CAPITULO 4: FAVORES

20 HORAS DE TRABAJO

Lo peor que puedes escuchar cuando un amigo llama a tu celular es que necesita un favor para alguien de su familia. No podía evitar sentirme preocupado aunque tuviera mucho tiempo que no sabía nada de aquel hombre que años antes había servido a mi lado en el ejército.

Me encontré con el enfermero militar que igual que yo, estaba retirado por haber recibido una lesión durante un operativo. Ya conocía aquella mirada, en cuanto aparecí en el vestíbulo del hospital, se levantó a toda prisa. De la mano tenía a una niña, a lo mucho 6 años, que en cuanto aparecí se escondió detrás de él.

-Bill –le dije al darle la mano y el la estrechó débilmente. Se notaba cansado, casi hasta el extremo, los ojos rojos, bolsas enormes debajo de los ojos, arrugas permanentes en su frente. Terrible, estaba sufriendo de una manera indecible.

-John, te lo agradezco –dijo casi atropellándose con las palabras.

-No te preocupes, haré todo lo que pueda –dije y lo hice sinceramente.

22 HORAS DE TRABAJO

-Dr. Watson, tal vez debería decirle a su amigo que acuda con un pediatra –dijo Mary mientras preparábamos el material para la toma de la biopsia.

-No creo que eso sea necesario, no es una niña tan pequeña –dije aunque si me sentía un poco nervioso por la realización del procedimiento. Sin embargo, Bill me conocía en mis peores momentos, en los más terribles y desesperados; en los cuales había conseguido salir adelante, realizando cirugías sin prácticamente nada para hacerlas. Aquello no era nada en comparación pero era su hija, con probable cáncer y ellos no tenían nada de dinero ni siquiera para realizarle los estudios para poder obtener un diagnóstico.

-Dr. Watson tiene usted demasiada suerte de que yo tenga la especialidad en anestesiología, de otra manera tendría que ir a pedir favores a alguna residente dispuesta –dijo Mary y de verdad agradecí que fuera la enfermera más competente de todo el hospital, la más preparada sin dudarlo.

-Gracias Mary, lo aprecio tanto –le dije. Por un segundo me perdí en la preparación y no noté que ella se acercó demasiado a mí hasta que sentí sus labios en mi oreja y estuve a punto de saltar pero la sorpresa me paralizó.

-Deberás agradecerlo adecuadamente John.

Aquello no pudo durar más de unos segundos pero yo sentí que fue una eternidad. Mi nombre pronunciado por ella, fue demasiado. Di un paso hacía atrás y sin poder mirarla me di vuelta, evitándola por completo.

-Voy por la pequeña –dije y salí casi corriendo. Mi respiración se fue tranquilizando con los pasos que di para encontrar a Bill y a su hija sentados en unas sillas en el pasillo. Los conduje hacía el consultorio habilitado para toma de muestras.

No hubo sorpresas, fue algo muy simple gracias a la ayuda de Mary, quién de verdad era muy competente y manejó la anestesia de la pequeña sin ningún problema. Era muy conveniente que alguien como ella lo pudiera hacer en el servicio de urgencias, para evitar tener que ir buscando a los residentes de anestesiología que generalmente tardar mucho en acudir.

Una vez que tuve mi muestra, deje a Bill a cargo de su hija y volví a huir, sin cruzar más que un gracias con Mary, me sentía demasiado fuera de lugar a su lado. Sabía a la perfección que ella quería tener una relación conmigo, lo había dejado claro en más de una ocasión pero esta vez, después de las cosas que habían sucedido con Sherlock; esta vez se sentía tremendamente mal, casi como un engaño.

Mis pasos me dejaron en un instante en Patología. Empujé la puerta y entré, rápidamente toqué a la puerta del laboratorio de Sherlock puesto que estaba cerrado, lo cual me sorprendió.

-No está –dijo una voz femenina detrás de mí y de repente, de cierta manera, olvidé porqué estaba ahí.- ¿Necesitas algo?

-Un favor –dije y concentrándome en la necesidad de que alguien analizara mi muestra de aspirado de médula ósea, me olvidé del pequeño impacto que aquella mujer había causado en mí.

25 HORAS DE TRABAJO

Ella me encontró en la cafetería, esta vez con un té de bastante buen sabor para tratar de relajar mis nervios. Tenía un mal presentimiento acerca de la hija de mi amigo.

Pero me distraje por un tiempo, tal vez una fracción de tiempo imperceptible, donde lo más importe era su rostro, sus ojos, su cabello, todo perfecto.

-Lo revisé dos veces –dijo ella. Sarah, repetía una y otra vez su nombre mientras la miraba con avidez tratando de aprenderme su rostro por completo.- Si el Dr. Holmes lo hubiera seguro habría podido aportar más datos pero te puedo decir que el diagnóstico es leucemia, lo siento.

-Me toca dar las malas noticias –dije con verdadero pesar, era la parte más difícil, sobre todo cuando los pacientes eran niños.- Gracias por tu ayuda.

-De nada –dijo ella, sonriendo hermosamente.- Pero en algún momento Dr. Watson, tendrá que pagarme el favor.

Las palabras pudieron haber sido "normales" pero el tono no. El tono era invitación, la manera en que escaparon de sus labios esas palabras y la mirada que las acompañó, no tenía lugar a dudas.

De repente me sentí muy incómodo. Ella me gustaba, era más que obvio, pero no quería ninguna cosa más.

Me levanté sin responderle, con la sensación de que debía apresurarme para informar a Bill sobre la condición de su hija, tiré el vaso del té en un bote y salí de la cafetería.

35 HORAS DE TRABAJO

La carga emocional que me llevaba esta vez a mi casa era demasiada, por fortuna era sábado y podía irme a mi casa sin preocuparme por otra cosa hasta el lunes. Tenía demasiadas ganas de estirarme en mi cama y dormir. El hecho de haberle dado malas noticias a mi amigo se amortiguaba un poco con la promesa de encontrarle un especialista para llevar su tratamiento.

Abrí la puerta de mi departamento, no me molesté en prender la luz eléctrica, había suficiente claridad entrando por las ventanas a pesar de ser un día bastante nublado. En la cocina, preparé un té y esperé con los ojos cerrados frente a la taza mientras lo podía beber.

Un ruido a mis espaldas.

Sentí que me tomaban por los hombros y me hacían girar con ligera violencia, aquello me había sorprendido por completo. Ni siquiera había podido distinguir con claridad de quién se trataba aunque en verdad no era necesario, con ver su silueta recortada por la luz de la ventaba, con sentir la presión de sus manos en sus hombros, con percibir su aroma. Todo eso bastaba para que supiera quién era.

-Sherlock..

Murmuré antes de sentir sus labios por completo devorando los míos, era perfecto, siempre perfecto; la manera en que parecían un complemento, como se movían con total pasión y en el momento justo, su lengua se abría paso sin casi pedir permiso.

Después comenzó a desabotonar mi camisa, sentía sus manos moverse con rapidez mientras su boca bajaba por mi cuello, besando, chupando, marcando incesantemente, con avidez.

Siguió, bajando por mi pecho, mordiendo, en cierta manera era doloroso pero no lo percibía como tal, era excitante, la cantidad de sensaciones que despertaba en mí y que se traducían en deseo puro.

Sus manos ahora se concentraron en mi pantalón, el cual perdí con presteza, lo único que podía yo hacer era sostenerme con fuerza de la barra del desayunador porque mis piernas estaban completamente inservibles; temblaba, mientras sentía que sus manos me tocaban por sobre la ropa interior. Tenía una erección que gritaba y clamaba por ser atendida.

-Sherlock –dije o más bien gemí. DE alguna manera había logrado sacarme los boxers sin que yo sintiera otra cosa más que sus manos, subiendo y bajando, apretando, friccionando. Perdí el sentido del tiempo, de lo que sucedía primero o después, tan sólo me concentraba en el millón de sensaciones que me recorrían.

-Eres mío –dijo simplemente y acto seguido su cabeza bajó para que su boca pudiera tomar mi miembro. Esta vez usó sus dientes y eso hacía que todo fuera mil veces más intenso, de nuevo no percibía dolor, era la cosa más placentera que hubiera sentido mi vida entera.

Y verlo, con esos ojos de fondo azul con destellos dorados, viéndome, en toda la extensión de la palabra, reclamándome como si fuera una propiedad mientras dejaba muy claro que nadie más en el mundo podría hacerme sentir de la manera en que él me hacía sentir.

El orgasmo no tardó en llegar.

-Eres mío –dijo de nuevo. Se había levantado, me sostenía porque yo era incapaz siquiera de eso. Sus labios rozando mi oreja y sus palabras parecían adentrarse por completo en mí. Era suyo obviamente, ¿de quién más?

-Soy tuyo –dije como queriendo dejar claro el hecho de que pasara lo que pasara no habría nadie más.

-Jamás vuelvas a pedirle nada, no la mires, no hables con ella –dijo mientras con sus manos recorría mi espalda, sentía sus dedos apretados contra mi carne, sus uñas clavándose en mí y era algo bueno. Cada marca era un grito al mundo de que yo le pertenecía y yo quería que el mundo entero lo supiera.

-Yo soy a quién necesitas, yo soy a quién debes buscar –su voz se volvía cada vez más desesperada, cargada de una emoción que no lograba identificar. ¿Era sólo la sensación de posesión que buscaba afianzar la certeza de mi amor incondicional?

De repente se detuvo, sus manos viajaron a mi cara y me sostuvo entre ambas, sus ojos fijos en los míos, como buscando algún indicio de que yo no fuera suyo, de que yo quisiera algo más.

No podía negar que por un instante la belleza de Sarah, la residente de Patología, me había parecido encantadora. Por un instante disfruté de su presencia, de su voz, de la visión de una mujer mucho más que hermosa. Pero esa era todo. Lo que yo era, lo que yo ansiaba, lo que yo soñaba, deseaba, anhelaba y fantaseaba se podía resumir en una palabra.

-Sherlock.

Y con eso lo supo. Porque no podía fingir mayor devoción que la manera en su nombre era pronunciado por mí, porque eso era lo único que necesitaba decir y no todo lo que quería decir. Porque si hubiera dicho que lo amaba y que no había nadie más a quién pudiera amar no hubiera sido tan revelador que esa palabra que era para mí más valiosa y necesaria que el aire en mis pulmones.

Y el beso que compartimos justo después de eso fue más íntimo que todo lo demás. Tal vez no estemos juntos amor, tal vez nos veamos unas cuantas horas antes de seguir trabajando, tal vez nadie más sepa lo que pasa entre los dos; pero lo que verdaderamente importa es que tú sepas lo mucho que significas para mí. Todas esas palabras se vertieron en aquel beso lento, sin prisas, enteramente fruto del amor.

SHERLOCK (o lo que Sarah contó a sus estudiantes y que en cuestión de horas se supo por todo el hospital)

-Mío –dijo al sentarse a la mesa que había abandonado momentos antes el Dr. Watson. El color se fue por completo del rostro de Sarah, después de todo, su futura carrera profesional estaba en manos de él, del Dr. Holmes.

-No sé de qué habla doctor –dijo Sarah tratando de restarle importancia a lo que acababa de suceder. Ella, seduciendo de una manera un poco impropia para su carácter a John Watson. No, realmente no había querido hacerlo, pero el hombre se le hacía tan tentador que no pudo evitarlo.

-Mío –repitió y ella se atrevió a mirarlo directamente, como agarrando valor. Lo perdió al instante. Sabía pocas cosas de su maestro, simplemente era un genio y ya, no tenía necesidad de saber más. Nadie sabía de su familia, había un hermano pero nada más. Nadie sabía del lugar dónde vivía o de lo que hacía cuando no estaba en el hospital. Sabían que de Scotland Yard por un médico forense que terminó como detective por casualidades de la vida pero nada más.

-Dr. Holmes creo que … -trató de decir Sarah pero no consiguió articular otra palabra. La mirada que le dedicaba era una amenaza, algo que sólo dices amablemente una vez pero que jamás repetirás.

-Mío –dijo por tercera vez y ella no necesitó más. No era que hubiera sentido miedo pero de verdad no quería enfrentarse al Dr. Holmes y acabar atendiendo en una clínica de medicina general gripas y diarreas al por mayor.

-Suyo –dijo y él se levantó. Jamás volvieron a hablar de aquello.


Gracias por seguir leyendo.

Esta vez lo subí sin releerlo, así que si me equivoqué en algo, lo corregiré luego.

Gracias por sus comentarios, siempre son bienvenidos!