Nota ─ Historia completamente ficticia de Robsten, con invenciones de mi alocado cerebro.
Behind Your American Heart
4th
Milk
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RPOV
Me sentía agobiado, pensé que jamás volvería a ser testigo de este ensordecedor ruido. Con aquel ambiente dejé miedos, pesadillas y temores varios, había dejado atrás al soldado que un día amo serlo, al hombre que solía jurar defender a la patria inglesa. No negaba que una parte de mí quería volver a la guerra, era uno de mis enorgullecedoras misiones, era el sueño de toda mi vida, y la ocasión había llegado.
Pero asimismo, noté que no era fuerte, no tenía el valor de estar a kilómetros de la mujer a quien le había prometido y profesado amor tantas veces. Ella y mi hijo eran mis razones de vivir, eran el motor de mi existencia, y me necesitaban. Los necesitaba.
Mi corazón palpitaba en grandes proporciones, mi respiración se agitaba y el miedo se calaba por los huesos. Tenía sujetada con fuerza la mano de Kristen mientras la arrastraba con presura por las calles siguiendo el contorno de las murallas de los locales. Los misiles caían, solo caían sin tener un punto fijo que destruir lo que hacía que esto fuera la tierra del suicidio mismo, debíamos ser precavidos al dar los pasos.
- Robert, por favor, escondámonos allí dentro. - Kristen tironeó mi mano haciendo que me detuviera. Pude ver el horror que destilaban sus ojos, solo había temor. Se veía tan desprotegida, ni yo lo estaba haciendo bien. Al contrario, la estaba exponiendo a la muerte misma y aún así, un espíritu que nacía de mi lado de hombre de guerra hacía que siguiéramos rondando por las calles llenas de escombros y cenizas.
- Ya nos queda poco, mi amor. - Le dije insistiendo que en casa de mis padres estaríamos seguros. - Estaremos seguros allí.
- ¡No! - Ella quitó la mano de la mía y me miró de manera reprobatoria. Sus ojos lloraban, no sé si era el efecto del humo o si era completa angustia. Aunque estaba seguro que todo apuntaba a la segunda opción - No podemos seguir caminando hasta la casa de tus padres, nos puede pasar algo. Por favor, debemos escabullirnos en alguna parte hasta que esto termine. Por favor. - Dijo mientras sus orbes verdes destilaban lágrimas y me partían el alma.
- Amor, no te alteres, debemos salir de aquí, estoy seguro que terminaremos atrapados si nos quedamos acá. - Traté de decirlo con la mayor calma posible, mientras me acercaba a su lado manteniendo mis manos sobre sus hombros. Ella miraba el suelo y esas claras lágrimas que viajaban por sus mejillas sucias me apretaban el pecho. - Mi amor, ¿Confías en mí? - Ella alzó la mirada, titubeante.
- Claro que lo hago. - Volvió a bajar la mirada. - Pero esto va más allá de la cantidad de confianza que te tenga. - Se soltó de mi agarre y caminó hasta dejar su cuerpo pegado a la muralla que aún quedaba de una de las panaderías del centro. - Ya no eres un soldado que pueda ir contra todo, Robert.
- Claro que puedo, puedo protegerte.
- ¿Sí? ¿De la misma manera que te protegiste y perdiste la memoria? ¡Vaya manera de cuidarte! - Al parecer era tiempo de sacar los trapitos al sol. A pesar de que insistiera que el tema de mi accidente había quedado atrás, ella no dejaría de tocarlo. De manosearlo hasta el cansancio. Kristen me consolaba diciendo que no era mi culpa, siendo que yo vivía creyendo que todo era a causa mía, todo su sufrimiento era mi carga. Ahora ella llegaba y me daba vuelta la historia, y justo en el momento menos apropiado.
- ¿Crees que fue mi culpa? ¿Crees que quise dejarte sola todo ese tiempo porque si? ¿Crees que si perdí la memoria es porque quería? - Me sentía extraño gritándole en medio de la calle, y más en medio de un bombardeo. - ¡Respondeme!
- ¡Todo fue tu culpa! - Sus manos golpearon con fuerza mi pecho. Kristen estaba arrojando toda esa rabia encima de mí.
- ¡¿Qué?! ¿Te estás escuchando? - La apreté en contra de la pared, mientras las cenizas caía como lluvia sobre nosotros.
- ¡Estoy en lo cierto! Ya no eres soldado, ya no más, si quedaste traumado pues ve y mátate solo, no quiero morirme aquí, tengo un hijo que criar. - Kristen se salió de mi agarre para caminar siguiendo el mismo mecanismo que estábamos haciendo, seguir las murallas.
- Ese bebé es tan hijo mío como tuyo. - La encaré volviendo a agarrar su brazo con brusquedad. - Además estás mezclando las cosas, te intento sacar de aquí antes de que algo nos mate. No intento hacerme el soldado traumado como dices. - Dije intentando sonar lo menos revolucionado posible.
- Sigues amando ese espíritu de militar, sigues creyendo que estás en ella, este hijo está por debajo de esa prioridad para ti. - Quería arrancarme el cabello, por qué ella se colocaba en modo cerrada justo ahora, por qué. - Vete, me salvaré sola, ve y anda a jugar a los soldaditos.
- ¿Qué mierda dices? No te dejaré sola ahora, eres un polluelo.
- ¿Así que me ves? ¿Como una tonta frágil? - Los ojos de mi mujer ya no eran verde dulces, ahora eran de un fuerte verde fuego que me quemaba lento. Había dolor en ella, podía decir incuso que palpaba el dolor que ella vivió cuando no estuve.
- Claro que no, mi amor. - Intenté abrazarla aún sintiendo bastante ira dentro de mí.
- ¿Escuchas eso? ¿Escuchas como caen las malditas bombas?
- Kristen, escúchame, saldremos de aquí, quieras o no.
- No, déjame sola. - Ella fue dura y fría en su sentencia. - Ve a casa de tus padres, yo me quedaré aquí.
- ¿Estás jodiéndome? - No podía creerlo. - ¿Me dices que me vaya?
- Sí. - Ella caminó un poco más, dejándome a unos pasos atrás.
- No lo haré.
- Quiero que te vayas, Robert. - No, no lo haría. Acaso ella pensaba que estaría tranquilo pensando en donde estaría. Tomé su mano para agarrarla con fuerza nuevamente y no dejarla escapar.
- ¡No, suéltame, Robert! - Su rechazo era firme, y yo simplemente moría.
- ¡No, Kristen! Soy tu esposo, te quedarás conmigo.
- No, no lo eres aún y puedo declinar mi respuesta, déjame.
- ¿Por qué carajos te colocas así? - Ya no lo podía aguantar, la azoté en contra de la pared sin lastimarla, solo la dejé cuerpo a cuerpo conmigo. - No vuelvas a decirme eso, ¿No notas lo que me estás diciendo?
- Suéltame, déjame, por favor suéltame, quiero que veas que soy capaz de hacer esto sola, pude sola durante los malditos meses que no estuviste aquí. - Sus brazos me golpeaban con su delicada fuerza, mientras sus ojos seguían llorando.
Los aviones llenaron el cielo, dejando caer misiles por doquier. Ahora temía, si este era el fin juraba que no lo quería así. El aire estaba irrespirable y la visión se me nublaba, como si estuviera aspirando gas lacrimógeno. Kristen se aferró a mí olvidando el pleito, me apretó con tanta fuerza como si supiera que hasta aquí habíamos quedado.
- Entra, amor. - Le dije a Kristen mientras la tomaba en mis brazos haciéndonos entrar a otro local del centro.
- Te dije que..me..dejaras..sola. - Dijo aferrándose más si es que era posible a mí. Ya no la escuchaba con claridad a causa del ruido, los misiles caían con ímpetu sobre nosotros. - Robert..no.. - Hice fuerza y la llevé hasta un rincón.
- Siéntate en ese rincón, Kristen. - Ella hizo caso sin chistar esta vez, ya no era mi Kristen con su especial carácter, ahora era un pequeño ciervo que temía por su vida. No obstante, no olvidaba todo lo que me había escupido, todas esas palabras no las borraría de aquí a mañana.
- Robert, lo siento. - Dijo Kristen. Me senté a su lado, bastante cerca pero sin abrazarla ni contenerla. Mis sentimientos estaban más revueltos que el ambiente de afuera. Ella no comprendía que era capaz de cuidarla hasta de lo imposible, no comprendía que mi plan era salir de aquí antes de caer muertos. Y aún así, tenía mucha rabia, estaba enojado con ella.
- Nos quedaremos aquí. - Solté.
- Robert, lo siento en serio. - Kristen lanzó sus brazos a mis hombros para abrazarme, pero rechacé su afecto.
- Solo quédate en silencio. - Dije con furia, ya no quería más tregua. Solo silencio.
- Robert, yo… soy una idiota, es que tengo miedo. - No la miré, solo me fijé en que desde el techo del local caía polvillo, era cosa de tiempo que el techo se cayera o algo por el estilo. Comprendía su miedo, no paraba de pensar en eso… pero maldita sea, su vómito verbal me seguía decayendo.
- No hables. - Ella se silenció, botó su rostro sobre mi hombro mientras seguía estático. Largos minutos pasaron mientras Londres seguía siendo explotado por todas partes. El techo de este lugar se estaba cayendo a pedazos, moriríamos aquí y eso me robaba el aire. Sabía que este era el final…
- ¿Nos vamos a morir? - Preguntó ella en un hilo de voz, imperceptible dentro de todo el desastre. Podía oír como los ladrillos caían, el ruido taponando nuestros sentidos, los misiles cayendo de forma aterradora.
Solo la abracé, si este era final, debía tenerla cerca.
- Te amaré aquí y en la otra vida. - Besé su frente tan fuerte como pude y ella apretó mi camisa dejando su puño cerrado. Luego de tenerla por bastantes agudos minutos en mis brazos la solté para intentar salir de nuestra guarida para visualizar cómo estaba el ambiente para poder seguir caminando, pero esta decisión había sido una de las peores que había tomado. Al momento en que salí, algo de grandes proporciones cayó a un par de metros de nosotros, solo alcancé a escuchar a Kristen…
- ¡Nooo! - Fue el peor grito que pude escuchar de parte de Kristen, desgarrador y a la vez con demasiada angustia. Fue el último susurro de su voz auxiliante que pude escuchar antes de desvanecerme.
KPOV
La calma había vuelto, era como si mi alma volviese a entrar a mi cuerpo cuando el silencio nubló mis sentidos. No podía distinguir si era de noche o de día porque el polvo que merodeaba en el aire no dejaba determinar nada, me sentía en medio de la nada, como cuando se está entre la niebla. Levanté mi rostro para observar lo que me rodeaba, se apilaban uno al lado del otro los innumerables ladrillos y escombros, algunos tapaban mi cuerpo pesadamente haciéndome sentir el dolor ahora.
Estaba herida, porque me ardían demasiado los ramillones y el cuerpo me dolía como si me hubiesen golpeado a palos, comencé a respirar agitadamente por la desesperación mientras intentaba quitar mi tobillo de la gran piedra que lo capturaba. Mi visión comenzó a agudizarse y vi como todo estaba en el suelo, todos los locales de la calle se habían vuelto escombros luego del bombardeo, y solo reinaba un agonizante miedo en la atmósfera… era el temor que todos los ingleses guardaron por tiempo que ahora saturaba el ambiente, todo había acabado, o quizás comenzado desde ahora.
Salí de inmediato del hueco que mi cuerpo estaba formando en el suelo, necesitaba encontrar a Robert si es que estaba entremedio de algún escombro por aquí cerca, con el golpe de cabeza no recordaba si él había avanzado mucho desde el lugar en que yo estaba hasta la salida. Solo me importaba encontrarlo con vida… y con memoria.
Tenía la pierna derecha bastante lastimada, y al caminar sentía que todo el dolor se irradiaba tirando con fuerza mis ligamentos. Me sostuve con bastante dificultad con mis pies, cojeando con el herido. Debía encontrar a mi novio y por milésima vez pedirle disculpas por mi inmensa torpeza y terquedad.
Caminé lentamente entre los escombros gritando su nombre con toda la fuerza que mi garganta permitía, pero nunca recibí respuestas. Tampoco supe si di vueltas en el mismo sector ya que todo estaba arruinado y no distinguía bien las calles. Grité lo que parecieron horas, esperando a que alguien respondiera con mi nombre pero jamás pasó, ni siquiera luego de describirles a mi novio a cuatro personas, por si lo habían visto… y nada. Comencé a llorar desconsoladamente imaginando el peor escenario. Sentía que la vida me lo quería quitar, si la vez anterior no pudo esta vez lo haría y esa banal idea me llenaba los sesos mientras mis lágrimas aumentaban y mi andar cojeante seguía vagando hasta que algo me alarmó.
- ¡Mami! ¡Mami! - La voz de lo que parecía ser una pequeña niña gritaba llorando desde alguna parte. De inmediato llevé mis manos a mi panza y pensé en que esa criatura podía ser mi hijo buscando a su madre. Me imaginaba el miedo que debía tener. - ¡Mami! - No sabía bien de donde provenía la voz de la niña, ya que en el aire se formaba un eco inmenso que no me dejaba dimensionar la dirección del sonido. Caminé esta vez más lento ya que la pierna me comenzaba a doler más y más. - ¡Mami! - La voz desgarradora de la pequeña me apenaba, quería encontrarla y decirle que todo estaría bien, era como si todo mi escondido instinto maternal hubiera salido a flote al escuchar a la desvalida pequeña.
Seguí caminando un trecho más hasta llegar a lo que quedaba de algunos locales, parecía que era lo que una vez fue la peluquería, pero ahora toda derrumbada. Cada vez que me acercaba la voz de la niña se intensificaba, quizás estaba atrapada o algo la estaba aplastando, así que intenté correr para llegar pronto a salvar a la niña de los jadeantes gritos. Las murallas del lugar estaban a medio derrumbarse y una parte del techo seguía intacta, aunque caían peligrosos montones de ladrillos, me adentré un poco cuando la niña dejó de gritar ya que seguramente había sentido mis pasos.
- ¿Estás ahí? - Pregunté tosiendo por el polvo. - No te haré daño. - Dije inmediatamente notando que ella no respondía.
- ¿Mami? - Mi corazón se apretujaba, de seguro ella quería el consuelo de su madre.
- No soy mami, pero te puedo ayudar. - Dije entrando un poco más tratando de distinguir alguna figura humana, ya que con el humo y algo de oscuridad no lograba ver a nadie. - No tengas miedo, quiero ayudarte. - Volví a decir.
- ¿Y mi mami? - Solo por la voz de la niña sabía que ella temía cada vez que me acercaba.
- No lo sé, pero puedo ayudarte a encontrarla. - Dije con seguridad para que ella confiara en mí. - Pero debes acompañarme.
- Tengo miedo. - Dijo lloriqueando, y solo tuve la necesidad de abrazarla. Seguramente mi inconsciente pensaba en una situación paralela en que mi futuro hijo estuviera en similares condiciones.
- Confía en mí. - Le cedí mi mano esperando a que ella lo notará dentro de la oscuridad, hubo un silencio que se topo entre ambas hasta que un sutil suspiro salió de su garganta y su pequeña mano tocó la palma de la mía. Dejé que la niña caminara delante de mí hasta llevarla fuera del lugar.
- Quiero a mi mami. - Dijo la pequeña al verme a la poca luz del día. Era la mocosa más linda que había visto en mi vida, tenía los cabellos pelirrojos y ondeados en una melena que bordeaba sus hombros. Sus mejillas estaban todas cochinas con tierra, pero aún así sus pecas resaltaban entre medio y sus ojos azules resplandecían con el brillo de sus lágrimas. Me agaché hasta su altura siseando por el dolor que me provocaba flexionar las rodillas y sin pensarlo la abracé, imaginaba que lo que ella quería era solo que la confortaran.
- Buscaremos a tu mami. - Dije aún abrazándola.
- Gracias. - Dijo tímidamente. - Me llamo Madeleine.
- Un gusto, Madeleine. - Le cedí mi mano en forma de saludo. - Mi nombre es Kristen.
- Un gusto. - Dijo con ternura. - ¿De veras me ayudarás a encontrar a mi mami?
- Claro. - Dije sin pensarlo dos veces.
- Tengo miedo. - Volvió a decir la pequeña pelirroja. Me incliné y a pesar del gran dolor en ambas piernas que llevaba a estas alturas la tomé en brazos.
- Yo te cuidaré, nena. - Dije mientras la confortaba en mis brazos, a lo que ella cedió amistosamente. - mmm, ¿Cuántos años tienes?
- Tengo casi cuatro. - Dijo con su rostro escondido en mi cuello.
- Eres muy pequeña. - La apreté con más fuerzas.
- Solo un poco. - Sonrió esta vez. - ¿Andabas perdida, Kristen? - Preguntó.
- Más o menos. - Volví a recordar la razón de mi búsqueda y quise llorar. - Ando buscando a alguien.
- ¡Igual que yo! - Gritó ella.
- Sí, igual que tú. - Soné bastante menos alegre que lo que ella parecía estar.
- ¿A quién buscas?
- A mi novio.
- Te ayudaré a encontrarlo, Kristen. - Y casi como si fuéramos amigas de toda la vida, Madeleine besó mi mejilla a modo de pacto. Ella me ayudaría a encontrar a Robert y yo a su madre.
Muy agarrada a mi regazo, Madeleine afianzó sus pequeños brazos en mi cuello para sostenerse, y como si nos conociéramos bien dejó su pequeña cabecita sobre mi hombro. Era la primera vez que sostenía a un ser tan pequeño en mis brazos, las otras veces había sido Bear cuando era pequeñito. Eso era lo más cercano a lo que se venía en unos meses más, tendría a mi hijo en brazos y no dejaría que nada ni nadie le hiciera daño.
- ¿Kristen? - Preguntó Madeleine en mis brazos, mientras yo caminaba con bastante dificultad. No sé a donde nos dirigíamos, solo sabía que debía llegar a alguna parte donde hubiese mucha gente.
- ¿Sí?
- ¿Cómo es tu novio? - Madeleine a pesar de todo el terror, y de lo asustada que se sentía por la forma en que tiritaba tenía tiempo para sonreír y preguntar sobre mi novio perdido.
- Uhm, bueno… él es… se llama Robert. - Dije a punto de llorar, no estaba haciendo nada por buscarlo, me había dado por vencida luego de gritar y gritar su nombre.
- Tengo un tío que se llama así. - Dijo sonriendo con una amplia sonrisa, ella era dulce y genuina. - Podemos gritar su nombre para encontrarlo. - Ella apenas estaba por cumplir cuatro años y pensaba como una niña de diez. Quería ayudarme a encontrar a mi amor, más que encontrar a su madre.
- Pero ya grité mucho, y no lo encontré. - Suspiré fuertemente, con más miedo que nunca. - Además debemos ir al hospital.
- Pero no estoy enferma. - Me miró alarmada y me causó gracia.
- Iremos para ver si encontramos a tu mamá allí, además tienes unas heridas feas en las rodillas. - La tomé con más fuerza mientras caminaba por unas desoladas calles llenas de polvo. - Y tengo la pierna herida.
- Pobrecita, Kristen. - La pequeña con sus manitas tomó mis mejillas y me sonrió.
- ¿Tienes hermanos?
- Nope, soy la única dulzura, así me dice mamá. - Me enterneció aquel adjetivo. Quizás como madre inventaría todos los adjetivos habidos y por haber para nombrar a mi hijito.
- Eres una dulzura. - Sonreí apenas.
- ¡Robert! - Comenzó a gritar Madeleine y me produjo más ternura porque lo hacía con todas las fuerzas de sus pulmones. - ¡Robert!
- No es necesario, Madeleine. - Sonreí mientras miraba de todas formas a mi alrededor por si alguien se aparecía y tomaba como suyo aquel nombre. - Creo que él puede estar en el hospital, o quizás buscándome…
- Te debe estar buscando, Kristen. - Ella volvió a mirarme con calidez. - ¡Robert! - Volvió a gritar la pequeña, mientras yo con la poca fuerza que me quedaba la llevaba en brazos. A lo lejos divisé a un pequeño grupo de personas y me contenté de al fin ver gente viva. - ¡Robert! - Ella volvía a gritar y se me partía el corazón pensando en las peores de las situaciones. ´
El aire ya no estaba tan denso, pero pequeñas partículas de cenizas caían sobre nuestras pieles y cegaban un poco la vista. De hecho, sentía que mis ojos se humedecían siendo que el llanto aún me lo estaba guardando en la garganta. Madeleine tosía con fuerza a ratos por la cantidad de polvo, y refregaba su pequeña nariz sobre mi hombro. Junto a ella fantaseaba en que así sería mi vida junto a mi retoño, que aún era muy pequeño y se albergaba en mi panza.
El viento comenzaba a danzar por mi cabello, era un aire frío que calaba los huesos, tal y como si la muerte nos estuviera rodeando, aunque en parte lo creía… la muerte estaba acechando de manera aterradora esta ciudad, devastando todas las vidas que encontraba en su paso. De seguro, este bombardeo sería el primero de muchos, Hitler no se cansaría hasta lograr su cometido, hasta lograr entrar de lleno a estas tierras y tener su preciado tesoro en las manos.
Caminé tan triste como antes, observando mi alrededor y notando cómo estaba cambiando todo, cómo todo había cambiado a lo que era cuando llegué a Londres. Todo destrozado, por los suelos aclamando piedad, era gris solo gris. Luego de esto, nada volvería a ser lo mismo, todos viviríamos con miedo, y sufriríamos las perdidas.
Pensé en Robert, en cómo lo encontraría, en qué le diría al volver a verlo, en cómo me disculparía por todo lo que le dije antes de que el bombardeo cayera. Esperaba verlo sano, sin ningún rasguño, sin ninguna falta de memoria, solo quería abrazarlo y volver a sentirme segura. Sabía que todo mi vómito verbal había sido a causa de la desesperación ante el caos, pero ahora que estaba en calma y mientras llevaba a una somnolienta niña de cuatro años en los brazos, me daba cuenta que no podía volver a decirle todas esas palabras. Lo culpé por mucho tiempo de todo lo que había sucedido al momento de perder la memoria, y con mucho trabajo acepté que esta era solo una mala jugada de la ruleta de la vida, que si en sus manos hubiese estado la decisión claramente Robert habría vuelto a Londres, sano y salvo. Aceptaba que me comportaba como una adolescente cuando le daba muchas vueltas al tema, no actuaba como la mujer que me había convertido gracias a él. Cuando pensaba en mi forma de actuar referente a todo el mal pasar me daba cuenta que era igual a una niña mimada de nueve años, y que no lograba nada diciendo la cantidad de tonteras que decía cuando la rabia me embargaba, y no pensaba en la mala recepción de las palabras, o del dolor que podían causar.
Quería golpearme el pecho al recordar el rostro despavorido de Robert mientras discutíamos, no era ira ni enojo, era miedo. Ese miedo que te ensordece, que te pone los pelos de puntas y que te hacen pensar solo en el plan de huida. Él tenía miedo, por él, por mí… por nuestro bebé. No era que se creyera el héroe como yo le decía, sino que pensaba en nuestro bienestar, era claro que en casa de Clare estaríamos seguros, pero jamás pude verlo de esa forma mientras discutíamos. Solo creía que escabulléndonos nos salvaríamos y nada malo nos pasaría, y bueno, acá estaba intentando buscarlo a causa de mi estúpido carácter.
- ¿Kristen? - La voz melodiosa de Madeleine me sacó de la burbuja, miré con atención sus ojos azules y grandes. - Tengo mucha sed.
- Ya estamos por llegar, pequeña. - Mascullé bajito. - Reconozco estas calles, hace un rato estuve por acá y creo que estamos cerca del hospital.
- Quiero a mi mami. - Y el dolor en su semblante volvió tan rápido como la circulación vuelve a un dedo presionado por bastante rato.
- La encontraremos. - Sonreí. No sabía si su madre estaría viva o no, y me daba miedo que la segunda opción fuese la real. No sé qué haría con esta pequeña, no sería capaz de dejarla sola.
- Eres muy buena, le diré a mami que cuando lleguemos a casa haga una tarta de frambuesas y la comamos con té. - Sus hoyuelos se marcaban más de lo normal mientras me contaba el exquisito panorama, me gustaba su alegría, pero a la vez me entristecía encontrar a su madre muerta y que todo esto se fuera al abismo. - Te invitaré a jugar con mis muñecas de porcelana.
- Encantada. - Dije con un ligero y apagado optimismo.
Nos volvimos a quedar en silencio, mientras nos uníamos a una turba de gente que iba en dirección al hospital. No dejé que la pequeña pelirroja viera lo que se encontraba a nuestro alrededor, porque era perturbante incluso para mí. Un hombre viejo y herido llevaba a una mujer en sus brazos que rodeaba su edad, aparentemente estaba muerta y él cada cierto rato la observaba y lloraba clamando su nombre muy bajito. Mi pecho se apretó y se aceleró al pensar en mi Robert de esa manera, y pensaba en Madeleine y el nudo de la garganta se aflojaba aún más. Quería correr y buscar a Robert y a la madre de la niña, quería encontrarlos a ambos vivos y agradecerle a Dios que me había dado una oportunidad, pero mi pierna cada vez ardía más y el caminar se me estaba dificultando.
Miré al suelo, porque los lamentos y personas herida brotaban por millón al lado nuestro. Era pura miseria y tristeza, esta guerra había llegado para instalarse y no irse jamás, había llegado para robarnos lo más preciado que teníamos.
La guerra era una simple mierda.
- Madeleine, mantente firme y no mires a ninguna parte. - Le dije al oído y ella asintió con ímpetu.
Comencé a meterme entre la gente para llegar lo antes posible al hospital, no quedaba más que unos par de pasos más allá, donde ya podía divisar a una cantidad minima de militares en la entrada. Una parte de la cadera me dolía de manera punzante, era como si me clavaran miles de agujas al mismo tiempo y se quedarán allí insertadas en la carne. Este dolor se expandía enormemente por toda la pierna y me hacían cojear cada vez más, sin contar el dolor que me producía el roce de la ropa sobre los ramillones.
Pasé a dos personas mientras caminaba, todas aquellas que llevaban heridos graves o muertos. Era horrible ver este tipo de paisaje, ver como la mismísima muerte nos acechaba y se metía entre nosotros como hiedra venenosa.
- Buenas tardes, señorita. - Me dijo que soldado que no divisé cuando ya estaba llegando al área del hospital. Como llevaba la mirada cabizbaja no noté su presencia y su saludo me hizo saltar haciendo que la pequeña pelirroja también lo hiciera.
- ¡Quiero a mi mami! - Esta vez ella gritó fuerte, miró a su alrededor y comenzó a híper ventilar. Sabía que no sería bueno para ella ver todo esto.
- Encontré a esta niña en medio de los escombros y busca a su mamá. - Dije ya más asustada, los gritos que provenían desde dentro del hospital junto con el ruido de la gente buscando a alguien me hacían ponerme más ansiosa. - Necesito encontrar a su madre. - Enfaticé.
- Siga el pasillo y luego doble a la derecha. - Dijo el soldado que se veía exhausto y a la vez despavorido, quizás más que los mismos heridos que llegábamos al recinto. - Se encontrará con una fila, allí hay una chica que está llenando unos papeles de identificación.
- Está bien. - Dije firmemente, sosteniendo a la niña.
- ¿Está usted herida? - Preguntó aquel hombre sosteniendo con firmeza la metralleta.
- Sí, mi pierna. - Ahora dolía más que nunca porque había dejado de caminar. - La pequeña también.
- Adentro están curando gente, las atenderán. - Dijo él con amabilidad. Por un segundo, pensé en preguntarle por Robert, quizás lo conocía pero me detuve, quería buscarlo por mi misma… encontrarlo con vida. No sé qué me hacía creer que mi amor estaba dentro de ese lugar, y mantenía la esperanza.
- Muchas gracias. - Dije educadamente y decidí a seguir las instrucciones que me dio el hombre. La pequeña pelirroja ya no guardaba su rostro por debajo de mi rostro, sino que observaba atentamente a todas partes por si divisaba a su madre.
Entré al hospital y olía a sangre, muy fuertemente por todas partes. Estaba lleno de personas que merodeaban por los pasillos junto a enfermeras y médicos que salían de una sala y entraban a otra con gran presura. Habían heridos sobre las camillas, a veces más de una persona sobre ellas esperando a que los atendieran, sin contar los que simplemente esperaban en el suelo. Madeleine y yo no parábamos de mirar en todas direcciones, cada una buscando a aquella persona que nos tenía el alma oprimida.
- Madeleine, buscaremos en los libros de identificación. - Le dije mientras ella mantenía la mirada perdida en algún punto fijo.
- Sí. - Ella sonrió, aunque se notaba nerviosa y asustada. Sus ojos se mezclaban con el brillo de unas lágrimas que querían salir corriendo de sus orbes. - Vamos ya, quiero ver a mi mami.
- Claro. - La afirmé mejor entre mis brazos, los cuales ya los tenía acalambrado. Por suerte habían unas sillas mientras esperaba nuestro turno, necesitaba descansar y poder confortar mejor a la pequeña.
- ¿Kristen, y tu novio? - Madeleine volvió a agarrar mi rostro con sus manos y no pude aguantar el llanto.
- Lo quiero ver. - Sollocé mientras caían las primeras lágrimas contenidas. Yo no sería nada sin él, si esta vez lo perdía me daba por muerta, o seguiría más allá de la muerte si era posible, aunque mi vida ahora dependía del ser que llevaba dentro, mejor dicho… ese bebé dependía de mí. No obstante, yo no soportaría otra vez la agonía de estar sin él, él no me podía dejar, no podía… - Quiero encontrarlo.
- Los encontraremos. - La niña me abrazó fuerte y luego me miró, era increíble como alguien de tan poca edad me podía traspasar tanta fuerza.
- Estamos… esperando un bebé. - Dije llorando, mientras se me desgarraba el alma pensando en si lo encontraba muerto. No podía entender como el optimismos de hace un rato se estaba volviendo en negativismo. - Hoy fuimos al médico, y creo que todo va bien. - Madeleine colocó sus manitas sobre mi panza y fue enternecedor.
- Es muy pequeñito. - Sonrió haciendo que sus ojos volvieran a brillar. - Siempre quise un hermanito, pero mi papá se fue a la guerra hace un año.
- ¡¿Es soldado?! - Me alarmé.
- Sí. - Y como la carga que yo sabía que se sentía al tener un familiar dentro del ejercito, ella gimió de tristeza. - Lo vi hace cinco meses cuando le dieron unas vacaciones.
- Robert también era soldado.
- ¿Por qué ya no lo es?
- Por nuestro hijo. - No era momento para contar la desgracia que trajo su perdida de memoria, y solo necesitaba que Madeleine lo comprendiera fácilmente. - Queremos estar juntos en este proceso.
- ¿Cómo se llamará?
- No sé, es muy pequeñito aún. - Sonreí y toque mi barriga sobre las manitos de la pequeña.
- Mi papá quería dejar de ser soldado, pero solo somos los tres y no tendríamos qué comer si él deja de hacerlo. Eso le escuché a mamá una vez, aunque no entendí mucho.
- Pero tu padre podría trabajar en otro lugar.
- Es que ama jugar a los soldados, yo ocupo unos soldaditos de plástico y cada noche los muevo, pensando en mi papi.
- Robert era igual, amaba serlo, pero… - Sollocé otra vez como una magdalena. - Solo quiero encontrarlo ahora.
- Yo quiero a mi mami. - Madeleine abrazó mi cintura y acomodó su rostro sobre mi pecho. - Mami me prepararía una rica taza de leche con plátano ahora, estábamos en la peluquería hablando sobre lo que haríamos hoy.
- Estoy segura que llegarán a casa a hacer esa rica leche. - Lloré. - Llegarás a hacer esa rica leche…
- Sí. - Madeleine me apretó aún más, ahora lloraba más que nunca. Mi vestido se humedecía pero eso era lo de menos, sentía que debía soportar su pena como fuera, debía confortarla. Nos teníamos una a la otra.
- Disculpen… - Una joven vestida de enfermera nos interrumpió, llevaba una croquera en sus manos y al parecer estaba anotando los datos necesarios para reencontrar gente. - ¿Buscan a alguien?
- Uhm… sí. - Me sequé las gotas de agua y me recompuse. - A la madre de Mad… ¿Cuál es el nombre de tu mamá? - Le pregunté a la niña.
- Es mami, solo mami.
- Pero debe tener un nombre, pequeña. - Ordené sus rizos rápidamente y ella me miraba perpleja.
- Es mami, siempre ha sido mami, es mi mami. - Al parecer ella estaba en esa etapa en que una solo sabía que mamá era mamá, y que ella no tenía nombre más que mamá.
- Jovencita, necesitamos el nombre de tu madre para saber si está aquí. - Intercedió la enfermera.
- Vamos, Madeleine, alguna vez debes haber escuchado su nombre.
- Papi le dice amor a mi mami, y mi mami también a papi. Son solo papi y mami. - Madeleine explicaba con sus manitos, y claramente era la única respuesta que daría… ya que era la única que sabía. - Es solo mami, dije. - Dijo ella mirándome con miedo.
- No podremos encontrarla así, jovencita. - Dijo la enfermera mirándome con compasión. - Pero podrían dar unas vueltas por las salas de heridos por si está en alguna parte.
- ¡Sí! - Madeleine saltó de mis piernas y tironeó de mí para que la siguiera.
- Espera, espera, Madeleine… - Me dirigí a la enfermera. - También busco a alguien. - Tuve miedo, miedo a la respuesta. - ¿Hay algún Robert Pattinson en esos papeles?
- Mmm, veré en estos otros papeles. - La chica rápidamente dejó su croquera de lado y comenzó a buscar en una libreta que llevaba dentro del bolsillo de aquel delantal sucio con sangre añeja. - Pe… Pe… - Tenía listas en orden alfabético y eran demasiadas, mi corazón se aceleraba cuando sus dedos hojeaban más cerca de esa consonante. - Pattinson… - Ella guió su índice por la lista y temblé. - ¿Robert?
- Ssí. - Él estaba aquí como yo lo creía.
- Este hospital es enorme, pero siga derecho por este pasillo hasta que acabe, luego gire a la izquierda y siga hasta el final. Después se encontrará con un pasillo también largo, que probablemente esté lleno de gente, se dará cuenta que hay cinco puertas hacia la derecha. La sexta puerta da entrada a una sala enorme donde están llegando los muertos, por favor no llegué ahí, es terrible.
- No lo haré, solo llegaré a la quinta puerta. - Fui enfática, no quería ver más miseria, no quería ver como está guerra nos estaba pudriendo desde lo más interno.
- Revisé en cada una de las primeras cinco salas, tengo anotado que llegó herido.
- No, ¿herido?… ¿Muy herido? - Comencé a híper ventilar, necesitaba encontrarlo y decirle que todo estaría bien. - Herido otra vez… - Dije más para mí. - Gracias, muchas gracias.- Tomé las manos de la enfermera y la abracé de los nervios.
Tomé a Madeleine en brazos y corrí por los pasillos teniendo cuidado ya que todo estaba repleto de gente. Tenía la pierna más dañada que antes, pero era lo de menos, esto podía esperar.
- ¡Maaaaami! ¡Maaaaami! - Madeleine gritaba a todo pulmón, mientras yo trataba de esquivar a las personas tratando de llegar rápido a esas truculentas cinco salas. - ¡Maaaami!
Los pasos se me enlentecían más y más, mis piernas ya no daban más pero mi corazón me daban las fuerzas para llegar hasta él. Si debía luchar por él lo haría, debía ver otra vez sus ojos respirar hondo al ver que seguía con vida. Mi corazón se aceleró y mi llanto no demoró en llegar… mi Robert estaba herido y no sabía la gravedad de aquello, si tan solo le hubiera seguido el paso estaríamos bajo un techo seguro en casa de sus padres, no me estaría lamentando ahora.
...
- Permítame - Un chico que al parecer era militar me tendía su mano para ayudarme a subir. Los tacones que llevaba no ayudaban en mi equilibrio.
- Gracias - Sonreí.
Su mano era suave, por un momento me sonrojé.
- Listo, que tenga un buen viaje, señorita … - Hizo una pausa para que yo dijera mi nombre.
- Stewart, Kristen Stewart - Le sonreía al chico de ojos azules, un poco verdosos a ratos - ¿Usted?
- Robert Pattinson, señorita - Dijo sonriéndome de vuelta.
Llegamos a la base y soltó de mi mano.
- Gracias por la ayuda, Señor Pattinson - Dije al tiempo que me quitaba los tacones.
- Disculpe mi osadía, ¿Viaja sola? - Oh.
- No, viajo con mi familia, son los de ahí - Los apunté. Mi padre hablaba con un tipo que le indicaba las zonas del barco.
- Ya veo - Volvió a mirarme a los ojos.
- ¿Usted viaja solo?
- En teoría sí, pero no. Viajo con mis compañeros soldados, como puede ver soy militar - Decía un tanto orgulloso.
- ¿Es usted inglés? - Lo pregunté por su notorio acento.
- Sí
- ¿Usted es americana, cierto? - Preguntaba algo obvio.
- Sí, nos estamos mudando a Inglaterra con mi familia - Acoté un poco triste.
- Le gustará Londres - Decía un conocedor de esas tierras.
- Eso espero - Dije con pocas ganas.
- ¡Pattinson! - Gritaba un hombre robusto que al parecer era el capitán que los guiaba.
- Lo siento, debo irme. Un gusto señorita Stewart - Tomo mi mano y la beso.
- Un placer - Dije haciendo un ademán con mi cabeza. Él se dio la media vuelta y se marcho junto a otros veinte hombres igualmente vestidos, ninguno me despegó la mirada. Que vergüenza.
No solía ser sociable, siempre me ha gustado andar con la frente en alto y sin mirar a nadie, pero este chico que no debía pasar de los veinticinco años parecía ser muy amable y me ayudo a subir. Esperaba verlo otra vez, nos esperaban diez días en este barco.
...
No sé por qué recordaba tan claramente aquella vez que lo conocí, sentía ese aroma marino en mis narices, sentía el ruido del oleaje y recordaba lo feliz que se veía al hablarme… y si que él era feliz en ese momento. Jamás pensé que ese día, ese saludo tan especial sería el comienzo del sentido de mi vida. La vida era un pañuelo, un día alguien te daba la mano para tener soporte y al otro día te la daba para seguir una vida juntos, que por muchos obstáculos que se nos interponían la seguíamos viviendo unidos… más que nunca. Quería que esos ojos azules que me abrazaron desde ese día me siguieran mirando, no quería ver la vida sin que esa mirada azulina no estuviera al lado mío guiándome, y yo siendo cómplice de sus miradas.
- Necesito descansar. - Dije afirmándome en una de las paredes dejando a Madeleine sobre sus pies. - Me duele mucho la pierna, pequeña.
...
- Deberíamos hablar de nosotros. - Dijo tomándome por los brazos.
- ¿Qué quieres hablar? - Rodeé su cuello con mis sudorosas manos y enrede mis dedos en su cabello, mismo que crecía con rapidez incorregible como su barba. ¡Sexy barba!
- ¿Me quieres? - ¿Por qué era tan inseguro?
- Claro que te quiero, eres como los niños de cinco años, tan tímidos e inseguros que debes repetirles cada un segundo que los quieres. - Dije moviendo la cabeza de un lado para otro.
- Si, soy un niño. - Dije haciéndome ese puchero que me encantaba. - Así que dime que me quieres.
- No te quiero. - Dije a secas y sus ojos se abrieron con pánico. - Te amo.
- Me asustas, Stewart. - Dijo llevándome a la cama.
- Igual que los niños, te asustas. - Dije cayendo sobre la colcha, él caía al lado mío.
- Si soy un niño, deberías complacerme en todo lo que quiera. - Dijo cruzándose de brazos. - soy un niño caprichoso ahora. - Se sentó a mi lado aún con sus brazos fuertes cruzados.
- ¿Qué quieres? - Dije juguetonamente.
- Quiero muchos besos. - Dijo mientras se chasconeaba el cabello con movimientos torpes, como un niño. - Aquí, aquí y aquí. - Dijo apuntando su boca, su pecho y su abdomen. Punto débil.
...
- Vamos, Kristen, nos queda poco para encontrar a mami y a Robert. - Me sentía mareada y las palabras de Madeleine sonaban lejanas. Quizás estaba por desmayarme por lo famélica que me encontraba. - Por favor, Kristen, vamos.
El recuerdo que había en mi mente de mi hombre de cinco años me ensordecía, no sé por qué justo ahora tenía todos esos recuerdos en mi mente. Eran hermosos y dolorosos a la vez, solo quería llegar a su lado y sentir más vivos que nunca esos sentimientos.
- Sí, vamos. - Dije tomando conciencia del camino y de mi mismo cuerpo.
Esta vez la pequeña pelirroja me llevó de la mano corriendo por los pasillos y con mi pierna herida hice todo el esfuerzo por seguir sus cortos pero rápidos pasos.
- ¡Maaaaami! ¡Maaaami! - Ella no perdía las esperanzas, lo más triste es que jamás había respuesta, ni siquiera de una madre errónea. - ¡Maaaaami, soy Mady!
Se me quebraba el alma escucharla ya tan desgarradoramente al notar que nadie respondía a su llamado, era una pequeña que ya estaba quebrándose por dentro y en cualquier momento explotaría.
- ¡Maaaaaami, por favor!
Cada persona que la veía al pasar corriendo la miraba con compasión y pena, era terrible como una pequeña niña buscaba a su madre y lo peor, ver que no aparecía.
- Mamita, por favor… - Madeleine cayó de rodillas justo cuando quedaba poco para llegar al último pasillo.
- Madeleine. - Me agaché a su lado y la protegí con mis abrazos.
- Ella no está aquí. - Ella lloraba a mares, ella ya había perdido todas las esperanzas. - Mami, no está… - Su llanto se ahogaba consigo mismo, y sus manos tiritaban a más no poder.
- Tranquila, mi niña, ella puede estar en las últimas salas. - Sobé su espaldita, haciendo que se tranquilizara un poco más. - Seguiremos buscando.
- Prométeme que la encontraremos.
- Te lo prometo, Madeleine. - Sonreí y la tomé en brazos.
Entramos al largo pasillo, que tal y como lo había dicho la enfermera estaba muy lleno de personas… un literal, mar de personas. Me adentré mejor, chocando muy de vez en cuando con otras personas. Miré en cada entrada de las salas, pero era tanto el grito que cuando gritaba el nombre de él ni yo misma me escuchaba. Estaba lleno de heridos, como si la ciudad entera estuviese aquí, y no solo estaban ellos, sino que también gritos de dolor, físico y sentimental. Había tristeza, cansancio y soledad. Miré cada una de las camas mientras el campo visual me lo permitía, pero jamás lo vi… en ninguna de las cinco salas.
- ¡Maaaaami! - Madeleine gritaba a su mamá otra vez, pero nadie la escuchaba más que yo. - ¡Maaaaami!
- ¡Robeeeert! - Comencé a gritar otra vez, por si él me escuchaba. Él reconocería mi voz, y lo hice incontables veces.
- Quizás están escondidos, Kristen. - Su inocencia me capturaba el alma por milésima vez. - Vamos la sala seis, por favor.
- ¡No! - Ella se despojó de mis brazos sin poder evitarlo, y corrió hacia esa sala que estaba no tan repleta por los demás… no tan repleta por gente viva.
- ¡Maaaami! - Gritó ella mientras corría con fuerzas a esa sala, mientras yo terminaba de revisar bien la última sala. Y nada… nada de mi Robert. - ¡Maaa… ahhhhhhhhhhhhhhh! - Increíblemente, bajo todo el ruido fuerte del ambiente escuche desgarradoramente el grito de Madeleine, corrí de inmediato. - ¡Kristeeen! - Corrí hasta llegar a su lado. Ella estaba tirada en el suelo observando el cadáver de una mujer, que tenía graves heridas en su cuerpo. Tenía el cabello desordenado y varios moretones, los labios morados y claramente pálida como la nieve.
Me tapé la boca de la impresión. Madeleine sobaba las manos de la mujer, como no queriendo ver la realidad.
- Mamita, te encontré. - Madeleine se abalanzó sobre el cuerpo de la mujer. - Mamita, haremos leche con plátano al llegar a casa… por favor, despierta. - No podía acercarme, y el hombre que estaba al lado mío que miraba igual de impactado tal escena tampoco podía acercarse y despojar a la niña del cuerpo muerto que yacía en el suelo. Lloré al ver la pena de aquella pequeña que cargué todo este tiempo, aquella niña que tenía tantas esperanzas de volver a ver a su mami. - Mami, te he buscado todas estas horas, Kristen me ayudó… la llevaremos a casa y haremos panqueques todas juntas. - Madeleine lloraba sobre el pecho de su madre. - Pero por favor, mamita despierta. - La niña tomó las manos de su madre y las entrelazó con la suyas, tan rosadas al lado de las de la madre. - Mami, despierta… - Luego tomó sus mejillas de la misma manera en que lo hacía conmigo y exploté en llanto, tapé mi rostro y salí un poco de la sala. Me hinqué y tomé aire, mientras lloraba sin parar.
¿Por qué alguien tan inofensivo perdía a lo único que tenía en su vida? ¿Cómo seguiría adelante esa pequeña?
- ¡Mamáaaaaaaaa! - Gritaba desde adentro la pequeña pelirroja, y cada vez ella se notaba más triste. Estaba asumiendo que mami ya no estaba con nosotros, este odioso mal de la guerra se la había llevado.
Volví a entrar en la sala, y despacio me senté a su lado y la abracé.
- Mami, no despierta, Kristen.
- Mami, duerme… duerme para siempre. - Lloré junto a ella y dejé que todo su dolor cayera en mí, no quería que ella cargara con todo esto.
- Dile a Diosito que la mande de vuelta, por favor, Kristen, dile.
- No puedo hacer eso, pequeña. - La miré y lo sentí mucho. - Mami…
- Mami no se puede ir, debe hacer leche con plátano conmigo. - Ella me soltó y volvió a lanzarse sobre su madre. - ¡Por favor, despierta, mami! - Madeleine le dio pequeñas golpecitos sobre el abdomen a la mujer, que cada vez se intensificaban más, no teniendo ningún efecto. - Mamita… - Volvió a caer en lágrimas, en los brazos helados de la mujer.
Salí de la sala, estaba agobiada de todo el dolor, de toda la pena que esto llevaba. No quería más, quería cerrar los ojos, pensar en unas cuatro horas atrás y que jamás hubiese llegado el bombardeo. Quería mi casa, a mi familia, a mi Robert… felices.
Pero lo veía todo perdido, Robert no aparecía, la madre de Madeleine estaba muerta y todos los que me rodeaban estaban heridos, clamando atención de alguna exhausta enfermera.
Alcé los ojos, las lágrimas me cegaron, mi dolor físico ya no importaba porque el de adentro dolía más… no podía más.
...
Llevé su mano a mi vientre, mientras lo miraba esperando a su reacción. - ¿Estás … - Dijo él.
- Sí. - Él sonrío tan hermosamente, y lo hice con él. Confirmé la noticia hermosa que se había escondido con toda la tristeza. - Estoy embarazada.
- ¿Quieres decir que voy a ser papá? - Sonaba maravilloso esa frase en él, era demasiada la felicidad que no cabía en mí. Él me tomó por la cintura y me besó, sabía que ahora nada nos iba a separar, menos ahora que había un pequeño retoño que nos unía.
- Sí, seremos papás. - Sostuve.
- ¿Por qué siempre me haces tan feliz?
- Porque te amo, solo por eso.
...
- Kristen, mírame, estoy aquí. - Seguía ciega con mis propias lágrimas, pensaba en ese día cuando él recuperó la memoria, cuando él supo que seríamos papás. - Mi amor, háblame, dime algo.
Esos brazos me abrazaron fuerte, cerré los ojos y sentí su aroma. Volví a abrirlos y sí, eran sus brazos, era su aroma, era la ropa que llevaba antes de que empezara el bombardeo. Me separé de él rápido, lo miré y juraba que no lo podía creer… era él. Lo abracé como si fuera una despedida y me largué en un llanto enorme, que en segundos él siguió.
- Lo siento, lo siento tanto, soy muy tonta, casi me muero allí dentro. - Escondí mi rostro en su cuello y llevé una de mis manos hasta esa zona para poder tocar su piel, sentía que era real. Él estaba allí. - Perdóname, perdón. - Besé con ternura la zona donde yacía su manzana de Adán, luego lo observé y no podía descifrar lo que veía.
- Sentí que te perdía, para siempre… ¿Sabes lo que es eso? - Me besó fortuitamente, como si mis labios se fueran a desgarrar con los suyos. - Estaría perdido sin ti.
- Estaba asustada. - Tomé sus manos y otra vez me sentí segura. Luego de unos pequeños segundos Robert llevó sus manos a mi vientre.
- Tenía miedo por ustedes. - Me abrazó y me confortó otra vez. Besé su pecho sobre la ropa, la tenía rasgada y tenia unas heridas ya curadas. - Si te pasaba algo juro que te seguía en la otra vida, Kristen, jamás vuelvas a esconderte en un lugar así como ese, jamás… - Él sollozaba juntando sus labios con mi frente.
- Haría lo mismo si te perdiera, amor. - Lo miré y sonreí modestamente. - Te amo. - Volví a abrazarlo. Robert sobó mi cabello suavemente mientras me tomaba por la cintura y me llevaba al borde la pared.
- Tengo miedo de todo esto, Kristen. - Dijo sentándose en una endeble silla para que yo pudiera sentarme sobre sus piernas. Me miró a los ojos tiernamente y me besó los labios, mi boca sabía a tierra, debía verme toda despojada después de todo. - Mira cómo estás, no deberíamos haber salido hoy de casa.
- Fue impredecible. - Toqué su nariz con ternura, y me dejé caer sobre su pecho mientras él me sostenía. - Ahora todo será gris, la guerra de verdad llegó aquí.
- Aún no lo acepto, pero he visto la cantidad de gente que ha llegado en este momento, y es terrible. - Me tomó del cuello para que pudiera mirarlo. - No quiero que nuestro hijo crezca dentro de esta miseria.
- Tampoco. - Me acomodé en sus piernas. - Aghhh, mi pierna. - Esta vez dolió más que antes.
- ¿Estás herida?
- Creo que sí, me duele mucho. - Levanté mi vestido, medio rasgado. Las medias ya no existían y mis piernas estaban todas dañadas y rasmilladas. - Unas piedras enormes estaban sobre mi pierna, y ahora me duele mucho.
- Te llevaré a que te curen. - Él me tomó en brazos…
- No, espera… Madeleine está sola allí dentro.
- ¿Quién es Madeleine?
- En el camino te contaré, debemos ir a buscarla y llevarla a casa. - No sabía si Robert aceptaría a la pequeña en casa, pero me sentía con el deber de cuidarla. Había perdido a la persona que ocupaba todo su pequeño corazoncito y no la dejaría solita… llegaríamos a hacer leche con plátano a casa.
La tardanza espero haya valido la pena, Madeleine se ha adjudicado todo el cariño de este capítulo, y su leche con plátano :(
¿Merezco review? :)
