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Compañía


A esas horas de la mañana todavía faltaban dos para el pronóstico del tiempo de Ketsuno Ana y por lo general él tenía la costumbre de dormir hasta que Kagura lo llamaba, avisándole que iba a perdérselo.

Trató de reprimir el bostezo ante el asistente personal del shogun, un viejito que a simple vista parecía tratarse de una momia.

—Espere aquí, por favor.

Gintoki asintió, pensando que todo era un coñazo. Quería desayunar y volver a casa pero se figuraba que todo el protocolar duraría mucho más. Le convenía ir acostumbrándose a esas formalidades.

Se sentó en los almohadones y una vez que se quedó solo, liberó el bostezo, al mismo tiempo que escuchaba el sutil deslizar de la fusuma y, lo que parecía ser el tambor de un arma. Por instinto se puso de pie y a la defensiva, al mismo tiempo que una bala le rozaba la mejilla.

Sacó el bo que tenía en la cintura con una celeridad envidiable y arremetió contra el hombre sin preguntarse ni fijarse en quién era, pero debido a la venda que le habían puesto tras la ceremonia como nenja, el bo se le deslizó unos milímetros que hubieran sido fatales de ser centímetros. Tuvo tan mala suerte que su espada de madera siguió de largo rompiendo el papel de arroz y golpeando a quien estaba detrás de ella, tratando de entrar.

—¡Shogun-sama! —gritó Gintoki entre dientes al ver a la pobre víctima caer de espaldas al suelo.

—Oh —murmuró Matsudaira guardando el arma—el Ôbangashira ha atentado contra el shogun. Mátenlo.

—¡No, no, no! —Gintoki veía con alivio que el Shogun gozaba de sus cinco sentidos mientras era ayudado por sus escoltas a incorporarse—¡Fue tu culpa! ¡Tú empezaste atacándome por la espalda!

—Matsudaira-san —musitó el Shogun frotándose la frente, el golpe había sido en la cabeza y se sentía mareado—, déjelo, por favor.

—Entiéndeme, Sho-chan, es mi deber probar la hombría de quien será el Ôbangashira.

—¡Disparando sin aviso no es una forma de probar hombrías! —reprochó Gintoki—¡Es solo una forma de hacer cadáveres!

—Durante años no ha habido un hombre digno que ocupara ese título, ¿y de un día para el otro aparece? —torció una sonrisa de descreimiento.

—Discúlpelo, capitán Sakata —rogó el Shogun mirando con ecuanimidad la figura impresionada del hombre.

Gintoki, por respeto, se arrodilló ante él aceptando su sino. Si debía morir por haber atentado contra el Shogun, no se opondría. Aunque, si lo miraba en retrospectiva, Shigeshige había sido su víctima tantas veces que ni la vida de los gatos le alcanzarían para pagar tremenda falta.

—Hazte el seppuku —ordenó Matsudaira arrojando una wakizashi a sus pies.

—Fue solo un accidente —con un gesto, el Shogun ordenó que se llevaran el arma y detuvieran un innecesario ritual, no pretendía quedarse sin capitán antes del nombramiento—. ¿Ha quedado satisfecho, superintendente?

En respuesta, Matsudaira hizo una mueca despreciativa y se dejó caer sentado sobre el sillón con despreocupación. A decir verdad sí, sí había quedado altamente satisfecho por el desempeño del joven, pero nada por lo cual sorprenderse, después de todo medio Edo conocía las habilidades de Gintoki Sakata y si no podía advertir una bala en un el mismo lugar en donde estaba el shogun, entonces no sería digno de cederle la custodia de este.

—Quiero que trabajen juntos —Shigeshige miró a Gintoki, quien se puso de pie prestándole atención con seriedad. Guardaba silencio como si temiera decir algo insensato; fue un gesto que le pareció acertado y prudente, eso le agradó más de él—. Katakuriko Matsudaira es alguien de mi entera confianza.

—Lo entiendo, trataré de trabajar con este loco. Si no me mata antes —se pasó la mano por el cabello, despeinándose.

Vaya manera de despertar de su sopor matutino, sentía que había tomado cinco litros de café y no, solo había sobrevivido a los instintos asesinos del superintendente, responsable directo del Shinsengumi.

—Él está al tanto de tu función y tratará de mantenerte informado mediante Isao Kondo.

—Bien —dijo Matsudaira poniéndose de pie, la presentación había llegado a su fin y todavía tenía el día por delante para torturar gente—, seguiré con mi trabajo.

Todos, incluidos Shigeshige, sabían que eso no significaba otra cosa más que su usual visita al Club Sonrisa. Antes de desaparecer por la puerta rota y dejarlos a solas, volteó y señaló a Gintoki con el dedo.

—Si me llego a enterar que corre peligro por tu incompetencia, ve despidiéndote de tus bolas.

—Entendido —correspondió Gintoki con apatía, alzando las cejas y metiéndose un dedo dentro de la nariz para dedicarle su mejor mirada de pez muerto, o dormido.

Una vez a solas les dio una orden a sus asesores que Gintoki no supo adivinar. Luego miró al samurái, amedrentándolo con tan solo su presencia. Sospechaba que dudaba de hablar o actuar en desacorde con la persona que estaba frente a él.

—Discúlpalo —pidió Shigeshige refiriéndose al hombre que era una figura importante para él en su vida—, es un poco sobreprotector.

—Como todo padre —terció Gintoki con socarronería, borrando de inmediato la sonrisa al darse cuenta de que no debería hablarle con tanta soltura al Shogun.

—Por supuesto que él no sabe nada de la predicción de Okuni. Muy poca gente está al tanto, así que te pido discreción al respecto —. Con el gesto de estirar el brazo lo invitó a pasar a otro cuarto cuya fusuma abierta permitía advertir que era uno personal—. Por favor, desayuna conmigo.

Gintoki lo miró con una expresión que no parecía ser de sorpresa, sin embargo se quedó en el sitio, contrariado. Dio un paso al frente y miró al único asistente que quedaba preparando la pequeña mesilla para desayunar.

Pensó, no sin desatino, que no podría probar bocado. Sentiría que cada trozo se le atoraría en la garganta. ¿Desayunar con el Shogun? ¿A qué se debía ese honor? Era algo muy íntimo, pero no estaba dispuesto a contradecir los deseos de su eminencia. Siguió a Shigeshige cuando este asintió con la cabeza, invitándolo a pasar de nuevo.

Volvía a decirse que tendría que empezar a acostumbrarse a gozar de ciertos privilegios, inmerecidos para alguien tan mundano como él. Era evidente que el Shogun, por otro lado, pretendía crear cierta atmosfera de informalidad para tocar temas pertinentes a la par de los personales.

El silencio entre ambos era tan tenso que se podía palpar; se sentaron enfrentados, mirándose como si estuvieran reconociéndose. A Shigeshige le gustó ver franqueza y fiereza en esos ojos negros; decían mucho de la persona que los portaba.

A tiempo Gintoki supo reaccionar, tomó la tetera y sirvió el té, para luego llenar su taza hasta la mitad. En toda la inexpresividad del Shogun, este mostró un gesto visible: sonrió. Le había causado simpatía la muestra de educación, sin dudarlo había tenido clases de protocolo y ceremonial en el pasado.

—Has tenido un buen sensei —dijo, y Gintoki levantó la cabeza mirándolo, no con dureza, pero sí con cautela. ¿A qué se refería? La imagen de Oboro lo golpeó de lleno—. Pero la próxima vez el té lo serviré yo; no es necesario que seas tan formal cuando estamos a solas —señaló el cuenco con arroz y la mesa, llena de pescados y otras exquisiteces—Come lo que quieras, no te prives.

—No merezco estos manjares, señor.

—Te lo ruego.

Gintoki se sintió incómodo ante la idea de hacerle rogar al Shogun, así que acató la orden probando cada una de esas delicias ante su divertida mirada. Ese hombre tan serio y taciturno mostraba una faceta mundana y despreocupada. Luego de comer como un desaforado, Gintoki se estiró hacia atrás palmeándose el vientre lleno y un eructo escapó de su boca.

—Mis disculpas —se excusó sin sentirlo en verdad. Si estuviera ante Kagura y en casa, ni siquiera hubiera mostrado esa pequeña cuota de urbanidad. La mención implícita y cuidadosa de Shôyô-sensei, le trajo a la memoria el asunto que quería tocar con Shigeshige. Lo miró y carraspeó—Sobre la predicción- —el Shogun agitó una mano indicándole que no era necesario, pero para Gintoki sí lo era, y continuó—, he estado pensando. Permítame hablar, por favor —al ver que asentía, continuó—, no soy el único samurái con este color de cabello.

—Es lo mismo que Jiiya me ha dicho —reconoció—, lo cierto es que tu cabello es muy particular —la sonrisa fue tímida y efímera—. No es que desconfíe de ti, tampoco lo hago de la clarividencia de Okuni, pero considero que es injusto ejecutar a un hombre por un crimen no cometido. Menos que menos un hombre que todavía puede dar mucho más de lo que ya dio por Edo —tomó un sorbo del té y comió con fineza de su cuenco.

—No sé, no entiendo- —se trabó con sus palabras, incapaz de encontrar la manera de hablarle correctamente sin ser irrespetuoso.

—Adelante, no dudes en ser sincero conmigo. También puedes tutearme, tenemos casi la misma edad…

—Pero usted es… —calló, con una sonrisa irónica en los labios—lo que quiero decir es que… no logro entender por qué tiene tanta confianza en mí. Jiiya me habló de los logros y todo eso, pero…

—Hay algo que no te convence —al ver que asentía, Shigeshige dejó de lado el cuenco para limpiarse la boca con una servilleta antes de empezar a explicarle—. Estoy al tanto de tu participación en la guerra y por eso, porque sé que has sido parte de ella, tengo fe en que sabrás lidiar con un eventual ataque — perdiendo la mirada en el suelo, y plantando un gesto diferente al ameno que lucía antes, ahora parecía preocupado—, Jiiya me habló… cree que soy ingenuo, pero sé que alguien como yo no puede fiarse de aquellos a los que llama aliados. Al menos no del todo.

Gintoki tuvo un gesto parecido al del Shogun: perdió la mirada, empático.

—Debe ser difícil estar en su lugar, más aún en una situación como esta. Edo todavía no se ha curado de las heridas de un pasado, que no es muy lejano si nos ponemos a pensar —asintió—, todavía es muy reciente. Quiero decir —quedó a la mitad de la oración, porque el Shogun lo miró y no se sintió capaz de seguir hablando con tanta soltura.

—Me debes la vida —afirmó, mirándolo con intensidad—, me has jurado lealtad.

—Así es. Prometí protegerlo —murmuró—y yo no hago promesas a la ligera. Menos cuando se trata de proteger lo que considero importante.

—Sé que cuento contigo y que tus principios son firmes —inspiró aire—, aquí dentro se entretejen conspiraciones a mi espalda. Sé también que muchos no quieren que yo ocupe este cargo, me consideran joven e inepto.

—No lo es, ha demostrado ser capaz de cuidar al pueblo, en la medida que pudo y en la que los Amanto se lo permitieron. Su era recién acaba de comenzar, no se precipite.

—Pero me temo que termine pronto.

Gintoki no le preguntó a qué se refería con ello, Maizô ya le había comentado que no gozaba de buena salud. Sin embargo fue el mismo Shogun quien continuó con la plática, como si estuviera murmurándoselo a sí mismo.

—Buscan sustituirme, el shogunato sigue dividido por dentro, la mitad está de acuerdo con que yo siga siendo el Shogun, la otra mitad pretende que lo sea Hitotsubashi. No lo considero mi enemigo, pero sé que como todo siga así, pronto lo será… —negó con la cabeza, su gesto de aflicción apenas era visible para el ojo experto y atento—Sin herederos a la vista, no necesitarán siquiera derrocarme por la fuerza. El Tendoshu estará de acuerdo en sustituirme por él.

Suspiró, todo ese asunto le angustiaba aunque quisiera dejarlo para más adelante. Como solía aconsejarle Jiiya: "No te preocupes por esos asuntos, todavía eres joven, pronto tendrás una concubina", su problema no pasaba por ello.

En la otra cara de la moneda encontraba que su principal rival no solo ya contaba con dos esposas, sino que también buscaba engendrar, lo que sería la carta de triunfo. Cuando sucediera, el shogunato caería sobre él.

—¿Está usted enfermo, Shogun-sama? —Al final había mandado al demonio todo sentido de prudencia.

—Sí.

—Entonces deberá apresurarse en conseguir una concubina —agachó la cabeza, rindiendo pleitesía con el gesto—, lamento ser tan sincero: pero si casándose ahorraría los disgustos del shogunato, debería considerar emplear energías en ello. El heredero vendrá con el tiempo. Y así dejará contento al Tendoshu.

Shigeshige sonrió complacido al palpar tanta sinceridad, pues Gintoki le habló con respeto, pero sin miedo, incluso sabiendo que podía pecar de osado por inmiscuirse así en la vida privada de quien era el Shogun.

—No es ese el problema —vio que el samurái levantaba la cabeza mirándolo con desconcierto, quizás sorpresa—, en este preciso momento de mi vida no… soy capaz de servir a una mujer —explicó con calma, no sin incomodidad—, por mucho que quiera y por mucho que Matsudaira-san ponga empeño en instruirme sobre el arte de amar mujeres.

—Oh —murmuró, tragando saliva. ¿Qué podía acotar en un momento semejante, ante tamaña confesión? Lo peor, para Shigeshige, era que dentro del castillo se corrían rumores al respecto. Eso avivaba aun más las lenguas viperinas que buscaban excusas para destituirlo.

—Y Soyo además de ser mujer, todavía es una niña. Se podría decir que mis esperanzas están depositadas en la princesa —decirlo en voz alta le hizo reparar en lo triste y patético que era, como Shogun, depender tanto de una niña.

—Bueno, pero las niñas hoy en día se desarrollan rápido —dijo a modo de consuelo barato, porque seguía sin encontrar su centro para dialogar con fluidez.

—Lo sé, sé que en un par de años Soyo estará lista para concebir. El asunto es que no sé si podré darle tiempo —abrió la boca, con el fin de seguir hablando, pero pareció dudar—, es por eso que necesito ganar tiempo.

—Mientras yo esté aquí siendo el Capitán de la Gran Guardia, no permitiré que le pongan un dedo encima —afirmó con tono monocorde—, es mi deber para con usted. Así que despreocúpese: si necesita ganar tiempo, yo se lo daré.

—Gracias —Shigeshige fue inmensamente sincero con su gratitud—. En verdad eres el hombre que me figuraba que serías. Cuando hablas, tus palabras suenan como las de un líder —lo miró con aprobación—, sé que lograrás unificar y sacar adelante al ejército. Sea para frenar una invasión o mi destitución.

Gintoki no era de los que caían en falsas adulaciones en momentos tan claves como aquellos o en épocas belicosas, sin embargo así como el Shogun sabía a ciencia cierta que era sincero, él también podía afirmar lo mismo de Shigeshige; en verdad creía en su capacidad.

—A la tarde tendremos otra reunión y allí seguiremos conversando al respecto —aseguró Shigeshige—, de momento te daré un cuarto, aquí mismo —la referencia era clara, Gintoki ocuparía un lugar preferencial dentro del castillo, dormiría en las inmediaciones, muy cerca del Shogun para garantizar su seguridad. No se atrevió a mencionar a Shinpachi, pero Shigeshige mismo pareció adivinar sus inquietudes—. El joven…

—Shimura —respondió—, Shinpachi Shimura.

—Shimura tendrá también un lugar en el castillo. Los fines de semanas podrán salir —especificó—, es necesario que ustedes sigan con la rutina en la medida que sea posible. Tu posición es controversial y preferiría que se mantenga en secreto tanto como se pueda.

—No se preocupe, tendrá discreción de mi parte y de Shinpachi.

—¿Tienes familia? —preguntó de la nada, Gintoki lo miró, percibiendo el forzado cambio en la conversación.

—Pues… vivo con una niña y… un perro grande —fue dubitativo, de una manera que le causó gracia a Shigeshige, mas su rostro permaneció inmutable e impasible.

—Espero que comprendas las limitaciones del trato.

—Lo entiendo —aseguró con rapidez y torpeza. Había sido un sutil intento para traer consigo a Kagura y Sadaharu al castillo, pero era evidente que el Shogun no podía generar más descontento con sus decisiones arbitrarias.

—Podrás salir cada fin de semana —reiteró—, así como cada vez que lo creas pertinente.

En algunas ocasiones se vería en la necesidad de salir al exterior para tratar asuntos personales o participar activamente de las operaciones llevadas a cabo. El Shogun quería dejarle en claro que no era su preso, que tendría libertad, pero que exigía mantenerlo al lado, por su propia seguridad.

—Si no tienes familia, supongo que tampoco pertenecerás a ningún clan —preguntó, mientras el hombre negaba retraído—, ¿cuentas con un dôjô?

—Pues… Shimura —carraspeó, había llegado a un punto difícil, pero se decía que no debía sentirse así, después de todo eran los caprichos del Shogun, él jamás le había mentido, por el contrario, le había dejado en claro, tras las rejas aquella noche fatídica de la predicción, que él era un pobre ronin, sin nada—. Su familia tiene un dôjô… Kôdôkan —detalló—. El estilo tendo mushin no tiene nada que envidiarle a otros estilos, es limpio y elegante en cuanto a técnicas.

—Lo sé, he investigado un poco sobre el dojo Kôdôkan y el linaje Shimura, solo que-

—El dôjô no es mío —habló con rapidez, tratando de aclarar cuanto antes ese punto importante—, pero Shimura, como wakashu mío, está dispuesto a cedérmelo.

—Creo que el título de teniente le sentaría mejor que el de wakashu —opinó con tacto—, después de todo es lo que será, ¿cierto? Tu mano derecha.

—¿Señor? —frunció el ceño, notando cierta intención irónica o punzante en la sugerencia. Pese a que Shigeshige era muy inexpresivo por naturaleza, Gintoki era de los que podían ver a través del cuerpo.

—Me di cuenta —la risa apenas se materializó—, que todo fue una actuación.

Le sirvió más té, logrando que por la ansiedad, el nerviosismo de lo dicho y la evidencia, Gintoki actuara con torpeza. Levantó una mano para evitar semejante atropello de su parte, y servir el té en lugar del Shogun, llevándose por delante la pequeña jarra con agua, volcándola. Limpió aún con más ineptitud, sin disculparse, tratando de hallar en su mente las palabras correctas a soltar en un momento como ese. Le había mentido al Shogun y eso era imperdonable. No pretendía perder su confianza cuando apenas se la había ganado. Ni tampoco quería morir por ello.

—Señor, no sé qué decirle —confesó, se daba cuenta de que persistir en sostener la mentira sería contraproducente.

—No hace falta que digas nada —le tranquilizó—. No solo yo me di cuenta —le advirtió, para su sorpresa—, me parecía que debías estar al tanto, para no confiarte en el Rôjû.

—No entiendo cómo…

—Oh, claro —habló con calma, apenas imprimiéndole emoción a las palabras—, el ritual fue llevado a cabo y eso lo hizo creíble, pero los ojos de aquellos que son samurái honrados no mienten. No saben hacerlo.

En pocas palabras el Shogun le estaba diciendo que habían podido ver en la expresión aterrada de Shinpachi y en la contrariada de él que llevaban a cabo la ceremonia por obligación. Shigeshige fue arriesgado, porque había sido solo una ligera sospecha instalada por su Consejero Veterano más viejo, Mitsunari Sekigahara. Hasta que el zorro blanco y astuto no se quejó y lo murmuró, Shigeshige no había desconfiado.

Jiiya podía tener algo de razón en decir que tendía a fiarse con relativa facilidad, no obstante quería conocer los motivos del hombre para timarlos, en el fondo creía entenderlo.

—Yo… lo lamento, es solo que Shinpachi, para mí… es como un hermano.

Shigeshige asintió, comprendiendo muy bien ese sentimiento.

—Confías en él ciegamente.

—Así es, y no quería…

—Habla con franqueza, por favor —lo animó al verlo titubear tanto.

—No quería prescindir de él, ni tampoco quería meterlo en problemas por mi capricho.

—Es noble de tu parte —asintió—, y has actuado a consciencia. Sin embargo, si temías que alguno lo cortejase, nada más debías hablarlo conmigo. Pediré que no lo molesten. Ten presente conversar conmigo de estos asuntos, quiero garantizarte seguridad.

—Gracias, pero no se trata de eso, después de todo Shinpachi es su propio dueño, yo no puedo decidir por él. Sin embargo todavía es joven y temo que su inexperiencia lo lleve por malos caminos —sonrió con afecto.

No podía evitar protegerlo, aunque supiera que no siempre podría estar a su lado velando por él, que tarde o temprano Shinpachi tendría que aprender a cuidarse solo y si bien lo hacía, le nacía de manera natural el querer asegurarse de su integridad, en todo sentido.

—¿Y es competente para el puesto de teniente?

—Oh, sí —afirmó con plena certeza—, quizás no lo parezca, pero es un excelente samurái. Como ya dije: lo único que le juega en contra es su inexperiencia, pero estando a mí lado la adquirirá poco a poco, yo me encargaré de instruirlo.

—Comprenderás que él pasará a ocupar un puesto relevante y que por lo tanto deberá estar más que capacitado.

—Sí, y como tengo plena confianza en sus capacidades, pese a sus pocas primaveras, tenía en mente valerme de su dôjô para reclutar hombres. En la reunión de ayer se habló al respecto, pero me limité a escuchar, no a opinar.

—Entonces… —Shigeshige tomó la taza para beber lo último que le quedaba de té, escondió tras ella una mueca. No parecía estar dispuesto a tratar asuntos aburridos de la milicia, quería enfocarse más en aquellos asuntos mundanos sobre los que no podía conversar con los demás— ustedes dos no son… caminantes de esa senda.

Había sido una manera educada de tocar el tema.

—No.

—Y aun así —caviló—, no dudaron en llevar a cabo la ceremonia.

—N-No —titubeó, acaso el Shogun ¿se lo reprocharía? ¿Lo tomaría como una ofensa a la doctrina?

—Es envidiable —para su sorpresa fue todo lo contrario; ahí estaba Shigeshige, maravillándose—, el lazo entre ustedes, entonces, debe ser en verdad fuerte.

—Sí, lo es —respondiendo sonriendo por un breve segundo.

Comenzaba a recapacitar en ello de nuevo, en cuestiones a las que él no le ponía especial interés, al menos no como la mayoría de los samurái. Sin embargo comprendía que lo que maravillaba al Shogun ere ese nivel de compromiso entre quienes solo tienen una relación fraternal.

No dudaba en decir que el cariño que se tenían era mutuo. De alguna manera, su lazo con Shinpachi y Kagura parecía ser kármico, y podía poner en esa misma bolsa a todas las personas que lo rodeaban, en especial a Sadaharu y a Otose.

—Soy la clase de hombre que no es fuerte sino tiene algo qué proteger —explicó perdiendo la mirada, estaba sincerándose con el Shogun sin percatarse del detalle—, estuve débil durante muchos años… hasta que los conocí a ellos… a Otose, a Shinpachi y a… —levantó la mirada, volviendo poco a poco a la realidad—. Lo siento, estaba hablando de más.

—Sigue —lo animó—, quiero conocerte mejor, así que no dudes en compartir tus pensamientos o sentimientos, por muy frívolos que los consideres —irguió la espalda, antes de confesarse, sentía que era su turno para hacerlo—: no tengo amigos de mi edad aquí adentro, ni tampoco puedo salir. Así que será bueno tener alguien con quien conversar.

—Para mí sería un placer —correspondió Gintoki, incapaz de poder negarse a nada que saliera de él.

—Cuando te instales aquí, pasa a conversar conmigo, por favor.

Gintoki asintió, presintiendo que ese pedido simbolizaría mucho más de lo que era: problemas, rumores, conspiraciones. Suspiró y, contrario a lo pedido por el Shogun, esa vez -como en tantas otras ocasiones lo haría- no compartió su pensamiento.

Le había agradado el samurái, porque pese a hablarle como lo hacía la mayoría, con el respeto que representaba su título honorífico, también había sabido tratarlo como a un igual, sin ese temor reverencial que creaba una barrera entre él y la gente. Sentía que la presencia de Gintoki contribuiría a disipar su soledad.