El primer día de clase no lo olvidaré jamás. Los nervios afloraron en mi piel durante todo el día. Antes de ir a la estación de tren, mi madre me ayudó a preparar el baúl y la jaula de mi querido Shine, un pequeño autillo que estuvo junto a mí doce años.

-Que no se te olvide abrigarte. Y escribe todas las semanas. Atiende en clase y haz muchos amigos.

Puse los ojos en blanco. Siendo una niña, no entendía por qué me repetía una y otra vez todas esas indicaciones. Con los años fui consciente de la preocupación de una madre primeriza la cual lleva por primera vez a su hija a una escuela un tanto peculiar.

-Tranquila mamá, tendré cuidado. Y te escribiré todos los días-dije con una enorme sonrisa, antes de abrazar con fuerza a mi progenitora. Mis padres me llevaron en coche hacia la estación de tren que se ubicaba en la capital italiana, Roma. De los nervios que tenía no me fijé mucho en aquella fantástica ciudad.

Subí al tren, llevando a Shine en el hombro. Me metí en el primer compartimento que vi y me asomé a la ventana. Mi padre se acercó con la emoción a punto de romper en sus ojos verdes almendrados.

-Hija, estamos muy orgullosos de ti. La magia no es sólo trucos y pociones. La magia reside en tu interior. Escúchala y deja que te guíe.

Aquellas palabras quedaron grabadas en mi mente para siempre. El consejo de mi padre lo puse en práctica, aunque he de reconocer que encontrar la magia en mi interior era muy, muy difícil. Pero al final lo conseguí y esas palabras las fui transmitiendo a varias generaciones de alumnos que pasaban por mis clases.

-El consejo de Mark…-susurró, dejando escapar una leve sonrisa de sus finos labios, recordando la inmensidad de veces que la anciana repetía aquellas mismas palabras. La joven, en sus años de Hogwarts, le gustaba sentarse con Sarah dejando que el silencio las envolviera a ambas, para así buscar la magia que guardaba en su corazón. Esos momentos le servía también para desconectar del mundo y buscar la paz en su alma…

Mi mirada se dejaba llevar por el vaivén de las colinas que pasaban a toda velocidad por la ventana. Mi mente albergaba muchas preguntas típicas de una bruja novata en el mundo de la magia. Conmigo estaba sentada Isabelle, mi mejor amiga, que para sorpresa mía también era una bruja.

-¿Cómo crees que serán las clases?-preguntó, despertándome de mis ensoñaciones.

-Pues… serán como las del colegio ¿no? Sólo que con magia.

Ambas rompimos a reír ante la evidencia.

-Lo sé tonta-respondió colocándose bien la túnica que le venía un poco grande, pues era de segunda mano-Pero ¿qué nos enseñarán? O sea, ¿usaremos ya las varitas? ¿Hechizaremos a alguien?

-¿Te imaginas que hechizamos a la profesora?-dije imaginándome la escena, divertida.

-Anda que… Sarah Evans ya está ganándose su primer castigo en el colegio sin haberlo pisado todavía…

Ambas reímos de nuevo. El camino hacia la escuela de hechicería se me hizo bastante ameno. En cuanto llegamos, hicimos las pruebas para saber cuál talento prevalecía en nosotros. A Isabelle la asignaron en Valore y a mí, como he dicho antes, en Intelligenzia. El hecho de estar en dos casas diferentes no hizo que mi amistad con ella desvaneciera.

Mis años en el colegio fueron bastante productivos. Sacaba una nota media considerablemente buena y en ningún momento recibí castigo alguno por parte de mis profesores, como predijo mi amiga en el tren. Allí hice muchísimos amigos, entre los que destacaban Angelo Varone, Henrietta Saboya, Petra di Belle, Enrico Macchi y Francesca Andreotti. Junto con Isabelle, formábamos parte de la coral del colegio.

Nunca he presumido de tener una voz bonita, es más, en el coro siempre tocaba el violín, instrumento en el cual he sido instruida desde que tenía uso de razón. Mi madre era compositora en la banda del pueblo, por lo que mi vida estaba ligada, por así decirlo, a la música. En ella encontraba siempre un refugio cuando mi alma se veía atormentada por la preocupación o la tristeza, consiguiendo sacarla adelante y llevándola hacia la luz.

En fin, prácticamente, mis años en el colegio fueron los mejores de mi vida. En verano, volvía a casa. Mi padre siempre aprovechaba las vacaciones veraniegas para ir a visitar a su familia en Inglaterra un mes, siempre en Julio. Su hermano vivía en una pequeña ciudad situada en el centro del país, Cokeworth. He de admitir que esa ciudad me daba un poco de miedo. Era una ciudad industrial, con varias casitas alrededor de las enormes chimeneas que vomitaban humo todos los días. Mi tío trabajaba en una de ellas, siendo el gerente de la misma, por lo que mi tía y mis primas vivían en uno de los barrios más acomodados de la misma.

A pesar del pavor que me provocaba aquella ciudad, me encantaba ir a visitar a mis primas. La más pequeña, Lily, tenía mi edad y éramos prácticamente inseparables. También era una bruja, a pesar de que sus padres fueran muggles. Ella estudió en Hogwarts. Nos encantaba sentarnos en el jardín de su casa y hablar sobre las clases, los profesores, las casas… sobre magia y todo lo que ésta conllevaba. Jugábamos a ser grandes hechiceras que salvábamos el mundo de horribles trolls y criaturas que eran producto de nuestra imaginación. Lily era para mí la hermana que nunca he tenido.

No puedo decir lo mismo de Petunia. Ella no tenía magia en su interior y podía entreverse claramente los celos que le suscitaba este hecho. Siempre nos llamaba bichos raros y todo tipo de insultos despectivos. Nosotras, siendo unas niñas, nos picábamos con facilidad y acabábamos discutiendo con ella hasta que nuestros padres venían y nos separaban.

Una vez, en la visita anual que hacíamos a ese rincón de Gran Bretaña, estábamos Lily y yo jugando en una pradera que se extendían al lado del mugriento río de suciedad que destacaba en la ciudad. De repente, mi prima alzó la mirada y sonrió, levantando la mano, como si estuviera saludando a alguien. Dirigí mi vista hacia dicha posición y fruncí el ceño, sintiendo cierta sorpresa en mi interior. El que le devolvía el saludo no era más ni menos que un chico de cabello largo azabache, con ropa anudada en su cintura (pues le venía un poco grande). Tenía la piel cetrina, la cual brillaba bajo los rayos del sol. Su nariz aguileña y sus ojos oscuros como dos pozos sin fondo eran característicos en su rostro. En definitiva, era un niño bastante… peculiar.

-Sarah, te presento a mi mejor amigo, Severus.-dijo Lily, mientras el muchacho se acercaba con pasos tímidos hacia nosotras-También es un mago, como nosotras. No debes de tenerle miedo.

Cuando Severus se acercó, me lanzó una mirada un tanto desconfiada. Yo extendí la mano educadamente, componiendo una de mis mejores sonrisas.

-Hola, me llamo Sarah-dije-Encantada de conocerte.

Severus miró mi mano y luego a mi prima.

-¿Es una de nosotros?-preguntó con áspera voz. No entendí muy bien la pregunta, pero no le di mucha importancia.

-Sí, tranquilo, es también bruja. Estudia en Italia. Puedes confiar en ella.

Tras esas palabras, el niño, un tanto aliviado, estrechó su mano con la mía levemente. La verdad es que no era un chico de muchas palabras. En nuestros primeros años de colegio, siempre se venía con nosotras cuando escapábamos a la pradera huyendo de la lengua viperina de Petunia. Hablábamos de Hogwarts, sobre todo, y de los diferentes encantamientos que aprendíamos, comparando las enseñanzas en ambos colegios. También jugábamos a preparar pociones con ramitas y flores que nos encontrábamos por el campo o a lanzar hechizos con varitas imaginarias. Severus quizás no era del todo sociable, pero en las cosas que contaba siempre se podía ver que el muchacho era bastante inteligente, aunque su aspecto no le acompañara siempre.

Todo cambió en el verano de 1976. Lily y yo nos encontrábamos en la pradera, disfrutando del buen tiempo que nos acompañaba. Ambas habíamos crecido considerablemente. Lily tenía un pelo cobrizo precioso, que siempre iba a juego con un vestido recto que resaltaba sus curvas ya formadas. En cambio yo, tenía el pelo caoba, recogido siempre en una coleta, y vestía con pantalones vaqueros y blusa. La niñez que se hacía presente apenas un año había desaparecido, dando lugar a rasgos de mujer los cuales llamaban la atención a todos los chicos que nos cruzábamos por los pasillos del colegio.

-El año que viene será nuestro penúltimo año en el colegio…-dijo Lily, exhalando un profundo suspiro. Asentí con una sonrisa, apoyando mis manos en la manta que siempre nos llevábamos para no mancharnos con el césped.

-¿Sabes ya lo que quieres estudiar?-pregunté sin dejar de mirar el río pasar en frente nuestra.

-Me gustaría meterme en la academia de aurores, o en su defecto, como sanadora-sonrió y me miró-¿Y tú?

Medité la respuesta unos segundos. Nunca tuve problema para elegir lo que quería estudiar tras el colegio.

-Me gustaría estudiar en la Universidad Mágica de Turín algo relacionado con la música.

-¿Y por qué no estudias conmigo para ser auror?

-Pero es muy peligroso ¿no?

-No lo es tanto, piensa en las vidas que salvaremos venciendo al mal y… a la oscuridad…

Esas últimas palabras estaban teñidas de tristeza. La miré interrogante. Sospechaba que tenía algo que ver con Severus, pues a partir de aquél verano no le volví a ver, ni le oí mencionarlo en ningún momento.

-¿Ha ocurrido algo?

Lily negó con la cabeza, apareciendo una sombra en su mirada escarlata.

-No, nada…

-Claro que sí. Puedes contármelo…

Mi prima suspiró pesadamente, recostándose sobre la manta.

-Es Severus. Desde principio de curso ha estado bastante raro conmigo... Siempre hablaba de sus nuevos amigos con devoción y me contaba las cosas que hacían en unas reuniones que organizaban todas las semanas. Un día, descubrí que todo aquello estaba relacionado con artes oscuras…-hizo una leve pausa. Mi sangre se heló cuando escuché aquellas palabras. ¿Severus, el niño introvertido, siendo seducido por las artes oscuras?-… Después de un examen para el TIMO, unos impresentables de mi casa comenzaron a meterse con él… fui a defenderle y me llamó de una forma horrible…

-¿Cómo te…?

-Sangre sucia. Hija de muggles. Para su grupo de amigos soy una traidora de la sangre. Una bruja que no se merece serlo. Si lo dijo, es que él también estaba convencido de que lo era. Y eso me dolió bastante…-su voz se quebró.-Ya he roto lazos con él. Si quiere seguir ese camino, es libre de hacerlo… pero yo no le voy a acompañar…

-Vaya… lo siento mucho…

-Tranquila… es un idiota. Por eso me gustaría ser auror. Quiero vencer esa oscuridad que se ha llevado a mi mejor amigo…

A partir de ese día, la idea de ser auror me rondaba constantemente. Me sorprendió bastante cómo la maldad podía conquistar cualquier corazón de forma rápida y fácil, arrancando la bondad de éste y dejando lo peor de cada uno. Tenía los requisitos necesarios para poder ingresar en la academia, a decir verdad.

Al final acabé entrando, con Lily. Juntas cerramos la etapa escolar y abrimos otra nueva hacia el futuro.

Alzó la mirada y se frotó los ojos ¿El Severus del que hablaba era el antiguo profesor de pociones de Hogwarts? Esa duda se instaló en sucabeza. En una de las páginas que estaba leyendo, apareció una fotografía. En ella, una niña de pelo cobrizo sonreía junto a otra de pelo caoba. Con ellas también estaba un niño de cabello largo azabache, piel cetrina y nariz aguilucha. No sonreía demasiado, como si estuviera un tanto molesto al hacerle la foto.

-Sí… se parece a ese profesor…-susurró no muy segura de sus palabras.

El reloj comenzó a teñir la estancia con su pesado ding dong, anunciando la medianoche. El tiempo había pasado con rapidez. Levantándose, fue hacia las cocinas y se sirvió un vaso de agua. Sus músculos estaban un poco resentidos a causa de estar sentada en el suelo, por lo que fue hacia el sofá y se recostó en él. Abrió el volumen manuscrito por donde lo había dejado y siguió leyendo, embelesada por las palabras de Sarah.