Damon observó cada detalle de la sala de estar con infinito interés. Fotos de Elena en todas las edades, de su familia, llenaban estanterías y paredes. La joven lo había acomodado en el sofá más grande, justo enfrente de la chimenea que ella se esforzaba por encender sin mucho éxito. Hacía rato que quería levantarse a ayudarla pero verla de rodillas, con las manos y la cara manchadas de barro, con todos los palos alrededor, el pelo enmarañado y casi sin aliento, le pareció la cosa más adorable del mundo.
Quién demonios se había apoderado de él. Se sentía ansioso, como cuando te ponen un plato de tu comida preferida delante y tú estás más que hambriento, que sientes que no sabes por dónde empezar, que quieres devorarla de un solo bocado. Eso le pasaba a él con ella. Quería saberlo todo y quería saberlo ya, quería divagar por los rincones más recónditos de su mente y sabía que para él, más que para cualquier otra persona, sería extremadamente fácil llegar hasta ellos.
Sin embargo, estaba el hecho de que ella era benditamente perspicaz y buscaba cada silencio y respuesta de él para indagar aún más en lo sucedido. Era por eso que, aunque quisiera soltarle mil y una preguntas de una vez y que ella respondiera una por una, gesticulando, sonriendo y levantando la mirada para recordar, haciendo que él, por alguna extraña razón, se desbocara por completo, fuera cauto y cuidara cada palabra.
-Así que eres la típica pobre chica huérfana que todo el mundo intenta consolar y entretener para que deje de pensar en sus padres muertos, ¿no? –dijo Damon después que ella le contase acerca de la muerte de sus padres y su situación familiar actual.
Para sorpresa del joven, Elena río. Se puso en pie y tras de ella el fuego creció, había conseguido encender la chimenea.
-¿Sabes? Me recuerdas a alguien –le miró y volvió a mirar el fuego. Parecía melancólica pero divertida-, alguien que me obliga a reír siempre que no puedo más.
Damon evadió su expresión totalmente consciente de por dónde iba ella: -¿Y por qué te ríes si intentaba ser grosero?
-¿Y por qué intentabas ser grosero a propósito?
-¿Y por qué no? No soy de los que se compadecen de la muerte, ni mucho menos de los vivos. Los que están muertos son tus padres, qué pena por ellos que ya no puedan disfrutar de las ventajas de existir, que no de vivir. Pero no que pena por cómo se sientan los que aún están vivos y pierden a alguien…-Elena lo miraba absorta- vergüenza es lo que siento de todos aquellos que siguen viviendo mientras sus seres queridos mueren y se hunden en la miseria. ¿Qué habrían querido tus padres Elena? ¿Qué vivieras como una jodida zombie o que siguieras con tu vida venerando su recuerdo con fuerza y decisión y dejaras de una maldita vez de compadecerte a ti misma?
Patapum. Hostión de realidad.
-¿La gente no se cansa de que cuestiones su forma de vivir las cosas? –definitivamente aquella pequeña idiota le volvía loco. No sólo no se había achantado si no que, además, le hacía frente- Por si nadie te lo ha dicho, don lecciones de vida, no todo es blanco o negro, para llegar a un punto o al otro debemos pasar por el punto gris y cuando de verdad quieres a alguien, sea de la forma que sea es un proceso lento. Si tú no has tenido corazón en tu vida es cosa tuya, pero alguien a quien una desconocida ha debido rescatar de la carretera cubierto de sangre, que no tiene donde caerse muerto en este preciso instante, no debería ir por ahí dando lecciones de vida.
Patapam. Hostión de vuelta.
En este caso fue Damon quien rio. La situación le fascinaba. Elena se había sentado en el sofá de enfrente y estaba prácticamente doblada hacia delante mientras le soltaba su discurso. A fuera seguía lloviendo y el cielo se iba poniendo cada vez más negro. Dentro solo una lámpara de mesa y la chimenea iluminaban la estancia y a ambos les pareció que no había situación más íntima que esa.
-¿Ves que me importe, Elena? –ésta jadeó, era la primera vez que la llamaba por su nombre desde que lo encontrara en el bosque. Además su tono ya no era para nada divertido, sonaba serio y sugerente a la misma vez-, no puedes pensar cada paso de tu vida. Créeme que no esperaba acabar como me encontraste pero tampoco voy a hacer un drama con eso y te aseguro que el hecho de no tener donde caerme muerto en esta ciudad no me define en absoluto. Deberías darte cuenta y mirar dentro de ti para darte cuenta de que hay más de lo que en realidad somos conscientes y debemos vivir la vida en consecuencia.
Elena sonrió y apartó la mirada.
-¿Un chocolate?
Damon asintió y ella le pasó el mando de la televisión al pasar por su lado para ir a la cocina. Maldita sea el estúpido capullo y todas sus lecciones de vida. Le había dado a Elena donde más le dolía. Mil veces había pensado si sus padres estarían felices de verla, mil veces se había planteado el dejarse llevar y que la vida pusiera en su camino lo que tuviera que poner. Pero eso eran los deseos más ocultos de su corazón y nunca los sacaría a la luz. Ella tenía que ser responsable, tenía un hermano menor del que cuidar, una tía a la que hacer el trabajo más fácil, porque ellos también lo estaban pasando mal. Sin embargo, en ningún momento se paró a pensar que quizá ella estaba asumiendo el papel de sufridora, que ellos ya habían pasado página y ella seguía con su dolor porque alguien en la familia tenía que hacerlo.
El olor a quemado del chocolate la sacó de sus pensamientos. Lo puso en dos tazas y lo dejó en la encimera para que se enfriara un poco.
-¿Damon? –preguntó Elena desde el marco de la puerta aún aturdida por sus preocupaciones.
-¿HHmmm? –contestó Damon embelesado con un canal de deportes.
-Voy a darme una ducha rápida mientras se enfría un poco el chocolate.
Sin mirarla el joven hizo el gesto del "OK" con la mano.
- …no tardo nada…-sonó tan vacio que Damon giró la cabeza de inmediato, pero ella ya estaba escaleras arriba.
Sólo dudó medio segundo, instantes después fue tras ella.
Elena estaba ante el espejo de su habitación en ropa interior, con una mano se sujetaba la melena en alto y con la otra acariciaba algo q tenía en la espalda, conforme se acercó a ella se dio cuenta de que era una cicatriz.
Elena le había visto acercarse a través del espejo y por alguna extraña razón permaneció quieta, los ojos azul intenso de Damon se clavaban en los suyos reflejados en el cristal, y aunque sonara de locos, tenerle detrás, la forma en que la miraba, la hacían sentirse cómoda, era la primera vez desde que sus padres muriesen que dejaba a alguien acercarse tanto, en todos los sentidos. Apenas habían hablado, y no llegaba a un día el tiempo que le conocía, pero aquel hombre transmitía paz.
Cuando Damon estuvo a apenas unos centímetros de ella, cerró los ojos, bajó la nariz hasta la base de su cuello e inspiró. No entendía por qué quería darse una ducha, olía increíblemente bien, a canela, a fresa, a Elena... Dejándose llevar movió la nariz rozando su piel, subió por el cuello y volvió a bajar hasta el hombro, haciendo que la piel de ella se erizara ante su contacto y la obligara a cerrar los ojos cayendo en la espiral que él le estaba provocando mientras inspiraba y memorizaba su olor.
Elena continuaba exactamente en la misma posición hasta que él, empezó a acariciar con las puntas de sus dedos desde el costado hasta el hombro, su brazo, su cuello, su nuca, deslizando de forma suave, dejando que su piel la rozase en la manera justa para volverla loca…cuando llegó a su espalda y encontró su mano tapando la cicatriz, él bajó más la cabeza y besando cada uno de sus dedos los fue apartando poco a poco hasta llegar a la fea cicatriz que llevaba en la espalda.
-Se borrará –ella supo que no se refería a la marca de su piel.
Damon apartó la mano con la que Elena sujetaba la melena y la dejó caer, el olor a lluvia, a limpio, a casa…que desprendía su pelo se le metió por la nariz y chocó contra su cerebro creando devastación.
Joder.
Suspiró y se giró para alejarse, pero la mano de ella agarró la suya.
Elena no tenía idea de qué estaba haciendo pero en su interior el anhelo crecía a la velocidad de la luz, el anhelo de atraerle contra ella y meterse entre sus brazos. No tenía la menor idea de por qué estaba sintiendo todo eso por un extraño. Él la miraba fijamente, no se había extrañado por su contacto si no que la había apretado y ahora le acariciaba el dorso con el pulgar. Santa maría, su contacto le producía escalofríos y solo le estaba tocando la mano. Cerró los ojos y suspiró como antes había hecho él, cuando los abrió Damon la miraba divertido.
-Necesito tumbarme –dijo él con voz ronca y aplicando el doble sentido por completo, mientras estiraba de la mano de Elena.
Ella sonrió y estiró también pero para soltarse.
-El chocolate ya debe estar frío –contestó ella con una media sonrisa.
Damon agachó la cabeza en gesto de derrota y mientras cruzaba el umbral de la puerta alzo un poco la voz: -El tuyo también se está enfriando.
-Bajo en un minuto –contestó Elena mientras cerraba la puerta.
