Disclaimer: Los personajes pertenecen a Himaruya Hidekaz.
Advertencia: Relación homosexual. Mención de muerte y drama.
—¿Qué me dices? ¿Encontraste algo en tu incasable búsqueda por encontrar la verdad?
—Oiga, amigo, me he dado cuenta que en todo el rato que llevamos hablando, no sé tu nombre.
—No tengo uno. Ahora dime tus resultados.
—¿Sabías que la hamburguesa fue inventada en Alemania? Increíble, ¿no? Yo creía que era americana.
—Resultados.
—Ya, ya. Entiendo. Gez, qué pesado.
Silencio.
—¿Y?
—Solo lo básico; yo estaba conduciendo en mi auto cuando una camioneta nos impactó.
—¿Cómo estás tan seguro? ¿Y cómo me explicarías esa herida en tu hombro? ¿La magia de los reyes magos, quizás?
—Tenía una pistola en la guantera. Se disparó sola con el calor luego de que no chocara el hombre borracho.
—¿Así que ahora el conductor estaba borracho? Esa es nueva. Aparte, ¿no crees que es un poco ficticio esa historia de la pistola? Dame más crédito, no soy tan crédulo.
—No es mentira.
—"La mentira es verdad cuando todos creen en ella". Yo quiero pruebas, Alfred, no palabras. Las palabras son peligrosas y muchas veces insuficientes. Y las pruebas, esas pruebas que están ocultas en alguna parte, son las verdades que, aunque dejes de creer en ellas, no desaparecerán.
—Aún sigo sin creerme que el señor Kirkland sea tu padre —le comentó Alfred a Arthur.
Tanto padre como hijo arquearon una ceja y lo miraron severamente.
—¿Qué haces nuevamente en mi casa? —preguntó el señor Kirkland, entrecerrando los ojos sobre el borde rojo de la cubierta del libro.
—Arthur me invitó —exclamó Alfred alegremente, apuntándose e hinchando el pecho con orgullo—. Necesitaba que un héroe lo rescatara.
—Él está a salvo aquí.
—No cerca de usted.
El señor Kirkland alzó una ceja, bajó el libro y lo posó boca abajo sobre su regazo. Se arregló los lentes sobre la nariz con el dedo índice y lo miró críticamente. Estaban en la sala de estar; el padre de Arthur se encontraba sentado en la mesa junto a la librería, y Alfred junto al sillón, esperando a que Arthur se apresurara con su comida. Su compañero parecía disfrutar las disputas entre su él y su padre y se tomó todo el tiempo del mundo para ir a la cocina, llenar un plato con caldo caliente, y sentarse a almorzar.
—No inventes tonterías, Alfred —lo retó Arthur mientras se servía agua de un jarrón de cristal—. E intenta ser amigable.
Alfred apuntó al señor Kirkland con evidente resentimiento.
—¿Tienes alguna idea la clase de villano que es?
—No me lo puedo imaginar —Alfred no era un experto del tema, pero estaba bastante seguro de que Arthur acaba de ocupar el sarcasmo.
Arthur le preguntó a su padre si él y su madre ya habían almorzado. Alfred dejó escapar el aire de sus pulmones dramáticamente y se tiró sobre el sillón, provocando que los pocos lápices que llevaba al colegio traspasaran la tela de la mochila y del jersey gris y se enterraran en la carne de su espalda. Dio un salto.
Una risa femenina sonó detrás de él y el asiento a su derecha se hundió.
—Dejen de molestar al pobre Alfred, es nuestro invitado.
—Claro, cariño —respondió el señor Kirkland—. El único problema es que nadie lo invitó.
La señora Kirkland evitó las quejas de su esposo y miró a Alfred con un rostro desprovisto de cejas propias, pero beneficiado con un par de iris increíblemente verdes, encantadores y vivos. Alfred es consciente de que ella estaba enferma, pero su comprensión sobre el cáncer no llegaba lo bastante lejos como para saber qué tan enferma se encontraba. Si ella iba a quimioterapia porque ostentaba posibilidades de salvarse, o si simplemente lo hacía para alargar lo inevitable. No tiene el valor suficiente para preguntárselo a Arthur, y está seguro, de que, si lo intentara, él tampoco le respondería.
¿Esta ella aferrándose a la esperanza, a pesar de que esta tenía tintes de mentira? ¿O prefería ignorar su verdad?
Alfred presiente que esas preguntas no van dirigidas solamente para ella.
—¿Tienes hambre? —preguntó la señora Kirkland y la sonrisa en sus labios es suave, cálida—. Puedo servirte algo de comida.
Alfred oteó sutilmente el caldo que Arthur estaba saboreando antes de tirarse en el sillón. No se parecía en nada a lo que su madre preparaba. Le sonríe a la madre de Arthur y rechaza su hospitalidad con todas las palabras cordiales que puede localizar en su vocabulario. Puede sentir la mirada del señor Kirkland clavada en su espalda, y está al corriente de que él estaba atento a cada uno de sus movimientos con su esposa.
Y ella sigue sonriendo, inconsciente de la sobreprotección de su marido. El gesto parece tan natural, tan suyo y tan genuino que hace a Alfred inquirirse si su sonrisa tendría las mismas cualidades.
Arthur se levantó de la mesa.
—He terminado —tomó el recipiente y la cuchara y desapareció detrás de la cortina que daba a la cocina.
Le tomó un par de segundos a Alfred darse cuenta que se encontraba completamente solo con los padres de Arthur, y algo inquieto ante la idea de quedar nuevamente solo con el señor Kirkland, intentó seguir a su amigo, pero la señora Kirkland lo detuvo tomándolo del brazo y sentándolo nuevamente junto a ella en el sillón. Podía sentir la intensidad de la mirada del señor Kirkland clavándosele en la espalda, quemándolo como las brasas de una fogata.
—Dime, Alfred, ¿cómo lo hiciste?
Aquella pregunta llamó completamente la atención del estadounidense. Inquisitivo, giró plenamente su atención en la mujer que tenía al costado.
—¿Hacer qué? —preguntó.
La señora Kirkland volvió a sonreír. Cuando sonreía, debido a que estaba demasiado delgada, sus mejillas se hundían en vez de hincharse. Sin embargo, seguía siendo una sonrisa encantadora.
—Encontrar a Arthur, y volver a ser amigos como cuando eran unos chavales.
Alfred se la quedó mirando fijamente. Procesando.
Un momento…
¿Qué?
—Nosotros…
En un principio Alfred no fue capaz de procesar la idea que conlleva esas palabras, pero una vez que tomó forma, y se albergó en su mente, ya es demasiado tarde para pedir explicaciones. Arthur entró en escena como por arte de magia, y despidiéndose efusivamente de sus padres, prácticamente arrastró a Alfred fuera de su hogar.
El cielo estaba despejado. Los rayos del sol abrasaban la superficie de la tierra, quemaba sus hombros y cabezas. Un auto pasó junto a ellos en la calle, el ronroneo de su motor siendo el único sonido hasta que desapareció a lo lejos. Alfred le dio vueltas en su cabeza a lo que había dicho la madre de Arthur, pero mientras más se lo repetía, más confundido se hallaba. Y cuando creía que encontraba una respuesta, el razonamiento de esta la hacía estúpida, pero no improbable.
Y eso lo confundía.
Que no era improbable.
Arthur caminaba a su lado, en silencio, la cabeza gacha, hombros encorvados. No miraba a Alfred, lo que le hacía preguntarse al joven estadounidense si había hecho algo que no le agradara a su amigo.
—¿Lo sabías? —preguntó, y por alguna razón, su voz sonó una doceava más baja de lo normal.
Arthur retrasó la respuesta mientras miraba otro auto pasar y alejarse.
—¿Saber qué? —dijo. Seguía sin mirarlo.
Las cejas de Alfred se alzaron.
—Oh vamos, Arthur, yo sé que sabes a qué me refiero.
Entonces, girando repentinamente el rostro su dirección, Alfred se encontró con que los ojos exagerada y alarmantemente verdes de Arthur lo estaban mirando fijamente, como si estuviera buscando en los suyos la respuesta. Pero Alfred estaba confundido, y ese tipo de mirada, tan expectante, tan intensa, lo descolocó, ¿qué estaba buscando en él?
¿Por qué sentía como si hubiera metido la pata?
Y, finalmente,luego de unos largos segundos, como si hubiera perdido una lucha interna consigo mismo, Arthur volvió a bajar la mirada. Alfred creyó atisbar por un momento en las facciones de su compañero un deje de decepción, pero cuando Arthur levanta la cabeza, sus facciones son tan solemnes como siempre, y toda curiosidad se esfumó en el interior de Alfred.
Las palmas de ambas manos le picaron.
—Por desgracia sí —respondió Arthur acelerando el paso, y dejando a Alfred unos centímetros por detrás suyo—. Pero no creí que mi madre se acordara también de aquello.
Alfred intentó alcanzarlo, pero cada vez que aceleraba y lograba llegar a su altura, Arthur nuevamente lo dejaba rezagado.
—¿Entonces nos conocimos cuando pequeños? ¿Cómo?
—¿Cómo? —Arthur bufó con amargura y una carga de ironía y burla—. Si pudiera recordar esos tiempos te podría decir hasta cuál era el color de mi cuna. Lo siento, pero mi memoria no es tan buena.
Alfred estaba impresionado, pero incluso esa palabra no expresaba la cantidad de sentimientos y pensamientos que estaban cruzando por su cabeza.
—¿¡Nos conocemos desde que éramos bebés!?
—Sí, eso es lo que acabo de decir.
Arthur cada vez se encontraba más lejos. Si Alfred dejaba que se siguiera alejando, en algún momento únicamente se podrían comunicar a través de gritos, y aunque Alfred no tenía ni un problema con eso, ostentaba con el leve presentimiento de que Arthur estaba escapando de sus preguntas. De ellos, y del pasado. Pero Alfred tenía más preguntas, y no iba a dejarlas que fueran parte del gran repertorio de ignorancia que había estado portando últimamente.
—¿Por qué estás tan apurado? —exclamó casi a gritos.
Arthur no disminuyó el paso.
—La película empieza en media hora.
—No. Empieza a las cuatro y aún no son las tres.
—Mejor. Así no llegamos a atrasados como la última vez.
Las manos le ardían, la cabeza le palpitaba. Ver la espalda de Arthur le hacía sentir como si tuviera un deja vu.
—Arthur.
—Apúrate.
—¡Arthur! ¿de qué estás escapando?
Entonces su compañero paró en seco. Y, si tal vez Alfred hubiera visto la tensión en el cuerpo de Arthur, si tan solo hubiera presenciado como empuñaba las manos o como apretaba los dientes o incluso como el tono de su voz era cada vez menos fuerte. Si tan solo le hubiera dado un poco más de atención al aura que lo rodeaba…
—¿Qué te pasa? ¿Por qué te comportas de así? ¿Y por qué no me lo contaste antes?
—No era necesario.
Alfred estaba exasperado. ¿Qué no era necesario? ¿Acaso hubiera preferido estar solo, que acercarse a él? Nunca hubiera rechazado a un amigo de la infancia. Menos a alguien como Arthur.
Jamás a alguien como Arthur.
—De todas maneras… —prosiguió Arthur, y por algún motivo, su voz sonaba enfadada. Suspiró agotado—. Olvídalo. He terminado con esta farsa —y se giró. Alfred tragó en seco, intentando desarmar el nudo que se formó en su garganta cuando los ojos verdes de Arthur lo miraron con seriedad—. Sí, Alfred, fuimos amigos. Por lo menos por un tiempo.
—¿Por un tiempo?
Arthur arrugó la nariz.
—Digamos que algo pasó, una cosa de niños. Punto final.
—Pero…
Otro auto pasó junto a ellos. Arthur suspiró, repentinamente todo él gritaba agotamiento.
—Lo siento, pero tengo que volver. Olvidé que tenía que devolver un libro antes de las cuatro. Nos vemos, Alfred.
Y antes de que pudiera decir algo, o incluso reclamar, Arthur pasó a su lado, esquivándolo cuando estuvo a su alcance y alejándose en dirección a su casa, sin mirar atrás ni una sola vez. Alfred se quedó parado, todavía sin entender qué era lo que acababa de pasar y por qué Arthur se había ido.
Se quitó los guantes.
...
Feliciano pasó la mano frente a la cara de Alfred como método para despertarlo, mirándolo con ojos marrones muy grandes —lo que era realmente extraño— y preocupados. A su lado izquierdo, Ludwig negaba desaprobatoriamente con la cabeza y lo observaba con un gesto adusto. Alfred parpadeó, una, dos veces, y le sonrió a los dos, sin levantarse del suelo. Estaba cómoda la hierba.
—¿Hola? —dijo con un ligero tono de pregunta.
Empujó la mano de Feliciano que le impedía ver bien.
—¡Despertaste! —exclamó felizmente Feliciano, saltando. Tiró de la camisa de Ludwig y señaló a su amigo en el suelo— ¡Ha despertado! ¿podemos celebrarlo comiendo…?
—Nada de comida. Aún no es la hora —lo cortó Ludwig. Estiró una mano en dirección a Alfred, el ceño fruncido delatando su desacuerdo— ¿Qué haces durmiendo aquí? —Alfred le aceptó la mano y dejó que lo ayudase a levantarse.
Feliciano dejó de saltar, y en su lugar, empezó a tirar la camisa de su hermano adoptivo, pidiendo —casi suplicando— comida. Tanto Alfred como Ludwig lo ignoraron, los ojos celestes de su amigo no se apartaron de los suyos. Alfred sintió los nervios subiéndole por la columna vertebral. Se estremeció internamente, y encogiéndose de hombros, se rascó la nuca mientras una sonrisa creció en sus labios.
Jamás pensó que realmente se iba a quedar dormido en el patio delantero del instituto. Claro, lo había pensado, pero nunca se imaginó que realmente fuera a ocurrir. Él solo había querido descansar un poco, tener un buen descanso antes de la clase de inglés, pero al parecer no había llegado, y sin saber la hora exacta, tal vez cuántas más se había perdido. No es que se estuviera escapando a propósito del señor Kirkland, para nada, pero algunas veces cuando la vida te hacía falta a clases provocando que te quedases dormido en el pasto, nada se le podía hacer.
Ludwig estaba esperando una respuesta.
Alfred sonrió más, con la intención de infundirse confianza a sí mismo más que a su amigo.
—Eh… —soltó sin saber qué responder—. Me expulsaron de la clase de inglés y decidí esperar a que tocaran aquí afuera.
Las expresiones de Ludwig eran famosas por no poseer gran variedad, así Alfred no supo discernir si le había creído o no. El alemán lo miró solemnemente, estudiándolo, brazos cruzados sobre el pecho.
—¿Otra vez?
—Sí, llegué tarde así que no me dejaron entrar.
Ludwig se llevó dos dedos a la cara y se apretó el puente de la nariz. Negó con la cabeza.
—No tienes remedio.
—Me gusta más la frase "eres imposible".
Ludwig no respondió. Antes de que Alfred lograra comentar algo más Feliciano decidió entrometerse de golpe, saltando en medio de los dos con las manos agitándose sobre su cabeza, separándolos. Tanto Alfred como Ludwig retrocedieron un par de pasos y, por fin, lo miraron. Los ojos marrones de Feliciano brillaron.
—Estoy aburrido —exclamó— ¿podemos ir a comer?
—Que no —le repitió Ludwig—. Aún queda una clase. Si logras prestar atención toda la clase, te compraré pasta para el almuerzo.
—Pero tengo hambre, ¿no tienes hambre también, Alfred?
La verdad es que sí, estaba hambriento. Pero no quería comer, nada se le antojaba, por más que le sonaran las tripas.
—Paso —respondió.
Feliciano lucía decepcionado. Lo que era normal, Alfred solía acompañarlo en las huelgas de hambre. Pero no se sentía con las ganas de batallar contra Ludwig, ni siquiera tenía las fuerzas para entrar en el instituto y asistir a la siguiente clase. Ir a su casa, y dormir hasta mañana, era una buena idea.
Ludwig lo miró cautelosamente, sin creérselo. Alzó una rubia y fina ceja.
—¿Ni si quiera por un chocolate? —insistió Feliciano.
Alfred se llevó una mano al cuello y con la otra realizó un gesto de disculpas.
—Lo siento.
Algo pasó como un rayo por los ojos celestes de Ludwig. Fue tan rápido, que Alfred no supo identificar qué era. Lo ignoró, al igual que todo últimamente, cuando se trataba de pasar algo por alto, Alfred era todo un experto.
Las cicatrices picaban.
Feliciano ya no lucía tan alegre. Dentro del instituto, el timbre sonó, sobresaltándolos a los tres. Su amigo italiano bajó los brazos, y sin mirar a ninguno de los dos, dirigió sus pasos a la entrada. El sol brillaba sobre su cabello castaño.
—Kiku me hubiera apoyado —comentó con tristeza.
—Feliciano —le advirtió entre dientes Ludwig, pero su hermano adoptivo ya había desaparecido. Con la intención de perseguirlo, caminó en dirección al instituto, pero a medio camino se detuvo y fijó su mirada en Alfred—. No faltes a la siguiente clase, y, si quieres, puedes acompañarnos a mí y a Feliciano al centro el fin de semana. A él le gustaría que fueras.
¿A quién le gustaría? ¿A Feliciano, a Kiku? ¿Quería Ludwig que fuera? Daba lo mismo, de todas maneras, no pensaba ir.
—Lo pensaré —mintió—. Dame unos días y te aviso.
Por la mirada severa que le devolvió su compañero, Alfred se dio cuenta que no le había creído.
—Voy a esperar —respondió y entró.
Alfred sintió un frío bajarle por el espinazo. Cada día que pasaba, los sentía más lejos de él.
¿Lo estarían evitando? aunque eso era imposible, porque siempre eran ellos los que lo encontraban a él. En cada momento, en cada ocasión que hallaba para escaparse de sus compromisos o del instituto, Ludwig y Feliciano eran los primero en encontrarlo. Porque conocían sus gustos, y sus escondites, y porque eran los únicos capaces de hacerlo entrar en razón, y si ellos no podían, era más probable que nadie más pudiera.
O tal vez él los evitaba a ellos. Los empujaba cada vez más lejos.
No le agradaba la idea.
La campana volvió a sonar. Levantando su morral del suelo, que había dejado apoyado en el inicio macizo del mástil que sostenía la bandera estadounidense, se lo llevó al hombro y entró en el instituto. Los pasillos estaban más abarrotados que los últimos días, porque, cuando los exámenes se acercaban, todos parecían recordar que iban a estudiar y no faltan ni un día a clase. La biblioteca se llenaba de grupos y la mayoría de los libros importantes estaban pedidos. En la hora de almuerzo, era normal ver más lápices y hojas que la misma comida. Nadie se enfermaba, nadie llegaba tarde a sus juntas.
Bueno… nadie a excepción de Arthur.
Desde ese día en que le dijo que tenía que devolver un libro a la biblioteca —lo que, obviamente, fue una mentira. Arthur no olvidaba cosas como esas— no lo había vuelto a ver. Luego de indagar con la secretaria y suplicar hasta el cansancio que le diera el número de su mejor amigo, al final se lo negaron rotundamente, así que tuvo que ir con su madre y pedírselo, después de todo, ella había llamado a Arthur el día en que quedó a dormir en su casa, y de paso le preguntó un par de cosas que ella evitó responder directamente. Cuando llamó a su casa, no le respondieron hasta que ya lo había intentado un buen par de veces, y para su mala suerte, al otro lado de la línea estaba el señor Kirkland, que en pocas y cortantes palabras, le dijo que Arthur estaba en cama.
Alfred no pudo evitar preocuparse. ¿Qué quería decir en cama? ¿Enfermo, lastimado? Intentaba no darle muchas vueltas, a veces su imaginación podía ser bastante cruda.
En la sala solo quedaban una mesa desocupada, y a pesar de que luego de él entraron muchos más estudiantes —entre los cuales se encontraban muchos conocidos—, ninguno se sentó junto a él, y aunque la mayoría de ellos antes del accidente solía saludarlo en el pasillo, o sonreírle, o darle los cinco, ahora nadie se dignaba ni siquiera a mirarlo. Era un fantasma para ellos, uno más del montón, como lo fue Kiku, como lo es Arthur. No estaba seguro si le gustaba este nuevo modo de vida escolar, porque le siempre le agradó ser el centro de atención —que sus compañeros se rieran con él, que hasta los profesores llegaran a mostrar una pequeña sonrisa a pesar de que intentaran mantener una expresión seria—, el chico de las mil caras, el que nunca se callaba. Todo era risas y carcajadas y alegría, a pesar de las caras amargadas de Ludwig, a pesar de la estoicidad de Kiku. Incluso ellos cayeron más de una vez en su juego, llegaron a reírse.
Y sin embargo ahora…
Dejó el morral sobre la mesa y miró la pizarra y el escritorio a la derecha. El profesor aún no había llegado.
No recordaba el accidente, pero todo el mundo parecía estar más al día que él. Incluso los profesores tenían esa mirada —de complicidad, de pena empática— cuando lo miraban. Pero nadie se acercaba, como si tuviese la tiña.
Sacó un cuaderno de su morral —el único que tenía— y buscó en los bolsillos laterales un lápiz, por suerte, se había acordado de traer uno. Abrió el cuaderno en una página en blanco cualquiera y sobre el borde superior escribió con tinta azul.
¿Qué quiero saber?
Y debajo de eso.
¿Quiero saberlo?
Tachó la segunda pregunta.
—Disculpa, ¿está ocupado? —preguntó una voz que le resultó ínfimamente familiar.
Grandes ojos azules le devolvieron la mirada cuando levantó la vista. Casi se cae del asiento por la impresión, en cambio, el brazo que tenía apoyado en la mesa y que sostenía su cabeza, se resbaló, casi haciéndole perder la estabilidad.
Toris.
Era el chico que estuvo buscando incansablemente por casi un mes. El mismo que parecía estar siempre ocupado cuando lo encontraba en los pasillos y se acercaba a pedirle algo. El mismo que siempre iba corriendo con muchas carpetas entre los brazos.
¿Qué había preguntado?
—Eh… ¿no?
—Qué bueno.
Toris se sentó a su lado. De una mochila que estaba tan hinchada que parecía que iba a explotar, sacó un cuaderno y lo abrió en una hoja con un gran título en el encabezado.
Tenía un ojo morado. Es decir, el área que le rodeaba el ojo, buena parte de la mejilla, estaba ligeramente coloreada en una combinación de colores entre el morado, el amarillo y el azul. Pero el pelo tapaba buena parte de la herida y al menos que no lo estuviera mirando fijamente, pasaría desapercibido.
Los ojos azules se encontraron con los suyos, confusos.
Azules. No verdes.
—P-pasa algo —preguntó Toris, nervioso.
No era ojos vibrantes, ni feroces.
Alfred le sonrió.
—No es nada —respondió. Mentira, sí quería algo de él, pero esa mirada miedosa, la manera en que sus dedos temblaban ligeramente sobre la hoja de cuaderno, le advirtió que era mejor no hablar—. ¿Lograste ordenar todos esos papeles a tiempo luego del desorden dejaron en el pasillo?
Toris bajó la mirada, avergonzado.
—Creí que no me habías reconocido.
Esa revelación sorprendió a Alfred. Ya sabía que Toris prefería pasar desapercibido en el instituto a pesar de que usualmente estaba en boca de todos. Rumores por aquí y por allá, sobre un grupo de muchachos que le obligaban a hacer sus tareas a cambio de no dejarle la cara hecha mierda a golpes.
De pronto, ese moretón le dio un mal sabor de boca.
—¿Cómo podría olvidar al chico que se estrelló conmigo porque salió corriendo del baño de hombres? —respondió con burla.
—Lo siento por eso.
—Ya sé que lo sientes, lo repetiste muchas veces ese día.
—De verdad lo siento.
Alfred pensó que sería mejor gastarle una broma.
—¿Y si en vez de disculparte me haces la tarea de matemáticas por el resto de la semana?
Toris lo miró como si le hubiera salido otra cabeza. Sus ojos azules estaban aterrados.
—¿Qué? —casi gritó.
¿La broma no fue buena? Alfred no entendió porque Toris lo miró de esa forma.
El profesor entró corriendo a la sala, disculpándose por llegar tarde, pero ni un alumno hizo como si lo hubiera escuchado, ocupados hablando entre ellos de lo que habían hecho el fin de semana o simplemente hablando sobre farándula o contando chistes. El profesor frunció el ceño, y sin llamar la atención, escribió una ecuación en el pizarrón. Toris se apresuró en escribir. Luego de anotar otros nueve ejercicios, el profesor informó que tenían que terminarlos en una hora o les bajaba la nota del examen final. Eso todos lo escucharon.
Luego de que hubo pasado la mitad del tiempo correspondiente, Toris dejó el lapicero sobre el cuaderno y dejó escapar un suspiro, aliviado.
—Estaban difíciles ¿no? —dijo Alfred.
Toris no lo miró. En esa posición no se le veía el moretón.
—¿Las hiciste? —preguntó tímidamente, apenas elevaba el tono de voz al hablar—. No te vi… digo… ¿quieres comparar?
Alfred se encogió de hombros. Le pasó la hoja con los ejercicios.
—Ahí están —apuntó a los números anotados debajo de cada pregunta—. Están buenos, ya los comprobé.
Toris tomó la hoja, con inseguridad, apenas separando el brazo del cuerpo, y comparó los resultados con los suyos. Cuando terminó de repasar, lo miró con curiosos ojos entrecerrados.
—¿Cómo lo has hecho? —preguntó—. Has puesto el resultado, ¿Dónde están las fórmulas que ocupaste para llegar a esto?
Alfred apuntó con un dedo su cabeza. Toris lo siguió mirando como si estuviera viendo a una criatura de otro mundo.
—¿Y quieres que te haga la tarea de matemáticas? —dijo asombrado.
—Matemáticas es realmente difícil.
—Física es más difícil.
—¿Lo es?
La risa de Toris era un susurro suave y contenido, como si tuviera miedo de que su felicidad molestase a otros. Le entregó la hoja, la suave sonrisa permaneció en sus labios.
—¿Qué clase de persona eres?
No era una pregunta que debiera ser respondida. Quién era él, qué clase de estereotipo lo caracterizaba, cuáles eran sus sueños, si es que tenía alguno. Era inusual que un chico de su edad estuviera tan confundido, que perdiera el hilo de los pensamientos cuando estos lo iban a lastimar o que prefiriera pasar el tiempo con extraños que con sus amigos.
Porque lo era.
¿No?
Por toda respuesta, para que Toris dejara de mirarlo de esa forma, sonrió y se encogió de hombros. Restándole importancia.
—¿De las que son malas en matemáticas?
Toris se miró las manos.
—De verdad… —carraspeó— ¿de verdad quieres que te haga las tareas de matemáticas?
Alfred tuvo que contener la risa para que el profesor no les llamara la atención.
—Era una broma —respondió—. Pero sería guay si me enseñaras un poco… porque se supone que eres el mejor en matemáticas, ¿no?
El pelo castaño de Toris le cubría la cara; Alfred no podía ver cuál era la expresión de su rostro.
—Lo siento, pero en estos momentos estoy muy ocupado.
Lo sabía, pero de todas maneras valió la pena preguntar.
—Entonces… —dijo pinchándole la mejilla juguetonamente— ¿qué me dices sobre ir a almorzar?
…
Toris era un chico divertido. A pesar de toda esa actitud de chico estudioso y meticuloso, del hijo perfecto, su nerviosismo paranoico lo volvía en un blanco de las bromas de Alfred. A pesar de que las burlas podían llegar a ser constantes y molestas, Toris se reía con él. Le gustaba hacerlo reír, Alfred se dio cuenta, sobre todo cuando esa risa, que usualmente era tímida y nerviosa, salía sin tapujos. Al igual que Arthur, nunca hablaba de su familia, ni sobre él, ni siquiera comentaba algo por casualidad, así que Alfred se vio nuevamente con la misión de entender a una persona que parecía querer esconderse del mundo. Ya le estaba tomando gusto al asunto. Aunque Toris era más simple y más atento que Arthur —quien por cierto todavía no se había recuperado del resfrío—. Toris nunca lo regañaba porque hablaba demasiado, jamás le gritaba y lo insultaba por hacer algo estúpido.
No como Arthur solía hacerlo.
Y extrañaba eso de él, y no solo eso, extrañaba su voz, incluso cuando esa voz solo se podía dirigir a él con un leve tono de molestia. Lo extraña incluso cuando él siempre actuaba como si no quisiera tenerlo cerca.
Pero qué se le podía hacer, Arthur estaba en su casa, tal vez enfermo, y el señor Kirkland le había dicho específicamente que no lo fuera a visitar.
Después de ese día en que lo había invitado a almorzar, Toris se convirtió en un miembro más del grupo. Feliciano siempre le hacía preguntas sobre comida y otras cosas, mientras que Ludwig algunas veces le pedía ayuda para resolver algunas tareas realmente complicadas. Como fuera, Toris estaba a gusto. Con el pasar de los días, el moratón en su mejilla había comenzado a desaparecer, pero justo cuando Alfred creía que los rumores no era más que esos, palabras en el aire, Toris volvió a tener otro moretón, uno que le rodeaba el cuello y tenía forma de largos dedos.
—Es un problema a la piel —dijo cuándo Alfred le preguntó—. Estoy bien.
—Es un extraño problema —respondió alegremente. Apuntó a su cuello—, le gusta tener forma de golpes.
Toris no respondió.
Obviamente Alfred no le creyó, pero no tenía pistas que verificaran lo contrario, así que tampoco lo contradijo.
O no las tuvo hasta ese día.
Alfred le había propuesto a Toris que fueran a ver una película a su casa, como un descanso después de pasar horas en el casino estudiando matemáticas —un pequeño empujón que Toris aceptó darle después de mucha insistencia, pues matemáticas era el peor promedio de Alfred—, pero su compañero se negó alegando que tenía otros asuntos que atender esa tarde. Alfred no hizo preguntas, porque sabía que Toris no se las respondería, así que lo dejó ir. De todos modos, se lo esperaba, a Toris no le gustaba juntarse con ellos más allá de las puertas del instituto, siempre con una excusa en los labios para evitar todo tipo de sugerencias. Alfred siempre lo presionaba un poco más de lo debido, pero incluso sus hermosas súplicas no podían con él. Debido a cosas como esas, Alfred se sorprendía a sí mismo comparando a Toris con Arthur, sus diferencias, sus igualdades, y como algunas de esas igualdades eran, al mismo tiempo, diferencias. Era algo confuso y desagradable. No es que pensara en Arthur todo el tiempo, pero cuando lo hacía, siempre era a causa de Toris.
Tal vez Toris trabajaba ese día en el McDonald.
Luego de que su compañero se negara, fue a la biblioteca del instituto para hacerle una visita a su madre. Ella estaba en la mesa de recepción, jugando con su compañera de puesto —que ella había sacado de la nada prácticamente y obligado a la señora Metzler a contratarla— a las cartas. Ella puso una tres de pica en el trío de su compañera antes de girarse a mirarlo. Alfred puso los ojos en blanco cuando ella desvió su atención nuevamente al juego e hizo un mohín porque su amiga puso un joker en su escalera de corazones y colocó la carta restante bocabajo en la pila del centro. Se había quedado con cincuenta puntos, los anotó con cara de pocos amigos de una libreta.
—¿Estás desocupada? —preguntó Alfred cuando ella levantó la mirada del escritorio.
Ella sonrió. Sonreír le quedaba bien, y a Alfred personalmente le gustaba. Era como ver la explosión de una supernova.
—¿Eso fue sarcasmo?
¿Lo fue? No había sido su intención.
—¿Creo?... Oye, madre, hoy voy a almorzar en el centro —le dijo. No iba a preguntarle si podía ir cuando ella le decía que sí a prácticamente todo.
La mujer que era compañera de su madre —pelo castaño largo, pequeña, ojos verdes—, apiló las cartas y las comenzó a mezclar. Tenía las manos pequeñas y curtidas. Su madre la miró antes de girar la cabeza en su dirección.
—Qué bueno, cariño —respondió con tono ausente— ¿Irás con Ludwig y Feliciano, o con Arthur? He visto que has puesto el joker al inicio de la baraja, Elizabeth.
—No sabía que estaba al inicio de la baraja —respondió la mujer tomando la primera carta y mezclándola con el resto—. ¿Es tu hijo, Jessica? Un gusto conocerte, Alfred.
—Gracias.
Elizabeth le guiñó un ojo y repartió doce cartas para cada una.
—Voy a preguntarles —mintió Alfred. La compañera de su madre le ofreció unas cartas y él negó con la mano— ¿Vas llegar temprano hoy a la casa?
—Claro, no tengo mucho que hacer después de que toquen el timbre.
Elizabeth la levantó la cabeza de sus cartas como un rayo y miró a su amiga sorprendida.
—¿No me habías dicho que pensarías si puedes salir en la tarde?
—Dije que lo consultaría con mi hijo —respondió ella apresuradamente. Mentía, desde del accidente, su madre había dejado de lado las salidas y todo lo que provocara goce propio. Por más que Alfred le hubiera dicho que no era necesario, ella nunca lo escuchó—. Pero al parecer me necesita.
Alfred negó con la cabeza.
—Diviértete con tus amigos —respondió y antes de que su madre le digiera algo, se despidió efusivamente con la mano y se alejó trotando.
La caseta de la parada de buses se encontraba en frente del instituto, al otro lado de la calle y debido a que había faltado a la última clase porque Toris no iba a estar para acompañarlo, era muy temprano como para que las micros pasasen con frecuencia. Aprovechó el tiempo para sacar su reproductor de música.
Entonces los escuchó reírse. Desorientado en un principio, pues no los veía por ninguna parte, siguió desenrollando los audífonos. La segunda vez las risas fueron tan claras que no tuvo dudas, pero eso no fue lo que hizo que levantara la cabeza. Fue la voz de Toris, temblorosa, aterrada.
¿Qué estaba pasando?
El sonido de las voces lo guió hasta uno de los extremos del instituto. Eran tres chicos, adolescentes, y Toris pegaba la espalda contra la pared del instituto, intentando mantenerse lo más alejado. Entre sus manos llevaba una de sus carpetas. Los chicos hacían preguntas, pero ninguna fue con respecto a los deberes.
Se interpuso entre ellos, sin meditarlo.
Él era un héroe, y los héroes no dudaban.
—¡Hola, extraños! Es un hermoso día, ¿no creen?
Ninguno de los tres chicos miró el cielo. No lucían como personas malas; los tres llevaban ropa decente y no tenían cicatrices o alguna marca de guerra. No es como si hubiese esperado que llevaran pasamontañas para ocultar sus identidades al igual que algunos villanos, pero esos chicos no eran diferentes de Ludwig o Feliciano. Estudiantes, humanos, adolescentes.
Y si no fuera por el miedo en los ojos de Toris, los hubiera dejado en paz.
Pero Toris estaba congelado, aterrado.
Alfred mostró la mejor de sus sonrisas.
Uno de los chicos dio unos pasos y se acercó a él apuntándole al pecho con ojos entrecerrados, amenazantes.
—No te metas en los asuntos de otros, Alfred.
—Qué curioso, pues resulta que Toris es mi amigo y me ha dejado meterme en sus asuntos, así que estoy autorizado.
—No queremos meternos contigo —respondió el chico con los brazos cruzados sobre el pecho—, así que aléjate ante de que nos arrepintamos. Puedes quedar muy lastimado.
Alfred se carcajeó. Esos muchachos eran realmente graciosos.
—Pruébenme.
O no lo eran.
No lo escuchó, pero en algún momento habían tocado el timbre de salida y otros alumnos los rodeaban, ajenos. O no tanto.
—El marica lo ha pedido —respondió el tercer muchacho y se acercó.
El primer golpe llegó antes de lo esperado, fuerte, certero, doloroso. Alfred retrocedió unos pasos, llevándose las manos involuntariamente al estómago, y ahogó un gemido de dolor. Manchas multicolores colorearon su visión. Detrás suyo, Toris dejó escapar un desabrido grito aterrado y se llevó las manos a la boca para acallarse.
Ahora tenían la atención de todos.
Ignorando las punzadas en la boca del estómago, y las ganas de vomitar, Alfred ocupó toda su fuerza de voluntad para erguirse y sonreír. El tercer chico torció la boca, disgustado. Sus compañeros no se habían movido de su posición, y miraban a Alfred con un poco de amargura, como si le tuvieran lástima. Asqueado de esa mirada, colocó las manos en posición defensiva y le sonrió con superioridad al tercer chico, quien, disgustado, hizo lo propio con las suyas. Se miraron fijamente a los ojos, sin moverse.
—Que alguien llame a la directora —susurró alguien del público.
Toris seguía sin responder.
—Tienes cinco segundos para correr, nenita —se burló el tercer chico, sonriendo con soberbia. Alfred no se movió y su sonrisa disminuyó hasta ser una mueca de asco—. Bien, no quería tener que acercarme a una abominación como tú, pero al parecer además de maricón eres también estúpido. Así que no tengo más opciones.
Alfred apretó los puños.
—Podrías irte corriendo —respondió—. No te preocupes, no le diré a nadie que eres un miedoso.
Tendría que haberse quedado callado, pero adoró cada segundo que el rostro de ese chico lo miró con odio.
—¿Miedoso? Que gracioso que precisamente tú me digas eso. El mismo hijo de puta que dejó morir a su mejor amigo para salvar su propio pellejo. Mira, mari…
El golpe en la mandíbula lo hizo morderse lengua. El tercer chico lo empujó aparatosamente de sí y escupió una espesa masa sanguinolenta al pasto, y se limpió con la manga de su remera la boca. Ahora estaba realmente cabreado, y con la boca roja por la sangre, le lanzó una especie de gruñido y lo atacó. El segundo ataque fue predecible y Alfred lo esquivó, pero no previno que ese primer puñetazo fuera una distracción para que el segundo le diera de pleno en el cuello. Perdió la capacidad de respirar por unos segundos, y la vista se le borroneó, pero se las arregló para hacer caer al chico desestabilizándole las rodillas.
Cayó al suelo, le dolía el cuello, demasiado.
El chico ya estaba sobre sus pies de nuevo cuando levantó la vista. Le pegó una patada en el pecho y otra sobre el antiguo golpe. Si hubiera comido algo esa mañana, estaría vomitando, pero lo único que hizo fue escupir agua. Su respiración empezaba a ser entrecortada y le dolían las costillas; si se movía un poco, el dolor aumentaba considerablemente.
—D-déjenlo, por favor —escuchó decir a Toris, lejos, al otro de la muralla de agua.
Y también lo escuchó quejarse cuando lo golpearon.
—Cállate, maldito huérfano.
Alfred apoyó una rodilla en el suelo, y tensando los músculos, logró pararse. El tercer chico estaba sentado sobre el pecho de Toris, y le sostenía la camisa para acercarlo a él. Antes de que pudiera golpearlo de nuevo, Alfred se tiró sobre el chico y lo derrumbó. Las costillas le protestaron y el dolor perforó su pecho. Detrás de él, Toris gimió adolorido mientras se sentaba temblando; el muchacho, por otro lado, se había golpeado la cabeza contra las piedras del jardín que adornaban los arbustos.
El sonido que provocó fue similar a cuando se rompía una rama.
El chico no se movió.
—¿Está…?
Un hombre, uno de sus amigos, se acercó para revisarlo.
—Solo se encuentra inconsciente —dijo y miró a Alfred, quien le devolvió la mirada y sonrió mostrando todos los dientes.
El chico de pelo marrón apretó los labios.
Hubo un destello blanco; una concentración fría le penetró las entrañas e hizo que el antiguo dolor pareciera una broma. No pudo evitar el grito que desgarró su garganta. Ya no sentía ganas de vomitar. La sonrisa de Alfred se desvaneció y miró directamente a los ojos azules del segundo chico, quien, casi sobre él, lo oteó con solemnidad; Alfred bajó sus manos a la navaja e intentó sacarla, pero sus manos resbalaron con la sangre y no volvió a intentarlo. No le quedaban fuerzas.
Hacía frío.
—No desperdicies la oportunidad que te ha dado ese chico japonés, Alfred.
Lo empujó y el cuerpo de Alfred se dejó caer.
Unas manos, más grandes, calientes, ardientes, lo tomaron de los hombros y lo separaron del chico. No podía ver quien era, no recordaba dónde estaba. Cerró los ojos, intentando concentrarse. El frío se extendió y entumeció sus extremidades. Una luz intermitente atravesó sus párpados y el grito de millones de voces se fundieron en el silencio.
Dejó que ese silencio también engullera su consciencia.
…
Cuando despertó, no eran sus manos las que picaban.
¿Kiku?
Alfred abrió los ojos y los fijó en la pared blanca sobre él. Su boca sabía a medicina y a saliva seca.
No estaba solo.
Arthur estaba tomando su mano, su mano sin guantes, llenas de cicatrices, y le acariciaba el dorso. Sus dedos eran cálidos.
—¿Arthur?
—No te levantes.
Su compañero lo empujó de nuevo en la cama cuando intentó levantarse. Alfred parpadeó, sin creer lo que veía. Su pecho iba a explotar de felicidad, Arthur ya no lo estaba evitando. No lo odiaba. Intentó preguntarle qué estaba pasando, pero las ideas en su cabeza se borroneaban, carecían de sentido, se desvanecían.
Se quedó dormido.
Cuando volvió a despertar, nadie ocupada la silla junto a su cama. No podía sentarse, sus brazos y piernas no le respondían. La máquina que marcaba los latidos de su corazón era el único sonido que llegaba a sus oídos. Unas cortinas blancas, al igual que el resto de la habitación, les negaban la entrada a los rayos de luz. Sobre una mesa ligeramente verde, a los pies de la cama, había unas flores rojas. Antes de que lograra preguntarse dónde estaba Arthur, el sueño lo cubrió como una manta. Se dejó llevar.
Alguien lloraba. Una mujer, reconocía ese llanto. Odiaba verla derramar lágrimas.
Alguien importante.
Le picaba el cuerpo y tenía mucho sueño, así que se ocultó en su conciencia una vez más.
El llanto convirtió los sueños en pesadillas.
Las pesadillas se convirtieron en llantos.
—¿Por qué estás llorando?
—No estoy llorando.
—Puedes engañar a quien quieras, pero no a mí, y lo sabes. Sé que sabes quién soy yo, por más que quiera ignorarlo. Y yo, que soy parte de ti, no puedes mentirme.
—Cállate, no quiero escucharte.
—Es la primera verdad que te he escuchado decir en mucho tiempo.
—Aléjate ¿Por qué me hace esto?
—Eres el único que se está dañando a sí mismo, Alfred. Conoces mis intenciones, así que puedes romperlas, solo necesitas desearlo.
—No saber quién eres si ni siquiera puedo verte. El cuarto está oscuro.
—Enciende las luces. Como lo he dicho antes, solo tienes que desearlo. Si quieres que ocurra, se hará realidad.
—Estás loco.
La voz bufó.
—Puede que tengas razón.
Nota de autora: Espero que no me odien, pero el capítulo es algo corto. De aquí en adelante se irán desvelando más secretos, ahora que Alfred se está empezando a escuchar a sí mismo. No olviden de dejar sus comentarios y decirme sus teorías sobre lo que pasó. Algunos comentarios han acertado hasta el momento y me encanta saber qué es lo que creerán que va a pasar, incluso puede que ponga la mejor de todas las teorías en lo que resta de la historia, aunque sea una parte de ella.
Gracias por leer.
