Capítulo 4
—¡Khốn nạn! Khốn nạn! —dijo Murdock, usando sus pies para empujarse y balancear la mecedora de bambú, cerrando los ojos para disfrutar del suave y placentero movimiento adelante y atrás—. Mieeeerdaaaa… Mierda de las sagradas mieeeerdaaaas…
La choza no tenía electricidad, y el montón de velas y lámparas de aceite que flameaban a su alrededor creaban una calmante y sedativa atmósfera, que junto con el balanceo de la mecedora le ayudó a relajarse un poco.
—Este hombre necesita un hospital —dijo Quang, sacudiendo la cabeza—. Esta herida parece muy grave.
—Sí, ya lo sabemos, pero no es como si le hubiésemos negado la asistencia médica en el hospital de aquí al lado, al doblar la esquina, ¿no? —dijo Aníbal, sin aliento, derrumbándose sobre una silla, porque ya no aguantaba más tras el último esfuerzo de arrastrar a Murdock apoyado sobre su hombro.
—¿Estás bien, Aníbal? —dijo M.A, preocupado por la apariencia tan penosa del coronel. Aníbal asintió, con un gesto casual y un tanto desdeñoso de su mano, que no engañó a nadie.
—¿Puedo darles agua y comida? No han comido nada en varias horas —dijo Tia.
—Tú tampoco —dijo Aníbal.
—Tengo algo de Phở de sobra, pero no habrá bastante para todos. Pero puedes hacer más mientras les atiendo —dijo Quang, posando su mano sobre el oscuro hematoma en medio del torso de Fénix, sobre la boca de su estómago, evaluando las costillas y el esternón. Fénix se estremeció, angustiado, e intentó empujar su mano, jadeando y gimiendo.
—Frío… Estoy frío… Tengo mucho frío —dijo con los ojos cerrados, temblando.
—No, no estás frío. Estás ardiendo —dijo Quang, tocando su frente y la herida del abdomen, haciéndole jadear otra vez—. Sobre todo, alrededor de esa herida.
—Se ha estado quejando de frío durante las dos últimas horas —dijo Aníbal. Mientras atravesaban la jungla, había usado su ligera chaqueta para taparle, porque no tenía una manta o nada más grueso que pudiese usar, pero no había hecho ninguna diferencia.
—¿Cuánta sangre ha perdido? —preguntó Quang, tomándole el pulso a Fénix.
—No mucha. Pero él sí —dijo Aníbal, señalando a Murdock, que todavía se mecía mientras cantaba una canción de cuna—. Pero parece que está mucho mejor ahora. Le dispararon en el hombro, y tuve que cauterizar un vaso sanguíneo en la herida porque no paraba de sangrar.
—Ah, ¿sí? —dijo Quang, que parecía bastante impresionado de que hubiese hecho eso.
—No sabía que otra cosa podía hacer. Al principio la herida sangraba a borbotones, como una fuente.
—"…no tienes preocupaciones, así que duerme, y mientras tanto yo te vigilaré…" —cantó Murdock en un suave y adormecedor tono, con sus ojos mirando al infinito, totalmente ido, perdido en su mundo interno.
—¿Le sacó la bala?
—No hubo necesidad, le salió por la espalda. Creo que ahora está mucho mejor. Más fuerte, y un poco más centrado que antes.
—"…Duerme, bonito mío, no llores…"
—Debe de tener una fiebre altísima, lo mismo que este. Está delirando.
—¿Por lo que canta? No, no creo. Este es su comportamiento normal. Es su manera de afrontar la situación, eso es todo.
—"…y yo te cantaré una nana…"
—¡Cállate, chalao!¡Me vuelves loco! —dijo M.A—. ¡Este no es momento para nanas!
—A Fénix le gustan las canciones de cuna —dijo Murdock, todavía mirando a lo que nadie más que él podía ver, subiendo los pies al asiento para abrazarse las rodillas mientras la mecedora seguía balanceándose.
—Déjale en paz, M.A. Puede cantar si quiere —dijo Aníbal, sonriendo a Tia cuando le ofreció un vaso de agua y un cuenco de sopa tibia—. Esta sopa huele deliciosa.
—Tú comerás y beberás el primero esta vez. Sin quejas. Pareces exhausto.
—Gracias, Tia.
Aníbal se bebió el vaso de agua de un trago y se lo devolvió. Luego, como no tenía una mesa en la que apoyarse, sujetó el cuenco con sus manos, cerca de la boca, devorando la sopa de gruesos fideos chinos rápidamente, a pesar de que estaba ya fría, porque estaba muerto de hambre.
Mientras Tia siguió con su tarea de asegurarse de que todos bebiesen y comiesen algo, incluido Fénix, Quang examinó la herida de Murdock. El extraño hombre larguirucho de la gorra se quejó de dolor cuando le quitó la chaqueta de cuero, pero le dejó hacerlo sin resistirse, como si estuviese desvistiendo a un niño pequeño.
—Sólo me quedan dos bolsas de suero intravenoso. Las usaré en sus hombres —dijo Quang, preparando los goteros.
—Gracias. Le pagaré todo lo que pueda por su ayuda —dijo Aníbal entre cucharadas.
—No se trata de dinero. Conseguir un adecuado suministro de material médico en este lugar olvidado, en medio de ninguna parte, es lo que me preocupa.
—Tia dijo que no es usted médico.
—No, no lo soy. Soy un sanador.
—Y, ¿cuál es la diferencia?
—Yo uso las manos más que ellos. Y no tengo un título enmarcado, colgado de la pared.
—Habla muy bien nuestro idioma.
—Gracias. Aprendí inglés en Hong Kong, en mi juventud. Trabajé en un hospital allí.
M.A ayudó a Quang a sujetar el brazo de Fénix para que pudiese ponerle una cánula intravenosa, y luego hicieron lo mismo con Murdock. Mientras los dos recibían el suero, el sanador se acercó a Aníbal con una mirada de complicidad bailando en sus ojos.
—Déjeme echarles un vistazo a sus costillas — le dijo, tomando el cuenco vacío de sus manos.
—¿Cómo lo sabe?
—Por la manera en que protege su costado. Están rotas, ¿no?
—Me temo que sí —dijo Aníbal, levantándose la camisa para que pudiese echar un vistazo. Dio un respingo, quejándose cuando Quang le tocó para examinarle el costado, confirmando sus sospechas: tenía dos costillas rotas, y un par más estaban muy magulladas. Quang le aplicó un ungüento de hierbas sobre la amoratada piel, y luego le envolvió el pecho con una venda de soporte hecha de telas viejas.
—Le podría inyectar un anestésico local, pero no me queda mucho, y creo que ese hombre de allí lo necesitará más que usted —dijo el sanador, señalando a Fénix.
—Sí, por favor, guárdelo para Fénix. No se preocupe por mí. Y vamos a dejar de llamarnos de usted, ¿vale?
—¿Fénix? ¿Se llama así?
—Ese es su apodo. Su nombre es Templeton.
—Ah, ya veo. ¿Fénix, como el ave Fénix que renace de sus cenizas?
—Sí algo así. Y por su belleza y grandiosidad, y capacidad de adaptación, supongo. No sé quien empezaría a llamarle así, pero le pega.
—Ese corte necesita unos puntos. Es bastante profundo —dijo Quang, examinando la frente de Aníbal más de cerca.
Le limpió la herida y procedió a suturarla. Aníbal no se quejó mientras le pinchaba y atravesaba la piel con la aguja, estándose muy quieto, aunque le escocía y le molestaba un montón. Pero no podía permitir que Quang malgastase el poco anestésico local que le quedaba para suturar esa simple herida en vez de usarlo en Fénix.
—Rambo se hubiese cosido esto él solo —dijo entonces riendo entre dientes, todavía dispuesto a usar el humor como consuelo, como arma contra todo.
—¿Rambo?
—Sí, el tipo de la película. Si lo recuerdo bien, creo que se sacaba una bala el sólo con sus manos, y una gran astilla de madera que llevaba clavada en un costado, y también se suturaba un corte muy profundo en el brazo. Lo mejor es cuando se cauteriza la herida de la astilla prendiéndose fuego a sí mismo con la pólvora de un casquillo de bala, cuando estaba sólo en la jungla, aquí en Vietnam. ¿O era en Afganistán? No sé, no me acuerdo. Aparentemente, el tío podía hacer frente a todo un batallón armado solamente con un cuchillo de cocina desafilado, y de plástico —dijo Aníbal, riéndose—. Es una fantasía de Hollywood. Todo un exceso. Se pasan de la raya diez pueblos.
—Ah, esa película. He oído hablar de ella, pero no la he visto. Tienes que ir a Tailandia o a Hong Kong para verla, porque aquí está censurada. Es un héroe que rescata a prisioneros de guerra, ¿no?
—Sí. En la película explotan el mito de los soldados americanos desaparecidos en combate y de los prisioneros de guerra que algunos dicen que todavía podrían estar en este país, encerrados en campos de concentración, incluso después de tantos años.
Quang le miró de un modo extraño, pero no dijo nada más acerca del tema.
—Vete a descansar a la otra habitación —le dijo tras darle la última puntada, señalando a la puerta del fondo—. Creo que lo necesitas. Y llévate una vela. Este pueblo no tiene electricidad.
—Sí, gracias. Por favor, haz lo que puedas para arreglar a mis hombres un poco por lo menos, hasta que pueda llevarles al hospital.
Aníbal miró a M.A, pero antes de que pudiese decir nada, el voluminoso sargento ya había contestado.
—Ve a descansar, Aníbal. No te preocupes. Ya me encargo yo de todo.
—Gracias, M.A. Sabía que podía contar contigo.
AAA
En la húmeda y oscura jungla, Fénix no podía dejar de temblar. Tenía frío, mucho frío. Sus dientes castañeteaban sin control, y la chaqueta de Aníbal no le servía de mucho. Necesitaba una manta calentita, o incluso una funda nórdica ultra-gruesa con la que envolverse como una oruga en su capullo. Al final, cuando dejaron de moverse y le dejaron allí tumbado, temblando de frío mientras esperaba en el travois a un lado de la carretera, pensando que no sería capaz de aguantar la presión de los palos en su espalda ni por un segundo más, de repente, alguien le soltó los tirantes que le sujetaban a la estructura y le levantó cuidadosamente en brazos. Abrió los ojos un poco, encantado de comprobar que era M.A, y se relajó en sus fuertes brazos, agradeciendo el contacto con su cálido y musculoso pecho.
—¡Pero Fénix, chico, estás ardiendo!
—No, estoy… frío —insistió Fénix, cerrando los ojos otra vez, apoyando la cabeza en el pecho de su amigo, con su embotado cerebro preguntándose vagamente que habría pasado con las omnipresentes cadenas de oro, que ya no estaban allí.
—Aguanta, muchacho. Vamos a una casa ahora. Ya no te vamos a arrastrar más por ahí. Ahora te arreglaremos, y al loco también.
La siguiente cosa que registró, mientras perdía y recuperaba la consciencia continuamente, oscilando a voleo entre los dos estados, fue estar tumbado en una estrecha cama. Un hombre de aspecto oriental le tocó las costillas rotas, y Fénix trató de detenerle, mientras gemía con el dolor que le causaba. Pero no fue capaz de desplazar esa mano opresora, y al final, se quedó quieto, lloriqueando como un cachorro perdido y hambriento.
—Frío… Estoy frío... Tengo mucho frío —se quejó otra vez.
—No. No estás frío. Estás ardiendo.
La insolente mano se retiró de sus costillas, pero cuando le tocó la herida en el abdomen, presionando allí abajo, Fénix volvió a jadear por el insufrible daño que le hacía, emitiendo un suave quejido de desesperación angustiosa.
¡Déjame en paz! quería gritar, pero le fallaban las fuerzas.
Podía oír a Aníbal hablando con aquel hombre, acerca de Murdock y de él mismo, pero no le importaba un pepino lo que estaban diciendo, perdido en esa desgarradora marea del dolor en la que flotaba, temiendo que se iba a morir, desesperado.
Entonces, emergiendo de entre todas esas voces de fondo, oyó a Murdock cantando la canción de cuna que le solía cantar cuando estuvieron encerrados juntos en un campo de prisioneros de guerra en Vietnam. Cada vez que los soldados le torturaban y acababa malherido, casi deseando morirse para liberarse del insoportable dolor, Murdock cuidaba de él, calmándole como la amorosa madre que nunca tuvo, cantándole una nana.
"…ya no tienes preocupaciones, así que duerme, y mientras tanto yo te vigilaré… duerme, bonito mío, no llores…"
El bueno y chiflado de Murdock, el más sano de todos… Sonrió para sí entonces, extrañamente reconfortado por esa canción, antes de desmayarse una vez más, deslizándose en la oscura bruma de la inconsciencia por enésima vez.
AAA
Cuando Aníbal dejó la habitación, Quang se puso manos a la obra. Limpió las heridas de esos hombres, untándoles ungüentos naturales y cataplasmas, aplicando vendajes, y también les inyectó antibióticos y analgésicos a través de las vías intravenosas, combinando la medicina convencional y la tradicional lo mejor que pudo. Examinó el brazo roto de Fénix y, contento con la alineación de los huesos, usó otros trozos de madera que se ajustaban mejor para inmovilizar la fractura, vendándolo para sujetar la improvisada férula en su sitio, y luego le puso el brazo en cabestrillo dentro de un gran trozo de tela. También usó otra tela similar para inmovilizar el hombro de Murdock, y al final acabaron muy parecidos, los dos con el brazo izquierdo escondido en un vendaje de sostén.
Cuando le devolvió la cinta que Aníbal había llevado en la cabeza, Tia lavó la sangre seca en el fregadero, bajo el grifo de la bomba de agua, mientras la nueva perola de sopa hervía en el fuego. La casa no tenía electricidad ni drenaje sanitario, pero por lo menos tenía un gran fregadero con agua corriente, extraída directamente del pozo del corral de atrás, al accionar la manivela metálica de la bomba.
Mientras Quang hacía todo eso, M.A reemplazó con cuerdas todas las cadenas de oro todavía en los travois, y se tomó su tiempo en limpiar las piezas de joyería de todo el barro y suciedad que habían almacenado a su paso por la jungla, antes de volvérselas a poner alrededor del cuello.
Quang también le puso agujas de acupuntura a Fénix por todos sitios, y sólo unas pocas a Murdock para aliviarle el dolor, pero a este último se las tuvo que quitar, temiendo que las iba a partir todas porque no se estaba quieto y quería arrancárselas a toda costa. También usó la mayor parte del anestésico local que le quedaba en un bloqueo nervioso para mitigar el dolor de las costillas y el esternón rotos de Fénix.
Al final, cuando acabó de usar toda la medicina convencional y tradicional que tenía a su alcance, usó sus propias manos, como lo que era: un sanador. Uno de verdad.
AAA
—Vamos, Fénix despierta. Tienes que beber agua —oyó que Tia le decía, mientras le daba tortitas en la cara suavemente la siguiente vez que estuvo medio despierto, entrando y saliendo de la zona oscura. M.A le levantó la cabeza y el torso cuidadosamente, y Tia inclinó un vaso de agua contra sus labios. Tenía incluso más sed que antes, así que cuando el agua se escurrió por su cuello y se dio cuenta de qué estaba pasando, se la empezó a beber a grandes tragos, tan desesperado por saciar su sed que la chica tuvo que retirar el vaso tras tan sólo unos segundos, temiendo que iba a vomitar toda esa agua fría sobre su cara—. Despacio, bebe despacio. No te preocupes, ahora tenemos toda el agua que queramos. No hace falta ser avaricioso.
Después de saciar su sed, M.A le estiró del brazo bueno, y sintió el pinchazo de la aguja cuando el catéter intravenoso le atravesó la piel, deslizándose en su vena.
Fluidos. Suero intravenoso. Eso tenía que ser una buena noticia. ¡Tenía que ser un hospital! Magnífico. Por fin.
Fénix no era un fan de las drogas analgésicas, pero esta vez las esperó con impaciencia. Cuando empezó a sentir los efectos de la morfina se relajó, ignorando el tacto de las manos del doctor mientras le limpiaba la herida, o cuando le echó un vistazo a su brazo roto. Sintiéndose mucho mejor, también ignoró el cosquilleo y la desagradable sensación punzante de las pequeñas agujas, y yació inmóvil en el camastro, sin quejarse más, finalmente capaz de lidiar con todo ese sufrimiento insoportable, especialmente después de que ese hombre le inyectase algo sobre las costillas, algo mágico que le anuló el dolor completamente, de forma instantánea, obliterándolo como si nunca lo hubiese sentido. Como si sólo hubiese estado en su mente, como en un mal sueño.
Después de un rato, sintió un extraño calor irradiando el área adormecida sobre sus costillas fracturadas, y una sensación eufórica le invadió, haciéndole sentir extremadamente bien, y lleno de energía. Abrió los ojos y vio que ese hombre estaba a su lado, con las manos sobre su pecho y con los ojos cerrados, con una expresión muy seria en la cara, de profunda concentración. Fénix no tenía ni idea de lo que ese hombre estaba haciendo, pero se sentía como si de alguna manera estuviese recargándole las pilas. Se sentía bien, verdaderamente bien, así que no se quejó, para nada. Ni siquiera se movió. Volvió a cerrar los ojos, y cuando los abrió de nuevo al cabo de un rato, Quang le estaba mirando fijamente. El sanador puso una mano en su frente y eso le liberó la mente de todas las preocupaciones. Fénix se sintió en paz, relajado, libre de todo malestar. Y le encantó.
AAA
M.A y Tia se comieron la sopa mientras miraban como Quang trataba a Fénix. M.A estaba confuso, porque ahora ese hombre no parecía estar haciendo gran cosa, aparentemente descansando sus manos sobre Fénix, moviéndolas sobre él a veces, cambiándolas de posición lentamente, pero ya no estaba tocando y hurgando las heridas, poniendo vendajes, inyecciones, o haciendo algo de forma activa, como antes. Y se estaba tomando su tiempo, sin prisa. Cuando le puso una mano sobre la frente, tuvo que preguntarle a Tia.
—¿Qué demonios está haciendo? —le susurró.
—Sanándole. Es un sanador.
—¿Qué?
—Está curando a tu amigo. Con sus manos.
—¿Sólo tocándole? ¿Cómo Jesús?
—Sí, así.
—¿Pero qué chuminadas me estás contando? ¡No me lo creo! Ningún hombre puede sanar como Jesús. ¡Ese tío no es Jesucristo!
—Ssssh… Calla y mira. No le distraigas.
Tras unos cuantos minutos más, Quang desconectó la vía intravenosa, porque la bolsa de suero estaba vacía, dejándole la cánula en la vena, y se alejó de Fénix. Parecía muy cansado de repente, y se movía y hablaba muy lentamente, como agotado.
—Cruzad los dedos, y llevad a este hombre al hospital cuanto antes a que le miren esa herida. Yo no puedo hacer más por él —dijo, mirando a M.A.
—Creo que ya has hecho bastante, gracias —dijo Tia.
—Lo siento, pero no puedo hacer lo mismo con el otro —se disculpó, retirando la cánula del brazo de Murdock, porque su bolsa de suero también se había acabado—. Es demasiado. Necesito descansar. Deberíais llevar a este a la otra habitación, con el hombre del pelo blanco. No debería quedarse en la mecedora toda la noche.
—¿Y qué hacemos con él? —dijo M.A, señalando a Fénix con la cabeza.
—Ya se moverá él cuando esté listo.
—¿De verdad? ¿Estás loco? ¡No puede moverse a ningún sitio!
Quang le ignoró, mirando a Tia.
—Sabes que esto no es un hospital, Tia. Esta es mi casa, y no tengo los medios. No tengo bastantes habitaciones, ni camas. Tendrás que dormir en un camastro, con ellos es esa habitación.
—Esta bien, no te preocupes. No pasa nada.
—Buenas noches —dijo Quang, caminando lentamente hacia su dormitorio, la tercera y última habitación de la choza, arrastrando los pies por el camino como si fuera un anciano.
—Buenas noches, gracias.
M.A le echó un vistazo a la habitación donde Aníbal dormía, roncando suavemente, completamente agotado, tumbado de lado y con una mano descansando sobre las magulladas costillas. La vela todavía ardía en la mesilla al lado de la cama, creando sombras oscilantes en las paredes. La habitación recordaba vagamente a una sección de hospital, con dos pequeñas camas a cada lado, y un espacio entre medio.
—Si insistes en hacer guardia esta noche tú solo, tomaré esta cama —dijo Tia, sentándose en el borde de la más cercana a ella, bostezando.
—Sí, tú descansa, mujercita. Te lo has ganado hoy. Muchas gracias por toda tu ayuda.
—No, gracias a vosotros —dijo ella, tumbándose. Estaba tan cansada que se durmió casi inmediatamente, mientras M.A fue a buscar a Murdock.
—Venga, loco. Te llevaré a la cama.
Levantó a su somnoliento amigo en brazos, como había hecho con Fénix, y le llevó hasta una de las camas, donde le dejó cuidadosamente. Le quitó las zapatillas y la gorra, que dejó en la mesilla, y le tapó con la ligera manta, mientras el adormilado piloto murmuraba algo acerca de una bebida de chocolate y la madre de M.A.
—¡Nada de chocolate, loco! Duérmete. Tendremos un día muy duro mañana.
M.A volvió a la habitación principal, tomando una pistola de la mochila. Ahora mismo eran un blanco fácil para el coronel Shu, pero el montaría guardia con lo poco que tenían, por si acaso.
Sopló unas cuantas velas y se sentó en la mecedora, mirando a Fénix. Se le veía mucho mejor, con un color más sano en sus mejillas, y parecía relajado, sin esa mueca de dolor que había lucido casi de forma permanente desde el accidente.
Fénix empezó a agitarse en la cama, despertándose al poco. Miró a M.A con una sonrisa un tanto bobalicona en su cara, como si estuviese drogado. M.A pensó que eran los efectos de la morfina, lo cual era algo positivo, pero cuando habló no arrastraba las palabras, como habría cabido esperar.
—Hey, M.A. ¿Cómo vas? Esa mecedora parece cómoda. ¿Te importa si la pruebo? Estoy cansado de estar tumbado.
—¿Estás seguro de que puedes levantarte?
—Sí, me siento mucho mejor. No se lo que ese tío me hizo con sus manos, pero me siento mucho, mucho mejor. Me ha recargado las pilas. Y las costillas ya no me duelen.
M.A ayudó a Fénix a levantarse. Era como levantar a Lázaro de la tumba, porque ese hombre parecía medio muerto hacía sólo media hora. Le ayudó a andar la corta distancia hasta la mecedora, donde se sentó pesadamente, casi desplomándose como un peso muerto.
—Mira que bien, está calentita. Espero que no te hayas pedido en ella.
M.A se rio, encantado de ver a Fénix tan recuperado, y se sentó en la silla que había ocupado antes Aníbal.
—Ahora que lo mencionas, pues igual sí —dijo, riéndose de la cara de asco que puso Fénix.
—Necesito hacer pis. Creo que ese litro de suero salino ya ha ido a alguna parte.
—Espera un momento, creo que he visto un orinal en la otra habitación por algún sitio.
M.A fue a la otra habitación y volvió con el orinal. Ayudó a Fénix con la cremallera, y luego sujetó el recipiente mientras su amigo se aliviaba.
—No habías meado en todo el día, desde el accidente. Esto tiene que ser una buena señal. Por lo menos tus riñones funcionan.
—Gracias, M.A —dijo Fénix cuando terminó—. Me siento mucho mejor ahora. Pensaba que me iba a estallar la vejiga.
—Me encanta verte despierto y dando guerra, tío. Me tenías muy preocupado —dijo M.A, llevándose el orinal.
Al igual que Murdock antes, cuando se sentó en la mecedora, Fénix la empujó con los pies para mecerse suavemente.
—¿Se estaba meciendo Murdock cuando cantó esa nana?
—Sí. ¿Le oíste? ¡Me estaba volviendo loco!
—Sí, sí que le oí.
—Intenté que se callara, pero decía que a ti te gustaban las canciones de cuna.
—Y me gustan, sí. Murdock me solía cantar esa misma canción cuando estuvimos encerrados diez días en aquel campamento de prisioneros de guerra, ¿te acuerdas? Antes de que nos rescataseis —dijo Fénix, con un extraño brillo en sus ojos obnubilados, que parecían perdidos en el espacio temporal mientras recordaba imágenes que sólo él podía ver en su mente—. Hacía eso cada vez que esos cabrones me torturaban para que hiciese una declaración oficial en contra de las acciones del ejército de los Estados Unidos. Después de cada sesión, cuando me dolía todo el cuerpo y sólo quería morirme, él me calmaba como la madre que nunca tuve, para que pudiese relajarme y dormirme.
—¿Eso hacía?
M.A no sabía nada acerca de las nanas. Se sintió muy mal entonces, porque le había gritado a Murdock cuando el loco sólo estaba intentando ayudar. Pensándolo bien, mientras cantaba, Murdock tenía una expresión en sus ojos similar a la de Fénix ahora, como de drogadicto dopado perdido en su mundo interior. Apesadumbrado, M.A agarró la pistola que había dejado a un lado antes, y se volvió a sentar en la silla otra vez.
—Creo que esas canciones de cuna hicieron que conserváramos la cordura. Bueno, por lo menos yo conservé la mía. No creo que Murdock lograse salir de ese horrible lugar completamente. Una parte de él quedó atrapada allí, y nunca volvió.
Fénix miró a la pistola que sostenía M.A en su manaza.
—¿Estás haciendo guardia esta noche?
—Sí.
—Por favor, prométeme algo. No dejes que vuelvan a llevarme a uno de esos campos de prisioneros otra vez. Pégame un tiro con esa pistola si no hay más remedio, pero no dejes que me lleven. Por favor.
—¿Qué dices? ¡Estás hablando como el loco! ¿Qué te pegue un tiro? No digas gilipolleces.
—Lo digo en serio. Dispárame —dijo Fénix con una expresión en su cara que no dejaba lugar a dudas: lo decía muy en serio.
—Nadie te va a llevar a ningún campamento de prisioneros de guerra, ¿vale? Ni siquiera existen ya, y si existieran, no dejaría que esos bastardos te llevasen, ¿está claro?
—Vale, gracias. ¿Lo prometes?
—Sí, lo prometo.
—Por favor, no me falles. Perdería la cabeza como Murdock si alguna vez me vuelvo a encontrar en esa situación. No podría soportarlo otra vez.
Se balanceó en la mecedora suavemente por un rato, tarareando la nana para sí mismo, en un tono de voz casi inaudible, hasta que le pidió a M.A que le ayudase a volver a la estrecha cama, donde se quedó dormido como un tronco, pero no inconsciente como antes.
M.A volvió a sentarse en la mecedora, que era muchísimo más confortable que la silla, y se preparó a montar guardia toda la noche, preguntándose una vez más qué les había pasado exactamente a Fénix y a Murdock en aquel campo de prisioneros de guerra. Cuando llegaron allí a rescatarles, los dos estaban gravemente heridos, torturados física y mentalmente, y estuvieron una larga temporada en el hospital antes de volver a su puesto, pero casi nunca hablaban de ello. Esta noche había sido una de las raras ocasiones en las que M.A había tenido un atisbo de lo que podía haber sido. Un infierno, seguro, si Fénix le estaba rogando que le matase antes de tener que volver a sufrir algo parecido otra vez.
AAAAA
N. del A. – El apodo de Fénix en la serie original es Face, diminutivo de Faceman. Supongo que no les gustó mucho doblarlo al español con el nombre de "Cara", que le pega más, por guapo y por caradura, aunque en Sudamérica le llamaron "Faz". Como esto es una traducción de la historia en inglés, a veces tengo que inventarme cosas, como explicar por qué se llama Fénix, que aparte de porque "Cara" sonaba un poco mal en español y no pegaba mucho con el movimiento de los labios en el doblaje, pues no tengo ni idea.
