Ruptura de vínculos

Abro con dificultad los ojos, los siento extrañamente pesados e hinchados, y tardo algo de tiempo en acostumbrarlos a la luz del cuarto. Pestañeo algunas veces más al ver que mi vista permanece borrosa y al recuperarme por completo, hago el intento de incorporarme; siendo detenida por una pesada y cuidadosa mano que se posó en mis hombros.

Mis ojos de inmediato se posaron en la arrugada cara de Kaede, cuyo ojo a su vez me analizaban con preocupación, y algo de tristeza impresa en sus ojos, al tocar mi espalda en confortable futón, ella se relaja y regresa a su posición, sentada al lado mío.

—Kaede, ¿Por qué estoy acostada?—pregunto sin saber nada, mi vista pasea por mi ropa, dándome cuenta que ya no tengo puesto el kimono, si no que solo estoy en el interior, imagino que Sango o la anciana me cambiaron para estar más cómoda. —Solo recuerdo que estaba haciendo la comida y salí a entregársela a Inuyasha y a los campesinos, de ahí ya no recuerdo ni sé nada—murmuro, esperando una respuesta de la sacerdotisa.

—Kagome, estás bastante débil, no te alimentas bien y tampoco duermes como deberías, el cuerpo acaba de pasarte la factura—explica con paciencia Kaede, soltando un suspiro al terminar, buscando una reacción de mi parte.

Una punzada se da lugar en mi pecho, no podía negarlo. Si claro, no me he cuidado en nada, pero tampoco puedo explicarle el porqué de mis razones y menos el porqué no duermo ni como.

—No sé qué pasaría anciana Kaede, pero le prometo cuidarme más—aseguro sonriendo de manera forzada, buscando convencerla, pero ella niega lentamente con la cabeza, levantándose del piso y dirigiéndose a la puerta con lentitud, para después girarse un poco al llegar a ella, mirándome por última vez.

—No es necesario que me mientas a mí Kagome, soy vieja pero no tonta ni ciega, y no es necesario ser un genio para saber que algo va mal con Inuyasha… solo puedo decirte que espero de todo corazón que puedan arreglarlo antes de que pase a mayores—hace una pausa—ya estás poniendo en riesgo tu salud y te ves cada día más demacrada, solo…piénsalo—finaliza, saliendo con lentitud de la cabaña, cerrando con cuidado la puerta corrediza de la salida de la habitación y puedo escuchar como sus suaves pasos se alejan cada vez más de donde estoy.

De inmediato me siento perturbada por la revelación de Kaede, ¿tanto se nota?, ¿es que no puedo tener al menos un poco de privacidad?, todo el mundo debe de saber lo que me pasa. En realidad no es eso lo que me molesta o entristece, ya que lo principal es el hecho de saberme humillada y al mismo tiempo ignorada por mi esposo.

No tuve demasiado tiempo para seguir lamentándome, cuando el sonido de la puerta vuelve a alertarme, avisándome que alguien acaba de entrar en la habitación.

Esperaba que se tratara de Kaede, que venía a regañarme de nuevo o venir por algo olvidado, pero al levantar mi decaído rostro, me encuentro de frente con mi esposo, que me mira con una expresión indescifrable a una distancia de tan solo un metro.

Inevitablemente me siento sorprendida por su presencia, me era tan natural el estar siempre sola en esta recámara que no puedo dejar de sentirme extraña, y me cuesta admitir que a pesar de que me tiene tan abandonada, el solo verlo hace que mi corazón se acelere de felicidad.

Pero un sentimiento poco conocido en mí, toma posesión de mi cuerpo y hace que me gire, dándole la espalda con saña y negándome a mirarlo de frente para no demostrarle lo vulnerable que me vuelve su sola presencia.

—Kagome—llama, haciendo que involuntariamente mi cuerpo diera un respingo, y que temblara un poco, pero a pesar de ello me niego a darme la vuelta y verlo, ya que siento en mis ojos la picazón característica de las lágrimas que avisan su pronta aparición.

Escucho como deja algo en el suelo con algo de delicadeza, y se acerca con pasos suaves a mí, imagino que intentando no asustarme con alguno de sus movimientos, y después se agacha para sentarse justo delante de mí, removiéndose inquieto.

—Kagome—repite, pero yo aún no me digno a voltear a verlo, por lo que escucho un gruñido de su parte y siento que mis hombros son capturados por sus manos con rudeza, obligándome a mirarlo.

—Maldita sea hazme caso—ordena dirigiéndome una mirada furiosa e iracunda, mientras sus ojos destellaban con un tinte de impaciencia y un sentimiento más que no supe identificar.

Mis ojos cristalinos son revelados y él se congela, mi cuerpo tiembla levemente por contener el llanto y mis hombros hormiguean por la fuerza con la que me tiene sujeta.

—Suéltame—murmuro, siendo recibido en respuesta por un respingo de su parte al despertar de su letargo, pero sin atender mi petición—por favor, me duele—agrego de manera suplicante, taladrándolo con mis dolorosos ojos, y éste al escuchar la palabra duele me suelta en el acto, como si mi tacto le quemara, viéndome con arrepentimiento.

—Lo siento—se disculpa mirándome con dolor y yo no contesto nada, sobando con mis manos el área adolorida, sin prestarle mucha atención, —no quería lastimarte—agrega acercándose de nueva cuenta a mí, siendo inconscientemente esquivado por mí.

—No querías, pero siempre terminas haciéndolo—señalo con desdén y algo de rencor en mis palabras, mirándolo por primera vez a voluntad, siendo respaldada por una mirada herida que logra descolocarlo.

—Kagome, es que no se qué quieres que diga—responde con una mueca de impotencia bien plantada en su cara, al igual que su nada disimulado tono de desesperación impreso en su voz.

—¡Es que no tienes nada que decir Inuyasha!—respondo bastante alterada—¡si todo lo dices con tus jodidos actos!—reclamo poniéndome de pie en el acto, veo como frunce el seño al escuchar la palabrota, pero me importa un verdadero rábano si le molesta o no. Con rabia desenredo mis pies de la cobija a patadas y una vez libre tomo camino hacia donde supongo se encuentra mi ropa.

—¿Qué estás haciendo Kagome, estás loca?—grita esperando una contestación, yo sigo sin hacerme la aludida y encuentro por fin mi ropa, comenzando a ponerme el kimono. Escucho sus ágiles pasos detrás de mí y me apresuro en mi tarea, haciendo un esfuerzo enorme por no voltearme a mirarlo.

No llevo mucho tiempo cumpliendo eso, cuando sus afiladas garras se posan de nueva cuenta en mi cuerpo, pero esta vez en mis antebrazos, causándome un escalofrío, su fuerza bestial hace acto de presencia de nuevo y me hace girar con rapidez a pesar de mi casi patética resistencia.

—¡Maldita sea contéstame Kagome, por algo soy tu maldito marido!—exige con furia mal disimulada y sin darse el lujo de soltarme de mis extremidades, atreviéndose a sacudirme algunas veces.

Esta vez no estoy dispuesta a llorar y sin saber bien como, logro zafar un poco mi brazo, propinándole una tremenda bofetada, haciendo que incluso gire su rostro por el golpe, y mi mano hormiguee de dolor, pero no le presto siquiera atención, al ser presa de esta enorme rabia que controla mi ser.

—¡Ahora si eres mi maldito marido verdad!—repito las mismas palabras de él, observando como el devuelve su rostro otorgándome una mirada atónita—¡que conveniente para ti Inuyasha!, dejar de comportarte como tal, abandonarme cuando te da tu jodida gana y venir a reclamarme cuando quieras, como si de verdad tuvieras el derecho, ¡eres un maldito egoísta!—exclamo completamente fuera de mis casillas sin poder contenerme, manteniendo la mano agresora aún en el aire.

—De que…¿De qué hablas Kagome?—se atreve a preguntar con inseguridad, llevándose su mano derecha a la mejilla atacada, que para mi sorpresa comenzaba a hincharse y tomar un color rojo. Sin saber bien porque algo en su pregunta logro enfurecerme aún más, haciendo que baje mi mano para contener el impulso de querer abofetearlo de nuevo.

—¿Cómo diablos puedes atreverte a preguntar?—respondo de manera retórica, viendo como en sus ojos aparece una nube de arrepentimiento y baja un poco su cabeza, logrando que su flequillo tape parcialmente sus ojos, sin osar decir nada.

—¡Claro!, ¿yo soy la única culpable de lo que sucede verdad?—agrego irónicamente—yo soy la estúpida que esperaba una relación de esposos normal contigo, a la que le rompiste las ilusiones de recién casada, a la que ignoras y ni siquiera eres capaz de acompañar a comer o dormir, ¿recuerdas esa noche verdad?, porque yo sí, soy una completa imbécil al llegar a pensar que yo hice algo mal, porque ahora me doy cuenta de todo…¡el único problema eres tú!—finalizo terminando de cerrar el maldito kimono y salir a zancadas de la habitación, cruzando el pasillo con la mayor rapidez posible y divisando la puerta, al llegar a ella busco con desesperación mis zapatos, encontrándolos con rapidez y cuando logro colocarlos y pongo mi mano en el borde de la puerta con la urgencia de deslizarla una sombra roja se hace presente en frente de mí, impidiéndome el paso.

Inuyasha toma mis manos con las suyas colocándolas encima de mi cabeza y me aprisiona contra la pared lateral, mirándome con unos ojos tristes y para mi sorpresa incluso aguanosos, y me doy cuenta que no me sostiene con ferocidad, si no con cuidado y sin imprimir demasiada fuerza en el agarre.

—¿Cómo puedes decir eso Kagome?—pregunta con un tono triste y herido que hace que un escalofrío cruce de manera desagradable mi espalda, haciendo que abra inmensamente los ojos al ver el dolor impreso en sus palabras.

Pero yo sigo sin estar dispuesta a ceder a su repentino sentimentalismo y me zafo de su agarre sin muchos problemas, acercándome de vuelta a la puerta, mirándolo con intensidad.

—Dime algo Inuyasha, aquella noche…—murmuro tomando aire para seguir, asegurándome que él me estaba escuchando—cuando dijiste que no estabas preparado y no querías cometer una estupidez, ¿la estupidez era yo verdad?—dejo salir apenas audible, sintiendo el dolor tremendo que me causaba pronunciar eras palabras, pero aún más la preocupación de lo que él pudiera contestar.

Él levanta de golpe su rostro, mirándome como si fuera la primera vez que lo hacía, espero algunos segundos esperando que dijera algo, que se defendiera, lo que sea, pero al continuar su mutismo, solo soy capaz de agachar la cabeza, intentando cubrir con mi fleco mis tristes ojos, que en este momento liberaban lágrimas a más no poder.

—Entonces así era, entonces…¿Por qué te casaste conmigo?,¿ porque no me advertiste antes de que se cerrara el pozo?—hago una pausa esperando ilusamente que él me detuviera— ¿porque me besaste?—agrego levantando mi rostro de golpe, viendo como él me mira de manera desencajada y sin contestar nada.

Pese a mi dolor, logro una sonrisa irónica y me aventuro a terminar la conversación.

—Ahora se la respuesta…¿nunca la olvidaste no es así?—murmuro de manera siniestra escrutándolo con la mirada, y al percibir el notable sobresalto de su cuerpo mi pregunta fue respondida sin necesidad de palabras.

—Kagome yo…—intenta formular antes de ser interrumpido de manera brusca de mi parte.

—No es necesario que digas nada, ya todo está claro, entiendo que el estar casados es un error, pero te aviso que para tu tranquilidad al no estar consumado el matrimonio no es válido y por lo tanto no existe—explico de manera triste manteniendo en mi rostro una sonrisa forzada pero para contraste mis ojos que no dejaban de contener las lágrimas que clamaban por ser liberadas e incluso algunas llegaban a escaparse, pero eran borradas con violencia con mi antebrazo.

—Kagome, no, eso quiere decir que…—susurra de nuevo siendo interrumpido por mí.

—Sí, así que no te preocupes, una vez que me vaya de esta casa que nunca ha sido mía, tendrás toda la eternidad para seguir pensando en ella—hago una pausa, tragando con dificultad el enorme nudo en mi garganta—a la única mujer que has amado en tu vida—finalizo terminando de ponerme correctamente el zapato y darme la vuelta deslizando por completo la puerta, pero antes de cruzarla por completo, me detengo y lo miro de reojo, permitiéndole ver las gruesas lágrimas que recorrían mi rostro.

—Entiendo que esa noche no quisiste continuar, porque temías que al terminar gemirías el nombre de alguien que no fuera yo ¿no?—agrego de manera quebrada, sonriendo con una tremenda dificultad, cerrando los ojos de manera triste dejando correr sin preocupación mis lágrimas.

—Espero que seas feliz Inuyasha, mañana daré el aviso de que nuestro matrimonio está anulado y después no volverás a verme jamás—finalizo dejando escapar un tremendo sollozo después y cierro la puerta de golpe sin esperar una respuesta de su parte, y me alejo corriendo de aquella infernal casa, al pasar por el jardín me doy cuenta que está lloviendo a cántaros pero me importa muy poco y abro con dificultad el pesado portón, corriendo como desquiciada, ignorando por completo que a lo lejos me vieron pasar un par de sombras.

Solo deseo alejarme lo mayor posible de aquí, de él, quiero morirme, desaparecer, no seguir sintiendo esto más tiempo. De repente una idea cruza mi mente, y detengo mi carrera, creo que he encontrado la solución al menos a uno de mis problemas. Con este pensamiento en mi mente, cambio de dirección con la esperanza de que lo que creo sea verdad.

Hola! Aquí tienen la continuación de esta historia, lamente de verdad la tardanza, pero digamos que me estanqué un poco y no encontraba como continuarla, había perdido un poco el hilo de la historia, pero TARAN! Aquí esta, ya tengo terminado el siguiente capítulo, y saben qué? Haré un pequeño uso del chantaje, si me dejan 5 comentarios publicaré el sábado, si me dejan diez el viernes, y si son más, ¡mañana!

Jejeje imagino que dicen *inche vieja interesada, pero es que me tiene medio preocupadilla el que se hayan olvidado de esta historia, el siguiente capítulo romperá la regla de que mis historias son contadas desde el punto de vista de Kagome, será contado desde el de Inuyasha.

Espero sus comentarios…

Besos