En el anterior capítulo, ¡se me olvidó decir algo! Kozu-chan dibujó la escena en que Ulvida le sacaba el dedo a Natsumi, en clase. Jajaja, me encanta, sinceramente xD Kozue, espero que no te importe, la colgué en mi fotolog, la dirección está en mi perfil, si queréis verlo.

CAPÍTULO 4

"Bailo entre tus brazos, riendo y disfrutando de la noche, pero sin ser consciente de lo que hago, ¿esto realmente está bien? Ahora es como si te perteneciera. Y no estoy segura de estar bien en tus manos."

Champagne Showers, Lmfao de nuevo. Haruna bebía una copa de Martini, apretándola con una fuerza que fácilmente podría haberla hecho pedazos, mirando atentamente la muerte de su autoestima, o en otras palabras, cómo Genda y la rubia se besaban. La peli azul, hecha polvo, tomó un trago más, olvidando el pequeño detalle de que ella no bebía, inclinando su cabeza ligeramente hacia atrás, observando seguidamente el fondo del vaso vacío, del Martini del que solo quedaban un par de hielos. Estaba hablando con una chavala de su academia de arte, de algo de lo que no se enteraba, quizás debido a que la chica estaba más que ebria, y las palabras se mezclaban en su boca impidiendo que alguien la entendiera. Vio a Ichirouta en un lado del salón, mirando negativamente la mesa del comedor, donde unos minutos antes, Ulvida les mostraba su… espectáculo. Dejó el Martini en la barra, y a la chica hablando sola (aunque esta no pareció distinguir a la Otonashi del camarero, que escuchaba ahora sus delirios de borracha, fijándose evidentemente, en que no tenía mal cuerpo), y se sentó a su lado, con la misma cara de preocupación que su compañero.

-¿Viste eso? –le preguntó él, meneando la cabeza. Ella asintió- Creí que erais amigas, y todo ese rollo…

-Lo somos –le interrumpió.

-Pues has dejado que se rebaje al nivel de las cucarachas.

-Ya. Sé que debería haberla parado, pero… -en ese momento suspiró, dándose cuenta, al no encontrarles en ningún rincón, de que Koujiro y la rubita debían de estar ya en alguna habitación, en el piso de arriba. Rezó para que a ninguna parejita se le ocurriera convertir su amor en algo físico en el cuarto donde ella solía dormir cuando pasaba la noche en casa de Kido.

-Pero estabas demasiado ocupada vigilando a Genda… -terminó Kazemaru, mirándola como si estuviese esperando una reacción por su parte, algo que a decir verdad, tardó en ocurrir. Haruna casi pegó un bote en su asiento.

-¿Qué? ¡No! –negó, avergonzada.

-¡Venga ya! Todo el mundo sabe que estás coladita por él –si no estuviera tan preocupada tratando (inútilmente) de defender su dignidad, Haruna hubiese advertido un tono de molestia en la voz de su amigo.

-¡Eso no es cierto! A mí Genda no me gusta… -finalizó una última revisión a la estancia en la que se encontraban. Pero había perdido las esperanzas.

-Pues no puede ser, hay algo que no me cuadra…

-¿El qué?

-O mientes muy mal, o actúas muy bien. Y me da que no es lo segundo, ¿verdad? –El peli azul sonrió pícaramente, consciente de que eso la fastidiaría- Oye, a mí no tienes por qué mentirme, te conozco a la perfección, y lo sabes. Ya sé que no hemos hablado mucho desde que empezamos el instituto, pero ¿recuerdas cuando jugábamos a tirarnos arena en el parque? –Haruna soltó una risa reprimida- Antes eras mi mejor amiga.

-Antes…

-Sí, antes de que llegara Ulvida –Ichirouta hizo una pausa- ¿Sabes? Adoro estas charlas bajo la luz de la vieja bola de discoteca que Nagumo consiguió en el vertedero, y sobre cuya estabilidad me planteo serias dudas, pero yo que tú iría a por tu amiguita. A estas alturas, debe de estar al borde de hacer algo de lo que puede arrepentirse casi demasiado –casi no le dio tiempo al oji café de terminar la frase, cuando la periodista se levantó del asiento y empezó un juego con un nombre tal que "a la caza de amigas borrachas", tras dirigir una vaga sonrisa a su compañero de juegos de la infancia, que fue correspondida con un levantamiento de copa y un pequeño trago, para seguir mirando fijamente la mesa. ¿Quién habría dicho que Kazemaru Ichirouta estaba borracho? En esas condiciones… nadie.

A lo lejos, Midorikawa resoplaba, cerrando los ojos, cansado del ruido de la gente que se mezclaba en sus oídos con el de la música que él mismo escogía, cada vez más decadente. Cada vez más floja. Acabó dejándole el puesto al DJ que estaba contratado para el trabajo, quien no había tenido inconveniente alguno en dejarle a él toda la responsabilidad, y el peli verde se dejó caer en el suelo, abrazando sus rodillas. Se sintió mal de repente. Unas ganas horribles de vomitar aparecieron en él. No le resultó demasiado extraño. La bebida le causaba náuseas y cosas peores, pero era un idiota presuntuoso que solo pensaba en su reputación, y él lo sabía, porque no había rechazado el jueguecito de la botella por dos razones. La primera, claramente, por el qué dirán si no bebiese nada. La segunda… llegó al baño a duras penas, echando todo su ser sobre el inodoro, quedándose con el sabor del vómito en la boca. Se levantó, mirándose al espejo y se aclaró la boca, y se limpió las manos. El dolor de cabeza ya estaba ahí. Qué pronto. Más que otras veces en las que había acabado tirado en algún parque perdido a las dos de la mañana. Tan solo era medianoche. Si su padre o su tío le pillaban entrando en casa a esas horas, ya podía darse por muerto. Pero le daba igual. Aún le quedaban cosas por hacer allí, en esa tonta fiesta.

Aki se sonrojó al mirar a ese castaño que tanto amaba ella. Sus ojos profundos y marrones, su rostro inundado por la luminosidad de una sonrisa que jamás desaparecía. Raramente lo hacía. Siguió a lo suyo. Con Natsumi, su mejor amiga. ¿Su mejor amiga? Bueno… a veces se preguntaba, y lo hacía muy en serio, cómo era que Aki había llegado a ser la leal confidente de la pelirroja Raimon. No, no, mejor amiga no. Sí, confidente era la palabra. Y si no era esa, entonces bien podía sustituirla "parásito", un parásito con el que desahogarse. Pero esa noche no estaba de humor para escuchar a Natsumi. Prefirió perderse en la mirada castaña de Ichinose, aunque sabía a la perfección que los sentimientos que descansaban en ellos no estaban dirigidos a ella.

Burn la besó, para nada dulcemente, en un arrebato de pasión, si así se podía llamar. Le acarició el pelo, ejerció presión en sus labios, y cuando Ulvida se quiso dar cuenta, ya no la acariciaba, casi le tiraba de los azulados mechones. Alguien en el pasillo la buscaba, pero no tenía ni idea de que, en esos instantes, el albino con el que Burn y Ulvida compartían cuarto, apartaba de un empujón a su compañero, haciéndose con la oji azul, que recibía calurosamente en sus labios a cualquiera que la besara. La puerta se abrió, justo cuando las heladas manos del chico de hielo estaban a punto de desabrochar su sujetador por debajo de la escotada camiseta, y unos ojos verdes se impusieron ante los dos chicos que rodeaban a Reina, quien, al ver a Hiroto asomarse a la habitación, sonrió como una niña pequeña y extendió los brazos, riendo. Fue hasta él y se colgó de su cuello. Kiyama la miró. No se inmutó. Gazel agachaba la cabeza, sin expresar claramente una expresión de culpabilidad, pero sus actos lo aclaraban todo. Burn miró hacia otro lado, al tiempo que se ponía los vaqueros. El pelirrojo frunció el entrecejo.

-Os dije que no la tocarais –su tono era como de regañina, como el que una madre emplearía al hablarle a sus hijos tras una travesura interceptada- Idiotas… -miró al peliblanco- De Haruya me lo esperaba, pero de ti, Gazel… -el mencionado alzó los ojos, y su "jefe" puso al fin las manos sobre la cintura de la chica que le abrazaba fuertemente, y sonriendo, les hizo una última advertencia- Ni se os ocurra acercaros a ella, o vamos a tener problemas. Sabéis de sobra que sois mis colegas, pero no tendré reparos en enviaros al Gordo –al oír ese sobrenombre, Burn palideció un poco, y el albino arqueó una ceja, cerrando los ojos- Sabía que lo entenderíais. Y ahora –continuó, mirando a la peli azul- nosotros dos nos vamos a una habitación… solos… espero que NADIE nos moleste.

La chica aplaudió, riéndose a infantiles carcajadas.

-¡Vamos, Hiro-chan, vamos a jugar! –el chico le sonrió.

-Oh, sí, vamos a jugar… -la última palabra se quedó en sus labios, dándole un doble sentido a la oración. En cuanto la puerta se cerró, los dos chicos que se habían quedado dentro resoplaron, fastidiados.

Genda golpeó la pared con el puño. Después, abrió sus enfurecidos ojos otra vez y miró a Yuuto. No creía, no quería creer en las palabras de Kido. Por dios. Era su casa. Se la cargaría él. Era la última persona de la que esperaba algo así.

-Vale –dijo, intentando calmarse- ¿y ahora qué hacemos?

-Llamar y decir que ha sido un error… -sugirió el de goggles, intentando no perder la cordura, más de lo que había hecho al marcar ese número en su teléfono.

-Kido, siento hacerte esta pregunta, pero… ¿¡TE HAS METIDO ALGO! ¡JODER! –Koujiro se desesperó, sus intentos de calma eran nulos- ¡La policía no va a tragarse eso, van a venir igual!

-Bueno… yo… -unas sirenas interrumpieron sus tartamudeos.

Fuera, tres coches de policía estacionaban frente a la mansión de los Kido. Yuuto se masajeaba la frente con una mano, ojos cerrados y mente ausente, mientras que Genda salía en busca de alguien que pudiera ayudarle. Naturalmente, no podían ocultar que había una fiesta: luces encendidas y parpadeantes, el zumbido de la música a decibelios que seguramente superaban los permitidos a esas horas de la noche, e incontables grupos de jóvenes borrachos, desparramados en alguna esquina fuera de la casa, o en sus coches, compartiendo la noche con alguien más que con su propio ser y su borrachera. En su camino, el castaño topó con Haruna Otonashi, su compañera en matemáticas básicas. Una chica bastante alegre y sonriente, aunque dudaba de si sería capaz de convencer a ningún policía enfurecido. Pero, al menos, no estaba bebida. Y probablemente no iba a encontrar a alguien en esas condiciones en toda la fiesta, así que la cogió suavemente del brazo y la llevó hasta el baño, para explicarle lo ocurrido.

Haruna le miró, extrañada.

-¿Qué ocurre, Genda-kun? –el chico se sorprendió por el apodo, pero decidió ir directamente al tema que le interesaba. Clavó sus azules ojos en la periodista y le explicó lo que había ocurrido. Que Kido había llamado por alguna estúpida razón, a la comisaría de la ciudad, y que en esos momentos, seguramente ya estarían lidiando con el portero para que les dejase entrar.

-…así que me preguntaba, si tú… bueno, como no has bebido, estoy seguro de que estás en perfectas condiciones para hablar con ellos y convencerles de que todo está bien, y que pronto echaremos a la gente de casa. Solamente tienes que hacer eso.

-¿Y… por qué no lo haces tú?

-Me he pasado con la cerveza.

-¿Y Kido? Él no bebe.

-Está demasiado nervioso… oye, ¿vas a hacerlo o no? No me queda mucho tiempo.

-Oh… de acuerdo –le miró de reojo, con oculto deseo- Pero tú vienes conmigo –el chico asintió, y los dos salieron del baño.

Mientras tanto, Kurimatsu, ese enclenque aguafiestas de metro cincuenta, invitado irónicamente a aquella mansión esa noche, corría por el pasillo de las habitaciones de arriba, donde sabía que algunas parejas consumaban su amor, o su pedal del quince, según se diera. Golpeaba todas y cada una de las puertas, dando la voz de alarma: la poli. Los chicos salían a toda prisa, apurados, muchos a medio vestir, otros con los pantalones o la camiseta en las manos, mostrando una pasmosa habilidad al vestirse mientras corrían. Llamó igualmente a una puerta que estaba pintada de azul, la única colorida en todo el pasillo, dudoso. Se oyó un golpe, un grito enfurecido, y le abrió el chico más popular del instituto. Hiroto Kiyama. Kurimatsu tragó saliva. Diablos. Le explicó lo que pasaba, soportando la mirada asesina del pelirrojo, en todo momento, hasta que este se metió en la habitación, habló con alguien sin cambiar el tono de fastidio y se dirigió a la puerta de nuevo.

-Aparta, estorbo… -el oji verde le dio un leve empujón, y salió del cuarto arrastrando de la mano a una chica medio desnuda, en vaqueros y sujetador, que saludó al castaño con un alegre gesto en la cara. Kurimatsu, extrañado le devolvió el saludo, aunque escondió la mano al notar que Kiyama le fulminaba con la mirada. El chico cogió a la peli azul en brazos y se la llevó a grandes zancadas, a la planta baja.

De acuerdo, ¿qué os ha parecido? Espero que os haya gustado, y siento tener que deciros que me voy de vacaciones a principios de agosto. Volveré a mediados, o así, y quizá suba algo antes de irme pero si no es así, bueno, lo siento. ¡Intentaré hacerlo de todas formas! Tengo muchas ideas. Así que ni preocuparos, creo que estará de sobra para el viernes (las noches de insomnio hacen milagros en cuanto a inspiración…)

Os quiero, mis queridos lectores, tanto si comentáis como si no (:

¡Adiós!