—¡Eh, tú! ¡Lárgate ahora mismo de aquí!— bramó el sargento Gregson.
Las palabras iban dirigidas a Sherlock, por supuesto, pero el chico le ignoró, demasiado ocupado palpando el suelo y la pared de debajo del lavabo con ambas manos, en cuclillas. John no tenía ni idea de qué estaba haciendo, pero ante la insistencia de los gritos de Gregson el chico levantó la cabeza y le dirigió una mirada expectante a John. De acuerdo.
John tiró de la manga de Gregson para llamar su atención. El policía se giró hacia él, al principio enojado y luego incrédulo, cuando vio el rostro de John y cayó en la cuenta de quién era.
—¿Usted otra vez? ¿Qué demonios están haciendo los dos en otra escena del crimen, señor…?
—Watson. Mire, sargento, este chico es verdaderamente listo e intuitivo; no se creería la cantidad de detalles que es capaz de observar en un momento…
—Saque al chico de aquí, señor Watson. Y desaparezca usted también, por favor. No puede estar aquí, mis compañeros están intentando sacar fotos.
—Nos vamos ahora mismo, desde luego; nada más lejos de nuestras mentes que molestarles a usted y a sus compañeros. Scotland Yard tiene todo nuestro respeto—. John miró a Sherlock con el rabillo del ojo; su alumno le hizo señas para que continuara—. De hecho, quería hablarle sobre este chico, porque realmente admira su trabajo y le gustaría convertirse algún día en un agente de la ley…
—Todo eso está muy bien, señor Watson, pero por favor, ahora…
—¡Lo sé, lo sé! Solo quería darles las gracias por su trabajo aquí en el instituto; hacen que las chicas se sientan más seguras. Y… ¿está seguro de que no quiere oír las deducciones de Sherlock sobre el atacante? Es algo bastante impresionante, se lo aseguro.
—¡Señor Watson!— gritó Gregson, mientras una vena enorme en su frente empezaba a hincharse y a temblar—. ¡Lárguese, ya!
—¡Claro, claro! Solo… una última pregunta. ¿Puedo saber el nombre de la víctima? Solo para saber si era de nuevo una de mis alumnas.
El policía suspiró y se frotó la frente, en un intento de relajar su pobre vena.
—Su nombre es Saskia Jankowska. La han llevado al hospital Queen Elizabeth, si quiere preguntar por su estado.
—¡Muchísimas gracias, sargento!
John agarró a Sherlock por el brazo y le arrastró fuera de los servicios. Los oficiales ya habían puesto cinta amarilla en el exterior, frente a la puerta, con las letras "no pasar- investigación policial", y el grupo de mirones era todavía más grande que antes. El timbre sonó, el Director se acercó a la escena del crimen, y de repente todo el mundo desapareció camino de su respectiva aula. Sherlock y John se colaron en los lavabos de los chicos.
—Perdona que no te haya podido conseguir más tiempo— se apresuró a decir John—. ¿Qué tienes?
—No conozco a la chica, pero no está en último curso, así que es más joven que Claire. Vamos a suponer que es igual de alta, quizá unos pocos centímetros menos…
Un muchacho salió de uno de los váteres y los miró con curiosidad.
—¡Llegas tarde, date prisa!— le urgió John. El chico se sobresaltó y salió corriendo.
Sherlock siguió paseándose por la estancia como si nadie les hubiese interrumpido.
—Me iría muy bien tu ayuda, si no te importa, John.
El profesor se encogió de hombros.
—Claro, ¿qué necesitas?
—Como eres más o menos de la misma altura que la víctima… y yo soy más o menos de la misma altura que el atacante…
—Oh, está bien— suspiró John—. Vale. ¿Dónde estoy, en qué postura?
—Ven aquí… Pude ver a la chica cuando se la estaban llevando en una camilla, solo un vistazo, pero con la posición de su herida reproducir el ataque es pan comido… Tú, John, sales del váter y vas a ese lavabo a lavarte las manos…—. Se detuvo un momento mientras John se acercaba al lavabo que Sherlock había señalado. Abrió el grifo y se giró para mirar a Sherlock con expectación—. El atacante vino por detrás. Esta vez llevaba algún tipo de máscara o pasamontañas, porque la víctima tenía un espejo enfrente y podía verle acercarse. Agarró a la chica por el cuello—. Se acercó a John por detrás y pasó el brazo izquierdo alrededor del cuello del profesor, firme como una pitón—. Con la otra mano, la dominante, obligó a la chica a inclinarse hacia adelante—. Actuó esa parte también, y John jadeó cuando su frente tocó las frías baldosas frente a él—. La víctima forcejeó para liberarse, y el hombre le golpeó la cabeza contra el espejo, que se rajó. No estoy seguro de si la víctima perdió la conciencia con eso o no.
Sherlock empujó la cabeza de John hacia abajo, hacia el lavabo, pegando el torso a la espalda de su profesor. De repente, John era muy consciente de la calidez y de los músculos que le rodeaban, y se negó a considerar si había una cierta dureza empujando contra su trasero o no. En lugar de eso, prefirió centrarse en mantener su respiración bajo control y en los detalles de la violación.
—Yo… no, creo que no— consiguió murmurar. Mantenía el equilibrio con una mano en la fría porcelana, y usó su mano libre para tirar de la muñeca de Sherlock—. Me estás cortando la respiración.
—Lo siento—. El agarre se aflojó un poco—. De acuerdo, la chica estaba consciente. Pero en esta postura no podía moverse mucho. El atacante usó su mano dominante para bajarle los pantalones y la ropa interior… Esa parte está bien clara, así que no hay necesidad de representarla…
Y con esas palabras soltó del todo a John. El profesor se incorporó y se frotó el cuello, mirando de costado a su alumno. Estaba agradecido de recuperar un espacio cómodo entre ellos.
—Entonces… ¿nos ayuda esto en algo? ¿Has visto algo nuevo?
—Quizás—. El muchacho empezó a pasearse de nuevo con las manos tras la espalda—. La altura y la cantidad de fuerza necesaria coinciden con las de la anterior violación, así que no creo que sea aventurado atribuir este crimen al mismo atacante.
—¡Por supuesto que no!—Sherlock le fulminó con la mirada—. Perdona, sigue.
—El mismo atacante… Un estudiante de Greenwood. Pero ahora ha tenido la previsión de llevar una máscara, y de hacerlo en un lugar más seguro… ¿Los lavabos del segundo piso, a la hora de comer? ¿Quién va a ir allí?
—¿Crees que le pidió a la chica que se encontrara allí con él?
—Podría ser, sí. Lo que está claro es que, esta vez, ha planeado el ataque. Con Claire estaba solo tanteando el terreno, ahora sabe exactamente lo que quiere hacer. Y no tiene reparos en utilizar la violencia para conseguirlo. Claire fue la primera y…¡Oh!
De repente, el chico detuvo sus pasos y se quedó en silencio.
—¿Sherlock? ¿Qué pasa?
—¡Sé quién es el atacante!
Y, con esas palabras, Sherlock salió corriendo por la puerta. Sorprendido, John le siguió, tratando de no hacer mucho ruido en el pasillo desierto. El chico había corrido hacia las taquillas y estaba ahora abriendo la suya. Sacó su mochila y rebuscó un momento, hasta que encontró lo que buscaba. Le pasó a John una copia de la lista de sospechosos que había elaborado.
—¿Cómo he podido estar tan ciego, John? Estaba enfrente de nuestras narices todo este tiempo…
John echó un vistazo de nuevo a la lista, confuso.
—Sherlock. ¿Podrías explicarme…?
—¡Pero si ya lo he hecho!— Sherlock señaló la lista otra vez con impaciencia.
—¡Muy bien, perdóname por ser más lento que tú!— exclamó John, molesto. Entonces se dio cuenta de que seguían en el pasillo, mientras que el resto de gente estaba dentro de las aulas, trabajando, y bajó la voz—. ¿Qué me estoy perdiendo?
—¿No es obvio, John?— bufó Sherlock—. El atacante está en la clase de Claire, en MI clase. La veía cada día, por eso eligió precisamente a Claire. Es posible que ni siquiera le pidiera para salir ni nada; solo la observó coquetear con un montón de chicos y se enfadó.
John volvió otra vez a la lista, buscando con desespero. Solo había un nombre en la lista que perteneciera al grupo de Sherlock. Levantó la mirada del papel; Sherlock le estaba observando con intensidad, sus ojos verdes esta vez, con un toque de amarillo que hacía que parecieran estar en llamas.
—Simon. ¿Coinciden todos los rasgos? No sabía que practicara ningún deporte…
Sherlock negó con la cabeza.
—No, pero ayuda a su padre por las tardes. Su familia tiene un almacén de carne. Apuesto a que carga un montón de cajas pesadas, y quizá incluso ayuda a despiezar… Eso explicaría las manos callosas. Y es fuerte, tan alto como yo…
—¡Dios, si hace dos como tú! Aunque su voz no es exactamente profunda.
Sherlock se encogió de hombros.
—Claire dijo que se cubría la boca con algo; con su camiseta, quizás. Y desde luego ha cambiado la voz.
—Muy bien— suspiró John. La cabeza le daba vueltas—. Entonces, ahora sabemos quién es el atacante. ¿Qué hacemos ahora? ¿Tratamos de convencer a Gregson de que hemos encontrado a su hombre?
Sherlock frunció el ceño y empezó a pasearse de nuevo, frotándose los labios con dos dedos.
—¡No nos hará el menor caso! ¡Dios, necesito un cigarrillo!
—Vámonos de aquí. ¿No vas a ir tampoco a la siguiente clase?
Sherlock sonrió y tomó su mochila, como si una pregunta tan tonta no mereciera una respuesta. John se encontró siguiéndole otra vez, esta vez escaleras abajo y fuera del edificio. Tan pronto como llegaron a las escaleras de la entrada, en el exterior, Sherlock sacó un cigarrillo del bolsillo de su abrigo y lo encendió.
—¡Ah, mucho mejor!
John se le quedó mirando con el ceño fruncido.
—Sherlock, sabes que no deberías fumar, ¿verdad?
Sherlock le dedicó una sonrisita torcida.
—Sí, profe. ¿Podemos volver al tema mucho más interesante de cómo encontrar pruebas contra Simon Wells?
John se sentó en el primer banco del patio, suspirando. Se sentía de repente muy impotente; ¿cómo era posible que supieran quién era el violador pero que nadie fuera a creerles? No con las manos vacías. Necesitaban pruebas, algo tangible que Scotland Yard pudiera aceptar. Aquel criminal de diecisiete años estaba en esos momentos sentado en su clase, con un aspecto inocente y sonriendo por dentro por lo listo que era. Oh, dios mío, Marcie y Nell y el resto de chicas de la clase… ¡Todas están en peligro hasta que le metamos entre rejas!, pensó.
—Relájate, John—. La voz de Sherlock interrumpió sus pensamientos—. No va a atacar ahora mismo. Necesita tiempo para elegir su próxima víctima y planificarlo todo.
John asintió mientras notaba un escalofría recorriéndole la espalda.
—Hasta que todo el instituto se haya relajado— dijo John—. Entonces es cuando atacará de nuevo.
—En esta época del año, eso significa después de Navidades. Así que tenemos casi un mes para planear cómo tenderle una trampa.
Sherlock se giró de repente, con su largo abrigo chasqueando en el aire, y empezó a caminar con largas zancadas hacia la salida del recinto.
—¡Eh! ¡Sherlock!— John corrió tras él, maldiciendo—. ¡No puedes estar seguro de eso! ¿Qué pasa si ya ha elegido una víctima? ¿Y si no quiere esperar?
Sherlock arrojó la colilla del cigarrillo, exhalando una última bocanada de humo blanco.
—Los dos ataques han sido dentro de la escuela, dudo que ataque durante las vacaciones de Navidad. Ha encontrado su modus operandi y no se apartará de él. Deberíamos mantenerle vigilado hasta que empiecen las vacaciones. ¿Eso te haría sentirte mejor?
—Bueno, sí.
John se detuvo en la verja, ligeramente sin aliento tras tratar de mantener el paso del muchacho. Sherlock no se giró esa vez, solo siguió caminando, con su mochila colgando de un hombro, y le dijo adiós con una mano.
—¡Hasta mañana, Doc!
Los siguientes diez días pasaron volando. Sherlock y John compararon sus horarios y se dieron cuenta de que iba a ser prácticamente imposible vigilar a Simon Wells durante todas las horas de instituto, siendo solo ellos dos, así que John propuso enrolar a Rick, Marcie y Nell para la vigilancia; después de insistir un poco consiguió que Sherlock accediera a regañadientes. John no lo dijo en voz alta, pero le hacía sentir mejor el hecho de que las chicas fueran conscientes de quién era su principal sospechoso. Los estudiantes se sorprendieron mucho, pero se unieron con entusiasmo. Así que muy pronto había siempre alguien esperando a Simon Wells en la verja del recinto, fingiendo jugar con sus teléfonos o atarse los zapatos. Alguien seguía todos sus movimientos cuando caminaba hacia la clase. Si iba al baño, alguien levantaba la mano un minuto después y pedía ir a atender "una emergencia". Lo mismo durante los cambios de clase y a la hora de comer. Simon Wells era observado concienzudamente hasta que desaparecía calle abajo cada tarde.
—No parece que le preste ninguna atención a las chicas— comentó Marcie a la hora de laboratorio. Simon estaba en el otro medio grupo, donde Rick le mantenía vigilado, así que podían hablar con más libertad.
—No quiere decir nada— señaló Sherlock—. Es posible que ya haya elegido a una víctima, incluso que la escogiera hace semanas o meses.
—Siempre la alegría de la huerta, Sherlock— sonrió Marcie, mordaz.
—¿Has conseguido hablar con la amiga de Saskia, Nell?— preguntó Sherlock, ignorando a Marcie. Esta frunció el ceño e intentó darle una colleja, que él esquivó sin esfuerzo y sin mirarla siquiera.
Nell asintió.
—Sip. ¿Sabéis que tiene solo quince años?— John agarró los bordes de la mesa con fuerza, mientras sentía que la piel de la espalda se le erizaba. Qué cabrón enfermizo; la pobre muchacha. Nell suspiró y siguió hablando—. Tenías razón, Sherlock: Saskia recibió una nota de un admirador secreto, pidiéndole que se encontrara con él a la hora de comer en los lavabos de la segunda planta. Pero la nota decía también que debía quemar la nota tan pronto como la leyera.
—Y ella lo hizo— murmuró Sherlock, mordiéndose el labio inferior, perdido en sus propios pensamientos.
—Por desgracia, sí— confirmó Nell—. Todavía no puedo creerlo, es tan… pequeña. ¿Estás seguro de que es nuestro sospechoso, Sherlock? Porque estoy tentada a cogerle a mi padre el martillo y esculpirle a ese monstruo una cara nueva.
—Necesitamos pruebas, pero sí, noventa por ciento seguro.
—¿Y qué pasa si ataca a alguien durante las vacaciones de Navidad?— preguntó Marcie.
Sherlock suspiró, y John adivinó que ya se había desconectado de la conversación. "Aburrido", diría. Porque ya habían discutido sobre ello una y otra vez; Sherlock estaba seguro de que esa situación no iba a darse, pero por supuesto el resto tenían sus dudas. Todos estaban de acuerdo en que Sherlock era un genio, pero todos esos policías en torno al instituto hacían que los estudiantes estuvieran tensos, y el personal tampoco estaba precisamente feliz.
Las vacaciones de Navidad ya estaban tardando en llegar.
Pero el primer día de vacaciones llegó finalmente, y todo el mundo se alegró de dejar la intranquilidad tras los muros de Greenwood. John decidió que lo primero que iba a hacer sería recuperar todo el sueño perdido de las últimas semanas. Su teléfono vibrando a las ocho de la mañana rompió esos idílicos planes.
Gruñó y alargó la mano, buscando a tientas su maldito teléfono, y entonces intentó leer el nombre del remitente del whatsapp con los ojos todavía medio cerrados. Cuando lo consiguió, todo el sueño se evaporó de golpe.
"¿Me dijiste que podía enviarte un whatsapp si tenía noticias de S.? SH"
John se apresuró a contestar.
"Sí, por supuesto."
"¿Puedo enviarte mensajes aunque no tenga noticias de él? SH"
John se rió. Ese estúpido, estúpido genio…
"Creo que eso es exactamente lo que estás haciendo ahora mismo."
"Bien. Bueno es saberlo. SH"
Y eso fue todo ese día. El día siguiente era la víspera de Navidad, y John tomó un tren hacia el norte para cenar con sus padres y su hermana. Todo estaba bien, o al menos fingían que lo estaba. Pronto se les acabaron los temas de los que hablar, pero su madre tuvo la brillante idea de sacar los álbumes de fotos familiares. Su hermana Harry y él obviamente protestaron, pero un ponche y un álbum después se reían como niños, y el delicioso olor de la cena casera llenaba toda la casa, volviéndoles la boca agua. Su teléfono vibró, y John lo sacó del bolsillo trasero de sus tejanos.
"Mi hermano es todavía más insufrible de lo que recordaba, y mi madre ha quemado el ganso. ¡Envía ayuda! SH"
John sonrió perezosamente.
—Ooooooh, ¿así que hay una novia?— se mofó Harry.
—Por desgracia, no. Solo un alumno.
—¿Ahora les das tu número de teléfono a tus alumnos, John?— le sermoneó su hermana—. ¿Eso no va contra la ética profesional, o algo así?
John se sintió un poco avergonzado, al recordar demasiado bien algunos de sus sentimientos hacia Sherlock, hasta que se recordó a sí mismo que la principal razón por la que había dado a Sherlock, Rick y las chicas su número era una razón cien por cien honesta.
—Eso no es asunto tuyo, meticona.
Pero se guardó el teléfono sin contestar al mensaje. A medianoche, sin embargo, después de brindar y desearse lo mejor unos a otros, sacó el teléfono de nuevo y envió un rápido:
"Feliz Navidad, Sherlock! Espero que estés pasando una feliz Nochebuena a pesar de todo."
La respuesta llegó menos de un minuto después.
"La verdad, sería mucho mejor si tú estuvieras aquí. SH"
A John se le aceleró el pulso. Su teléfono, todavía en su mano, vibró de nuevo.
"Perdona, feliz Navidad a ti también. SH"
Sherlock no dio señales de vida en Navidad ni en San Esteban. John era consciente de ello porque había empezado a tener el hábito de revisar los mensajes de su teléfono cada cinco o diez minutos. El día 27 no pudo aguantarlo más.
"Has mirado las noticias? Algo que parezca relacionado con S.?", envió.
La respuesta, como siempre, llegó rápida como un rayo.
"Sí, lo he hecho, y no, nada de nada. SH"
Y treinta segundos más tarde:
"Las Navidades más aburridas que pueda recordar. SH"
"Siento oír eso. Algún buen regalo?", preguntó John, sonriendo a su teléfono.
"Pppffff. Mi madre me ha regalado un jersey que hace juego con esos tan horribles que llevas a veces. SH"
"Oye! No insultes a mis jerseys!"
"Por cierto, tu adre y la mía deberían quedar y hacerse amigas: la mía también me ha regalado un jersey."
"Oh, por dios, otro no. SH"
"Síiiiiiiiiii… Ponte el tuyo el primer día de clase e iremos a juego."
"Ni en broma me voy a poner eso. Es un horror. SH"
"Como siempre que eligen nuestras madres. ¿Tienes una foto del jersey ofensivo?"
Un minuto más tarde llegó una foto: un jersey de angora verde con cuello alto.
"No está tan mal, pero sí, no es tu estilo. Quieres ver el mío?"
"No. SH"
Oh, pensó John. Se acabó la diversión.
"Prefiero verlo cuando tú lo lleves puesto. SH"
John intentó pensar en algo que decir a eso. Pensó durante cinco minutos, y su teléfono pesaba más en sus manos a cada minuto que pasaba. Al final el aparato volvió a vibrar.
"¿No vas a reñirme por coquetear contigo? Qué inusual en ti… SH"
Suficiente, pensó John, sudando.
"Puedes parar de una vez? Ya hablaremos en el instituto."
"Eso es lo que esperaba que dijeras. Te enviaré un mensaje si oigo algo sobre nuestro sospechoso. SH"
John suspiró y se guardó el teléfono en el bolsillo.
Siguió comprobando los mensajes de vez en cuando, menos a menudo, pero no tuvo más noticias de Sherlock.
Fue a una fiesta de Nochevieja con su amigo Bill, y a medianoche, cuando todas las parejas se besaron y los fuegos artificiales convirtieron el cielo oscuro en un paisaje dorado y fabuloso, escribió un rápido "Feliz Año Nuevo, Sherlock" en su teléfono. Pero cuando estaba a punto de enviarlo, recordó de repente las conversaciones de los días anteriores y prefirió borrarlo.
