Disclaimer: Los personajes de Candy Candy no me pertenecen, son creación de la novelista Kyoko Mizuki.
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"Tú que eres joven y te crees olvidado de los dioses, sabe que si te vuelves peor te reunirás con las almas inferiores, y que si te haces mejor te reunirás con las superiores, y que en la sucesión de vidas y muertes te tocará padecer lo que te corresponda a manos de tus iguales. Esta es la justicia del cielo."
PLATÓN
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Capítulo 4
Con una mano sosteniendo una taza de café y la otra recargada en parte superior de la ventana del estudio de su espacioso apartamento, ubicado en la planta quince de una lujosa torre del barrio de South Loop en Chicago, Michael observaba cómo los rayos del sol naciente que anunciaban un nuevo día, se reflejaban poco a poco en el lago Michigan.
Después de la pesadilla que lo había despertado de manera abrupta a mitad de la noche, intentó en vano volver a dormir, pues, al cerrar los ojos, la imagen de su rostro desfigurado reflejado en el aquel espejo en la penumbra, regresaba una y otra vez a su mente, perturbando sus pensamientos.
Decidido a no torturarse con ello, optó por distraerse y buscar algo que hacer en lo que restaba de la noche. Su primera opción fue mirar algo en la televisión. Con el control remoto pasó los canales uno por uno y, al ver que en más de cien opciones no había nada que le llamara a atención, se levantó de la cama y fue directo a su estudio. Y, ahí, sobre su fino escritorio de madera de cedro, miró las cintas magnetofónicas de las sesiones de Albert y Candy.
Por un instante se negó a escucharlas, ya había tenido demasiado con el mal sueño como para seguirse llenando la cabeza de más ideas. Sin embargo, sucumbió a sus temores y con un deje de fastidio y un poco de resistencia, colocó al azar una de ellas en el aparato, se sentó en su cómodo asiento de cuero negro y se dispuso a escuchar. Enseguida, la dulce y melodiosa voz de Candy llegó a sus oídos y sonrió inmediatamente. La evocó en su mente, era hermosa, o por lo menos a él se lo parecía en sobremanera. Hasta el presente, nadie le había gustado tanto como ella le gustó desde el día en que la vio por primera vez. Además, estaba esa peculiar sensación de haberla conocido antes que la hacía aún más agradable para él.
- Una vez que termine el tratamiento, la invitaré a salir- se dijo – Así que es preciso que sea cuanto antes- sonrió.
Sacudió la cabeza, intentando con este gesto hacer lo mismo con sus pensamientos y adelantó la cinta hasta el punto en que su relato comenzaba a coincidir con el de Albert Ardley. Con el fin de comparar la información, puso simultáneamente ambas cintas, quitando y poniendo una y otra alternadamente. Tomó nota de las similitudes y buscó entre algunos libros de su biblioteca y en internet, datos históricos con esas fechas. Se sorprendió al saber que, efectivamente, eran ciertos:
- "En Inglaterra, las persecuciones de brujas más famosas fueron llevadas a cabo los condados de Essex y Suffolk, entre los años 1644 y 1646, en plena Guerra Civil Inglesa…"
Entre más leía, más de daba cuenta que aquello era más que una simple coincidencia. Pero, si no era solamente eso, entonces ¿qué era? De Candy, su teoría hasta el día anterior había sido que se sintió influenciada por Jude y por alguna información con respecto a la quema de brujas que había visto o leído, pero, con Albert Ardley era distinto, él dudaba seriamente que un hombre el cual ha vivido la mayor parte de su vida con pies sobre la tierra y por necesidad debía mantener la mente fría para los negocios, recurriera a ese tipo de fantasías y, encima, coincidiera totalmente con la de Candy. ¿Esquizofrenia? ¿Trastorno de personalidad múltiple? ¿Consumo de drogas alucinógenas? Una por una fue descartando las teorías científicas pues ninguno de los dos encajaba en el perfil de este tipo de enfermedades o adicciones. Reencarnación, otra vez esa palabra vino a su mente.
- Será una larga noche- pensó.
Preparó café y buscó información. Leyó todo lo que pudo hasta que sus ojos necesitaron descanso. Estiró su cuerpo y miró por la ventana meditando en el asunto. Estuvo tan absorto en sus cavilaciones que, sin darse cuenta, llegó el amanecer y, para su disgusto, no había obtenido ninguna respuesta que le satisficiera del todo. Dejó la taza encima de la barra de la cocina y se alistó para dar una carrera que lo despejara antes de irse al hospital.
Después de cuatro kilómetros, Michael volvió a su apartamento y dirigió al baño de su habitación para darse una ducha. Mientras se rasuraba, observó su rostro en busca alguna marca. Sobre su tez blanca no encontró nada extraño, salvo la pequeña cicatriz en la barbilla que se había hecho de niño cuando se había caído de una bicicleta. Limpió los rescoldos de jabón y, dándose ligeras palmadas en las mejillas, aplicó la loción after shave que tenía en sus manos y con ellas, peinó sus cabellos castaños casi bermejos. En tanto lo hacía miró fijamente a sus ojos. Frunció el entrecejo. Realmente a él nunca le había gustado mucho el color de ellos, es más, pensaba que el gris era un color soso y aburrido y le molestaba tenerlo en algo tan primordial como eran sus ojos.
Con solo una toalla amarrada en la cintura, Michael contempló todo su cuerpo reflejado en el espejo de su amplio vestidor. Se reconocía a sí mismo como un atractivo hombre de facciones alemanas. Tal vez no como el "semidiós griego" de Albert Ardley, pero definitivamente tenia lo suyo. O por lo menos, casi toda la amplia lista de mujeres que habían pasado por su vida y por su cama, así se lo hicieron saber. Se irguió ante su imagen y automáticamente su plexo solar marcó los pequeños músculos en cuadros bien formados y apreció el uno ochenta de su altura. Tocó sus bíceps sólidos, y se giró para ver su fuerte espalda, todo ello producto del ejercicio constante en el gimnasio y la natación. Para el entero gusto de su cuerpo, a veces pensaba que le hubiese gustado ser más fornido, pero se reconfortaba con su complexión, cuando veía las ventajas de ser naturalmente delgado.
- ¿Cómo puedes comer todo eso y no engordar ni un gramo?- le preguntó en alguna ocasión una rubia que lo visitaba regularmente para tener sesiones de buen sexo, mientras lo veía prácticamente devorarse una pizza de pepperoni completa.
- No lo sé- respondió, alzado los hombros –Dios me bendijo con un metabolismo privilegiado.
A diferencia de Albert Ardley, Michael supo bien imponer su vocación a su padre desde muy joven. Él siempre supo que sería médico y, decidido a cumplir su deseo, pidió ayuda al hermano de su padre, Hugo (el cual había emigrado a los Estados Unidos) para que lo alojara y apoyara en ese país para que pudiera cumplir su sueño de estudiar medicina. El tío Hugo accedió rápidamente, no solo porque conocía a su necio hermano, sino también, porque tenía en gran estima al más pequeño de sus sobrinos. Así que, una vez que estuvo seguro que llegaría a un lugar fiable, no le importó en lo absoluto dejar Alemania, aun cuando su progenitor le amenazó con desheredarlo y dejarles todas las acciones de la pequeña fábrica de embutidos del que eran dueños en un pequeño poblado cerca de Bonn a sus tres hermanos mayores.
- ¡Volverás, dummen kleinen! ¡Sé que volverás! ¡Mis hijos nacieron para ser ganaderos, no médicos!- le gritó por despedida su padre.
Y fue así que, a los catorce años, Michael llegó a Chicago con poco dinero y apenas hablando algo de inglés.
Felices de tenerlo en casa, Hugo y su esposa Tracy, acogieron al chico como si fuera su propio hijo. Aunque al principio la pequeña Daisy, la única hija de ellos, lo miraba con recelo, pronto llegó a quererlo como un hermano mayor.
Fue inscrito en una escuela local cerca de donde vivía y en sus ratos libres hacia deporte y ayudaba a su tío en la fábrica de embutidos del que era dueño en ese país y la cual tenía mucho éxito.
- No sabemos hacer otra cosa, Michael, es por eso que lo hacemos tan bien. Además, gracias a ello es que tengo una buena posición económica.- le dijo Hugo, un día que Michael le preguntó que porqué habiendo tenido la oportunidad de cambiar de oficio seguía haciendo lo mismo que en Alemania.
Michael era inteligente y dedicado y pronto ocupó los primeros lugares de aprovechamiento en el colegio. Gracias a ello, obtuvo una beca completa en la Universidad de Columbia de la cual se graduó con honores. Su siguiente meta fue Harvard y la especialidad en Psiquiatría. Sin problemas, obtuvo su ingreso y completo satisfactoriamente sus estudios.
Fue invitado por el ejército a participar con ellos, después de que un catedrático lo recomendara por la tesis de investigación de TEPT en soldados de guerra. Sin pensarlo, aceptó y fue enviado a hacerse cargo del hospital militar en Irak.
Una vez que regresó, el joven Michael gozaba ya de un buen prestigió no sólo por su inteligencia y sus amplios conocimientos sino también por su personalidad, carisma y eficacia. Es por eso que, apenas regresó de la guerra, fue escogido para el puesto de jefe del área de psiquiatría del hospital St. Joseph, el más importante de Chicago, entre diez aspirantes de todo el país. Es así como a los treinta y cinco años, Michael fue el hombre más joven en ocupar la jefatura de ese departamento en toda su historia.
A pesar de ser tan dedicado a sus estudios y posteriormente a su trabajo, la vida social de Michael jamás se vio mermada por ello. Era asiduo a los bares de moda los fines de semana y gustaba ir a fiestas de alta sociedad con su prima Daisy, la cual, constantemente le presentaba amigas que se sentían atraídas por el carismático médico. Así conoció a Eliza, la desagradable amiga de Daisy que, sin ella saberlo, se metía a su cama cada que él se lo permitía y lejos del buen sexo oral, no tenía nada más de bueno que ofrecerle.
Soltero empedernido, Michael no se vio tentado a comprometerse con ninguna de las mujeres con las que había salido por periodos largos de tiempo, a pesar de más de una le había presionado para ello. Así como Albert Ardley, Michael sabía que no había encontrado la indicada para compartir su vida. En ese sentido, se había sentido identificado con él.
Mientras subía el ascensor hacia una junta de directivos del hospital, le echó un último vistazo a su traje azul navy de tres piezas en las paredes tipo espejo y se ajustó el nudo de la corbata roja. Desde que sabía que Candy trabajaba en el mismo hospital, se esmeraba un poco más en su arreglo personal aunque las probabilidades de encontrársela fueran muy pocas, sin embargo, ese día ella iría a su cita semanal y quería lucir lo mejor posible.
Después de la reunión, almorzó con algunos colegas y por la tarde se dirigió a su consultorio. La cita de Candy era a las 5:00 de la tarde. Maggy no tuvo que recordársela, él la sabía perfectamente la hora. Antes de ella tenía a otro paciente. Cambió su chaqueta por la bata blanca de médico y firmó algunos papeles en lo que llegaba la hora.
La primera consulta del día pasó sin contratiempos. –Mantén la mente abierta- se dijo, una vez que Maggy le anunció que su próxima paciente estaba ya lista para entrar. Michael sintió como su corazón comenzó a latir rápidamente y con fuerza cuando miró a Candy entrar por la puerta con un vestido en tono rosa pálido con delgadas líneas horizontales en blanco. Sonriente y notablemente más relajada, lucia muy distinta a la semana anterior.
- Candy, te ves muy bien- le dijo, apenas se sentó en el diván de piel clara.
- Me siento mejor- respondió tranquilamente.
- Michael asintió con una sonrisa. Se dispuso a empezar la sesión para obligarse asimismo a desviar su atención de la hermosa mujer que tenía frente a él.
- Cuéntame ¿Cómo te fue esta semana? ¿Qué avances notaste después de la sesión anterior?
- Han pasado algunas cosas muy buenas, por ejemplo he dormido muy bien casi todas las noches, pero algo extraño que ha sucedido es que he tenido sueños muy… peculiares.
- ¿Qué es lo que has soñado?
- He soñado con una mujer. Una mujer a la que no le logró ver la cara solo el cabello rubio, casi blanco y por momentos veo sus ojos que son de un color azul muy claro, casi aguamarina. Ella flota de un lado a otro como si fuera un fantasma y me dice: Estás cerca, sálvalo. No lo dejes ir, sálvalo.
- Vaya ¿y qué crees que signifique?
- Esperaba que tú me lo dijeras, eres el médico aquí ¿no?- dijo riendo. Michael se quedó gratamente sorprendido al verla reír de aquella manera tan abierta y divertida.
- Tienes razón, yo soy el médico pero, no lo sé- respondió, rascándose la patilla – Es decir, para Freud, los sueños son deseos reprimidos, para Jung mensajes del inconsciente en forma de símbolos. Honestamente lo de los significados no es mi rama. Investigaré algo, pues aunque los arquetipos sean universales para cada persona hay una interpretación. Observa si se sigue presentando en los próximos días.
- Sí, bueno, ayer ya no lo soñé, así que… en fin, también paso otra cosa muy buena. Hace mucho que no deseaba salir a ningún lado y el fin de semana por fin me animé y me fui a una fogata en la playa con Stear, Patty, Annie, Archie y algunos amigos más ¿sabes? Es curioso porque a mí generalmente el fuego me daba miedo, es decir, cuando era niña y las religiosas hacían fogatas para que asáramos malvaviscos, alguien tenía que hacerlo por mí, pues yo literalmente temblaba al acercarme y esta vez fue distinto, estuve cerca de ella e incluso me relajo ver como se quemaba la leña y admiré el color del fuego, algo muy raro, pero lo disfrute.
- Bueno, eso está muy bien- respondió, arqueando las cejas –Superar un miedo es algo muy positivo.
- Sí, batallé con ello muchos años, siempre tenía miedo de prender hasta la estufa y ahora…
Nuevamente, Michael luchó por no expresar su sorpresa al escuchar por segunda vez, que, debido a una regresión de la cual no estaba muy seguro de su veracidad, se había obtenido una respuesta favorable en relativamente muy poco tiempo. Al igual que Jude, Candy había podido progresar en algo que no tenía consiente del todo.
- Una de tantas cualidades que tiene la hipnosis es que puede reducir los tiempos de la terapia- comentó, tratando de parecer lo más indiferente posible - ¿Cómo vas con lo del duelo?
- Me siento tranquila, después de ese día he decidido cumplir con la última petición que ella me hizo que fue la de ser feliz y estoy decida a serlo. Si ella me viera sumida en la tristeza, se sentiría muy mal pues justo lo que no quería para mí. Además, sé que la volveré a ver algún día y eso me ha dado mucho consuelo.
- Bien, esta sesión no haremos hipnosis, cambiaremos algunas cosas…
- Quiero volver a intentarlo- le interrumpió.
- ¿Perdón?
- Quiero volver a intentar una regresión.
- Candy… esa no es la finalidad de la hipnosis clínica. Eso que te ha sucedido no es usual, pero eso no significa que sea…
- Me ayudó mucho…- insistió – Tú mismo has dicho que la hipnosis hace los procesos más cortos y esto es increíble. En tan solo una semana he visto cambios impresionantes.
- Pero….- se removió inquieto en su sillón.
- ¡Por favor! Además… sé que no soy la única persona a la que le ha pasado algo similar.
Michael se puso alerta al escuchar esas palabras. ¿Acaso Candy estaba a punto de delatarse y por fin le confesaría que todo era parte de una broma? Sintió como una oleada de enojo y decepción subió por su cuerpo.
- ¿No? ¿y a quien se supone que también le pasó esto?- preguntó, sin poder evitar dureza en su tono.
- Ya te lo había dicho- respondió, un poco contrariada por el cambio de actitud –La persona que te recomendó me contó que después de algunas de esas regresiones su vida había cambiado para bien. Ella es…
- No, no me lo digas- respondió, suavizando el tono- Jude, debí suponerlo- pensó. Sonrió un poco avergonzado por la falta de control. –Da igual, si te ha servido lo volveremos a intentar, solo que no te garantizo que vuelva a suceder algo parecido si es que fue genuino.
- Te aseguro que lo fue.
- Muy bien, recuéstate y cierra los ojos- Mientras encendía la grabadora, carraspeó un par de veces después de mencionar estas palabras. Se imaginó a si mismo diciéndolas en otras circunstancias, con ella. Sacudió su cabeza para concentrarse nuevamente en el proceso- Respira lentamente por la nariz.
Pocos minutos pasaron y Candy se relajó al punto de que entró en un trance profundo de hipnosis. Por debajo de sus parpados, sus ojos se movían rápidamente. Michael le indicó que fuera retrocediendo en sus recuerdos. En el fondo, confiaba que aquello no volviera a suceder para demostrarle que solo había sido una fantasía, un producto de su sugestión por lo que Jude le había contado o de sus grandes deseos de encontrar consuelo.
- Me veo a mí misma con la piel morena, muy morena. Mis ojos siguen siendo verdes y resaltan aún más sobre mi piel quemada por el sol, tendré unos catorce años. Visto modestamente, con una túnica y sandalias de cuero. Estoy sentada afuera de mi pequeña casa. Vivimos en medio de una llanura y está anocheciendo, el paisaje es precioso- dijo, después de que, al igual que la ocasión anterior, diera el salto cuando él le pidiera ir al momento de su nacimiento – Por este lugar pasan las caravanas de comerciantes a descansar por las noches.
- Michael echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y respiró profundamente. "Mierda"- musitó. Más que asombro sintió un deje de fastidio. Gracias a la experiencia con Jude, tenía idea de cómo interrogar y guiar un caso de ese tipo que se presentaba nuevamente.
- ¿Puedes decirme tu nombre?
- Me llamo Miriam y somos galileos.
- ¡Galilea!- exclamó en su mente, azorado -¿Qué año?
- Umm- dudo un poco en responder – No lo sé exactamente, pero estaremos en 15 o 16 después de Cristo, no estoy muy segura.
Se quedó completamente sorprendido.
- ¿A qué te dedicas?- preguntó, con precaución.
- Mi padre se dedica a la agricultura, pero también le da asilo y comida a los viajeros por una módica cantidad. Mi trabajo es darle de beber agua a las bestias mientras papá recibe y aloja a los huéspedes. Vivo feliz a pesar de que vamos sobreviviendo con muy poco.
- ¿Y tu madre?
- No tengo, ella murió hace un par de años atrás, solo vivo con mi padre. El me cuida mucho, me protege, sobre todo de los soldados romanos, que cada vez que pasan por aquí a hacer las guardias me dicen cosas. Hay uno en especial, un centurión, me quiere llevar con él y le ha dicho a mi padre que quiere comprarme para ser su sirvienta.
- ¿Y él que le dice?
- Que no estoy en venta. Su compañero es más gentil. Siempre lo reprende y también a los soldados que se quieren pasar de la raya conmigo. Él… él me agrada mucho. A pesar de que no me ha dirigido la palabra nunca, sus ojos azules me mira con calidez, y algunas veces me ha sonreído. Cosa rara en los soldados romanos que solo nos insultan o en muchos casos, golpean. A mi padre lo han golpeado varias veces.
Otra vez el personaje de ojos azules… ¿Acaso el villano de la historia tendría los ojos grises como aquel monje?- pensó, un poco divertido. Le pidió a Candy que se adelantara en el tiempo a un momento relevante de ese recuerdo y le narrara lo que veía. No creía que por nada lo estuviera relatando.
El gesto de Candy cambio radicalmente de una apacible a uno de genuina tristeza.
- Me veo haciendo labores domésticas en una casa diferente a la mía. Es la casa del centurión. Al final no tuve opción, o me iba con él o mataba a mi padre y eso no podía permitirlo. Lo amo tanto que jamás hubiese dejado que le hicieran daño. Lo abandoné… abandoné a mi padre pero fue por su bien. Por el bien de ambos- sollozó.
- Dime cómo es él, el centurión.
- Es un hombre alto, fornido, como todos los soldados. Tendrá unos cuarenta años. Tiene la piel blanca, dorada por el sol y tiene el cabello negro. Sus ojos grises son grandes y expresivos, no guardan nada de lo que siente.
- ¡¿Ojos grises?!- se dijo, atónito. Frunció el ceño sin poder evitar sonreír nerviosamente ¿Te hace daño?
- No, no, no del todo, en el sentido de golpearme o insultarme, pero no lo hace porque escuché cuando me llevaban que su amigo, el joven gentil, que se llama Octavio, le advirtió seriamente que no lo hiciera. Por algún motivo le teme o le tiene respeto. Claudio, el centurión, vive con esposa y ella permite que él posea a las esclavas cuando le plazca. Desde que llegue, me toma casi cada noche. Aun eso, que me parece un acto repugnante, lo hace con cierta delicadeza. Por eso ella me odia y sí que me maltrata. No puedo ignorar su mirada marrón llena de odio cada vez que paso por donde ella está y encima, ha puesto a las demás esclavas en mi contra. Soy tan infeliz.
Abandono, vejación, resignación. Michael se dio cuenta que, de alguna manera, Candy repetía los mismos patrones una y otra vez en todos sus recuerdos. Lo mismo ocurría en su presente. Con Jude, había notado algo parecido, pero en ese momento le quedó absolutamente claro. Algo sumamente interesante y certero para ser sólo una fantasía.
Miró su reloj de pulso y se dio cuenta que faltaba poco para que concluyera el tiempo designado a la sesión. Maggie no tardaría en anunciarle a su próximo paciente.
- Ve hasta el momento de tu muerte- le dijo, a pesar del tiempo reducido. Realmente deseaba saber la conclusión de esa visualización después del descubrimiento que había hecho. Por primera vez en su carrera, no le importaría hacer esperar a un paciente y romper su metódico ritmo si con ese pequeño sacrificio descubría algo que podría ser interesante e incluso cambiar su percepción de ese caso.
- Veo mi cara llena de marcas de golpes y al tragar siento el sabor de la sangre deslizándose por mi garganta. Estoy arrodillada al pie de unas escaleras- comenzó a decir, con el rostro compungido –Mirando como ellos están jugando un duelo con sus espadas, apostándome.
- ¿Quiénes son ellos?
- Octavio y Claudio.
- ¿Por qué están haciendo eso?
- La mujer de Claudio me ha golpeado de una manera terrible porque derrame un poco agua sobre su vestido. Se enfureció tanto. Ellos llegaron justo cuando lo hacía y, ambos hombres se han molestado mucho. Octavio le ha dicho que me llevará a su casa y Claudio se ha negado a pesar que ella le ha dicho que me quiere fuera de su casa o sí no ella misma me venderá. Entonces le ha propuesto ganarme en una apuesta. Cierro los ojos, no puedo mirar. Tengo miedo que le hagan daño a Octavio, yo lo amo a pesar de que pocas veces me ha dirigido la palabra, a pesar de que es romano y yo judía. Solo escucho el golpe del metal chocando uno contra el otro y los sonidos roncos que hacen del esfuerzo por la lucha. Silenciosamente le ruego a Dios que lo cuide. No me importaría ser su esclava si con eso logró estar junto a él. "Ego Vici", escuchó que uno de los dos dice entre jadeos. Cuando levanto la vista veo Octavio con el filo de la espada en la garganta de Claudio. Mi corazón brinca de alegría. Con una sonrisa, Claudio me levanta tomándome por los brazos: "Toda tuya" le dice y….
- ¿Y qué?- le cuestionó alarmado, al ver que ella se llevó las manos al estómago con una mueca de dolor.
- Siento el metal frio dentro de mi estómago. Él dolor es tan insoportable que no puedo ni sostenerme en mis piernas. La vista se me nubla poco a poco y todo me da vueltas. "¡No!" escucho que grita Octavio y llega justo para sostenerme antes de que caiga completamente al suelo. Sus ojos azules me miran aterrados. Mientras me abraza, junto todo lo que me queda de fuerza para tocarlo aunque sea una vez…- Candy lentamente movió su mano derecha y la levantó un poco, como si tratara de alcanzar algo en el aire y, con un esbozo de sonrisa, murmuró: Mi señor, gracias…
Se produjo un profundo silencio. Michael miró el rostro de Candy, antes tan lleno de dolor, en ese momento tan pasivo. Una sensación de miedo y angustia invadió su pecho al verla de aquella forma. Parecía un cuerpo frio y sin vida. Estiró su mano para tocarle el rostro pálido. Sus dedos rozaron su piel cuando ella suspiró. Sobresaltado, se apartó rápidamente y se pasó una mano por los cabellos.
- Floto, es una sensación maravillosa- comenzó a narrar nuevamente. Su voz se había tornado suave y profunda- Estar así, sin tener ningún tipo de dolor es sencillamente increíble. Los veo a ambos luchando nuevamente, pero ya no puedo hacer nada. Ahora, una luz blanca resplandeciente me rodea, solo puedo sentir paz.
- Voy a contar del cinco al uno- se apresuró a decir- Y vas a volver lentamente al tiempo presente.
Cuando ella abrió los ojos, él la observaba con una sonrisa tranquila pero fingida. Candy le devolvió la sonrisa, frunció el ceño y estiró su brazo con dirección a su mejilla. Michael contuvo el aliento y se quedó petrificado sintiendo como la sangre se le iba al rostro, esperando el contacto.
- Tienes un rayón de bolígrafo- le dijo, retirando la mano justo antes de tocarlo.
- ¿Eh?- Michael se paró rápidamente del sillón dándole la espalda. De su escritorio tomó un pañuelo desechable y, mientras se limpiaba, dejo salir el aire con los ojos cerrados– A veces me emociono y no sé dónde pongo el bolígrafo- comentó riendo de manera audible para restarle importancia - Supongo que de lo atento que estoy ya no sé ni donde escribo- dijo, girándose hacia ella –Ahora ya sé dónde quedan las anotaciones que no encuentro.
Ambos rieron y él volvió a tomar asiento a su lado. Candy se había incorporado y se reacomodaba el vestido ajustándoselo pudorosamente debajo de las rodillas.
- Ha sido muy interesante- le dijo, fingiendo mirar sus notas – He notado que en los recuerdos que has tenido hasta ahora hay varios patrones que se repiten una y otra vez, si trabajamos con ellos es posible que los erradiques de tu forma de actuar y eso por supuesto te traerá mucho beneficios.
- ¿Cómo ya no repetirlos en otras vidas?
- ¿Qué?- dijo, sin poder evitar demostrar su sorpresa.
Candy rió nerviosamente.
- Lo siento, es que he leído de ello en la semana y…
- ¿Crees que esto es de otras vidas? Candy…- espetó, negando con la cabeza.
- ¿Tú, no?
- No.
- Oh…
El sonido de unos golpes en la puerta distrajo la atención de ambos. Michael dio el pase. Maggie asomó la cabeza con timidez para anunciar al próximo paciente que estaba impaciente ante la inusual espera.
- Te prometo investigar de ello también ¿está bien?- dijo, parándose de su asiento.
Candy asintió, imitándolo y se dirigió hacia la salida.
- Espera, Candy- la detuvo.
- ¿Sí?
- Te parecerá extraña la pregunta pero… ¿De casualidad conoces al tío del esposo de la doctora O´Brian?
- No- respondió, extrañada por la pregunta.
- ¿No? ¿Albert Ardley? ¿El famoso magnate? Sale muy frecuentemente en los diarios y las revistas.
- ¡Ah, él! Bueno, ahora que lo dices, tal vez alguna vez lo vi, pero la realidad es que no suelo casi leer el diario, ni revistas, prefiero los libros y bueno, los chicos no lo mencionan casi, así que… ¿por qué?
- Oh, no, por nada…- Candy lo miró entrecerrando los ojos -Es que habrá una fiesta en uno de sus casinos- improvisó –Y me preguntaba si tú estarías ahí… si tal vez sus sobrinos te dijeron algo…yo iré…
- No- negó con una sonrisa –Ellos saben que no me gustan mucho esos eventos. Gusto de reuniones más sencillas...- sonrió - ¡Oh! por cierto, sin querer te vi en una nota social, estabas con tu prima y… con su amiga.
Michael dijo que no con la cabeza y puso los ojos en blanco, enarcando las cejas.
- Bueno mi tía y mi prima aman ese tipo de reuniones y Eliza no se les despega así que…
- No- rió, un poco tímida – no lo digo para que me expliques, solo te miré ahí…
- Doctor, su paciente- insistió, Maggie.
- Me voy ¿La semana que entra?
- Sí, sí, Maggie te hará la cita.
Después de que terminaron sus consultas, Michael no fue directo a su apartamento a pesar de haber tenido un día agitado, se dirigió a la Biblioteca Central Washington a buscar información científica o fidedigna acerca de la reencarnación. Aunque seriamente dudaba que pudiese encontrar algo con esas caracteristicas.
- ¿Reencarnación?- le dijo, el taciturno empleado- Si, vaya a la sección de religión. Segundo piso, pasillo 15, sección 8.
Michael se giró sobre sí mismo y miró la inmensa biblioteca, pensó que, tan solo encontrar dicha dirección le llevaría unos quince minutos y la biblioteca cerraría a lo mucho en treinta. Frunció el ceño y miró nuevamente al empleado que parecía estar absorto en algún juego de computadora. Estaba a punto de decirle que le guiara cuando escuchó una voz femenina a sus espaldas.
- ¿Puedo ayudarlo?- le preguntó.
Michael, cambió de gesto cuando miró a la simpática chica que estaba frente a él. Sin ser demasiado bella, exudaba la sensualidad de la clásica fantasía erótica de una bibliotecaria. Curvas pronunciadas, pelo castaño recogido, falda lápiz debajo de las rodillas, blusa de seda enseñando ligeramente el escote y lentes de pasta. Michael se aclaró la voz antes de responderle.
- Sí, Sophia- dijo, con la voz ronca, seguida de una sonrisa seductora, mientras miraba el distintivo que tenía a la altura de su seno derecho la chica que tenía frente a él –Sería maravilloso, si lo hicieras
Sin decir nada, Sophia tomó la ficha que él traía en la mano y con un gesto de cabeza le pidió que le siguiera.
- ¿Reencarnación? ¿Qué es usted? ¿Historiador? ¿Ministro? O ¿Algún tipo de gurú de la onda New Age?
- Ni lo uno, ni lo otro, soy médico, psiquiatra- respondió, mientras miraba discretamente su trasero contoneándose delante de él.
- ¡Medico?! Es extraño que un médico busque ese tipo de información. ¿Acaso algún paciente suyo enloqueció y le dijo que alguna vez fue Napoleón?
Michael soltó una carcajada e, inmediatamente, la joven se volteó y le hizo una seña con el dedo índice en los labios que guardara silencio.
- Lo siento- espetó disculpándose, mientras ella negaba con la cabeza, divertida.
- Hemos llegado. Religiones- dijo, mostrando el área -Debe haber algo de lo que busca en religiones comparadas.
Ayer busqué algo en internet de las culturas orientales…
- ¡En internet! Doctor…
- Dillman.
- Doctor Dillman, me desilusiona, jamás la red le dará la información de un buen libro- le dijo, guiñándole el ojo – Venga, buscaremos algo.
Con una habilidad extraordinaria, la joven buscó en algunos libros y leyó algunos pasajes del tema. Ahí, Michael se enteró que antiguamente el en Antiguo y Nuevo Testamento de la Biblia venían algunas referencias acerca de reencarnación pero en el año 325 d. C el emperador romano Constantino El Grande, habían eliminado dichas referencias. Luego, en el segundo concilio de Constantinopla, reunido en 553, se confirmó ese acto y se declaró herética la idea de la reencarnación. Sin embargo, las referencias originarias habían existido, los primeros padres de la iglesia aceptaban la reencarnación a pesar de que se creyera que esta idea debilitaba a la misma. Luego, los primitivos gnósticos estaban convencidos de haber vivido anteriormente y de que volverían a hacerlo*.
Michael se quedó un poco consternado con la información al enterarse que iglesia misma había erradicado algo que pudiera ser cierto. No obstante, no se convenció del todo, pues para su gusto, en cuanto a religiones, no se había dicho la última palabra y pudiera ser un dato que quizá el día de mañana cualquier teólogo echara abajo en un santiamén con una nueva teoría.
- Lo mismo pasa con la ciencia- le alegó, la bibliotecaria –Todos los días hay nuevas teorías, nadie se salva.
Muy a su pesar, Michael tuvo que admitir que Sophia tenía razón.
- Bueno, ya he leído algo del punto de vista religioso, ahora, necesito saber algo precisamente del lado científico.
- Umm- dudo un poco – Posiblemente alguno de tus colegas deba tener algún análisis o artículo.
- Pues vamos.
Después de una ardua búsqueda, números telefónicos intercambiados y una promesa de cena con Sophia el día que devolviera los libros, Michael llegó a su apartamento totalmente agotado y un poco agobiado por todo lo que tenía que leer.
Dejó caer las llaves en el gabinete de madera oscura de la entrada y fue directo a su despacho a dejar los libros. Revisó nuevamente todos los títulos: Veinte casos para pensar en reencarnación del doctor Ian Stevenson, así como otras obras de él; igualmente del doctor Edgar Mitchell, de la Universidad de Duke y los escritos del profesor C.J Ducasse de la Universidad de Brown. Además de los doctores Martin Ebon, Helen Wambach, Gertrude Schmeider, Frederick Lenz y Edith Flore, todos ellos hablaban de casos y testimonios de sus pacientes*.
Se quitó el saco y la corbata y se dispuso a comenzar a leer, no sin antes hacerse una cena ligera y tomarse alguna copa de vino. Mientras se dirigía a la cocina, se percató del olor que inundaba el ambiente. Un olor dulce mezcla de flores y pachulí. Frunció la nariz e ignoró a la silueta que estaba parada en el marco de la puerta de su alcoba.
- ¿Se puede saber qué haces aquí?- cuestiono con brusquedad, dándole la espalda, mientras se servía la copa de vino.
- Esperándote ¿Qué crees que hago aquí?
- Aparte de allanar mi hogar, no sé. Yo no te esperaba a ti. Sabes que me molesta mucho que vengas sin avisar.
Michael se giró y miró a la mujer totalmente desnuda que tenía frente a él. Molesto, contrajo el ceño al verla, a pesar de ser hermosa Eliza Leagan era la viva representación de la banalidad, la superficialidad, la falta de moral y la lascivia. Nada bueno si todo eso viene junto en una misma persona. Ni siquiera le resultaba tan atractiva a pesar de sus atributos físicos y, desde que supo que habían maltratado a Candy en la niñez, había pasado de ser una persona medianamente aceptable a una completamente desagradable.
- Vete. Tengo muchas cosas que hacer- espetó, dándose la media vuelta para dejar la copa que tenía entre sus manos en la barra de la cocina.
- ¿A estas horas?- cuestionó, con una sonrisa.
- A diferencia de ti, yo si tengo cosas que hacer, que leer, que investigar. No me paso el día perdiendo el tiempo viendo como me gasto el dinero de mi padre en tiendas y en restaurantes. Así que…- dijo, señalando la puerta.
Haciendo caso omiso, Eliza se acercó a él lentamente, con un mohín en el rostro de descaro y moviendo su cuerpo con exagerada sensualidad. Michael apretó los dientes con tensión, al sentir como su miembro se despertaba casi sin el desearlo.
- No puedes hacer eso porque tu padre no tiene todo el dinero que tiene el mío- susurró, una vez que estuvo su cara suficientemente pegada a la de él- Tu padre es sólo un…
- ¡Cuidado con lo que dices!- dijo, sujetándole la mandíbula con fuerza –Mi padre es un hombre honorable, no así puedo decir lo mismo del tuyo. Es la última vez que te lo digo, ¡vete de mi casa ahora mismo! Antes de que yo mismo te saque.
- No quieres que me vaya- le respondió, sin amedrentarse, una vez que se libró de su agarre – tal vez tu boca me lo dice, pero esto- dijo, tomando su miembro entre sus manos – Pide a gritos que me quede.
- ¿Eso quieres, eh? Eso quieres- le increpó, empujándola hacia el gabinete lateral de la entrada –Sexo duro y sucio. Pues bien…- murmuró a su oído, volteándola con violencia de espaldas hacia él- Eso tendrás esta noche, pequeña zorra, y después de eso, te quiero fuera de mi casa.
Michael apagó el cigarrillo que tenía entre sus dedos y bebió de un sorbo el vino que quedaba de la botella, ninguna de las dos cosas bastó para quitar el mal sabor de boca que le había dejado Eliza que, hacia un rato, se había marchado, maldiciéndolo y adorándolo al mismo tiempo.
Se sintió sucio e incómodo por el momento vivido. Un dejo de remordimiento punzo en su pecho. Él no era un maltratador de mujeres, pero, Eliza Leagan, tenía algo que le hacía sacar lo peor de sí. Esa parte oscura de él mismo que le daba miedo ver, pero que bien sabia, que estaba ahí, en algún lado.
- Si fueras tú, Candy, todo sería distinto si fueras, tú- pensó, con tristeza.
Se levantó del sofá donde estaba y fue directamente a darse una ducha para limpiarse el cuerpo y si acaso se podía, el alma.
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*Ref. Muchas vidas, Muchos maestros. Dr. Brian Weiss.
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Carito: Me alegra que te guste la historia, el tema en lo personal a mí me agrada mucho y trato de leer todo lo posible de ello. Es reconfortante, pero a la vez creo que implica una superación diaria en esta vida, porque ¿quien sabe que pasará en la otra? mejor ir lo mejor preparado posible.
Karito89: Gracias, me gusta que te guste. Aquí tienes la actualización. Un abrazo.
Sabrina: El doctor nos dará muchas sorpresas. Estas historia apenas empieza. (Aunque tampoco será muy larga). Gracias por tu apoyo musa.
Angdl: El tema en sí, se crea o no, es apasionante, es decir ¿cuantos de nosotros no hemos pensando alguna vez la probabilidad? si no fuera así, no haríamos los test que circulan por ahí y, aunque se diga "yo solo lo hago por juego" una parte escondida dice: crees que puede ser cierto... por eso me encanta la negación verbal cuando los actos dicen lo contrario. Por ahí te deje un dato acerca de eso y la religión. Gracias por tu apoyo y lectura.
Nadia: Michael... tengo que advertir que en esta historia él es el protagonista. ¿Te gusto el Michael de mis pensamientos? ¿A poco no te movería el tapete ese psiquiatra también? Gracias por tu apoyo, querida musa.
Chicuelita: ¿Qué hará Michael? no sabemos todavía, lo que si estoy segura es que dará historia para un rato. Por ahí te lo presentaré de carne y hueso. Gracias por leer y tu invaluable apoyo.
Elluz: Según la versión del Dr. Weiss, muchas almas se buscan vidas, tras vidas, quizá en algunas no pueden estar juntos (por acuerdos entre ellos mismos u objeciones de otros ) pero en otras sí. Esto va más allá de las supuestas almas gemelas, estas se llaman afines, según he leído. ¿les tocará a Albert y Candy en esta? eso ya se verá. Gracias por tu comentario. Un abrazo.
Lili (guest): Ahora sí el capitulo prometido. Me tarde un poco, lo sé, pero es que esto tiene un sin fin de detalles. ¿Como ves a este trío?. Gracias por tu apoyo mana.
Elvira: Gracias a ti por leer y por tu amable comentario. Aquí tienes el capitulo 4. Disfrútalo. Un abrazo.
mflores: Tal vez sea la incorrecta, tal vez no, al final la decisión será de ellos tres. He leído relatos de supuestas reencarnaciones absolutamente asombrosos. cosas que parecerían sacadas de películas, pero si nos vamos al libro que mencioné del doctor Ian Stevenson, y ves que los datos son corroborados al 99.9% eso lo hace aún más asombroso. Algo que incluso creo, la mente se niega a creer más por miedo que por incredulidad. En fin, un tema apasionante. Mucha gracias por tu comentario.
Friditas: Bueno esta vez le tocó el turno al doctor, y su descripción, ¿qué tal eh? bueno tu ya lo conoces. La verdad es que nada mal le va a Candy , ¡quien fuera ella! Gracias por tus palabras, tú sabes que tu opinión es un gran aliciente para mi superación en esto. Me alegro que la historia esté resultando interesante. Un abrazote.
Guest: Aquí tienes el capitulo 4. Preparándose el próximo, ya. Gracias por tu amable comentario. Un abrazo.
Chidamami: Gracias a ti por leerla. Como le decía a las otras chicas, el tema me resulta muy interesante y controversial, que sin duda, da mucho material para hacer historias de amor... y desamor. Gracias por tu comentario. Un fuerte abrazo.
Gracias a lo que leen de países cercanos y lejanos.
Clau Ardley.
