Previously, on "Summer".

—¡Ah! Basti, ¿desde cuándo? ¿Desde cuándo tengo que pedirte besos yo?

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—¡HOMOSEXUALEEEEEEEEEES! ¿Creen que he venido con mis hijos a verlos? ¡Largo de aquí!

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—¡Vos! No debés quemarte vos, salí mejor y yo te echo, ahora mismo.

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—¿Y que es lo que te... gusta de mí?


Daniel observa algo absorto en sus pensamiento la carita de Sebastián... hasta que se acuerda que tiene quemada la espalda.

—¡Ups! Basti, volteate de nuevo, comenzaré por atrás.

Sebastián se deja caer totalmente, con la mejilla contra la toalla, la entierra un poco para más relajo.

—Que sos bueno —resume a la pregunta formulada, mirándole desde abajo—, que me cuidás, le caés bien a mi vieja —tuerce un brazo para tocarle la pierna a Daniel, medio se frustra porque es difícil—, me respetás —y eso último suena tierno, como si fuera lo que Sebastián agradece más.

—¿La bondad? —como Daniel lleva más años que Sebastián y algunos cuantos hechos le hacen afirmar que la gente se rige por sus actos más que por una palabra generalizada entre «bueno» y «malo» sólo sonríe ante su... pureza. Sí.

—Pero... ¿Cuál de todas es la que preferís? —esparce bloqueador por el comienzo de la nuca, sonriendo de lado.

—Que... —mira la arena, le da un escalofrío, debido al contraste, recién ahora descubre lo caliente que está su espalda—. Ché, estás frío vos.

—Disculpame —a lo jiji, le masajea un poquito ahí entre esos huesitos para que con eso caliente la palma de su mano, observa su cabello y sus caderas las suuuuubeee y luego las baja sólo por... Eh... Ejercicio.

—Oh... —típico sonido de satisfacción que hacen las personas cuando le masajean y se relaaajaaan—. Me gusta más eso, que hacés cosas por mí —se está perdiendo. ¡Lo estamos perdiendo! Daniel, cuida esa cadera o se nos perderá totalmente.

—¿Como no dejarte fumar ni faltar al colegio? —pregunta y se inclina para dejarle un besito en el oído, y se yergue casi al instante—. ¿O esto? —sus dedos se deslizan como un tobogán hasta los hombros de Sebastián, donde se detiene para echar más bloqueador solar en su mano... y seguir con los masajitos.

—Repetí eso de recién —le pide, y tras el beso—. Eso no. Pero eso viene contigo y sé que lo hacés porque creés que me hacés un bien.

Daniel sube sus dedos al comienzo de la columna vertebral del menor para seguir apretando y destensando la zona.

—¿No te gustan mis besos? —cree haber entendido que es por eso.

—Sí me gustan —voz relajaaadaaa, ha cerrado los ojos por el placer—. Dani, Dani, hacé lo de recién —refiriéndose al movimiento de caderas. Daniel se entretiene masajeándole hasta llegar donde comienza su cabello, en círculos o sólo presionando, vuelve a echarse bloqueador en las manos. La piel de Sebastián está de color LECHE.

—¿Qué hice? —de verdad sin entender.

—Eso... Eso con la cadera —mmm, le falta ronronear.

—Oh... —sonríe y lo cumple, con un movimiento más en círculo, pero despacio, sin dejar de «aplicar» el bloqueador—. ¿Eso?

El rubio francés le da un remezón suave a la rubia ucraniana que está a su lado... Le hace un gesto hacia los vecinos con la cabeza y luego hacia el mar.

—¿Vamos? —le ofrece.

—Sí... Mmm... —afirma Sebastián y alguien podría cortarle el cuello de lo vulnerable que está. Se ríe bajito—. ¿Aún podemos ir a la otra playa?

—De poder sí, pero... —sonidito de flojera.

—Es que... mmm... —levante la mano todo aquel que tiene envidia de Sebastián. Yo la tengo. Quiero un Daniel masajeador personal para mi uso privado—, nada, nada. Necesito meterme al agua —al agua fría, frííííía.

—Yo necesito seguir encima de vos —confiesa Daniel y echa más bloqueador, pero bajando por la rama de la columna, antes de las costillas.

—Yo me quería bañar —se burla Sebastián de sí mismo—. Vayamos despacio, que no nos noten —le comparte su solución al tema—, y allí el frío se encarga.

—¡Yo también quiero bañarme! Podemos ir a la nudista aún... —movimiento de caderas y baja a besarle la oreja otra vez, a lo que Sebastián le hace el quite en jugueteo.

—¿Y eso hace más decente que la tengás...? —los brillitos se ponen rojos de vergüenza—. Digo. Bueno, bueno. Pero no hay restricción, ¿no? ¿Seguro que puedo?

—¿No te hace ilusión bañarte desnudo? —abre los ojos como platos, Daniel regresó a los cinco años, y le otro besito cerca de ahí antes de erguirse a seguir echando bloqueando, ahora sin masajitos extra, porque Sebastián se va a freír si sigue así.

—No realmente —curiosamente, ningún brillo se cae: No miente—, con ropa y sin ropa es casi lo mismo. No necesito mucha imaginación para saber cómo se ven todos aquí desnudos —se sienta y busca sus lentes, pensando que Dani ya ha acabado, como si el beso hubiese sido el «listo, cariño, ya he terminado con todo»... Un poco cursi de su parte, debemos decirlo.

—Ah, no, no... Me refería al sentir sin ropa el agua, más libre —le echa un poco más de bloqueador resbalándose porque Basti se comienza a sentar. Éste le sigue las acciones con la mirada, por un momento sin entender que siga, pero dejándose igual. Se siente suave.

—No lo he hecho nunca —se pone los lentes y levanta la barbilla para que le eche allí—, no sé cómo sería.

—Probemos —se echa más bloqueador en la mano y se lo aplica el cuello, con ambas manos de esa manera... le da un beso a Seba, sólo en un labio, que el menor le devuelve, pensando que le quiere besar, inclinándose hacia adelante, contra sus manos.

La gente alrededor VUEEEEELVE a mirarles, aunque ahora sólo unos cuantos... Los demás prefieren ignorarlos. El boliviano, creyendo que ya había pasado lo peor, mientras se seca el cuerpo y piensa que ha sido relajante (y eso que se ha ahogado dos veces en la orilla), refunfuña algo bajito por el espectáculo.

Daniel cierra los ojos y conforme los rayos se hacen más fuertes en su piel, el mirarles aumenta la fogosidad del beso.

Sebastián y su lengua. Eso. Y sus manos sosteniéndose de los brazos de Daniel, más y más hacia él. Le corren las gotitas de sudor por la espalda, las orejas ya rojas igual que los brillitos. Algo se le debe de clavar a Sebastián en el estómago, así que Daniel se separa con un «mmm».

—¡Ah! Cómo me besás, Basti —sonrojadito igualmente, y éste SUDA como no tienen una idea. Toda la espalda la tiene sudorosa, la frente y el pecho. Sebastián le sonríe al escuchar el halago.

—Callate vos—modestia, modestia—, vamos a meternos al agua, que se va el sol, viste.

—Vamos, igual, mientras más tarde vayamos a la otra playa... —se levanta echándose bloqueador sólo en la cara y mirando alrededor—. Menos gente habrá.

—¿Ah, así que de verdad vamos? —se levanta con él, y de inmediato hace el amago de recoger la toalla. Mamá le va a matar cuando le vea quemado.

—¡Vamos al mar! —se ríe al verlo tomar la toalla.

—¡Ah! Pensé que a la otra playa —la deja allí... Y titubea, porque acaba de ponerse los lentes y para qué estamos con cosas, sin ellos ve borroso.

—¿Qué pasa? —pregunta Daniel porque le nota vacilar... le estira la mano para que se la tome, sólo como una reacción cariñosa.

—Nada, nada —los arroja sobre la toalla y le toma la mano—. Vamos —le sonríe.

—Vamos —sonríe también y entrelaza sus dedos, caminando hacia el fin del mundo. Sebastián va detracito, quemándose los pies. Busca en el mar un lugar con pocas personas, y se lo señala—. Ahhhhh, quema, quema, quema —brinquitos.

Sebastián le empuja para que vaya más rápido, hacia la arena húmeda.

—¡Pero qué pibe, Dani!

—¡Pero si quema! —se defiende con cara de urgido y corre tirando de Sebas. La arena húmeda es el cielo.

—Es la imagen —explica Seba con los pies quemados también. Los hunde en la arena húmeda en cuanto puede, y aprieta los dedos de los pies por la sensación. Daniel suelta un gemidito de alivio. La marea les llega hasta los dedos.

Daniel sonríe y suspira.

—¿Imagen? ¿Me quema por una imagen decís?

—No, que tenés que aguantar porque así gritando parecés un pibe —movimiento de cabeza, los brillitos se mueven—. La imagen, Dani, que sos un hombre adulto —sonrisa confiada.

—Perdoname, Basti, tenés razón —avergonzadito por lo obvio, le mira de reojo y mueve sus dedos en la arena, luego observa las olas y los tablistas—. ¿Mejor?

—Sí —sonrisa con más brillos—, ¿y sabés vos? Lo mismo con el agua helada. Que nadie se entere que la sentimos —le aprieta la mano más fuerte. Daniel traga saliva y siente el apretón, la palma de su mano comienza a sudar.

—Nadie tiene por qué hacerlo, sólo me entero yo cuando me mirás a los ojos —afirma—, y me hablás desde esa perspectiva tuya, que me ena- —carraspea—, que me gusta demasiado —da un pasito más hacia adelante.

—Si tenés frío y te arrepentís, decime y nos devolvemos —dos pasos. Para un chico que se preocupa tanto de lucir bien, Seba, me sorprende que no uses lentes de contacto. Debe ser porque, seguro, Daniel te dijo que ese justamente es tu sex appeal.

—¡No! Con el calor tremendo el agua estará tibia —otro paso, una ola se rompe antes de llegar a la orilla y le salpica un poco en la pierna.

—¿Y si entramos a la cuenta de tres? —sugiere Sebastián, con el agua hasta la mitad de las piernas, antes de las rodillas—. Corremos.

—Yaaaaa —mueve las manos—. A la una...

—A las... dos —menos seguro, le empieza el arrepentimiento.

—A las... tres —suena a pregunta, Daniel mira a Sebastián de reojo, avanzando más rápido.

—¡A las tres! —le secunda y apretando los ojos echa a correr sin soltarle, salta agua y cuando tiene las rodillas metidas pierde el equilibrio por culpa de la masa hídrica, suelta sus manos para bucear. Daniel está glugluglu, pero nadando.

Al salir, a Sebastián se le llenan los ojos de agua salada y se los talla.

—Che, esperame. No veo una mierda.

Daniel sale a flote antes que venga una ola. Y oye a Seba.

—¡Te espero! —patalea más cerquita de él.

—¿En dónde? —no grita, pero hay urgencia, entreabre los ojos y va hacia la primera figura (borrosa) que encuentra.

—No, esperá, voy yo —Daniel le ve y patalea más hasta llegar a abrazarlo de la cintura fuerte y hacer presión en sus piernas porque el mar se retira.

—Dios, el ridículo que hubiese hecho si no me agarrabas, me salvaste —parpadea rápido hasta poder abrir los ojos normalmente—. Qué pena no tener lentes de agua.

Daniel apoya la frente en la de Sebastián y le respira agitado por el esfuerzo.

—Igual, sos valiente.

Sebastián se ríe por el comentario.

—No tengo cinco años, Dani.

—Bueno, ya, ¿eh? Te estaba halagando —le da un beso, y todos en la playa ponen los ojos en blanco—. Sólo los verdaderos hombres somos valientes, como decís vos —agrega y le da otro beso en la boca.

—Lo que no quiere decir que... —se interrumpe de decir que las mujeres de verdad también son valietes por el beso, mojado, es una sensación distinta—. Salado —nota y beso otra vez, abrazándole a pesar de tener ambos los cuerpos mojaaadooos.

Daniel se relame los labios con una sonrisa por eso.

—Salado —cierra los ojos cuando le corresponde el abrazo—. ¿Notas lo que sería... estando... desnudos? —se sonroja y traga saliva.

—¿Sabés que la mantequilla...? —empieza Sebastián y todos le odiamos por hacernos sonrojar. Daniel se sonroja más perooooo... su mirada tiene cierto brillito.

—Ahora resulta que ya no querés leche... —¡DANIEL!

—Dejame terminar, Dani —le pide, sonriendo más amplio.

—Seguí —risita. Una ola fuertesita los empuja, aunque andan por el lado más pacífico del mar. Sebastián se tambalea, y al segundo se le apega a Daniel más por el vientecito que le enfría el cuerpo.

—La mantequilla, Dani, se hace batiendo la leche... ¿y sabés cuál me gusta más, vos?

Daniel suelta un «wuah» con eso y trata de situarse aún más hacia el lado manso donde no rompan tantas olas, sin dejar de tomarle atención, casi se atraganta, sólo niega con la cabeza, Basti lo habés dejado sin palabras. Sebastián le sigue.

—Esa salada y fresquita, artesanal, recién hecha a mano —baja la suya sujetando firmemente las caderas de Daniel. Las deja allí, a ambos lados, quietas.

¡Pero por el amor de todo lo sagrado! El cerebrito de Daniel hace un corto circuito fugaz, si me dejo entender y no puede estar más sonrojado y sonriente.

—¿R-R...? —carraspea—. ¿Recién hecha a mano decís? —las manos hacen que se pegue más al cuerpo de Sebastián.

—Claro —mueve la cabeza para soltar el cuello, como quien no quiere la cosa—, es mejor, se derrite más rápido, la untás con más ganas.

Daniel le observa ese movimiento y se muerde el labio.

—¿Y dónde la querés untar? —no tiene ni IDEA y por eso le gusta, aunque digamos que vaya por el lado... Que todos sabemos que va.

—Ah, no sé, imaginá vos.


¿En dónde quieres untar esa mantequilla, Sebastián?