«Noxus. Runaterra. Un mes antes de los sucesos del Principio del Fin».
La calle estaba desierta, la lluvia caía a cántaros, y él no se detuvo.
A paso rápido, cruzó la calle principal y se adentró en los barrios bajos. Sostuvo su abrigo contra su pecho con fuerza para cubrirse del frío. Sentía como sus piernas temblaban con cada pisada. Como sus brazos quedaban entumecidos y su rostro se enfriaba de forma anormal, sus pasos, ahogados en el agua, se volvían cada vez más inaudibles. Con la mirada fija en su destino, con la mente centrada en su objetivo, siguió caminando. Las casas techadas le servían de refugio temporal. Los relámpagos que alumbraban el cielo eran su única fuente de luz. Luego de eso, total oscuridad.
Giró nuevamente por los interminables callejones abarrotados de ratas y basura. Ignoró a los vagabundos que admiraban sus ropas costosas, y siguió su camino sin mirar a su alrededor, sin mirar atrás, pero con sumo cuidado.
Un paso en falso, y todo se iría a la mierda.
Llegó al final de la última callejuela. Aliviado de poder respirar aire puro otra vez, se dirigió, con tranquilidad, hacia el punto acordado; los jardines traseros de una gran casona en el límite de la pobreza y los suburbios.
Primer indicio de que su objetivo era el indicado. Y que era demasiado idiota.
—¿La tienes?
Allí lo vio, apoyado en las paredes de la casa. Una gabardina oscura lo cubría de cabeza a pies, y su torso desnudo, cubierto de tatuajes, cumplía el fin de intentar intimidar, como si fuese alguien realmente malvado.
Patético.
—Sólo si tú tienes el dinero.
El hombre con el tapado negro le mostró una pequeña bolsa de monedas de oro escondida entre su sus manos. Sonrió, extendiendo la pequeña bolsa con aquél tipo de polvo blanco que poco le importaba, y la balanceó frente a sus ojos.
—Cien gramos. Como acordamos.
Un silencio casi eterno los invadió. El otro se había detenido a examinar la bolsa con sus ojos inyectados en sangre. Era tan experimentado en el tema, que parecía ni siquiera tener que probarla para conocer su calidad. Rodó la vista y bajó el brazo. Su rostro se mostró indiferente, a comparación de la desesperación que parecía tener el otro individuo por consumir todo lo que tenía guardado allí.
El hombre de la gabardina sonrió.
Sus intentos de parecer siniestro se perdieron en los oscuros ojos del chico, el cual chasqueó la lengua, algo incómodo por la situación.
Su cliente extendió los brazos. Él, por instinto, retrocedió. Escuchó ruidos sospechosos detrás suyo. Otra vez, revoleó los ojos. Todo estaba saliendo según lo imaginaba. Y ahora, si no se equivocaba, venía el fallido intento de asalto.
—¡Ahora!
Bufó. De nuevo el mismo cuento. Una y otra vez se repetía la misma historia. Salía a hacer su trabajo, una pandilla de drogadictos inútiles lo atacaban, pensando que era un simple distribuidor, y él les partía el cuello a cada uno de ellos, sin chistar, riendo mientras los intentos de tocarlo eran en vano.
Estaba harto. Harto de estas misiones, harto de seguir las órdenes de un superior que no merecía ninguno de sus servicios.
Harto de ser sólo un peón cuando está destinado a mucho más.
Aunque no quiera todo ese poder.
Observó, con desgano, como cuatro matones salían de los escondrijos del lugar. El frío cañón de una pistola se apoyó en su cien, y sintió como tres cuchillos extremadamente filosos amenazaban con empalarse en su piel. Los atacantes lo habían rodeado, pero como todos en su vida, lo estaban subestimando.
Y la iban a pasar mal.
—Ahora vas a darme eso, o cualquiera de mis chicos te quitará la vida en un abrir y cerrar de ojos.
No pudo evitar el escape de una carcajada. Pudo escuchar el gruñido furioso del hombre de la gabardina, que lo observaba desconcertado, sin entender el porqué de su enérgica risa, pero al mismo tiempo, molesto por tal osadía.
Dejó de reírse cuando sintió sus ropas ceder a la presión de las cuchillas y rasgarse notablemente. Uno de ellos lo encerró con sus extremidades, creyendo que en esa posición sería mucho más dócil de lo que ya estaba siendo.
Una vez más, el jefe habló.
—Último aviso. O nos entregas la droga o mueres aquí mismo. Tú eliges.
No dudo en escupirle el rostro con todas sus fuerzas. Él no era nadie para obligarlo de esa manera. Nadie es suficiente para hacerlo.
Ni siquiera la perra de Evaine.
Enojado, y aún con los brazos de uno rodeándole el cuello, pateó al líder del grupo, y arrojó al que lo retenía hacia la pared más cercana. Los otros tres intentaron lastimarlo, pero sólo consiguieron que varias de sus costillas se rompan al ser golpeados brutalmente y lanzados hacia el suelo con una fuerza descomunal.
La gente suele menospreciarlo por aparentar debilidad. Por no ser el típico fortachón estúpido con cerebro de mosquito al que la sociedad considera como amenazante. Pobres de ellos cuando se atreven a burlarse de él. Pobres de ellos cuando piensan que le pueden pasar por encima tan fácilmente.
Estaba cansado de todo. Harto de seguir órdenes y no tener ni una pizca de libertad. Harto de castigar y vapulear a personas que no lo merecen, sólo porque a ella le da la regalada gana.
Harto de vivir de ese modo. Harto de ser él.
Tomó al más cercano de los cabellos, lo situó a la altura de su pecho, y les gritó a los demás que presten atención. Acto seguido, concentró su magia en las palmas de sus manos, y dejó salir parte de ella, chocando directamente con la cabeza del hombre, y haciéndola explotar en mil pedazos instantáneamente.
—Ahora vas a darme eso —sugirió imitándolo, señalando la bolsa de oro con su barbilla—, o correrás la misma suerte que el inútil de tu amigo.
Dejó caer el cuerpo del hombre, y, mientras se limpiaba la sangre del abrigo, rió con fuerza al ver como el resto de esbirros, menos el jefe, huían despavoridos, temiendo por sus vidas.
Error.
Un movimiento de piernas bastó para transportarse delante de ellos, y un movimiento de manos bastó para cortar sus cuellos y bañarse nuevamente en sangre.
Observó al último hombre en pie. Directo a los ojos.
—Trelos Darkwill —vociferó, sintiendo el miedo que los ojos del hombre de gabardina reflejaban.—. Es increíble como el último de los descendientes del tarado de Boram es un simple y patético drogadicto. Esperaba más de ustedes, la verdad.
Trelos retrocedió, aterrorizado. Se iba acercando más a él, y con cada paso, podía sentir su miedo atroz. Sabía que no podría escapar, y por eso no lo intentaba. Sabía de dónde venía, quién era, y que en algún momento esto tendría que suceder.
Él se encargó de borrar el rastro de su familia, incluso de los más pequeños.
Esa era razón suficiente para temerle. Pero no se quedaría de brazos cruzados.
—Mira, no estoy para rodeos. Me duele la espalda, el cuello y tengo sueño. Quiero ir a descansar. ¿Podemos hacer esto rápido? Prometo que, si te portas bien, no te dolerá tanto como ella desea.
Lo acorraló contra la pared. Los lloriqueos del hombre se hicieron más fuertes. Permitió que él se le acercara, pero no advirtió que tenía ojos en todos lados, y que podía ver perfectamente como escondía la cuchilla en su espalda, esperando el momento perfecto para intentar clavársela en la yugular.
Y así lo hizo. Formó una sonrisa macabra mientras levantaba su brazo a toda velocidad, pero no contó con que su rival no fuera un simple novato, como él creía, y como ellos solían enviar para hacer los trabajos sucios.
Él es mucho más que eso.
La satisfacción de ver al chico ahogarse en su propia sangre le duró poco. Su cadáver desapareció entre una estela de polvo morado, y el arma homicida quedó en el suelo. Impecable e intacta.
—Te di la oportunidad, y no la aprovechaste. Ahora verás lo que se siente ser devorado por las sombras.
El instinto lo obligó a correr, y sin embargo, no pudo moverse. Algo sujetaba fuertemente sus piernas. Algo sumamente hostil, con lo que había jugado, y ahora se arrepentía de hacerlo.
Como siempre. Todos se arrepentían. Más tarde que temprano.
Y sufrían las consecuencias de su estupidez.
Gritó al sentir como se desgarraba la carne de sus pies. Intentaba liberarse, pero sus esfuerzos lo único que lograban era que esa oscuridad avance por sus piernas con más fervor y las vaya comiendo poco a poco.
-Por cierto, cuando estés en el infierno, o donde sea que vaya la mierda de tu familia -comenzó, apareciendo por detrás de él, y apoyando una de sus manos en el hombro izquierdo del susodicho.-, mándale saludos de mi parte.
La oscuridad llegó a su cintura, y pudo sentir como la vida se le escapaba rápidamente. Sus ojos luchaban por mantenerse abiertos, pero una fuerza anormal tiraba de ellos y los obligaba a dejarse llevar por el dolor.
Un último suspiro se escapó de sus labios, mientras que estos desaparecían entre el hambre y la brutalidad de aquellas sombras que lo abrasaron por completo.
El chico suspiró. Observando la montaña de huesos y humo que anteriormente había sido un enemigo demasiado fácil como para suponer una amenaza.
Otro encargo cumplido. Otro trabajo satisfactoriamente realizado. Tomó la bolsa de dinero que yacía entre los cuerpos inertes y los restos, y se largó de allí con angustia.
El último de los Darkwill fue exterminado. Pero su sufrimiento seguía siendo constante y eterno.
Sólo un milagro podría despertarlo de su pesadilla.
Y hasta que eso pase, nada lo detendría.
—¿Cumpliste con tu cometido?
—Trelos Darkwill ha sido eliminado.
—Bien hecho, puedes retirarte. Oh, y feliz cumpleaños.
Una mueca se formó en su rostro. Que esa mujer, a la que tanto resentimiento le guardaba, lo mandara y le saludara como si nada hubiera sucedido, le ponía los pelos de punta.
—¿Por qué sigues parado ahí? Vete ya.
—Tenemos que hablar.
Ella rió. Sabía lo que quería el chico, sabía de qué quería hablar. Y también sabía exactamente lo que iba a decirle.
—Por última vez, no sé dónde está tu familia. Ahora vete, que tengo cosas que hacer.
Sin embargo, él no se movió. La valentía que había demostrado segundos atrás, por primera vez, no se desvaneció. La mujer intentó regañarlo, castigarlo por atreverse a desobedecerla, pero no fue capaz de emitir ningún sonido al notar la frívola mirada que le estaban otorgando.
—Sé que tienes algo que ver, Evaine. Sé que hiciste algo con ellos, sé que sabes adónde los llevaron. Y no me voy a ir de aquí hasta que no me digas qué fue lo que pasó.
Sin dudarlo, Evaine se levantó de su asiento y golpeó fuertemente al joven, arrojándolo con violencia al otro lado de la sala, y mirándolo con desprecio.
—¿Quién te crees que eres para hablarme así? —Protestó, notablemente sorprendida—. He aguantado tus estupideces por años, chiquillo, pero esta insolencia es imperdonable. Te irás de aquí ya, y no volverás hasta nuevo aviso. No necesito a un maleducado como tú rondando por los pasillos de mí organización.
—¿Tu organización? Lo que me suponía. Me tienes miedo.
De sus labios salieron aquellas palabras que nunca se atrevió a decir. Por fin se estaba revelando contra esa mujer que creía que el mundo giraba alrededor de ella. Contra esa mujer que, desde la desaparición de su familia, lo mantuvo como su sombra, sin darle oportunidad a despegar y brillar por sí mismo.
Se cansó. Estaba harto de todo.
—¿Crees que no me he dado cuenta? ¿Crees que nunca he advertido el recelo que hay en tus ojos cuando me observas? Desde que me conociste, lo supiste, y no lo aceptaste. Tienes miedo de perder todo lo que construiste. Todo lo que piensas que es tuyo y de nadie más. ¿Pero sabes una cosa, Evaine? Todos los reinados llegan a su fin, y es hora de que bajes de tu nube y veas la puta realidad. Esta noche seré el nuevo LeBlanc. Y ni tú, ni nadie podrá impedirlo.
No le gustaba la idea, no quería ser el líder de la Rosa Negra. Lo aborrecía con toda su alma.
Pero haría cualquier cosa por ver a Evaine arder en su propio infierno hasta que escupa lo que sabe de sus seres queridos.
Cualquier cosa.
—Mi señor, bienvenido.
—Como digas, muévete.
Ren caminaba con decisión por los pasillos de las mazmorras de Noxus, con aquél semblante retorcido, siniestro y oscuro que lo caracterizaba. No estaba preparado psicológicamente para lo que estaba por venir, pero sus ansias de ver a la mujer sufrir lo dominaban completamente.
Lo haría, le sacaría a la fuerza información valiosa, y se iría a la mismísima mierda.
Prefería la muerte antes que ser el líder de esa organización asquerosa. Pero amaba a su madre y a su hermano por sobre todas las cosas.
Sus deseos de verlos nuevamente son tan fuertes que le impiden pensar con claridad.
Eso, y los alaridos de Nate dentro de su cabeza al enterarse de que tomaría las riendas del asunto, y sería por fin lo que estaba destinado a ser.
—No seas tonto. El destino no existe.
Pronto los lúgubres pasillos desaparecieron para dar lugar a una gran sala completamente iluminada por hermosos candelabros y antorchas que le daban un aspecto antiguo, parecido al de un castillo de época.
Y, efectivamente, el salón era tan viejo como la mismísima organización que representaba, y no se había remodelado en todos esos años que llevaba funcionando.
Eso explicaba las telarañas y la suciedad de las paredes que tanto asco le daban. Y caminaba con cuidado e incomodidad, intentando no tocar ningún lugar que pudiera estar lo suficientemente mugriento como para hacerlo vomitar.
Mientras caminaba entre los pilares de roca para llegar al altar central donde se iniciaría el ritual de transferencia de manto, el chico observaba a todos los reclutas y miembros de la Rosa Negra cubiertos con mantas moradas que se arrodillaban cada vez que él pasaba cerca de ellos, y no pudo evitar sentir repugnancia.
Si tan sólo pudiera hacerlos desaparecer con un simple chasquido de dedos, si tan sólo pudiera acabar con su destino fácilmente y crear otro nuevo, en donde su felicidad fuera puesta en primer lugar.
Pero eso sería imposible, por una simple y sola cosa.
Era el futuro líder de la Rosa Negra, y eso era indiscutible.
Todos creían que era el típico adolescente cliché; el que se quejaba de todo lo que lo rodeaba y andaba malhumorado siempre, pero él tenía sus razones para ser así. ¿Acaso alguna de los cientos de personas que lo habían criticado debieron enfrentar tantos problemas a tan corta edad? ¿acaso ellos habían luchado contra un futuro que ellos no querían? ¿Acaso ellos habían deseado morir cada vez que despertaban por la mañana? ¿Acaso ellos debían cargar con la desaparición de una de las familias más importantes de Noxus, conociendo todos sus extraordinarios poderes y creyendo que él, el pequeño niño que hacía ocho años habían adoptado, había sido el causante de tal suceso? La respuesta, como en el cien por ciento de los casos, era no.
Ellos no tenían idea de lo que él debía soportar, ellos no tenían idea del peso que Ren debía cargar sobre sus hombros.
No tenían idea de nada, absolutamente de nada.
Llego al centro de la sala, en donde dos mesas extrañas de mármol que nunca antes había visto reposaban en el medio de un extraño círculo, rodeadas de velas colocadas en los cuatro vértices de la construcción.
Y allí estaba ella. A un lado del altar, esperándolo. Con una extraña indumentaria, y con una sonrisa aún más extraña dibujada en su rostro.
Se ubicó a un lado de la mesa izquierda, y Evaine lo hizo en la derecha. Los encapuchados que anteriormente estaban arrodillados a los lados del sendero los rodearon, y la mujer aplaudió en señal de que el ritual estaba por comenzar.
Sorprendentemente, la sala siempre estuvo en silencio, y lo único que se escuchó luego del aplauso fue el carraspear de la garganta de la chica.
—Hermanos y hermanas —comenzó diciendo, dirigiéndose a todos los presentes—. Estamos aquí reunidos para iniciar lo que hemos estado esperando por dieciocho largos años… ¡La coronación de un nuevo líder de la Rosa Negra!
Todo el lugar estalló en aplausos, silbidos y victoreos. El rostro de Ren seguía sin expresar ninguna emoción, como si no sintiera nada al ser la atracción principal de tan importante evento.
Y porque era obvio que aquí había gato encerrado.
—Todos conocen a mi sucesor, ha sido un integrante destacado de nuestra querida organización y ha demostrado ser digno de portar el manto de LeBlanc.
Otra vez los aullidos de celebración llegaron a los oídos de Ren, que estaba impaciente por ver el plan que Evaine tenía preparado.
Porque esa amabilidad y felicidad en ella no eran normales. Para nada normales.
Una vez más, el gato encerrado era evidente. Ahora, debía descubrir de qué forma estaba enjaulado.
—Sin más dilación, comenzaremos con la celebración por la que todos están aquí.
Evaine observó al chico a su lado, y pudo notar sus sospechas. Sonrió, repasando mentalmente el plan que había creado con anterioridad; no era nada del otro mundo, pero podría servir para librarse del niño rápidamente.
Ren frunció el ceño al ver la macabra sonrisa en el rostro de su acompañante, ¿desde cuándo esta "celebración" era un ritual? ¿No podía darle la andrajosa capa, la maldita varita y asunto terminado?
Los dos protagonistas de la fiesta se recostaron sobre las mesas marmoladas boca arriba. Evaine, manteniendo esa falsa mueca en su rostro, y Ren, esperando el momento justo para actuar.
Cuatro de los enmantados se situaron a dos extremos de las mesas divididos en partes iguales. Sus manos se posicionaron encima de los cuerpos de la pareja y destellos morados comenzaron a salir de ellas. Ren empezó a sentir como su cuerpo se elevaba en el aire, y quedaba frente a frente con el de la mujer.
Los desconocidos comenzaron a susurrar palabras en un idioma extraño, y el chico sintió sus extremidades cada vez más rígidas. Le siguieron su torso, luego su cabeza, y pronto, todo él se quedó completamente inmóvil, sin oportunidad de moverse.
Esa fue la gota de rebalsó el vaso.
Y la que no le dejó otra opción más que entrar en acción.
Toda su vida, o lo que recordaba de ella, había entrenado con los mejores magos de Noxus, incluida Evaine, y nunca ninguno le había platicado sobre un Ritual de Transferencia en donde se necesitara la parálisis corporal para llevarse a cabo.
Bueno… ahora que lo pensaba bien, si existía uno.
¿Entonces ese era el plan de Evaine? ¿Utilizar un simple Ritual de Transferencia de Cuerpos para poder seguir en el poder supremo por dos décadas más?
Era consciente de que la chica era una perra tramposa, pero no pensaba que decidiera jugar tan sucio desde el comienzo.
Y que lo subestimara de esa manera tan estúpida.
Evaine cayó al suelo con un duro golpe en el momento en el que él desapareció entre las sombras. El ritual se vio interrumpido, las palabras recitadas por aquél momento encapuchado dejaron de salir de su boca. Nadie entendía qué había ocurrido, como todo había fallado de un momento para otro, y en dónde estaría el chico que segundos antes habían visto casi volverse uno con LeBlanc.
Aunque la última duda no les duró demasiado tiempo.
Uno a uno, los presentes fueron pereciendo, rodeados de oscuridad que recorría sus cuerpos a gran velocidad y los ahogaba lenta y dolorosamente, sin mostrar signos de piedad.
Algunos se degollaron a sí mismos con cuchillas que aparecían en sus manos y se borraban de la existencia cuando el trabajo estaba hecho. Otros, vieron su final a manos de gigantes rayos de magia negra que quemaron sus cuerpos hasta volverlos polvo. Evaine, mientras tanto, observaba molesta y temerosa la macabra escena, como su plan maestro se iba desmoronando frente a sus ojos.
Y él se dio cuenta de que todo era una treta de LeBlanc. Fue tan simple como ver a sus clones morir y desaparecer entre destellos mágicos, sangre y gritos de dolor.
—No eres tan tonto como creí, después de todo —con la altanería de siempre, Evaine se aventuró a dedicarle solamente una mirada de superioridad. Subestimándolo, como siempre.
Él sonrió. Un error que le costaría demasiado caro, y no estaba dispuesto a perdonarla.
—Tu actitud tan apática; tu sonrisa llena de secretos; tu mente retorcida… ¿crees que no te conozco? ¿Crees, por sobre todo, que soy tan estúpido como para creerme ese cuento? Me ignoraste, me trataste como un puto niño, siempre creíste que no estoy a tu altura. Lamento decirte, perra, que estás muy equivocada.
Evaine no se esperó el fuerte y rápido ataque que vino a continuación. Un puñetazo en su mejilla la lanzó duramente al suelo. Rápidamente se incorporó e intentó devolver el golpe. Pero, sin embargo, el chico ya había desaparecido.
Otro golpe, ahora una patada, recayó sobre su espalda. Escuchó sus huesos crujir. Un quejido salió de su boca, involuntario. Se maldijo por ello, mientras tomaba la pierna del chico y tiraba de ella, haciéndolo caer a su lado. Un quejido, un simple gesto era mostrar debilidad, y ella no es débil.
Ella es poderosa, ella es capaz.
Es la maga más poderosa de todos los tiempos, nadie puede vencerla.
Y mucho menos un enano debilucho con aires de grandeza.
—Estás tentando al destino, chiquillo. Crees que tienes todo el mundo en tus manos, y no eres más que un niño jugando a ser adulto. Un imbécil insolente que pretende adelantar su muerte de la manera más estúpida posible —chasqueó la lengua, y le sonrió cínicamente—. No eres nada más que una molestia, un desastre sin deseos ni ideales, persiguiendo y rezando por individuos que probablemente estén bajo tierra, pudriéndose en el mismísimo infierno, o como esclavos en alguna de las naciones vecinas. No eres nadie, Ren. Ni siquiera sabes tu verdadero nombre. Eres totalmente patético, y pronto serás erradicado de este puto mundo.
Sin esperar respuesta alguna, lanzó una cadena mágica desde su varita al cuello del chico, presionando de ella y quemando la piel.
—¿Últimas palabras, insecto?
La fuerza ejercida por las cadenas etéreas lo estaba dejando sin aire. La imposibilidad de tomar bocanadas lo estaba agobiando. Sentía como el alma se le escapaba de su cuerpo, como sus ojos luchaban por mantenerse despiertos.
Y, a pesar de las circunstancias, sonrió.
—Vete a la mierda.
«¡Ahora!».
Sus ojos, de la nada, se volvieron violáceos. Su rostro se volvió más duro, reemplazando su expresión de agobio y fastidio por una macabra, sádica, acompañada de una sonrisa atemorizante y una respiración más agitada de lo normal.
Ya no era él, y Evaine lo notó.
Pero no pudo hacer nada, más que ver como el chico, con todas sus fuerzas recargadas, destruía sus cadenas de un manotazo como si estuvieran hechas de arena, y se envolvía en oscuridad, desapareciendo por completo entre las sombras.
—¿Sabes, Evaine? En parte tienes razón —la voz del joven resonó por todo el lugar, pero ahora se escuchaba algo cambiada, con diferentes matices, distorsionada, agresiva, intimidante, risueña. Todo lo contrario a la seriedad y disgusto que solía reflejar—. Ren es un estúpido. Se preocupa por los demás, y nunca piensa en lo que es mejor para su persona. Hace años que busca a su pequeña familia, y ni siquiera piensa en la posibilidad de que sus cuerpos ya se los hayan comido los malditos gusanos. Pero si hay algo que no permitiré que le digas es que es patético. Él luchó demasiado para estar aquí, a pesar de que te odia a ti y a tu puta organización de porquería. Es la persona más valiente y bondadosa que puedas conocer en esta dimensión, oculta bajo una fachada de ignorancia para evitar más sufrimiento como el que tú le provocaste. Él tiene sus defectos, pero es excelente en todos los demás sentidos, y tú… tú sólo eres una puta envidiosa del éxito de los demás. La típica tarada de autoestima bajo que quiere sentirse superior a los demás para aceptarse a sí misma. Pero déjame decirte, fracasada, que hoy tu reinado de terror acabó.
Nate apareció de pronto frente a ella y golpeó repetidas veces su estómago y rostro, disfrutando cada momento del dolor ajeno. LeBlanc cayó al suelo, adolorida, confundida. Sin entender nada, sin saber a quién atacar y a quién no.
Y notablemente sorprendida al ver a su enemigo de nuevo frente a ella, ahora, con el puño levantado.
—Estoy harto de ti y de tu bocota grande y molesta. ¡Por primera vez en tu vida, aprenderás respeto!
Esquivando por muy poco el letal puñetazo que casi le arruina la cara, Evaine sólo pudo balbucear rápidamente antes de contraatacar sin piedad.
—¡Por fin esto se pone interesante!
"La ilusión y la mentira más grandes son la vida misma."
-Ren Yhirnam val-Iyrde, El Ilusionista Oscuro. Guerra de las Dos Dimensiones.
