NOTA: Llevo retraso respondiendo a los reviews, pero estoy en ello…


Así que allí estaban los tres, en el pasillo que da al vestuario de Bo, por puritita casualidad.

Los dos más jóvenes, con los ojos bien abiertos, una mueca de avergonzado espanto en el rostro, inmóviles y paralizados por la inesperada sorpresa, porque sí, una sorpresa propiamente dicha, por definición, debe ser inesperada. Aunque ya si hablamos de sorpresa o encerrona, eso ya es cuestión de semántica.

Yashiro miraba alternativamente a uno y a otro, curioso por lo que pudiera estar pasándoles por la cabeza. Si entre sus muchas rarezas o habilidades se encontrara la de leer la mente, más o menos estas habrían sido las líneas:

—Kyoko es el pollo… Kyoko es el pollo…

—Tsuruga-san está aquí. Sabe que yo soy el pollo…

—Lo sabe. Ella lo sabe…

—Sabe que sé su secreto. Estoy muerta.

—Kyoko es el pollo…

—Tsuruga-san está aquí…

O algo parecido, repetido en bucle hasta el infinito y más allá. Pero lamentablemente no era el caso, así que Yashiro solo podía sentir las corrientes de aire helado que fluían entre ellos en oleadas.

—Kyoko-chan —habló Yashiro con una voz engañosamente suave. No le des oportunidad a huir, se decía. No dejes que escape…—. Por favor, ¿acompañarás a Ren con los hermanos Ishibashi?

Pero ella no reaccionaba. Seguía mirando a Ren. Ren seguía mirándola a ella, y en fin…, ninguno daba muestras de estar escuchándolo.

—¿Kyoko-chan? —preguntó, y cuando no obtuvo respuesta agitó la mano frente a su cara, ya con un puntito de remordimiento. No quería que huyera, pero tampoco quería dejarla catatónica—. ¿Kyoko-chaaan?

Por fortuna, esta vez sí reaccionó. Sus ojos parecieron recobrar el brillo de los vivos —ejem, de los lúcidos— y parpadeó furiosamente cuando sus palabras llegaron por fin a su cerebro.

Miró a Yashiro, con los ojos entrecerrados, preguntándose por primera vez por qué su mánager (el de los dos) no había dado muestra alguna de sorpresa al verla ataviada de pollo, y luego miró a Ren, que luchaba por recuperar algo parecido a la compostura tras semejante revelación.

Con mucho esfuerzo, Kyoko pone un pie detrás de otro (entiéndase una pata detrás de otra) y sus andares son rígidos, casi robóticos, o todo lo robóticos que puedan ser los andares de pollo, seguida por un Tsuruga Ren (afectuosamente empujado por su eficiente mánager) con la misma cara que tendría alguien conducido al patíbulo.

Porque ella era el pollo. Ella lo había sabido todo el tiempo…

¿O quizás no?