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Tonks

En el salón, el señor Lupin les esperaba tomando tranquilamente un té que la señora Marshall había preparado. Su madre se giró hacia ella preocupada y Vega le sonrió para que no se preocupara. Su madre era demasiado sobreprotectora, no quería que pensase que había sido mala idea decidir que ella supiese toda la verdad. Se sentó de nuevo en el sofá en silencio sin prestar atención a lo que su padre hablaba con el señor Lupin. Pensaba en todas las preguntas que aún tenía, sobre su madre, sobre su padre, su delito, sobre motos voladoras… Había tantas cosas que quería saber, pero prefirió guardárselo para más tarde, cuando hubiese asimilado todo lo que acababa de descubrir. Quería estar segura de poder con el peso de la verdad antes de añadir más cantidad de conocimientos.

Vega levantó la cabeza cuando el señor Lupin se levantó del sillón. Miró a su reloj, a través de la ventana, y después se giró hacia ella.

—Debemos ir a Londres—dijo—, al callejón Diagón.

— ¿Por qué? — pregunto confundida, se había sumido en sus pensamientos y no había escuchado la conversación entre su padre y Lupin. Este se rio y la miró como si preguntase algo obvio.

—Bueno, te harán falta unas cuantas cosas si quieres estudiar en una escuela de magia ¿No crees? — Sonrió más ampliamente ante su mirada ilusionada— Nos iremos enseguida, le he pedido a un amigo que estará deseando conocerte que nos lleve hasta Londres. ¿Estás lista ya?

Vega saltó del sofá resuelta y fue a asentir, pero se quedó a medias cuando recordó algo. Si todo lo que había dicho el señor Lupin era cierto, eso significaba que Harry también era un mago. Pero entonces, ¿quién iba a llevarle a él a ese callejón que había dicho su padrino? No creía que los Dursley, con su temor a todo lo extraño, lo hiciesen. El señor Lupin la miraba confuso mientras ella pensaba. Vega miró de reojo hacia la puerta y se giró hacia el hombre decidida.

—Quiero que Harry venga con nosotros— pidió muy seria—. Sus tíos odian todo lo que se salga mínimamente de lo normal, y si ya se han enterado que Harry es un mago, probablemente lo tendrán encerrado durante lo que queda del verano.

El señor Lupin la miró algo confuso antes de hablar.

— ¿Me estás diciendo que Harry no sabe nada? ¿Qué sus tíos no le han contado la verdad en… 10 años? —

— ¿Como…? ¿La verdad…? ¿Los Dursley sabían…?

Ahora era Vega quién estaba confundida. No tenía sentido que los Dursley supiesen nada del mundo mágico… a no ser que aquella fuese la razón del odio que siempre habían sentido por su sobrino. Le habían dicho a Harry que sus padres habían muerto en un accidente de coche cuando solo tenía un año, o por lo menos eso es lo que Harry le había contado a ella. Si realmente los Dursley conocían la verdad sobre su amigo y no habían dicho absolutamente nada, realmente eran mucho peores personas de lo que ella había podido imaginar nunca.

—Voy a buscarle, tiene que oír todo lo que usted me ha contado.

Se levantó, cogió la carta de Hogwarts y salió apresuradamente de la casa antes de que nadie pudiese detenerla y corrió calle arriba hasta la casa de su amigo. Iba tan ensimismada en sus pensamientos que a punto estuvo de ser atropellada por un coche que circulaba por la calzada cuando cruzó. Gritó una disculpa hacia el sorprendido conductor y siguió corriendo hasta que llegó al portal de los Dursley.

Tomó aire mientras llamaba a la puerta, rezando por que fuese su amigo quién abriese y no los señores Durlsey, o peor aún, Dudley. Sus plegarias no fueron escuchadas, pues cuando la puerta se abrió, de un enérgico tirón, fue la oronda y rojiza cara del señor Dursley quién la recibió. El señor Dursley no parecía nada agradado con su visión.

— ¿Qué quieres? — le espetó malhumoradamente.

— ¿Puede salir Harry?

—Está castigado— respondió el señor Dursley, con la misma expresión disgustada que ponía cada vez que hablaba de su sobrino.

—Es importante— le suplicó, poco esperanzada, retorciendo la carta en las manos nerviosamente.

Cuando el señor Dursley bajó la mirada y vio lo que tenía entre las manos, soltó una maldición enfurecida que la asustó, y se irguió todo lo que pudo sobre sus rechonchas lorzas. Tenía la cara completamente roja y una expresión de terrible odio en su cara.

— ¡TU! ¡AH, NO, ESO SI QUE NO! ¡NO PIENSO PERMITIR QUE MI SOBRINO SE JUNTE CON CHUSMA COMO TU! ¡ALEJATE DE MI FAMILIA, Y NO VUELVAS NUNCA POR ESTA CASA! ¡NO QUEREMOS MÁS ENGENDROS QUE CONTAMINEN ESTE BARRIO! ¡LARGATE! — Vega retrocedió asustada unos cuantos pasos, hasta que chocó contra alguien que estaba de pie detrás de ella.

—Pero bueno… ¿No le da vergüenza asustar de este modo a una pobre niña? — Vega se giró hacia la recién llegada, una chica joven, de unos veinte años, con el pelo azul brillante. El señor Dursley palideció ligeramente ante el aspecto de la chica, pero enseguida se recuperó, musitó enfadado un "métase en sus asuntos" volvió a mirar a Vega medio enfadado, medio asustado y cerró la puerta de un portazo.

La chica bajó la mirada hasta Vega y le sonrió.

—Menuda mala leche tiene este tío ¿Qué le has hecho?

— ¡Nada! — Se defendió— Solo quería que saliese mi amigo, su sobrino ¡Yo no le he hecho nada a él!

—Te creo — se rio — pero vámonos de aquí antes de que tenga una excusa para volver a salir a gritarnos por pisar su césped o algo.

Caminaron lentamente por la acera, mientras Vega examinaba a la chica. No le sonaba de haberla visto por el barrio, pues se acordaría de alguien con el pelo azul. Además, su estilo habría escandalizado a todas las mujeres de la calle. Llevaba unos pantalones vaqueros rajados, decorado con imperdibles y una sudadera, de un grupo de música al parecer, pues Vega no conocía ningún grupo que se llamase "Las brujas de Macbeth", y eso que ella sabía mucho de música. La chica caminaba a su lado silbando por lo bajo una cancioncilla, mirándola de reojo con unos ojos oscuros que resaltaban sobre la palidez de su cara en forma de corazón. Cuando se dio cuenta de que Vega la estaba analizando de arriba abajo, le sonrió.

—Sí que debía de ser importante lo que tenías que decirle a tu amigo— le dijo —, Casi te atropellamos cuando cruzabas la calle. A mi padre casi le ha dado un ataque— se rio.

Su risa, clara y sincera, era terriblemente contagiosa, y aunque un poco avergonzada por haber estado a punto de causar un accidente, Vega se rio también. Entonces se dio cuenta de que se dirigían las dos hacia el mismo sitio: su casa.

Delante de su portal estaba aparcado el coche amarillo que había estado a punto de atropellarla antes. A su lado, el señor Lupin hablaba tranquilamente con el conductor, un hombre bajito, rubio y barrigón muy sonriente. Su padre, el señor Marshall también estaba allí, le estrechaba la mano al conductor. Sin embargo, parecía que algo no iba bien, pues su padre estaba demasiado serio, como receloso. Eso no le gustó a Vega, que se giró hacia su acompañante para intentar descubrir que ocurría. La chica no había dejado de mirarla y le sonrió amablemente.

—Por cierto, creo que no me he presentado, y no es justo, porque yo sé quién eres tú, pero tú no me conoces— Se pasó una mano por el pelo distraídamente mientras se disculpaba—. Soy Tonks, Nymphadora Tonks, pero por favor, llámame solo Tonks.

Vega se la quedó mirando, aún más recelosa, a pesar de la amplia sonrisa de la chica y no dijo nada. Entonces el señor Lupin se acercó hacia ellas.

— ¡Ah, Nymphadora! Cuanto tiempo hace que no te veía, has crecido mucho— le estrecho la mano amistosamente con una amplia sonrisa—, Tu padre me ha contado que vas a entrar en la escuela de aurores, es estupendo, pero te advierto que no es una tarea sencilla. No te dejes amedrentar por el viejo Moody, es un neurótico, pero un profesor excelente.

Vega los miraba completamente confundida, no había entendido mucho de lo que acababa de decir Lupin, pero al parecer conocía a estas personas desde hace tiempo, así que espero a que le explicara lo que estaba ocurriendo. Les siguió hasta el coche, donde les esperaba el conductor, que debía ser el padre de Nymphadora, y sus padres, que observaban la escena con una mirada muy extraña que Vega no entendía y que le preocupaba un poco. Aún estaba un poco bajo los efectos de la euforia del descubrimiento de su origen, así que en aquel momento no le importó mucho, solo quería que alguien le contase que estaba pasando.

Al fin, el señor Lupin y el conductor se giraron hacia ella.

—Vega, este es Ted Tonks— Vega le estrechó la mano al señor rubio, que estaba muy risueño—, Es un buen amigo mío y ha accedido a llevarnos a Londres para comprar las cosas que necesitas para la escuela. Y veo que ya has conocido a Nymphadora…

—Cuantas veces tengo que decir que no me llames Nymphadora— le dijo la chica exasperadamente—Llámame Tonks, es más sencillo, y menos horrible…

—A mí me parece bonito—dijo Vega tímidamente.

—Es demasiado… extravagante ¿Quién en su sano juicio le pone de nombre a su hija Nymphadora? — le dijo a ella, a pesar de que desviaba sus ojos hacia su padre, que reía a carcajadas haciendo gestos de "a mí no me mires".

— ¿Quién en su sano juicio llama a su hija Vega? — Le replicó — Ni te imaginas los chistes crueles que las niñas de mi colegio inventaban con mi nombre… Nymphadora es bonito, significa "regalo de las ninfas", y es complicado hacer un chiste con el… — Vega hizo una mueca pensativa—, Aunque si esperas un momento, se me puede ocurrir algo bueno…

Todos estallaron en carcajadas. Tonks le pasó un brazo por los hombros y se giró hacia el señor Lupin y su propio padre que las observaban divertidos.

—Me gusta esta chica Remus, siempre mola tener una prima divertida— Vega abrió mucho los ojos, sorprendida, pero nadie dijo nada más.

El señor Lupin y Ted Tonks se despidieron de sus padres y entraron en el coche, seguidos de Tonks. Cuando se fue a despedir también, su madre notó su expresión alucinada y la intentó tranquilizar.

—Estoy segura de que todas esas preguntas que te han rondado siempre por la cabeza encontraran respuesta pronto —le acarició la cabeza, seguía teniendo esa mirada extraña que Vega no alcanzaba a comprender.

—El señor Tonks nos ha preguntado si nos importaba que te quedaras un tiempo con ellos en su casa… Le hemos dicho que no nos importaba, que tú seguramente querrías… Después de todo son tu verdadera familia…

Vega entendió de pronto la extraña expresión de sus padres. Los abrazó, aprovechando que estaban los dos a su altura.

—Gracias, sí que quiero ir, pero no os equivoquéis, vosotros sois mi verdadera familia, siempre lo seréis, a pesar de todo.

Sus padres sonrieron y una lágrima asomó por los ojos de su madre. La besaron y Vega se encaminó hacia el coche, donde la esperaban para marcharse.

Durante el viaje a Londres, habló con los Tonks y el señor Lupin, que le explicaron muchas cosas sobre su familia.

—Tu padre y mi madre son primos, así que tú y yo somos algo así como primas segundas o algo por el estilo…

—No lo entiendo… ¿Entonces por qué me enviaron a vivir con los Marshall? — le preguntó confundida al señor Lupin, sentado en el asiento del copiloto. Sin embargo, fue el señor Tonks quien respondió.

—Dromeda, mi esposa, y yo, estábamos dispuestos a ocuparnos de ti cuando nos enteramos de la detención de tu padre. Ya teníamos a Dora, pero no nos causaba ningún problema. Sin embargo, el profesor Dumbledore insistió en que debías quedarte con los Marshall por tu seguridad.

Vega frunció el ceño, siempre lo mismo, siempre por su seguridad. Ya empezaba a estar cansada de esto. El señor Lupin, al notar su expresión irritada, siguió explicando.

—Tienes muchísima familia de parte de los Black, después de todo es una familia de sangre limpia y estas tiendes a casarse entre ellas para conservar la pureza. El problema Vega, es que de entre los miembros de la familia Black surgieron los mayores apoyos de Voldemort— al oír ese nombre, el señor Tonks frunció el ceño y Nymphadora se estremeció—. No significa que los Tonks fueran peligrosos, sino que el profesor Dumbledore pensó que estarías más segura en un entorno donde ninguna de esas familias potencialmente peligrosas pudiese encontrarte. Incluso los encargados de reubicación del ministerio pensaron que sería mejor apartarte del mundo mágico, al menos durante tus primeros años de vida… pero algo me dice que ellos no pensaban tanto en tu seguridad como en la suya propia… —El señor Lupin puso una expresión sombría, pero se negó a explicar que había querido decir con eso.

No le gustaba que la hubiesen apartado de su familia, no llegaba a entender cómo es que todo el mundo pensaba que estaba en peligro. Si lo que le había contado Lupin era cierto, su padre era supuestamente uno de los seguidores de Voldemort, por lo tanto, ningún mago oscuro la debería amenazar. Quizás corría peligro por las personas que odiaban a los seguidores de Voldemort, pero aquello no tenía sentido, puesto que ella ni siquiera tenía recuerdos de su padre, y no había hecho ningún mal a nadie. Ella no podía ser un peligro para otros magos… ¿No?

Vega sacudió la cabeza. No entendía nada, así que dejó de liarse la cabeza. Ya descubriría la verdad en aquel galimatías cuando pudiese. Por el momento, se giró hacia su prima y empezaron a conocerse.

Cuando llegaron a Londres al fin, Vega ya había entablado una buena amistad con Nymphadora. Habían hablado de sus gustos e intercambiado consejos sobre música y sobre sus grupos favoritos. Nymphadora también le había hablado de Hogwarts. Ella acababa de terminar el último curso del colegio, y al comenzar septiembre iba a entrar en la escuela de aurores, como había dicho Lupin. Los aurores eran magos que se dedicaban a la caza y captura de magos tenebrosos, por lo que Vega se interesó muchísimo por el asunto. Pero sobretodo, quería aprender sobre Hogwarts.

—Al comenzar el curso te seleccionan para una de las cuatro casas de la escuela. Están Ravenclaw, Hufflepuff, Gryffindor y Slytherin — le contaba su prima—, yo pertenecí a Hufflepuff, pero cualquier casa está bien en realidad. Excepto Slytherin— puntualizó—. Los alumnos de Slytherin siempre me cayeron muy mal, eran todos unos creídos. Se creen superiores a las demás casas porque llevan muchos años ganando la copa de las casas, pero no son más que unos…

— ¡Dora! — la interrumpió el señor Tonks, que escuchaba la conversación desde el asiento del conductor.

—Perdón papá— se disculpó, aunque hizo un gesto con las manos que sirvió para que Vega entendiese como consideraba a los alumnos de Slytherin.

El señor Tonks paró entonces el coche al final de una larga calle llena de tiendas y Vega se bajó detrás de Nymphadora y del señor Lupin.

—Nos vemos en el Caldero Chorreante— les dijo el señor Tonks desde el asiento del conductor antes de despedirse.

Enseguida, el señor Lupin giró sobre sus talones y comenzó a andar esquivando a la gente, seguido de Nymphadora, a la cual los viandantes miraban bastante asombrados, a pesar de que intentasen disimularlo.

—Por Dios Tonks… Se supone que no debemos llamar la atención sobre nosotros— murmuró el señor Lupin, ligeramente divertido.

Vega, que no entendía muy bien que pasaba, miraba a la gente que les observaba. Suponía que miraban a su prima por el pelo azul, puesto que a pesar de que a ella le gustaba el aspecto de su prima, entendía que había mucha gente que se escandalizaría al ver a una chica así. Se giró a su vez hacia su nueva amiga para comprobar que no pasaba nada malo con ella y ahogó un grito de sorpresa.

—Eres un soso Remus— dijo la chica que caminaba a su lado— llamar la atención es divertido, y muy fácil— se rio.

No había duda. Por esa forma de hablar y esa risa estaba claro que esa chica era su prima. Sin embargo, de la chica bajita y delgadita con el pelo azul corto que había conocido esa misma mañana no quedaba nada. Su prima era ahora mucho más alta, tenía una piel blanca perfecta y por debajo del pelirrojo flequillo se vislumbraban dos grandes ojos azules. Parecía una supermodelo, y entendía ahora mejor la expresión de algunas personas, sobretodo hombres, que se cruzaban con ellos.

Vega se enfadó un poco consigo misma. Había estado tan ensimismada en sus propios pensamientos que se había perdido lo que parecía un gran despliegue de magia que le habría gustado ver. Aunque habría jurado que mientras salían del coche, Tonks todavía tenía el pelo azul…

El señor Lupin y Tonks se pararon súbitamente, y Vega tardó unos segundos en darse cuenta. Tonks le chistó divertida y volvió hacia sus guías, avergonzándose de nuevo de su falta de atención.

—Ya hemos llegado— anunció Lupin—. El Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.

Era un bar diminuto y de aspecto mugriento situado en la acera contraria. Si su padrino no lo hubiera señalado, Vega no lo habría visto. La gente, que pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado, a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante. En realidad, Vega tuvo la extraña sensación de que sólo ellos tres lo veían. Antes de que pudiera decir nada, sus guías cruzaron y la hicieron entrar.

Para ser un lugar famoso, parecía un cuchitril destartalado y sucio. Al lado de una sucia chimenea dos hombres vestidos con largas túnicas jugaban al ajedrez mientras bebían de unas grandes jarras de latón. El señor Lupin se acercó a la barra hacia el viejo cantinero, que era completamente calvo y parecía una nuez blanda.

Vega se sentó en una mesa al lado de su prima, que había vuelto a adoptar su aspecto normal, a excepción de su cabello, que era ahora de un color rosa fucsia.

— ¿Cómo haces para cambiar así de aspecto sin que nadie se dé cuenta?

— ¿A que mola? — Se rio su prima—. Soy una metamorfomaga, puedo cambiar mi aspecto a voluntad— añadió al ver la expresión de desconcierto de Vega—. Un metamorfomago nace, no se hace, y hay muy pocos en el mundo.

Vega notó como crecía en su interior una renovada admiración hacia su prima que la llenó de felicidad.

El señor Lupin se acercó entonces a ellas con cara de cansancio. Ahora que se fijaba, su padrino, a pesar de ser joven, parecía que estuviese enfermo, y su expresión sombría aumentaba mucho más esa impresión. Sin embargo, Vega habría jurado que cuando estaban en el coche, Lupin estaba mejor. A lo mejor se debía al oscuro ambiente que reinaba en la sala. Se sentó a su lado en el asiento y soltó un largo suspiro cansado antes de hablar.

—Tu padre aún tardará un rato en llegar, Tonks— le dijo a su prima mientras rebuscaba en sus bolsillos, sacando una pequeña llave dorada de uno de ellos—. Id vosotras dos delante, hay que ir al banco y sacar dinero antes de comprarlo todo.

Entonces Vega pensó en algo que le hizo sentir que la felicidad en su interior acababa de pincharse.

—Mm... ¿Remus?

— ¿Sí? —dijo Lupin, Era la primera vez que llamaba a su padrino por su nombre y este pareció sorprendido, pero enseguida le sonrió amablemente.

—Yo no tengo dinero, mis padres no me han dado, pero tampoco quiero que me compréis vosotros las cosas, sería abusar demasiado… creo yo.

—No te preocupes por eso —dijo Lupin, con una sonrisa un poco triste—. ¿No creerás que tus padres, me refiero a tus padres biológicos, no tenían nada?

Vega enmudeció. No había pensado es aquella posibilidad.

—Eres la heredera de dos familias y puesto que tu padre no puede acceder a su herencia por parte de los Black, a ti te corresponden todas las posesiones de su familia, y de la de tu madre, los McKinnon.

— ¿Eso se guarda aquí? — preguntó Vega, mirando a su alrededor, esperando encontrar una brillante puerta en algún lugar del destartalado pub.

—No, nuestra primera parada será Gringotts. El banco de los magos— le explicó Tonks.

— ¿Los magos tienen bancos?

—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.

Vega dejó caer la mandíbula de sorpresa, pero se recuperó rápido y preguntó.

— ¿Gnomos?

—Sip... Uno tendría que estar loco para intentar robarles. Nunca te metas con los gnomos, Vega, pueden ser temibles— Le explicó su prima.

—Por eso Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar, excepto tal vez Hogwarts— matizó su padrino.

— ¿Por qué tendría que estar uno loco para intentar robar en Gringotts? —preguntó Vega.

—Hechizos... encantamientos —dijo Lupin, entrelazando las manos mientras hablaba—...Dicen que incluso hay dragones custodiando las cámaras de máxima seguridad…

—Y además, hay que saber encontrar el camino — le interrumpió Tonks—. Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras podido robar algo.

— ¿Quién ha podido construir algo tan grande sin que los muggles se diesen cuenta? — preguntó Vega, escéptica.

—Bueno, el Ministerio de Magia ayudó a esconderlo por supuesto—musitó el señor Lupin con una oscura expresión.

— ¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó Vega, sin poder contenerse a pesar de que a su padrino ese no pareciese un tema de conversación que le gustase.

—Por supuesto —respondió Lupin, aún más sombrío. No parecía que le gustase mucho el Ministerio—. Su trabajo principal es impedir que los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.

—Por qué todos querrían soluciones mágicas para sus más minúsculos problemas ¿No?

—Eso es — dijo Lupin —. Será mejor que vayáis yéndoos ¿Tienes la lista de materiales, Vega? Está en el sobre de la carta.

Vega desdobló de nuevo la carta, que había guardado en su bolsillo al entrar al coche, y efectivamente, junto al pergamino que había leído antes, venía otro más. Vega leyó lo que ponía.

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA

UNIFORME

Los alumnos de primer año necesitarán:

Tres túnicas sencillas de trabajo (negras).

Un sombrero puntiagudo (negro) para uso diario.

Un par de guantes protectores (piel de dragón o semejante).

Una capa de invierno (negra, con broches plateados).

(Todas las prendas de los alumnos deben llevar etiquetas con su nombre.)

LIBROS

Todos los alumnos deben tener un ejemplar de los siguientes libros:

El libro reglamentario de hechizos (clase 1), Miranda Goshawk.

Una historia de la magia, Bathilda Bagshot.

Teoría mágica, Adalbert Waffling.

Guía de transformación para principiantes, Emeric Switch.

Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida Spore.

Filtros y pociones mágicas, Arsenius Jigger.

Animales fantásticos y dónde encontrarlos, Newt Scamander.

Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la autoprotección, Quentin Trimble.

RESTO DEL EQUIPO

1 varita.

1 caldero (peltre, medida 2).

1 juego de redomas de vidrio o cristal.

1 telescopio.

1 balanza de latón.

Los alumnos también pueden traer una lechuza, un gato o un sapo.

SE RECUERDA A LOS PADRES QUE A LOS DE PRIMER AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.

Al leer esa lista, volvieron de pronto a Vega un montón de nuevas preguntas que se peleaban por salir de sus labios, pero al ver que su prima se levantaba ya para marcharse, optó por seguirla rápidamente y descubrir las respuestas por si sola.

Tonks se la llevó a través del bar hasta un pequeño patio cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos. La cabeza de Vega era un torbellino de dudas. Nymphadora, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared, encima del cubo de basura.

—Tres arriba y dos horizontales —dijo—. Sip, mira que guay Vega.

Dio tres golpes a la pared, con la punta de una varita que había sacado de un bolsillo trasero del pantalón.

El ladrillo que había tocado se estremeció, se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo bastante grande hasta para que pasase un autobús, un paso que llevaba a una calle con adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.

—Bienvenida al callejón Diagon.

Soltó una carcajada ante el asombro de Vega y juntas entraron en el pasaje. Vega miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared volvía a cerrarse.

El sol brillaba iluminando numerosos calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños - Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que colgaba sobre ellos.

—Necesitaras uno para la clase de pociones —dijo Tonks— pero mejor que vayamos primero a buscar el dinero.

Vega deseó tener ocho ojos más. Movía la cabeza en todas direcciones mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Un suave ulular llegaba de una tienda oscura que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo, castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Vega pegaban la nariz contra un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó que decía uno—, la nueva Nimbus 2.000, la más veloz.» Algunas tiendas vendían ropa; otras, telescopios y extraños instrumentos de plata que a Vega le parecieron muy bonitos, pero que nunca había visto. Escaparates repletos de bazos de murciélagos y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...

—Este es Gringotts —dijo Tonks.

Vega giró la cabeza súbitamente hacia delante. Habían llegado a un edificio, blanco como la nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...

—Sí, eso es un gnomo —dijo Tonks en voz baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una cabeza más bajo que Vega. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba puntiaguda y dedos y pies muy largos. Cuando entraron los saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas palabras grabadas encima de ellas.

Entra, desconocido, pero ten cuidado

Con lo que le espera al pecado de la codicia,

Porque aquellos que cogen, pero no se lo han ganado,

Deberán pagar en cambio mucho más,

Así que si buscas por debajo de nuestro suelo

Un tesoro que nunca fue tuyo,

Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado

De encontrar aquí algo más que un tesoro.

— ¿Ves? Hay que estar loco para intentar robar aquí —dijo Tonks.

Dos gnomos los hicieron pasar por las puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador, escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y salir. Tonks y Vega se acercaron al mostrador.

—Buenos días —dijo Tonks a un gnomo desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad de la señorita Vega Black.

— ¿Tiene su llave, señora?

—La tengo por aquí —dijo Tonks, que parecía ofendida con que la hubiesen llamado señora, o eso le pareció a Vega antes de que el pelo de su prima pasase del rosa fucsia al rojo fuego.—Aquí está —dijo desafiante Tonks, enseñando una pequeña llave dorada que había sacado del bolsillo, la misma que le había dado Lupin.

El gnomo la examinó de cerca.

—Parece estar todo en orden. Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Maruhik!

Maruhik era otro gnomo, más bajito y menos arrugado que los que se habían cruzado hasta entonces. Vega sospecho que se trataba de una mujer gnomo a pesar de que no había señales que la hiciesen parecer una mujer aparte de la menor estatura.

Maruhik les abrió la puerta. Vega, que se esperaba más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles en el suelo. Maruhik silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los raíles. Subieron y se pusieron en marcha.

Al principio fueron rápidamente a través de un laberinto de retorcidos pasillos. Vega trató de recordar, izquierda, derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, era muy difícil y al final dejó de intentarlo. El veloz carro parecía conocer su camino, porque Maruhik no lo dirigía.

A Vega le escocían los ojos de las ráfagas de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un dragón, pero era demasiado tarde. Iban cada vez más abajo, pasando por un lago subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del techo y del suelo. Siguieron bajando durante unos diez minutos más, así que Vega se giró a mirar a su prima que tenía una cara de felicidad absoluta, como su estuviese montada en una atracción de feria. Cuando el carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Tonks se bajó con una pequeña mueca de decepción y Vega se rio ante su expresión desolada.

Maruhik abrió la cerradura de la puerta. Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Vega soltó un jadeo sorprendido y dio unos cuantos pasos dentro de la sala, que se extendía hacia el fondo unos cien metros. Por todas partes veía brillar enormes montículos de monedas de oro, diez veces más altos que ella. Había también muchas joyas y piedras preciosas, e incluso algunos muebles y copas brillantes que parecían muy valiosas.

—Todo esto es tuyo —dijo Tonks riendo ante su asombro.

Todo de Vega, era increíble. Sus padres adoptivos nunca habían sido extremadamente adinerados, por eso no le solían dar mucho dinero de normal, ni compraban cosas innecesarias o caprichos que tuviese Vega. Y sin embargo, durante todo aquel tiempo, una gigantesca fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía. Supuso que con solo coger uno de los montones de monedas de oro más pequeño de la sala, sus padres tendrían para vivir muy acomodadamente por el resto de sus vidas.

Vega intentó esconder las lágrimas de emoción que empezaban a asomar por sus ojos y se giró, dándole la espalda a Tonks y a Maruhik. Su prima se le acercó y le puso una mano en la espalda en silencio, antes de caminar hacia un montículo de monedas con ella.

—Las de oro son galeones — le iba explicando—. Diecisiete sickles,son las de plata, hacen un galeón y veintinueve knuts,las de cobre, equivalen a un sickle, es muy fácil. — Las metió en un saquito que le tendió después— Esto será suficiente para un curso o dos, el resto se quedará aquí guardado para cuando tú quieras. — Le sonrió antes de volverse hacia Maruhik Y salir de la sala. Vega echó una última mirada a sus recién adquiridas riquezas y, con renovados ánimos, salió de la sala.