Capítulo 3
Noté un brazo gélido aprisionando mi espalda contra una dura piedra mientras una mano agarraba mis cabellos y tiraba de mi cabeza haciendo perfectamente accesible mi yugular. Sobre ella podía sentir un invernal aliento mientras el mismísimo fuego de las profundidades del infierno se hacía paso por mis venas.
Intenté gritar de nuevo pero me fue imposible. Fuera lo que fuese lo que me estaba sucediendo me estaba como succionando la vida.
Mis ojos estaban como platos fijos en la soberana luna que contemplaba toda la escena sin pedir auxilio de ningún tipo.
Hice fuerzas para deshacerme de aquel abrazo clandestino que me estaba dejando sin fuerzas. Me mareaba mientras aquel intenso ardor se había quedado quieto como si no tuviese ya ningún lugar por donde recorrer. Ya no se iba avivando sino que se apagaba poco a poco a medida que me iba quedando sin respiración y los latidos de mi corazón iban a menos.
Me estaba muriendo. Lo sabía. En mi mente lo único que se había dibujado eran los ojos de aquella hermosa doncella que por un instante me habían mostrado el paraíso.
En el fondo quizá me merecía aquella horrible muerte porque mis planes habían sido destruir la vida de un ser puro e inocente como ninguno de los que antes había encontrado.
- ¡Eh, tú! -gritaron a mi espalda y aquella criatura que gruñía sobre mi cuello giró rápidamente su cabeza para mirar sobre su hombro.
Cuando los pasos se acercaron pude sentir como la presión que mantenía mi cuerpo aún en pie desaparecía. No tenía ni una pizca de fuerza con la que poder mantenerme erguido por lo que me desplomé sobre el suelo mientras mis ojos buscaban quien había sido mi agresor.
Vislumbré a los ojos una figura con capa negra que desaparecía a la velocidad del rayo mientras dejaba allí a su presa. ¿Qué me podía haber hecho? ¿Me había succionado la vida? Por aquel entonces cientos de rumores corrían por el poblado de mi y un criaturas que acechaban en la noche para matar a todo hombre, mujer o niño que no estuviese a salvo.
Intenté moverme pero sin éxito alguno. Mi cuerpo estaba rígido por completo y de mi boca no salían sonidos que pudiesen indicar a los allí presentes como me encontraba.
Podía aún seguir consciente pero desconocía por cuanto tiempo. El dolor iba en aumento. Mi sangre hirviendo se iba abriendo paso por mis venas como si estuviese mezclada con puro ácido. Noté como de mi frente comenzaba a salir sudor mientras intentaba gritar.
Aquel dolor era increíblemente insoportable. Sentí como cada centímetro de mi cuerpo iba siendo devorado por aquella mezcla explosiva que lo derretía. Tenía fiebre, fiebre alta y un volcán en mi interior. Si hubiese podido abrir mis labios sabía que de mi interior saldría puro humo negro. Me estaba calcinando internamente.
Miré asustado a mi alrededor mientras notaba como las venas de mi cuello se volvían más gruesas y mi cuello se quedaba completamente duro. No podía moverlo ni un solo ápice y notaba una intensa opresión en mi pecho. Mi cuello comenzaba a hincharse o al menos era la sensación que tenía porque se me hacía más complicado cada vez ser capaz de respirar.
Todo a mi alrededor me daba vueltas pero aquel intenso dolor me impedía desmayarme. ¿Cómo podía existir una muerte tan horrible?
- Ha sido atacado por la bestia -dijo uno de los hombres que estaban mirándome.
- Deberíamos llevarle a algún lugar para ver si pueden cuidarlo -concluyó un hombre que comenzaba a tomarme de los brazos.
- Pero que lo lleven lejos de aquí -bramó otro-. Ha sido atacado por el diablo. No sabemos lo que puede sucederle.
- ¡Ayudadme! -ordenó el único que parecía preocupado por mí.
Pude notar como me llevaban en volandas. Me habían agarrado por debajo de las axilas y por mis tobillos. ¿Cómo podían ser tan bruscos llevando a un malherido? Sentía como si tuviesen una fuerza extraordinaria y mis huesos los estuviesen rompiendo aún siendo eso imposible.
A lo lejos pude escuchar el ruido de los cascos que indicaba que un carruaje se estaba acercando.
Mi respiración cada vez era más lenta. Intentaba llenar mis pulmones por completo pero parecían tan pequeños que ni tan siquiera podían mantener en su interior un litro de oxígeno.
Veía como pequeños fogonazos mientras mi corazón latía cada vez más acelerado por el infernal calor que estaba llegando a él. Sabía que en instante que aquella sangre hirviendo entrase en mi corazón este no volvería a reaccionar.
- ¡Disculpe! -gritaron a la altura de mi cabeza.
- ¿Sí? -contestó una voz rasposa.
- Necesitamos que lleve a este caballero con las monjas. Está mal herido -respondieron a la altura de mis piernas.
- Póngalo detrás con el ganado -replicó el otro.
Noté la fría madera contra mi cuerpo y como nos poníamos en marcha. Ya nadie estaba a mi lado y en mi mente aún seguían aquellos preciosos pero tortuosos ojos azules. Iba a morir y en unos segundos.
Pedí a mi cerebro que moviese mis labios para susurrar un perdón por todo el daño que hubiese causado. Redimirse era la última esperanza de un moribundo.
Mis ojos se cerraron en el instante que el dolor me penetraba los tímpanos. Adiós, doncella. Fue mi último pensamiento mientras el ruido de cascos y los relinchos de caballos eran el marco de mi temprana muerte.
