Título: Almas divididas

Pairing: Ichigo x Rukia x Byakuya

Disclaimer: Bleach no me pertenece, todos sus derechos son de Tite Kubo, yo sólo me limito a contar esa otra parte de la historia.

Capítulo 4: Cambios

Cambios.

Aquellos que podían ser armas de doble filo como los sentimientos. Para los shinigamis, "amar" era un símbolo de debilidad, donde el camino anhelante hacia el reiraku de la otra persona podía ser como una soga, dulce y pasional que se colocaba con delicadeza alrededor del cuello. Ellos no debían ser capaces de amar, eran dioses de la muerte, los sentimientos debían estar en un segundo plano tan indiferente que no debían afectar a la mente y al espíritu… ¿Y qué pasaba si no podías evitar caer?

Siempre había sido una gran amante de la noche. Le encantaba caminar en la oscuridad, donde la luz del Sol no pudiera alcanzarla. El silencio era como una suave melodía, tranquila y sincera que apaciguaba sus pensamientos, ¿Por qué las noches comenzaban a ser pesadas desde aquel instante? ¿En qué momento había perdido su vida y hábitos?

Caminaba con paso lento por el porche de la mansión, su respiración era agitada y dificultosa, desde hacía un par de meses ese continuo malestar estaba más presente, debía detenerse agarrarse a la pared unos minutos y seguir como si no pasara nada, ¿Qué estaba cambiando en ella? Si debía destacar algunos "pequeños cambios" en sí misma, debía destacar el hecho de como su uniforme shinigami había tomado un segundo plano, dejando paso a esos voluminosos kimonos de colores pasteles, cuya propietaria fue una vez su hermana mayor y conforme más pasaba el tiempo, más ocupaba su lugar, ¿Debía sentir miedo por terminar olvidando quien era realmente?

- ¿Cómo os encontráis hoy, Byakuya-sama? – Sonrió intentando ser lo más dulce que su personalidad le permitía. Las primeras semanas habían sido duras, meterse en un papel que no le correspondía le hacía fruncir el ceño, coger un poco de aire y volver a sonreír como si no pasara nada. Con delicadeza abrió el hakama de su "esposo" para curar esa profunda herida que cada día se iba haciendo más pequeña, ¿Por qué desde que se hacía pasar por Hisana, él ya no sentía dolor? Aún no podía llegar a entenderlo, por ello se limitaba a callar, curaba su herida y volvía a vendarle.

- Pronto volveré a mis obligaciones como shinigami – Respondió él. El tono del Kuchiki volvió a ser calmado y serio, como si su recuperación se hubiera llevado todos sus males, incluida la muerte de su esposa.

Jamás había experimentado aquella faceta de él, delicada, sin guardar las distancias, donde el centro de todo su mundo era Hisana Kuchiki. Había aprendido a callar, a pesar de su mal genio, a escucharle si necesitaba hablarle de todos los pensamientos que giraban en su cabeza diariamente, a sonreírle, servirle el té y lo más importante: No nombrar la existencia de Rukia Kuchiki.

- Puedes contar con mi ayuda siempre que lo necesites – Dijo ella, notando sus fuertes manos acariciando su mejilla con cierto fervor y cariño.

- Lo hago – Deslizó sus manos suavemente hasta llegar a los hombros de su esposa, con cuidado y cariño decidió dejar caer su kimono, mostrando aquel cuerpo menudo de tez blanca que se encogía cada vez que buscaba esas necesidades.

Para Rukia aquellos momentos le hacían ponerse rígida, distante. Adoraba incondicionalmente a su hermano, pero aquellos sentimientos no giraban en torno a la pasión o el amor. Era la persona que siempre había querido seguir, de la que había querido obtener unas palabras orgullosas, sin embargo no podía detenerle. Con cuidado la depositaba en el futón, besando dulcemente su cuello, a pesar de ser un hombre frío, cuando se cerraban las puertas de su habitación su comportamiento era todo lo contrario. Sabía ser un líder, temido y respetado, al igual que sabía ser un marido honroso que amaba a su mujer.

En tan sólo un par de meses había podido conocer el cuerpo de su hermano, cada músculo, cada sensación de su piel, al igual que cada cicatriz que conservaba. Había intentado detenerle en más de una ocasión, recordarle su lugar y el hecho de que era su hermana, sin embargo aquello terminaba en que su herida se abría tanto que parecía que su corazón saldría de su pecho en cualquier momento. La frustración de la ojiazul le había hecho perder los papeles, gritarle, buscar detrás de ese esposo al Byakuya Kuchiki que conocía, pero cuando le veía morirse, teñir todo de sangre… Su corazón se detenía y volvía a tomar el papel que tanto anhelaba.

Cada noche era similar, le llevaba la cena, gustosa de poder ayudarle a comer, lo ayudaba a cambiarse y se unía con él como esa noche, donde los gemidos de ambos se entremezclaban. Su cuerpo terminaba completamente desnudo al lado del Kuchiki y mientras él apaciguaba sus temores en los brazos del Morfeo, la shinigami respiraba agitada llevándose una mano hacia la frente para intentar asimilar nuevamente lo sucedido y poco después se vestía y marchaba a su habitación.

- Rukia-sama, ¿Se encuentra bien? – La miró una de las sirvientas, acercándose a ella para no dejarla caer al suelo. – Rukia-sama ¿Puede oírme? – Volvió a insistir. Su mirada estaba totalmente perdida, como si no pudiera reaccionar a aquel nombre que aquella mujer tanto insistía, tosía fieramente, tanto que sentía como su garganta se desgarraba provocando que escupiera sangre.

- Márchate, estaré bien – Dijo apenas sin voz mientras que con la yema de sus dedos acariciaba sus labios para quitar la sangre que provenía de su boca.

- Pero… ¡Rukia-sama!

- Hisana-sama… - Corrigió la ojiazul en un tono más calmado y apagado que de costumbre. Esa esencia luchadora, insistente y tosca estaba desapareciendo por momentos, ya apenas quedaba nada de la shinigami que había atentado contra las normas de la Sociedad de almas, que había sido prisionera y había dado sus poderes a un humano… Apenas quedaba nada…

No recordaba cómo había vuelto a casa, cuando se había percatado del mullido colchón en el que se encontraba tumbado había abierto los ojos, examinado el lugar donde se encontraba, como si hubiera perdido la noción del tiempo ¿Qué había pasado? Por más que intentara recordar algo acerca de la Sociedad de almas lo único que venía a sus pensamientos era aquella horrible escena, llovía y veía como la morena estaba en los brazos del Kuchiki, buscándole ansiosa. Se llevó las manos a la cara para ocultar cada una de las facciones de su rostro, mordió su labio frustrado y dio un puñetazo a la pared, ¿En qué momento había empezado a sentir ese dolor en el pecho? Se levantó sentándose en el filo de la cama queriendo apaciguar aquellos horribles sentimientos de confusión, traición y dolor que fluían por su mente.

- ¿Onii-chan? ¡Por fin has despertado! – Abrió la puerta Yuzu bastante sonriente.

- ¿Despertado?

- Hace dos meses te trajeron unos chicos, papá dijo que tardarías en recuperarte y parece que tenía razón – Con cuidado y sin derramar nada de lo que llevaba en la bandeja que agarraba con sus manos, encendió la luz de la habitación de su hermano – Te he traído la cena… Pensé…Que quizá despertarías.

- Siento haberte preocupado – Esbozó una pequeña sonrisa removiendo el pelo de su hermana pequeña.

- ¿Onii-chan?- Volvió a llamarle algo preocupada – Karin, papá y yo siempre estaremos contigo.

- ¿A qué viene eso? No es algo que no sepa – Frunció un poco el ceño sin comprender sus palabras. Conocía perfectamente a su hermana pequeña para saber que había estado llorando y ese hecho le partía el alma. Había prometido proteger a su familia y el hecho de preocuparles continuamente le hacía sentirse miserable.

- No dejabas de llamar entre sueños a Rukia-chan – Encogió un poco los hombros – Pienso que los dos hacíais muy buena pareja, y si os habéis peleado será por poco tiempo.

- Gracias… - Cerró los ojos un poco frustrado, el hecho de pensar en la shinigami le recordaba aquel maldito sueño, su encuentro en la mansión Kuchiki y en cómo había defendido a Byakuya atacándole. - ¿Está papá en casa?

La rubia giró un poco la cabeza mirando hacia la puerta con una sonrisilla, conocía muy bien a su padre como para saber que estaría escuchando todo, preocupado y con lágrimas en los ojos. – Ya puedes pasar – Ensanchó su sonrisa abriendo un poco más la puerta para dejar paso al Kurosaki, el cual estaba más serio que de costumbre. A pesar de su comportamiento bromista había entrado con un semblante tranquilo y a la vez preocupado.

- No tienes por qué poner esa cara, viejo – Dirigió una suave mirada hacia la bandeja. Yuzu le conocía demasiado bien, había hecho arroz con curry picante, una de sus comidas favoritas para poder levantar su ánimo, suspiró un poco, no tenía ánimos para probar bocado.

- A veces los sentimientos hacia alguien pueden matarte, Ichigo –Dijo el moreno llevándose las manos a los bolsillos sin apartar la vista de su hijo mayor. – Y eso es lo que estaba a punto de pasarte.

- ¿Cómo he vuelto a Karakura?

- El décimo escuadrón te encontró en el bosque cercano a Inuzuri, estabas inconsciente y consideraron traerte al mundo humano cuanto antes – Respondió mirando hacia la cena que había hecho a rubia con una mirada despreocupada – Los onis no yume, son peligrosos, Ichigo. – Hizo una pequeña pausa – Para conseguir sus propósitos son capaces de confundir los sentimientos de una persona.

- No estoy confundido viejo – Bajó la cabeza conforme entrelazaba sus manos – Siempre he pensado que siendo shinigami no volvería a perder a nadie, tengo el poder de protegerlos a todos y sin embargo… Nunca seré capaz de protegerla.

- ¿Estás preocupado por Rukia-chan? – Conocía muy bien a su hijo, no era una persona que dijera lo que pensaba de buenas a primeras. Todo lo que solía pasar por su cabeza solía guardárselo para no hacer daño a los demás – Ella es una shinigami y sabe protegerse.

- Cuando se trata de su hermano es capaz de sacrificarse sin importar nada…La muy estúpida.

- ¿Qué estás pensando esta vez? – Se sentó al lado de su hijo. La frustración podía reflejarse en sus ojos marrones, como si en cualquier momento fuera a romper a llorar, pero sabía que jamás lo haría – Deberías preocuparte por acabar con esos demonios.

- Esta vez no voy a dejar que se vaya. – Finalizó sus pensamientos, como sentenciando sus propias palabras. Cuando recordaba en la última vez que se había ido su corazón se oprimía. Había pasado diecisiete meses sin la ojiazul, como si su presencia o ella misma hubiesen muerto y ello le había hecho hundirse, no podía pasar por ello nuevamente. – Tengo que irme- Salió de su cuerpo sin pensarlo ni siquiera unos segundos, debía volver a la Sociedad de almas, aunque no supiera muy bien que estaba dispuesto a decirle.

- El amor… - Esbozó una sonrisa - ¿Ves Masaki? Incluso nuestro hijo sigue nuestros pasos, ¿No lo ves romántico?

No era un gran amante de la lluvia, siempre le había deparado cosas horribles, era como si sus sentimientos se ahogaran en las gotas que provenían del cielo, sin embargo aquella noche no sentía esa nostalgia. La batalla con Ginjou le había hecho relajarse, a pesar de sus continuos pensamientos acerca de que ya no era imprescindible para la Sociedad de Almas y que sus gritos nunca llegarían a sus paredes. Pero a pesar de eso allí habían aparecido cada una de las personas con las que había luchado espalda contra espalda, siendo compañeros, aliados e incluso enemigos, además allí estaba ella con esa suave sonrisa pícara acompañada de sus riñas por su comportamiento.

- La verdad es que echaba de menos tu habitación – Dijo Rukia con sus manos en la cintura. Observaba la habitación como si hubieran sido años desde la última vez que había estado allí - Sobre todo tu armario – Corrigió.

- Yo también me alegro de verte – Frunció el ceño.

- Oe… Ichigo – Lo llamó con un tono más tranquilo - ¿Estás bien con todo esto ahora?

- ¿Acaso te arrepientes de haber vuelto? – La miró de reojo. Sus palabras le hicieron fruncir el ceño. Si tanto se quejaba por la decisión que había tomado, ¿Por qué demonios había vuelto?

- Yo nunca me fui, idiota – Cogió un poco de aire – Siempre estuve aquí viendo todo lo que has hecho – Hizo una pequeña pausa mirándole - ¿Somos amigos no?

- ¿Eso significa que no volverías a irte a pesar de las palabras de tu hermano? – Inquirió saber el pelinaranja.

- No sobrepases los límites – Esbozó una sonrisa, la cual fue desapareciendo al ver como el rostro del sustituto se iba relajando poco a poco. Había pasado el tiempo entre ellos, de tal manera que incluso había cambiado su aspecto y parecía que había sido ayer la última vez que se habían visto. Con paso decidido el pelinaranja acortó la distancia entre ellos, no había orgullo en aquellos movimientos, no había ninguna acción oculta, rodeó con sus brazos a la morena con tal fuerza que sus piernas flaquearon quedando de rodillas ante ella.

- Rukia… Bienvenida a casa.

- Idiota… Ya he vuelto

Incluso las pesadillas traen cambios al corazón que son beneficiosos para el alma…

Continuará:

¡Buenas! ¿Qué tal estáis? Siento el retraso en este último capítulo, en el cual van aflorando un poco más los sentimientos de Ichigo, ¿Creéis que Rukia perderá su personalidad por completo? ¿Ichigo la hará reaccionar? ¿Y Byakuya morirá si ella deja de ser Hisana?

Nos vemos en el siguiente capitulo