El cuaderno azul

El cursor parpadeaba en la pantalla, desafiante, burlándose de él. Parecía darle una orden con cada pestañeo. Escribe, escribe, escribe… La página en blanco del cuaderno que mantenía abierto a su lado tampoco ayudaba. Le gustaba tenerlo cerca para poder cambiar el teclado por lápiz y papel si tenía ganas de volver al método tradicional, pero esa noche lo único que conseguía era ponerle de los nervios.

Castle había estado devanándose los sesos durante días tratando de dar con una idea que le pudiera hacer progresar en su último libro. Este tipo de bloqueo era una batalla que generalmente ganaba fácilmente —tras unas cuantas distracciones que le hacían perder el tiempo durante horas, por supuesto— pero esta vez, la guerra había durado demasiado tiempo y, por desgracia, Castle iba perdiendo. Había pasado una semana desde que escribió por última vez. Normalmente, ese era el margen que se permitía a sí mismo antes de pasar al plan B, que consistía en…. seguir escribiendo.

Era un escritor. Necesitaba escribir, ese chute de adrenalina que se producía cuando las palabras comenzaban a entrelazarse para formar intricadas frases y párrafos delante de sus ojos, aunque solo fuera para distraerse de la realidad. Y a veces, para ser más productivo en el libro que se supone que debería estar escribiendo, necesitaba dar un paso atrás y escribir algo que no estuviera relacionado directamente con sus novelas. Con el paso de los años, había escrito cientos de cartas, historias cortas y microrrelatos. Algunos eran buenos; la mayoría no lo eran. Pero la calidad no importaba, siempre que siguiera escribiendo.

Sin embargo, su problema actual no era la falta de inspiración. Desde que conoció a Kate Beckett, las palabras habían fluido libremente desde su mente. Y todavía más desde que finalmente se casaron y podía pasar todo su tiempo con ella.

No, su problema esta vez era lo completamente aburrido que estaba con su propio libro. Siempre era el mismo proceso: se le ocurría una idea, la desarrollaba y trazaba un esquema. Después, cuando cada pieza estaba en su lugar, comenzaba a escribir la narrativa, embelleciéndola con detalles para darle a sus historias esa profundidad que las convertía en lo que su editora, Gina, llamaba "material para libros". Esa era la parte más complicada para él, porque pronto se convertía en una rutina, casi una tarea: leer y releer sus propias palabras, reemplazándolas y reordenándolas hasta completar el puzzle. Con el tiempo, el proceso perdía su carácter creativo, que era la parte más atractiva del oficio de escritor, en su opinión.

Normalmente, sus brotes de bloqueo coincidían con la presión de Black Pawn para que acabase el libro en cuestión lo antes posible, lo que creaba una nueva fuente de estrés para él. Y Castle detestaba que le metieran prisa. Escribía para sentirse libre e invencible, no una máquina que producía uno o dos libros por año, llenos de contenido pero vacíos de sentimiento y pasión.

Y por eso es por lo que tenía el cuaderno azul. Estaba lleno de escritos que jamás se atrevería a enviar a Black Pawn para que los publicasen; historias solo para su disfrute personal. Al principio, Castle solo escribía descripciones de sus personajes, hablando de sus atributos físicos y de personalidad para ayudarle a comprender mejor sus vidas. Con el tiempo, dejó de trazar borradores y comenzó a narrar como si se tratara de mini historias, haciendo que sus personajes vivieran nuevas aventuras y construyendo un nuevo mundo para ellos.

Algunas de esas historias eran realmente cortas; solo atisbos de la vida, esperanzas y sueños de Nikki. Otras eran más largas, como las que relataban las aventuras de Jameson Rook como reportero de guerra, por ejemplo. Podía escribir lo que quisiera en ese cuaderno; cualquier cosa sobre Nikki, Rook o sus otros personajes que le ayudara a entenderlos mejor.

El género de estos relatos variaba, dependiendo de su estado de ánimo mientras los escribía. Como resultado, fragmentos de la vida de Nook (le encantaba ese apodo para la pareja) compartían espacio con épicas historias del heroísmo de la detective y su sombra.

En un momento dado, Castle se dio cuenta de que no quería guardarse estas historias para sí mismo. No eran algo que Black Pawn pudiera publicar, ni eran importantes para el argumento de sus novelas, pero seguro que ayudarían a sus lectores a entender mejor la motivación de sus personajes. Así que creó un perfil en una página web cuya función era compartir historias escritas por fans y comenzó a publicarlas –por supuesto, bajo un seudónimo. El término correcto para esta práctica era "fanfiction". Castle no era un fan, per se, pero, dado el completo anonimato de la página, nadie sabría jamás que el perfil era suyo.

Esa noche, en el universo del fanfiction, Nikki, Rook y los Roach estaban investigando una organización mafiosa. Se trataba de un caso trepidante, que incluía extorsiones, amenazas de muerte y un poco de romance. Al final, los detectives consiguieron engañar al mafioso haciéndole creer que uno de sus "socios" estaba hablando con la policía.

Satisfecho con el final, publicó la historia y fue a hacer la cena, dejando su teléfono en la encimera a su lado. Al cabo de unos minutos, la pantalla del aparato se encendió con una alerta. Esta era su parte favorita: las respuestas de sus lectores. Cuando publicaba una novela, recibía comentarios de otras editoriales, periódicos, reporteros, etcétera, pero raramente le hacían llegar las opiniones de sus lectores directos. Ese era el mayor atractivo del fanfiction. Las reacciones de los lectores siempre eran divertidas de leer. A veces, le elogiaban por su "autenticidad", diciendo que sonaba "igual que el propio Castle", lo que nunca dejaba de hacerle sonreír como un lunático. En otras ocasiones, solo le dejaban un puñado de palabras, lo que disfrutaba en igual medida.

Sin embargo, algunos de sus lectores se tomaban la molestia de dejarle un mensaje debatiendo sus elecciones en cuanto al argumento y las acciones de los personajes. Esos eran, sin ninguna duda, sus mensajes favoritos. Había una persona en particular, que usaba el nombre de usuario LadySackett, que le divertía sobremanera. A menudo se mostraba dura con él, pero de una manera que lo desafiaba a ser mejor escritor. Ella (suponía que se trataba de una mujer por su apodo) siempre tenía algo interesante que decir sobre la manera que tenía de narrar los casos y sobre los pensamientos íntimos de Nikki. Siempre era una delicia chatear con ella. Con el paso de los años, habían establecido una relación basada en el humor y en las pullas sin malicia, con él tomándole el pelo por ser su fan, y ella diciendo que tenía demasiado ego para alguien que no ganaba un solo céntimo con sus historias. No obstante, sus intercambios eran muy inocentes, y ni siquiera sabían el nombre del otro.

Como siempre, el suyo fue uno de los primeros comentarios en llegar. Removiendo la salsa que estaba preparando mientras lo leía, Castle no pudo evitar soltar una risotada.

"Solo tú podías pensar en algo tan cliché y hacerlo sonar como una genialidad."

Castle se debatió entre responderle o no, pero al final decidió que preparar la cena para su mujer era su prioridad en el momento. Kate acababa de enviarle un mensaje diciéndole que estaba de camino a casa, atrapada en un taxi entre el tráfico de la hora punta, y preguntándole qué tal le iba con el libro. Si debía ser sincero, Castle no podía decir que hubiera hecho ningún progreso, pero al menos ya no se sentía agobiado.

Escribir era su terapia favorita.


Al día siguiente, Castle se las apañó para terminar un capítulo de su libro antes de la hora de comer, así que no vio ningún problema en unirse a su mujer en la comisaría durante un par de horas. El caso que estaban investigando era bastante complejo. La mafia irlandesa estaba involucrada, y siempre era una pesadilla conseguir que cooperaran. Pensando en la historia que escribió el día anterior, decidió sugerir la misma estrategia que Nikki había seguido, solo para ser interrumpido por Beckett.

– Podríamos hacer creer a Flannagan que McEneany está colaborando con nosotros – dijo ella. Al ver las caras de escepticismo de sus compañeros, se encogió de hombros. – Algo cliché, lo reconozco, pero podría ser…

– Una genialidad – intervino Castle, hablando al mismo tiempo que ella.

Esa expresión le resultaba familiar. ¿Dónde había oído eso antes? Espera… ¿Podría ser que…? Al caer en la cuenta, los ojos de Castle se iluminaron.

Kate Beckett era LadySackett. Su lectora favorita no era otra que su mujer.

– No… – murmuró Castle. – No es posible…

Tuvo que echarse a reír ante semejante coincidencia. El universo tenía sentido del humor, después de todo. Debería haberlo sabido. ¡Sabía que algo en ella le resultaba familiar!

Estudió la cara de Beckett en busca de algún signo de reconocimiento, y vio por su ceño fruncido que no había llegado a la misma conclusión que él. No obstante, Castle siguió observándola con atención durante unos segundos, hasta que ella pareció hartarse.

– ¡Castle! – le espetó finalmente. – ¿Qué mosca te ha picado?

Él sacudió la cabeza, decidiendo que ese no era el mejor momento para compartir su descubrimiento. Beckett lo dejó correr, por suerte, centrándose de nuevo en la pizarra e ignorando las curiosas miradas de Ryan y Espo.

Castle dirigió su mirada a las fotografías allí colgadas sin registrar ningún detalle, tratando de dar con la manera perfecta de revelar a Beckett su doble identidad, hasta que le ocurrió una idea. Una cosa era segura: Beckett iba a oír sus bromas durante años.


Esa noche, cuando Beckett fue a meterse en la cama, encontró un cuaderno azul adornado con un lazo sobre su almohada, junto a una nota.

"Para LadySackett, con todo mi amor.

Porque un puñado de libros jamás bastarán

para expresar lo mucho que me has inspirado.

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