Una aventura de… ¿Perros?
IV. ¿Esperanza?
—Estamos perdidos…
—Kagome.
—¡Perdidos! ¡Y en Japón!
—Kagome…
—¿Cómo se supone que iré a casa luciendo así? ¡Todo esto es mi culpa!
—Kagome… Ya en serio.
—No, todo esto es culpa de Yuka. Ella insistió y las demás la apoyaron… ¡Si pudiera le mordería la cara!
—¡Kagome!
—¡¿Qué?! —ladró la pelinegra cansada de ser interrumpida.
—Deja de lamentarte y haz silencio —ordenó—. Necesito concentrarme para encontrar el camino a tu casa o…
—¿No creerás que podemos ir caminando hasta casa o sí? —lo interrumpió— Estamos a las afueras de la ciudad y tardaremos, como mínimo, tres días en caminar hasta allá. Eso si un auto no nos pasa por encima primero —comentó más para sí misma que para su compañero.
—Entonces más vale que comencemos a caminar si queremos llegar lo antes posible —gruñó. A él tampoco le gustaba estar en esa forma y escuchar las quejas de Kagome solo incrementaba su mal humor.
—Sí, como sea… —cedió y comenzó a seguirlo con las orejas gachas, realmente la angustiaba su condición y no quería hacer más incómodo el trayecto gracias al enfado del hanyou.
Caminaron por un largo rato por las calles menos concurridas de la ciudad. Inuyasha intentaba identificar algún olor que le resultara familiar, mientras que Kagome intentaba trazar alguna ruta en su mente que los llevara lo antes posible a su hogar. Miraron los grandes edificios y los oscuros callejones repletos de ratas, era más de mediodía y ninguno había comido. Kagome desde el día anterior e Inuyasha desde hace casi cinco días.
—Oye… Inuyasha —llamó— ¿No tienes hambre?
—No —contestó tajante, ella movió sus orejas inquieta sin saber por qué la trataba así— ¿Tú sí?
—B-bueno… —¿Para qué mentir? Ella moría de hambre. Pero no lo obligaría a gastar sus pocas energías en conseguirle algo para ingerir— No —mintió.
—Bien, sigamos.
》》》》》》
—Hija, ¿Dónde está Kagome? Salió hace ya varios días y no ha vuelto.
—Debe haberse ido con Inuyasha —respondió tranquilamente la señora Higurashi mientras picaba cebolla.
—Pero… mi hermana siempre nos avisa —interfirió esta vez Sota.
—Debieron salir con prisa.
—Y si…
—Shh… —calló a su suegro poniéndole media cebolla cruda en la boca— Así son los jóvenes. ¿Quieres más cebolla, papá? —amenazó risueñamente, una clara señal de peligro para ambos varones.
—N-no…
—Entonces, ¿Volverán a preguntar por Kagome?
—No, porque se fue con el amigo orejas de perro —contestó automáticamente el menor.
—Así me gusta. Ahora vayan a poner la mesa que dentro de poco comeremos.
Si todo marchaba bien, dentro de poco tendría nietos con hermosas orejitas. Seguramente se fueron a pasar unos cuantos días "jugando" de lo lindo, así como ella y su difunto esposo hacían cuando eran adolescentes.
—Ohh, qué tiempos.
—Abuelo, ¿Qué le pasa?
—No lo sé, pero debemos hacer lo único que un hombre puede hacer cuando una mujer se comporta así.
—¿Hablar?
—No, huir.
》》》》》》
—Inuyasha, ¡Mira! —el perro solo la pasó de largo con la nariz pegada al suelo, así que se colocó en su camino para impedir su avance— ¡Qué mires!
—¿Qué, Kagome? ¡Maldita sea! —ladró— ¿Qué puede ser más importante que buscar el camino a ca…?
—¡Agua! —interrumpió eufórica— ¡Esa fuente tiene agua! —él solo ladeó su cabeza en clara señal de confusión— La señora dijo que si nos bañábamos volveríamos a ser humanos —de inmediato Inuyasha pareció entusiasmarse.
—¿Estás diciendo que… si nos mojamos con agua podremos…?
—Es lo que estoy intentando decirte, tonto. Ahora deja de tartamudear y entremos.
El perro albino intento sujetar la esponjosa cola negra de la colegiala, pero ella ya había corrido en dirección a la fuente por lo que solamente atinó a morder el aire. Refunfuñó para sus adentros y decidió seguirla calmadamente a través de ese extraño campo con juegos y personas que, según ella, se llamaba "parque". La vio esperarlo en el borde de la fuente de mármol pulido blanco, con sus patas delanteras en el barandal y las traseras en el suelo empedrado, quedando semi-erguida.
—¿Listo? —le preguntó claramente emocionada. Tenía miedo de transformarse y quedar desnuda, pero no toleraba estar un segundo más en ese incómodo cuerpo.
—Listo.
—¡Ahora!
Ella terminó de ingresar en aquella fuente y él la siguió dando un hábil salto para evadir el borde y caer directo en el agua. Se revolvieron un par de segundos debajo de aquel cristalino líquido sacándose todo el talco posible. Sin embargo, cuando finalmente salieron a la superficie…
—No puede ser… —gruñó hastiado.
—Sigues siendo… un perro —musitó asombrada la mojada colegiala.
—Y tú igual, perra.
Kagome hizo un mohín de disgusto por aquel extraño apelativo, pero también por la decepción de seguir transformada. Una aguda voz llegó a sus oídos y vio una pequeña manita estirarse para acariciarla, ante lo cual volteó a ver en esa dirección sorprendida.
—Mami, hay perritos en la fuente.
—No los toques, Makoto. Deben estar sucios y el agua de esa fuente seguro tiene sus pelos o…
—Pero, mami… ¡Se ven suaves! —la interrumpió— Mira, casi puedo tocarl… —ambos escucharon un gruñido y la madre volteó a ver a su pequeño hijo, topándose con aquel perro blanco mordiendo su infantil manita— ¡Me mordió! —Kagome agachó sus orejas hacia atrás al ver los ojos del pequeño aguarse, iba a intentar arreglar las cosas refregándose contra él. Pero el niño se adelantó— ¡Perro malo! —un gemido lastimero se dejó escuchar y Kagome abrió grandemente los ojos en cuanto vio que el pequeño tironeaba las sensibles orejas del hanyou a modo de castigo. Esta vez fue el turno de ella de gruñir, dejando entrever sus colmillos, enfrentando a la mujer y su hijo —Ma… mamá… ¡Me gruñen, diles algo! ¡Perros malos, feos, tontos…!
Kagome le pegó un tarascón al maleducado niño para que soltara las orejas de su compañero. Ante esto la mujer no dudó en poner el grito en el cielo, intentando pegarles con su bolso y llamando la atención de los presentes. La azabache miraba a su lado, notando lo adolorido que se encontraba Inuyasha. Comenzó a mirar frenéticamente hacia todas partes en cuanto las personas se acercaron a ver lo que pasaba, algunos agarraron ramas y otras las piedras del sendero. Iban a espantarlos, eso era obvio, y el nivel de pánico en Kagome iba en aumento. En cuanto vio que un hombre tomó la piedra más grande e hizo amague de querer arrojarla su sentido común actuó y se apresuró a salir de la fuente con un sonoro chapoteo.
—¡Sígueme! —ladró e Inuyasha no necesitó escuchar eso dos veces para seguirla, aún atontado por el dolor.
La lluvia de piedras no se hizo esperar, en una clara competencia por el que pudiera darle al par de canes que escapaban presurosos. Una chica un par de años más grande que ella atinó a pegarle en la cabeza con una pequeña pero puntiaguda piedra. Se quejó sonoramente por el dolor y estuvo a punto de derrumbarse, pero Inuyasha disminuyó el paso para otorgarle la delantera y cubrirla. Ese golpe podría ser peligroso.
Cuando vio que la golpearon tuvo ganas de morder a toda esa sarta de infelices, pero podría empeorar las cosas y no quería asustar más a Kagome. Lo mejor era escapar, ya luego se encargaría de partirlos con su espada si volvían a pasar por ese inmundo lugar transformados en humanos. Kagome cruzó la calle siendo seguida de cerca por el enorme perro blanco y doblaron en una de las esquinas menos transitadas para escapar de la furiosa multitud.
Por Dios, y todo esto solo por ese niño. ¡Deberían pegarle a él y enseñarle a no maltratar a los animales!; pensó.
La había perdido de vista por breves instantes, pero una pequeña caja moviéndose al final del callejón le advirtió que alguien había entrado allí hace unos instantes. Olfateó el aire para asegurarse de que era la azabache, el olor dulzón y extremadamente femenino llegó a sus fosas nasales avisándole que dio en el blanco y se obligó a sacudir el hocico. No, no podía dejarse envolver por aquel atrayente aroma. Echó un último vistazo hacia atrás para asegurarse de que ya no los seguían y se adentró con pasos lentos y cansados en el callejón hasta quedar frente a la andrajosa caja que parecía tambalearse, ¿Kagome estaría temblando? ¿Tan asustada estaba?
—Kagome… —llamó y la pequeña caja de cartón se quedó repentinamente quieta— Ya sal de una buena vez —un alargado pero delgado hocico negro se asomó por debajo de una de las solapas con lentitud, como tanteando el terreno.
—¿Ya no hay peligro?
—Ya no hay peligro —consoló.
Kagome terminó por salir de su escondite y se sentó frente a él, vio a Inuyasha fruncir la nariz en cuanto se fijó en la herida en su cabeza que sangraba ligeramente.
—Solo es un rasguño.
—Son unos desgraciados.
—En serio, no es na… —pero no pudo terminar de hablar en cuanto sintió algo húmedo y caliente ser pasado por su herida que escocía ligeramente.
—Hay que limpiar la herida —lo escuchó decir mientras lamía con algo más de fuerza para apartar el abundante cabello del corte. Si hubiera podido, se habría sonrojado, pero gracias a su actual condición él jamás se daría cuenta de la vergüenza que le daba lo que estaba haciendo. Punto para los perros.
—Gracias…
Estuvieron así un rato, donde él la mimaba y consolaba a su manera. Ella se había relajado completamente y la herida ya no sangraba, a pesar de eso las lamidas no disminuyeron.
—¿Por qué crees que no nos transformamos? —mencionó la pelinegra mirándolo a los ojos una vez que dejó de limpiarla.
—No lo sé. Tal vez esa vieja nos mintió —la verdad no le extrañaría que los hubiese engañado.
—No lo creo, yo creo que hicimos algo mal —contradijo mientras movía graciosamente su cola, claramente estaba decidida a encontrarle una solución a ese problema.
—¿Y qué pudimos haber hecho ma…l?
¿Kagome estaba haciendo lo que creía que estaba haciendo?
—Muchas cosas —musitó.
Síp, lo estaba haciendo.
Kagome rio para sus adentros y movió con más insistencia su cola mientras se dedicaba a lamer esas blancas orejitas que tanto le fascinaban y que, en este momento, debían estar realmente doloridas. Era su turno de consolarlo. Vio a Inuyasha tensarse y relajarse luego de unos segundos mientras cerraba los ojos y mecía su cola él también. Le resultaba una grata y placentera caricia, sobre todo por la persona —o perra— que lo ejercía.
—¿Sabes? —musitó sin detenerse— Si hubieras estado en tu forma normal te hubiera dejado golpear a ese niño. Fue muy grosero —él movió con mayor rapidez su afelpada cola ante la sola idea haberse podido vengar—, ¡Pero tampoco debiste morderlo! —y ahora ella le pegó un tarascón a su cuello a modo de correctivo.
—¡Iba a tocarte! —se defendió, perdiendo la paz de momentos antes.
—¿Y? No era nada malo, los niños hacen eso. No iba a dañarme o al menos no hasta que lo mordiste —lo regañó y frunció la nariz, estaba molesta.
—Feh, ¿Qué más da? No es como si eso hubiera cambiado algo realmente, de todas formas nos habríamos ido porque tu idea no funcionó —respondió quitándole importancia al asunto. Aunque eso último no era verdad, si no se hubiera precipitado podría haberle ahorrado aquella herida a la azabache.
—Bueno, yo creo que lo lograremos la próxima vez —se paró sobre sus cuatro patas y su cola se movió denotando su entusiasmo.
—Deja de hacer eso.
—¿El qué?
—Eso. Deja de mover tu cola —Kagome lo vio sin entender y dejó caer su cabeza a un lado demostrando lo confundida que se encontraba—. Tu olor me molesta.
Apenas pronunció esa última palabra vio la negruzca cola ser detenida en el aire y bajarse ligeramente, estaba avergonzada.
—¿Por qué?
—Porque sí.
—Al menos dime la razón. Tal vez pueda…
—Tu olor me parece irritable, ¿Sí? —soltó y vio las orejas de la azabache plegarse hacia atrás y sus ojos cambiar ligeramente— N-no… Yo no quise decir… —trató de corregirse y se incorporó tratando de darle alcance, pero ella retrocedió.
—¿Decir qué? —musitó— ¿Que mi olor no es como el de ella y por eso no soportas tenerme cerca?
¡Y otra vez la burra al trigo! —pensó— ¿Por qué siempre tenía que hablar de más? ¿Por qué siempre ella malinterpretaba todo? ¿Es que no entendía que ella…?
—No, Kagome, tú estás… es… es complicado.
—Ya no digas nada más y vete, Inuyasha —ordenó, ahora adoptando cierto tono demandante—. Quiero estar sola.
—Es que…
—¡Vete! —ladró.
—¡¿Por qué siempre te precipitas y no me dejas explicarme?! ¡¿Ves que sí eres una tonta?! —de inmediato se arrepintió al verla pasar de la tristeza a la ira en un segundo.
—Oh, claro… —sonó extremadamente calma y eso lo alertó— soy tonta… ¡Eso es porque no soy la hermosa e ingeniosa Kikyo! —gritó y casi pudo escuchar sus sollozos de no ser porque estaba transformada— ¡Mejor vete!
—Kagome, escucha…
—¡Lárgate!
Por primera vez Kagome le enseñó sus colmillos, a él, no a la señora que los transformó, a otro perro o a alguien que quisiera dañarlos, ¡A él! Su pelo encrespado, los gruñidos y colmillos, su postura en general le advertían que estaba furiosa pero, sobre todo, terriblemente triste. Tuvo intenciones de avanzar, pero intentó morderle la pata que movió hacia adelante y eso fue lo último que necesitó para terminar de irse. Frunció la nariz y se dispuso a marcharse, no sin antes devolverle los sonoros y amenazantes gruñidos.
—¿Ves que sí estás loca? ¡Siempre malinterpretas todo y…!
—Déjame sola —repitió.
—¿Quieres estar sola? ¡Pues quédate sola y jódete! Eres tú la que no quiere entender.
Soltó un bufido mientras corría a la salida de ese callejón, no pensaba volver.
Continuará…
¡Holis! ¿Ya se pasaron por mi nuevo fanfic llamado "¡Un año a todo drabble!"? Si no lo hicieron, ¡Pues deberían!
¿Qué les pareció este capítulo? Iba a hacerlo más largo y llegar al final pero creo que amerita uno más ;)
¡Gracias por sus numerosos reviews! Supongo que, si dispongo del tiempo necesario, habrá lemon en el siguiente capítulo 7u7
Dato curioso: El abuelo no es el padre de Naomi, como todos creían, sino el padre de su difunto esposo. Es decir, el abuelo paterno de Kagome.
P.D.: Hoy atrapé un conejo en mi casa, se le escapó a un vecino y NO pienso devolverlo. ¡Es una hermosa coneja blanca con manchas marrones súper delicadas! Se llama "Nymeria". La persona que sepa de dónde es el nombre será mencionada en el próximo capítulo 7u7
12.1.19
