-¿Y cómo va todo, cariño? ¿Que tal las clases?

El ruido tras la línea telefónica de su madre era como poco ensordecedora, así que no le extrañaba que le hiciera la misma pregunta que ya le había formulado al principio de su conversación semanal. O posiblemente se le hubiera olvidado la respuesta. Su madre era así. No es que fuera una mala madre, o despreocupada, todo lo contrario, pero a veces el ritmo de su vida era tan vertiginoso que el resto se quedaba atrás.

-Bien, mamá. Tengo exámenes esta semana. Estoy bastante ocupada- contestó Bella.

-Pero no lo suficiente para salir y divertirte, ¿no? ¿Que hay de ese grupo de chicas del que me hablaste? Parecían muy majas y fueron muy agradables contigo cuando llegaste.

Grupo de chicas agradables. ¿Que quedaba de ellas? Angela y poco más. Jessica le había jurado odio a muerte cuando supo que había invitado a Edward a la dichosa playa hacía semanas, rechazando a lo mejor que ninguna chica podía aspirar en Forks, según ella decía, regocijándose cuando éste la había plantado y dejado de hablar en clase. A Jessica se le había unido la estirada de Lauren y si no fuera por Angela, le pediría a su padre terminar el instituto por correspondencia.

-Todas estamos muy ocupadas, mamá. Además, ellas están preocupadas por un baile y...

-¿Un baile?- le interrumpió a la vez que un chirrido sonaba tras la línea- ¿Y tú no vas a ir?

El baile. El dichoso baile. Últimamente no oía hablar de otra cosa. Allá donde estuviera: en clase, a la hora de la comida, en el aparcamiento... Parecía la diversión número uno de Forks, donde sólo había una cafetería, una pizzería y una bolera y que además cerraban a la diez de la noche. Las chicas hacían cálculos de quién se lo pediría y los chicos sumaban quién no les diría que no. Y en medio de todo eso estaba ella, quien nunca había ido a ningún baile, sus preocupaciones iban más allá de encontrar un buen vestido y no tenía coordinación para hilar dos pasos al ritmo de ninguna canción.

-No, mamá, no creo. Los bailes no son lo mío.

-¿Y eso, cómo lo sabes? ¡Nunca has ido a ninguno! ¡Tienes que ir! Dile a Charlie que se rasque un poco el bolsillo y te de dinero para un vestido nuevo. ¡Y para unos zapatos! Tienes que hacerte un montón de fotos y mandármelas, ya que me voy a perder la primera vez que vayas a un baile del instituto.

-Mamá...- suspiró- No voy a ir, así que no te pierdes nada.

-¿Cómo?- repitió acompañada de un nuevo chirrido- ¡Claro que vas a ir! ¿O es que acaso es que nadie te lo ha pedido?

Bella suspiró de nuevo a la vez que ponía los ojos en blanco. Las peticiones del baile, que horror, lo que estaban generando más mal rollo en su pequeño mundo si eso era posible. Nadie se lo había pedido oficialmente pero sabía que Mike se lo iba a pedir. Y que Tyler se lo iba a pedir. Incluso Eric. Y eso la ponía muy nerviosa. Porque sabía que otras chicas querían que esos mismos chicos se lo pidieran y ella iba a rechazarlos. Uno detrás de otro. Rezaba día tras días para que su burbuja de popularidad explotase y que nadie le diera cuentas ya. No, en eso mentía. No quería que todo el mundo dejara de verla interesante e increíble. Sólo había una persona que le preocupaba, le seguía preocupando y le quitaba el sueño por las noches. Pero para esa persona seguía sin existir y debía de vivir con ello.

-No exactamente- contestó- Pero está bien, no importa. Supongo que no soy una chica de bailes.

-Oh, cariño- dijo su madre con el nuevo chirrido al otro lado- Tú eres todo lo que te propongas. Quizás él sea demasiado tímido- soltó una risita.

Él no era tímido. Era... ¡imbécil! A veces podía hasta golpearle y gritarle cuatro cosas. Su indignación y nerviosismo llegaba a tal grado en la clase de Biología que cuando tocaba el timbre anunciando el final de la misma podía estamparle los libros en esa cabeza dura suya. Dura, perfecta y preciosa. Le observaba tanto desde la lejanía de su pupitre que sabía cada cuando inspiraba e inspiraba, cada cuando tragaba saliva o cada uno de los ruidos perfectos que salían de su cuerpo: tosidos, carraspeos... Solía pasarse los dedos por los cabellos cuando estaba nervioso, se llevaba los dedos al caballete de la nariz cuando algo le frustaba y cuando la clase le aburría apoyaba la barbilla en su muñeca y miraba a la ventana, sobre todo cuando fuera hacía sol.

A estas alturas podía escribir un decálogo de Edward Cullen para todo aquel el que estuviera interesado y quisiera conocerle tan bien como lo hacía ella.

Aunque dudara que alguien quisiera conocerle con la mala prensa que seguía haciéndole Jessica cada vez que pasaba cerca o lo que le coreaban los chicos cuando claramente sólo hablaban así por celos.

-¿Cómo era su nombre?- insistió su madre- ¿Edwin? No has dicho nada sobre él desde que me contaste que le habías dicho que se pasara por la playa.

-Porque no hay nada que contar. Y se llama Edward, mamá.

-Entonces, deberías de pedírselo tú- añadió nuevamente.

¿Ella hablando de nuevo con Edward? El infierno estaría a punto de congelarse si eso pasaba. Porque no puedes hablar con una persona que no va a contestarte. Más cuando medio instituto está pendiente de tus movimientos. Cuando llegaba a clase y se sentaba al lado le levantaba las cejas como saludo y lo máximo que le había dicho era una corrección en una práctica que ella tenía mal. Lo que la hacía sentirse aún peor porque su decálogo la estaba convirtiendo en una obsesa de sus movimientos, sus suspiros y su olor y él la detestaba.

Pedírselo ella a él. Con eso podía aún soñar.

-Mamá, creo que Edward sale con otra chica- mintió- De otro instituto. Así que no se lo pediré. Ni a él ni a nadie. Asúmelo: tienes una hija paria social. Vivirás mejor.

Su madre se rió y el ruido cesó. Quizás el camión del área de descanso desde donde llamaba ya había acabado de descargar o lo que diantres estuviera haciendo para molestar tanto, así que con ello dejó de meterse el móvil por la oreja como si con eso pudiera escuchar mejor a su madre, aunque no fuera necesario porque con tanto jaleo parecía que había perdido la audición y siguió hablando al mismo volumen de antes.

-Ya nos han contestado de la casa de Jacksonville, cariño. ¡Te encantará! Está al lado de la playa, apenas a un paseo. Tiene jardín y tendrás tu baño propio. No puedo esperar para que pasemos el verano juntas. ¿Cómo van tus ahorros?

Sus ahorros iban sobre ruedas dado que por fortuna en ese pueblo no hubiera muchos sitios donde derrocharlo. Los billetes de avión eran muy caros así que cuando le planteó a su padre pasar un mes en verano en Florida con su madre para volver al curso en otoño éste le ayudó a buscar un trabajo con el que costear las vacaciones. El pueblo era canijo y no había mucha oferta de empleo, así que cuando los Newton le ofrecieron un puesto en su tienda de deportes se sintió más que afortunada.

Después le pareció un suplicio porque allí casi no entraba nadie, la tienda era de la madre de Mike y él se pasaba allí media tarde o que por ofrecerle un empleo parecía que le debía la vida y debía besar el suelo que él pisaba.

Todo fuera por las vacaciones. Y por alejarse de Forks y de la lluvia.

-Enseguida tendré para los billetes, mamá. Yo tampoco puedo esperar a verte. ¿No le importará a Phil?

-¿Por qué ha de importarle? Tú llevas en mi vida 16 años más que él- se rió- Iremos a la playa, pasearemos e iremos a yoga.

Introduzca 50 céntimos más si quiere seguir hablando.

-¡Cariño!- exclamó tras la locución- No tengo más dinero suelto y tengo que ir a cenar. Hablamos en unos días, ¿de acuerdo? Te quiero. Hasta pronto.

Y sin más, su madre interrumpió la llamada, antes si quiera que se hubiera despedido. Bueno, algo normal en ella. Colgó su teléfono móvil y se echó hacia atrás en la cama para mirar el techo de su habitación. Fuera llovía, llovía a mares. Incluso tronaba. Así que cerró los ojos y esperó a que si no soñaba con un mundo donde Edward le hablaba, un sitio donde hacía sol y calor.


Llevaba media tarde descargando plantas. Plantas grandes, pequeñas, con flores, sin flores, verdes, marrones, violetas, azules... No sabía para que diantres su madre quería tantas plantas, sobre todo contando que vivían en mitad del bosque y que cuando estaban más de seis días sin pasar el cortacésped, la maleza les empezaba a acechar y a meterse por las ventanas. Sobre todo si llovía sin descanso, como hoy, porque no sólo tenía que entrar y salir con las dichosas plantas para dejarlas en el garaje, debía de ir a buscarlas al jeep cubriéndose con la capucha de su cazadora que en este momento no le cabía ni una gotita más de agua.

Quería hacer algo bonito en la casa, le había repetido después de salir por tercera vez del invernadero. Menuda tontería. La casa era preciosa, quizás la más bonita de todas las que habían vivido. Y si ya era bonita de por sí, con su diseño vanguardista, su espacio y su enclave, con la decoración de su madre ya era exquisita. Pero si quería hacer algo bonito con ella lo mejor era las maletas para largarse de allí porque Forks le hacía cada segundo más infeliz.

No Forks en concreto. El pueblucho no tenía culpa de nada y ya era suficiente con ser el lugar más llovioso de todo el condenado país. Era su gente. La gente del instituto para ser más exactos. Sus absurdas inquietudes. Ahora era un baile. Un baile de primavera o algo por el estilo. No es que escuchara las conversaciones ajenas pero no estaba sordo y todo el mundo hablaba de ello a su alrededor. Quién iría con quién o quién se lo pediría a quién. Sabía que un montón de chicos hacía cola para pedírselo a Bella. Lo que le enfurecía. Y más le enfurecía no saber por quién se decidiría o que color escogería para su vestido. ¡Él pensando en colores de vestidos! Estaba para que lo encerraran.

Era ese pueblo, antes no le ocurrían esas cosas.

Azul. Seguro que el azul le sentaba muy bien. Tenía un jersey de color azul que le iluminaba la cara, incluso sus mejillas cuando se sonrojaban se veían más adorables cuando llevaba ese jersey. Odiaba al malnacido, fuera quien fuera, que tuviera el honor de que Bella le acompañara a ese estúpido baile o a donde fuera.

-¿Ya está todo, cariño?- le preguntó amorosamente su madre desde la escalera que comunicaba la cocina con el garaje.

-Sí, sólo quedan unas hojas que se han soltado en el viaje, pero creo que voy a dejarlas junto al montón de porquería que Emmett amontona en la parte de atrás.

Le sonrió tan amorosamente como antes y le tendió la mano para estrechársela a la vez que ascendía hacia la casa. Su madre dio un respingo a la temperatura y se la abrigó con las dos suyas.

-¡Estás helado, hijo! Y empapado. Quítate esa ropa húmeda antes de que enfermes.

Antes de que pudiera pronunciar sonido, su madre ya le estaba quitando la cazadora, primero para sacudirla y segundo seguramente para tirarla al fuego por si había osado a no cumplir su cometido: abrigarle del frío y protegerle de la lluvia. Su salud siempre había sido la obsesión de su madre y cada vez que se refriaba como cualquier otro niño siempre la tenía encima comprobando sus constantes vitales cada cinco minutos no fuera nada más grave que no pudieran curar en su casa que les llevara a un hospital donde comprobarían que los datos médicos de su seguro no eran reales porque no era quien decían que era y alguien les descubriera. Siempre lo habían mantenido todo a raya gracias a que su padre era médico y jamás tuvo nada más grabe que un constipado o las infecciones típicas infantiles hasta que una vez, jugando con Emmett, se dislocó un hombro y necesitó unas radiografías y todo se puso bastante tenso cuando el equipo médico del hospital sólo aplicó el protocolo normal ante los servicios sociales cuando un niño aparece herido en urgencias.

-¿Quieres un chocolate caliente?- añadió sin dejar de sacudir la cazadora- Con una aspirina. Te daré una aspirina con el chocolate ahora mismo.

-Estoy bien, mamá, no es necesario- dijo- Este clima me está curtiendo. No hace falta.

-¿Seguro?- preguntó levantando una ceja.

Asintió y se acercó para que le tocara la frente como sabía que iba a ocurrir a continuación, donde estaba la temperatura normal. Como con la mano no pareció calmarse lo suficiente lo siguiente sería comprobarlo con los labios para lo que, desde hacía varios años, tuvo que agacharse ligeramente porque era más alto que ella.

-Si te encuentras mal, no dudes en decírmelo. Llamaremos a tu padre de inmediato- insistió.

-No hará falta- respondió.

Le sonrió amorosamente como siempre y le dio otro beso, esta vez en la mejilla, enorme y sonoro, tanto que retumbó en toda la cocina. Pero lo que pensaba que se iba a prolongar con besitos cortos y ruidosos, los mismo que le daba cuando era pequeño, se terminó abruptamente para que exclamara:

-¡Edward! ¡Pinchas! ¿Desde cuando no te afeitas?

Se llevó directamente la mano a la misma mejilla y no le hizo falta hace mucha memoria porque su madre tenía razón y sí, rascaba. Hacía ese sonido típico cuando pasaba la mano donde el vello facial despuntaba. Y hacía varios días. Normalmente nunca le importó mucho su aspecto físico pero últimamente si no fuera por las normas de civismo ni se ducharía. Estaba tan desganado que estar enfrente del espejo mientras se cepillaba los dientes le aburría y si por él fuera iría a clase en pijama porque no soportaba que Alice le conjuntara como si fuera un Ken gigante al que le encantaba vestir y peinar.

-¿Cuándo te has hecho tan mayor, hijo?- añadió para reírse.

-Creo que entre Denver y Syracusa- respondió Edward.

-Recuerdo cuando esta carita me cabía en una sola mano y era sonrisadita y preciosa. Ahora sigue siendo preciosa, pero deberías de afeitarte para que a alguien le apetezca besarte y no se deje los labios contra tu piel.

-Oh, mamá- suspiró avergonzado apartándose- Si a ti no te molesta, no sé porqué debería de afeitarme. Tú y Alice sois las únicas chicas que me besáis.

-Estoy segura, de que eso es porque tú no haces más para conseguir besos- le guiñó un ojo- Habrá una cola de chicas en alguna parte deseando que las beses.

-Una cola inmensa...- le hizo burla abriendo los brazos abarcando una cantidad imaginaria.

Su madre se rió para darle un codacito a punto de tomar aire para decir algo más cuando Alice irrumpió en la cocina con su energía habitual. Venía dando saltos mientras exclamaba algo a un público inexistente que ahora sería ellos.

-¿Puedo ir, verdad? ¿Puedo? ¿Puedo? Dí que sí, mami, dí que sí.

Sin dejar de dar sus saltos se plantó delante de Esme para pegarle prácticamente en la cara un sobre con una cartulina que tuvo que coger y retroceder para poder averiguar de que se trataba. Esme miró la cartulina, miró a Alice que esperaba con las manos cruzadas en gesto de súplica y después miró a Edward para suspirar.

-Cariño, conoces las normas.

-Pero ahora es diferente, ¿no? Forks es seguro. E ir a un baile parece tan inofensivo...

Su madre volvió a suspirar y a mirarle, en busca de ayuda. En busca de la voz lógica de esta locura cuando todo era por culpa de él. Pero ahí no podía ayudar porque lo único que podía desear era que suspendieran ese dichoso baile y que así nadie fuera: ni que Alice pasara ganas de asistir ni que nadie invitara a Bella y tuviera la fortuna de entrar con ella del brazo. Dichoso baile y dichoso instituto. Por qué no se graduaría ya y se largara de allí. A Europa. O a donde fuera. Pero lejos.

-Por fa, por fa, por fa...- imploró juntando más las manos a la vez que apretaba los ojos.

-Quizás...- dudó su madre.

O no, la perdían. Se ablandaba. Las armas de Alice ganaban.

-... debiera hablarlo con tu padre. Si os aseguráis que nadie os toma fotografías o... no veo por qué no.

Alice dio un gritito de los suyos y se lanzó a los brazos de su madre para seguir dando saltos. Saltos de felicidad jovial como todo lo que Alice representaba.

-Seremos muy pero que muy cuidadosos. Te lo prometo. No, te lo juro. Te lo juro por lo más sagrado.

-No blasfemes, Alice- dijo él- Estás a punto de salirte con la tuya, así que cierra el pico antes de que juegue en contra tuya.

-¿Y por qué no vienes tú también, Edward?- respondió con el mismo tonillo angelical y su cara de no haber roto un plato jamás.

-Es cierto, hijo. Si a tu padre le parece bien y nadie os hace ninguna fotografía, no veo por qué tú no vas a ir. Suena divertido.

-¿Divertido?- repitió él- ¿Un baile? ¿Con Alice y Jasper? Como si no tuviera suficiente con ser su carabina todo el día para hacerlo en mi noche libre. Ni lo sueñes.

-No hace falta que vayas solo- insistió Alice.

-Mamá no puede ir a un baile de instituto- replicó.

-No me refería a mamá, bobo- le sacó la lengua- Me refería a cualquier chica del instituto: Jessica estaría encantada de que se lo pidieras.

-Y yo de tener una orden de alejamiento contra ella- dijo- La vida es así de injusta.

-Y... ¿Bella Swan? ¿Qué te parece si se lo pides a Bella Swan? El otro día en Literatura estaba hablando con Angela Weber y aún no tienen pareja.

Un soplo de alivio le recorrió todo el cuerpo, tanto que ya no tenía la espalda agarrotada de cargar con las plantas como si fuera un mulo, ni tenía las manos frías por culpa de la lluvia. Bella no tenía pareja. Ningún desgraciado había cambiado su fortuna gracias a ella. Por un segundo se imaginó un hipotético salón donde estuvieran los dos. No, un salón no, quizás un césped, donde hacía sol y cantaban los pájaros. Una playa, donde no llovía ni hacía frío. Pero su sueño se volvió realidad cuando se dio cuenta de que no podía estar cerca de ella y que no podía pedirle ir a un baile después de retirarle la palabra, menos cuando posiblemente le aborrecía para inventarse cualquier excusa para no posar en las fotografías de la entrada o estar alejados lo máximo posible de gente que pudiera hacer preguntas.

No podía hacerle eso a Bella.

-¿Bella aún no tiene pareja?- repitió su madre como si fuera otra cotilla del instituto.

-No, aún no. Le dijo a su amiga que lo suyo no eran los bailes, pero eso sólo se dice cuando aún no te lo ha pedido el chico que quieres. ¿No crees, mami?- volvió a decir en su tono inocente.

-Suena mucho a psicología inversa femenina. Y si lo dijo en voz alta tal vez era para que tú lo oyeras y se lo dijeras a Edward, ¿no te parece?

Entonces, no pudo más. No solamente tenía que ser el centro de habladurías en el instituto, si no que ahora era de su propia madre y su propia hermana. ¡Era suficiente! Ni en casa podía estar un rato tranquilo de tanto chismorreo.

-No, no me parece- exclamó- No te parece, Alice. Bella y yo no hablamos, ni siquiera en clase, así que no creo que lo dijera con ese fin porque posiblemente me deteste. Si la oíste tal vez es que pasabas demasiado pegada a ella. Y no pienso pedirle a ella ni a nadie que me acompañe a un estúpido baile.

Esme le dio un codacito disimulado a Alice para que cortara el tema porque conocía muy bien el temperamento de Edward y no aguantaría ni un segundo más la broma, y la chica no le quedó más remedio que exhalar el aire de golpe. Aunque una de las facultades de Alice no era quedarse con la palabra en la boca y aún así murmuró:

-El baile no es estúpido. Yo quiero ir.

-Está bien, cariño- insistió su madre- Irás. Lo hablaremos esta noche con tu padre.

-¿Puedo comprarme un vestido nuevo? Habrá que ir muy elegante.

-Podemos ir a la ciudad este fin de semana. Edward, cariño, ¿querrías acompañarnos?

¿De compras? ¿Con su madre y su hermana? ¿Acaso estaba muerto y eso era el purgatorio? Debía de haber sido muy malo en otra vida, un asesino en serie o algo por el estilo, para vivir como vivía y seguir recibiendo castigos.

-Cenaremos en un restaurante agradable y no tardaremos mucho, te lo prometo- insistió su madre.

Todo fuera por salir un rato de casa con ella, cosa que hacía muy poco tiempo que podían hacer. Bueno, no era tan suplicio. Se quejaría lo máximo posible en cada tienda y así se irían directos a cenar. No estaba mal para pasar el fin de semana. Era eso o ver deportes con Emmett sin descanso. Por lo que asintió antes de que la jovialidad de Alice volviera a llenar la cocina con grititos y vítores.


-Yo creo que me lo pedirá tarde o temprano. Lo que no sé es por qué tarda tanto. Hacemos una pareja ideal. Si fuera nuestro baile de graduación seríamos el Rey y la Reina de la promoción- cotorreó Jessica sin descanso.

Llevaba fantaseando con ese momento, con el momento en el que Mike le pidiera que fueran al baile de primavera días. No, semanas. Meses. Años. ¿Cuanto llevaba en Forks? Allí no pasaba el tiempo como en el resto del país. Entre lluvia, niebla, granizo y Jessica se veía atrapada día a día en su sopor donde solamente veía la luz al final de túnel pensando en las vacaciones con su madre o en su decálogo de Edward.

Ahora mismo pasaba por delante en dirección a la mesa de sus hermanos. Llevaba los vaqueros. Esos que estaban diseñados pensando en él. Alguien le había dicho que los Cullen nunca repetían ropa y que la tiraban en vez de lavarla, pero eso era mentira porque podía organizar un ropero con toda las prendas que conocía de Edward. La cazadora, por ejemplo, solía ponérsela cuando sólo había niebla y no llovía. Y esos pantalones le gustaba llevarlos más con unas zapatillas deportivas de cordones blancos. La sudadera quizás si que era nueva, pero era de un color grisáceo de la que tenía otra ropa.

Casi podía olerlo si se concentraba. Era un olor indefinido. Una colonia bastante sutil con quizás el gel fijador del pelo, algún cosmético masculino los días que estaba afeitado y con lo que fuera que lavaban la ropa. Su hermana, Alice, la chica de la clase de Literatura, olía también a eso. No es que fuera oliendo a los Cullen, pero pasó por detrás de ella y ya se dedicó a festejar junto con sus fosas nasales.

-Yo le daré hasta hoy a Tyler. Si no lo hace, se lo pediré a otro chico- contestó Lauren.

-¿A quién?- preguntó Jessica- ¿Quién podría ser tan importante para que tú se lo pidas? Yo no se lo pediría a ningún chico ni muerta. Son ellos los que deben de venir y pedírnoslo.

-¿Has oído hablar de la igualdad de sexos, Jess?- se autoinvitó Bella a la conversación de la mesa.

-Sí, he oído hablar y no estoy de acuerdo. No soy una bollera con pelos en la axila que va por ahí sin sujetador. Yo creo en la caballerosidad. Por eso espero que un caballero me pida que vaya con él al baile.

Bella aguantó por enésima vez poner los ojos en blanco y se tragó su contestación con un poco de yogur. Se centró de nuevo en Edward. En su espalda. ¿Cómo alguien podía ser guapo hasta por la espalda? Hasta la manera en la que se reclinaba en la silla era perfecto. O como se apartaba de la pelotita de papel que le lanzaba su hermano, el grandullón. Si cerraba los ojos y seguía ignorando la conversación absurda de Jessica y Lauren, podía escuchar su risa. El mundo debía de pararse cuando Edward se reía, cosa que no pasaba a menudo. Era como una sinfonía preciosa.

-¡Chicas! ¡Chicas!- exclamó Angela arrastrando la silla, traiéndola a la realidad- ¡No os lo vais a creer! Fui hacia Ben y asumí el control. ¡Se lo pedí! ¡Y me dijo que sí!

-¿Te dijo que sí?- repitió Jessica.

-¿Se lo pediste?- preguntó Lauren.

-Felicidades, Angela. Sé que tenías muchas ganas de ir con él. Te lo pasarás genial- contestó Bella.

-¡Estaba tan nerviosa!- añadió- Me dijo que él también quería pedírmelo hace tiempo, pero que no encontraba el momento. Es tan tímido y tan mono. Estoy muy feliz de haberme decidido.

-Claro que sí. Tenéis un montón de cosas en común, sólo era cuestión de tiempo- dijo Bella.

-Ahora sólo necesito el vestido perfecto. ¿Tenéis planes este fin de semana? Podíamos ir de compras. ¿Jess, Lauren?

-Oh, sí, sí, iremos. Tenemos que ir antes de que se lleven los mejores- dijo Jessica- Podemos ir el sábado y pasar el día en la ciudad.

-¿Bella?- insistió Angela.

-¿Yo?- tragó yogur- Bueno, yo no voy a ir al baile y no necesito ningún vestido así que...

-Pero quiero que me ayudes a escogerlo. Por favor...- rogó- Será divertido.

Ir de compras y más con Jessica y su verborrea le parecía una tortura, pero tampoco tenía nada mejor que hacer. Quizás encontrara alguna librería o incluso una tienda de discos. Estaba cansada de los que se había traído de Phoenix y en casa de su padre no había ningún material que no fuera de caza o deportes. Se podría escaquear y así éste no le echaría en cara que apenas salía.

-Claro, iré.

Entonces, en la mesa, el silencio se hizo. Sí, Jessica cerró el pico y miró a alguien que se acercaba a Bella por la espalda. Éste alguien carraspeó y dijo:

-Bella, ¿crees que podríamos hablar?


-El capullo de Newton a las 10. Dios, este tío camina por la Tierra como si los demás tuviéramos que arrodillarnos a su paso. Se está jugando que un día le lance la pelota a esa bocaza suya y le saque unos cuantos dientes- murmuró Emmett.

Edward iba a levantar la vista, gesto instintivo cuando alguien habla de alguien que tienes a la espalda, pero detuvo el movimiento de su cuello a la mitad porque ni Newton le importaba lo suficiente para volverse y menos para ver que seguramente cruzaba hacia la mesa donde Bella y su jersey azul estaban sentados. Últimamente pasaban demasiado tiempos juntos y por eso le odiaba más y más: ahora Bella trabajaba en la tienda de sus padres y el muy patán la acompañaba a la salida para ir juntos. Le daba tanto asco que podía vomitarle encima. La tenía sólo para él durante 20 horas a la semana en aquella tienda donde no entraba ni un alma. Podía importunarla lo que quisiera, hacerla reír, llorar y conocerla, lo que él no podía hacer. Genial, la comida ya le estaba sentando mal.

-Mierda. El muy capullo ha ido hacia tu Bella, le ha dicho algo y ahora le acompaña.

El pánico se apoderó de él, tanto que tuvo que sujetarse a la mesa para no darse la vuelta y lanzarse encima de ese despojo humano. A Bella no le caía bien, eso lo sabía. Sólo hacía falta observarla cinco minutos para conocer un repertorio de muecas y tics nerviosos que repetía cuando algo le agradaba o le desagradaba. El yogur de fresa, por ejemplo. Le encantaba. Relamía la cuchara y se le pintaban dos líneas en las mejillas. El olor del formol, lo detestaba. Se mordía los labios por dentro evitando respirar e incluso metía los puños dentro de las mangas del jersey. Cuando miraba al microscopio se pasaba el pelo tras la oreja, signo que lo que fuera le interesaba. Y Jessica le desagradaba, porque ponía los ojos en blanco muchas veces.

Y ese imbécil no juntaba ni un sola línea sonrosada en las mejillas de Bella.

Inspiró y expiró e incluso rezó para que Emmett narrara la siguiente parte: que Bella se volvía indignada sin tener más que hablar con aquel patán. Pero no, salía de la cafetería y se perdía por el pasillo donde ya no podía verles.

Así que hizo algo que, aunque le pasara factura después, seguro que su salud coronaria lo justificaba.

-Alice, si me quieres, tienes que hacer algo. Te llevaré de compras hasta el fin de mis días. Pero, por favor...

-¿Que pasa, Edward?- preguntó su hermana soltando el tenedor de golpe, alarmada.

-Síguela. Pasa disimuladamente a su lado, chócate si hace falta, pero tienes que enterarte dónde va con ese gilipollas y qué quiere. Dime que no he metido la pata y que tengo alguna oportunidad.

Alice arrastró su silla hacia atrás y antes de que pudiera pestañear su hermana ya patinaba cafetería adelante. Su concentró para no girarse, para que no se notara mucho a donde la había mandado, pero eso fue fácil porque tres pares de ojos le miraban como si no le conocieran de nada.

-Tío...- murmuró Emmett el primero- No sabía que te había dado tan fuerte.

-Yo tampoco lo sabía.

-¿Por qué no le has pedido que te acompañe al baile, ahora que Esme y Carlisle nos dejan ir a ese tipo de sitios?- inquirió Rosalie.

-Porque no puedo.

-Lo que no puedes es tenernos de alcahuetas eternamente.

-Nadie te ha pedido que lo seas, Rosalie- replicó- ¿Te llamas Alice? No. Pues cierra el pico.

-Yo también quiero un esclavo de por vida que me lleve de compras cuando considere.

-Mala suerte- espetó.

-¿Y qué harías por mí si consigo que pierdas la virginidad?- añadió Emmett antes de reírse a carcajadas.

Rosalie le dio un codazo pero la risa socarrona de su hermano se cortó de seco mirando a lo que venía a su espalda. De dos pasitos de los suyos se plantó a su lado y le puso una mano en el hombro.

No hizo falta preguntarle qué había pasado o de qué se había enterado para saber por su expresión que era malo. Tenía las cejas curvadas hacia abajo lo mismo que los labios, su gesto de cachorrillo abandonado con el que lo conseguía todo, pero ahora no le dieron ganas de llamarla chantajista como de costumbre, si no se le partió el corazón.

-Lo siento mucho, Edward. Estaban junto a su taquilla y él le pedía que le acompañara ir al baile. No pude acercarme más porque no había nadie en el pasillo, pero ella le ha dicho que era muy amable por invitarle.

Le había dicho que sí a esa parásito. Bella iría con él al baile. Estarían más a solas de lo que normalmente ya estaban durante esas 20 horas semanales que la tenía para sí. Bella le había hecho el tipo más afortunado de la Tierra. Él le había hecho el tipo más afortunado de la Tierra. Y ahora sería testigo mudo de su felicidad. Les vería sentarse juntos días tras día en el almuerzo o esperarla entre clase y clase. Porque no regresaría a Forks una vez se graduara, pero seguramente en la reunión de antiguos alumnos habría tenido la oportunidad de conocer a los futuros hijos de ese patán con Bella cuando ella se apellidara Newton.

En un segundo su hipotética cita con Bella en su sitio soleado se había convertido en la familia perfecta de los Newton-Swan. Si con eso sus padres no le dejaban volver a estudiar en casa, es que sabían de qué asesino de la historia se había reencarnado.