Hola holaa. Bien ¿Qué os está pareciendo esta locura? Esperemos que os agrade tanto como a nosotras. Este capítulo os dejará un poco en shock, seguro xD bien. Disfrutad de nuestra humilde historia. Nos leemos.
Ambas volvieron al Caldero Chorreante. Se sirvieron, las dos, cervezas de mantequilla. Tenían curiosidad por saber a qué sabían. También pidieron comida, por suerte había comida normal, muggle.
Las dos terminaron rápido. Se extrañaron un poco al volver al callejón. Las tiendas no cerraban ni para un pequeño descanso.
Compraron los libros en una tienda llamada Flourish y Blotts, en una tienda llena de calderos y balanzas de latón y cobre, seguido de una tienda de animales. Ruth se quedó fascinada por una lechuza regordeta, que se acicalaba las plumas con desdén. Era de color marrón, con pintas blancas. Su cara era blanca, salvo una aureola al final de las plumas de ésta, de color negro. Era un animal precioso. Miraba con sus intensos ojos amarillos a Ruth
— Oh— Aulló— Es muy bonito. Me lo voy a comprar.
Sin embargo, a Nazareth le interesaban más los gatos. Las lechuzas le parecían algo sucias. Miró las jaulas, esperando que algún gatito llamara su atención. Había de todas las especies: grandes y peludos, regordetes y bonitos, pequeños y menudos… hasta que encontró a uno pequeñito, no tendría ni dos semanas de nacido. Era un gato siamés, con los ojos profundamente azules. Inmediatamente se enamoró de él.
— ¡Vaya! — Exclamó, mordiéndose el labio. Sacó de su bolsillo el dinero. Sólo tenía ocho galeones y dos knuts, y el gato costaba once galeones justos. Con tristeza, guardó de nuevo sus monedas.
— ¿No te llega el dinero? — Preguntó Ruth, tomando a la lechuza con su brazo. La pequeña negó, con las lágrimas al borde de los ojos.
— Perdona, pero no quiero estar aquí… ¿Pagas la lechuza y nos encontramos en la tienda de varitas?
— Está bien…— Dijo Ruth, frunciendo los labios. Nazareth se fue, perdiéndose entre la multitud. — Espero que esté bien…— Murmurando, entrando en la tienda.
Nazareth se chocaba con todas las personas que se cruzaban con ella. Una gran tristeza invadía su ser. Pasó cerca de una floristería, e hizo que sus flores se marchitaran sin querer.
Aligeró el paso, hasta irse por un callejón bastante oscuro y con no muy buena pinta. Al no haber nadie, se dejó apoyar en la pared que daba a una tienda. Suspiró profundamente para tranquilizarse. Le agobiaba mucho no tener el dinero suficiente. No le iba a llegar para la varita.
Cerró los ojos y cruzó sus piernas por los tobillos. Alzó el rostro.
Escuchó que la puerta de la tienda se abría, dejando salir a un hombre. A la pequeña le dio pena estar ahí sola, así que se reincorporó y siguió hasta el final para salir de aquel oscuro callejón.
Pero todo se torció. El hombre que salió no parecía haberla visto, y al haber salido corriendo se golpeó tan fuerte con ella que incluso los dos cayeron en el sucio suelo, lleno de alguna hierba que crecía entre los rincones.
El hombre cayó en sus piernas y levantó su cabeza, adolorido. Nazareth simplemente estaba tirada en plancha, con sus manos en la cabeza, apretando fuertemente por el golpe seco recibido.
Una fuerte corriente de viento atravesó el callejón. El señor se levantó, sobándose el codo. Se dio cuenta que la chica estaba todavía tendida en el suelo.
— ¡Perdona! — Se disculpó, corriendo a ayudarla. La agarró del antebrazo, con cuidado de no hacerla daño. Por fin, se levantó. La divisó de arriba abajo: su cabello estaba despeinado, el vestido arrugado y su cara estaba llena de roña y polvo. Aun así le pareció una chica muy bonita.
— ¿Perdona, PERDONA? — Graznó, al borde del llanto. Se sacudió el vestido mientras que tosía, algo de polvo. — Perdona es cuando le pisas el pie a alguien, perdona es cuando te confundes de asiento en el cine… — Empezaba a parlotear, mientras que el hombre se rascaba la nuca. — Esto no tiene perdón…
— ¿Cine? ¿Qué es un cine? — Preguntó amablemente, con una sonrisa en el rostro. Nazareth se sonrojó, mientras le miraba a los ojos. Eran muy brillantes y bonitos. — Perdóname, señorita… no miraba por dónde iba, y no esperaba encontrarme aquí con alguien.
La chica asintió, mientras se acomodaba el pelo. Aquél hombre le ofreció un pañuelo, y ésta se dispuso a limpiarse la cara.
— Me llamo Remus Lupin.
— Yo… yo me llamo Nazareth Babiano…
— Que nombre tan raro…— Sonrió el hombre. Nazareth rodó los ojos. El suyo no es que fuera muy común.
— Te acompaño hasta la salida. Este no es un lugar demasiado apropiado para una señorita.
La pequeña asintió. Remus le pasó el brazo por la espalda, hasta llegar a su hombro. Nazareth se sonrojó por ese gesto, pero no dijo nada.
— ¿Has venido a comprar tu material para Hogwarts, verdad?
Ella asintió.
— Oh, me recuerda cuando vine por primera vez al callejón. Estaba tan entusiasmado. ¿En qué curso estás?
— En primero…— Dijo con un hilo de voz.
— ¿En serio? Creía que estabas en cuarto o algo así— Rió. Nazareth sonrió para sus adentros. Le parecía muy simpático y muy amable. — ¿Y vienes sola?
— Con una amiga… está en la tienda de animales.
— Entonces te acompañaré hasta allí— Se ofreció. Ella no se había sentido tan protegida antes. Se sintió feliz, con un ardor en el estómago. Su pequeña pero gran fuerza comenzó a brotar, haciendo que los pequeños brotes de hierba de las paredes se multiplicaran. Remus notó su poder y sonrió de soslayo, al fin y al cabo, los magos notaban esas cosas.
Llegaron los dos hasta el callejón. Estaba más lleno de gente que antes. Nazareth se encogió.
— No me gustan los sitios con gente— Le dijo a Remus, jalando de su raída y estropeada túnica. Él le acarició el pelo.
— No te preocupes, pronto saldrás de aquí. Sólo te falta conseguir tu animal y la varita, ¿Cierto?
— ¿Cómo lo sabe? — Preguntó perpleja. Remus rió.
— Las bolsas… ya sabes.
— Ah…— Murmuró la pequeña, sonrojándose. Ambos fueron a la tienda de animales, encontrándose con Ruth peleando con el asistente.
— ¿Cómo puede valer la lechuza quince galeones? ¿Está usted loco? — Exclamaba, alterada. Y ahí siguieron peleando.
Nazareth se llevó las manos a la cara. Ya estaba montando un espectáculo.
— Bueno — Dijo Remus, mirando a Ruth de reojo— ¿Qué animal pensabas escoger?
— Esto… ya no me alcanza el dinero— Confesó, apenada. — Pero me gustaría ese gato siamés— Dijo señalándolo. Remus alzó una ceja.
— Hagamos un trato— Propuso— Tú me das todo lo que tengas y te compro el gato. ¿Qué me dices?
— ¿¡Qué!? — Exclamó, nerviosa— Oh, no… yo, yo no puedo…
— Vamos, será un regalo de disculpa— Le dijo, guiñando un ojo. Nazareth se sonrojó hasta alcanzar el color de un tomate.
Ella sacó su dinero del bolsillo y se lo tendió. Remus contó el dinero y lo guardó en su chaqueta con parches. Ruth, al final, consiguió que le rebajaran cuatro galeones, y se llevó a la lechuza. Le puso de nombre Avril.
Remus le compró el gatito y se lo tendió entre sus manos. Ambos se tocaron y sintieron un hormigueo entre sus manos. A Nazareth se le iba a salir el corazón del pecho por la emoción que sentía. Al final, el señor se tuvo que ir, pero antes de hacerlo, tomó la mano de Nazareth y le dio un suave beso en el dorso.
— Espero encontrarnos en otra ocasión— Dijo con una sonrisa— Adiós.
— Adiós…— Se despidió, y en un abrir y cerrar de ojos, ya se había ido.
Nazaret cogió al pequeño gatito entre sus brazos, era tan mono, tan chiquitito. Decidió ponerle Marshall. Puso al animal en dentro de su bolsa, que era muy espaciosa, y sacó su cabecita, por lo que se podía apreciar una pequeña bolita.
La gente se paraba muchas veces para ver al pequeño animal, todo el mundo se quedaba encariñado con el gato. Yo me sonrojaba cada vez que alguien hacía algún alago a mi gato.
Por otro lado iba Ruth, que no se enteraba de nada, estaba demasiado encariñada con Avril.
Al final decidimos ir a comprar la varita. Ollivanders, la mejor tienda de varitas que había por todo el callejón, según nos habían dicho los paisanos a los que preguntamos de camino allá.
Era un poco antigua. Entramos, no había nadie en el mostrador. Ruth y yo nos miramos de reojo, sin saber que hacer. Al final la más bajita fue con paso algo inseguro hasta el mostrador y tocó 2 veces al timbrecito que había.
Al momento no ocurrió nada, pero a los segundos siguientes sonó un estrepitoso ruido en el interior que hizo dar un salto del susto a las dos chicas, hasta la lechuza se asustó y pegó un graznido.
— ¿Que ha sido eso...? — preguntó la más alta con un poco de terror en la voz.
Pero antes de que Ruth pudiese decir algo una silueta salió del fondo del pasillo. La chica retrocedió hasta donde estaba su amiga y se pegó a ella. Del pasillo salió un hombre, ya mayor, con el pelo blanco y gafas de media luna.
— Hola niñas, soy el señor Ollivanders ¿Sois de primer año? — preguntó el señor Ollivanders yendo hacia su mostrador y nos sonrió.
— S-si, esto... veníamos a comprar una varita — explicó Ruth.
— Claro, claro tengo la que necesitáis... — se volvió y fue a mirar en su almacén. Las chicas estiraron un poco el cuello y pudieron ver de cajitas, apiladas en muchísimas estanterías enormes.
El señor Ollivanders volvió al cabo de 5 minutos con un buen montón de cajitas en los brazos. Las depositó en el mostrador.
— Bien, ¿quien quiere ser la primera? — preguntó amablemente. Nazareth de inmediato le dio un pequeño empujón a su amiga — Ahh bien, tú — dijo señalando a la chica. Ruth fue hasta él un poco desconfiada ya que el hombre había sacado una varita de dentro de una de las cajas — tienes que agitarla — explicó Ollivanders.
La chica agitó la varita y de repente los cristales de la tienda dieron un chirrido y se hicieron añicos.
— ¡Ostras! lo siento... — se disculpó Ruth depositando la varita, como si una bomba se tratase, en su cajita.
— No te preocupes hija, esto lo arreglo yo en un plis plas — sacó una varita de su volsillo y la agitó 2 veces apuntando hacia el cristal. Al momento la ventana volvió a estar como nueva.
— Guau- susurró Nazareth de la impresión.
— Prueba con esta — le ofreció Ollivanders a Ruth, dandole otra, un poco más grande. Pero nada. Tubo que probar co varitas más, hasta que al final en cuanto cogió la siguiente de la varita salieron unas cuantas chispas violetas, era extraño, es como si la varita tuviese vida propia y dijese que le gustaba — mmmh... interesante...
— ¿Que es lo que ha pasado, señor Ollivanders? — preguntó la chiquilla preocupada.
— Parece que a la varita le gustas, esta debe de ser la tuya.
— ¿Perdón? ¿que le gusto a una varita? — la chica estaba flipando.
— Cada varita escoge a su dueño — explicó — y parece que esta te ha escogido a ti.
— Flipante — dijo ella mientras examinaba a su varita alucinada.
— Esta varita está hecha con pelo de unicornio, de 27 cm y madera de arce, serán 7 galeones — Ruth un poco refunfuñando por el precio, pero al final se los entregó.
— Ahora yo, ahora yo- decía ilusionada Nazareth. Ollivanders cogió una de las primeras varitas que había probado Ruth, pero en cuanto la cogió salió disparada hasta el techo y se quedó clavada en la lámpara — Ups...
— No importa, te doy otra — dijo y le entregó una más fina y pequeña. Pero los resultados no fueron muy distintos. La varita soltó una bocanada de chispas rojas y al segundo después salió despedida hasta el almacén.
La chica probó y probó, pero ninguna valían. Al cabo de 15 minutos una montaña de cajas de varitas que el señor Ollivanders iba sacando del almacén para que la chica las probase, se amontonaban en el mostrador, y hasta por el sueño.
— Esto es inútil — dijo Nazareth sentándose en una silla y al borde de la desesperación.
—Puede que sea eso... — dijo Ollivanders más para si mismo que para las niñas- puede que sea un tipo de magos bastante raros... en mi vida solo he visto 2 personas con esa capacidad...
— ¿Que quiere decir? — preguntó Nazareth alzando una ceja.
-Verás... existen algunos magos que no necesitan varita para hacer magia, pero son demasiado difíciles de encontrar... y parece ser que tú eres una de ellas- la chica se quedó asombrada ¿en serio no necesitaba una varita para hacer magia?- la razón por la que todas las varitas no funcionan contigo es por eso.
— Quiere decir... ¿Que soy una rara? — preguntó apenada.
— ¿Que dices chiquilla? eso no es así, esta clase de magos son bastante buenos a la hora de realizar magia y aquí en el mundo mágico son bastante populares — dijo con una sonrisa- los demás niños de Hogwarts se quedarán alucinados contigo.
Nazareth se sonrojó un poco por aquello. Al final salieron de la tienda y decidieron ir otra vez al "Caldero Chorreante". No sabían que iban a hacer, porque ahora que habían comprado todos sus materiales escolares, ¿como diablos iban a regresar a España? sus respuestas quedaron resueltas cuando al volver a la posada el dueño Tom se acercó a nosotras.
— ¿Vosotras sois Ruth y Nazareth, no? — Las chicas asintieron- tienen reservadas unas habitaciones hasta el día 1 de Septiembre, vuestras familias ya están al tanto de todo, que pasen buena noche.
Se miraron con una gran sonrisa en la cara, sin duda ese año iba a ser inolvidable.
