Shingeki no Kyojin y sus personajes son propiedad de Hajime Isayama

…...

Junto a ti

…...

"Pelea de pareja"

…...

Caminaba tranquilamente por las calles rumbo a casa. El sol de la mañana entibiaba el ambiente, dando una agradable sensación. Perfecta para dar inicio al fin de semana.

Esos días Jean se quedaría en casa y eso la ponía contenta. Ya llevaban un par de meses instalados en la casa en pleno Distrito Trost y adaptarse no había sido fácil. Afortunadamente la vivienda ya había tomado forma y se había convertido en un lugar acogedor para ambos. Mikasa, por su parte, poco a poco empezaba a conocer su vecindario, al ser la que pasaba más tiempo en la pequeña casa era la que más interactuaba con los vecinos. O al menos eso trataba, pues nunca fue una persona muy sociable ni extrovertida.

Su convivencia con Jean era otro tema. Era el día a día lo que les permitió conocer sus mañas, sus hábitos, que le gustaba o le molesta del otro. Parecía que nunca hubiesen compartido en la misma tropa, bajo el mismo techo tantos años. La dinámica entre los dos era completamente diferente ahora.

Diferente era el plano sentimental de su relación. Mikasa jamás había tenido un novio, no tenía experiencia en los chicos, lo que estaba viviendo ahora era nuevo y se sentía bien con ello. Le gustaba Jean y le gustaba estar con él. Y Jean siempre era paciente y le daba su espacio. No quería presionarla en ningún aspecto, siempre le dio la opción de ser libre, si así lo deseaba. Tampoco pretendía forzar sus sentimientos. La amaba y eso significaba también darle el tiempo que necesitara para buscar su felicidad, con él o sin él. Aun así, cuando su relación llegó a un plano más íntimo, Mikasa comprendió que se podía amar de tantas formas distintas… y no se arrepentiría jamás de haberlo elegido a él, como el primer hombre en su vida.

Sacó la llave del bolsillo de su abrigo y abrió la puerta principal. Ingresó a la sala, para dejar las compras sobre la mesa y empezar a ordenarlas. Pero antes de empezar su labor, observó detenidamente a su alrededor.

La sala estaba a oscuras, las ventanas cerradas. Un par de botas estaban tiradas en el suelo, junto a una chaqueta, sin dudas se trataba del uniforme de Jean. Avanzó hacia la cocina y el desastre era peor de lo que esperaba: Sobre la mesa del comedor habían cubiertos sucios con mantequilla y mermelada, el mantel que había comprado hace sólo unos días ya estaba manchado con té y en el lavaplatos, había un montón de cubiertos y vajillas sin lavar. Mikasa sentía que estaba viviendo una pesadilla ¿Todo esto para preparar un simple pan y una bebida caliente? Sólo se había ausentado un par de hora de la casa y ya había pasado un tornado para arrasar con todo a su paso.

Entonces algo empezó a brotar en su interior, cómo una presión en el pecho que lentamente se volvía más intensa: Estaba enojada.

No era una obsesiva del orden, ni maniática de la higiene, pero le gustaba mantener la casa ordenada y limpia ¿Era tan complicado? Al parecer para algunos si lo era.

Se quitó el abrigo, dejándolo sobre una silla y se dirigió rauda hacia el pasillo. Cuando llegó al baño, el descontrol no paraba: Toallas en el suelo, ropa interior desparramada en donde fuese ¡La tapa del excusado levantada! Tenía que controlarse antes de que todo su lado Ackerman le empezara a brotar por los poros.

Ni siquiera se quiso animar a revisar la habitación pequeña, destinada a ser el estudio de Jean. Desde que se instalaron, parecía una bodega llena de cajas. Jean siempre se excusaba que no tenía tiempo, pero que no se preocupara, que un fin de semana que estuviera tranquilo se dedicaría a ordenar todas las cajas y armaría su lugar de trabajo. Lástima que no le dijo en cual fin de semana del año lo haría.

Por último, llegó a la habitación principal y en medio del desastre que había, encontró al culpable durmiendo plácidamente sobre la cama que ambos compartían. Con el tiempo, Mikasa se dio cuenta que Jean era de sueño pesado y despertarlo era una osadía de aquellas. Esta vez, al parecer, no sería la excepción.

Se acercó a su lado, fijándose detalladamente en su rostro. Dormía boca arriba, su respiración era profunda y prolongada, su cabello largo estaba desparramado sobre la almohada, mientras una pierna estaba enredada entre las sabanas, la otra casi colgaba a un costado de la cama.

Algo en su corazón vibró. Se veía tan sereno durmiendo así. Incluso aun de esa manera, durmiendo como un lirón, se veía igual de guapo que despierto, aunque no lo quisiera reconocer abiertamente. Estaba segura que si se acomodaba a su lado, él la rodearía por la cintura y la atraería hacia su cuerpo, para seguir durmiendo juntos, calentitos, apretaditos…

Pero hoy no. Mikasa estaba enojada y tenía que descargarse, antes de que su malestar siguiera creciendo, como una bola de nieve.

Estaba consciente de que las largas jornadas en el cuartel lo dejaban exhausto y que merecía descansar, pero ¿Que le costaba recoger su ropa primero? ¿Era tan difícil guardar los zapatos en el armario? Quizás ella ya no era un soldado de la Legión, pero mantener la casa ordenada y limpia le tomaba mucho trabajo. Un trabajo que ella aceptaba gustosa, porque su anhelo siempre fue tener un hogar, quizás no cómo lo era actualmente, pero era lo que tenía de momento y lo tenía que cuidar.

Sin embargo, también consideraba que aquella tarea debía ser en conjunto, como un equipo. Jean también vivía ahí y tenía que apoyarla. Y si, él lo hacía, pero a veces parecía perder el vuelo y se dejaba estar, con la tranquilidad de que Mikasa estaría ahí para ocuparse de todo. Aquello, de sólo pensarlo, le hervía la sangre.

Y así, presa de una rabia contenida, tomó la sábana que lo cubría y tiró de ella con fuerza. Jean en respuesta, emitió un quejido y se volteó, dándole la espalda para seguir durmiendo. Mikasa soltó un bufido.

– ¡Jean! – Lo llamó, zamarreándolo del brazo. Pero él seguía sin responder, se estaba empezando a frustrar – ¡Jean!

–Déjame, mamá – Murmuró él entre sueños. Mikasa frunció el ceño.

Podría tomarlo de una pierna y jalarlo hasta el suelo, podía hacerlo porque esa capacidad y fuerza innata en ella no habían desaparecido. Pero su raciocino le decía que no, que cuando se trata de una pareja, de un amigo o de un familiar, la violencia no era la solución. Por lo tanto, tenía que buscar la manera más pacífica de despertarlo.

Finalmente, tiró de su almohada, haciendo que por inercia la cabeza de Jean cayera sobre el colchón y perdiendo la paciencia empezó a golpearlo con el propio objeto. Al menos no le causaría mayor daño, pensó.

– ¡Ouch!- Jean reaccionaba por fin, abrió los ojos de golpe, sin entender a que se debían los golpes.- ¿Qué pasa?

Sin poder controlarse, Mikasa le dio el último almohadazo, cuando Jean ya se había despertado completamente y se había sentado sobre el colchón, aun confundido.

– ¡Mikasa!- De un arrebato le quitó la almohada de sus manos - ¿Qué te pasa? ¿Por qué me pegas?

Por supuesto, él tampoco despertó feliz y contento. Era verdad que tenía el sueño pesado y le costaba despertar, que esa tarea era de Mikasa y se lo agradecía, ya que sin su intervención, sería el oficial más impuntual de todo el ejercito de Paradise. Pero jamás la había visto al actuar así con él, no al menos desde que estaban juntos.

Sin embargo, cuando vio la mirada que le dio la joven, entendió que algo estaba pasando, que este despertar tan poco amoroso tenía un trasfondo mayor del que imaginaba.

– ¿Qué me pasa? – Respondió ella, sin esconder su enojo – Salgo de aquí un par de horas y la casa está igual que como la dejé. Me prometiste que ibas a limpiar en mi ausencia ¡Y ya parece un chiquero!

–Lo haré ahora, no es para tanto – Jean se encogió de hombros, no era algo tan grave. Pero el semblante de Mikasa seguía impávido. – Lo siento ¿Vale? Quería descansar un rato más y se me pasó la hora.

–Es que si es para tanto – Soltó ella, apretando los puños - ¿Es que no puedes ni siquiera recoger tus zapatos de la sala? ¿Y porque tienes que usar tantos cuchillos para preparar un pan con mantequilla?

–No me gusta que se mezcle la mantequilla con la mermelada en el pan, es todo.

– ¡Pero de todos modos se van mezclar el pan! – Su voz se agudizó.

Nunca la había visto así. Por supuesto, conocía el carácter fuerte de Mikasa Ackerman desde hacía años, pero nunca la había visto exteriorizar tanto las cosas que la molestaran. Más aun con palabras.

Sin embargo, Jean Kirstein no era de los que se quedaba callado, sin defenderse. Amaba a Mikasa, pero le parecía que estaba siendo injusta con él y no se lo guardaría.

– ¡Bueno, son manías mías!- Le contestó él de mala gana, pero aun así tratando de ser conciliador – Voy a limpiar todo ¿Contenta? Estoy toda la semana soportando reclutas, lo único que quiero es llegar a mi casa para descansar un poco ¿Tan grave es?

– ¿Qué quieres decir? – Mikasa volvía al ataque - ¿Qué yo estoy todo el día aquí de ociosa?

–No pongas palabras en mi boca, Mikasa – Contestó él desafiante– No te he dicho eso.

– ¡Pero lo pensaste!

– ¿Qué? ¡Claro que no! – Jean se tomó la cabeza con ambas manos. Mikasa estaba siendo irracional, parecía otra persona.

– ¡No soy tu madre para estar limpiando tus desastres, Jean!

Jean frunció el ceño. Para él, Mikasa era su compañera, la persona con la que quería pasar el resto de su vida, todas estas acusaciones no tenían pies ni cabeza para él.

Pero aun así, con todo el afecto que sentía hacia ella, su paciencia estaba llegando al límite.

–No te he tratado así nunca y tampoco te he dicho que eres ociosa- Habló quedo, tratando de no alterarse, a pesar de que en su rostro el enojo era evidente - ¿Por qué actúas así?

–Porque siempre es lo mismo, Jean – Mikasa empezó a recorrer la habitación, mientras seguía berreando, bajo la atenta mirada de él – Eres desordenado con tus cosas y yo siempre estoy recogiendo todo lo que dejas tirado por ahí ¡Y siempre tienes excusas para todo!

– ¡Eso no es verdad! ¿De qué excusas estás hablando?

– ¿Me podrías explicar por qué todavía no ordenas la otra habitación?

–La ordenaré cuando tenga tiempo, ya te lo dije – Jean se encogió de hombros.

–Lo estás haciendo de nuevo: Excusas y más excusas

– ¿Y qué hay de ti? – Jean saltó de la cama y quedó frente a ella – Porque vivir contigo tampoco es tan fácil

– ¿Disculpa?- Mikasa abrió sus ojos, incrédula.

–Ya me escuchaste – Dijo él, sonriendo de lado – Estás todo el día ordenando y dándome ordenes: "Jean, recoge eso", "Jean, nos dejes el plato sucio", Jean acá, Jean allá. Y si sigo enumerándolos ¡Término la próxima semana!

– ¡Sólo te pido ayuda! - Mikasa sentía que la cara le ardía de puro enojo - ¿O acaso al Comandante no se le puede pedir algo?

–Que yo sepa este no es un cuartel militar, es mi casa ¡Y puedo hacer lo que me dé la gana!

–Bien, entonces – Mikasa se dirigió rápido a la puerta de la habitación- ¡Has lo que quieras en esta pocilga, porque la odio!

– ¡Dijiste que te gustaba vivir acá! – Jean sintió una extraña presión en su pecho al oírla hablar así.

– ¡Te mentí! – Le dijo, mirándolo a los ojos - ¡Odio este lugar, odio esta casa y odio este vecindario!

–Mikasa… - Jean se acercó a ella, pero todo fue en vano.

– ¿Y sabes que, Jean? ¡Odio que me trates como tu madre! – Le gritó – ¡Porque no creo que le pidas a ella lo que me pides a mi cada noche!

Jean no alcanzó a responder, cuando la puerta de la habitación se cerró de un potente portazo.

Soltó un gruñido molesto. No era la primera vez que peleaba con Mikasa y a pesar de que odiaba con el alma llegar a esas instancias con ella, inevitablemente sus personalidades hacían choque y terminaban así. Molestos, dolidos y distanciados.

Antes de ir tras ella, Jean decidió que lo mejor era darle su espacio y que se calmara. Él necesitaba lo mismo.

Se sentó en el borde de su cama y observó la habitación. Mikasa tenía razón: Era un chiquero. Ropa por todos lados, zapatos, la cama desordenada. Resopló molesto, odiaba no tener la razón. Tenía su orgullo y pesaba, pero también sabía cuando cometía un error y era capaz de reconocerlo con madurez.

Recogió la ropa del suelo y la dobló con calma para luego guardarla en el armario, separó la que necesitaba ser lavada y la metió en un canasto, tomó sus zapatos y los guardó, estiró las sábanas sobre la cama y moldeó los cojines para colocarlos encima. Una vez terminada su labor, abrió las cortinas y las ventanas para que entrara aire fresco.

Salió del pasillo sin notar rastro de Mikasa. Sin dudarlo, se dirigió al baño y luego a la sala, donde limpió y ordenó el desastre que había. Finalmente se dirigió a la cocina, el lugar más crítico, limpió los platos y cubiertos, barrió el piso, botó restos de comida y guardó la vajilla limpia en los aparadores de la cocina.

Se sentó sobre una silla exhausto. Mikasa hacia esto día a día y era realmente agotador. Toda su vida vivió lleno de comodidades, en casa de sus padres, su madre no le hacía ni recoger una cuchara, siendo cadete en el ejército sólo acataba órdenes, no tenia iniciativa propia para esas cosas o más. Pero ahora todo era distinto, era un adulto joven, responsable de un hogar y lo más importante aún, vivía con otra persona a la cual tenía que apoyar y ayudar, así como ella lo hacía siempre con él.

Se dirigió al único lugar al que no había ingresado en todo ese rato: La habitación-estudio. Sin tocar, abrió la puerta lentamente y entonces la vio. Mikasa estaba sentada en el suelo, abrazada de sus piernas, rodeada de cajas. Ya no tenía esa mirada de rabia infinita, su mirada ahora era más bien alicaída.

–¡Mierda! No pensé que este lugar estuviera tan terrible - Exclamó Jean, ingresando a la habitación, sorteando las cajas. Mikasa levantó la mirada hacia él, sin hablar. Él se sentó a su lado, en el frío suelo.

Ninguno habló. Mikasa pensaba si así era la vida en pareja, llena de peleas insignificantes ¿Sus papás habrán pasado por lo mismo? No los recordaba haberlos visto pelear así, por situaciones domesticas, quizás evitaban hacerlo frente a ella por ser muy pequeña.

–Lo siento- Jean rompió el silencio- Supongo que tenías razón, soy bastante desordenado.

Mikasa lo miró en silencio. Jean tenía la mirada hacia el frente, sonrió levemente.

–Las labores domésticas no son mi fuerte, nunca lo fueron en realidad, ni de niño- Se giró hacia ella - Prometo poner más de mi parte, prometo ayudar más, Mikasa… pero ¿Por qué no me dijiste que odiabas este lugar?

–No lo odio… estaba enojada contigo y... - Bajó la mirada hacia sus rodillas, se abrazó a sus piernas con más fuerza - Lo dije sin pensar. Lo siento también, por todo lo que te dije. Sé que trabajas mucho y sólo piensas en llegar aquí a descansar.

Jean suspiró aliviado.

– ¿Sabes lo que pienso cada vez que llego a casa? - Le preguntó. Mikasa negó con la cabeza - Que soy tan afortunado. No por tener un lugar donde descansar, es más que eso… me siento afortunado porque sé que tú estarás aquí, esperándome.

Ella se soltó del abrazo de sus piernas, su mirada se había suavizado.

–Sabes que siempre está la opción de… - Jean no terminó de hablar, cuando sintió las manos de Mikasa tomar su rostro y segundos después sintió su suaves labios sobre los suyos.

–Lo sé y no es una opción para mí - Habló ella, separándose levemente de él - Yo también me siento afortunada de que estés aquí.

Se volvieron besar. Jean la abrazó con fuerza.

–Te prometo que no estaremos aquí para siempre - Le dijo sin soltarla, Mikasa se aferró a su camiseta - Te prometo que algún día viviremos en la casa de nuestros sueños.

– ¿Sin vecinos odiosos?

– ¿Nuestros vecinos son odiosos?

–A veces creo que me miran raro – Mikasa se sinceró, estaba triste. Jean sintió que se le apretaba el corazón al escucharla. Pero no le sorprendía, a pesar de que poco a poco Paradise se estaba volviendo más cosmopolita, Mikasa seguía siendo una chica de rasgos exóticos para muchos.

–Son unos idiotas - Jean sonrió, acariciándose su rostro con cariño - Eres la vecina más guapa del barrio, por eso te miran así.

Mikasa rió suave. Jean rio con ella, mientras la ayudaba a ponerse de pie.

–Prométeme que no te guardarás las cosas, Mikasa - Le pidió - Que si algo te molesta, no dudes en decírmelo. Soy tu novio, siempre te voy a escuchar y apoyar.

Mikasa parpadeo rápidamente.

– ¿Somos novios?

– ¿Eh? ¡Claro que sí! - Jean se sonrojó, riéndose nervioso - ¿Acaso crees que invito a vivir conmigo a cualquier mujer?

–Nunca me lo pediste - Rodeó su cuello con sus brazos, sonriente. Jean la tomó de la cintura y la acercó hacia él.

–En ese caso ¿Quieres ser mi novia, Mikasa Ackerman? - Le propuso. Mikasa asintió.

–Quiero ser tu novia, Jean Kirstein - Respondió ella, sintiendo un calor invadir su pecho. Era lo que más quería en el mundo: Ser su novia, su compañera, su amante. No su madre o su hermana, ella quería otro compromiso. El mismo que deseaba él.- Aun cuando tengas manías raras al preparar tu comida, creo que son tiernas.

Jean rió.

–Yo también quiero ser tu novio, aun cuando quieras mandarme todo el tiempo - Bromeó él, Mikasa arqueó una ceja, divertida - Te ves tan sexy dando órdenes.

Se volvieron a besar, sellando su compromiso y dejando atrás sus diferencias, con la promesa de ser cada vez mejor persona para el otro.

– ¿Sabes lo que hacen los novios después de discutir? - Susurró Jean cerca de su oído, recorriendo una de sus manos sobre su espalda, levantando su camisa. Mikasa sintió una corriente eléctrica recorrer todo su cuerpo al sentirlo tan cerca.

– ¿Arreglar nuestra casa juntos? - Contestó ella, recuperando la cordura - Si ordenamos esta habitación juntos, terminaremos antes.

– ¿En serio? ¿Ahora? - Sonaba un poco decepcionado, pero Mikasa estaba tan entusiasmada con la idea de armar el estudio, que no podía protestar. Y no, no lo sentía una obligación, tampoco una manía, se trataba de vivir bien, de ser responsable con el otro- De acuerdo, ordenemos este lugar.

–Gracias- Mikasa le dio un beso en la mejilla, antes de alejarse de él y empezar a vaciar las cajas.

Jean se dispuso a hacer lo mismo y en un par de horas, entre pláticas, risas y bromas, la desordenada habitación se convirtió en un pequeño y elegante estudio.

–Somos un buen equipo- Opinó Jean satisfecho por el arduo trabajo, antes de cerrar la puerta de habitación. Mikasa asintió.

–Lo somos- Repitió ella también, sintiéndose contenta de lo que habían logrado.

No existía la relación perfecta y a lo largo de su vida en pareja, tendrían más de una pelea. Pero la relación ideal no existía, esa era de libros, de cuentos. Las relaciones de verdad eran como la que tenían en ellos: Que aun conociendo sus defectos, aun tratando de aceptar las diferencias del otro, siempre elegirían estar juntos. Una y mil veces.