Previously on ''Julio'' chapter

—Pero ¿quiénes son los sospechosos?, porque dependiendo a quién le carguen el muerto es el conflicto que se viene —camina detrás de él.

—Ese ecuatoriano tiene la culpa, estoy segurísimo. Cuando lo vea le voy a sacar la mierda —declara Miguel un poco furioso, dirigiéndose a abrir las ventanas.

—Te quiero ver haciendo eso.

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—El orden lo impongo yo, ¿te parece que lo estoy haciendo mal?—no tiene pinta atemorizante, pero...

—Miguel, mientras vos estabas durmiendo Julio se fue al centro a pasear —Martín le sonríe un poco.

—Oe, ¿no me dijiste que Julio te estaba llamando? Mentiroso —para Manuel.

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—Los dejo, no conversen tanto, ah —ademán a Manuel de «te estoy viendo» mientras camina hacia Martín.

—No me moveré hasta verte retando a Martín —le dice Manuel.

—Ése es mi asunto con él, no te metas.


—Qué conchudo eres, todos acá somos cabros. No tienes por qué remarcarlo —socorro, Miguel lo entendió a la jerga peruana—. Y no lo estaba retando, simplemente lo puse al corriente de la situación, Manuel. Como lo puedo hacer cuantas veces se me dé la gana —sube el tono de voz y a Luciano se le erizan los vellos del brazo porque se está enfadando el señor Miguel.

Matthew está preguntando desde hace veinte minutos «what happened» y nadie se ha dado cuenta.

Manuel pone los brazos en jarra. Martín, que ha cerrado la boca cuando Miguel ha hablado, respira profundo para no decirle a esos dos que él no está a cargo de nadie... Porque sabe que puede ir por lana y salir trasquilado.

—Haz. Lo mismo. Con Martín —tono de reto (en este caso, the real reto).

Miguel se excita. No miento. SE pone cuando Manuel le habla así, se sonroja apenas, pero...

—No voy a pisar el palito, princesa —suelta, satisfecho con su autoridad.

—No lo echas porque te lo tiras —acusa Manuel.

—¡Oye! —ése ha sido Martín, porque de todas las acusaciones posibles, ésa no se la esperaba. Pobre Luciano, no debe comprender nada, él que pensaba que Martín tenía algo con Manuel.

Martín ya tiene empuñadas las manos y cuidado, porque lleva sobre el guante un anillo que le regaló un viejo verde que murió hace alrededor de un año, esos golpes DUELEN. Luciano se siente en medio de la filmación de Isaura la Esclava, parpadeando muy entretenido.

—¿Qué te pasa? Como se nota que nunca en tu vida has tenido amigos, cualquiera que se te acerca... —Miguel se contiene de decir lo que iba a decir, aprieta los ojos y bufa.

—¿Cualquiera que se me acerca, qué? —le reta Manuel a decir la frase completa—. Lo único que tienes que hacer, Miguel, es decirle al Príncipe que deje de pasarse las reglas por donde mismo.

Miguel agarra a Martín de la muñeca, mientras mira a Manuel. Lo jala para irse y ya no seguir haciendo el ridículo.

—Abrígate, Luciano, te vas a resfriar —el mencionado asiente entusiasmado y mira para el suelo. Miguel debe sentir el tendón en la mano de Martín, quien tiene hasta los dientes apretados. Manuel les sigue, realmente molesto porque hoy mismo le dijo que a Martín había que echarlo.

—Defiéndete como hombre —le suelta—. Admite que le permites todo.

En la habitación debe haber un silencio sepulcral. Hasta Heracles tiene ambos ojos abiertos. Miguel sigue caminando con la muñeca de Martín agarrada.

—¿Te permito todo, Martín? Me parece oír a alguien decirlo y dudar de mi hombría por eso —obviamente, para el argentino.

Feliciano está perplejo con el espectáculo.

—A veces no todo lo que quisiera —responde Martín, y no se refiere a algo sexual ni nada, no lo dice ni en broma. Se refiere a que Miguel no le deja agarrarse a tortazos con Manuel.

—Ya ves, pero ahora soy poco hombre por eso, ¿qué me comentas?—exasperado porque en este momento esperaba una respuesta más... Más cómplice y para su bando, no una imparcial.

—Que al hijo de puta hay que recordarle quién pagó por él, ¿no? —está escupiendo veneno—. Para qué se calle y cumpla con el deber que tiene —uy, golpe bajo. Manuel siente algo en el estómago, entre nerviosismo y un poco de excitación al pensar en eso a lo que se refiere Martín.

Antonio, sin quererlo, se ríe nervioso, ante lo que se lleva una mano a la boca, y es que se están destapando trapos sucios, señores.

Miguel se siente mal cuando ya Martín lo dice de esa manera, se detiene de caminar y traga saliva.

—Manu, no... —suelta la muñeca del argentino

Muy tarde, puñetazo directo a la mandíbula de Martín.

—¡Pasaste la línea, conchatumadre! —es lo que alcanza a escuchar el argentino, llevándose la mano a la zona golpeada, y alguien agárreloooooo.

—¡¿Qué chucha te pasa?! —le grita Miguel, empujando a Manuel fuerte a la pared por esa agresividad. Corriendo donde Martín, le agarra los brazos fuerte. Mierda. Manuel se olvida que Martín vive de su cuerpo—. ¿Estás bien, Tincho?

Martín grita algo sobre que va a matar a Manuel y que cómo se atreve a tocarle la cara, calmándose sólo un poco, más bien conteniéndose, cuando Miguel le agarra. Antonio corre donde Manuel a ver que esté bien, y Toris ya se ha encerrado en su habitación por cualquier cosa.

Miguel le acaricia la parte donde ha recibido el puñetazo a Martín, para ver qué zona duele más, soplándole.

—No te preocupes, yo voy a hablar con él —las promesas tan injustas de Miguel.

—¿Es imbécil? —Martín siente la zona caliente, y cuando Miguel le toca cerca del pómulo, se queja—. ¿Cómo voy a recibir gente con la cara así?

Y he allí el punto, que el golpe se está inflamando y así está impresentable. En una hora más la zona comenzará a tomar un color morado...

El peruano suspira y le abraza por la cintura para llevárselo.

—Vamos a mi cuarto, te voy a curar ahí, vas a ver como lo tapo —Miguel hace magia con ciertas hierbitas, frutas y menjunjes—, y quedas linda.

Martín asiente, y se deja guiar.

Manuel está hablando con Antonio, diciéndole que no pasa nada y que vaya a ayudar a Luciano con las instrucciones básicas de fin de semana, que él se va a... Ver que las mesas están puestas, sí, eso. Lovino va al baño, pero al cruzarse con Antonio conversando con Manuel, duda si acercarse o no, se muere por saber el chisme completo. Antonio se hace el que le cree al chileno y, con una sonrisa no muy real, va a la puerta de Luciano y llama. Toris todavía no se atreve a asomar la nariz.

Miguel antes de abrir la puerta para llevarse a Martín le dice:

—Reflexiona lo que has hecho —en un volumen lo suficientemente alto para que le oigan. Manuel, de todos modos, le mira molesto. Feliks se sopla las uñas sentado en la cama de Toris, mirándole.

—¿Has visto lo que ocasionó tu travesura?

—¡El señor Hernández siempre me ha prestado sus cosas! —se defiende Toris—. No pensé que se molestaría... Luciano es nuevo, ¿desde cuándo al señor Hernández no le gustan los nuevos? —mira a Feliks con cara de angustia.

—Desde ahora, o desde siempre. Tú sabes que yo no confío en él, tiene un aura... —mueca de desagrado—. En fin, ven acá.

—El señor Hernández no podrá bajar al salón hoy —Toris se lleva una mano temblorosa al labio inferior.

—Es tu culpa, recuérdalo —apoyo moral por donde se vea—, No vuelvas a hacer ese tipo de lleva-trae —toca con un dedo unas uñas, a ver si ya secaron—. A menos que te lo pida yo.

—Espero que las cosas se arreglen.

XxxOxxX

Sentado en su cama, con la herida recubierta de pomadas que Miguel le puso, Martín mira un punto entre su puerta y el suelo, molesto porque hoy no podrá presentarse. Ha tenido que quitarse el vestido y las joyas, y ponerse su ropa de diario, lo que es la palabra final de que no podrá bajar ni siquiera por un ratito. Podría aprovechar de dormir, de leer, de hacer esas cosas que por las noches no puede, pero aun así está amurrado mientras abajo Julio recibe en la puerta al primer cliente de la noche. Aún es temprano, apenas se oscureció hace una hora, y en el primer piso Antonio y Heracles esperan sentados en una mesa a que los clientes pasen al salón o a que Manuel o Miguel les vayan a buscar para entregarlos al cliente que se ha encaprichado con ellos.

Lovino está fumando, apoyado en la pared frente a los que están sentados, de una pipa larguísima, un poco de opio de Yao. Siempre fuma lo suficiente para desinhibirse y no darle una bofetada al primero que le levante el vestido en medio de ese lugar. Aunque ya se ha acostumbrado con el tiempo, su personalidad es más fuerte.

Miguel oye el sonido de la pesada puerta del sitio cerrarse y sale del salón para recibir al cliente. Sonriendo.

—Mi querido Prado —saluda Bonnefoy, mirándole con afecto y abriendo los brazos.

El nombrado le medio abraza como saludo, y retrocede para hablarle mejor.

—Buenas noches, Francis —ah, la confianza—. Ha llegado más temprano que de costumbre.

Francis le da un par de besos de saludo antes de dejarlo ir y le mira un tantito ilusionado. Miguel se sonroja mucho con los besos porque Francis es muy guapo y de una elegancia inigualable, parpadea.

—¿Eso crees? —la verdad ni se ha fijado en la hora. Si no lo hubiesen detenido más tiempo del necesario, habría llegado incluso antes.

—Sí, eso creo. Pero no importa realmente —se ríe—, ¿deseas algo de beber ahorita? —pregunta caminando para dirigirlo hacia el salón donde están los muebles, el piano y el bar.

—La verdad... —le mira entre pícaro y culpable—. Querría saber si puedo llevar a Antonio a pasear —dice, caminando junto a él.

Prado levanta las cejas ante el pedido de Francis y... sonríe.

—Antonio... —dice como si ese nombre guardara mil secretos—. No veo problema, ¿pero ésta no es la segunda...? —camina hasta el bar para servir dos vasos de pisco, porque de cajón todos salen saboreándolo.

—La primera vez hablé con González —acepta Francis—. Usted se ve más razonable, me alegra que me haya recibido —lo elogia sutilmente para que LE DÉ EL PERMISO.

Julio en cuanto ha oído de qué hablan, se ha escabullido al salón.

—¡Quieren sacar a Antonio! —bien, Julio, bien, a ver si a la próxima Miguel se entera también de que en el salón se sabe. Puerta cerrada, espalda contra la puerta, cara de ¡acontecimiento pasando!

Cuando ya tiene los vasos servidos, Miguel le estira uno a Francis, y demás está decir que el pisco solo es FUERTE. Se aclara la garganta.

—No veo problema, si como me ha dicho, van a pasear... —le mira como diciendo «dime la verdad, por favor, soy muy malísimo para interrogar»—. Antonio seguro estará dispuestísimo, no lo pongo en tela de juicio —agrega.

Lovino ha visto entrar al «francés apestoso» y ha dejado de fumar porque ya está. Ya está en onda, Feliks buscando un disco de vinilo, para poner polcas, que está todo muy silencioso. Antonio levanta las cejas y mira a todos con una sonrisa que dice «¿ven, ven? ¡Se los dije!».

—Quiero llevarlo al centro, a recorrer, comprarle algún regalo —Francis soñando que luego, Antonio lo llevará y podrá decir que le quiere más que a cualquiera por llevar su regalo en lugar del de otros—. Tengo una cabriola esperando afuera —insiste.

El moreno bebe un sorbo de pisco, contemplándole.

—Y yo no me opongo, de ninguna manera, Francis —sonríe y llueven cerezos que misteriosamente plantaron en el techo.

—¿Entonces... Sí? —le mira coqueto—. Porque... Es de los antiguos. A tracción animal —se ríe nasalmente (quizá está pensando maldades y por eso se ríe). Todos sabemos que un carruaje a la antigua es mucho más romántico... Y más ruidoso, para tapar cualquier sonido, ya que estamos, que un carruaje actual con motor.

—Sí, claro. Sólo no te lo lleves tantos días —sonríe Miguel y le agarra la mano, exagerando—. Asu, atracción animal... Mejor ni me cuentes que no acabamos nunca de contar los detalles —avanza con su vaso hacia la puerta del salón para poder avisarle a Antonio.

Francis se ríe del juego de palabras y bebe, arrugando un poco la nariz ante el alcohol fuerte. Espera que le traigan a Antonio, quien, en el salón de diversiones, está con la oreja pegada a la puerta, al igual que Julio.

Miguel abre la puerta de sopetón, del salón de distracciones. Entre sonriéndole a Francis y entre tomando más pisco. Siente que ha chocado contra alguien.

—Uy, ¿qué pasó? —mirándoles.

Julio se soba la mejilla y suelta un garabato que realmente no es garabato. Antonio se olvida del golpe pronto y mira a Miguel.

—¿Buscas a alguien? —se le nota la emoción de lejos.

—Sí —admite, mirándolo serio—. Busco a Lovino, ya que el señor Bonnefoy lo ha solicitado para dar un paseo —les comunica. Miguel y sus bromas… Mira a Julio de reojo, aguantándose de darle una BUENA riña… que no va a llegar nunca porque el menor termina persuadiéndolo.

—¿A... Lovino? —mira en la dirección del mencionado, herido. Bobooooo.

Miguel se ríe dándole palmadas en la mejilla.

—A ti, tonto, venía a buscarte a ti, ¿así vas a salir? —recorre su mirada por el cuerpo de Antonio—. Si te vas a cambiar algo, hazlo ahorita, que te están esperando —advierte. Antonio tarda un momento en darse cuenta de la verdad y cuando lo hace, sonríe con toooooda la boca y le da un beso a Miguel en la mejilla.

—Mi abrigo, está en mi clóset.

Miguel se siente con el beso como darle la bendición a su hija para ir caminar al altar. Suspira.

—Ve por él, te esperamos en la puerta —palmadita en la espalda, y voltea para sonreírle a Francis e indicar que YA.

Francis está aún sentado en la barra, lejos, y aunque no puede ver qué ocurre en el salón, igual presiente que las cosas salen bien cuando Miguel le sonríe. Toris, solícito como siempre, se ha escabullido a buscar el abrigo de Antonio, quien se está alisando la ropa.

—¿Cómo me veo? —pregunta a quien tenga más cerca.

—Horrible, el perro de la esquina se ve mejor —miente como bellaco, Lovino. Feliciano se ríe y acerca la mano a su culo, Antonio pega un saltito al sentir su mano.

—Esta es tu suerte, querido, te ves muy guapo —halaga.

—Cada vez que te veo el culo lo tienes más gigante —comenta Feliks, jugando con la punta de su cabello. Antonio pone cara triste cuando escucha a Lovino, y la mantiene incluso con los demás halagos.

—Venga, Lovino, dime que me veo bien.

Manuel, que se dirige a la puerta para fumar, se da cuenta que Francis está en la barra, y frunce el ceño preguntándose por qué no está adentro del salón... Sigue caminando hacia la puerta de salida.

—No me pidas que te mienta —pero si ya lo estás haciendo, Lovino. Se cruza de brazos, mirando en otra dirección.

Miguel camina hasta la puerta de salida también, creyendo que alguien ha venido. Antonio hace un puchero.

—Tu abrigo —avisa Toris, abriendo la pequeña puerta de servicio y entrando al salón.

Francis está CADA MINUTO más nervioso. Toma más pisco y tamborilea con los dedos. Cuando ve a Miguel, casi se levanta para ir a preguntarle por Antonio, pero Miguel se le acerca antes.

—Ni te imaginas la cara de felicidad que puso —comenta Miguel muy alegre. Termina todo el contenido de pisco en su vaso y lo deja en la barra.

Antonio se pone rapidísimo su abrigo... Cuello peludito y todo, le hace una seña a sus amigos y abre la puerta lo suficiente para salir, porque si espera a que Francis venga a buscarlo o a que Miguel le tome del brazo y lo lleve, se muere de la sola espera.

XxxOxxX

Miguel ya regresa al bar después de haber dejado tres cervezas en la mesa del Feliks, a quién le conversan a caricias por las piernas, un danés de sonrisa muy vivaracha. Y otro que le abraza de la cintura: Un escocés. Luciano está conversando con un portugués, sí, hablando en el idioma, a medida que va pasando el tiempo los toqueteos se vuelven más descarados. El local está un poco más lleno que de costumbre por ser viernes en la noche, o quizá sea esa la sensación debido a las dos personas que faltan: No hay ni uno que no esté con mínimo dos personas alrededor.

Hasta Manuel, que usualmente en estas ocasiones órbita alrededor de Miguel cuando no lo necesitan, conversa con un inglés, explicándole que Martín no puede presentarse esta noche.

Toris sirve tragos, sonrojado cuando le mencionan que se ve bien, y Matthew está por allí con, ojo, CINCO personas alrededor, entre que le roban los lentes, le acarician el cabello y le hablan, a lo que él sólo responde con monosílabos.

Un ecuatoriano entra a tallar, a mancillar, a joder la paciencia en el salón. El embajador, presunto asesino de generales del Alto Mando, se va acercando a la barra, donde Miguel, quien está recomendando a un holandés por quien ir. Éste, serio, valora los pros y contras, mientras le pide más cervezas.

—¿Y cobran ellos por hora o hay descuento? ¿Es con alguna tarjeta? —le atiborra de preguntas.

—Bueno, tú eliges y ellos sólo pueden cobrarte por el día entero.

Y cuando cambia la vista para ver dónde carambas está Manuel para que le ayude... Lo ve. Lo ve tan campante y sonante cortejando a Feliciano. Mejor dicho, ha entrado al grupo de las siete personas que le cortejan. Agarren alguien a Miguel que lo va a matar, descuartizar y hervir como consomé de pollo ahí mismo. Le sube la ira a los ojos.

Manuel, por su parte, le está diciendo al inglés que puede conocer a Luciano, que tiene más virtudes que las de Martín, y cuando el inglés le agradece, antes de irse, se detiene un momento, dándole una palmadita en el brazo.

—Miguel te ha hecho bien —le comenta, y tienen la misma edad, fueron jóvenes juntos junto a Miguel—, debería agradecer no haber tenido el dinero en ese entonces —le sonríe un poco.

Manuel asiente, sonrojándose un poco y sonriendo sóóóóólo un poco.

—Gracias... Creo —responde, y busca a Miguel inconscientemente con algo así como una pequeñita alegría que no reconocerá.

Miguel está como toro para rodeo, gruñendo. El holandés no entiende mucho, se mantiene al margen y sigue con su cerveza. El peruano gruñe en dirección al embajador ecuatoriano, ¿cómo es posible que con toda pompa venga a su local? Manuel levanta las cejas al verlo. Se oyen unas risas estrepitosas desde la mesa en la que está Lovino, Julio aprovecha de ofrecer más alcohol a los felices invitados. Duda un momento en si acercarse a Miguel o no. Le siente... Tenso. Tantos años con él le ayudan a comprender su postura corporal.

Miguel se pasa una mano por el pelo y suspira, dejando de mirarle. Ve a Manuel y seguro su mirada habla. Mueve la cabeza en dirección al embajador para que entienda. Manuel siguió la mirada de Miguel, notando un leve movimiento de labios en el ecuatoriano, y tardando un minuto en reconocerlo. Luego vuelve a mirar a Miguel, haciéndole una interrogación al alzar las cejas. Miguel pone esa cara de «¿Eres o te haces?» para Manuel, y se apoya en la barra, tratando de tranquilizarse. Decide acercarse al chileno. Manuel no ve qué inconveniente hay en que el ecuatoriano se acerque al grupo de Feliciano, si todo el mundo adora al muchacho, así que se encoge de hombros y le pone los ojos en blanco cuando le hace esa cara.

Cuando ya está cerca de Manuel, Miguel le abraza por atrás y cierra los ojos.

—¿Qué ocurre? —le pregunta Manuel, rozando con sus labios la mejilla de Miguel.

—No lo has visto llegar acaso, todo conchudo pisa el local. Como si no supiera lo que ha... —le muerde el hombro para descargar la cólera, no tan fuerte—, hecho.

Manuel siente un escalofrío con la mordida.

—No tienes pruebas... Manda a Feliciano a sacárselas —sugiere, con la voz algo débil.

El moreno apoya la barbilla en el hombro de Manuel.

—Ya lo investigaré yo, personalmente —pega los labios a su oído—, ahora sólo quiero tranquilizarme.

—Deberías salir a caminar —le susurra contra la comisura de su boca, acariciándole como quien no quiere la cosa—. Puedo vigilar a la clientela.

—Está bien, saldré un rato —Miguel se separa un para darle un beso en los labios e irse—. Que no se te escape nadie.

—¿Cuándo se me ha escapado alguien? —le responde Manuel después del beso.

Arriba, Martín da golpes con el pie contra el piso. Que alguien vaya a verlo. Básicamente está amurrado porque no puede bajar, porque de que puede darse vueltas por todo el piso de arriba, puede. Hasta tienen una radio, si quiere pasar el rato bailando.

Al cruzar por el grupo de Feliciano, Miguel escucha un «en Ecuador estamos muy interesados en recibir magnitud de tecnología». Una piedra en la cabeza vas a recibir, contesta por telepatía. Y sale del salón. El japonés que conversa con el ecuatoriano asiente casi imperceptiblemente, mirando hacia Feliciano, y contesta a la conversación que mantiene éste con sus admiradores, como diciendo que él no está teniendo conversaciones con nadie sospechoso, eh.

Feliciano se deshace en risas, además están los tragos que les ha aceptado a todos y cada uno. No sabe si tres manos le acarician lugares impúdicos o quién le está soplando el cuello. Otro le pregunta como se dice «luna» en italiano. Lovino rueda los ojos porque ha alcanzado a oírlo camino a la barra. De hecho, un alemán albino que, se nota, quiere hincarle el diente, ha pedido otra ronda de tragos no sólo para él y para Feliciano, sino para todos en la mesa, en una manera de demostrar su posición económica.

Manuel se detiene en las grandes puertas del salón, que están abiertas de par en par para que éste sea casi uno con la barra, y mira hacia Luciano, deseando que lo esté haciendo bien en su primer día de fin de semana.

Luciano esta prestándole más atención al ruso que se plantó no sabe en qué momento, pero la hipnotizan sus ojos y algo en su porte atemorizante. Manuel se acerca lo suficiente para escuchar la conversación.

—Eu me gusta mucho dançar —coquetea Luciano, mezclando el español con su lengua materna, pasando el dedo por el pecho del ruso, quien mira serio la acción. Lucianito, te fijas en los huesos duros de roer—. Pero sólo puedo hacer demostraciones en mi cuarto y cuando son más de dos... —aguantan mirándose directo a los ojos por unos segundos. Iván sonríe. Parece un nene.

«Nunca dijimos que debían ser dos» piensa Manuel, y huele allí una mentirita blanca.

—Acepto. Si tú aceptas, beberte… —el ruso, Iván Braginsky, saca de su saco una botella de Vodka Russkaya que consiguió en este país—, esto, conmigo y con todos —sonríe un poco forzado para el portugués. Manuel carraspea para llamar la atención.

Luciano se muerde el labio y cuando oye el carraspeo, voltea a ver quién ha sido. Cuando ve a Manuel ahí se sonroja. Sea dicho que Manuel no carraspea por Luciano, sino por el alcohol que ha traído Braginski, quien podrá ser el abastecedor de armas del país, pero no tiene el derecho a traer alcohol allí cuando está prohibido.

—¿Manuel? —pregunta Luciano, el portugués murmura ciertas cosas sobre el trago, pero como no tenemos subtítulos… dejémoslo ahí.

—Señor Braginski —pide Manuel, con cierto temor (como cualquiera en esta situación)—, no está permitido traer alcohol externo a... La casa —traga saliva, ¿por qué no mejor fue a buscar a Miguel para que se encargara de esto?—. No queremos ser descorteces —pero temen que les metan drogas en las bebidas y no sólo a los muchachos, sino a cualquiera que se encuentre disfrutando desprevenido.

Los únicos que pueden matar por encargo allí son ellos.

—¿No está permitido? A mí el dueño me dijo que sí —Iván sigue bebiendo, sin tomar importancia—. ¿Por qué decirme ahora que no? Se están contradiciendo.

Manuel le mira extrañado.

—¿El señor Prado se lo dijo?

El ruso asiente.

—Porque sólo bebo el vodka. Me gusta el vodka. Y tengo mis razones —bebe de su vaso un trago más. Manuel no se ve muy seguro en esta situación, así que asiente con la cabeza.

—¿Les molesta que me siente, caballeros? —decide que, de última, puede vigilar al ruso y a Luciano.

Luciano mira de reojo a Iván. Y asiente, porque de todas maneras es el señor, acordándose que tenía que espiar al argentino, pero luego desechando la idea porque sólo debe estar encerrado en su cuarto. Que es lo que Martín ha hecho, de hecho... Antes de escabullirse a la habitación de Luciano a hacer maldades.

Miguel está caminando por el muelle, pensando a mil revoluciones por segundo sobre formas de venganza. Después de veinte minutos, regresa a la casa porque el frío lo siente hasta en los huesos. Para ese entonces, Martín está terminando de soltarle los tacones a los tacos aguja que le han pasado a Luciano... Lo que es peligroso, porque un paso y se romperán. A la cama le ha sacado las sábanas y el cubre colchón y ha metido todo en el clóset, para que, si se va a la cama con alguien, la encuentre con ropa de menos.

Además, se ha metido en los cajones con todo el maquillaje recién comprado y le ha dado vuelta a TODAS las sombras, con los labiales le ha escrito pelotudeces en el espejo, del tipo «soy una zorra que se la come al jefe». Luciano está descubriéndose el vestido para João por debajo de la mesa, éste lo mira seductor y toca con un par de dedos ahí. Iván sigue taladrando con la mirada a Manuel, Feliks le ha gemido a Scott porque ya la noche está adentrada y estos han mezclado lo que no es sano mezclar en tan poco tiempo: Whisky, cerveza y los piscos de cortesía de la casa. Mathias subiéndole encima, los tres con el cerebro fundido. Feliciano se relame descaradamente los labios para que Gilbert ataque, pero YA, mamma mia.

—¿Qué debo hacer para acompañarte? ¿No te basta con mi sola hombría? —pregunta Gilbert para Feliciano, haciéndose el macho.

—De hacer puedes hacerme todo, pero no me gustan los bestias —confiesa Feliciano con una sonrisa, chupando la pajilla

—Confiesa que conmigo harías la excepción, kesesese~

—Si me das mucha pasta... —negocia el italiano.

—Dinero tengo cuanto quieras —no ESA pasta, Gilbert.

—Ve~ pasta para comer —se ríe Feliciano y le enreda los brazos en el cuello.

Manuel SABE que debería estar atento por si los muchachos se llevan a alguien arriba, pero no se mueve de esa mesa. No porque no puedan subir gente, sino porque debe saber a quién suben para saber a quién cobrarle luego.

Luciano le pregunta a Iván si alguna vez ha disparado un arma.

—No puedo contestarte a eso. Me podrían llevar a la cárcel porque dispararle a la gente está mal —contesta muy sincero. Manuel casi se atraganta. El brasilero ríe nervioso, pero le enciende por su pintita de «santo», todos negamos la cabeza en masa y apretamos los ojos. Presta más atención.

—Yo no le diré a nadie, puedes confiar en mí —contesta Luciano.

Honda, el japonés que se encuentra en la mesa de Feliciano, termina por levantarse al ver que Feliciano (al parecer) eligió a Gilbert, y camina hacia una mesa más cercana al escenario, en donde Toris, sentado en un taburete, canta boleros. Un minuto después, Francisco Burgos se levanta, da una vuelta por la barra, para pedir un trago, y cuando lo tiene, camina a la mesa que está al lado de la de Honda. Miguel llega al salón, abre la puerta y camina a su puesto en el bar para servirse un anisado que está seguro lo va a dejar a temperatura infierno. Busca un vaso pequeño y se sirve, sin ver a nadie. Manuel no bebe, alguien que se mantenga sobrio en el trabajo al menos. Sea dicho que no poder hacerlo le pone de MAL humor, es por eso que anda de malas pulgas siempre.

—Interesantes, las últimas noticias —dice Honda, sin mirar a su interlocutor en la mesa de al lado, sino al escenario.

A Miguel la garganta le quema, guarda la botella para que nadie se entere que ha bebido aunque ese trago deja un tufo... Y cuando voltea a atender a la barra rueda los ojos al ver quién está ahí sentado. Heracles está medio dormidito, pero cuando oye al japonés cerca, trata de disimular y contesta, como si también hubiese estado muy atento al escenario.

—Sí, sobre todo la del ferrocarril a Valparaíso desde Lima.

—Oí lo que pasó antes de leerlo —contesta Burgos—. Terrible.

Kiku parpadea como única demostración de que le han tomado por sorpresa.

—Karpusi-san, por favor, acérquese a la conversación —refiriéndose a que Heracles se siente con ellos, para dar a entender que hay alguien escuchando la conversación.

Heracles lo mira con ojos entrecerrados y acepta, deslizándose por la silla que los separa. Sonríe y la camiseta se le ha resbalado por un hombro, un poco más y se le ve el pecho.

—Bonita velada, ¿cierto, señor...? —lo deja al aire, preguntando por su nombre.

—Honda —inclina un poco la cabeza—. Muy bonita y tranquila —claro, faltan dos de los más ruidosos y parlanchines.

El griego asiente conforme.

—¿Le han servido algo de beber ya? —pregunta mirándole curioso.

—No deseo beber, muchas gracias. ¿Señor Burgos? —mira al ecuatoriano.

—Estaba bebiendo, voy a ir por más cuando se me acabe, gracias —contesta el ecuatoriano, con la mirada un poco perdida porque aún no se halla con NADIE y todos están guapísimos. Heracles se acerca un poco más a Kiku.

—Y... Hace calor, ¿no cree?

—No realmente, mis disculpas —Kiku le mira fijamente, y sonríe sólo un poco—. El señor Burgos comentaba acerca del clima hace un rato.

—No hay nada de que disculparse, Kiku —¿ya lo tuteas, Heracles?—. Yo voy a pedir una piña colada —le sonríe seductoramente.

—Si usted mismo la prepara, aceptaría una —intenta que se aleje un momento para poder hablar con Francisco a solas, sin parecer sospechosos ya que están con alguien de la casa. Heracles se retira tranquilamente al bar por su trago, Miguel le prepara los tragos y el holandés está con un chiquillo sentado entre sus piernas, sonrojado

—Le pido que sea más específico en lo que quiere de mí, Burgos-san —aprovecha Kiku de preguntar.

Francisco parpadea y cambia la mirada hacia Kiku.

—¿Le parece que deseo algo de usted? Quizás si me cuenta más de sus actuales trabajos... —realmente, por la patria, TODO.

—Mencionó algo sobre tecnología —responde Kiku, mirando a Toris, con las manos en la falda—. Hemos desarrollado armas en conjunto con los estadounidenses. Usan menos pólvora, disparan más balas.

Burgos asiente con verdadera cara de interés.

—Suena muy eficiente, yo necesitaría comprobarlo, para poder aceptarle los productos... Mire que se vienen tiempos turbulentos —le mira esperando capte la magnitud del asunto y si está dispuesto a hacerlo aún así.

—No puedo hacer traer sólo una metralleta —ha dicho el nombre—, para mostrárselo. Si compra un cargamento completo, la resolución del continente será otra —Kiku negociando. El ecuatoriano lo medita y cree que no habrían problemas, ya que el país no pasa por ninguna crisis económica y su posición como embajador tampoco está en riesgo...

—¿Y cuándo sería? —bebe del pisco.

Miguel está mirando sospechoso al ecuatoriano, es decir, ¿HABLAR EN UN BURDEL? Toma un poco de anisado y acompaña a Heracles hacia donde él también va: Donde Kiku y Francisco. Kiku ya para ese entonces le ha dicho una suma razonable, y ha agregado que, si no son tan buenas armas como espera, puede negarse a comprarlas.

A Feliks, que ya no podía más con dos, se le ha sumado un cubano, Virgen santísima... Creo que debería sugerir ir a su cuarto.

Al sentir pasos, Kiku levanta un poco las cejas.

—El pisco de aquí sería una gran exportación —dice de la nada.

Heracles se acomoda en el asiento, cansado de toda la caminata hasta el bar, ya le esta viniendo el sueño... Bebe de su piña colada para tratar de disiparlo.

—Señor Honda, ¿cómo le va a usted? —Kiku siente una mano al hombro y palmaditas sonrientes.

—Muy bien —le responde a Miguel, recibiendo la bebida de manos de Heracles—. Debo reconocer, si no le molesta, que le extrañé durante mi corta estadía en las ciudades del norte. Allá hace falta alguien como usted —efiriéndose a un buen intermediario.

—Me imagino, no hay nadie como yo ni en el norte ni en la China —sonríe, dándole la espalda a Francisco para poder hablar mejor con Kiku. El ecuatoriano gruñe bajito—. ¿Y en que le hice tanta falta si se puede saber?

—Los negocios allá son difíciles de mantener sin un contrato. Nadie es un garante de confianza y renombre —le explica, lo que no es algo nuevo, ya que Miguel ha logrado tener, podría decirse, el monopolio en el país, en gran parte por estar en la capital.

Francisco le patea el tobillo educadamente a Miguel, para que salga de su espacio personal. Este último aprieta la mandíbula, ignorándolo.

—Lo imagino, esta seguridad que ofrezco me costó años conseguirla —infla el pecho.

Lovino está llevándose a un exitoso empresario textil (no vaya ser amigo de la familia de Daniel) a su cuarto, que ha picado alto.

—Quizás, usted quiera darle su consentimiento a un trato que esperaba llevar a cabo con Burgos-san.

—¿Trato? —lo mira y luego voltea hacia Francisco que está con cara de amargado, se aleja de tal forma que pueda hablar con los dos—. ¿Sobre qué tratos, de los que no estoy enterado, se negocian acá? —sonríe amical para Kiku porque con él no es el meollo.

—Importaciones y exportaciones —resume Kiku, esperando que Francisco se una a la conversación.

—Son asuntos de Estado, señor Honda, información clasificada que no se puede revelar así de fácil —por qué eres tan sincero, Francisco, no entiendo. Mirando cínico a Miguel.

—Tan clasificada que la sabe hasta Heracles... —Miguel voltea y el nombrado está dormido, no creo que haya oído nada. No es tu día de suerte. Cambia de mirada, porque ha patinado para dejarlo en ridículo.

Kiku les mira extrañado... Él había oído rumores, bastante seguros realmente, de que a Miguel no le molestaba vender la patria.

—Hablaba del pisco —intenta guiar la conversación, con su mejor cara de sinceridad—. Exportarlo a mis tierras con capital ecuatoriano.

Miguel lo mira, un poco fuera de lugar con eso, pero el vendería su patria a quien sea, menos a Ecuador y más porque ese embajador es un presunto asesino, según él. Francisco se ha dejado llevar por la tensión, y ahora se encuentra en modo «¿qué... ?», pero guarda las apariencias.

—Conozco muchos productores que están en busca de exportarlo, claro que sí, pero lo del capital ecuatoriano no me parece, si me disculpa la sinceridad —contesta Miguel dirigiéndose a Kiku.

—Los capitales limeños piden un porcentaje mayor de las ganancias.

—¿Ha chequeado todos? —risa nerviosa. Heracles en un profundo sueño, en otro lugar, Luciano besándose con el islandés y el ruso que le muerde el brazo. SÍ, aunque usted no lo crea.

—A todos, Prado-san —Kiku se oye hasta apenado.

Miguel se saca tres caramelitos de arroz del pantalón y le ofrece a Kiku.

—Podemos conversarlo largo y tendido en mi despacho —ofrece con una sonrisa.

—No. Yo ya acepté el trato, es con el capital de mi país, nada tiene que ver usted —se levanta Francisco como resorte a amenazarlo, ignorando que el señor Honda sigue ahí. El pisco te da valor.

Kiku va a aceptar el dulce cuando ve que Francisco reacciona.

—¿No deberías estar vigilando a tus putos? —le pregunta Francisco a Miguel, insistiendo en que tiene que irse.

—Qué sabrás tú de mis obligaciones —se ríe y mira a Kiku—. ¿Se queda? Puede darse una vueltita otro día, sólo —ofreciendo el caramelito aún.

Esta vez, Kiku lo toma y lo desenvuelve con cuidado.

—Más de lo que te imaginas —Francisco CÁLLATE. Ahora sí que Miguel se voltea a encararlo. Serio, da miedo.

—Le voy a pedir, muy amablemente, que se retire si sigue tratando de provocarme en mi trabajo —claro, directo y conciso. Le dirige una última miradita de cólera y se va fuera del salón.

Feliciano se ha subido a la mesa a dar un baile. Toris se ha quedado callado al ver lo que ocurría en las primeras mesas. Ha buscado con la mirada a Manuel para advertirle, pero no le ha encontrado. Cuando ve que Miguel se aleja, suspira e intenta seguir cantando. Honda ve alejarse a Miguel con una pequeña sonrisa.

—¿Burgos-san? —le llama—. En dos semanas la entrega estará en Quito.

Francisco bota aire de la nariz y cierra los ojos para tranquilizarse.

—Es un agrado hacer negocios con usted, señor Honda —abre los ojos y le extiende la mano.

Kiku se la estrecha. Luciano jala adentro de su cuarto, un poco herido por las mordidas, a Iván. Tienta con los dedos en la pared para buscar el interruptor de la luz, pero el ruso lo carga hasta el colchón y lo tira ahí, no tan brusco, que le va a romper las maderas de la cama…