Lamento haberme demorado tanto en actualizar pero he tenido un par de problemas personales y semanas agitadas por el trabajo, pero siempre tuve presente que debía escribir algo nuevo, lo peor de todo es tener la idea lista para el capítulo siguiente y ninguna para el que debería estar escribiendo…

Este capítulo es mucho más corto que los demás porque, la verdad, quería sacármelo de encima lo más rápido que fuera posible.

Gracias por todos los reviews y a las nuevas personas que le dieron una oportunidad a mi fic y se unieron en el capítulo III. Espero que les guste, el siguiente será mejor.

IV: El canto

Lo había esperado desde que lo sentí moverse por primera vez. Aún lo sigo esperando, pero ya no hay movimiento ni tampoco más esperanzas.

Había vivido bajo mentiras por mucho tiempo como para dejarme engañar por un par de palabras y miradas nerviosas que evitaban mis ojos en cuanto se encontraban con los suyos. Ya había escuchado lo suficiente como para cerrar mis oídos y dejar de pensar, dejar de creer.

Algunos iban y venían, otros entraban y no volvían a salir, otros aparecían tras una puerta de vidrio y desaparecían tras la pared, caminando a paso lento, burlándose de mi impaciencia.

Jamás fui una persona optimista, por lo que estaba acostumbrada a nunca esperar algo bueno de la vida, pues siempre me lo arrebataban de las manos, razón por la cual desde el comienzo no quise aferrarme con todas mis fuerzas a lo que había estado evitando; pero lo hice y se transformó en una de las cosas más importantes por las que podía luchar, para finalmente encontrarme postrada en una cama con las manos vacías.

Tal vez era yo la del problema, tal vez era una forma de castigo por quererme negar a lo inevitable o quizá era mi cuerpo el que no podía resistirlo.

Estaba claro en el reflejo del espejo que yo ya no era lo que solía ser, joven, que estaba cubierta de una manta de feas cicatrices, cada una con una historia, historias que me pesaban en los hombros, que nunca me dejarían tranquila y que me quitarían una parte de mí, como si necesitaran despellejarme otra parte de piel y suplantarla por un feo recuerdo que se transformaría en cicatriz con el paso del tiempo.

Había sentido el dolor del hambre, del abandono, de la muerte y las apuñaladas pero nada se comparaba con el que experimentaba ahí tumbada boca arriba, observando el techo mientras mi cuerpo se retorcía ante los espasmos.

¿Qué era lo que se suponía que debía escuchar? ¿Qué era lo que me debían decir? ¿Estaba lista para aceptar lo peor?

Tal vez no era capaz de escuchar lo que temía, quizá ya no podría soportar nada más; me habían transformado en algo débil, en una persona vulnerable capaz de partirse por la mitad con sólo un par de palabras y ¿por qué? Porque había nacido en la época equivocada o quizá había nacido mucho tiempo después, quizá era muy joven. El mundo estaba descolocado, hubiese sido mejor que haya perecido y no estaríamos viviendo, no habríamos vivido lo que vivimos, mis hijos no habrían corrido con esta suerte.

Mis hijos… esos que nunca llegarán a serlo porque me destruyeron antes de que pudiera pensar por mí misma sin que me manejaran como una pieza de ajedrez. El hijo de Peeta que quizá nunca llegue a abrir los ojos porque mi cuerpo era defectuoso, porque ya no podía con más batallas.

Creía que nunca más alguien iba a morir por culpa de los juegos, viví creyendo eso por años y fui una ilusa porque nada había acabado, todo estaba recién comenzando; el que ahora viviéramos en paz no aseguraba nada, pudo haber terminado la tormenta pero aún quedaban las repercusiones tal y como sucedía tras la explosión de una bomba nuclear, habían sobrevivientes, pero las siguientes generaciones pagaban las consecuencias.

-Peeta –susurré para mí misma, recordando aquellos ojos azules que, con dolor, me observaron marchar a través de las puertas de vidrio.

Tenía que enfrentarme a él y ver en sus ojos cómo el alma se le partía entre mil pedazos para luego tratar de consolarme y consolarse a sí mismo diciéndome que habría otra oportunidad, que podríamos intentarlo de nuevo y yo me negaría mordiéndome la lengua porque lo amaba demasiado como para volver a cerrarme en mi burbuja y dejarlo ahí esperando que yo cambiase de opinión mientras, dentro suyo, él sabía que no volvería a tener la misma oportunidad que tuvo.

Me sentí inútil y frustrada.

Mis ojos se desviaron de las encandilantes luces del techo cuando algo cálido se aferró a mi mano. Peeta me observó en silencio con los ojos rojos por el llanto.

-No me han dicho nada –dije con la voz ronca

-A mí tampoco –contestó en un susurro

-¿Por qué lloras? –Porque sabía, como yo, lo que había sucedido

-Voy a pedir que te saquen de aquí

-No –lo detuve-. Si salgo de aquí, todo habrá terminado, prefiero quedarme

-Y ¿quedarte con la incertidumbre?

-Es menos doloroso

Y se quedó conmigo en silencio esperando que el tiempo se derritiera y se escurriera a nuestro alrededor, tratando de ignorar lo obvio.

Había sido doloroso saber que Cinna y muchos otros habían muerto, pero habría sido peor el saber cómo había sido su muerte. Ahora sólo quería quedarme con la confirmación, evitando los detalles.

Recordé aquella vez que Peeta había sido abandonado en la arena y cuando lo vi por primera vez en meses por la televisión, maltratado y demacrado debido a las torturas del capitolio. Dolía no saber qué había sido de él, dolía saber que estaba en manos de los agentes de la paz y sus torturas, pero había sido peor confirmar mis peores pesadillas tras ver su precario estado.

Abrí mis ojos de golpe con el corazón latiendo con fuerza en mi pecho.

-¿Katniss? –preguntó Peeta al escuchar el acelerado pitido de la máquina que controlaba los latidos de mi corazón

-¿Lo escuchaste?

-¿Qué cosa?

Y ahí estaba lo que se suponía y tanto quería escuchar, lo que por tantos meses había esperado. Ella lloraba con fuerzas envuelta en una manta blanca para calmarse apenas su pequeño cuerpo encontró el mío. Acunó su cabeza contra mi pecho y suspiró.

Los juegos no habían echo morir a nadie más. En ese momento el mundo por fin había encontrado la paz.