Ya entrada la media noche decidió recobrar esa extraña costumbre que había tomado cuando la inquisición se encontraba en su apojeo algunos siglos atrás. Le agradaba dar caminatas nocturnas entre las tumbas porque la tranquilidad y el silencio que se percibía en esos tétricos lugares lo relajaban y le dejaban pensar con claridad.

Sin embargo, ahora iba con otras intenciones y a un cementerio en especial.

Se coló como niebla entre las rejas que delimitaban el perímetro del lugar. Suspiró y luego bajo sus suelas crujió la hojarasca con suavidad a medida que sus pasos le guiaban poco a poco a internarse entre los árboles que crecían al lado de las criptas de cantera y mármol.

En el centro, casi acariciando la negrura del cielo se erguia la punta del mausoléo familiar del marqués noble de Inglaterra Benjamín Bentford. Allí mismo yacían su esposa y su hijo mayor.

No le costó trabajo entrar, y una vez allí bastó echar una ojeada para ver que las condiciones del lugar eran terribles porque los familiares habían dejado de frencuentar ese sitio desde hacia muchos años.

Sebastián gruñó. El olor a podredumbre y el polvo le calaban en la nariz, pero no dejaría que aquello se notara y alterara su postura. Avanzó unos pasos. La amplia pieza consistía en un círculo de seis metros de diametro, bastante espaciosa para andar libremente por ella, pero increíblemente obstaculizada por la cantidad de hierbas semi secas que crecían de las enredaderas y los rosales que antes adornaban los ventanales rotos y que ahora habían crecido al punto de cubrir complétamente el techo y deslizarse hacia abajo, dándole un aspecto boscoso contrastado con el mármol del suelo. Al lado de la puerta había dos ataúdes colocados uno sobre otro, donde a los costados se leía "en memoria del Marqués Benjamín y Paul Bentford" respectivamente, pero parecían no tener gran reelevancia.

Había en el centro un ataúd blanco con un féretro de cristal pulido, cubierto por una gruesa capa de polvo, donde se encontraba la " Dama Blanca", apodo con que se le conocía desde el día de su funeral, cuando su pompa fúnebre desfiló por las calles y todos la contemplaron a través del cristal que la envolvía.

Aquel mausoléo se había construido con la fortuna restante de Benjamín Bentford, vuelto loco por el remordimiento de haber matado a su esposa. O eso se creía hasta entonces, pero Sebastián sabía la verdad. Y esa verdad era algo que Ciel no debía saber.

Elizabeth había muerto en condiciones extrañamente lamentables; Benjamín idolatraba su hermosura y al no aceptar su pérdida había pagado millones para que embalsamaran su cuerpo y le construyeran un lugar de descanzo decente y acorde a su título de dama.

Sebastián deslizó su mano izquierda sobre el cristal lo sufiente para que la capa de polvo bronceada se impregnara en su guante blanco y le permitiera examinarla mejor. La miró unos segundos chasqueando los dientes con recelo al recordar la antigua rivalidad que sentía contra ella, aunque sabía perfectamente que él había sido siempre quien tuvo preferencia en el corazón de Ciel. Estaba ataviada por un ostentoso vestido blanco de encajes y perlas cremosas, sus rizos dorados cuidadosamente recogidos en una coleta de lado con un tocado plateado y las manos enguantadas entrelazadas sobre el pecho. Su rostro había adquirido unas facciones más finas, las comisuras de sus labios tenían marcadas ligeramente las arrugas de su sonrisa y las curvas de su cuerpo delataban que el cadaver ya no era el de una niña, sino de una mujer que aún muerta parecía un ángel durmiendo.

- Fue un trabajo espléndido - dijo triunfal el shinigami sentado sobre el ataún de Benjamín. - al conde le agadará mucho verla.

Sebastián no se inmutó. Ignoraba cuánto tiempo llevaba ahí el peligrís, y sus labios se movieron con suavidad.

- No lo hará. - puntualizó el mayordomo con sequedad dejando los rodeos de lado, dándose la vuelta para encararlo - Tú tienes algo que es mío.

- No es tuyo - rió - pero de igual forma, se ha ido de mis manos- aseguró encogiéndose de hombros. - porque antes que nada, mi lealtad está con el conde Phantomhive.

- ¡Maldito seas! - bramó fulminándolo con la mirada. - les has dado el diario a Ciel...

- Sí, las cosas deben seguir un curso, un destino ya trazado. Y Ciel es parte importante del destino de Scarlett Bentford - se defendió mirándolo con cautela. Sebastián estaba tenso, y sus ojos llameaban de ira.

El demonio apretó los dientes, luego prosiguió. - Si llega a pasarle algo no voy a perdonártelo.

- Entonces sabes que lo que debes hacer.

El oji escarlata suspiró exasperado y salió por la puerta con la intención de olvidar la charla de esa noche.

- Lo siento mayordomo - mintió con una sonrisa sin quitar la vista de Elizabeth. - No importa lo que intente hacer el conde, los muertos permanecerán muertos.

Se suponía que la gente peligrosa merodeába los callejones por la madrugada, o al menos eso le habían dicho siempre. Pero siendo semi demonio, no había nadie más peligroso que él en esa calle.

Buscaba cazar, alimentarse de algún pobre borracho que durmiera en la barra de alguna cantina. Las almas en ese estado se encontraban tan apaciguadas que comerlas era como transimir esa paz a su cuerpo.

Las fotografías que había visto esa mañana las tenía ocultas en el bolsillo, pero la chica de ahí no era su prima, sino su hija. Aquella era Scarlett Bentford, la segúnda hija del Marqués Benjamín Bentford y Elizabeth Bentford, conocida antiguamente como Elizabeth Midford.

Nick se había negado a responderle cuando le pidió explicaciones. Había azotado la puerta y se había alejado de él, a dar una caminata por el bosque, según había dicho. Y él... él se encontraba tan solo y perdido como treinta años atrás, buscando respuestas a las interrogantes de su pasado.

Se sentó al borde de la escalinata de piedra de la catedral. El jardín que le rodeaba estaba completamente solo y cielo nubarroso amenazaba con relampaguear de un momento a otro y aunque el agua caía en forma de gotas cada vez más densas y empapaba sus mechones azulinos no se movió ni un poco. Parecía una estatua de mármol, inmovil y hermosa.

Llevaba horas en esa posición. La lluvía seguia corriendo por su espalda y para él habían sido apenas unos minutos cuando cayó en la cuenta de que realmente no tenía ni siquiera idea de quién era Nick en realidad. Recordó la primera vez que lo vio dos años atrás; estaba solo en un café con un libro de poesía abierto por la mitad sin siquiera prestarle atención, porque su mirada parecía ajena a su persona y perdida en algún punto de la pared verdosa que se extandía frente a él. Recordó también por qué se había animado a acercarse tanto por primera vez a una persona; Nick lucía tan asustado, perdido y lastimado, justo como él al perder a sus padres. Aquel día no le importó nada, simplemente deseaba algo de compañia. Por eso ni siquiera se molestó en averiguar el pasado de Nick. Era como si en él se hubiese visto reflejado, como en un espejo, y hubiera deseado acariciar por un segundo ese rostro y cambiar esa expresión de pesadumbre.

Se puso de pie con dificultad. Se sentía cansado y lucía más pálido que de costumbre y sin saberlo se desplomó.

Eso le pasaba cada vez más seguido pero fingía no preocuparse, porque en los lapsos de esos cortos, pero profundos sueños le parecía más nítida y realista la figura de Sebastián. Lo había sentido acogerlo, apretarlo a su pecho aun cuando el menor insistía en que su ropa mojada empaparía su elegante frac negro, y luego llevarlo en brazos dulcemente mientras escondía la cara entre su cuello y él, ladeando la cabeza sobre la suya mientras caminaba, le decía que todo estaría bien.

Abrió los ojos, y la desilusión de encontrarse en la pequeña habitación de la casa de Nick se le antojo como una buena patada en el trasero por caer en la debilidad de sus deseos. Quería verlo, y sabía qie con una sóla palabra suya Sebastián aparecería ante él.

Iba a hacerlo, pero al girar en la cama algo se encontraba en la esquina inferior, de manera que al mover los pies la sábana hizo que el objeto cayera y su impacto contra el suelo le avisó que ahí se encontraba. Se enderezó, y anduvo a gatas sobre la cama sin percatarse de que estaba completamente desnudo, hasta estirar la mano por el borde y coger el libro que había caido.

Lo examinó sin ganas, pero al querer leer el título de su portada se dio cuenta de que no era un libro de sus pertenencias, ni siquiera de Nick.

DIARIO DE ELIZABETH MIDFORD

Hey Ciel, emos pasado muchas pascuas juntos.

Como sea. Esta es la primera vez que yo decoro mi propio huevo de pascua.

Pero Ciel, ¿qué fue lo que te sucedió aquel mes?

Ciel:

No sé qué esperabas que hiciera luego de ver la confianza con que te trataba la pequeña Sully. Sebastián también pareció notarlo y debo admitir que su oportuna oferta respecto a las clases de etiqueta para ella me pareció muy conveniente. Sus modales no son propios de una dama. Me inquieta un poco que tu viaje a Alemania haya alterado en algo tu decisión respecto a nuestro compromiso. ¿Sigo siendo la única para tí?

Ciel:

Desde que Sully regresó a Alemania no he recibido ninguna carta suya pese a que me prometío escribirme cada semana. ¿Estará todo bien?

Lamento mucho haber insistido en que me acompañaras al baile del vizconde. No pretendía incomodarte, simplemente quería pasar tiempo contigo pero, ¡por favor! ¿Es necesario que Sebastián se involucre hasta en decidir por ti si bailar o no conmigo? ¿Hace cuánto dejaste de ser tú el amo? No olvides qué lugar te corresponde, a él y a mí, tu prometida.

¿Qué secretos esconde tu corazón? Detesto decirlo, pero he sentido el basto abismo que nos separa cada vez que te niegas a dedicarme algo de tu tiempo. Me duele. ¿Puedes verlo? Lo noto en tu manera de hablarme cuando inventas cualquier excusa para apartarne de tu camino, incluso en la manera en que ignoras mis comentarios perdiéndote en tus ensoñaciones. Estás enamorado Ciel, pero no de mí.

Hace unos días tus sirvientes me dijeron que estabas enfermo. Ésta tarde quería atenderte pero, tu mayordomo no me dejó hacerlo. Tuve que quedarme sentada más de media hora esperando por el carruaje de madre y no pude resistirme a observar el decoro y cuidado con que Sebastián preparaba la comida y la manera en que te atiende. ¡Y con qué devoción lo hace! Es innegable el hecho de su lealtad hacia tí por la forma en que lo demuestra. Pero, dime Ciel; ¿por qué lo has mirado de esa manera? No hablo de una mirada habitual tuya, sino de esas que he visto a mis padres regalarse; aquellas miradas de complicidad comunes entre los enamorados. Yo te amo Ciel, y sin embargo jamás me has mirado de igual manera.

¿Qué es lo que te sucede? Quiero sólo hablar contigo. No me agrada la manera en que me dejas sola en la mesa para salir del comedor con Sebastián pisándote los talones.

Me haces dudar de tus modales y más aún, de tu relación con él. Hoy regresaste a la mesa luego de veinte minutos con una bufanda alrededor de tu cuello. No soy tonta, y puedo asegurarte que la marca que escondías bajo esa prenda no estaba allí cuando me dejaste.

Cada vez me convenzo un poco más de que no soy bien recibida en tu mansión. ¿Interrumpí algo importante? Notaba la tensión de Sebastián y tu nerviosismo cuando entré sin anunciarme en tu despacho. No quería ser maleducada, pero un extraño impulso me hizo hacerlo.

Estoy cansada y frustrada, porque a pesar de todo mi esfuerzo no consigo acercarme un poco a ti. Quiero ser feliz Ciel, y no puedo serlo contigo. Ya no puedo más Ciel. Ya no tengo amor que darte.

¿Esa es toda tu respuesta? El decirme que nuestro compromiso seguiría en pie para guardar la estética ante la sociedad es algo que simplemente no esperaba. Pudiste mentirme Ciel, y decirme que al menos me querías un poco. Yo habría sido feliz con eso.

No puedo odiarte, pero sí a mi estúpida depencia hacia ti. Quería disculparme por las cosas terribles que te dije el otro día, pero hoy ni siquiera me han dejado entrar al recibidor. Sebastián ha dicho que tienes una fiebre terrible y que es recomendable que nadie entre ni salga de la casa para prevenir los contagios. Me inquieta que estés grave Ciel, pero espero recuperarte pronto.

Quise ser fuerte Ciel, pero a pesar de los intentos fallidos de mi madre y Edward por esconderlo al final vi la caja negra de fondo acolchonado donde una paleta de chocolate a juego con una pequeña tarjeta en el moño marcaban la invitación al funeral del único dueño de las empresas Funtom. No logro creerlo. Las damitas de mi edad e incluso menores hablaban a mis espaldas en la ceremonia fúnebre. No creí que fuera grave, pero todos estabamos consternados de que Sebastián también hubiera muerto a causa de tu enfermedad. El sepulturero dijo que tu última voluntad fue que ambos fueran enterrados en el mismo sitio, que de esa manera lo recompensarías por la lealtad que te brindó hasta el último instante. No nos fue permitido abrir ninguno de los ataudes para despedirnos, y ahora ya no hay forma de poder volver a verte.

Pensé que podrías volver de nuevo como en aquella ocasión cuando todos conocimos a Sebastián por primera vez, pero no fue así. Hoy celebramos tu primer aniversario luctuoso. Por cierto, tus sirvientes se encuentran bien laborando entre mi servidumbre, mi madre no tuvo corazón para dejarlos abandonados a su suerte. Son felices y te guardan un fiel respeto. A tí y a él. ¿Puedes oler el perfume de las rosas blancas que dejamos cada domingo en tu cripta? Finnian aprendió por fin a cultuvarlas adecuadamente.

Hey Ciel, pensé que luego de aquel día no volvería a escribirte, pero aquí me encuentro dispuesta a dejar plasmado a detalle cada suceso acontecido luego de que tu partida enmudeciera mis pasiones para siempre..."