Disclaimer: Los personajes que aparecen en la historia (sin contar a Ayzur) pertenecen a George R.R. Martin.
Aclaración: es posible que tenga una visión muy romántica y humana de los Bolton que se irá viendo. Si te empacha o disgusta te pido disculpas por adelantado, aunque en la variedad está el gusto :P
Capítulo 4: Reencuentros
En aquel mismo patio, hacía doce años, Roose Bolton había recibido a su hermano pequeño. Lo había querido y cuidado cuando eran niños, pero todo aquel amor se había visto empañado con la llegada de la adolescencia. Royce se convirtió en un joven fuerte y atractivo, de sonrisa burlona y ojos grises. Era más alto que su hermano mayor y mucho más fuerte, madera de señor. Roose no era ni alto ni bajo, con ojos de luna fría, de rosto vulgar y voz débil. Sin embargo, Roose era astuto y Royce unicamente pasional y simplón. Pero, su señor padre jamás lo había visto así. Éste quería que su hijo menor heredara, que Roose muriera joven o se entregara a la guardia de la noche, un lugar en donde "Su astucia sería agradecida", como él siempre decía. Royce era el hijo perfecto: alto, fuerte, encantador… Roose comenzó a despreciarlo, a odiarlo y a vivir a su sombra a los ojos de su padre. Aunque el mismo día en que éste murió, su hermano se fue a Dorne y no volvió a saber de él hasta aquel momento, hacía doce años.
Aquella noche cenaron juntos y sólo pudo ver como aquel joven se había convertido en un hombre curtido en cientos de escaramuzas y azotado por enfermedades. Su piel más que tostada por el sol estaba quemada y sus ojos grises se encontraban ensangrentados. Aunque parecía que jamás dejaba de sonreír. A su lado, su hija no se había separado ni en un solo momento de su señor padre, del que parecía beberse hasta la última palabra que salía de sus labios y por el que parecía sólo procesar amor y respeto.
Era un buen padre, eso era innegable. Domeric siempre había querido un hermano y no dejaba de mirar a aquella niña, pero quizás se debía a otro motivo. Se había sonrojado y no había parado de intentar llamar su atención contándole hazañas propias de los niños.
-¿Y sabes montar a caballo? – preguntó su hijo a la niña. Su padre reprimió la curiosidad con una mirada gélida.
-No, no sé montar – dijo lacónica mientras miraba de reojo a su tío. Sin duda, la asustaba.
-Y dime, Royce, ¿Qué has hecho durante todos estos años? – preguntó a su hermano menor que miraba embelesado a su hija. Se llevó una copa de vino especiado a los labios y sonrió.
-Vivir, hermano mayor, vivir – le dijo con una sonrisa burlona –. Tener una hija, viajar como mercenario, contemplar cientos de hermosos lugares… vivir una vida que no podría haber tenido aquí.
-Pues que… bien – Definitivamente lo odiaba.
-¿Has sido mercenario? – los ojos de Domeric estaban abiertos como platos. Sin duda, Royce sabía cómo conquistar hasta a su propio hijo.
Su madre carraspeó la garganta incómoda. Las cosas no iban bien con su mujer, jamás volverían a ir bien tras la aparición de la mujer del molinero con aquel bebe rosado y berreante años atrás, antes incluso de que naciera Domeric. Desde aquel momento, había estado incluso con más mujeres, aunque ya se había encargado él de que ninguna hubiese traído ningún bastardo más a este mundo. Nunca había amado a Bethany, sólo se había casado por conveniencia, por forjar alianzas, por intentar traer al mundo un hijo que pudiese sobrevivir aunque sólo fuese a la cuna, un heredero legítimo al que poder criar… un niño al que poder llamar hijo. Él había amado a su primera esposa, aquella al que su primer hijo la había abierto en canal el mismo día de su nacimiento, y poco después había muerto. Aquella vez sí dio gracias a los dioses. Aquella mujer se había disipado entre sus recuerdos, ya ni siquiera recordaba su rostro, a pesar de todo lo que la había amado.
-Hace mucho de ese tiempo, mi pequeño señor – le sonrió y le guió un ojo amigablemente.
Roose miró a su esposa y con aquel leve contacto de sus ojos sobre ella supo que quería que les dejaran solos. La niña seguía comiendo torpemente y parecía no haber acabado aún.
-Vamos, a la cama, Domeric – le ordenó su madre –, y sin remolonear –. Su madre le ofreció la mano y el niño se la dio mirando a su prima.
-¿Y ella? – susurró. Bethany miró a su marido sin saber muy bien qué hacer.
-Ya se van a dormir, ¿Nos vamos ya a casa? – le dijo en voz baja la pequeña a su padre.
-Mañana, mañana – le repitió su padre. La cara de la niña era un poema de sufrimiento e incertidumbre.
-Bethany, llévate a la niña también y la acomodas en alguna estancia apropiada – ordenó el señor con su débil voz.
-Vamos, ve con tu tía – le ordenó a la pequeña.
-¿No me vas a dejar sola, no? – preguntó a su padre con temor.
-Te lo prometo. Yo siempre voy a estar a tu lado – la consoló con una sonrisa.
-Buenas noches, padre. Hasta mañana – besó a su padre en la mejilla mientras agarraba la mano que su tía le había ofrecido. Hasta que la puerta no se cerró, él señor no rompió el silencio en la mesa que poseía los restos de la cena.
-¿Por qué has vuelto? – preguntó sin reparos a su hermano. Casi le había olvidado. Pero, cuando las cosas parecían ir bien, siempre aparecía algo que las perturbaba.
-Veo que sigues con tu afición a las sanguijuelas, igual que padre – se recostó en su asiento y miró a su hermano con una sonrisa.
-Es una cuestión de limpieza – declaró su hermano mayor –. No obstante, eso no responde a mi pregunta.
-Necesito ayuda y tú eres mi hermano, éste es mi hogar y ésta es mi familia – sus ojos grises se clavaron en los suyos.
-Hace años que te fuiste. No quisiste saber nada de nuestra madre, ni de nuestra casa – pegó un sorbo de su copa de vino –. Y hoy, te atreves a pedirme ayuda.
-Fue lo mejor que pude hacer – confesó su hermano menor –. Si yo me hubiese quedado, te habrías ido al muro, jamás hubieses sido señor. Yo te di el empujón que necesitabas, sino jamás habrías cogido las riendas de tu casa. Siempre te sentiste inferior, cuando yo te idolatraba. Eras mi hermano mayor.
-Y lo sigo siendo, y tu señor. No lo olvides –. Llevaban demasiado tiempo separados como para que el señor sintiese algo por su hermano, como para que se enterneciese con sus palabras.
-Me estoy muriendo – aquella declaración fue un jarro de agua fría para el señor, todavía quedaba algo de cariño por su hermano. Podría estar enfermo, pero ¿estar muriéndose? Aquello era una locura –. Orino sangre, defeco pus… y a veces sufro fiebres. Un maestre me miró y me dijo que no me quedaba mucho. Al parecer, se pega en el lecho.
-Entiendo – dijo con voz templada, aunque en su pecho su corazón era como el de un caballo desbocado. No esperaba que su hermano fuese a morir.
-Quiero un lugar para morir – bajó la mirada arrepentido –, un lugar seguro para mi hija, un lugar donde la cuiden, donde la protejan… es lo único que tengo.
-¿Y su madre? – preguntó desganado.
-Era una prostituta de una casa de placer, procedente de Lys. Era muy bonita. No la amaba, nunca la amé, pero Ayzur es mi sangre, mi hija, mi única hija, mi sangre… nuestra sangre – dijo elevando la voz a cada momento –. Su madre murió en el parto y la niña se quedó en la mancebía de su abuela, yo iba a verla allí… hasta que un día su abuela me dijo que si no me la llevaba se la vendería al mejor postor. Mi hija nunca será una puta, jamás lo será.
-¿Y qué es lo que será hermano? Es una bastarda – desesperado no sabía ni que decirla a su hermano pequeño.
-Es mi hija natural. Eso es lo que es. Sólo una niña que jamás le ha hecho daño a nadie – le respondió emocionado –. Dime que se puede quedar aquí, que la cuidaréis, que la daréis un futuro mejor que el que podría tener en Dorne.
-Ella tendrá un futuro, se quedará como doncella de mi esposa, y tú tendrás un lugar en donde morir, en donde te cuidarán hasta el último día. Vosotros sois mi sangre – se levantó y puso una mano en el hombro de su hermano que se rompió entre lagrimas y no dejó de darle las gracias.
Jamás había sido tan benevolente con nadie, y nunca más lo fue con ninguna otra persona. Él era su hermano y por una simple vez se comportó como el hermano mayor, quizás porque recordó su infancia junto a su Royce, y por un momento se sintió como aquel niño que defendía a su hermano pequeño de los monstruos imaginarios que les acosaban en sus juegos.
Su hermano murió unos meses después, entre fiebres y sangre, y fue enterrado en las criptas, tal y como se hacía siempre con un Bolton. Acabó con los restos de su vida, con los restos de toda persona a la que Roose había amado: sus hijos, su primera mujer… e incluso aquel hijo que mató a su madre. Y Ayzur recibió educación y un futuro mejor que le que habría recibido en la tierra que la pequeña tanto añoraba, aunque la niña no tuviese su simpatía. El problema era cuando había crecido. Despertaba su virilidad en multitud de ocasiones y más de una vez se había descubierto a sí mismo fantaseando con ella, y no sólo a él, sino también a su hijo, quien tenía la estúpida idea de que se casaría con ella. Era lo único que desaprobaba de su hijo.
No obstante, allí estaba, en el mismo patio donde recibió a un hermano para morir, doce años después. La vio de reojo tras de él. Llevaba el collar de su madre, como si se tratase de la señora del lugar. Podría tenerla cuando quisiera, sería su concubina y calentaría su cama. Su joven cuerpo junto al suyo… la joven siempre que lo miraba parecía más que dispuesta. Lo deseaba a él, más que a su hijo, más que a cualquier otro hombre del lugar, de ahí que se comportara como una señora. Siempre intentando llamar su atención.
Su mujer se colocó a su lado: - ¿A dónde lo enviarás ahora? – sin mirarlo a los ojos le habló fría y desagradable.
-Ha estado formándose para ser un buen señor – ladeó la cabeza –. No ha perdido el tiempo, además te empeñaste en mandarlo una temporada con tu hermana y así lo hice. No puedes tener queja. Ahora, está más que preparado para quedarse. Si lo hubiera dejado aquí, lo hubieras mimado demasiado.
-Es mi hijo – respondió sin levantar el tono de voz, aunque su tono era el de una réplica.
-Y también el mío, y como no me diste ninguno más que estuviese sano, también es el único – no le hacía falta hablar ni más alto ni más claro. Se lo estaba echando en cara todo a su mujer.
-El único no es – habló reprimiendo todo su odio y el silencio se hizo en aquel patio hasta que sus hombres abrieron las puertas de su fortaleza entre gritos. Su hijo había vuelto a casa.
Domeric descendió de su caballo y corrió a abrazar a su madre. Ayzur se quedó helada: su primo casi parecía una copia de su padre, sin duda una imagen de lo que su padre debió de ser cuando era joven. Se había quedado casi tan blanca como la nieve del invierno. Su corazón le dio un vuelco. Se volvió a sentir como la niña que había llegado a aquel lugar y si no hubiera sabido que era Domeric hubiera corrido a abrazarle, en una regresión a su infancia. Le habría gritado por qué la había llevado hasta allí. "¿Por qué, padre? ¿Por qué?" pensó una voz chillando en su mente, pero, entonces recordó que era su primo, que su padre había muerto demasiados años atrás.
Volvió al mundo real. Su tía Bethany no soltaba a su hijo y su tío, tan poco dado a los afectos, lo abrazó por unos efímeros instantes. El resto del recibimiento continuaba observando el reencuentro de aquella familia desde hacía tantísimos años. Domeric la miró por instante, ella pudo comprobar cómo su piel se ruborizaba. No le interesaba su primo, para nada, pero por un momento también había visto a Roose en su semblante. Era una mezcla de ambos hermanos, quizás, con un poco de suerte, tendría lo mejor de cada uno, aunque aquello ya sabía ella que no. "Si le interesase a Roose tanto como le intereso a Domeric…" pero, aquello eran sólo cuentos de hadas, y Ayzur vivía en el mundo real.
Se acercó a ella y la saludó: - Prima, estás aun más hermosa si cabe desde la última vez que nos vimos – la cogió la mano y se la besó. El corazón de la joven se agitaba, pero no porque Domeric volviese a su lado, más bien por la mirada de desaprobación de su tío y la mirada de dulzura de su tía.
-Es que hacía mucho que no nos veíamos, mi señor – ella le reverenció zafándose de sus manos, mientras clavaba la vista en el suelo y recordaba las palabras de su tía: "Tú perteneces a mi hijo, perteneces a tu casa".
Espero que me comentéis que os parece. Muchas Gracias por leer, Chiquibabies. ;)
