I

―Feli... querido, sabes que te aprecio un montón; eres mi pequeño y siempre lo serás, pero tienes que decírmelo... ―el tono de exasperación contenida se marcaba en cada una de las palabras del abuelo Rómulo, quien se encontraba sentado en su trono de coral―. ¿Dónde está tu hermano? ―repitió una vez más.

― ¡No lo sé, abuelo! ¡Lo prometo! No lo he visto desde que se marchó ayer ―Feliciano, frente a su abuelo, también insistió con su respuesta―, y estaba enfadado así que no lo seguí... No sé adónde puede haber ido ―suspiró con desánimo.

― ¿Y por qué estaba enfadado...? ―iba a preguntar, pero fue interrumpido por uno de los guardias que apareció nadando apresuradamente hacia el trono del abuelo. Inmediatamente el hombre se volteó hacia el muchacho de melena castaña; parecía realmente nervioso―. ¿Hay noticias, Toris?

―No, señor. Lo único que sabemos es que se dirigió a la costa ayer al atardecer... hubo un testigo, pero no supo decirnos más. Recurrimos a todos lo que teníamos a nuestro alcance... ―explicó, un tanto agitado―, al parecer desapareció sin dejar rastro ―añadió―. Señor, disculpe mi atrevimiento al hacerle esta pregunta, pero... ¿ha considerado la idea de que su nieto pueda haberse escapado? ―preguntó, tímidamente.

El viejo tritón dio un amplio y vehemente suspiro, intentando calmarse un poco. Necesitaba sosegar sus pensamientos si quería encontrar a su nieto mayor lo más pronto posible.

―No sé qué esperar de él realmente... Me preocupa dónde pueda haberse metido este chico ―Rómulo apoyó la espalda contra su trono, llevando una mano a su frente, afligido―. Sea como sea, no paren de buscar. Sean precavidos al ir hacia la costa, cuanto más oscuro esté el cielo, mejor; no quiero que por culpa de este adolescente rebelde nos descubran... ―gruñó disgustado, aunque cuando se percató de que su otro nieto se encontraba aún presente cambió su expresión y su halo a uno más cordial―. Feliciano, será mejor que vayas tu habitación; necesito discutir una cosas...

Feliciano se encogió en su lugar y asintió, sabiendo a qué se refería. No desobedeció. Mirando hacia abajo y nadando con mustia se dirigió hacia el exterior del gran salón principal, deteniéndose en el pasillo solo para apoyar su espalda contra la fría pared.

Fratello... ―Susurró suavemente, para sí mismo―. Donde sea que estés, espero que te encuentres bien... ―Interiormente, pedía a gritos que su hermano se hubiese atrevido a escuchar su corazón y hubiese ido tras aquel humano...

De todas formas, no perdería tiempo; a la mañana siguiente iría a ayudar con su búsqueda, sin falta.

II

―Huele asqueroso ―comentó el niño castaño, arrugando la nariz. Se encontraba sentado sobre un taburete viejo que había robado del comedor, a un lado de Elizabeta que guisaba un poco de carne y garbanzos (además de vaya a saber qué otra cosa) en una olla. El muchachito no hacía más que observar como revolvía la jovencita, concentrada.

―La comida no es lo mejor que tenemos, pero... ―dijo―, ¡al menos tenemos! ―añadió, entusiasmada―. Sé que no es de lo más delicioso que hayas probado jamás, pero te aseguro que no está tan malo... ―Se volteó hacia el niño y sonrió. Acto seguido, elevó el cucharón de madera y lo acercó hacia la boca de su compañero―. Prueba.

Lovino cerró los ojos y abrió la boca, un tanto inseguro. Sin embargo, cuando la textura de la carne y los garbanzos acariciaron su paladar, el sabor le causó un cosquilleo en sus papilas gustativas. Abrió los ojos, asombrado, y continuó saboreando ante la atenta mirada de la muchacha. Nunca había probado algo así... Sin duda, era muy diferente a la comida que había en su reino marino. Y, además, tenía que admitir que sabía mejor de lo que olía.

― ¿Y? ¿Está bueno? ―preguntó ella, esperando una respuesta positiva.

―Está... ―murmuró, una vez hubo tragado―, rico. Cocinas muy bien ―admitió, avergonzado por sincerarse. ¿Dónde había quedado ese espíritu halagador con el que conquistaba a las sirenas más hermosas del reino? Quizás se había esfumado con el mismísimo hechizo de Arthur. Da igual, se dijo. Estaba ahí por Antonio y por nadie más.

― ¡Qué adorable! ―chilló ella, sobresaltándole. Y antes de que pudiese evitarlo, ya tenía las manos de la chica pellizcando sus mejillas coloradas. Claro que no tardó más de dos minutos en apartarse, acariciándose los mofletes adoloridos―. Perdón... creo que me pasé un poco~ ―se excusó ella entre risitas y volvió a su trabajo, apartando la olla del fuego y yendo a buscar unas cazuelas para los tripulantes.

Lovino se puso de pie y fue a ayudarle a acomodar el comedor, por pura cortesía; porque, la verdad era que no tenía ganas. Mientras acomodaba los platos o, mejor dicho, recipientes -no estaba seguro de considerar platos a esos cacharros- en la tabla, no pudo evitar repasar lo que había ocurrido ese día, azorado. ¿Cómo era posible que luego de tanto tiempo siendo un simple espectador, las cosas pasasen tan rápido?, se preguntó, frunciendo los labios. Si hubiese sabido que sería así, lo hubiese hecho mucho antes... O eso creía. Lo único que le desanimaba eran las condiciones que le había impuesto Arthur:

1) No podía acercarse al agua. Tarea difícil porque estaba en un jodido BARCO en el medio del MAR. En serio, qué ocurrencias.

2) Nadie podía enterarse de que él antes era un tritón... bien, esa no era una tarea difícil, pues estaba acostumbrado. No era tan imbécil como para revelar aquella información confidencial. Solo tendría que quedarse callado, lo cual resultaría complicado si alguien le preguntaba sobre su familia o cosas por el estilo. Tenía que ponerse a pensar en un par de excusas... ¡qué flojera!

3) Su jodido cuerpo de adolescente si había esfumado y podía asegurar que cuando todo oscureciera, volvería aparecer. Para su desgracia, tendría que ocultarse de los demás hasta recuperar su cuerpo de crío.

Claro, además a todo eso, tenía que sumarle que si su abuelo se enteraba que había escapado, se pondría como un loco y se desataría una horrible tormenta. Y no quería estar vivo para presenciarlo. Ojalá que el jodido idiota de su hermano cerrara la boca y no le diera ideas a su abuelo de dónde podría estar.

Y, lo último, pero lo más importante: Tenía que evitar que Antonio complaciera la última voluntad de su madre.

... Mierda, eso sonaba cruel en cierta forma. Pero no, no podía dejar que Antonio se casase con otra persona. Tenía que encontrar la manera de que... renunciara a esa estúpida idea. Porque era realmente estúpida. Y hacía que su corazón se estrujara dolorosamente con tan solo pensarlo.

Lovino sacudió su cabeza, apartando sus pensamientos y miró a la chica que terminaba de acondicionar la mesa. Se preguntó, entonces, porqué ella no estaba en su casa... y no tenía niños, una familia, ni estaba casada, como sabía que era normal en las mujeres humanas. De seguro sería una gran madre, claro. Comenzó a sentirse curioso.

―Eli... ¿puedo hacerte una pregunta? ―preguntó de pronto el del rizo.

―Dime ―contestó, sin prestarle demasiada atención. Lovino hizo una pausa, observando la madera de la mesa, larga y amplia, y las sillas en pésimo estado; el techo, los platos, sintiendo el olor a guisado mezclándose con un pútrido olor... Luego posó su mirada en ella, en su cabello sucio y su ropa desgastada.

― ¿Por qué estás aquí? ―preguntó. Ella se volteó en su dirección, con sus ojos verde aceituna brillando detrás de los mechones que caían sobre sus ojos, desordenados. La respuesta tardó en llegar, y el ex-tritón no pudo evitar pensar que había metido la pata al hacer aquella pregunta.

―Podría decirte lo mismo, ¿sabes? ―Sin embargo, contestó; con otra pegunta pero en definitiva, lo hizo―. ¿Qué haces aquí?

―Antonio... Quiero decir, el capitán ―se corrigió―, me salvó ―respondió, a la defensiva, el más bajito. Porque, en cierta forma, era cierto; por más de que él hubiese buscado estar allí.

―Bueno ―Ella sonrió: una sonrisa muy pequeña, casi invisible―, yo no tuve tu suerte... ―aseguró, con melancolía―. Yo me salvé a mí misma al venir aquí.

Lovino hizo ademán de responder: ¿A qué se refería con eso? Pero la puerta de la sala se abrió súbitamente, dejando paso al capitán del navío.

Lucía igual que esa mañana, a diferencia de que ahora no llevaba puesto su sombrero y vestía una simple camisa blanca, fina. Descuidadamente había dejado los tres primeros botones abiertos, dejando ver su pecho. Su ánimo parecía apagado y casi sombrío, posiblemente debido al cansancio. Al descubrir con la mirada a los jóvenes conversando, confidentes, pasó de ellos y se dejó caer sobre la silla cabecera de la mesa, con pesadez. Llevó una mano a su frente y peino su cabello hacia un costado, quitándose del medio los mechones molestos con tranquilidad.

Sin embargo, no fue lo mismo para Lovino, que tomado desprevenido por la repentina aparición sintió que su corazón quería escapar de su lugar en el pecho. Pese a que sus mejillas, como de costumbre se sonrosaron, pudo murmurar temblorosamente: ―Antonio... ―Se llevó una mano al pecho, envolviendo entre sus aniñadas manos la tela de su vestimenta, como si eso pudiese evitar el repentino palpitar de su corazón y la situación tan irreal que estaba viviendo.

El español, al oír su nombre, le dedicó una mirada estoica, alzando una ceja.

―Lovino ―dijo, a modo de saludo, asintiendo con la cabeza en dirección al muchachito. Este salió de su estado de éxtasis cuando el de origen ibérico mencionó su nombre―. Elí, ¿todo en orden? ¿Cómo se ha portado? ―cuestionó él, con aires despreocupados, mientras se sobaba la base del cuello para destensarse.

Ella se irguió al instante: ―Bien, ha sido de mucha ayuda. Necesitaba a alguien así en la cocina ―dijo, con voz gruesa―; aunque no creo que dure mucho... ―añadió, esta vez observando a Lovino, quien le miraba confundido―. Cuando menos nos demos cuenta, será uno de ustedes.

― ¿En serio? Es una muy buena noticia, entonces ―murmuró, esbozando una sonrisa tensa y cruzándose de brazos sobre su regazo. Lovino no caía en cuenta de lo que oía, demasiado anonadado aún. ―Eli, toca la campana ―ordenó el capitán, obteniendo por respuesta un cabeceo afirmativo y luego, el chillón sonido del instrumento al ser golpeado que ensordeció momentáneamente al pequeño.

III

Unos minutos más tarde, el lugar estaba siendo abarrotado por la tripulación del barco, que sentados alrededor de la mesa de madera, hablaban a gritos entre ellos. Lovino y Eli estaban sentados aparte, ya que la muchacha le había aconsejado no tomarse tantas confianzas con la tripulación desde el principio si quería sobrevivir.

―...así que jamás le preguntes cómo perdió el ojo, pues en verdad es todo un misterio. Nadie se atrevió después de aquella vez que se enfureció lo suficiente como para dejarle esa cicatriz a... ¿Lovi, me estás escuchando?

La mujer puso su mano sobre la pequeña cabeza el niño, para que le prestara atención. No sabía cuánto tiempo había estado hablando pero aparentemente el castaño no tenía interés en aprender sobre la tripulación del barco. En realidad, parecía más interesado en observar al capitán, que charlaba con el lugarteniente mientras comían y bebían ron.

» Antonio es increíble, ¿no crees?

Lovino finalmente le dirigió la mirada a la chica, que le sonreía tenuemente. De pronto, se puso nervioso... ¿acaso estaba siendo muy obvio? ¡Qué idiota era!, se maldijo por estar tan despistado, poniendo una expresión de pánico en su rostro y apartando su mirada, para luego encogerse de hombros.

―Supongo que él es algo curioso ―dijo el castaño, intentando restarle importancia. Para su sorpresa, cuando volvió a observar a su compañera, ella lo estaba observando con sus labios torcidos, como si no estuviera satisfecha con esa respuesta.

―Yo realmente creo que es admirable. ¡Él incluso robó este barco para vengar al anterior capitán de la tripulación! ―contó la cocinera, para luego darle un sorbo al guisado, mientras cerraba los ojos con tranquilidad―. Este antes era un corsario inglés, ¿sabes? Gracias a eso, se ganó el odio de la corona... pero, al mismo tiempo, obtuvo otra ventaja: ser temido y admirado por los demás piratas y navegantes ―hizo una pausa―. Aunque yo hablo de lo que he escuchado, ya que ocurrió mucho antes de que pusiera un pie en Discordia. Seguramente el capitán podría contártelo con lujo de detalles, ¡eso sería emocionante! ―la chica le dio un ligero codazo, haciendo que Lovino volcara un poco de su ración y frunciera los labios en una mueca displicente.

― ¡No voy a ir a preguntarle! ―anunció de mala gana, activando su mecanismo de autodefensa que saltaba cada vez que sentía la vergüenza carcomiéndolo desde dentro.

―Ah, ¡qué lástima! En verdad quería saber los matices de la historia... ―dijo, y soltó una risilla, tapándose la boca con una mano. Ese había sido un gesto muy femenino, pensó el extritón, mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie lo hubiese notado.

Al parecer, todos estaban muy concentrados en observar una pulseada entre dos hombres de enorme contextura. Lovino se preguntó si iban a romperse los brazos. Realmente había cosas de los humanos que no terminaba de entender. Al final, uno logró hacer que el otro tocara la mesa con el brazo y los que habían apostado a su favor vitorearon, o al menos lo hicieron hasta que el lugarteniente alzó su voz sobre todos los demás. A ese hombre debían tenerle un tremendo respeto, porque las voces bajaron de tono.

Antonio se puso de pie, con la seguridad reflejada en su rostro, y comenzó a dar un discurso motivador, repartiendo órdenes especiales a cada uno de los que formaban parte de su tripulación y haciéndolos conocedores de parte de sus futuros planes. Lovino se enteró que en unos dos días volverían a desembarcar en un pueblo costero donde podrían conseguir alimentos a un precio mucho más reducido.

Para cuando la charla terminó, la mayoría se habían marchado a descansar o bien habían subido a cubierta; excepto Eli y el lugarteniente, quien llamó a Lovino con un simple gesto, indicando que le siguiera. Muy a su pesar, tuvo que dejar a la chica atrás, limpiando el desastre que habían dejado todos los demás; aunque tampoco es que estuviera muy angustiado, después de todo no era un trabajador nato que amaba de hacer quehaceres, sino al contrario.

Lovino observó el paso desgarbado del pirata frente suyo y pensó en lo rápido que se había acostumbrado a sus extremidades humanas, sonriendo de forma inconsciente, con orgullo. Mientras caminaban hacia el mismo pasillo por el cual él había transitado ese mismo día, notó que la luna llena se alzaba imponente en el cielo oscuro; para entonces, recordó lo que Arthur le había dicho, pero no pudo darle más vueltas al asunto, pues al parecer, habían llegado su destino: una puerta que se hallaba unos pasos más allá del camarote de su capitán. El pirata le tendió la lámpara de aceite que traía en las manos y le dijo que dormiría allí, aunque también le advirtió que no tocara ninguna cosa o tendría que córtale los dedos – Lovino no supo si estaba bromeando o hablando en serio, así que solo asintió temblorosamente y vio como el hombre se alejaba.

IV

En la oscuridad de la abarrotada habitación, un muchacho joven abrazaba sus largas piernas, apoyando su mejilla apenas sobre sus rodillas.

Era increíble la forma en que aquella pequeña llama se sacudía casi al ritmo de su respiración acompasada, creando chispas en el reflejo de sus ojos olivas – Era como una bella danza, pensó, mientras una sonrisa honesta se deslizó sobre sus labios.

Lovino cerró sus ojos y se dio cuenta de que jamás había estado tan feliz.

Después de años decidí continuar este fic, yay (?).

Tenía la mitad del capítulo escrito desde 2016 así que no fue difícil xDDD más o menos hasta la parte que Lovino enumera todos sus problemas (*ejem*pobrepibe*ejem*).

En la imagen: así me imagino más o menos a Eli (aka Hungría).

Gracias a todos los que apoyan el fic 3 Especialmente a zero_0234 y a Weabooseza (Wattpad) :D

Espero saber sus opiniones ;) ¡Saludos!