en acompañarle en su vuelta a Warwick; su orgullo alemán exigiéndole compensación. Ese hombre era Judd Goette, un médico inmigrante que fue repudiado y forzado a dejar el pueblo donde había vivido durante más de diez años, por el único delito de haber cumplido con su deber. A partir de entonces, él se había encargado de todas las emergencias médicas de la fortaleza; había salvado decenas de vidas inglesas, a pesar de la manera ruin en que sus compatriotas le habían tratado en el pasado.
Eso había sido hacía tres años, y aún, Judd no mostraba signos de querer irse.
No; definitivamente, intentaría controlar su genio. No había sido su intención sentirse tan repentinamente posesivo hacia esa muchacha. Después de todo, Judd estaba intentando ayudar...
Pero toda su fría voluntad se desmoronó cuando vio al joven médico comenzar a quitar la tela que cubría el pecho turgente, demorándose quizá demasiado tiempo más del estrictamente necesario. De pronto, la idea de cortar esas manos profanadoras se le antojó bastante sensata. Acarició casi con ternura el puño de la espada que colgaba de su cadera.
-Sabes, Judd -su voz sedosa resultó aterradoramente persuasiva-, creo que mejor deberías revisar a la otra. Tuvo una hemorragia y me parece que está bastante peor.
Sus formas habrían podido intimidar a cualquier otro, pero no al obstinado Judd Karlton Goette, que sabía perfectamente que todo aquello no era más que una fachada. Lo enfrentaría, sí; como siempre hacía; le haría rabiar con su terquedad a pesar de que sabía que, al final, iría adonde su habilidad hiciera más falta. Cuando no se movió, Inuyasha casi le peló los dientes; de pronto, la atractiva boca alemana parecía dispuesta a encajar perfectamente con sus nudillos.
Con un apresurado asentimiento, Judd recogió la bolsa de cuero. Sólo lo hacía porque realmente la otra mujer podía estar más grave, se repitió todo el camino mientras se dirigía a la puerta. No; definitivamente no le temía a esa arrogante bestia engreída.
Los otros dos hombres permanecieron en silencio hasta escuchar el sonido de la cerradura al trabarse. Herrick le miraba fijamente, como sopesando las probabilidades que tenía de hablarle sin que lo mordiera.
-¿Quieres hablar de lo que pasó? -su voz, agradablemente masculina, sonó extrañamente conciliadora. Miró a su amigo caminar hasta el lecho y sentarse junto al cabecero-. Para empezar, ¿qué hacías tú allá a mitad de la noche?
Inuyasha volvió el cuerpo para tomar el paño de lino de la jofaina, doblarlo cuidadosamente y limpiar el rostro de la joven. Sus mejillas arreboladas contrastaban con la mortal palidez del resto de ella.
-Es algo difícil de explicar -murmuró evasivamente-. Sería mejor que fueras a ver si puedes ayudar a Judd en algo...
Herrick sonrió.
-Si lo que querías era atenderla personalmente, no hacía falta que le ladraras al pobre Karlton. Dios, tener que aguantarte todos los días; no sé cómo no se ha vuelto loco.
-Este podría ser un buen momento para largarte, Herrick...
Son una sonrisa insolente, el joven rubio hizo una burlona reverencia y se dirigió a la puerta.
Inuyasha no le vio salir. Una mano grande, de dedos largos, fuertes y elegantes, sujetó la de ella con firmeza. Se encontró acariciando la palma lisa con movimientos dóciles, sensuales; deslizándose entre los suaves pliegues del interior de sus dedos en una caricia sensiblemente erótica.
Ni siquiera por un instante sus ojos se apartaron del rostro durmiente, del aliento suave escapándose entre esos labios llenos, entreabiertos, que para entonces ya habían recuperado su color natural. Bueno, si es que ese espeso carmín podía considerarse natural.
Parecía dolorosamente frágil. Su figura fláccida y pálida se revolvió ligeramente e Inuyasha sintió la abrumadora necesidad de mecerla en sus brazos como en la garita.
Juró en voz baja mientras soltaba la mano esbelta. ¿Qué había sido de su entereza; de todo ese autocontrol del que tanto se enorgullecía?. Ahora, sucumbía a la bella fragilidad de una mujer de la que no sabía nada con la misma facilidad con que se derriba en combate a un escudero novato.
Se levantó del lecho maldiciéndose por ser débil. Caminó a la puerta, salió y la cerró con violencia. En el vestíbulo, una pequeñas ventanas dejaban entrar suficiente luz para no necesitar antorchas durante la mayor parte del día. Se asomó brevemente y miró a sus hombres entrenando, como cada mañana, en el patio de armas.
La odiaba.
Odiaba a esa maldita mujer porque le hacía sentir cosas que no deseaba. Odiaba su belleza y su vulnerabilidad, porque le inspiraban una necesidad abrumadora de protegerla. Odiaba esa frescura suya porque era un recordatorio constante de lo que él mismo había perdido mucho tiempo atrás.
No volvería a acercarse a ella, se juró. Aunque necesitara toda su fuerza de voluntad, no la tocaría.
Sintió un movimiento a su espalda y se volvió. Herrick estaba apoyado en la pared al lado de la puerta; sus brazos cruzados sobre el pecho en una actitud relajada. Parecía llevar ahí algún tiempo e Inuyasha se preguntó hasta qué punto se había cegado con esa mujer para no percatarse de su amigo cuando salió de la habitación hecho una furia.
-Creo que tienes que saber algo sobre nuestras invitadas -murmuró, descruzando los brazos y acercándose tranquilamente; su mirada perdiéndose más allá de la pequeña ventana, miró a los hombres entrenar arduamente.
-¿Qué ha dicho Judd sobre la otra mujer?
Su amigo no lo miró.
-Al parecer sufrió un desgarre. Afortunadamente, fue bastante superficial. Su hubiera perforado la matriz, ya estaría muerta. Como ha parado la hemorragia, sólo tiene que mantenerla limpia y evitar una infección; le ha dado láudano, para el dolor. Cree que puede recuperarse. La hinchazón en su rostro no disminuirá hasta dentro de varios días, hasta ahora, no puede hacer por ella más que vendarla y asegurarse de que se mantenga quieta. Ya sabes, sus huesos tienen que sanar solos.
-¿Y después?
Herrick suspiró.
-Ya le ha dado algo para contener una posible concepción. Mas allá del daño físico, no podemos hacer nada. El dolor del alma es algo que la ciencia médica no puede curar.
Inuyasha no respondió. Él sabía mucho de eso. Entonces, repentinamente, Herrick le miró con un ceño de preocupación. Se llevó una mano al bolsillo del pantalón y sacó un objeto metálico. Se lo tendió.
-¿Qué es? -preguntó el conde mientras examinaba con admiración la figura labrada con esmero; apreció las líneas que representaban la forma de una corona de rosas cruzadas por dos espadas.
-Pues es un reloj, Inuyasha -respondió condescendiente.
-¡Ya sé que es un maldito reloj, Herrick! -espetó-. Me refiero a ¿qué haces con él, por qué lo tienes? Me resulta familiar, pero no sé el porqué.
-Debe parecértelo. Judd lo encontró en un pequeño saco escondido en el corsé de tu adorable protegida -al ver que su amigo se preparaba para protestar, le atajó-: ¿Es que no lo reconoces, Inuyasha?, Es el escudo de armas de los MacClesfield.
-¡MacClesfield! -sus ojos se extendieron con incredulidad-. ¿Estás diciendo que esa brujita anónima pertenece a una de las familias más poderosas de Inglaterra?
-Eso es exactamente lo que digo.
-¡Pero es imposible!, ¿Qué harían dos mujeres solas, pertenecientes a una familia aristocrática de tal renombre, paseando solas en medio de la noche en Wilmcote?
-¿Solas? -se extrañó-, ¿Es que no había alguien más, nadie destinado a protegerlas?
Inuyasha negó con aire meditabundo.
-No. Cuando llegué sólo estaban ellas, un anciano y un niño. Dios, no me lo puedo creer... -musitó para sí.
Sin decir nada más, se volvió a la puerta de la habitación y caminó hacia ella con pasos lentos. Algo en su pecho dolió cuando vio a la figura tendida de esa manera tan indefensa; un puño de hierro pareció oprimirle el corazón.
Con pasos lentos y medidos se acercó a la cama. Durante su sueño, la joven se había movido y su rostro estaba girado hacia él. Se sentó a su lado, apoyando su peso sobre un puño al otro lado de ella, rodeándola. La observó durante largo rato, apreciando el ligero temblor de sus tupidas pestañas rizadas e increíblemente negras. Su pecho se movía apenas con su respiración; y la mano de Inuyasha cobró vida para cumplir una fantasía secreta. No se percató de lo que hacía hasta que sintió la piel suave, el pulso latiendo contra los dedos ásperos. De pronto, se encontró a sí descansando sobre la carne tierna, justo en el nacimiento de su seno izquierdo. Se dijo que sólo se había dejado llevar por la necesidad de sentir los latidos de su corazón; convencerse a sí mismo de que seguía viva, y que seguiría así mientras de él dependiera.
Pero los dedos traidores se encontraron acariciando la piel suave en perezosos círculos. Apartó el cabello húmedo de su frente y se inclinó sobre ella; un brazo sujetándole de la cabecera mientras sus labios enviaban el cálido vaho de su aliento contra ella.
-Así que eres una pequeña princesa, ¿eh? -su boca se movió apenas, rozándola antes de depositar un beso en la sensible zona detrás de la oreja-. Y te expusiste a tanto peligro anoche -sintió que el cuerpo esbelto se estremecía y supo que, aún en su inconsciencia, ella le sentía; podía percibir el calor de su caricia y la insinuante promesa en sus palabras-; ¿Por qué no despiertas de una vez para que pueda gritarte por ser tan imprudente?
De pronto, algo cambió; e Inuyasha supo que estaba despierta. El pulso bajo su mano se aceleró, pero él no detuvo sus caricias. Levantó el rostro y miró esos enormes ojos plateados.
¿Era él, o ese encantador sonrojo se había intensificado?
Una sonrisa casi tierna se formó en su boca y, dejando su pecho, le acarició la mejilla.
-¿Puedes decirme tu nombre, princesa? -su voz fue un murmullo consolador.
-Kagome... -Inuyasha casi gimió ante el sonido indefenso de su voz. Ella era una criatura tan completamente pura, que se sentía culpable de tocarla-. ¿Dónde estoy?
Estuvo apunto de decirlo. Sus labios iniciaron el movimiento, pero un nudo le cerró la garganta. De pronto, un temor fulminante lo asaltó. Esa mirada inocente y cálida que había visto en sus ojos desde la primera vez podía cambiar. La única razón por la que no le temía era porque ignoraba quién era. En el instante en que le dijera su nombre, cuando supiera quién era el hombre que la había abrazado, que la había consolado, que la había tocado con atrevimiento de un modo en que sólo un esposo o un amante debería, ella lo repudiaría; como todos los demás. Sonrió forzadamente y se obligó a contestar:
-Estás a salvo. Eso es lo único importante.
Pero ella estaba muy confusa, y quería respuestas.
-¿Quién es usted, milord? -su inocente curiosidad fue algo difícil de soportar. Inuyasha no quería mentir, pero la idea de ver esos preciosos ojos plateados teñidos del óxido acerado del desprecio le sacudió el corazón.
-Deddington... -musitó sin pensar-, Jourdian Deddington; ahora será mejor que la deje descansar.
La sonrisa que ella le dio fue tan limpia que una oldeada de remordimiento lo recorrió. Incapaz de soportarlo más, se dirigió a la puerta. Bien, no le había mentido, pero tampoco le había dicho toda la verdad.
Por ahora, se conformaba con pasar unos días más en su compañía, cuidarla sin que su maldita reputación se interpusiera.
Y el día que ella lo descubriera, cuando el odio velara su dulce rostro, otra pequeña parte de él moriría.
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Autora:
Vaya; este capítulo me encantó porque nos deja ver más allá de la fachada de fría indiferencia que siempre rodea a Inuyasha. Aquí podemos percibir hasta dónde llega su dolor y el modo en que el desprecio ha vuelto receloso a su corazón. ::Suspiro::
También, el hecho de que Inuyasha le mintiera a Kagome bien podría presagiar problemas, pero vamos, hay que entender, el pobre se dejó llevar; en ese momento, el miedo a que ella también lo despreciara pudo más que su sentido común. Pero bueno, esperemos que Kagome sea comprensiva y lo perdone.
¡Dios!, también me encanta cómo Inuyasha se pone cariñoso con ella y luego se riñe por eso, pero bueno, al tío le ha salido ese lado maternal que los hombres niegan, pero todas sabemos que ahí esta, ¿no?; aunque, pensándolo bien, no tan maternal... considerando cómo se estaba agasajando con ella; pero es una etapa, en el próximo capítulo se explicará la actitud de Inuyasha.
Sólo una pequeña aclaración; al decir que la herida de lady Eliana era superficial, no me refiero a que haya sido sólo un raspón o algo, sino a que fue hecha en una zona de fácil acceso, lo que les permitía una atención más adecuada.
En fin; el capítulo no ha estado tan corto como el anterior, pero tampoco es lo que se podría considerar "largo"; pero siento que es mejor hacer actualizaciones cortas en poco tiempo que dejar esperando por semanas al lector por un capítulo que, Dios, muchas veces también es corto... ya que se va perdiendo el hilo de la historia; lo sé por experiencia; muchas veces me ha pasado que, de tanto esperar, cuando por fin un nuevo capítulo llega, tengo que leerlo todo de nuevo porque he olvidado muchos detalles importantes. Además, eso empeora cuando se esperan las actualizaciones de varias historias a la vez; es un desastre.
Pero bueno; esta actualización tardó dos días que es, irónicamente, lo más que me he tardado. Además, considerando que, oficialmente, hoy es mi primer día de vacaciones, puede que me anime a hacer otro capítulo y lo haya subido para esta noche. No lo sé, ya veré que humor me cargo al rato.
Les agradezco todos los comentarios que me han mandado, en verdad, me animan muchísimo.
Un beso enorme a mis lectoras.
P.S. ¿Sabían que hice el oso de mi vida?; le puse a una chica que no se desanimara y continuara la historia... sólo que ella ya la había terminado, pero como no vi el "FIN" por ningún lado, creí que iba a seguirla. Lo sé. Qué verguenza... en fin, no sé dónde tengo la cabeza últimamente; en general no soy tan despistada. Si la chica llega a leer esto algún día, una disculpa, en serio. Dios, esto es bochornoso.
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Esta sección puede leerla cualquiera, pero va dirigida especialmente a Kagome019; linda, no pusiste tu e-mail así que mi respuesta viene aquí.
Si lo que estás buscando es un libro histórico, la variedad es realmente impresionante, pero yo tengo mis preferidas.
Si quieres leer una historia entretenida, con un sentido del humor bastante particular, cargada de erotismo, y te chocan esas historias de la jovencita desvalida que no puede ni atarse las correas sin arriesgar el cuello, Lisa Kleypas es la autora para ti. Cualquiera de sus libros te servirá, no pondré reseñas porque esto se haría demasiado largo, pero ya puedes buscarlas en la web.
-Porque eres mía
-Otra vez la magia
-Ángel o demonio
-Boda entre extraños
-Cuando tu llegaste
-El Amante de Lady Sophia
-El ángel de medianoche
-El precio del amor
-El Principe de los sueños
-Escucha a tu corazón
-Falsas Promesas
-Irresistible
-Mi Bella Desconocida
-Soñando Contigo
-----Un extraño en mis brazos (ésta es de las mejores)
-----Vale Cualquier Preciotambién es bastante interesante)
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Definitivamente, mi escritora favorita: Christina Dodd.
-Amor en el castillo
-Comprometida
-Debajo del Kilt / Debajo de la falda escocesa
-Duelo De Pasiones
-Entregada
-Escandalo nocturno
-El Hechizo Del Mar
-Un beso tuyo
-----Pasión en la abadía
-----La princesa fugitiva
-----Seducida
-----Una Noche Encantada
Candace Camp:
-Escándalo
-Indiscreción
-Ningún otro amor
-Inalcanzable
-La conveniencia de amar
-Prométeme el mañana
-Corazón de cristal
-----Corazones salvajes
-----Secretos Del Corazón
-----El precio de la venganza
Bueno; esos son algunos de los mejores que he leído, no pongo más porque la lista realmente es bastante larga; si me das algún correo electrónico podré responderte con más calma.
¡Suerte con tu lectura!
Un beso.
Arce K.
