Hola Amiguitas! Hoy el nuevo capitulo de tan apasionante historia, que hoy creo que tuve que cambiar la clasificacion, por que aunque este capitulo no trae lemmon si viene un faje entre nuestros protagonistas. Bueno yo les aviso.

Muchas gracias a todas las que siguen esta historia, me encanta leerles, ya saben que a las que dejan su comentario les envio un pequeño avance del capitulo siguiente, para que no se les haga larga la historia, :p. aunque en esta ocasion EmilyNight.206 no te pude enviar tu adelanto por que no tienes activado los PM, checalo y te envio el siguiente.

Ahora si no me explayo mas, disfrutenn...

Ups, ya saben que los personajes son de nta queridisima Meyer y la historia de otra gran escritora... Nos leemos...


Capítulo Cuatro

El lunes, Edward regresó a Charleston, y Bella y Esme volvieron al trabajo. A finales de la semana, Bella pudo leer los primeros capítulos del libro de Esme, que ya había empezado a escribir. Se asombró de la cantidad de trabajo que la anciana señora podía realizar en su solo día, al ver el número de páginas que llevaba ya escritas.

-Ah, pero no es como si lo estuviera haciendo yo sola -dijo Esme cuando se sentaron a trabajar-. Me siento ante mi ordenador y me llega la inspiración. Yo no tengo el mérito de lo que hago. Bella sonrió.

-Debe ser maravilloso.

-No me explico cómo me las podía arreglar con esa vieja má quina de escribir. Ahora, comparada con este ordenador, me parece un instrumento prehistórico.

-Mi padre los fabrica -exclamó Bella, arrepintiéndose al instante.

-¿Ordenadores? -preguntó Esme.

-Oh... no, las piezas.

-Yo no podría ganarme la vida con eso -dijo Esme-. Debe ser muy inteligente.

-Lo es -asintió Esme.

Los millones de dólares de su cuenta bancaria atestiguaban su habilidad en lo referente a las computadoras.

-Bueno. ¿qué te parece? -preguntó Esme, señalando el manuscrito que acababa de leer Bella.

-Es maravilloso. ¡Me encanta! Me siento orgullosísima de haber contribuido, aunque sea un poquito, en el libro.

-La verdad es que has contribuido bastante. No creo que me hubiera atrevido a emprenderlo sin ti.

-¿A emprenderlo? -preguntó Edward.

Acababa de llegar, acompañado de Amanda. Aquella mañana iba vestido de blanco. Pantalones blancos y una camiseta blanca y roja. Tan sombrío y peligroso como siempre, con aquel atractivo irresistible. Algo salvaje se despertó en Bella al mirarle. Era sá bado por la mañana, pero a ella le parecía como el inicio de una eternidad.

-Estás muy guapo esta mañana, Edd -dijo Esme.

-Van a venir las Denali, ¿lo has olvidado?

-No, querido, claro que no -dijo Esme-. Ya está todo organizado para esta noche. Marie se ha encargado de ponerse en contacto con un conjunto. Parece ser que conoce a uno de los miembros.

Edward le lanzó una mirada enigmática.

-¿Sí?

Era un desafío y Bella lo tomó.

-Oh, sí -replicó-. Un viejo amigo.

Era su amigo Jacob Black, el corredor de Motos. Cuando le llamó le pidió que mantuviera en secreto su identidad y Jake aceptó de buen grado. En su tiempo libre tocaba la batería en un conjunto, aunque sólo por diversión. Dios sabía que tenía dinero suficiente para hacer todo lo que quisiera. Además, le gustaba representar comedias, y la farsa de Bella le había interesado.

-¿Qué toca tu amigo? -preguntó Edward.

-La batería. Es muy bueno.

-Un instrumento apasionante -replicó él con indiferencia.

-Es un hombre apasionante -dijo Bella con una sonrisa.

-Tengo muchísimas ganas de conocerle -dijo Esme-. Por lo que dices, debe ser un hombre fuera de serie.

-Si lo es, más tarde o más temprano aparecerá en uno de tus libros -terció Edward.

-No -replicó Esme-. Te he dicho muchas veces que en mis libros nunca hay personas reales. Podrían denunciarme.

-Perdona, mamá -dijo él con una sonrisa-. No me acordaba.

-No, no es eso -estalló Esme-. Lo que pasa es que te gusta discutir, Edd. Es una mala costumbre que has adquirido.

-Intento contenerme -le aseguró.

Pero la mirada que le dirigió a Bella estaba lejos de ser tranquilizadora, así que ella trató de no cruzarse en su camino durante el resto del día.


Aquella tarde, Jacob Black le llevó su vestido, un vestido precioso de terciopelo azul. Era un modelo exclusivo y había ido a buscarlo a casa de su padre. Le dio el paquete cuando llegó con el conjunto.

-Un traje de fantasía en perfecto estado, a pesar de que está lloviendo a cántaros.

Jacob era casi tan alto como Edward, pero moreno con piel rojiza, con los ojos color miel tornando a marrones y quizás demasiado encantador. Y como siempre, intentaba conquistar a Bella.

-Gracias por traérmelo. Y por traer al grupo -añadió-. Quería lo mejor, ya sabes.

-¿Qué estás tramando?

-Una cosa pecaminosa -le contestó en voz baja.

Él se acercó y la besó en los labios. Fue una caricia amable, nada más.

-Cuando la juerga haya terminado, podemos discutir eso de las cosas pecaminosas.

-Ya veremos -murmuró ella.

-¡Mujer diabólica! -exclamó Jacob.

Diciendo esto, se fue al espacioso salón, que había sido despejado para el baile.

-¿Un viejo amor? -le preguntó Edward desde detrás, ob servando a Jacob.

-Un viejo amigo -contestó.

Edward se quedó mirando la caja del vestido.

-¿Te ha comprado un vestido? -exclamó-. Por el amor de Dios...

Bella se enfureció.

-¿Y qué pasa si me compra un vestido? ¿A ti qué te importa?

-Que eres una empleada.

-Una empleada, no una esclava, no lo olvides. Si quieres que me vaya, no tienes más que decirlo.

Parecía que estaba a punto de hacerlo cuando apareció Tanya con su madre. Iban elegantemente vestidas. Tanya llevaba un vestido largo de seda en tonos pastel que realzaba su espléndido bus to. La señora Denali tenía un aspecto severo y formal, como de costumbre, con un vestido de terciopelo negro.

-¿No va a estar en el baile, señorita Dwyer? -preguntó la señora Denali con frialdad.

-Pues sí -replicó dulcemente-. Acabo de recibir mi vestido. ¿Me disculpan?

-Edward, apenas me has dirigido dos palabras desde que he llegado -se quejó Tanya mientras Bella se alejaba-. ¿No puedes dedicarme ni cinco minutos?

Bella casi compadecía a la muchacha. Estaba tan ilusionada... y Edward, el muy desalmado, la trataba como un dulce que no estuviera seguro de querer.

Cuando iba a su habitación, se cruzó con Esme. La señora llevaba un precioso vestido blanco que, con su sencillez, eclipsaba el sofisticado atuendo de las Denali.

-Sublime -le dijo Bella-. De Valentino ¿verdad? Esme la miró extrañada.

-Sí.

-Lo sabía. Con esta línea tan sencilla tenía que ser suyo. Bueno, voy a vestirme. Ya nos veremos.


En cuanto cerró la puerta de su dormitorio, se dio cuenta. Una vez más, había estado a punto de delatarse. Una estudiante sin un céntimo, no habría reconocido un modelo de Valentino. Pero Bella, que había tenido la fortuna de que Valentino se encargara de su equipo de novia, conocía sus diseños muy bien. Se le nubla ron los ojos. Había puesto tantas esperanzas en Alec y en sí mis ma... Había sido un golpe terrible darse cuenta de que él nunca la había querido, ni siquiera la había deseado físicamente.

Se vistió de mal humor, odiándose a sí misma por ser tan ciega. Y ahora empezaba a soñar despierta con aquel terrible Edward. Bueno, tendría que acabar con aquello. Su trabajo pronto lle garía a su fin y todo acabaría.

Se puso el vestido, los zapatos a juego, y se hizo un elegante moño. Se maquilló más de lo normal, haciendo resaltar los párpados, sus sensuales labios y sus marcados pómulos. Se puso la pulsera de diamantes de su madre y los pendientes. Luego se contempló en el espejo. «Bueno, querida Tanya», se dijo, «supera esto».

-¡Oh! -exclamó Amanda desde el pasillo cuando la vio. Bella se volvió, sonriendo ante la admiración de la pequeña. Sabía que aquel vestido la sentaba de maravilla. Era largo, de ter ciopelo azul oscuro, el cuerpo no tenía tirantes y era de satén. Era un vestido absolutamente encantador, y la pulsera de diamantes eran el complemento perfecto.

-¿Eres Marie de verdad? -preguntó Amanda-. Desde luego, pareces otra.

Bella se acercó a la niña y la dio un beso.

-Haces que me sienta como la princesa de un cuento. Pero espero que mi calabaza no se desvanezca.

-No antes de medianoche -rió Amanda-. Buenas noches. Que te lo pases muy bien.

-Eso espero. Que duermas bien, cariño.

Dejó a Amanda en su habitación y bajó.


El conjunto acababa de empezar a tocar. La canción era una que Jacob había elegido in tencionadamente. Era una melodía que le recordaba sus años de colegio. Se detuvo en el pasillo que conducía al salón.

Edward se quedó mirándola y se detuvo en medio de la pista de baile, con Tanya entre sus brazos.

Bella les saludó con una inclinación de cabeza y continuó hacia la mesa del buffet, donde Esme se ocupaba de llenar un plato.

-¡Querida! -dijo al ver a Bella-. ¡Ese vestido! De Oscar de la Renta, ¿verdad?

-Sí. Tienes mucha vista.

-Aunque sea vieja. Estás impresionante. ¡Qué elegancia! Marie, o yo soy una vieja inútil o nos estás engañando.

-¿Engañándolos?

-Tú no eres lo que pareces.

-El vestido es prestado -dijo Bella en voz baja disimulan do su alarma-. Tengo una amiga...

Esme miró a la orquesta.

-Exactamente -dijo Bella con una sonrisa-. Jacob tiene una hermana que usa la misma talla que yo.

Bueno, aquello no era una mentira del todo. La hermana de Jacob, Rachel estuvo con ella en el colegio y tenían aproximadamente la mis ma talla.

-Oh -dijo Esme con una sonrisa-. Bueno, estás guapísima.

Edward y Tanya se unieron a ellas.

-Vaya, vaya, qué vestido tan bonito -dijo Tanya mirándola. -Gracias.

-Y los diamantes... ¡parecen auténticos! Es sorprendente las maravillas que se hacen con la bisutería ahora. -continuó Tanya, que ni siquiera lo hacía a mala idea.

Bella alzó las cejas y sonrió.

-Sí, ¿verdad?

Miró directamente la gargantilla de zafiros de Tanya.

-¿Son falsas, verdad?

Tanya se sonrojó vivamente.

-Bueno... ya sabes ¡date cuenta de que las auténticas son de masiado caras como para lucirlas en público!

-Sí, seguro -dijo Bella con una fría sonrisa-. La verdad, querida, es que esta pulsera de diamantes es auténtica. Pertenece a mi familia desde hace tres generaciones, y si las miras bien de cerca, te darás cuenta que cada diamante es exactamente igual.

Tanya parecía aturullada. Bella estaba asombrada de su te meridad. Normalmente dejaba que los snobs fuesen snobs, pero aquella chica la sacaba de sus casillas. No tenía una auténtica razón para que Tanya le desagradara, pero de hecho no la podía ni ver.

-¿Quieres bailar, Marie? -le preguntó Edward con una fría sonrisa.

La cogió de la mano antes de que Bella pudiera contestar y la llevó a la pista de baile.

-Estás tentando tu suerte. Deja de meterte con Tanya o estoy dispuesto a devorarte.

-Qué protector, señor Cullen. ¡Qué suerte tiene Tanya!

-Los diamantes son auténticos, ¿verdad? -preguntó mirándo los-. ¿De verdad eran de tu abuela?

-Sí, lo eran. La única pieza valiosa de joyería que poseo y no me gusta que una muchachita maleducada se ría de ellas -dijo Bella secamente.

-Una chica que trabaja...

-Las chicas que trabajan también tienen orgullo -replicó Bella con los ojos centelleantes.

El la estrechó con fuerza.

-Qué vestido tan seductor -murmuró-. Como hecho para tentar a un hombre. ¿Por eso lo has elegido?

Sinceramente, Bella no se había detenido a pensar en ello. Intentó separarse un poco, pero él no se lo permitió.

-Quédate dónde estás. Estás deliciosa esta noche.

-Gracias -murmuró ella mirándole.

Edward le acarició la espalda desnuda, y sintió una especie de fuego en la piel.

-Tu piel es suave como la seda -dijo él-. Seda, satén y ter ciopelo. Una combinación peligrosa.

-Tanya nos está mirando. Y yo estoy muerta de hambre.

-Deja que Tanya nos mire. Además, ya has comido.

-Tengo hambre otra vez.

-Una mujer de gran apetito -dijo Edward mirándola a los ojos-. Yo también tengo mucho apetito, Marie.

Bella se ruborizó. Dejó de bailar y se apartó de él.

-Si te vas a dedicar a hacerme comentarios de ese tipo...

-Si tengo que hacerlo, me portaré mejor.

La volvió a abrazar.

-Pobre chica -murmuró Bella al ver a Tanya, que parecía una niña perdida y asustada.

-¿Quién, Tanya? -preguntó Edward riendo-. Ahí está su madre. Ya no va a estar sola.

Bella observaba a la señora, que entraba en el salón. Se que dó mirando a Edward con sus penetrantes ojos azules, que se abrieron desmesuradamente al reconocer a Bella, y centellearon al comprobar que Tanya estaba sola. Levantó la cabeza con energía y avanzó rápidamente a la mesa del buffet.

-Me recuerda vagamente a mi purasangre -dijo Bella dis traídamente-. Un purasangre que siempre está alerta.

Edward rió y la hizo apoyar la cabeza contra su hombro.

-Tú me recuerdas un potrillo nervioso -le susurró al oído. ¿Por qué no te relajas?

-Sería un suicidio -contestó ella sin pensar.

-¿Sí?

Su voz era acariciadora como el terciopelo, y la hacía derretir se entre sus brazos.

-¿Lo sería, Marie? -repitió.

-Sí -susurró ella; mirándole fijamente.

Bella había esperado que con un poco de coquetería le haría sonreír, pero no fue así. Él la había abrazado estrechamente mien tras bailaban, y Bella no podía librarse del efecto hipnotizante de su mirada.

-Hueles a fresias y el contacto de tu piel es embriagador. Tu nombre te va. Marie; Eminencia.

Bella sentía un calor intenso. Con un gran esfuerzo, dejó de mirarle. Las cosas se estaban saliendo de sus cauces.

-¿Por qué no paramos? -preguntó ella con voz débil-. Tanya debe querer bailar contigo, no deja de mirarnos.

-Tanya puede esperar -murmuró.

El vals terminó bruscamente, pero él no la dejó ir, e inmedia tamente la orquesta comenzó una melodía lenta y dulce que invitaba a bailar más juntos.

-Por favor, no quiero -dijo ella suavemente.

Edward sacudió la cabeza, y la abrazó con más fuerza. Tanya y su madre no les quitaban los ojos de encima. Bella pensó con resignación que era inevitable que ocurriera algo.

-Deja de preocuparte. Sólo estamos bailando.

Pero aquello no era solamente un baile. Su mano, cálida y gran de, presionando su espalda, le alteraba el pulso de una manera fas cinante. Se refugiaba contra su pecho, y no tenía ni idea de cómo había terminado por estar así. Él la abrazaba con tanta fuerza que cada centímetro de su cuerpo estaba en contacto con él.

Bella no era ninguna niña. Había estado comprometida y sabía lo ardiente que podía ser la pasión de un hombre. Pero lo que Edward Cullen le estaba haciendo sentir no lo había experimen tado nunca antes. Cada vez que su cuerpo la rozaba, se estremecía.

Sentía su calor en lo más profundo de su ser, y se daba cuenta per fectamente del deseo urgente que se adueñaba gradualmente de él. No debería ser así, se dijo a sí misma. No debería responderle de aquella manera. Pero mientras pensaba todo esto, Edward la abrazó por la cintura y la estrechó aún más. Edward tembló, y lue go la acarició anhelante. Le susurró al oído:

-Tienes un enorme poder, Jane Eyre. ¿Te das cuenta de lo que me estás haciendo?

Bella se daba cuenta, y por eso evitó mirarle.

-Tanya nos está mirando -amenazó, aunque en realidad no la estaba viendo.

En su voz había auténtico pánico, y él lo notó.

-No hay nada que temer -le susurró con voz acariciadora y profunda-. No empieces a buscar salidas.

Edward deslizó la mano suavemente por su espalda y Bella intentó detenerle con las suyas. Eso era lo que él quería. Aprovechó este movimiento para cogerla por las muñecas y arquear su cuerpo completamente contra el de él.

Bella le miró a los ojos, y todo lo que había a su alrededor se desvaneció. El mundo se redujo de pronto a aquel rostro y a la intensa pasión que se leía en sus ojos.

-Tu corazón late salvajemente -le dijo Edward con voz ronca.

-Deja que me vaya, Edward -le pidió ella temblando.

-Has dicho mi nombre como en un gemido. Yo podría hacerte gemir, Marie. Conozco todas las maneras posibles.

Aquello era lo que ella temía. Quería soltarse y echar a correr, pero Edward era como una droga. Sus miradas se fundieron y, en aquel momento, lo que más deseaba en el mundo era estar a solas con él en una habitación. Quería conocer la posesión de aquella boca.

Edward la sorprendió mirándole fijamente a los labios, y pa reció leerle el pensamiento.

-Yo también quiero -susurró-. Tu boca y la mía besándo se, hiriéndose... ¡Dios, Vámonos de aquí!

Edward dejó de bailar bruscamente, sin percatarse de las de más parejas, y la empujó en dirección a la barra. Bella se sentía viva, más que nunca en su vida. Su mente la ordenaba que se de tuviera, pero su cuerpo quería seguir adelante. Avanzó hacia don de la guiaba, pasando la barra, entre los invitados, hacia el despa cho. Pero allí había también gente. Le apretaba la mano con fuer za, sus ojos tenían un brillo salvaje. Finalmente se fijó en el cuarto ropero que había junto al vestíbulo y la llevó hasta allí.

Abrió la puerta en un momento en que no había nadie en el vestíbulo y la metió dentro. Luego encendió la luz y cerró la puerta tras él.

-Ahora -murmuró acercándose más a ella.

Se desabrochó la chaqueta y el chaleco con impaciencia, y la abrazó.

-Ahora, Marie. Te he deseado ya durante demasiado tiempo. Bella entreabrió los labios al sentir su boca. Era tal y como se lo había imaginado. Su boca sabía a coñac y a humo, su beso era brusco, haciéndola sentir un deseo desbordante. Edward le deslizó las manos por la espalda.

-Más fuerte -susurró Bella roncamente, casi suplicante.

-¿Cómo de fuerte? -respondió él con la voz entrecortada-. ¿Así?

-No -gimió ella, poniéndose de puntillas-. ¡Así...!

Abrió la boca y atrapó los labios de Edward entre los suyos, besándole como nunca había besado a ningún hombre. Pero con él era una sensación más dulce que el vino, más cálida que el fuego. Edward gimió y deslizó las manos por sus caderas.

-¡Oh! -exclamó ella.

Edward levantó la cabeza y la miró con los ojos brillantes apretando los dientes. Su mirada era más suave y acariciante que el terciopelo de su vestido.

-¿Tienes bastante?

Bella hizo un leve movimiento con la cabeza, y deslizó las ma nos por su pecho, hasta los botones de su camisa. Abrió los ojos y le miró fijamente.

-Sigue -dijo Edward en voz baja-. Pero no me excites demasiado. El ropero no es el lugar adecuado para lo que estamos provocando.

Bella se daba cuenta, claro que sí. Pero en aquellos momen tos tenían un mundo para ellos dos solos, y ella tenía una curiosidad salvaje y excitante por conocerle a fondo. Luchó con los botones y le abrió la camisa hasta la mitad del pecho.

Edward respiraba entrecortadamente. Bella le acarició el pecho desnudo, y le sintió estremecerse.

Él murmuró algo violento, y en el mismo instante le desabro chó el vestido por detrás y se lo bajó hasta la cintura.

-¡Edward...! -exclamó ella.

-Tengo que hacerlo. Ayúdame. ¡Creo que voy a morirme si no te siento junto a mí!

La besaba ardorosamente al mismo tiempo que la acariciaba. La estrechó contra él, gimiendo al sentir el contacto de su piel desnuda.

Se estremeció cuando Bella lanzó un gemido y le acarició el pelo mientras le besaba en la boca. Sintió que Edward le acari ciaba el talle. Se echó un poco hacia atrás, lo suficiente para que pudiese alcanzar sus senos, y gimió al sentir el placer desconocido e inesperado de aquel contacto tan íntimo.

Edward alzó la cabeza y la miró sin dejar de acariciarle el pecho.

-Eres maravillosa, Marie -susurró-. Mágica y enloquecedora; tu piel es como la seda. Y, si esta puerta tuviese cerradura, te poseería aquí mismo, en el suelo, ¿lo sabes?

-Sí -susurró ella.

Le dolía aquello, le dolía por él. Le quería locamente, ciegamente, más allá de lo razonable. Estaba experimentando sensaciones que nunca se hubiera imaginado que existieran y que le proporcionaban un placer increíble.

-Bésame otra vez -suplicó.

-No me atrevería -le dijo Edward con los ojos fijos en la piel que acariciaba-. Dios mío, tienes todo lo que un hombre puede pedir.

El repentino murmullo de una voz les dejó suspensos. Edward se volvió, atisbando a través de la puerta con sigilo. Se dio cuenta de que la voz se aproximaba. La soltó y permaneció in móvil, como un maravilloso conquistador; la camisa desabrochada, el pelo revuelto y los ojos brillantes por la pasión frustrada.

Era el hombre más atractivo que había conocido en su vida.

-Colócate el vestido.

Así lo hizo Bella. En aquel momento había alguien junto a la puerta, alguien borracho a juzgar por la voz, y el pomo comenzó a girar.

Edward lo sujetó.

-¿Qué quiere? -preguntó. Hubo un silencio embarazoso.

-¿Que qué... quiero? -preguntó la voz.

-Eso. ¿Qué quiere?

-¡Mi gabardina! -respondió la voz en tono desafiante-. Está lloviendo otra vez a cántaros, como cuando llegué.

-¿De qué color es? -continuó Edward.

-Ma... marrón.

Edward se volvió a buscarla.

-Aquí hay muchas. ¿Cómo es la suya?

-Si me deja abrir la puerta yo se lo diré.

-No puedo abrir -dijo Edward-. Descríbala. Bella ocultó la cara entre las manos para ahogar una carcajada.

La voz sonó ofendida.

-Será tonto... está bien, .tiene bolsillos, y es... es tipo trinchera.

Edward buscó entre los abrigos y la encontró. Abrió un poco la puerta, la sacó, y volvió a cerrar rápidamente.

-¡Ésta es! -exclamó el borracho-. ¡Hombre! ¿Es usted un ropero automático de ésos?

-Ha acertado. Acaba de ser instalado.

-Bueno, funciona realmente bien. Cierta vez vi una máquina de Coca-Cola que hablaba. ¿Usted tiene Coca-Cola también, casualidad?

-No, lo siento.

-¿Tiene campanillas?

-Lárguese.

-Las máquinas no tienen por qué ser desagradables- replicó la voz-. Le denunciaré.

-¿A quién? -preguntó Edward. Hubo un largo silencio. Edward miró a Bella.

-¿Por qué no se queja a la señora Cullen? -sugirió.

-¡Buena idea!

Se escuchó el sonido de los pasos alejándose. Edward se apre suró a abrocharse la camisa, el chaleco y la chaqueta.

-Tu pelo -dijo Bella.

-El tuyo está igual de mal -murmuró él mirándola-. Bueno ahora no podemos hacer nada para remediarlo.

-No, supongo que no.

En aquellos momentos, Bella sentía una enorme timidez, y ni siquiera levantó los ojos al abrir la puerta del armario. Salió rápidamente y se dirigió a su dormitorio antes de que nadie pudiera verla.

Ya cubierta, oyó una voz que decía:

-¡Claro que hablaba! Venga y se lo enseñaré.

Cuando estuvo en la habitación no pudo más y estalló en carcajadas.

Tardó unos minutos en tranquilizarse para volver a la fiesta. Aún le temblaban las rodillas, pero su mente estaba lo suficiente mente despejada como para darse cuenta del peligroso terreno en el que se estaba metiendo. Tener una aventura con Edward Cullen sólo conseguiría hacerle daño.

Le quería, pero, probablemente, él era un hombre apasionado que era capaz de besar a cualquier mu jer. Además, estaba Tanya, con quien tenía pensado casarse. Tenía que reconocer que Edward se estaba divirtiendo con una hermosa joven, sí, pero no iba a perder la oportunidad de casarse con una rica heredera. Sobre todo si la hermosa joven era una licenciada en Historia sin un céntimo. Aquello era casi divertido. Pero no tenía ganas de reír. Nunca había sentido lo que Edward le había hecho sentir. Y si se imaginaba a Edward estando con Tanya, la invadía una enorme tristeza.


De tanto reprimir, tuvo que llegar a desbordarse la pasion, jeje,,,, Ahora que pasara, Edward dejara a Tanya, o Bella se descubrira?

Espero sus comentarios guapas, y nos leemos...ª.ª

Gracias a las chicas, que no me fallan ExodoOo,tammyenache,conejoazul,rumpelsinki,kitigirl, y a las chicas que apenas se estan integrando:EmilyNigth.206,Mentxu Masen Cullen, y vico, gracias por sus comentarios.