El mundo y los personajes de Digimon no me pertenece. Esta historia nació para fines de entretenimiento y no busco lucrar con ella.
Testigos
~ El brillo que los ilumina ~
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En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente.
~ Khalil Gibran ~
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Natsuko Takaishi suspiró, profundamente, mientras aplastaba la colilla del cigarrillo contra el cenicero.
No estaba preocupada por la tardanza de Hiroaki y Yamato, aunque pareciese lo contrario y esa sería la respuesta que le daría a cualquier persona que se lo preguntase. No importaba si ese alguien era su hijo de doce años, mostrándose divertido por aquellas señales de impaciencia, siendo además conciente de que las palabras de la mujer eran (o serían) mentira.
Él, Takeru, tenía esa facilidad para detectar mentiras que Natsuko, suspiraba de frustración cada vez que tenía que omitir información para su benjamín.
Enseguida, él parecía saberlo y la miraba con esos enormes ojos zafiros, que indagaban, que cuestionaban, que intuían.
Le dirigió una mirada, abandonando la posición en la que se hallaba y buscando una nueva ubicación en el living de la sala. El tiempo pasaba inusualmente lento cuando más se le necesitaba.
No sabría definir, a ciencia cierta, cual era el motivo que más ansiosa la tenía. Desde hacia semanas se hallaba esperando ese momento.
Como periodista, debía reconocer que estaba ansiando la llegada de ese día con una impaciencia que —conforme se acercaba el momento— parecía aumentar. Y es que la curiosidad tenía un papel preponderante en su carrera.
Aunque, sinceramente, en ese caso especial la curiosidad le parecía inmensa porque adquiría dimensiones más personales que profesionales.
Como madre, estaba debatiéndose si aquel deseo de conocer ese mundo debía ser permitido o no. El debate le estaba costando más de lo que pensó en un principio pero, a decir verdad, sabía que no había vuelta atrás en su decisión.
Cuando los niños —los amigos de sus hijos— le develaron a ella que aquel lugar el llamado digimundo abría sus puertas, fue la primera en enlistarse para ir (o la segunda, porque Haruhiko Takenouchi, su ahora colega, había estado tan, o más, entusiasmado como ella por asistir a ese lugar). No podía negar que era algo que pugnaba en su interior: un ansia de conocer que no había tenido en mucho tiempo.
Como periodista, aquello le parecía realmente admirable. Sería una gran historia, incluso podría obtener muy buenos datos y pruebas con el simple hecho de pisar ese lugar.
Sin embargo, lo que más la emocionaba era que conocería el sitio donde sus hijos estuvieron en tantas oportunidades.
Un mundo que había aprendido a aceptar pese a temerle (especialmente cuando lo vio absorber a sus hijos, pero no solo a ellos, sino a toda aquella banda de niños para unirse a una lucha) Y era en eso, en lo que radicaba su debate, como madre.
Durante mucho tiempo había visto en sueños como su pequeño Takeru desaparecía de entre sus brazos y no volvía a aparecer jamás. Aquella vez… Cuando se enfrentaron a aquel monstruo enorme, él los había hecho desaparecer a todos.
Aun desconocía que había sucedido realmente pero…
Jamás olvidaría eso.
Sus hijos habían desaparecido y vuelto a aparecer. Eso era algo que no se podía olvidar fácilmente.
En ocasiones, reconoció, había llamado a Hiroaki —en mitad de la noche, casi en madrugada— preguntándole si Yamato estaba en su cama, durmiendo, o había sido absorbido por aquel lugar desconocido, otra vez.
Había sido ese, durante semanas, su gran miedo.
Esos primeros meses, desde agosto hasta diciembre de 1999, no había podido estar en paz consigo misma.
Temía que le arrebatasen todo…
En enero del 2000, ella y Takeru se habían mudado a Francia, con su padre Michel durante una temporada. Pensó que necesitaba alejarse de Japón.
Allí, en aquel país, se había reencontrado con su hermano, Nozomi y la hija de este, la dulce Mitsuko, que por entonces tenía apenas siete años.
Michel le había propuesto el cambio. Su padre, pese a ser Japonés tenía ascendencia europea —por eso la combinación del nombre y el apellido de origen diferentes— y había contraído segundas nupcias con una mujer francesa (del primer matrimonio de Michel nacieron Natsuko y Nozomi). Por lo tanto, la mujer francesa, Marie, era su madrastra. Michel era un gran hombre, pero caprichoso.
Antes de conocer a su actual esposa, ellos, los Takaishi, vivían en Japón.
Luego, el hombre dejó todo y se fue a vivir a Francia. Nozomi, que era menor que ella, los siguió. Natsuko, que en ese entonces tenía diecinueve años —podría decir, en realidad, veinte— se quedó en Japón.
No es que tuviese nada en contra de su padre ni de su nueva esposa. Al contrario, Marie le resultaba simpática. La verdad de todo era que… Lo había hecho por Hiroaki.
Él era apenas un par de años más grande que ella, y habían coincidido mucho en la universidad. Con esa aura de envolvente misterio, tan gallardo y con esa sonrisa deslumbrante, Natsuko estuvo enamorada de él desde que lo conoció.
Pero bueno, aquello era otra historia.
Entonces, cuando ella y Takeru se instalaron en Francia en el inicio del nuevo milenio, las cosas se tranquilizaron.
En ese país encantador, Natsuko consiguió un buen trabajo, y podía decir, sin ser presumida, que su nivel económico era bueno. No tenían dificultades con el dinero, lo que le permitía tener bastante control sobre los gastos.
El inconveniente fue el conseguir un lugar donde vivir pero Michel, su padre, los había aceptado encantado en su morada. Él y su esposa no vivían en París, y por ello, Takeru no había podido conocer la ciudad del amor. Ella sí, porque durante varios reportajes, estuvo por allí.
Pero, en ese entonces, su hijo no estaba especialmente interesado en conocer nada europeo. Su hijo estaba extrañamente incomodo en la ciudad.
Takeru dejó de soñar con extraños episodios vividos en el digimundo, y comenzó a hablarle de su compañero: Patamon. Pero no solo de él, también de sus amigos de aventuras. De lo bien que se había llevado con los demás, de cuanto los echaba de menos, de lo mucho que les gustaría verlos, de cuanto extrañaba a su padre y a su hermano.
Su niño se veía tan apagado lejos de todo eso.
Y Natsuko recordó su promesa.
Ella misma se había prometido que no dejaría que Takeru sufriera por una decisión suya nunca más. Ella se había prometido que nunca más iba a arrebatarle algo qué hiciera feliz a su hijo. Sin importar los bienes materiales qué ella pudiera darle, ella pondría los sentimientos por delante.
Y, entonces, antes de terminar el año 2000, habían regresado a Japón.
Ella se encontró deseando regresar a Japón porque también había estado pensando en que, con aquella distancia física, aumentaba el enorme trecho que existía ya entre su hijo mayor y ella, algo que tendría que estar salvando, no ampliando...
Un pitido le llamó la atención, y la sacó de sus cavilaciones.
Takeru sostenía entre sus manos aquel viejo sombrero verde que había lucido la primera vez que viajó al digimundo y se encaminó hacia la mesa —donde reposaba su mochila— para guardarlo. Había dado vuelta la casa para hallarlo (A Natsuko le sorprendía que aun lo tuviese consigo, pensó que lo había tirado). Su hijo decía que el plan era hacer un muestrario de recuerdos. Natsuko tenía que sonreír ante aquella idea.
Sin embargo, en ese momento, Takeru ladeó el rostro para mirar el reloj y después se giró hacia la mesa, donde estaba la computadora portátil que él llamaba D-Terminal.
Hubo otro sonido, proveniente de ese aparato.
El portador de la esperanza avanzó a grandes zancadas y la mujer fue capaz de ver la primera autentica sonrisa de su hijo en horas.
No sabía porque aquella sonrisa era tan diferente a las demás.
En líneas generales, su hijo era una persona bastante alegre —un tanto mística en sentido de aquellas palabras que parecían filosofía de vida y no algo que diría alguien a sus doce años— pero alegre, en verdad. Natsuko pensaba que su hijo tenía la habilidad de ver la vida con otros ojos, y eso la maravillaba. Desde niño había sido así…
Se cruzó de brazos, apoyándose contra el respaldo del sofá que se imponía en su casa. — ¿Quién es? — Quiso saber. Sin embargo, por descontado, ya lo sabía.
— Hikari — Fue la respuesta, medio ausente, medio inconciente de Takeru.
La periodista se permitió sonreír ampliamente, reflejando el gesto que se plasmó en la expresión de su hijo.
Ese era el motivo de aquella sonrisa. Hikari Yagami, la mejor amiga de Takeru. Natsuko sabía que no debería sacar conclusiones —después de todo, su hijo apenas estaba rozando la adolescencia— pero ya auguraba que ese par tendría algo especial.
No entendía que era, ni porqué, ni de que manera, pero estaba segura de eso.
Quizás era su instinto el que hablaba.
— ¿Qué dice? — Dudó.
¿Había dicho ya que la curiosidad era algo preponderante en ella? Bueno, lo era de verdad.
Takeru levantó los ojos, del color de un cielo azul, y miró a su madre al responder — Está en el digimundo — Explicó, sonriente — Me pregunta que es lo que ha pasado y porqué su familia llegó primera.
Natsuko sonrió.
Curiosa familia la de los Yagami. Sí, los padres eran Yuuko y Susumu.
De todos los amigos de su hijo, a los familiares que más conocía eran a los Yagami y, después, a los Takenouchi. Y el otro muchacho era Kido. Sí, Shuu Kido. Era un alumno del señor Haruhiko, y el hombre le auguraba un prospero futuro.
— Eso es raro, ¿cierto? — Cuestionó ella, ávida de saber más.
Sin embargo, su hijo no respondió directamente a su pregunta. Señaló la computadora que estaba en la sala contigua —en la que Natsuko trabajaba usualmente — y cuestionó: — ¿Y quieres que abra la puerta? Puedo ayudarte a ir, y luego volver por papá y por mi hermano…
Natsuko le dirigió una mirada al reloj, y negó con la cabeza — Esperaré.
De todas formas, ¿Cuánto más podría tardar Hiroaki?
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— Tardarás años en salir del embotellamiento — Se quejó Yamato, mientras suspiraba.
Se pasó una mano por el rostro, con frustración y luego miró la hora que indicaba su digivice.
El aparato seguía funcionando perfectamente, y eso le hacia sonreír al pensar todos los recuerdos y momentos que se podían recordar solo con posar su vista en el aparato móvil.
Veinte minutos de retraso.
Grandioso. Él siempre se encontraba puntual en una salida —no era el primero en llegar pero tampoco era como Yagami y llegaba en los últimos— así que le irritaba estar tardando tanto. En especial, porque él sí tenía todo listo y ese retraso no era culpa suya. De hecho, había alterado todos sus planes. No había ido ir por Sora y su familia —esa había sido la idea cuando su padre fue a la televisora a buscar la camioneta— pero el señor Ishida se había entretenido demasiado tiempo en su trabajo.
Miró a su padre, sentado cómodamente en el asiento del conductor, con el rostro concentrado y esperando. Se preguntó si, algún día, se parecería a él.
— No seas impaciente, Yamato. No te recuerdo así… — Musitó el hombre y el rubio vio que una sonrisa tiraba de la comisura de sus labios.
No pudo evitar sonreír, aunque mostrando aun su frustración. Las cosas no salían como él había planeado — No tendrías que haber ido a la oficina. Nos habríamos ahorrado esto. Y ahora estaríamos con Sora, su familia, mamá y Takeru… En el digimundo, esperando a los demás.
Hiroaki escuchó las quejas de su hijo a medias, y aceleró, cuando vio que el agolpamiento comenzaba a desaparecer en la columna del frente. A su alrededor había muchos autos, todos de diferentes colores y años… No entendía porque el embotellamiento había sido tan masivo.
— No puedo dejar mi trabajo así como así — Le dijo al rubio, mientras maniobraba para volver a ponerse en camino.
— Ya.
Su padre nunca iba a dejar su trabajo así como así, porque estaba casado con esa televisora.
Era su familia —aunque eso no le gustara reconocerlo—, su nueva esposa y su amante. En su opinión, no era una vida del todo sana.
Yamato pensó que le gustaría ver a su padre con aquella sonrisa en sus labios, la que adornaba su expresión en aquella foto de su banda.
Sabía, era conciente de, que no sucedería, pero apreciaría que el autor de sus días pudiese disfrutar menos de su trabajo y más de la vida en general. Su padre si que era un ser del todo incomprensible.
Era curioso ver que, en algo, coincidían verdaderamente. No más parecidos a medias.
Ambos amaban la música.
— ¿Le avisaste a Takeru que llegaríamos tarde? — La pregunta lo tomó por sorpresa.
En algo que medio se parecían era que ambos eran amigos de los silencios largos.
La diferencia era que Yamato tenía a alguien que los llenaba. Y ese alguien era una de las personas que más le irritaban (jamás iba a negar esa verdad) en el mundo pero, a la vez, una de las más importantes.
— Sí, le avisé. — Replicó, marcando su molestia e irritación — Hace diez minutos. Estarán esperándonos hasta que lleguemos.
Por una parte, no podía negar que quería llegar a su destino.
No le apetecía pasar mucho tiempo en esa camioneta, con su padre, en un embotellamiento que, por momentos, parecía no querer acabar. No era nada productivo.
Ansiaba pisar el digimundo, reunirse con sus amigos, ver a Sora, reencontrarse con Gabumon.
Pese a que hacia tiempo ya podían visitar el digimundo con frecuencia, entre la banda, los ensayos de verano, los conciertos y sus estudios, no había podido desconectarse del todo de aquella responsabilidad.
No había estado tan libre hasta ese día, como para disfrutar verdaderamente.
Sonrió, divertido.
Repentinamente, al pensar en disfrutar del digimundo, había recordado que todos ellos, a los once, habían ansiado estar como unos 110 años en ese mundo.
¿Qué había sido esa locura? La había propuesto él mismo, según recordaba. Oh, la ilusión infantil. TODOS habían aceptado aquella idea sin tener conciencia de nada más.
Pero es que… Como había dolido la despedida.
Y… Como cambiaba todo con el paso de los años.
Ahora pensaba en esas locuras con una sonrisa en sus labios.
Ese mundo les había enseñado tanto, a decir verdad. No solo a conocerse, a aprender de los errores, sino que había contribuido a que crecieran, a que cambiaran, a que mejoraran.
Yamato podría enumerar cada una de las cosas que habían mejorado desde que había regresado del mundo virtual en aquel lejano día de 1999.
Como había abierto las puertas de su corazón, si podría decirse así, para que las personas se asentaran definitivamente dentro de él. Como Sora y Koushiro. Como Jou. Como Mimi e Hikari. Como Taichi. Como su madre, e incluso también su padre.
Algo muy profundo había cambiado en él tras aquella aventura.
Y ahora estaba viendo los efectos de esos cambios.
En realidad, los estaba viviendo.
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Natsuko tamborileó los dedos en la mesa, mostrándose ligeramente impaciente ante la espera.
Takeru levantó la vista, por quinta vez, y le dirigió una mirada a su madre, ubicada del otro lado de la mesa. Estaba marcando el ritmo de las manecillas del reloj con sus dedos.
La del segundero, que sonaba y parecía retumbar en el silencio.
Deberían llenarlo con palabras, decidió Takeru, pero estaba demasiado abstraído como pensar en que decir.
Sus ojos viajaron desde el rostro de su madre hasta la hoja que estaba delante de él.
¿El motivo? Bueno, había comenzado como un juego, pero había avanzado ligeramente hasta ser algo más.
Estaba escribiendo sus primeras aventuras en el digimundo.
Era cierto que su redacción aun tenía muchas imperfecciones, que su gramática no era perfecta y que las expresiones, al leerlas repetidas veces, le resultaban extrañamente formuladas. No obstante, le ilusionaba el hacerlo. No había notado, con tanta claridad, cuanto le gustaba escribir.
Ya tendría tiempo de corregir los detalles fallidos.
Por el momento, sólo eran recuerdos plasmados en papel. Memorias atesoradas, fragmentos y crónicas que, en verdad, habían sido muy importantes en su pasado.
— ¿Cuándo vendrán? — Dudó su madre, en voz alta y aplastó la colilla del tercer cigarrillo contra el cenicero, al que había movido de lugar unas cuantas veces.
Takeru levantó los ojos, apoyó su mentó en uno de sus brazos y la contempló: — Si quieres que te lleve…
— No — Se apresuró a decir Natsuko, y vio los ojos curiosos de su hijo, inquisidores. Estaba esperando una explicación. Era asombroso como Takeru podía mostrar solo con la mirada las cosas que pasaban por su cabeza.
Quiero que vayamos juntos. Pensó, pero no lo dijo en voz alta. Le restó importancia con un gesto de su mano.
— ¿Por qué no has traído a Patamon a este mundo últimamente?
— Ya sabes, desde que comenzaron a publicarse artículos de digimon, tenía miedo de que nos persiguieran y no nos dejaran en paz.
Además de que quisieran hacer investigaciones con ellos, agregó, en su fuero interno. Por muy a favor de la ciencia que estuviese, no iba a dejar que usaran a Patamon como conejillo de Indias. En realidad, no quería dejar que nadie usase a nadie como conejillo de Indias, pero no estaba seguro de si podría evitar eso.
Una parte de él, que le hacia sentir, a veces, algo incómodo, habría deseado que los digimons quedasen en secreto.
Sabía que era algo casi milagroso que el mundo digital abriese sus puertas hacia los humanos, y más de esa forma permanente que parecía ser ahora (no estaba seguro de haber podido despedirse de Patamon otra vez aunque tuviese la esperanza del reencuentro)
Pero…
Los digimons ahora estaban en la mira, en el centro de todo.
Incluso su madre, pensó, estaba interesada en investigar, indagar, descubrir.
Ya se hablaba, en el ámbito científico —según Koushiro, que era él que más informado se encontraba— de una organización gubernamental que quería controlar la actividad de seres digitales en la tierra.
Takeru no estaba realmente seguro de si la sociedad estaba realmente preparada para el cambio.
Pero, en realidad, no debería estar interesándose en eso.
Sino en escribir, para no ponerse ansioso, porque ese día sus padres, su hermano y él iban a caminar, juntos, por el suelo del mundo digital.
Y había esperado ese acontecimiento por muchos meses.
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Yamato sonrió cuando, a lo lejos, divisó la fachada del edificio donde vivía su madre.
No habían tardado tanto, como pensaba, en llegar a la calle del sitio donde residía el resto de su familia. Sus ojos vagaron por el lugar, y se sintió feliz cuando su padre aparcó el vehículo que los transportaba que no era otra que su fiel camioneta.
Le incomodaba haber estado tanto tiempo sentado.
Y, quizás, sólo quizás, estaba ansioso por ver a su madre.
Hiroaki Ishida tiró el cigarrillo y lo pisó, después de bajarse de su automóvil. Seguía pareciendo tranquilo pero siempre tenía esa expresión de serenidad. O casi. Eran escasos los momentos en los que ese hombre perdía la paciencia.
Yamato vio que los ojos de su padre se elevaban y que, luego, se clavaban en los suyos.
— Tu madre estará impaciente. — Hiroaki tenía esa voz profunda, envolvente, que otorgaba seguridad a quien escuchase. En su juventud, seguramente, había sido un gran cantante.
El rubio sonrió, tristemente.
Era inquietante lo difícil que era esa situación, en realidad.
Su padre amaba a su madre. La quería, al menos, y mucho. Estaba seguro de que Natsuko era el gran amor de su padre.
Pero… Aun así…
Sabía que no podía remediar el pasado, y hacia tiempo había aceptado que su familia no era como la de los demás.
Pero…
Como lamentaba el ver que su padre parecía cada vez más resignado a la soledad. Era cierto que la relación con su madre había sido bastante difícil e incluso, podría catalogarse como un fracaso —era una palabra cruel, pero cuando un matrimonio que promete estar para toda la vida se separa, es un fracaso— pero eso no aplicaba a que el hombre pudiese salir con otras mujeres.
Sin embargo, su padre era solitario. Y aquello le agradaba, o quizás, le resultaba cómodo. El mayor de los hermanos no estaba seguro de cual era la respuesta. En todo caso, si lo deseara, podría cambiarlo.
— ¿Qué miras, Yamato?
El rubio volvió a sonreír — Nada.
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Takeru fue quien se incorporó de un salto, en cuanto escuchó el timbre. Una sonrisa reemplazó el mohín de su rostro y el menor se deslizó por el pasillo, para abrir la puerta.
— Al fin llegan — Les dijo a su padre y a su hermano, cuando divisó sus figuras bajo el umbral de la puerta. — Íbamos a irnos sin ustedes.
Yamato enarcó una ceja. Mentiroso.
Sin embargo, como siempre, Takeru irradiaba esa alegría de vivir que le provocaba una sonrisa. Se guardó las manos en los bolsillos y se percató de que, en uno de ellos, estaba guardada su armónica. Se sorprendió así mismo, porque no recordaba haberla guardado en ningún momento.
Negó, no era un suceso trascendental, tampoco. Esa armónica... Bueno, en fin. No importaba.
— Oye, queremos pasar — Replicó, con intención de molestar a Takeru, que se hizo a un lado casi de inmediato.
Yamato no pudo contener evitar reír entre dientes.
Su madre apareció al final del pasillo. Y ahí el rubio no supo que decir. La mujer esbozó una sonrisa cariñosa, y el mayor de los hermanos se encontró sorprendido con verla tan feliz de su llegada.
Quizás su madre no fuese de decir muchas palabras, y probablemente, en el pasado Yamato no hubiese podido interpretar lo que veía en esos ojos azules, que bien podían ser espejos de los suyos.
Ahora, en cambio, sí.
Se veía aliviada de que hayan llegado.
Ese era uno de esos momentos en los que se preguntaba como sería, en realidad, tener una familia entera.
Así, como la de Taichi, o como la de Koushiro. Ellos eran los dos chicos con quien más convivía y el primero ganaba mayoritariamente.
Esos episodios donde él llegaba a casa y su madre lo saludaba, preguntándole que tal sus notas, o cuando la señora Yuuko le felicitaba por un articulo en el periódico local o algo así.
La mirada que le dirigía su madre le hacia anhelar, como tantas otras veces, una vida así.
— Hola — Saludó Yamato, y fue conciente de la tensión de su cuerpo. — ¿Cómo estás, mamá?
— Muy bien. — Los ojos de ella eran cálidos y Yamato se preguntaba si querían decirle algo que no se animaba.
Al parecer, eso de falta para demostrar sus sentimientos era algo bastante hereditario. Sus padres, ambos, parecían siempre renuentes a expresarse. Yamato no tenía idea de quien había heredado Takeru esa vivacidad suya que…
— ¡Bien! Ya que estamos todos… ¿Nos vamos? Creo que ya habrán llegado algunos más… Además, Patamon quiere volver a verlos… — Dijo su hermano, aligerando aquel ambiente incómodo.
Yamato siguió a su hermano con la mirada cuando sus padres se acercaron para saludarse entre sí. Sí, pese a que muchas cosas habían cambiado, otras tantas permanecían imperturbables. La energía y entusiasmo de su hermano eran únicos.
Siguió a Takeru hacia la habitación contigua, y vio que la computadora estaba encendida y la puerta digital abierta. También, y, de inmediato, notó que su hermano se acercaba a él.
— Mamá ha insistido en que quería esperarlos, pero yo tenía todo preparado para evitar eso — Musitó, en un bajo susurro.
Yamato quiso sonreír, ya que sabia exactamente de lo que hablaba Takeru, lo que le recriminaba sin palabras pero en esa frase estaba implícito.
La escena anterior, donde tres de las cuatro personas que se hallaban en la habitación parecían renuentes a hablar o a emitir cualquier sonido que rompiese con el silencio.
— Lo siento
Y es que ya era difícil aceptar que no podía entablar una verdadera conversación con sus padres. Era aun más complicado saber que para ellos era igual de complicado.
— Ustedes tres son tan iguales — Resopló Takeru.
La pantalla del ordenador hizo un extraño sonido y ambos se giraron hacia ella. La puerta al digimundo estaba abierta.
Intercambiaron una mirada y una sonrisa, olvidado ya el tema anterior.
— ¡Papá! ¡Mamá! — Llamó el menor de los hermanos — Vámonos.
Takeru se apresuró a cargarse la mochila verde en el hombro y colocarse su sombrero blanco característico. Vio a sus padres debatirse delante de la pantalla y vaciló un instante, antes de posicionarse frente a ellos, mostrándoles el D3.
Sus padres ya habían visto el aparato, pero aun así, se inclinaron hacia el dispositivo, como si al mirarlo más de cerca pudiesen descubrir su funcionamiento o las cosas que encerraba.
Natsuko quería saber, en realidad, como funcionaba aquel extraño dispositivo verde y blanco que su hijo llamaba usualmente D3. ¿Por qué se llamaría así? ¿Qué hacia? ¿Para que servía en realidad? ¿Por qué era diferente del de Yamato?
Había tantas cosas que desconocía de ese mundo.
— No sucederá nada malo — Tranquilizó el menor, y vio que su hermano mayor sonreía con suficiencia. Takeru pensó en maneras de corregir eso. Una sonrisa se le extendió rápidamente por los labios — papá, ven. Sólo tienes que sujetarme fuerte, ¿entendido?
Vio la expresión descompuesta de su hermano antes de colocar el D3 frente al monitor.
Su padre le sujetó el brazo, algo vacilante durante un segundo, pero después, lo cerró alrededor con firmeza, como si renovase la confianza. Hiroaki no esperaba que su hijo menor fuese quien lo llevase.
— Los veo al otro lado — Musitó.
Y la luz azul inundó toda la habitación.
La incomodidad lo inmovilizó cuando la claridad se desvaneció, dejando al descubierto que Takeru y Hiroaki habían sido enviados, ya, al digimundo.
Yamato se dio cuenta de que aprisionaba la armónica con sus dedos, de manera nerviosa y que su madre estaba parada a su lado, pero no hacia ningún movimiento.
Suspiró, quedamente. Hacia tiempo, en realidad, había prometido que no volvería a poner distancia entre ellos.
— ¿Mamá? — Llamó, y los ojos de su madre viajaron desde el ordenador hacia él, no se detuvieron hasta toparse con su mirada zafiro. Yamato vio el destello — ¿Sucede algo?
Natsuko asintió, y miró a su hijo con intensidad — Estaba pensando en si, realmente, quiero ir.
Yamato abrió los labios, pero ninguna palabra salió de ellos. ¿No quería ir? ¿O no quería ir con él? Como cambian las cosas cuando se agregan una o dos palabras a un misma oración — Entiendo.
Natsuko percibió el distanciamiento en los ojos azules y se mordió la lengua. Por eso le costaba tanto comunicarse con Yamato, parecía que hablasen dos idiomas diferentes, que hablasen a destiempo, que…
Pero había dejado que eso ocurriese por demasiado tiempo. Era cierto que las cosas se habían arreglado, habían mejorado en comparación. Sin embargo, seguía sin ser suficiente. No podía ser que los años hagan eso con dos personas…
Y se detuvo tras pensar en esa frase.
No podía ser que los años hagan eso con dos personas… Entre peleas y silencios, había perdido a Hiroaki.
Y Yamato, parecía ir en el mismo camino.
Si no lo evitaba.
— Tengo miedo — Confesó, cuando vio que su primogénito se posicionaba frente a la computadora. Parecía que iba a irse sin ella, después de todo.
Sus ojos azules, del color del océano, se fijaron en los de ella. Se parecía tanto a Takeru cuando la miraba de esa forma, interrogante.
— ¿Miedo? — ¿Por qué romper el silencio era tan costoso? No entendía como Taichi parecía hacerlo tan sencillo. Es que piensas demasiado, Yamato. ¿Desde cuando su conciencia tenía la voz de Yagami? Estaba enloqueciendo. — ¿Por qué, mamá?
Y la calidez que emanaban esas palabras lo sorprendió, y mucho. Natsuko siguió mirándolo con aquel destello angustiado en sus ojos zafiro.
— Ustedes… Takeru y tú pasaron muchas cosas allí. En ese mundo los vi desaparecer, en ese lugar… Hubo cosas… — Las palabras se le atoraron en la garganta.
Yamato se sorprendió, porque su voz quebrada le indicaba que eso lo estaba guardando desde hacia tiempo.
Aquella muestra de inquietud, estaba seguro, su madre las reservaba para cuando estaba sola. Se parecían más de lo que pensaba. Mucho más de lo que pensaba, en realidad.
— Creí… que… querías ir.
La mujer miró a su hijo con fijeza.
Él seguía viendo aquel destello de angustia que le provocaba un nudo en la garganta. Lo había visto en el año 1999, cuando él y Takeru volvían al digimundo tras la derrota de VenomMyotismon. Y no había podido manejarlo entonces, justo como en ese instante.
Oh, ese era su gran debate. — Quiero ir, sí. — "pero tengo miedo"
Suspiró, y entonces empezó a reír, nerviosa.
El rubio tuvo que esbozar una sonrisa de lado, porque esa escena no la habría imaginado ni en un millón de años. Tuvo que preguntarse si Takeru había tenido la idea, o simplemente, fue causa de la suerte.
Dudaba al respecto. Su hermano tenía una imaginación privilegiada. Quizás era parte de un plan.
— Bueno… Entonces… — Y le ofreció la mano a Natsuko, casi en un acto inconciente — Ven conmigo. Cuidaré que no pase nada malo.
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Takeru sonrió cuando apareció ante sus ojos, claro y despejado, aquel maravilloso mundo que atesoraba en sus más preciados recuerdos. En el digimundo él no solamente había aprendido muchas cosas y había crecido, había hallado una familia.
O algo así.
Cuando era niño pensaba, en realidad, que todos ellos eran como una familia. De esas que están siempre unidas, que no necesitaban separarse, de esas que se fortalecían con el paso del tiempo. Ellos y sus amigos...
Se quedó admirando el lugar, hasta que recordó que tenía que hacer algo.
Con una sonrisa, aquella sonrisa que siempre lo caracterizaba, se volvió hacia su padre, que estaba detrás de él. — Papá, ¿Me prestas la cámara que, estoy seguro, traes en ese bolso?
Hiroaki le dirigió, a su hijo menor, una mirada inquisidora. Se preguntaba si Takeru, pese a todo, lo conocía tan bien como parecía — Claro.
El rubio amplió la sonrisa, antes de concentrarse en la búsqueda de la cámara fotográfica. Sabía que su padre no iba a poder resistirse. De hecho, estaba seguro que su madre tampoco iba a contenerse.
Ambos eran más curiosos de lo que estaban dispuestos a aceptar.
Revolvió entre las pertenencias de su padre hasta dar con lo que buscaba. Vaya, si que era una cámara grande. Esperaba que el resultado valiese la pena porque nunca se le había dado por practicar fotografía ni nada por el estilo.
Era conciente, en verdad, que padre no solía mostrar mucho sus emociones. Era como Yamato. Y, sin embargo, por la manera en la que deslizaba sus ojos por todo lo que se encontraba a su alrededor, Takeru podía asegurar que Hiroaki estaba impresionado.
Apuntó la cámara en su dirección, enfocando antes el lente y, entonces, presionó el botón, para capturar la imagen.
Sabía —era conciente al cien por cien— que Hikari habría sacado una mejor imagen, la habría hecho más natural y, probablemente, la foto podría lucir más… viva.
Sí, era una rara manera de describirlo, pero su amiga tenía talento para eso.
— Es para un álbum de recuerdos — Explicó a su padre, antes de devolver la cámara a su sitio.
Inhaló profundamente el aire puro del digimundo, algo que apreciaba dese hace tiempo y que, en realidad, nunca debería cansarse de apreciar.
El hecho de que ese mundo se encontrase en paz era gracias a ellos, a todos los niños elegidos, más verdaderamente y todas las batallas que los habían sacudido a lo largo del último año. Quizás aquella paz sea como una recompensa.
Hiroaki deslizó sus ojos por aquel verde prado que brillaba bajo el sol cálido, antes de volverse hacia el pequeño televisor que se hallaba a sus espaldas por el cual, suponía él, ellos habían entrado.
— ¿Lo has hecho a propósito?
Takeru le sonrió ampliamente al autor de sus días. "Por supuesto que sí"
Sabía que su hermano debía de estar furioso con él, o más que eso, debía estar maldiciéndolo por dejarlo en un momento incómodo con Natsuko. Pero el motivo por el cual lo había hecho era simple. Estaba realmente cansado de las vueltas que daban —su madre y su hermano— para arreglar la situación.
Esta bien, no eran una familia entera.
Pero estaba harto de escuchar: ya lo arreglaré, ya hablaré, ya… Ya.
Futuro incierto, palabras que son vacías cuando nadie confía en su significado.
Para Takeru, eran palabras con esperanzas. Con deseos.
Porque la esperanza es un arma muy poderosa, para bien y para mal, no por nada dicen que la esperanza es el peor enemigo de los hombres.
Al principio, él no entendía que querían decir aquellos versos —su padre era de esas personas que, aunque no los reciten ni nada, tiene a sus disposición enorme cantidad de ellos— que tantas veces había leído. Ahora, después de enfrentarse a sus esperanzas gracias a MaloMyotismo comprendía todo un poco más.
Quizás su familia no fuese nunca la que él deseaba.
Pero, sin importar aquello, eran la familia que tenía, que amaba, y que valoraba.
Eso, era suficiente.
— ¡Takeru! — Escuchó una voz, a sus espaldas, y sonrió anticipadamente.
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Natsuko suspiró y sus ojos se abrieron.
No había sido tan duro como había pensado, pero, tenía que sincerarse, había sido un alivio poder aferrarse a la mano de su primogénito durante aquellos momentos de duda.
Yamato tenía razón.
Se sorprendió cuando él no intentó deshacer el contacto de sus manos, aun cuando ya habían pisado tierra firme y ella tampoco iba a cederlo tan fácilmente. Apretó su mano entorno a la de él.
Se sentía un poco más ligera.
Ahora comprendía la estratagema de su hijo menor, entendía porque Takeru había estado insistiendo tanto en juntarlos a ellos cuatro para poder entrar al digimundo.
Su hijo pequeño… Siempre pensando en como animar a los demás.
Lo buscó con la mirada y, ¿para que negarlo? También a Hiroaki. Estaban más lejos de lo que había supuesto y al lado de su hijo había una jovencita —pantalones rosas, remera amarilla— junto a un ser que no conocía.
Eso le sacó una sonrisa.
— Este es el digimundo, mamá — Comentó su hijo mayor, y notó algo diferente en su voz.
Y Natsuko parpadeó, antes de contemplar el mundo que se alzaba a su alrededor. Entonces...
Por todo lo último sucedido, había olvidado su cámara digital, su grabadora y sus anotadores —elementos indispensables— sin los cuales casi nunca salía de la casa.
Se arrepintió al instante, por supuesto.
Aquel lugar era muy bello.
Luz cálida, clara, pura. Un cielo azul que le recordaban a los orbes de sus dos hijos, despejados como el día más luminoso y despejado. Aire limpio, brisa suave.
Verde, azul, amarillo.
Y un flash. ¿Un flash?
— Hola, Hikari — Escuchó que decía su hijo mayor. Y parpadeó, recuperándose de la sorpresa, sin saber exactamente que había sucedido.
— Nefertimon y yo — dijo la niña, con un entusiasmo pocas veces visto — vinimos porque queríamos alcanzarlos, para tomarles una fotografía.
Natsuko parpadeó, confundida.
Esa niña, Hikari, parecía estar irradiando luz. Su sonrisa, alegre, marcando sus labios. Los ojos cobrizos entusiasmados, llenos de vida.
La mejor amiga de su hijo.
Takeru y Yamato si que habían tenido mucha suerte al cruzarse con tantas personas excepcionales.
— ¿Los demás están aquí? — Cuestionó el mayor de los hermanos.
— No, bueno. Mi hermano, Sora y Koushiro están esperando que lleguen Iori, Jou, Daisuke, Ken y Miyako.
Natsuko vio la media sonrisa de su hijo — Los Yagami llegan primero.
La risa de Takeru —¿Por qué todos caminaban tan rápido?— inundó ese sitio. En sus brazos, estaba su querido Patamon.
— Hola — Saludó el pequeño digimon que parecía un hámster, a ojos de Natsuko.
— Hola — Musitó ella, en respuesta, sonriente — Cuanto tiempo sin verte, Patamon.
Yamato buscó a su compañero del alma — ¿Dónde está Gabumon?
— Con los demás — Hikari miró a Nefertimon… ¿Acaso ese digimon tenía cara de esfinge egipcia? Natsuko jamás había visto algo así. Ojala hubiese traído su cámara y… ¿Qué era lo que sostenía su esposo entre sus manos? — Bueno, debo ir a alcanzar a mi hermano y a Iori — Anunció Hikari, casi despidiéndose de ellos. — ¡Nos vemos!
Era… era… ¡Una cámara!
Con disimulo, la mujer se deslizó cerca de su esposo e intentó apropiarse de aquel instrumento. ¡Quería tener imágenes de esa aventura!
Yamato parpadeó cuando sintió que su madre se zafaba de su agarre pero sonrió, divertido, como nunca antes, cuando vio lo que se proponía hacer.
Le dio un codazo a Takeru, que, hasta ese momento, estaba siguiendo a la hermana de Taichi —que montando en Nerftimon, alzaba vuelo— con la mirada y señaló a la autora de sus días.
Entonces, cuando comprendió lo sucedió, el menor empezó a reírse a carcajadas.
Hiroaki, que estaba admirando como la pequeña amiga de su hijo volaba en un caballo con cabeza de esfinge, levantó el brazo, para tomar una fotografía y vio que la mano de Natsuko estaba sujetando con firmeza la cámara que había llevado a ese mundo.
— ¿Qué estás haciendo? — Cuestionó, con seriedad, aparente. En el fondo de sus ojos, se veía la diversión. Había atrapado a su esposa... con las manos en la masa.
— Yo… Nada — Un momento de vacilación y Hiroaki enarcó una ceja — ¡Bien! quería robarte la cámara para tomar unas fotografías, ya que pensabas quedarte mirando la nada sin hacer nada, como siempre — Dijo ella, poniendo los brazos en jarras.
Hiroaki suspiró, contemplando el rostro indignado de Natsuko —a ella no le gustaba ser descubierta y tenía las mejillas sonrojadas— y, después, siguió las risas de sus hijos.
Hiroaki era plenamente conciente del brillo que los iluminaba, en ese instante.
Nunca había pensado en eso, pero ese mundo les estaba devolviendo a sus hijos muchas de las cosas que él y Natsuko les habían privado siendo más pequeños. En ese mundo, como en ese momento…
Entonces, sonrió.
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N/A: Sigo bloqueada. Pero... avancé un poco con el capítulo pendiente :)
Aquí están los Ishida Takaishi, creo que es el capítulo —de los cuatro— que más difícil me resultó U.U
No se ve mucho de la interacción de Hiroaki y Natsuko, pero creo pensar que después de cuatro años, la relación mejoró. Guardo, todavía, la esperanza de que terminasen juntos, me encanta la pareja. Debo decir que, si bien mis indiscutidos favoritos protagonizaron el primer capítulo, este par de hermanos también me gusta muchísimo. Como se llevan a pesar de todo, como se cuidan siempre y como velan el uno por el otro.
Hikari no podía faltar, por supuesto, y llegó justo a tiempo, volando en Nefertimon. xD Tiene que sacarles una fotografía a todos los que lleguen al digimundo.
No hay ningún orden particular acerca de cómo se presentaran y no se de quien será el próximo capítulo :P
Hasta la próxima!
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Saludos ^^
