Lo observo débil, indefenso, patético; eso en conjunto no hizo más que aumentar su furia. Le soltó las muñecas con asco y se limpió su sangre en los costados de su pantalón. Las vendas que cubrían los dedos perdidos estaban empapados y sus lágrimas a punto de desbordarse. Se miraron como no lo hacían, desde la última batalla. Su odio insaciable se recalcó cuando su adversario de cabellos oscuros le sonrió con sorna.
—Y dicen que porque no me asesinaste no eres un monstruo.
Con una mueca cayó al suelo de rodillas sin más que el dolor arrastrando todos sus nervios, no se podía concentrar en ninguna zona en particular, ni en los huesos de sus dedos que ardían con fervor. Dejándose contemplar de esa forma, no se había mirado en un espejo y ya estaba seguro de como se vería. Patético y desolado eran solo palabras sin un fin, era algo mucho más allá de eso, algo más intenso, algo tan pasional como doloroso.
Su gesto se suavizo, la ira se deslizo con menos frenesí hasta que al fin en sus puños no tenía más fuerza que desbocar. Inclinándose de rodillas le miro bien el rostro, buscando la duda, el desdén, pero solo encontró ese rostro herido, vacío de muecas. Le soplo en el rostro, logrando que se desconcertara y el reprimió las ganas de reír, así debía ser, justo como decía Celty, Izaya ya no era una piedra más en su zapato.
—¿Te ayudo a meterlo, Shinra?
El silencio mudo le respondió. Detrás de él no podía explicar lo que veía, tampoco entenderlo. Acomodo sus lentes nostálgico y le asistió aunque este ya hubiera tomado al Informante en brazos. El no quito la mirada de su rostro, apretándose contra su pecho, extasiado de dolor, agradeciéndose no seguir pisando el suelo. Sus plantas le ardían. La vista estaba en su quijada, escuchando sus pasos y poco después la puerta de la habitación abriéndose. Si había querido decir algo en burla jamás lo escucho de él, solamente lo miro con una sonrisa marcada pero no desdeñosa ni alegadora. Lo deposito en la cama sin cuidado peo tampoco con agresividad. Las enormes ganas de querer verle se habían marchado con rapidez.
Quedándose de pie junto a la cama llego esa ansiedad que tenía por hablarle, por conversar con él, esa parte que cuando le conoció jamás trato de forjar. Arreglar las cosas entre los dos era más que una locura, pero ahora parecía que podía hacerlo, al menos intentarlo. Siempre que lo intento antes él se mofaba, lo provocaba, ser civilizado no funcionaba con esa persona que se creía la más civilizada de todas. Ahora que no podía hablar, al menos no con normalidad, quizá era el momento. ¿Cómo debía comenzar? Shinra miraba en el umbral de la puerta.
Su rostro estaba ladeado, el solo quería irse, de todos a los que podía querer encontrarse era el último al que quería ver. Tenía tantas cosas que hacer y estaba frustrándose de a poco.
—¿Qué quieres?
Un tono acido, áspero, de más sofocante, y era el único sonido decente que lograba sacar. Removió sus piernas en las mantas, la humedad de la sangre estaba en ellas. El calante aroma a nicotina del rubio le hacía carraspear.
—Solo quiero que hablemos.
Apretó la mandíbula. Se reconoció que quería escucharlo pero que no era el momento… aunque ¿Cuándo habría otro momento? Ni siquiera sabía si alguno de los dos seguiría vivo al final de la semana. Entonces surgió una preocupación ¿Él ya lo sabría? Se miraron en silencio con verdadera atención. Orihara noto la falta del moño, gafas y chaleco; Heiwajima noto la ropa vieja de Shinra y lo delgado que en verdad era Izaya.
Tomo asiento en la silla a su lado y se inclinó. Su penetrante mirada lo hacía sentirse encogido, algunos recuerdos intentaron azotarle y volteo la cabeza, negándose a mirar por lo que había hecho tanto, por quien había perdido y por quien se estaba hundiendo.
Un suave toquido en la puerta llamo la atención del rubio antes de que pudiera pensar en algo que decir. Estaba Kishitani sonriéndoles, en sus manos alzaba un pequeño botiquín para darle énfasis. El rubio asintió e Izaya pensó que al descubrir los vendajes de sus manos la bestia saldría de inmediato por la puerta, incluso se preparaba para alguna treta de palabras entre ambos pero menos no podía importarle, aun así no bajo la guardia y el proceso se le hizo eterno.
Cuando se quedó solo el cansancio lo invadió y la frescura de la piel limpia se le hizo tranquilizadora; tan reconfortado con aquello se dejó llevar. Pero como ya era costumbre dormitaba entre horas, escuchando entre sueños. El sonido de la tetera, del agua cayendo en la regadera, las palabras incongruentes del televisor, los pasos acolchados en el suelo. Los sonidos adornaban la bruma oscura de sus sueños vacíos. En algún momento todo se volvió silencio, la ciudad se sumergió y el sueño inundo a los habitantes del alto mundo. Contrario a ellos; el despertó. Giro su rostro por su acompasado respirar, tenía el rostro pegado a su hombro y los ásperos cabellos le cubrían el ojo izquierdo, deslizo la sabana de su cuerpo y bajo las piernas de la cama. Se quedó sentado un momento, frente a la silla de su adversario, sus rodillas casi rozaban las contrarias. No meditaba, no pensaba en nada en lo absoluto, solo miraba aquel rostro relajado y el pecho suave subiendo por el acompasar pulmonar. Le proyectaba esa tranquilidad. Quería dormir más.
Bajo con cuidado después de darle un vistazo al reloj sobre la cabecera de la cama, tenía en cuenta las grandes probabilidades que tenia de ser descubierto otra vez pero el tiempo se acababa. Mordió sus labios para no gritar, sintiendo las quemaduras aplastándose contra el suelo.
Avanzo sigiloso, rodeo la cama tratando de arrastrar los pies lo menos posible y al poner una mano sobre la redonda manija, apretó los dientes sin percatarse de que lo hacía. Presiono la manija entre sus muñecas, incapaz de hacerlo con sus dedos. Lo presiono haciéndola crujir y la giro sin éxito. Resbalándosele en cada intento. Lo repitió un par de veces hasta conseguirlo y girando a ver a su acompañante por el sonido del pestillo.
Deslizándose por el pasillo percibió sus voces, de ambas, solo entonces odio la pesada soledad. Detuvo su caminar en la amplia sala, recargo su costado en el respaldo y miro sus manos que hormigueaban.
"—La traerás ¿Cierto? Porque eres Iza-nii."
Agacho la cabeza al suelo, recordándola, esas palabras que jamás espero que salieran de ella. Con tanta confianza. Dejar de actuar como un maniquí extraño, algo que no esperaba desde que eran niñas. La vocecilla de Kururi añorando un milagro que no pudo cumplir.
"—Esta bien, Iza-nii nos sacara de aquí."
Y la de Mairu que apenas recordaba entre los mareos de las drogas en el cuarto de punto. Abrió los ojos en esa maldita silla, extasiado, tratando de respirar mientras la sangre le quemaba las venas y la habitación daba vueltas, podía enfocar lo que veía con un ojo, el otro se cerraba entre la carne. Respiro profundo, tosió y escupió el aroma a nicotina, los polvos en su nariz lo atragantaban. Estornudo y se quejó. La cámara era bastante grande pero aun así el aire escaseaba. El aire seco sofocaba. El calor interno y externo le provocaba sed. Estando tan hambriento como un león.
La respiración le movió los cabellos en la nuca, ese hedor a nicotina, y el girar el rostro mecánicamente el golpe llego como lo esperaba. El dolor lo aturdió y bajo la cabeza, no escuchaba, no veía pero luchaba por hacerlo, le recorrían las agujas y al fin se miró en la penumbra de aquella sala oscura. Cerro los ojos desconociéndose un instante, avergonzado y tan abrumado que las manos le temblaban. Se recompuso lo más rápido que pudo.
Acercándose a la puerta trago aquel nudo que lo asfixiaba dolorosamente. Tomo su tiempo para abrirla, le costaba concentrarse. Pestañeaba repetidas veces para poer lograrlo, el Doctor Clandestino había agregado seguridad después de los incidentes pasados. Salió y no tenía que escoger que ruta tomar por lo que presiono los botones del ascensor. Con sus sentidos opacados no dio cuenta de la niebla oscura que recorría la estancia.
Casi se arrastró por el pasillo a la salida, el guardia no se lo negó, solo bastaba una de esas sonrisas para saber quién era. El aire nocturno le golpeo el rostro. Le sonrió a la noche sintiéndose libre otra vez. Amargado choco contra la pared al intentar recargarse y acomodo su espalda contra ella tratando de contenerse. Seguía temblando, sus labios lo hacían, cerró los ojos para fundirse con la noche, la humedad empaño sus pestañas y suspiro entrecortado.
Quería esa calma, añoraba entre un profundo odio su aroma. Anhelaba el tiempo pasado de la misma manera en que el otro lo hacía. Le dedico otra de las sonrisas a esos momentos, tratando de volver a sentir sus pulmones exigentes, el corazón desbocado y las piernas calientes, los músculos destensados. Esa magia que se encendía en ambos pares de ojos al verse. Su forma peculiar de rastrearle a pesar de oler a tierra mojada y sudor mañanero, el aroma de un trabajo eternamente nocturno. Su rostro torcido, las muecas de un destructor y su acompasado respirar en esa silla a su lado. Como en Raira.
"—Iza-nii, ¿Has visto mi corbata?"
Apretó los parpados. El mismo uniforme. El auto negro aparco unos metros más allá de su posición y bajo la corta escalinata fingiendo el no existir de su pesar. Claro que escucho sus pasos, tan severas, dignos de él ¿Cómo no escucharlos? Detuvo su andar frente a la puerta ya abierta, la tomo suavemente y miro al rubio parado en la acera. El edificio detrás de él se ceñía a su figura, un excelente fondo para sus colores vivos.
Miro a Izaya pasar las vendas de su brazo sobre sus ojos y entras inexpresivo a los asientos. No tuvo voz para detenerlo como tanto había querido. Comprendió, o quiso hacerlo, que el final para ambos mundos se marcaba allí. En su partida pacífica. Sin más sonrisas de rabia.
