Perdón por la demora, es que ando ocupada con los estudios y esas cosas. Les dejo la cuarta parte, espero que lo disfruten.
Prohibido - Capítulo 4
Después de una cálida y tranquila noche en los aposentos de Feliks, se podía apreciar los primeros haces de luz que dieron lugar a una mañana algo fresca. Como persona centrada en Dios y muy cumplidora, era obligación de Feliks despertarse temprano y rezar junto con su querida princesa Eduvigis unos cuantos rosarios. Después de eso tenía el privilegio de no hacer nada. Eso era lo bueno de ser un supuesto noble descendiente del Señor.
Pero para el polaco había mucha presión en toda esa situación, y cuando despertó entre los brazos del lituano, se sobresaltó enormemente.
- ¡Aaaaaaaaaaah!
Toris despertó totalmente asustado y pegó un chillido, saltando de la cama inconscientemente. Miró hacia todas las direcciones posibles y luego dirigió su vista al polaco, que tenía los ojos abiertos como platos, como si estuviera traumado por algo.
- ¡Qué susto! ¿Qué ha pasado, Feliks?
- L-L-Lo que hicimos…, o sea, ¿no fue un sueño? –dijo con voz temblorosa mientras veía con horror las manchas de semen esparcidas en la cama.- ¿¡No lo fue!
- Claro que no. Habías insistido mucho en que lo hiciéramos. –contestó naturalmente el lituano, mirándolo como si nada- Hasta me tomé la libertad de tutearte, eso me hace sentir menos incómodo.
- ¡Ay no! ¡Ahora el Señor no me va a aceptar en su gloria divina! ¡Tipo que soy un pecador más en este mundo corrupto y sucio! Mi cuerpo ya no es más el templo del Señor, o sea, eso es algo totalmente frustrante…
Toris se sentó en el borde de la cama y le acarició la mejilla, mirándolo calmadamente. Para él eran simples tonterías lo que decía, pero no podía evitar sentirse algo culpable. Al fin y al cabo él había accedido con gusto. Pero más preocupante no era pensar que habían consumado en un acto ilícito, sino el hecho de que, por más raro que sonara, había amor. Había amor de verdad, al menos eso es lo que el lituano sentía. Sumado a eso, eran dos varones. No habría nada que pudiera salvarlos de un escarmiento si eran descubiertos.
- Escúchame Feliks, en algún momento de tu vida tendrás que pasar por lo mismo que hicimos anoche con una chica que tus superiores te elijan, ¿verdad? Serás un angelito, pero no un cura.
- ¡No seas tonto! Tipo que hace un año hice los votos de castidad, o sea, ¡se supone que tendría que ser casto de por vida!
Ups; eso fue un baldazo de agua fría para ambos, en especial para el lituano, porque no tenía idea de eso. Se mordió el labio inferior en signo de impotencia, agachando la cabeza sin saber qué decir. Pensó que ser delicado con sus palabras sería lo mejor…, o no decir una sola palabra, eso también serviría.
Feliks quedó en silencio meditando la situación, mirando sus manos algo temblorosas. Ahora que podía pensar fríamente, lo que había pasado anoche fue un acto desesperado incitado por el demonio, en busca de corromper sus almas con tentaciones irresistibles. Pero aún así su corazón seguía latiendo fuerte cuando veía a Toris, y eso era algo que no podía evitar, era algo que estaba fuera de su control. Apoyó una de sus manos encima del regazo del moreno y le dijo con suavidad:
- O sea, no podemos seguir con esto. Olvida todo lo que dije ayer, y también todo lo que hicimos. Tipo que intentaré no caer en la tentación de nuevo.
- Pero Feliks, todo lo que yo dije fue sincero...
- Calla, que no podemos estar juntos.
Se miraron a los ojos y desearon besarse de nuevo, porque no había más pasión en sus corazones; lo que sentían en ese momento era amor. Era un amor que se estaba asentando en sus corazones muy rápidamente. Feliks sacudió su cabeza y se levantó de la cama.
- Liet, te ordeno que laves todas mis sábanas y las dejes más que relucientes. Después te pediré que no vuelvas a atenderme porque ya no serás más mi sirviente. A cambio le pediré a Eduvigis que te el trabajo que más desees. Todo con tal de no repetir este acto pecaminoso, totalmente.
El lituano se lo quedó mirando como buscando que su compañero retractara sus palabras, pero su decisión parecía ser rotunda. Asintió levemente y comenzó a vestirse, sin decir una sola palabra. No quería ni verlo a los ojos, porque no quería mostrarle esa extraña sensación de tristeza que tenía en el rostro, y que le oprimía el pecho con fuerza. Ni bien terminó de acomodarse los zapatos se dirigió a la cama y pidió a Feliks que se apartara, para dejarle así que quitara las sábanas. Por unos segundos miró de reojo al rubio y se apartó, pero volvió a mirarlo cuando notó que él también lo estaba mirando. Se miraron nuevamente: Feliks tenía los ojitos brillosos.
Durante esos segundos se miraron con mucha intensidad, pero no se dijeron una sola palabra. Ambos se transmitieron a través del silencio ese amor inesperado que había invadido sus corazones sin piedad, y un dejo de tristeza marcó sus rostros. Ahora no podían negar cuánto se amaban.
- Feliks. Feliks. –se escuchó desde el otro lado de la habitación, una voz dulce de mujer que llamaba con ternura.
- ¡Princesita! –exclamó Feliks sobresaltado, tapándose rápidamente con una de las mantas que cubrían su cama. Había olvidado vestirse, y temió que esa situación fuera malinterpretada por la joven.
- Aún no te has cambiado mi querido Feliks. Vístete rápido y ve al despacho. Sólo te daré diez minutos.
- Sí, mi princesita.
A Toris le pareció percibir en el semblante dulce y apacible de la princesa más querida del reino un dejo de recelo, una extraña sensación de que algo había descubierto. Se puso nervioso al pensar eso y esperó que ella saliera de la habitación para preguntarle a Feliks.
- ¿Crees que sospeche?
- O sea, no lo sé. Espero que no, sino sería nuestra muerte, totalmente. –se le acercó al moreno en tono confidente y le dijo en voz baja- Por las dudas no nos veamos más en público. Es por el bien de ambos.
Feliks terminó de cambiarse y se dispuso a salir a pasos rápidos. Toris no quería verlo irse, pero sabía que no podía acompañarlo. Tomó las sábanas y lo siguió hasta la puerta, donde le dijo casi en un susurro, inconscientemente:
- Te amo.
El corazoncito de Feliks palpitó con fuerza bruta al escuchar eso, y se dio vuelta con brusquedad para mirarlo a los ojos. No debió haber dicho eso, no tenía por qué decirlo. Sólo complicaba más las cosas. El rubio sintió un nudo en la garganta y apretó sus labios. Sin decir nada salió trotando de la habitación, buscando olvidar lo que había escuchado. Toris apoyó la espalda en la pared y se quedó mirándolo a medida que desaparecía del pasillo, taciturno.
Al rubio le querían salir las lágrimas de los ojos, y su respiración agitada le dio rubor a sus mejillas. Tuvo que contenerse para no caer en la desesperación, porque Eduvigis no podía notar que estaba sufriendo por un amor mundano y pecaminoso. Llegó al despacho de la princesa y pidió permiso para entrar; ella le hizo pasar y le preguntó si tenía su rosario para poder orar. Feliks recordó que había quedado hecho pedazos, y con voz temblorosa se lo confesó.
- Me extraña que descuides de esa forma tus artículos religiosos, Feliks. Tú más que nadie sabe el precioso valor que posee un rosario, y me parece muy irresponsable de tu parte. –dijo la princesa con voz severa.- Tendré que darte otro, pero primero hay que bendecirlo.
- Lo lamento mucho mi princesa. Prometo que tendré más cuidado.
- Me intriga el motivo que te llevó a cometer semejante error. ¿Puedo saber a qué se ha debido? –preguntó inquisidora la joven de rubios cabellos mientras miraba fijamente al muchacho, poniéndolo nervioso.
- O sea, simplemente me puse a rezar con tanta emoción que apreté las perlitas con mucha fuerza y se rompió. Sentí la fuerza del Señor penetrar mi alma por completo, mi princesita…
- Eso es celestial, mi querido Feliks. Realmente creo en la conexión que has tenido con nuestro Señor, porque anoche has gritado como nunca antes. ¿Acaso eso fue debido al éxtasis de sentir a nuestro Padre en lo más profundo de tu ser…, o a otra cosa?
El tono de la princesa cambió bruscamente a uno sombrío y distante, fulminando con la mirada al polaco que sentía arder su garganta, como si hubiera tragado fuego. Las piernas comenzaron a temblarle, sus manos de repente se enfriaron, y pareció haber perdido la voz porque no pudo contestarle durante varios segundos. Ella quedó esperándolo, y luego continuó.
- Es curioso, porque escuché una voz distinta a la tuya. Dudo que el Señor tenga la voz de un joven varón, así que espero saber de quién se trataba. Feliks, te estoy exigiendo una respuesta.
- Eh… Sólo era yo, mi princesita. No estaba con nadie ayer. Quizás escuchó cosas…
- ¡Yo no escuché nada fuera de lugar! –exclamó la princesa furiosa, golpeando su escritorio con ambas manos- ¿Sabes lo que escuché? ¿Lo sabes? ¡Los sonidos pecaminosos de la fornicación!
Feliks la escuchó y quedó con los ojos bien abiertos, quedando pálido como la nieve. Las palabras no salían de su boca temblorosa, y las lágrimas hicieron su aparición después de tanto tiempo que se había contenido. Cayó de rodillas al suelo y se inclinó vehementemente, llorando con todas sus fuerzas.
- ¡Lo siento mucho, mi princesa! ¡Caí ante el irresistible poder del amor! ¡No pude evitarlo, mi querida Eduvigis!
- ¿Amor? ¿Me estás diciendo que eso es amor? –dijo la mujer totalmente enfadada, acercándose al polaco que temblaba como una hoja en el suelo.- ¡No puede haber amor que supere al que sientes por nuestro Señor! Él, que te entrega todo Su amor y te llena la vida de enorme riqueza espiritual, ¿¡y tú qué le das a cambio!
- ¡Mi querida princesa, le juro que en mi corazón siento el amor más intenso que nunca antes sentí en mi vida! ¡Tipo que no pude evitarlo!
- ¡Blasfemias! ¡No dices más que puras blasfemias!
Tomó al polaco de su traje y le dio una gran bofetada. Lo miró fijamente con una mezcla de sensaciones. Se veía enfadada, pero preocupada al mismo tiempo.
- Tendré que imponerte un riguroso castigo para que olvides lo más rápido posible todo lo que ha pasado y vuelvas a encarrilarte en el sendero que el Señor ha dispuesto para ti. Es lo mejor para tu alma, Feliks.
El polaco gritó del miedo cuando vio que la princesa había sacado de uno de los estantes una especie de anillo metálico, y un gemido estremecedor resonó en todo el castillo. Toris escuchó algo desde su lugar, en la cocina, y reconoció al instante la voz de Feliks. Corrió desesperado por todo el castillo, guiándose por los gritos ahogados que seguía propinando el rubio. El moreno nunca lo había escuchado gritar así, y le pareció que se trataba de algo muy malo, por lo que se apresuró a encontrarlo. En un momento escuchó los sonidos más cercanos dentro del despacho de la princesa Eduvigis, y en un acto totalmente exasperado tiró la puerta abajo.
Sus ojos se salieron de sus órbitas cuando vio a la princesa inclinada frente al polaco, que tenía los pantalones a la altura de sus tobillos, intentando colocarle el anillo auto mortificante. El corazón se le detuvo durante varios segundos, y luego gritó con todas sus fuerzas:
- ¡FELIKS, POR AMOR DE DIOS, NO!
Eduvigis sonrió ante la ironía de su exclamación.
Para los que no saben, el anillo auto-mortificante era como el cinturón de castidad pero para hombres, y lo usaban los religiosos como un método para evitar dejarse llevar por las tentaciones, por así decirlo. El problema es que era un aparato bastante peligroso, porque a veces hay ciertas funciones biológicas que van en contra de un hombre, por más casto que sea. Pueden investigar un poco más en internet.
Un detalle acerca de la princesa Eduvigis: pueden imaginarla como la mujer que acompaña a Feliks en uno de los capítulos de Hetalia. No puedo recordar el episodio ahora, pero es uno de los más nuevos.
Desgraciadamente no he podido escribir el siguiente capítulo, así que me demoraré un poco más. Sepan disculpar las molestias. Espero que lo hayan disfrutado.
