NdA: Gracias a todos por leer y comentar!
Capítulo 4
Sin nada que hacer excepto esperar a que llegara el día adecuado para mandar el mensaje no había mucho que les impidiera follar mañana, tarde y noche. Las horas pasaban a lo lejos mientras exploraban sus cuerpos, sus diferencias, sus parecidos, lo que les gustaba y lo que no. Jim sabía algunas cosas superficiales sobre la fisiología de los vulcanos y además había visto a Spock desnudo antes –las duchas del gimnasio de la nave, alguna habitación compartida durante alguna misión en la superficie-, pero no era lo mismo que acariciarlo con la lengua y los dedos hasta que, cerca del orgasmo, sus testículos salían de su escondite habitual, redondos como canicas, ni que averiguar la clase de ruidos que era capaz de arrancarle con la cara enterrada en su culo. Y Spock sentía una curiosidad maravillosa hacia la próstata, órgano del que los vulcanos carecían. Eso significaba multitud de experimentos deliciosos. Jim nunca había tenido problemas en dejar que sus amantes femeninas jugaran con su culo, si era eso lo que les apetecía, pero no por nada Spock era el mejor oficial científico de la Flota Estelar.
Una tarde, después de muchos circunloquios, Spock le habló del pon farr, de lo que era y de lo que significaría para Jim, si el vínculo entre ellos estaba completado para entonces.
-Vale, a ver si lo he entendido –dijo Jim, después de recuperarse de la sorpresa-, cada siete años te verás sometido a un impulso biológico irresistible e incontrolable que te empujará a volver a Nuevo Vulcano y buscar una pareja con la que aparearte, cueste lo que cueste. Si no lo consigues, el estrés hormonal y neuroquímico que provoca el pon farr te acabará matando en pocos días de manera inevitable. Y si yo soy tu pareja, ese impulso de apareamiento estará centrado únicamente en mí.
-Todo eso es correcto –contestó Spock, que apenas podía mirarlo a la cara.
Y por lo que le había insinuado, en ese estado no sería capaz de tomar un no como respuesta. Pero Jim habría hecho mucho más que eso por salvarle la vida y la perspectiva del pon farr, aunque extraña, no dejaba de excitarlo un poco. Además, ¿qué iba a hacer? ¿Decirle que no y perderse el vínculo y encima tener que ver cómo Spock pasaba el pon farr con otra persona?
-Muy bien, pues me considero informado y todavía quiero seguir adelante. Por supuesto que quiero.
Spock se giró por fin hacia él, sus ojos castaños llenos de emoción.
-Jim. –Con una mano le rozó la mejilla, la sien y Jim notó los fogonazos de sentimientos cálidos e inmensos-. Eres la criatura más extraordinaria del universo.
Jim le puso la mano en la nuca y lo besó suavemente.
-Estoy bastante seguro de que ese eres tú, Spock.
Cuando dormían, lo hacían pegados el uno al otro y alguna que otra vez sus sueños se entremezclaban y Jim se encontraba buscando su sehlat por el desierto de Vulcano o Spock se despertaba y le describía la vieja casa de Riverside. La intimidad con un telépata se volvía ciertamente borrosa y Jim estaba seguro de que con cualquier otra persona, se habría sentido agobiado. Con Spock, resultaba tan natural como el respirar.
Lo mejor de todo era que aunque su relación había cambiado tanto, al mismo tiempo había cambiado muy poco. Hablaban de las mismas cosas, seguían jugando al ajedrez y viendo series y Jim todavía pinchaba a Spock de vez en cuando y Spock todavía le dedicaba su expresión de "con lo tranquilo que estaría yo entre vulcanos". Era como siempre, pero aún mejor. Y si hubieran podido estar a bordo de la Enterprise, viviendo la vida que realmente debían llevar, habría sido perfecto.
Aunque les costaba mantener las manos alejadas del otro, fuera de casa trataban de mantener las apariencias. Los vulcanos no eran muy dados a las expresiones públicas de afecto y además Jim había leído que era una época en la que las relaciones homosexuales todavía estaban mal vistas por parte de la sociedad y no sentía deseos de meterse en líos. Aun así, no debían de estar haciendo un gran trabajo disimulándolo. Rose lo notó a los dos minutos de verlos y lady Dandelion dio un chillido de éxtasis nada más cruzárselos en la puerta del ascensor.
-Oh, ¡no puedo creerlo! –exclamó, llevándose una oscura mano enjoyada al pecho-. ¡Mis dulces niños de verano! ¡Quiero todos los detalles!
-Esa petición es inaceptable –contestó Spock, con absoluta calma.
Pero Jim se reía con incredulidad.
-Dandy, ¿cómo puedes saberlo? Todo lo que hemos hecho ha sido salir del ascensor.
-Cariño, esas cosas se notan. Oh, sabía que era inevitable: tanta deliciosidad junta no podía acabar de otra manera.
Spock le dirigió una mirada vagamente decepcionada.
-Lady Dandelion, "deliciosidad" no es una palabra.
-Sí que lo es, bollito de caramelo. –Jim se tragó una carcajada a duras penas, lamentando que Bones se hubiera perdido ese momento, y lady Dandelion le guiñó el ojo-. Todos estos tan serios e intensos luego te dan la sorpresa en la cama, ¿a que sí?
A Jim se le ocurrieron media docena de respuestas igual de deslenguadas o más, pero sabía que Spock nunca se lo perdonaría, y en vez de eso se llevó la mano al pecho, burlón.
-Soy un caballero y no hablo de esas cosas. –Y estiró a Spock de la mano para llevarlo hacia la puerta antes de que las cosas se pusieran demasiado salaces para sus vulcanos oídos-. Nos vemos, Dandy, buena suerte en la función de esta noche.
-Gracias, tesoro.
Mientras ella se metía en el ascensor, ellos salieron a la calle, donde el frío mordía de lo lindo. Spock se ajustó la bufanda.
-Obviamente no poseo ninguno de los atributos de un bollito de caramelo.
Jim reprimió como pudo otra carcajada y le dirigió una mirada lo más inocente posible.
-¿Los dos sois dulces?
Spock alzó una ceja.
-Jim, no hay necesidad de insultar.
Jim rió entre dientes.
-Lady Dandelion sólo es efusiva. Me recuerda un poco a aquellos rigelianos que conocimos en las conferencias de Deneb VIII.
-Sin duda se toma las mismas familiaridades que ellos –dijo, con resignación. El pobre debía de estar recordando los abrazos en grupo.
El hijo de Rose apareció por la esquina con su mujer, probablemente con la idea de ir a visitar a su madre. Jim lo saludó educadamente, esperando que la cosa quedara ahí, pero Palmer le hizo una señal a su mujer para que siguiera adelante y se desvió para hablar con ellos.
-Todavía por aquí, por lo que veo.
-Nos gustaría quedarnos a hablar con usted, pero nos vamos al cine y no queremos llegar tarde.
-He mirado un poco por ahí. No parece haber mucha información sobre ustedes en ningún sitio.
Jim se obligó a soltar una pequeña risa despreocupada y a mirar a Spock como si estuviera compartiendo la hilaridad con él.
-Señor Palmer, debe de tener mucho tiempo libre para malgastarlo así.
-Ya veremos.
-Interesante… -intervino Spock-. ¿Quién cree que somos, señor?
Palmer miró a Spock de arriba abajo y luego hizo lo mismo con Jim.
-No lo sé. Pero lo averiguaré.
Sin decir nada más, dio media vuelta y echó a andar hacia el edificio. Jim, todavía tratando de actuar como si aquello no tuviera importancia, le hizo un gesto a Spock para que se pusiera en marcha también, pero en cuanto lo perdieron de vista dejó de fingir.
-Esto no me gusta. Por sí solo no creo que sea peligroso, pero si se vuelve tan suspicaz como para alertar al FBI o a la NSA, entonces sí que podríamos tener serios problemas. –Jim tomó aire y se llevó las manos a la espalda, entrando en modo capitán-. Señor Spock, ¿podría usar su telepatía con él para hacer que deje de sospechar de nosotros?
-Puedo hacer que se olvide por completo de nosotros, pero no puedo borrar sus sospechas de manera permanente.
-No, eso no solucionaría nuestro problema, sólo crearía otros distintos.
-Capitán, la suspicacia del señor Palmer parece deberse principalmente a nuestra relación con su madre. Quizás deberíamos reducir nuestro contacto con ella.
Jim lo consideró un momento. Le tenía mucho cariño a Rose, pero eso era irrelevante comparado con todo lo que estaba en juego.
-Dejaremos el apartamento; no creo que Palmer siga interesado en nosotros una vez estemos fuera de la vida de su madre. Empezaremos a buscar piso mañana.
-Muy bien, señor.
Unos días después, al regresar de mirar un estudio cerca de Manhattan (demasiado caro y pedían demasiada documentación), se encontraron a una Rose llorosa hablando por el móvil en la puerta de su casa, como si estuviera a punto de irse.
-No me digas que no vaya, por Dios, ¿cómo no voy a ir? Mira la hora que es, ya es de noche, el pobre está solo allí… ¡Por supuesto que puedo hacer algo, puedo ayudar a buscarlo! ¡Andrew!
Jim se detuvo, no podía pasar de largo.
-Rose, ¿qué ocurre?
-Oh, Jim… Es mi nieto Alan. Su clase se ha ido hoy de excursión a las montañas de Adirondack y él y un amiguito suyo han desaparecido, se han extraviado. Llevan ya tres horas buscándolos, hasta la policía está ya allí, pero no los han encontrado y con el frío que hace…
Jim comprendió rápidamente el peligro y le apretó el brazo con compasión, apenado por todos ellos.
-Rose, lo siento…
Ella sacó un pañuelo de papel arrugado y se sonó la nariz.
-¿Cómo han podido perder a dos niños de ocho años? Nunca deberían de haberles quitado la vista de encima.
-Seguro que los encuentran.
Pero mientras lo decía se acordaba de algo que había pensado al atravesar ese portal y encontrarse en el Nueva York de principios del siglo XXI, que aquella aún era una época en la que una persona podía perderse para siempre en las montañas. Quizás Alan y su amigo tendrían suerte y los localizarían. Quizás no. Y Rose lo sabía.
Jim tomó una decisión y estiró suavemente del brazo a Spock para alejarlo un par de metros.
-Spock, con el tricorder…
-No deberíamos tener problemas –le confirmó-. Pero capitán, si aparecemos con los niños la policía puede querer hacernos preguntas.
Aquello sólo le hizo dudar una fracción de segundo.
-Lo sé, Spock. Buscaremos la manera de evitar esa situación.
-Muy bien, señor –dijo, con una prontitud que revelaba que estaba de acuerdo con el plan.
Jim esperó. La sensación de repulsión que causaba el portal no apareció, parecían tener vía libre para ayudar.
-Rose… -dijo, girándose de nuevo hacia ella-. Intentaremos encontrarlos.
Rose, que estaba llamando a alguien por el móvil, los miró con confusión.
-¿Qué?
-Somos buenos encontrando gente. Nos cambiaremos y saldremos para allá, ¿de acuerdo?
-¿Vais a ir? Oh…
-Sería de gran ayuda saber dónde fueron vistos por última vez –dijo Spock-. Es probable que nos movamos por zonas donde no haya cobertura, pero aun así intente mantenernos informados de cualquier novedad que se produzca para que podamos actuar con más eficacia.
-Chicos… No sé qué decir…
Había algo de escepticismo en su gratitud, como si no estuviera muy segura de que su ofrecimiento fuera a cambiar las cosas. Jim no se lo tomó a mal: ella no podía saber que tenían un tricorder ni lo que podían hacer con él. Pero él sí lo sabía y estaba decidido a encontrar a aquellos críos. Era lo mínimo que podían hacer por Rose, después de lo amable que había sido siempre con ellos.
Spock y él entraron a casa y fueron a por su ropa de más abrigo. Como habían hecho alguna que otra excursión aquellos meses por los parques naturales que rodeaban Nueva York tenían botas adecuadas para andar por el monte.
-Encuentro sorprendente que el portal nos deje buscar a los niños –comentó Spock, mientras se ataba los cordones-. A veces sus límites parecen de lo más arbitrarios.
-Teoría del caos cien por cien.
-Indudablemente.
-De todos modos, es mejor no vender la piel del oso antes de cazarlo. –Spock dio un micro-respingo y alzó una ceja llena de interrogantes-. Frase hecha. Creeré que podemos encontrarlos cuando los encontremos.
Cuando llegaron a la zona en la que se habían perdido los dos niños eran ya las nueve de la noche y la temperatura rondaba los diez grados bajo cero. La partida de búsqueda todavía no se había retirado y había policías con perros, guardias forestales, familiares angustiados y unos cien voluntarios peinando la zona. Spock y él se mezclaron con un grupo y después se metieron entre los árboles con las linternas apagadas para quedarse solos. Mientras Jim le alumbraba con la luz del móvil, más discreta, Spock consultó el tricorder.
-Detecto dos formas de vida humana a 3'764 kilómetros de aquí en dirección noreste. –Jim sonrió con satisfacción-. Sus constantes vitales parecen un poco débiles.
-Deben de ser ellos. Vamos.
Como todavía no estaban lejos de la gente que también buscaba a los niños, hicieron esa primer parte del camino casi a oscuras, alumbrándose con el móvil cuando lo necesitaban. Cuando Spock, cuyo oído vulcano era más fino que el de Jim, dijo que estaban ya lo bastante distanciados del grupo, encendieron las linternas y se preocuparon menos de no hacer ruido. De vez en cuando, Spock consultaba el tricorder: los niños seguían quietos y a juzgar por sus señales vitales, estaban mostrando ya los primeros síntomas de hipotermia. Jim apresuró el paso, preocupado por si llegaban demasiado tarde, aunque no era fácil caminar por aquel terreno. Si él estaba empezando a fantasear con baños de agua caliente, no quería ni pensar cómo debían sentirse los dos críos.
El bosque parecía estar ahora silencioso, casi muerto, pero de vez en cuando escuchaban ruidos de pasos furtivos por el suelo crujiente. Además de los osos y serpientes de cascabel que estaban hibernando, había animales por allí dispuestos a desafiar el frío: linces, alces, coyotes. Según decían, hasta leones de montaña. El tricorder y los agudos sentidos de Spock les ayudaban a evitarlos.
-No me sorprende que se produzcan tantas desapariciones en esta zona –comentó Spock-. Hay muchos tramos de difícil acceso.
-Y animales hambrientos –dijo, lamentando no tener a mano un phaser-. ¿Cuánto queda para que lleguemos?
-Un kilómetro. El estado de los niños sigue empeorando, pero si continuamos a este ritmo tendremos tiempo de sobra para llevarlos hasta los servicios médicos antes de que sufran daños graves.
-Perfecto. –Intentando mostrar optimismo, añadió-: Si esto acaba bien, lo consideraremos un paseo romántico a la luz de la luna.
-Confieso que nunca he terminado de entender el concepto de romanticismo que tienen los humanos.
-¿Qué consideran romántico los vulcanos? –Jim casi se echó a reír cuando vio a Spock exprimiéndose claramente la cabeza en busca de algo que responder-. Déjalo, no te esfuerces.
-¿Qué consideras romántico tú?
Jim le sonrió.
-Supongo que en realidad los paseos me parecen bastante románticos, si se dan en el lugar adecuado y con la persona adecuada. Y en el momento adecuado, obviamente. Estar tumbados frente al fuego de una chimenea mientras fuera llueve o nieva. Mirar las estrellas juntos.
Spock pensó un poco.
-No encuentro objeciones lógicas a esos escenarios.
Jim le dio un beso rápido en la mejilla.
-Eres un poeta, Spock. Lo cual me recuerda, por cierto, que te he visto leer los sonetos de Shakespeare y las obras de Byron. Algo de romanticismo debes tener por ahí.
-Sólo trato de mejorar tanto mi inglés como mis conocimientos de cultura terrestre. Al fin y al cabo, también soy medio humano.
-Ah, por supuesto –dijo, sin creer ni media palabra-. Debí de haberlo imaginado.
Spock se lo quedó mirando como si estuviera tratando de discernir hasta qué punto era sincero y Jim le correspondió con su expresión más inocente, riendo para sus adentros cuando lo vio dejar el tema sin quedar convencido del todo. El momento de ligereza desapareció con la misma rapidez con la que había llegado y los dos volvieron a concentrarse en lo que estaban haciendo. Ahora estaban a menos de medio kilómetro de distancia de los niños. El tricorder los guiaba entre los árboles, conduciéndoles sin vacilaciones hasta su objetivo.
-Allí –señaló Spock.
Jim salió corriendo en esa dirección, seguido de Spock, y encontraron a los niños sentados hombro con hombro bajo un árbol, los dos semiinconscientes.
-Eh –dijo, cayendo de rodillas frente a ellos. Alan, al que reconoció por las fotos, entreabrió los ojos, pero no reaccionó. El otro, Hunter, no se movió en absoluto, aunque Jim podía ver el vaho de su respiración-. Eh, ¿podéis oírme? Spock, la mochila.
Spock ya estaba sacando la manta ligera que habían empaquetado. Alan se dejó levantar, pero cuando pusieron a Hunter de pie, el crío soltó un grito de dolor.
-Parece tener una fractura o una torcedura –dijo Spock.
Eso no lo podían solucionar, así que Jim se concentró en lo que sí estaba en sus manos.
-De acuerdo, vamos a envolverlos en la manta.
Como iban a colocarlos cara a cara, Jim primero les desabrochó sus cazadoras para que se dieran calor corporal mutuamente y después enrolló la manta alrededor de ellos. Spock los alzó sin esfuerzo, con un brazo sujetando la zona de los hombros y otro, la de las piernas y colocándolos de manera que estaban los dos de lado, y no uno encima del otro.
-¿Vamos a ir a casa? –preguntó uno de los niños.
-Sí, dentro de poco estaréis con vuestros padres –les prometió Jim-. Sólo tenéis que aguantar un poco más, ¿de acuerdo? Todo habrá acabado enseguida.
Esta vez era él quien llevaba el tricorder y en cuanto vio que había un grupo de búsqueda a algo menos de un kilómetro de allí, Jim tomó aquella dirección. De vez en cuando se giraba para dedicarles a los niños algunas palabras de ánimo y asegurarse de que Spock no empezaba a acusar el peso que cargaba, aunque sabía que sesenta o setenta kilos para un vulcano no era nada.
Cuando distinguieron a lo lejos las luces del otro grupo, Jim hizo señales con su propia linterna para atraer su atención.
-¡Eh! –gritó, sin dejar de caminar hacia ellos-. ¡Los hemos encontrado! ¡Eh!
Por fin, los otros pudieron escucharlos y algunos salieron corriendo en su dirección para reunirse con ellos.
-¡Los habéis encontrado!
-¡Han encontrado a los niños!
En cuanto el primer tipo estuvo lo bastante cerca, Spock se plantó delante de él y le entregó a los críos envueltos todavía en la manta. Jim no le dio tiempo a poner objeciones.
-Los dos están en las primeras etapas de la hipotermia y Hunter tiene también un esguince o una fractura de tobillo. –Los demás estaban llegando también y uno de ellos ayudó al otro hombre con los niños-. Necesitan atención médica lo antes posible, ¿entendido? Vamos, en marcha, no hay tiempo que perder.
Los hombres obedecieron instintivamente, aunque algunos parecían un poco confundidos, pero cuando Spock y él dieron media vuelta y empezaron a alejarse en dirección contraria, dos o tres se detuvieron para llamarlos.
-¡Eh, esperad! ¿Dónde vais?
-Pero ¿quiénes sois?
Jim contestó sin girarse.
-¡Vamos, nosotros no queremos publicidad y ellos quieren volver con sus padres!
Aquello pareció convencerles. Alguien dijo que eso era lo importante, otro se mostró de acuerdo y pronto pudo oír a sus espaldas el ruido de la gente alejándose. Cuando Jim miró hacia atrás vio que, efectivamente, nadie los seguía.
-Bueno, señor Spock –dijo, dándole una mano enguantada-, ¿qué le parece si volvemos a casa?
-Una sabia decisión, capitán.
Jim estaba explicándole a Spock cómo en su sueño Bones y ellos dos habían hablado con Piesgrandes cuando llamaron a la puerta. Mientras Spock se ponía el gorro, él fue a abrir. Para su sorpresa, pues la imaginaba en el hospital o en casa de su hijo, era Rose, quien iba acompañada de Palmer.
-Jim… -dijo ella, mirándolo con lágrimas de emoción en los ojos-, ¿podemos pasar?
-Claro…
Spock se había puesto de pie.
-Buenos días, Rose. Buenos días, señor Palmer.
Si ella parecía estar conteniendo las ganas de abrazarlos a ambos, él era una mezcla de emociones: vergüenza, gratitud. Jim lo tuvo claro: de algún modo, habían averiguado lo sucedido.
-¿Está Alan bien? –preguntó, sin querer reconocer nada aún.
-Esta mañana le han dado el alta y está en casa, con su madre, su hermano y sus otros abuelos –dijo ella, sonriendo-. Jim, Spock… ¿es que ni siquiera ibais a contármelo a mí?
-¿Contárselo?
Rose sonrió aún más.
-Anoche cuando os llamé os dije que uno de los grupos los habían encontrado, pero vosotros sabéis que no fue así, ¿verdad? Luego descubrí la verdad: los encontraron dos hombres blancos de treinta o treinta y cinco años que dijeron que no querían publicidad. Uno alto, muy serio, de pelo negro y algo largo. Otro un poco más bajito, con ojos muy, muy azules. ¿Conocéis a alguien así?
Jim sabía que ya no podía ganar más tiempo y comprendió que seguir negándolo no convencería a Rose ni a Palmer de nada.
-Es verdad que no queremos publicidad.
Al momento se encontró recibiendo un efusivo abrazo de Rose.
-Oh, Jim… ¡Muchísimas gracias! ¡Le habéis salvado la vida! –Jim sonrió, contento de verla tan feliz. Rose le dio un beso en la mejilla y, separándose de él, se giró hacia Spock-. ¿Puedo darte un abrazo, aunque sea uno pequeñito?
Spock asintió, indulgente, y recibió también un abrazo. Jim, mientras, se fijó en Palmer, que estaba casi en shock y pareció necesitar un esfuerzo para poder mirarlo a los ojos.
-No sé qué decir… Mi hijo… Estoy en deuda con vosotros.
-No es nada, nos alegramos de poder haber sido de ayuda –dijo Jim, dándose cuenta de que ya no tenían que preocuparse de él y sus sospechas.
-Siento haber pensado que… Lo siento.
Jim le dirigió una sonrisa breve y sincera, más que dispuesto a hacer borrón y cuenta nueva.
-Disculpas aceptadas.
Spock inclinó levemente la cabeza para indicar que él sentía lo mismo.
-Si hay algo que podamos hacer por vosotros… -dijo Palmer.
-No os preocupéis, de verdad. –Las muestras de gratitud no le incomodaban y como capitán, tenía experiencia recibiéndolas, pero aquella vez, realmente, no creía que Spock y él hubieran hecho nada especial. Cualquiera habría podido encontrar a los niños con un tricorder. Cualquiera de las personas que habían estado buscando la noche anterior se merecía el mismo agradecimiento-. Somos buenos rastreando gente y tuvimos suerte.
-Nos conformamos con que nos ayuden a mantenernos lejos de la prensa –añadió Spock.
Rose y su hijo no parecían convencidos todavía y se resistían a marcharse. Palmer quería invitarlos a cenar en su casa aquel sábado y cuando Jim intentó rehusar, insistió diciendo que sólo estarían ellos, su mujer y los dos niños, que no se lo dirían a nadie para respetar su privacidad. Jim miró a Spock en busca de su opinión, pero a juzgar por su cara, éste estaba dispuesto a apoyar por igual cualquier decisión.
-Está bien –dijo al final.
Ser un héroe anónimo era más difícil de lo que había pensado.
La casa en la que vivían Andrew Palmer y su familia era exactamente como Rose les había descrito: grande y lujosa, con un amplio jardín que incluía una piscina, ahora tapada con una lona, y macizos de flores bien cuidados. Spock y él se habían comprado trajes un poco elegantes para la ocasión, pero Spock seguía llevando un gorro de lana calado hasta las orejas, lo cual estropeaba un poco el efecto. Nadie comentó el hecho de que Spock no se lo quitara cuando entraron al salón, bien caldeado, y Jim supuso que debían considerarlo una de sus peculiaridades.
La mujer de Andrew, Stephanie, les recibió con calor, dándoles las gracias una y otra vez. Los niños parecían algo intimidados al principio, sobre todo Alan, como si no supiera actuar delante de ellos o no estuviera seguro de si eran reales, pero para cuando se sentaron a la mesa los dos ya parecían haberse acostumbrado a su presencia y se lanzaron a por la comida con entusiasmo. Jim comprobó que no sólo había suficientes platos vegetarianos para Spock, sino que Stephanie parecía estar un poco obsesionada con la comida sana, mucho más aún que Bones, y creía haber encontrado alguien que compartía sus vehementes opiniones sobre el kale, la quinoa y las grasas trans, fueran lo que fueran esto último. Era un tema bastante seguro y Jim decidió centrar su atención en las costillas que le habían servido a él, doradas y goteantes de miel.
-Está buenísimo.
-Gracias, Lucía es una cocinera espectacular. Trato de mantener a mi familia alejada de las grasas, pero hoy era una ocasión especial. Mi pobre Alan… Cada vez que lo pienso me entran los nervios.
-Estoy bien, mamá. –Se giró hacia Jim con aire fanfarrón-. Casi pierdo dos dedos.
Jim se apresuró a lanzar un silbido impresionado.
-Tu amigo y tú fuisteis muy valientes.
-Siento que hayan publicado esa foto en los periódicos –dijo Palmer-. Os aseguro que nosotros no hemos tenido nada que ver.
Dos días después del rescate algunos medios de comunicación habían mostrado una foto que les debía de haber hecho alguien con el móvil mientras se marchaban después de haber entregado a los niños. Estaban prácticamente de espaldas, sólo se veía un poco de su nariz y barbilla, así que Jim no le preocupaba que pudieran ser reconocidos por la calle.
-Lo sabemos, tranquilo. Es una foto bastante mala.
-Y no os preocupéis tampoco por el juicio. No necesitaremos vuestra colaboración.
-¿Juicio? –repitió Jim, sin saber de qué hablaba.
-Hemos denunciado al colegio, obviamente. Esto no va a quedar así.
-¿Por qué eres un poco verde?
Jim se giró rápidamente hacia el hermano pequeño de Alan, Jeremy, que estaba observando a Spock con interés.
-Jeremy, ¡no se hacen comentarios sobre el tono de piel de la gente! –exclamó Stephanie, roja como un tomate. Jim vio que Palmer también parecía mortificado. Rose, sin embargo, tenía una expresión especulativa, como si se estuviera haciendo la misma pregunta que su nieto-. Spock, lo siento muchísimo, no queríamos ofenderte.
-No me he ofendido –aseguró, aunque probablemente los demás no le creerían porque lo había dicho con su cara seria habitual. Después se giró hacia el niño-. Mi padre no es completamente blanco y por eso mi tono de piel es distinto.
Los Palmer se apresuraron a cambiar de tema mientras Jim reprimía una sonrisa ante la respuesta de Spock. Los vulcanos quizás no mentían, pero en aquellos siete años el suyo había aprendido a jugar bastante con la verdad.
Jim estuvo con un ojo pendiente en las noticias por si hablaban más de los rescatadores misteriosos, pero el tema murió en pocos días; en el mundo pasaban diariamente demasiadas cosas como para prestarle demasiada atención a aquello. Ahora que no tenían que preocuparse por mudarse, Spock y él retomaron su rutina habitual de sexo, ajedrez y excursiones a museos. Jim había dejado de sentir impaciencia por la espera: dada la incertidumbre que les esperaba, cada día juntos era un regalo.
De vez en cuando, al acabar su meditación, Spock le comentaba que el vínculo entre ellos iba creciendo con fuerza. Jim tenía la impresión de que empezaba a sentirlo, como un toque fresco y limpio en el fondo de su mente.
-Pronto llegará el momento en el que no podré detener su crecimiento si no rompemos también la relación.
Jim le dio unas palmaditas al sofá invitando a Spock a sentarse a su lado.
-Sí, bueno, no tengo muchas ganas de romper la relación. ¿Y tú?
-Sería ilógico, considerando nuestra compatibilidad.
-¿Ves? No hay más que hablar. El reglamento no dice nada en contra de estos vínculos, ¿no? –Estaba bastante seguro de que no, pero valía la pena confirmarlo.
-No. Habría sido una ofensa para todas las razas telépatas de la Federación. Mientras no se demuestre que supone un obstáculo para el cumplimiento del deber, está permitido.
-No dejaremos que sea un obstáculo. –Pero justo después de decirlo recordó con un pinchazo de dolor la situación en la que estaban y cerró los ojos un momento-. O no habríamos dejado que fuera un obstáculo, mejor dicho.
Jim sintió los dedos de Spock acariciándole tentativamente la mano.
-Tú dijiste que debíamos vivir como si esta fuera la única vida que tenemos.
-Lo sé. Pero a veces me pregunto si no sueno como un pobre iluso, negándome a aceptar la realidad.
Spock frunció ligeramente el ceño y se quedó callado tanto rato que Jim casi había dejado de esperar una respuesta.
-No. Creo que fue una decisión sabia y valiente, Jim. No podemos vivir nuestras vidas a medias sólo porque sepamos que algún día acabarán.
Jim suspiró y apoyó la cabeza en el hombro de Spock. Sí, les quedaría ese consuelo. Las reglas del tiempo quizás podían terminar con su relación tal y como la conocían, pero no afectarían al modo en el que vivían esa relación. Eso les pertenecía únicamente a ellos.
Cuando pasaron el siete de febrero, Jim comenzó mentalmente una agridulce cuenta atrás. En veintiocho días mandarían el mensaje a Vulcano; en treinta, regresarían a casa.
Spock se negó tajantemente a admitir siquiera la existencia del día de San Valentín, pero al fin y al cabo todas sus veladas eran cenas íntimas que acababan en sexo, así que Jim tampoco notó mucha diferencia. A la mañana siguiente, cuando bajó a por algo de pan, fruta y verdura, descubrió que todos los corazones y lazos rosas que habían estado poblando las tiendas desde hacía dos semanas habían desaparecido como por arte de magia y sonrió al recordar la severidad con la que Spock había calificado aquel despliegue como "superficial y materialista".
A la vuelta se encontró con lady Dandelion, aunque aquella mañana era simplemente Steve. Jim notó que pasaba algo cuando Steve pronunció su nombre como si lo hubiera estado buscando y lo hizo pasar rápidamente al interior del edificio.
-¿Qué ocurre?
-Tengo algo que decirte, tesoro. Ayer cuando me iba a trabajar me paró un tipo que me enseñó una foto vuestra y me preguntó si os había visto en el edificio y si sabía algo de vosotros. –Jim abrió mucho los ojos, alarmado-. Yo me hice el loco, por supuesto, pero… ya sabes, lo más seguro es que siga haciendo preguntas.
-¿Cómo era? ¿Puedes describirlo?
-Blanco, unos veinticinco años, algo más bajito que tú… Me recordó a una versión fea de Matt Damon.
-¿Matt Damon?
Steve lo miró con una mezcla de diversión y extrañeza.
-¿No sabes quién es Matt Damon?
-No te había oído bien –mintió, sin esforzarse demasiado en disimular. Tenía cosas mucho más urgentes de las que ocuparse-. Has dicho que te ha enseñado una foto nuestra. ¿Cómo era la foto? ¿Dónde estábamos?
-En la calle, creo. Era una foto hecha con el móvil, desde lejos. Al ampliarla no salía muy clara, pero se notaba que erais vosotros.
¿Algún periodista que seguía tras la noticia del rescate de Alan? ¿O a pesar de todo Palmer no se había rendido?
-Gracias por el aviso y la discreción.
-De nada. –Le apretó el brazo cariñosamente-. Espero que todo salga bien.
Jim se despidió de él y se metió en el ascensor, deseando llegar cuanto antes a casa para contárselo todo a Spock. Éste le escuchó con su habitual expresión impasible, pero Jim vio cómo fruncía el ceño infinitesimalmente: aquello tampoco le hacía gracia a él.
-Estoy de acuerdo en que no son buenas noticias. –Una idea pareció cruzar su mente-. Jim, hemos estado siguiendo el ejemplo del protagonista de "22/11/63" y como él, hemos apostado para conseguir el dinero que necesitamos. En el libro, a pesar de sus precauciones, él acaba llamando desfavorablemente la atención de los encargados de las apuestas.
Jim lo pensó un poco, pero desechó la posibilidad.
-No, no creo. En el libro él hacía las apuestas en persona y se movía por la misma zona todo el rato. Nosotros sólo hemos usado el ordenador y protegiéndonos de una docena de maneras distintas. No los veo capaces de localizarnos.
-A mí me cuesta creer que ese hombre fuera de alguna agencia gubernamental. Su modus operandi no parece lo bastante sofisticado.
-Podría ser un detective. Voy a llamar a Palmer. Si todavía está intentando husmear lo sabré.
Pero Palmer, que lo saludó como si estuviera encantado de hablar con él, reaccionó casi en shock cuando Jim le preguntó sin ambages si había enviado a alguien a espiarlos.
-Por Dios, Kirk, os debo la vida de mi hijo… No, por supuesto que no, tienes mi palabra. Escucha, lo más seguro es que sea algún periodista. Pero… si estáis metidos en un lío, puedo ayudaros. Sea lo que sea, ¿de acuerdo? Sólo tenéis que decirlo.
Jim tuvo que creerle, pero eso seguía sin contestar la pregunta. ¿Quién andaba preguntando por ellos?
Continuará
Kaechan, muchas gracias, me alegra que te esté gustando!
A, me alegra muchísimo que el capi haya quedado tan bien, es una parte muy intensa, con tantas emociones y malentendidos! Es verdad que si cambian lo de Nero, es posible que su relación tal y como la conocemos en esta línea temporal desaparezca… Pero ya veremos lo que pasa, que lo primero es solucionar lo de Nero y eso aún no lo han conseguido. Me alegro de que te haya gustado la línea del "Apartado de mí y nunca apartado". Me encanta hacer referencias a TOS, y además esa especie de saludo ritual es precioso. Muchísimas gracias por comentar!
Elrick, anímate, métete en el fandom, jaja. El Spirk es prácticamente canon, te lo prometo XD En fin, me alegra que te esté gustando, gracias por comentar.
Hime-chan, no, yo creo que Jim sí es muy capaz de guardarse sus sentimientos para sí mismo, y si se hubiera dado cuenta de que estaba enamorado de Spock probablemente se habría callado por la misma razón que Spock, por miedo a estropearlo. El problema es que todo salió a la luz de golpe, jaja. Yo tiendo a ver a Spock como top, más que nada por todo el asunto del pon farr, pero un top al que no le importa nada ser bottom de vez en cuando, con Jim. Lo que pasa es que en esa escena en concreto Spock estaba tratando de no ser demasiado "dominante", como le cuenta después a Jim, por miedo a crear un vínculo entre ellos. Y bueno, ya veremos qué pasa con lo de Nero, la relación entre ellos dos y todo lo demás. ¡Gracias por comentar!
