Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con algunos de los personajes de Stephenie Meyer, la historia pertenece a Kat Martin.
CAPITULO 3
Los invitados de Edward todavía no se habían levantado. Raramente lo hacían antes del mediodía, y con la excitación de la carrera de carruajes, la noche anterior había sido particularmente animada.
Edward jamás dormía hasta tarde. Su reloj mental no se lo permitía. Demasiados años de ser despertado antes del amanecer para enfrentar un nuevo día de trabajo agobiante. Con los primeros rayos del sol abría los ojos y ya no podía seguir durmiendo.
Esa mañana, a pesar de que una espesa niebla había cubierto las ondulantes colinas y la cabeza le martilleaba sin piedad a causa de la ginebra que había consumido la noche anterior, ya había desayunado para después cabalgar hasta la casa de uno de sus arrendatarios, un hombre llamado Colin Reese cuya esposa encinta, estaba por dar a luz en cualquier momento.
Acababa de volver a su casa, y salía de la penumbra del establo hacia la luz del sol que comenzaba a disipar la niebla, cuando divisó a Isabella Swan, junto a la entrada del taller del herrero, situado en una baja construcción de piedra del otro lado del sendero. La curiosidad lo arrastró en esa dirección. Pudo ver a Riley Biers, el herrero, asintiendo con gestos de su cabeza desgreñada ante lo que la joven le decía.
Edward se acercó, y se detuvo junto a la pesada puerta de roble. Hasta el momento, ellos no lo habían visto.
—Muchas gracias, señor Biers. Ayer vi una vivaz curruca posada sobre el muro del jardín. Tal vez con su ayuda, podamos hacer que regrese.
Un ligero rubor tino las rubicundas mejillas del irlandés.
—Con que una curruca, ¿eh? —Sonrió—. Y una muchacha como usted sabe de qué pájaro se trata. Será un placer construirle un comedero para los pájaros, señorita Swan.
Recién entonces Isabella se volvió y vio a Edward apoyado, imperturbable, contra la pared.
Sintió que el color le subía a la cara.
—Espero que no le importe, milord. Le pregunté al señor Biers si acaso tendría tiempo para hacerme un comedero para colgar en la ventana de mi alcoba. Tendré que buscar la manera de hacerlo, desde luego, ¡me da tanto placer contemplarlos!
Edward se apartó de la pared.
—Veo que también conoce sus nombres.
—Bastantes, sí. Siempre he tenido debilidad por los pájaros.
Edward sonrió pensando que ella había vuelto a sorprenderlo. Eso le gustaba de ella, que en realidad no sabía bien cómo era. Se preguntó cuánto tiempo le llevaría descubrirlo.
Se volvió hacia Riley Biers, el fornido irlandés que había conocido en Jamaica, un ex convicto como Jasper Hale y tantos otros que tenía a su servicio.
—Puedes construir tres o cuatro. La señorita puede ponerlos en el jardín.
Isabella sonrió con tanto placer que se le dibujó un hoyuelo en la mejilla izquierda.
—¡Gracias, milord!
—Estaba por entrar —se descubrió diciendo él—. Pero creo que me gustaría recibir una lección sobre pájaros, si acepta dar conmigo un paseo por el jardín.
Durante un instante él creyó que ella rechazaría su invitación; casi deseó que lo hiciera, pero en cambio ella se limitó a sonreír y a aceptar el brazo que le ofrecía. Gran cantidad de pájaros distintos pasaron volando frente a ellos mientras recorrían los senderos de grava, e Isabella provocó su asombro diciendo los nombres de cada uno de ellos.
—¿Ve allá ese pajarillo moteado de pardo? —ella señaló un pequeño pájaro posado sobre una rama de una haya.
—Incluso yo lo conozco, señorita Swan—respondió él con una sonrisa—. Es un vulgar carrizo.
Isabella se echó a reír y negó con la cabeza.
—Ése, milord, es un papamoscas. Sólo parece un reyezuelo. No hay que ser precipitado cuando se trata de identificar pájaros.
Edward deslizó los ojos sobre el pelo increíblemente brillante, el rostro finamente cincelado, la elegante y femenina silueta, y recordó el momento en que la viera por primera vez, cuando apenas se había dado cuenta de que ella estaba allí.
—He podido comprobar en numerosas oportunidades que las primeras impresiones suelen ser erróneas.
—Ya lo creo, es verdad —siguió ella con vivacidad—, especialmente con los pájaros. Por ejemplo, esa curruca. Muchos pueden confundirla con un mirlo.
—Pero usted no, señorita Swan.
Ella le dedicó una cálida y dulce sonrisa juvenil, aunque en Isabella Swan había una fuerza subyacente que siempre parecía resplandecer desde su interior.
—Mi padre amaba a los pájaros. Me enseñó a amarlos como él lo hacía. Después de su muerte, yo solía pasar mucho tiempo en el jardín; las aves nunca dejaron de levantarme el ánimo.
Edward le devolvió la sonrisa.
—Lo tendré en cuenta, en caso de que mi ánimo necesite ser levantado.
Ella pareció disponerse a hablar, pero miró por encima del hombro y se calló; Edward descubrió que ya no estaban solos. Roger Fenton, vizconde de Harding, se acercaba con los ojos clavados en Isabella, iluminados por un destello nada inocente. Edward juró por lo bajo. En lugar de pedir a su protegida que diera un paseo con él, debería haberle dicho que entrara en la casa.
Harding la observó de pies a cabeza, evaluándola. Resultó evidente que aprobaba lo que veía.
—De modo que ésta es la dama que has estado ocultando.
Inconscientemente, Edward dio un paso adelante para situarse frente a la joven.
—La señorita Swan estaba por entrar —dirigió a Isabella una mirada de advertencia que ella no podía fingir no advertir—. ¿No es así, señorita Swan?
—Bueno, sí... supongo...
—Vizconde de Harding, a su servicio, señorita Swan —al tiempo que decía esto, realizó una extravagante reverencia.
—Edward mencionó que su protegida se encontraba aquí, ahora me doy cuenta por qué la escondía de esa forma.
—Tenía la intención de proteger la reputación de la señorita... que ya tambalea precariamente por el solo hecho de ser mi pupila.
Isabella le tendió su mano enguantada.
—Lo vi correr. Estuvo muy bien. Por muy poco no derrotó a Su Señoría.
Roger sonrió.
—En realidad, suelo ganar. Es raro que Edward ponga todo su corazón en una carrera como lo hizo el otro día.
—Isabella—dijo Edward en tono admonitorio—, creo que ya es hora de que entre.
La joven lo miró con asombro, y él alzó las cejas, advirtiendo que por primera vez había utilizado su nombre de pila.
—Como usted diga, milord —Dirigió a Roger Fenton una lejana sonrisa de cortesía—. Buenos días, lord Harding.
—Ha sido un placer, señorita Swan —Harding se quedó mirándola mientras regresaba a la casa; a cada segundo que pasaba Edward sentía que le subía la presión.
—No me importa qué puedas estar pensando; esta muchacha está fuera de la cuestión. Es joven e inocente; mientras esté aquí, está bajo mi protección.
La sombra de una sonrisa curvó la boca del vizconde.
—Es notablemente encantadora. Tal vez tengas interés en ella.
Un golpe de calor pareció arder en la nuca de Edward.
—La muchacha es mi pupila. Su padre la confió al cuidado de mi padre. Me guste o no, eso quiere decir que ahora está bajo mi protección. Es el único interés que tengo en Isabella Swan.
Harding no hizo ningún comentario, tampoco él. Pero no le gustó el brillo que vio en los ojos del vizconde cuando fueron tras los pasos de Isabella rumbo al interior de la residencia.
Harding era apuesto y un buen partido, pero también era un jugador compulsivo con una fuerte tendencia a perder. Había perdido la fortuna de su familia, llevando a su primera esposa a la tumba antes de tiempo; aun así seguía siendo incapaz de mantenerse alejado del paño verde. Bebía en exceso y no tenía escrúpulos en seducir vírgenes inocentes.
Por los clavos de Cristo, los hombres como Harding configuraban el motivo por el cual había prevenido a Carlisle Cullen en contra de la permanencia de Isabella Swan en su casa. A Dios gracias, tanto Harding como varios de los otros invitados se marcharían al día siguiente.
De pronto y sin previo aviso, se descubrió deseando que el resto de sus huéspedes también se marcharan.
Ataviada con un sencillo vestido azul marino, Isabella descendió por la amplia escalinata de mármol y atravesó el vestíbulo en dirección a la parte trasera de la mansión. Iba al establo, en busca del conde, acostumbrada ya al hábito de Cullen de madrugar, igual que ella. Lo había visto salir a cabalgar en numerosas ocasiones; esa mañana había podido divisarlo por la ventana de su alcoba, vestido con sus ropas de montar, dirigiéndose al establo.
Allí, efectivamente, lo encontró, trabajando junto a su peón, examinando los cascos de una de las yeguas de cría. Isabella los contempló oculta en las sombras, en un establo que olía a heno y a caballos, a arreos bien engrasados y al linimento que estaban usando para curar la pata de la yegua. Por un rato se quedó mirando en silencio, sorprendida por la preocupación que trasuntaba la voz de Edward, cautivada por su calma y profunda cadencia mientras daba instrucciones al peón.
—Me ocuparé personalmente de esto —dijo Yorkie—. Es una yegua muy fuerte. Estará completamente bien en menos que canta un gallo.
—Gracias, Eric—Cullen se volvió para marcharse pero se detuvo cuando Isabella salió de entre las sombras—. Señorita Swan. Veo que se ha levantado temprano, como de costumbre.
—Igual que usted, milord.
—Estaba preocupado por la yegua. Ha estado enferma últimamente, y como le falta poco para parir, quería asegurarme de que se había curado —vestido con ajustados pantalones negros de montar y camisa blanca de mangas largas, le dirigió una intensa mirada con su fríos ojos acerados.
—¿Deseaba algo?
Ella miró la cuerda que él llevaba enrollada en sus largas manos morenas, y de pronto advirtió qué cerca de ella estaba él. Su corazón se lanzó a una carrera desbocada, a un incómodo ritmo, y sintió la boca repentinamente seca. Se dio vuelta para ir a ver a la yegua.
—Tiene usted muy buenos caballos, milord.
Edward la alcanzó y sostuvo con su bota la tablilla que mantenía abierta la puerta del pesebre del animal.
—¿Le gustan los caballos, señorita Swan?
—¡Oh, sí, mucho! En realidad, por esa razón vine esta mañana aquí. Esperaba que me permitiera montar alguno de ellos.
Él le sonrió con expresión divertida.
—¿También los caballos, al igual que los pájaros, señorita Swan?
—Me encanta montar, milord. No hay nada más placentero que una cabalgata en una mañana de primavera, con el sol asomando en el horizonte y el viento en pleno rostro.
Él se quedó considerando aquello; pareció coincidir.
—¿Usted cabalga bien, entonces?
—Mejor que la mayoría, supongo —dijo ella con un encogimiento de hombros—. Hace años que lo hago.
—Sospecho que son muchas las cosas que hace mejor que la mayoría. En cuanto a montar, no veo por qué no. Uno de los peones puede acompañarla y mostrarle toda la propiedad. Tengo una bonita yegua gris manchada, una árabe llamada Sasha, que le vendrá bien. Sólo avise al señor Yorkie cuando esté lista.
Estaba tan junto a ella, tan cerca que podía sentir el calor que despedía su fuerte cuerpo de miembros largos. Tenía hombros tan anchos que prácticamente ocupaban todo el hueco de la puerta, y los músculos de sus piernas se flexionaban a cada uno de sus largos y airosos pasos.
¡Era tan, pero tan apuesto! El señor Cullen le había contado que su esposa lo había abandonado nueve años atrás, cuando fuera condenado por la muerte de Laurent Witherdale, pero Isabella no podía evitar pensar que si lady Cullen se hubiera quedado junto a su esposo, si hubiera aguardado su regreso de prisión, la vida del conde habría sido muy diferente.
Al pensar en ello, soltó un suspiro. El conde de Ravenworth y su decadente vida no eran asunto suyo. Por otra parte, no era tan malo como había imaginado. Era considerado con la servidumbre y responsable en sus obligaciones como conde. Tal vez todavía hubiera esperanzas para él.
Al menos, era lo que Isabella pensaba hasta la llegada de lady Uley.
Isabella estaba junto a la ventana de su alcoba en esa cruda y ventosa tarde, viendo cómo descendía la vizcondesa de su coqueta calesa negra. Lady Uley iba vestida a la última moda con un vestido de talle alto de seda celeste festoneado con pequeñas rosas bordadas.
Bajo el ala de su sombrero, su cabellera aparecía tan oscura y lustrosa como la del propio Edward, aunque su cutis era claro y no moreno, y su boca plena del mismo tono de rosa que las flores que adornaban su vestido.
El conde le tomó las manos y se inclinó para darle un beso en la mejilla. Lady Uley le tomó el rostro entre sus manos, y su mirada oscura y sensual no dejó dudas con respecto a lo que tenía planeado hacer a media tarde.
Al observarlos, Isabella sintió que el estómago se le contraía. Sentía un peso en el pecho; ella tuvo que apartar la mirada.
—Le insisto, es peor que los demás —del otro lado de la ventana, Bree afirmó con una risilla su aseveración—. Siempre dando vuelas, persiguiendo al conde, alzándose la falda como una ramera. Y ese pobre viejo, el lord Uley, cree que ella es la santa de la maternidad.
Isabella alzó bruscamente la cabeza.
—¿Lady Uley tiene hijos?
—¿Y qué creía usted? Es así como hacen las cosas esos ricachones. Primero dio a su esposo un heredero de su sangre; ahora puede hacer lo que le da la gana. Fue ella y no Su Señoría la que empezó todo esto. Lo rondó y rondó hasta que finalmente él claudicó.
Isabella pensó en la pareja que se encontraba abajo... ¿o que ya había subido para instalarse cómodamente en las habitaciones de Ravenworth, tal vez ya desnudos en su gran cama con dosel?
La idea le provocó una oleada de calor, y sintió la piel tensa y ardiente.
—Sin embargo, a Su Señoría, ciertamente, parece no importarle.
—De eso no hay duda —convino Bree con un gruñido, y con esas palabras a Isabella la asaltó algo demasiado parecido a los celos. Rogó para que no fuera así.
—¿Va a salir? —preguntó Bree—. A esta hora, siempre lo hace.
Isabella negó distraídamente con la cabeza.
—Hoy no. No... no tengo muchas ganas de salir.
Bree no hizo ningún comentario, pero sus sagaces ojos negros se demoraron más de lo debido en el rostro de su ama.
—Si necesita algo, no tiene más que llamarme; estaré abajo.
—Gracias, Bree.
Isabella pasó el resto de la tarde leyendo, acurrucada en un sillón del rincón de su salita, frente a un fuego acogedor. Pero le resultaba difícil concentrarse en las palabras. Su mente no dejaba de revolotear e imaginar a Edward Cullen, con su cuerpo longilíneo y desnudo al lado del de lady Uley. Hacía que sus mejillas ardieran, pero parecía incapaz de detenerse.
La furia se filtraba desde detrás de la imagen. Era de pésimo gusto que un hombre llevara a su casa a su amante. Pero, por otra parte, la vizcondesa era una mujer casada y además una par del conde, una artimaña de visita entre vecinos perfectamente aceptable.
Y, en rigor de verdad, el conde la había puesto sobre aviso. Con pupila o sin ella, no tenía ninguna intención de cambiar su sórdido estilo de vida.
Tomar conciencia de ello puso una nueva nota deprimente en una tarde de por sí sombría. Los invitados de Ravenworth llegaban y se marchaban; sin embargo, parecía que siempre había alguien en la casa. En numerosas oportunidades, Isabella se había cruzado con el conde en la salita de desayuno, y aunque él raramente hablaba de sus amigos y nunca de lady Ulry, Isabella se descubrió cada vez más intrigada por él. No podía decir a qué se debía, pero tenía la sensación de que Edward Cullen ocultaba mucho más de lo que dejaba entrever la imagen de decadencia que él ostentaba como un brillante manto color púrpura.
Muchísimo más, siguió descubriendo, como la vez en que se había topado con él en la biblioteca. Era ya bien pasada la medianoche, y la casa estaba, como casi nunca, silenciosa y a oscuras, pero Isabella no podía dormir. Llovía torrencialmente, y un viento huracanado soplaba desde el helado mar del Norte; sus relámpagos zigzagueantes podían verse por los ventanales.
Envuelta en un abrigado salto de cama que la cubría de pies a cabeza, Isabella tomó una palmatoria de su tallado tocador de madera de teca y descendió silenciosamente la escalera.
Los truenos resonaban con un sonido espeluznante por toda la casa; sintió que la recorría un leve escalofrío.
Cuando llegó a la entrada de la biblioteca, tomó el tirador de plata, con la intención de buscar algo nuevo para leer. El tirador giró, la puerta se abrió y por un instante se quedó inmóvil.
Adentro había una lámpara encendida, y la habitación distaba de estar vacía.
—Buenas noches, señorita Swan —Edward Cullen estaba apoltronado en un sillón de cuero negro, con una copa de ginebra en una mano y un delgado puro en la otra. Frente a él se encontraba el rubicundo Nigel Wicker, barón de St. George, desparramado en su asiento como un sapo engreído.
—Buenas noches, milord. No tenía intención de molestar. No sabía que estaba aquí.
Los hombres parecían estar jugando a los naipes. Sobre la pulida mesa de caoba aparecían varias pilas de dinero puestas como al descuido, y acababan de repartir una nueva mano de cartas, que se encontraban boca abajo frente a cada uno de ellos.
Isabella vaciló apenas un instante y después entró resueltamente en la habitación, esta vez decidida a no dejarse intimidar. Lo aprobara o no Su Señoría, había ido en busca de un libro, y no tenía intenciones de marcharse sin él.
Apoyó la palmatoria sobre la mesa situada junto a una hilera de volúmenes encuadernados en cuero, detrás de los dos hombres.
—Otra vez jugando, como veo —no pudo resistir decirle al conde—. Esta vez no creo que vaya ganando.
Al oír esto, el conde esbozó una sonrisa
—No, en efecto, como ya habrá notado.
—Edward es un jugador condenadamente bueno —farfulló St. George—, cuando se concentra — los labios del barón se curvaron en la sombra de una sonrisa—. Afortunadamente, eso no sucede muy a menudo.
Edward dio una calada a su cigarro, soltó varios anillos de humo, y los observó flotar en el aire.
—La señorita Swan no aprueba mi adicción al juego, ¿no es así, querida mía?
La inesperada familiaridad del trato la tomó desprevenida y provocó una sensación de calidez en su estómago. A Isabella le molestó la reacción y la facilidad que él tenía para conmocionarla.
—Ya sabe que no.
St. George bebió un sorbo de su copa, se reclinó en su asiento y soltó un ruidoso eructo.
Cullen lo miró alzando una ceja.
—Creo que tuvo oportunidad de conocer al barón hace un par de días -dijo, bebiendo un sorbo de su propio licor. Tenía el pelo revuelto, no llevaba corbata y su camisa bordada tenía varios botones desabrochados. A través de la abertura que dejaba a la vista aparecía su tersa piel morena, cubierta de oscuro vello rizado. Tenía un aspecto disipado y guapo y estaba obviamente bebido, aunque St. George estaba aún más ebrio que el conde.
Isabella se enderezó y adoptó una actitud rígida.
—Sí, creo que nos conocimos ayer a la tarde —se había encontrado con Nigel Wicker cuando éste iba junto a Ravenworth en el laberinto de pasillos que cruzaban la residencia, y el conde se había visto obligado a presentarlos.
Isabella dirigió una sonrisa forzada al rechoncho barón.
—Buenas moches, milord —dijo, pero su mirada continuó fija en el conde, y no pudo evitar pensar en la pena de ver a un hombre como el conde sumido en una decadencia semejante—. Como ya dije, lamento interrumpir. Terminé el libro que estaba leyendo, pero parece que no puedo conciliar el sueño. Prometo no demorarme.
—Tómese todo el tiempo que quiera, querida —masculló el barón, inclinándose vacilante hacia ella—. Una belleza como usted puede molestarme cuantas veces quiera —Hasta que el brazo del hombre no voló hasta su cintura, Isabella no había advertido qué cerca de él estaba—. ¡Por Júpiter, Edward, vaya bombón tan encantador...!
En menos de un segundo Ravenworth saltó de la silla, dejando caer el puro, y derramando la bebida sobre la mesa. La torpe mano de St. George nunca llegó a tocarla. En lugar de eso, fueron los largos dedos morenos del conde los que se cerraron dolorosamente alrededor de la carnosa muñeca del hombre.
—Ya te lo dije, esta joven está vedada para ti y para todo el que venga aquí. Creí haber sido claro.
Los abultados labios del barón se curvaron en una mueca de dolor, y Edward aflojó su apretón.
Isabella retrocedió y se apoyó contra una hilera de libros. El barón se quedó mirándola con una perezosa sonrisa de lujuria dibujada en el rostro.
—Muy claro, amigo mío. No me había dado cuenta que tú mismo reclamabas un derecho respecto de la joven.
Ravenworth apretó los labios hasta que se convirtieron en una fina línea amenazadora.
—La joven es mi protegida y nada más. Recuérdalo, St. George; así no tendremos problemas.
Isabella se quedó observándolos. En su mente se repetía la escena en la que el conde saltaba de su silla con la súbita gracia de una pantera... y sin la menor huella del borracho que había parecido ser.
—Isabella—dijo él en voz baja—, ¿se encuentra bien? Ella parpadeó varias veces y tragó aire.
—Sí... sí, muy bien. Voy a tomar mi libro y regresaré a mi habitación.
—Bueno, pero hágalo deprisa.
Isabella no se demoró. Tomó una de las novelas medievales de Ann Radcliffe que había visto en el estante días atrás, se volvió y salió apresuradamente de la biblioteca.
Fue seguida por las voces de los hombres. Se preguntó qué estarían diciendo, pero su mente estaba principalmente ocupada por Edward. No había estado ebrio..., no totalmente.
Creció en ella la sospecha de que el conde era un hombre muy diferente a lo que mostraba. Lograba intrigarla, mucho más que cualquier hombre que hubiera conocido en su vida.
Ese interés le aceleró el pulso al decidir que, de una manera u otra, descubriría la verdad acerca del perverso conde.
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Las nubes corrían por el cielo, dejando en sombras momentáneamente a los prados distantes.
El sol volvió a asomar una vez más; Edward sintió su calor en el rostro a través del cristal de la ventana de su alcoba situada en el segundo piso. De pie junto a las oscuras cortinas de terciopelo azul, bajó la mirada hacia el jardín y vio a Isabella Swan, que realizaba su habitual paseo por los senderos de grava.
Ese día no estaba sola. Llevaba de la mano a dos niños que eran hijos de sirvientes, Petey, el muchacho de Riley Biers, y Allie, la niña de Jasper. Iba hablándoles de los pájaros, supuso Edward; la idea le hizo sonreír.
Es buena con los niños, pensó al ver su brillante e indulgente sonrisa y oír el débil sonido de su risa cuando Allie se agachó para levantar un caracol y lo sostuvo en la mano como si hubiera descubierto un gran trofeo. Algún día sería una buena madre.
La idea se deslizó a través de su mente y le provocó un tirón en las entrañas. No sería como Jane. Ni como Leah Clearwater, ni como tantas mujeres que conocía. Se parecería más a su madre, o tal vez a su hermana Irina.
A Edward siempre le habían gustado los niños. Para él, eran la esencia de la vida, la verdadera alegría de vivir. Sin ellos, el mundo sería un sitio más lúgubre, sin ninguna chispa de vida.
Contempló a los niños en el jardín, que corrían entre los setos impecablemente recortados, sitio en el que el jardinero generalmente les prohibía jugar, y recordó los días en los que había imaginado a su propia prole jugando entre los matorrales y las flores de Ravenworth, riendo y cometiendo travesuras, tal como habían hecho su hermana y él alguna vez.
En los meses posteriores a su boda, Jane había estado dispuesta a cumplir con su deber, aunque Edward había descubierto que ella, al igual que Leah, distaba de pertenecer al arquetipo maternal. Finalmente, el destino se había encargado de liberarla de esa obligación.
Un esposo condenado por asesinato. Siete años de cárcel. Jane se había trasladado al castillo Colomb, su propiedad al norte de Londres, y cuando Edward volvió de prisión, la encontró viviendo sola.
No habría niños para él, lo sabía, ni heredero que llevara el nombre de la familia. En general, ya estaba resignado a esa realidad, pero en ocasiones eso le molestaba, ocasiones en las que observaba a Peter y a Allie se imaginaba lo que podría haber sido su vida si no hubiera matado a Laurent Witherdale.
Un músculo se contrajo en su mejilla. No le gustaba demorarse en ese tema. El pasado, pasado; no podía cambiar nada de él. En rigor de verdad, nunca había tenido la menor posibilidad, y aunque la hubiera habido, habría hecho lo mismo.
Contempló a Isabella Swan, que jugaba con Allie, sin sombrero y con una larga trenza de fuego que le llegaba hasta una cintura increíblemente estrecha, de cara al sol de la tarde. Al recordar la furia que había sentido la noche anterior cuando St. George había intentado tocarla, frunció el entrecejo. Había reaccionado por puro instinto, se dijo. Ella era su pupila, su responsabilidad. Era natural que tratara de protegerla.
En realidad, era mucho más que eso. Isabella Swan era lo único bueno y decente que había dejado entrar en su vida por primera vez en muchos años. Se merecía algo más que las manos lujuriosas de un libertino como el barón o un don Juan como el vizconde de Harding.
La obligaría a alejarse de su casa si podía, si llegaba a estar seguro de que Witherdale había terminado con su persecución, pero Edward no conseguía convencerse de ello. Conocía demasiado bien la personalidad obsesiva de James, sabía que renunciaría a algo que deseaba tan vehementemente. Edward no estaba dispuesto a permitir que el hijo de perra se quedara con ella, como tampoco ninguno de sus sórdidos amigos.
Eso no significaba que estuviera dispuesto a cambiar su estilo de vida. No pensaba hacerlo, ni por Isabella Swan ni por ninguna otra. ¿Por qué iba a hacerlo? Él era un marginal, despreciable ante los ojos de sus pares, hiciera lo que hiciese. Había perdido siete años de su vida y se proponía resarcirse por ellos, permitirse todo lo que se le ocurriera.
En pocos meses, Isabella Swan estaría lejos, casada con el hombre que Carlisle Cullen y él mismo elegirían para ella. Mientras tanto, seguiría viviendo como lo había hecho desde su regreso a Inglaterra. Se lo había advertido a la misma Isabella antes de que ella decidiera quedarse.
Edward se apartó de la ventana, decidido a alejar a Isabella de su mente, al menos por el resto de la tarde.
—¡Emmett! —llamó a su valet.
La alta y sólida figura del hombre apareció cansinamente en la puerta de la habitación. Emmett McCarty había sido su amigo durante los años en prisión. La clase de amigo capaz de responder con su propia vida.
—¿Sí, Edward?
Él era más alto que Edward, corpulento y robusto, con pecho y hombros musculosos. Había matado a un hombre en una pelea por una mujer, y lo había agravado al robar el reloj del muerto.
—Necesito un trago —dijo Edward—. Haz que Jazz me traiga una copa de ginebra.
—No hay problema —respondió Emmett—. Mi trabajo está terminado. ¿Te molesta si te acompaño?
Edward le sonrió.
—Buena idea.
Se le ocurrió que quizá fuera el único hombre en Inglaterra que prefería la compañía de un criado a la de la mayoría de los invitados que se alojaban en su casa.
Pues con ese tipo de invitados que tiene Ed, yo también preferiría mil veces la compañía de Emmett y Jazz.
Jane es una tonta yo no abandonaría a Ed por nada, lo esperaría como una buena esposa, recuperaría el tiempo perdido y le daría uno o dos hijos.
Ya estos muchachitos se empiezan a dar cuenta de que se gustan, ojala no ronquen tanto.
Gracias por los rr, siento mucho la tardanza.
Besos!
