¡Hola a todos!

Aquí está el cuarto capítulo. Muchas gracias a todos los que leéis y sobretodo a los que dejáis reviews, como Flor440 (¡Hola y muchas gracias por comentar! Me alegra que te guste, y es que hace poco que releí el séptimo libro, y tuve la sensación de que necesitaba saber cómo vivió la batalla cualquier persona que no fuera Harry Potter... y esto fue lo que salió).

Todo lo que reconozcáis pertenece a J.K. Rowling. El texto en cursiva está copiado literalmente de los últimos capítulos de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte.


Jake abrió los ojos de repente y empezó a respirar rápidamente. Solté un suspiro de alivio y le cogí un brazo, intentando tranquilizarle a él, y también a mí. Cuando me sonrió, estuve a punto de olvidar que estábamos en medio de una batalla, pero un grito cercano me hizo volver a la realidad.

Los que podían habían vuelto a la lucha, y una maldición acababa de golpear a Anael, que estaba vomitando una masa verde, muy parecida a la del chico de Ravenclaw en la torre de Astronomía horas antes. Parecía que había pasado una eternidad desde eso.

Ayudé a Jake a levantarse y me fijé en que él también cojeaba, y una herida a un lado de la cabeza le sangraba abundantemente. Llegamos al lado de Lionel, James y Emily, que seguían luchando. Vega, que tenía pegado un brazo al pecho, acercaba a Anael a los demás heridos, e intentaba detener el vómito. Las pústulas de Samuel se habían hinchado hasta tales extremos que apenas se podía mover, pero intentaba tranquilizar a Virginia y mantener despierto a Erik.

El vestíbulo estaba aún más lleno de gente, y me fijé en que la persona que había desviado el hechizo que iba dirigido a nosotros, que ahora perseguía al mortífago a través de la sala, era un chico no mucho mayor que nosotros, pero definitivamente no estaba en Hogwarts, ni tampoco había llegado con los de la Orden del Fénix al principio de la noche. Y cuando me di cuenta de eso, también advertí que la mayoría de los que luchaban a nuestro alrededor ya no eran solo alumnos, sino también adultos y algunos jóvenes con unos años más que nosotros. Y entonces reconocí al chico que nos había salvado, porque no era otro que Matt, el hermano de Jake, cinco años mayor que nosotros.

Seguimos luchando, y aunque no apartaba la vista de los enemigos que tenía más cerca, cada vez veía más rostros que se me hacían familiares. Una ex prefecta de Ravenclaw, un ex componente del equipo de Quidditch de Gryffindor, una mujer idéntica a Vega, la hermana de Erik…

Emily cayó, y se arrastró hasta un lugar más seguro. Poco después James se prendió fuego, pero lo apagamos antes de que las heridas fueran graves. Me tiré al suelo para evitar un mortífero rayo verde, pero el brazo herido crujió cuando golpeó la dura piedra, y noté el dolor expandiéndose al resto del cuerpo. Jake salió volando por encima de mí, y chocó contra el final de la barandilla de las escaleras, derrumbándolo. James había caído otra vez y Lionel era el único que seguía combatiendo, pero un hombre barrigudo que se parecía sospechosamente a él se colocó a su lado y entre los dos aturdieron al mortífago que les plantaba cara. Lionel se agachó para ayudar a James a moverse hacia un lugar más resguardado, y en aquel momento, la voz fría y aguda volvió a oírse, retumbando en los muros de Hogwarts, y la sentí como si me estuviera hablando junto al oído. Sentí un escalofrío.

-Habéis luchado con valor. Lord Voldemort sabe apreciar la valentía. Sin embargo, habéis sufrido numerosas bajas. Si seguís ofreciéndome resistencia, moriréis todos, uno a uno. Pero yo no quiero que eso ocurra; cada gota de sangre mágica derramada es una pérdida y un derroche. Lord Voldemort es compasivo, y voy a ordenar a mis fuerzas que se retiren de inmediato. Os doy una hora. Enterrad a vuestros muertos como merecen y atended a vuestros heridos. Y ahora me dirijo directamente a ti, Harry Potter: has permitido que tus amigos mueran en tu lugar en vez de enfrentarte personalmente conmigo; pues bien, esperaré una hora en el Bosque Prohibido, y si pasado ese plazo no has venido a buscarme, si no te has entregado, entonces se reanudará la batalla. Esta vez yo entraré en la refriega, Harry Potter, y te encontraré, y castigaré a cualquier hombre, mujer o niño que haya intentado ocultarte de mí. Tienes una hora.

Cuando la voz se extinguió, todos los mortífagos dieron la vuelta sobre si mismos a la vez, y desaparecieron.

Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos empezaron a desplazarse hacia el Gran Comedor, arrastrando a los heridos, y—en aquel momento me di cuenta de la gran cantidad de gente que yacía en el suelo del vestíbulo—también a los muertos.

Me reuní con los demás. Emily se sujetaba un costado, que sangraba abundantemente, y ayudaba a levantarse a una aún confusa Virginia. Vega, sin poder mover el brazo derecho, se estaba pasando un brazo de Anael por los hombros, y corrí a ayudarla, aunque mi propio brazo izquierdo colgaba inerte. Entre las dos la llevamos al Gran Comedor, siguiendo a Emily y Virginia. La señora Pomfrey ya estaba allí, e indicaba a gritos que colocaran a los muertos en una fila en el centro, y que le llevaran a los heridos más graves a la tarima. Unos cuantos ayudantes ya iban de un lado a otro, con una caja llena de medicamentos y pociones flotando a su alrededor en todo momento, curando a los heridos menos graves.

Llevamos a Anael, todavía vomitando, hasta la tarima, donde la señora Pomfrey la examinó rápidamente y le indicó a una ayudante que le diera una poción y le aplicara otra en la herida. Después nos acercamos a Emily y Virginia, que estaban hablando con otro de los ayudantes, Emily indicando las dolencias de ambas. El "ayudante", un hombre de unos cincuenta años y gafas rectangulares, tenía toda la pinta de ser un sanador de San Mungo. El hombre asintió, rebuscó en el cajón que flotaba a su lado y le tendió dos pociones a Emily, indicando que hacer con cada una, antes de dirigirse a nosotras con una voz suave y rápida. Nos explicamos rápidamente, y nos dio una poción para cada una, además de un pequeño frasco para cerrar las heridas superficiales.

Nos reunimos con las otras dos, que ya se estaban tomando las pociones. Destapé con cuidado y algo de esfuerzo la mía, y me la bebí de un trago. Estaba asquerosa, pero inmediatamente noté como algo en el interior del brazo se movía y se recolocaba en su sitio limpiamente. Virginia iba volviendo en si poco a poco, mientras las otras nos turnamos para aplicarnos unas a otras el líquido del pequeño frasco en los cortes y heridas.

Vimos a Jake, James, Lionel y el hombre gordo llevar a Samuel y Erik hasta la tarima, donde los dejaron al lado de Anael. La señora Pomfrey se acercó a examinar a los heridos, y obligó a James a tumbarse junto a ellos, ya que sus quemaduras no tenían buen aspecto, pero los otros dos fueron atendidos por uno de los ayudantes. El hombre abrazó a Lionel antes de alejarse hacia un grupo que entraba en el comedor, y cargaba con dificultad a unos cuantos heridos.

Lionel y Jake vinieron hacia nosotras cuando el ayudante les despidió, cada uno con una poción y un pequeño frasco idéntico al que nosotras habíamos terminado. Lionel abrazó con fuerza a Vega, quien le correspondió con cuidado, intentando no dañarle, pero Lionel era el que parecía estar en mejor estado de todos nosotros. Sucio, con el pelo negro despeinado, la capa desgarrada y unos cuantos cortes superficiales, pero sin huesos rotos, torceduras o heridas profundas, Lionel seguía tan elegante como siempre. Jake, en cambio, estaba algo encorvado y se sujetaba las costillas. Probablemente tenía alguna rota, y la herida en la cabeza seguía sangrando. Se puso a mi lado y le cogí del brazo con cuidado. Él me sonrió antes de tragarse su poción.

El Gran Comedor seguía llenándose poco a poco de gente, de heridos y de muertos. Cuando alguien depositó el cuerpo sin vida de Colin Creevey cerca de nosotros, algo se me revolvió en el estómago y tuve que aguantarme las lágrimas. Emily empezó a llorar en silencio; ella y Virginia se abrazaron con fuerza; Vega escondió la cara en el hombro de Lionel, quien la rodeó protectoramente; Jake desvió la mirada y apretó los puños. Con cuidado, avancé el único paso que me separaba de él y le cogí el frasco con el líquido para las heridas, que amenazaba con hacer estallar entre sus manos. Lo abrí y con delicadeza, empecé a aplicárselo en los cortes.

Noté como se relajaba inmediatamente mientras recorría con cuidado los numerosos cortes que tenía en el rostro, esparciendo el viscoso líquido por ellos. Sentía su mirada clavada en la mía, pero me mordí el labio y me obligué a no prestarle atención, porque sabía que si lo hacía no iba a ser capaz de contenerme, y aquel no era el lugar ni el momento adecuado para aquello.

Terminé con la cara y pasé a los brazos: una larga herida le recorría el antebrazo izquierdo, pero por lo demás, apenas unos rasguños, de modo que tapé el frasco y se lo pasé a Vega, quien empezó a hacer lo mismo con Lionel. Yo me acerqué a Emily y me abracé a ella, y desde aquella posición segura miré por fin a los ojos a Jake. Él me observaba con una intensidad inusitada, sin apenas parpadear. Estaba segura de que Emily también lo había notado, porque me miró de reojo varias veces, pero fue lo suficientemente prudente como para no decir nada, al igual que Virginia, que sospechaba que también se había dado cuenta.

No me sentía con fuerzas para hablar, y ninguno del grupo dijo nada. En el Gran Comedor no se oía mucho más que no fueran las explicaciones de los heridos a la señora Pomfrey y ayudantes, o los lamentos de aquellos que descubrían que un amigo o familiar había muerto. Los fácilmente reconocibles Weasley estaban todos juntos, llorando la muerte de uno de los gemelos. A su lado descansaba el cuerpo del profesor Lupin. El mismo profesor que, a pesar de ser un hombre lobo, había sido el mejor de todos los que había tenido.

Los minutos se fueron consumiendo lentamente. James fue el primero en volver junto a nosotros, con un ungüento transparente aunque bastante apestoso encima de las quemaduras. Anael vino después, caminando despacio pero perfectamente. Unos minutos más tarde, fue a mi padre a quien vi acercarse entre la multitud, y corrí a abrazarle. Sus brazos me rodearon con fuerza.

-¡Papá! ¿Cómo has llegado? ¿Y cuándo?

-Cuando tu hermano llegó a casa, nos dijo que te ibas a quedar a luchar, así que no tardé ni cinco minutos en aparecerme en Hogsmeade—explicó él, todavía sin soltarme—. No fui el único, ya estaba lleno de familiares que llegaban de todas partes. Vinimos todos hacia Hogwarts, pero había mortífagos, dementores y gigantes cerrándonos el paso. Para cuando conseguimos llegar, la batalla ya estaba bastante avanzada, pero… ¿Y a ti, cómo se te ha ocurrido quedarte?

-Era lo correcto. No podía irme—respondí, encogiéndome de hombros.

-Tu madre ha jurado que si no te mata un mortífago, lo hará ella cuando llegues a casa—me comentó, con una ligera sonrisa—. Quiero que sepas que estamos muy enfadados, Margaret. Pero aún más orgullosos.

-Gracias, papá—contesté con un hilo de voz, antes de abrazarle de nuevo.

Al soltarme vi que los demás también se habían encontrado con sus familiares, así que llevé a mi padre hasta ahí. Jake estaba con su padre y su hermano mayor; James hablaba en susurros con su padre; Lionel estaba con su padre y su madre, al igual que Vega y Virginia; Anael se abrazaba a su padre; Emily también hablaba con su padre, el señor Dodderidge, a quien yo había conocido unos veranos atrás; Erik se había unido al grupo, acompañado de sus padres, los señores Woodcroft, y sus dos hermanas mayores, todos ellos residentes en Hogsmeade; Samuel se acercaba en esos momentos, junto con sus padres y su hermana mayor.

Estuvimos en silencio un rato, hasta que se hizo evidente el nerviosismo en el ambiente: la hora que Voldemort había dado estaba aproximándose a su fin, y hacía tiempo que nadie veía a Harry Potter. El padre de Virginia, el imponente señor Peasegood, dijo que lo había visto entrar en el Gran Comedor, y la madre de Samuel, la señora Dunstar, lo confirmó, pero añadió que lo había visto salir poco después.

Empezaron a llevarse a los muertos del Gran Comedor a las aulas vacías más cercanas. Aunque nadie lo decía, todos sabíamos lo que significaba: si Harry Potter no se entregaba, volveríamos a luchar. Y si era cierto que esta vez Voldemort en persona iba a atacar, íbamos a necesitar algo más que suerte. Pero, ¿cuál era la otra opción? ¿Enviar a la única posibilidad de ganar la guerra a una muerte segura? Se mirara por donde se mirara, teníamos todas las papeletas para fracasar. La única salida posible era que Harry Potter tuviera alguna idea, algún plan con el que arreglarlo todo. Pero Harry Potter no aparecía…

Acabaron de llevarse los últimos cuerpos, y nos llegó el eco de las campanadas del reloj. Se había cumplido una hora.

Pasamos un minuto entero en silencio, pero nada ocurrió. Estábamos todos muy juntos, en tensión, esperando oír en cualquier momento un ruido que delatara que los seguidores de Voldemort habían vuelto a entrar en el castillo. Pero seguía sin pasar nada, y los murmullos empezaron a crecer, todos preguntándose qué estaba pasando. Y de repente, la terrible voz resonó de nuevo por todos los terrenos de Hogwarts:

-Harry Potter ha muerto. Lo mataron cuando huía, intentando salvarse mientras vosotros entregabais la vida por él. Os hemos traído su cadáver para demostraros que vuestro héroe ha sucumbido. Hemos ganado la batalla y vosotros habéis perdido a la mitad de vuestros combatientes. Mis mortífagos os superan en número y el niño que sobrevivió ya no existe. No debe haber más guerras. Aquel que continúe resistiendo, ya sea hombre, mujer o niño, será sacrificado junto con toda su familia. Y ahora, salid del castillo, arrodillaos ante mí, y os salvaréis. Vuestros padres e hijos, vuestros hermanos y hermanas vivirán y serán perdonados, y todos os uniréis a mí en el nuevo mundo que construiremos juntos.

Las caras de terror inundaron el Gran Comedor. No podía ser cierto. Nunca había hablado en persona con Harry Potter, pero sabía que no era un cobarde. Era imposible que hubiera intentado huir, pero puede que Voldemort le hubiera atrapado de todos modos…

La gente empezó a salir apresuradamente del Gran Comedor en dirección al exterior del castillo, y nos dimos prisa en seguirles. Un grito desgarrador de la profesora McGonagall cuando estaba a punto de alcanzar la puerta me hizo temerme lo peor. Cogida de la mano de Emily, descendimos unos cuantos escalones, para tener una mejor visibilidad de la escena que nos dejó congeladas.

Era la primera vez que veía de verdad a Voldemort, y ver al escalofriante personaje, alto, pálido y con cara de serpiente unos cuantos metros frente a mí, era aún peor que escuchar hablar sobre él. Acariciaba una enorme serpiente, y cerca de él, atado y sujeto por mortífagos, estaba Hagrid, llevando en brazos el cuerpo sin vida de Harry Potter.

-¡Nooo!

-¡Nooo!

-¡Harry! ¡Harry!

Los gritos desesperados de Ron Weasley, Hermione Granger y Ginny Weasley fueron horribles, e hicieron que todo el mundo a mi alrededor empezara a gritar e insultar a los mortífagos. Yo aún estaba aturdida, y lo único que percibía con claridad era el fuerte apretón de Emily, que me clavaba las uñas en el dorso de la mano.

-¡Silencio!—bramó Voldemort. Hubo un estallido y un destello brillante de luz, y todos obedecieron a la fuerza— ¡Todo ha terminado! ¡Ponlo en el suelo, Hagrid, a mis pies, que es donde le corresponde estar!—el guardabosques lo depositó sobre la hierba— ¿Lo veis?—se jactó Voldemort, paseándose alrededor del yacente muchacho— ¡Harry Potter ha muerto! ¿Lo entendéis ahora, ilusos? ¡Nunca fue más que un crío que confió en que otros se sacrificarían por él!

-¡Harry te venció!—gritó Ron Weasley, venciendo el hechizo, y haciendo que todo el mundo empezara a gritar e insultar, hasta que otro estallido los calló de nuevo.

-Lo mataron cuando intentaba huir de los jardines del castillo. Lo mataron cuando intentaba salvarse…—dijo Voldemort, pero tuvo que interrumpirse, porque Neville Longbottom había echado a correr hacia él con la intención de embestirle.

Pero Voldemort apenas se inquietó: agitó la varita y derribó a Neville, mientras que su propia varita salía volando hacia él, que la cogió al vuelo y la tiró a un lado y rio.

-¿A quién tenemos aquí? ¿Quién se ha ofrecido como voluntario para demostrar qué les pasa a quienes siguen luchando cuando la batalla está perdida?

-¡Es Neville Longbottom, mi señor!—intervino una mortífaga, que reconocí como Bellatrix Lestrange— ¡El chico que tantos problemas ha causado a los Carrow! El hijo de los aurores, ¿os acordáis?

-¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Pero tú eres un sangre limpia, ¿verdad, mi valiente amigo?—le preguntó Voldemort a Neville, que se había levantado y se le encaraba, desprotegido, con los puños apretados.

-¡Sí! ¿Y qué?—le espetó el chico.

-Demuestras temple y valentía, y desciendes de una noble estirpe. Así que serás un valioso mortífago. Necesitamos gente como tú, Neville Longbottom.

-¡Me uniré a vosotros el día que se congele el infierno! ¡Ejército de Dumbledore!—gritó Neville.

El valor de Neville nos dio algo de esperanza a todos, y conseguimos romper el hechizo silenciador para vitorear sus palabras.

-Muy bien. Si así lo quieres, Longbottom, volveremos al plan original. La responsabilidad es tuya.

Voldemort agitó la varita, y unos segundos más tarde, un bulto deforme salió volando de una de las rotas ventanas del castillo y aterrizó en su mano. Voldemort lo cogió por un extremo y lo levantó en el aire: era el Sombrero Seleccionador.

-Ya no volverá a haber otra Ceremonia de Selección en el colegio Hogwarts, y tampoco casas. El emblema, el escudo y los colores de mi noble antepasado, Salazar Slytherin, servirán para todos, ¿no es así, Neville Longbottom?

Voldemort apuntó con la varita a Neville y lo dejó paralizado, y entonces le puso el sombrero en la cabeza. Con la sensación de que algo muy malo estaba a punto de ocurrir, apreté más la mano de Emily. Algunas personas a nuestro alrededor hicieron ademán de intervenir, pero los mortífagos alzaron amenazadoramente las varitas.

-Ahora Longbottom va a mostrarnos qué les ocurre a quienes son lo bastante estúpidos para seguir oponiéndose a mí.

Sacudió la varita y el Sombrero Seleccionador ardió, y con él, también Neville.

La multitud empezó a gritar, y cuando algunos ya empezaban a adelantarse para salvar a Neville, ocurrieron muchas cosas a la vez.

Se oyó un gran estruendo que parecía provenir de los límites del colegio. Un tercer gigante, más bajo que los otros dos que quedaban, apareció gritando y se enfrentó a los de su especie. Una lluvia de flechas cayó sobre los mortífagos, y una manada de centauros apareció en los bordes del Bosque Prohibido. Y de repente, Neville también se movió: el sombrero se le cayó de la cabeza y dejó de arder, y el chico sacó de él una brillante espada, con la que rápidamente degolló a la serpiente de Voldemort, cuya cabeza salió disparada hacia el cielo antes de caer junto a su amo.

-¡Harry! ¡Harry! ¡¿Dónde está Harry?!—gritó Hagrid, haciéndose oír por encima de todo el estruendo, pero con todo el caos que se había montado, lo menos importante en aquellos instantes era dónde estaba el cadáver de Harry Potter.


Y hasta aquí llega el capítulo.

Los apellidos: tenemos a Emily Dodderidge (una tal Daisy Dodderidge fue la constructora del Caldero Chorreante, muchos siglos atrás), Erik Woodcroft (Hengist de Woodcroft fue el fundador de Hogsmeade), Virginia Peasegood (hay un Peasegood trabajando como desmemorizador) y Samuel Dunstar ( alguien llamado B. Dunstar, quien imagino que es su hermana, sacó de la biblioteca de Hogwarts Quidditch a través de los tiempos).

Gracias por haber leído hasta aquí, e informo de que el próximo capítulo va a ser el último, porque la batalla está a punto de terminar, ¡y ya sabemos todos como acaba!