Me tardé bastante, pero tuve (en realidad todavía tengo) una conjuntivitis bastante fastidiosa, y supuestamente debía descansar los ojos. Espero les guste, porque éste no es mi capítulo favorito. ;)


4. Noche 8

Era la segunda partida de sitrang que jugaba aquella tarde y Jaime no sentía que su habilidad o aprecio por el juego estuvieran creciendo. Tyrion, sin esfuerzo alguno, parecía adivinar cada una de sus jugadas tres o cuatro movimientos antes de que él tuviera oportunidad de llevarlas a cabo y siempre terminaba dejándolo en una situación imposible de revertir desde sus primeros turnos.

Ambos habían llegado a una especie de acuerdo tácito y cada vez que alguno se sentía tentado a tocar uno de sus temas tabú, el otro desviaba la conversación hacia senderos más seguros.

Un mozo —Anya no había regresado desde su primer encuentro— llegó con otra jarra de vino y de inmediato atendió a Tyrion. Él apenas había dado un par de tragos a su copa.

La mesa en la que jugaban era amplía, con unos sillones confortables y de buen gusto. Su nueva habitación era espaciosa, bien iluminada y contaba con una amplia chimenea que lo mantenía tan cálido como si estuviera en casa. Incluso la cama era tan suave que podía rebotar en ella si se dejaba caer con fuerza.

La cadena de su tobillo también había desparecido, aunque todavía tenía a un par de guardias custodiando su puerta porque, a pesar de todo, seguía siendo el Matarreyes: un hombre sin honor.

Parecía ilógico, pero el cambio en la cama lo había perturbado. La anterior era incómoda, cierto, pero pequeña y a pesar de todo había dormido bien en ella. Ésta era demasiado amplia. Tan amplía que la mitad que quedaba vacía a su lado no le permitía conciliar el sueño. Estiraba la mano y sus dedos no encontraban otros con lo que pudieran enlazarse. Se giraba y no hallaba otro cuerpo que lo detuviera. ¿Quién podría conciliar el sueño así?

Ya muy entrada la madrugada, en ese limbo que se creaba justo a la mitad de la vigilia y la inconsciencia del sueño, Jaime podía sentir a Brienne a su lado. Podía jurar que el colchón se curvaba con su peso, podía sentir en el rostro su aliento y sus rodillas chocando. Escuchaba esos suaves ronroneos que la moza emitía mientras estiraba su ridículamente largo cuerpo y se esforzaba por despertar.

Después de perder la mano, Jaime había experimentado la sensación de tenerla todavía. Sentía los dedos, creía moverlos e incluso podía asegurar que sentía las uñas en la palma cuando apretaba el puño. Qyburn le había llamado "miembro fantasma". Le había asegurado que era una consecuencia frecuente en todo tipo de amputaciones y desaparecería al cabo de algunas lunas. Y en efecto, lo hizo.

Cuando Jaime sentía tan viva la presencia de su mujer a un lado de la cama, recordaba esa sensación. Ella también había sido amputada de su vida y en su lugar sólo quedaba un fantasma que no podía tocar. Cuando despertaba corría a la ventana y se preguntaba si ella también tendría un fantasma con quien compartir su cama. Pero su ventana ya no daba al mar y sin esa conexión la sentía más lejos que nunca.

Un par de días atrás un guardia se había presentado para quitarle la cadena del tobillo. Con más consideración de la que le habían mostrado hasta entonces el hombre le pidió que lo acompañara.

Sin poder evitarlo, Jaime sintió cierto nerviosismo pensando que finalmente enfrentaría a la reina, pero sus esperanzas —si podía llamarlas de ese modo— quedaron prontamente frustradas. Lo condujeron a una nueva habitación, probablemente una de las destinadas a los huéspedes, y más tarde le hicieron llegar algunas mudas de ropa de muy buena calidad. Aquél era un trato digno para uno de los Lannister menores, definitivamente mucho más de lo que un preso común merecería.

Empezaba a entender la verdadera influencia de Tyrion en la corte. No se atrevía a albergar esperanza alguna respecto a su propia vida, pero quizás…

—Supongo que debo agradecerte las mejoras de los últimos días —dijo, refiriéndose a la nueva habitación y también a la compañía de Anya, incluso si no la había disfrutado como su hermano lo planeó originalmente.

—No. No deberías —contestó Tyrion tajante, hizo su jugada con tedio antes de dar otro sorbo a su copa.

Se tomó un largo rato para saborear el vino antes de continuar la conversación.

—Hace unos días recibí carta de Myrcella —le comentó con indiferencia, pero mirándolo por el rabillo del ojo, evaluando su reacción.

Jaime había tratado de acercarse a su hija y el fracaso aún le dolía. Le había escrito varias cartas que ella no contestó. En la última de ellas, antes de dirigirse al norte, sugirió la idea de ir a visitarla a Dorne y ella cortésmente agradeció el interés que demostraba en ella, pero le pedía que mantuviera su distancia. No se dirigía a él como a su padre ni siquiera como su tío. El frío 'ser Jaime' dejaba claro que no deseaba ningún tipo de relación con él.

Tommen y Cersei habían muerto durante la toma de desembarco del Rey, de modo que la única familia que le quedaba era la que tenía con Brienne. Todavía no estaba seguro de haber recuperado a Tyrion.

—¿Es feliz? —Por experiencia propia sabía que era ésa la pregunta clave para conocer el estado de una persona. No le importaba que ella tuviera poder o riquezas, quería saber si era amada y amaba; si sentía segura.

—Por la forma en que escribe diría que sí, aunque...

Jaime dejó de fingir que planeaba su siguiente jugada o que la vida de Myrcella no era una de sus prioridades. Antes de que Tyrion contestara se encontró absurdamente buscando una forma de ayudarla en caso de ser necesario, pero considerando su propia situación la idea resultaba tan absurda que tuvo que reírse de sí mismo y de su estupidez. Tan típico del Matarreyes: eludir la responsabilidad de estar cerca de sus hijos cuando tuvo la oportunidad y desear hacerlo cuando ya estaba fuera de su alcance.

—Estuviste a punto de convertirte en abuelo —Tyrion hizo una pausa para darle mayor efecto a sus palabras, aguardó hasta que Jaime lo miró al rostro antes de continuar—. Desgraciadamente tuvo algunas complicaciones y su embarazo no llegó a buen término.

La noticia lo sorprendió. Aun sabiendo que Myrcella llevaba tiempo casada nunca se imaginó convertido en abuelo, aunque tampoco se imaginó jamás siendo padre. Y siendo honesto, nunca lo había sido en realidad.

Cersei se había dejado preñar tres veces por él, tres veces permitió que otro hombre legitimara a esos niños, pero ni Joffrey ni Myrcela ni Tommen tuvieron jamás un padre de verdad. Ni Robert ni él se molestaron por participar en su educación.

Le pesaba admitirlo, pero cada vez que Cersei se negaba a que él se acercara a sus hijos se sentía aliviado. Por supuesto, no tenía idea de cómo educar a un niño. Su único ejemplo cercano, su propio padre, no era un modelo a seguir. Sus altísimas expectativas hacia él lo habían hecho sentir frustrado, lo poco que siempre esperó de Tyrion hicieron de su hermano un ser amargado. Y Cersei… ella representó sólo una moneda.

Cuando escuchaba a Brienne y Sansa hablar de sus padres se imaginaba que Selwyn y Ned debían ser un buen ejemplo a seguir, porque en las voces de ambas no había temor ni angustia escondida, sino respeto, cariño y admiración.

Años atrás, se había prometido que si la vida le daba una nueva oportunidad se esforzaría por imitar a esos hombres y ser un padre con todos los derechos y obligaciones que ello implicaba.

El destino, sin embargo, siempre se había empeñado en burlarse de todas sus buenas intenciones, torcerlas o convertirlas en un callejón sin salida.

—¿Ella está bien? —preguntó mirando fijamente su muñón, como hacía siempre que alguno de sus errores pasados le explotaba en la cara.

—Algo triste, pero es muy joven. Se repondrá —aseguró Tyrion con confianza.

Sí, Jaime sabía que las mujeres se reponían de algo así. Con el tiempo volvían a sonreír, a hacer planes, seguían adelante.

Por lo menos en apariencia.

Recordó sus últimos días en el muro.

En un raro rasgo de sensatez, cuando aquello que desde el norte acosaba a todo Poniente amenazó con no dejar reino alguno por el cual pelear, todos decidieron unir fuerzas para acabar con el enemigo común antes de continuar aniquilándose unos a otros. Dragones y ejércitos lograron una victoria que nadie se sintió con ánimos de celebrar. Las pérdidas eran demasiadas y aquella pesadilla hecha realidad estaba aún demasiado cercana para sentir seguridad.

Apenas llevaban algunos días lamiéndose las heridas como animales heridos, cuando alguien les informó que parte del ejército Targaryen se dirigía al Castillo Negro. Después de tomar Desembarco del Rey en su camino al Norte, Daenerys Targaryen era —en la práctica al menos— quien gobernaba Poniente. Jaime no era tan ingenuo como para creer que lo que había hecho en el Muro bastaría para obtener el indulto de la nueva reina, quien seguramente llevaba años soñando con tener su cabeza clavada en una pica o, considerando la afición al fuego de su familia, verlo consumido hasta los huesos en medio de una fogata de fuego valyrio.

La decisión que debía tomar en ese momento hubiera resultado más sencilla si sus locos impulsos no tuvieran a Brienne atada a él. Sabía, sin necesidad de preguntar, que el honor y la lealtad de la moza resultarían incluso más fuertes que los votos pronunciados frente a un septón y ella se empeñaría en compartir su destino, cualquiera que éste fuera.

Aun así, le rogó que volviera a Tarth sola. Ella se negó. La moza se cruzó de brazos. Con la frente arrugada y el gesto agrio le recordó que, como su esposa, su deber era estar a su lado.

Entonces Jaime, como su marido, le ordenó que volviera a casa con su padre y Brienne se rió antes de darle la espalda y empezar a preparar las monturas para partir hacia Guardiaoriente sin pérdida de tiempo. Sintió que volvía a enamorarse de ella en ese instante.

Cabalgaron durante casi dos días apenas descansando unas horas y prácticamente sin comer. Cuando llegaron al puerto y providencialmente encontraron un barco mercante que estaba por partir rumbo a Lorath, ya estaban medio congelados, exhaustos, hambrientos y dispuestos a abordar cualquier nave, incluso si su destino era uno de los siete infiernos.

El barco, aunque de buen tamaño, parecía tener más años encima que el mismo Muro y, por la forma en que crujió cuando lo abordaron, Jaime temió que naufragarían antes del amanecer. El capitán de la nave era un hombre menudo y moreno que, como su barco, parecía a punto de desbaratarse si el viento arreciaba un poco más, pero que les aseguró, con una confianza que rayaba en la pedantería, que su nave seguiría navegando hasta que el Mar Angosto se secara.

A pesar del optimismo del capitán, el desastre se presentó, aunque no en la forma de un naufragio como Jaime había temido.

Hacía apenas un par de horas que habían perdido de vista la costa cuando Brienne insistió en descansar en el diminuto camarote que tenían asignado. Si Jaime no supiera que su mujer se había criado en una isla y estaba tan acostumbrada al mar como a respirar, habría dado por sentado que el constante bamboleo del barco le estaba jugando una mala pasada. Tenía la piel blanca como la nieve y sudaba. Estaba a unos pasos de la cama cuando Jaime tuvo que sostenerla antes de que se desplomara. Apenas tuvo tiempo de recostarla cuando ella empezó a sangrar profusamente. No había ningún maestre abordo y tampoco fue necesaria la presencia de la mujer del capitán para que les confirmara que acababa de sufrir un aborto.

Brienne simplemente asintió con estoicismo y se dejó atender por la improvisada comadrona; después, en total silencio, permitió que él se recostara a su lado. Enterró la cabeza en su pecho y permaneció así por horas, sin llorar, sin decir una palabra, casi sin moverse, dejándose acariciar el cabello por él, mientras las olas del mar los arrullaban suavemente como único paliativo.

Jaime nunca supo si su posterior palidez fue debida únicamente a la cantidad de sangre que perdió, a la tristeza de la pérdida, al alivio, o a la incertidumbre por lo que les esperaba del otro lado del mar.

Por su parte, nunca estuvo seguro de lo que sintió. Hasta ese momento no estaba enterado del estado de Brienne. No tuvo la oportunidad de ilusionarse o preocuparse y sus recuerdos durante esos días estaban llenos por la ansiedad que le causaba la idea de que ella no se recuperara o de que, pasado el tiempo, llegara a reprocharle la pérdida de ese niño. Cobardemente nunca se lo preguntó.

Jaime podía vivir sin hijos, sin una mano, sin su capa blanca, sin Roca Casterly, oro o propiedades, sin familia ni amigos; pero, si de algo estaba seguro, era de que sin ella no tenía ningún motivo para seguir adelante.

Al amanecer, sus primeras palabras mientras veía despuntar el sol fueron: "Estamos a salvo". Jaime sabía de sobra que no era así, que no volverían a estar seguros nunca. Pero también sabía que ella necesitaba aferrarse a ese ingenua esperanza y él, todavía sosteniéndola fuertemente entre sus brazos, asintió.

Jamás volvieron a hablar del tema. Cuando el tiempo pasó sin que Brienne quedara embarazada otra vez, asumieron, sin decirlo con palabras, que ella había quedado estéril después de lo ocurrido en el barco. Si alguno llegó a albergar la esperanza de tener hijos renunciaron a ella en silencio y sin reproches. Tenían otras cosas por las que estar agradecidos. Ella no paraba de repetir que estarían a salvo lejos de poniente, e inocentemente siguió creyéndolo hasta esa primera vez que se vieron obligados a salir huyendo.

Él, aunque lo guardaba para sí mismo, estaba profundamente agradecido de que su esposa hubiera recuperado la salud con tanta rapidez. La moza era fuerte, se lo había demostrado en incontables ocasiones, y se sintió también agradecido por eso.

Muchas veces, cuando la encontraba acariciando a uno de los potrillos recién nacidos, Jaime se preguntaba si ella estaba pensando en ese niño que no llegó a nacer. Si le dolía haberlo perdido o tomaba lo sucedido como una suerte. Porque después de todo, ¿qué vida habría sido la de ese pequeño? Condenado a huir de un lugar a otro sin tener jamás un sitio al que pudiera llamar hogar. No obstante, Jaime frecuentemente se encontraba soñando con sus hijos. Con Joffrey, con Myrcela y Tommen, y con ese otro pequeño que no llegó a existir.

Quizás Brienne también soñaba con ese hijo, con unas manos regordetas y un par de ojos azul zafiro. Con una risa que se metía tan dentro de su cabeza que ya no podía asegurar si el sueño era bendición o maldición. Algunas veces Jaime quería hablar de ello, pero imaginaba que, si se trataba de una herida ya cerrada, resultaría cruel volver a abrirla.

—Podrías escribirle. Ella me ha preguntado un par de veces por ti… —confesó Tyrion refiriéndose a Myrcella.

Jaime negó con la cabeza. Estaba convencido de que lo mejor que podía hacer por su hija era respetar su voluntad y mantenerla lejos de la mala reputación del Matarreyes.

—Ella me dejó muy claro que no desea tener tratos conmigo. Y creo que tiene razón —trató de sonar desinteresado.

—No deberías rendirte tan deprisa.

Jaime no pudo reprimir una risa nasal. Considerando que su cabeza prácticamente estaba rozando el filo del hacha, le parecía que 'deprisa' no resultaba una palabra adecuada. Sin embargo, no era Tyrion la primera persona en darle ese consejo.

—Brienne me dijo lo mismo cuando Myrcella se negó a recibirme en Dorne.

—Te casaste con una mujer inteligente —afirmó el hombrecillo, haciendo su jugada clave con un gesto de aburrimiento.

—Bueno, debía tener algún defecto. De lo contrario, nunca se habría casado conmigo —bromeó Jaime, mirando el tablero distraídamente y moviendo su pieza sin mucho análisis—. Cuando esto acabe, encárgate de hacerle saber que me hubiera gustado ser un mejor padre para… para ella —añadió después de un rato.

Tyrion asintió tragando saliva.

—Estoy seguro que de alguna forma, ella ya lo sabe —lo tranquilizó Tyrion.

Jaime sonrió con amargura. Le hubiera gustado tanto ser un mejor padre para todos sus hijos.

Con Joffrey jamás tuvo la oportunidad. Murió siendo un extraño para él, un extraño al que llegó a despreciar, aunque eso era algo que sólo se podía confesar sí mismo y a Brienne.

Con Tommen no tuvo tiempo. Cuando se enteró de su muerte y de la de Cersei estaba a semanas de distancia. La versión oficial era que un traidor infiltrado en la fortaleza los había envenenado a ambos. Jaime estaba seguro de que la muerte provino de la misma mano de Cersei que, una vez sabiéndose perdida, prefirió convertirse en su propio verdugo y ofrecer el mismo destino su único hijo. El pequeño y regordete Tommen, con su mirada dulce y sus gatos.

No podía culpar a Myrcella por guardarle rencor, por querer olvidarlo a él junto con todas las humillaciones sufridas al hacerse público su verdadero origen.

En su juventud nunca había soñado con ser padre, cierto; pero con el tiempo había llegado a desear ser uno capaz de velar por el bienestar de los hijos que ya había engendrado. Desafortunadamente, no importaba de que forma jugara, la vida estaba empeñada en no dejarlo ganar esa partida.

—Perdiste, de nuevo —declaró Tyrion después de hacer su jugada final, con un tono casi profético.

Jaime sonrió con pesar.