—Está aquí.
La mujer abrió una puerta en el pasillo estrecho. Tenía a un pequeño acomodado contra la cadera.
Edward controló sus emociones. Lo había estado haciendo desde que aceptara la llamada que su secretaria le había pasado.
La llamada que amenazaba con cambiar su vida para siempre.
Sólo un férreo autocontrol hizo que llegara hasta ese punto.
Al entrar en la habitación delante de la mujer, sintió que cerraba las manos a los costados.
«¡Qué no sea verdad!».
Porque no podía ser cierto lo que por teléfono le había contado la asistente social. Que había abierto un sobre en el apartamento de Isabella Swan, mientras guardaba cosas para el pequeño, y leído la nota manuscrita adjunta al certificado de nacimiento del pequeño, en el que era citado como el padre del niño.
Isabella Swan mentía.
¡No podía haber otra explicación!
Una mujer como ésa... que lo había utilizado, que se había acostado con él para conseguir su dinero, ¡no habría titubeado ni un segundo en reclamarle la paternidad de un niño que había concebido en aquel sórdido encuentro!
De modo que sólo podía estar mintiendo...
Lo que significaba que el niño al que estaba a punto de ver no podía ser suyo.
«¡Dios santo... no permitas que sea mío!».
Estudió la habitación. La alfombra estaba llena de juguetes infantiles. En el sofá había sentados dos niños en edad escolar que veían la tele.
Cuando empezaba a relajarse, la mujer habló en voz tan baja que apenas pudo entender por encima del sonido alto del televisor.
—No lo lleva bien. He hecho todo lo que he podido, pero no responde. Pobrecillo —terminó con ternura.
Fue hacia un sillón grande medio oculto en esa habitación pequeña por la puerta abierta. Edward giró la cabeza para seguirla con la vista. Poniéndose en cuclillas y reacomodando al pequeño que llevaba a la cadera, dijo con voz aún más gentil:
—Hola, cariño. ¿Cómo está Tricks? —le revolvió el pelo al niño acurrucado en el sillón que sostenía con fuerza contra él un peluche viejo.
El niño no le respondió, ni a la voz ni al contacto. Permaneció allí sentado, inmóvil, apático.
Con un suspiro, ella se puso de pie.
—¿Lo ve? —le dijo a Edward.
No la oyó. No la vio. No vio nada salvo al niño acurrucado en el sillón.
Su perfil resultaba conocido de una docena de fotos familiares.
Las de él mismo de niño.
No podía moverse. Tenía los pulmones paralizados, el cuerpo rígido.
Pero la emoción lo atravesaba.
Lo mataba.
No supo cuánto tiempo estuvo allí de pie. El tiempo se había detenido, cinco años atrás cuando su simiente se había combinado con la mujer que, en ese momento, según le había informado la asistente social, yacía en una cama de hospital. «Justo a tiempo», habían sido las palabras de ésta, «de facilitar que el niño pase a los cuidados de los servicios sociales... lejos de una madre tan irresponsable e inadecuada».
Despacio, muy despacio, avanzó hacia el pequeño. Al percibirlo, el niño se tensó aún más, mirándolo con miedo. Unos ojos verdes y dilatados lo observaron con ansiedad y la boca le tembló. Edward sintió que un puño le estrujaba el corazón... con furia y con dolor.
Se obligó a sonreír. Bajo ningún concepto debía asustar al niño.
—Hola, Tony —saludó, hablándole a su hijo por primera vez.
Bella se movió con pereza. Abrió los ojos con pesadez.
Miró su entorno, confusa. Ya no estaba en el pabellón del hospital. Se encontraba en una habitación propia. Las paredes eran de un rosa pálido. Una enfermera abría las persianas.
—Hola —saludó con alegría—. ¿Cómo se encuentra?
—¿Dónde estoy? —preguntó levemente aturdida.
—En el Ala Sellman del hospital. Es un ala privada.
—¿Privada? Pero yo no puedo permitirme...
La enfermera la tranquilizó con una sonrisa.
—No se preocupe... todo está arreglado. Y ahora dígame cómo se siente. Tiene visita.
—¡Tony! —exclamó, ajena a todo lo demás. Intentó incorporarse. De inmediato la enfermera la ayudó a apoyarse contra las almohadas.
—¿Tony? —repitió.
—Mi pequeño —explicó con evidente dolor en la voz.
La enfermera se echó para atrás y movió la cabeza.
—Me temo que no es él. Pero si está preparada, haré pasar a su visita. Ha estado impaciente porque despertara —se marchó.
Bella cerró los ojos y sintió una oleada de tristeza.
Tony era su único pensamiento. Tenía que encontrarlo y recuperarlo. No le importaba si apenas podía levantarse de la cama, que los pulmones le dolieran a pesar de los analgésicos. ¡Tenía que ir a casa! ¿De qué otra manera podría recobrar a Tony?
La puerta comenzó a abrirse. Se preguntó quién podía estar tan impaciente de verla.
Al centrar los ojos en el hombre que entró, durante un espantoso momento pensó que debía seguir dormida. ¡Porque no podía, no podía, estar despierta!
Sintió conmoción.
Y horror. Un horror profundo.
Como a través de un agujero abierto en el tiempo, un hombre entró en la habitación procedente de un pasado salido de sus peores pesadillas, de sus recuerdos más espantosos.
Edward Cullen.
Edward cerró la puerta a su espalda y posó la vista en la mujer echada en la cama.
No era Bella Swan. ¡No se parecía en absoluto a ella!
Bella Swan había poseído una belleza tan seductora, que había podido burlarse de él como ninguna otra mujer había sido capaz. Lo había hecho sentir... No podía reconocer lo que le había hecho sentir. Había sido una mujer que podría haberlo tentado a su perdición de no haber encontrado la fortaleza mental para echarla de su vida como un fruto podrido.
Esa mujer parecía una calavera. Demacrada, los ojos hundidos en las órbitas, las mejillas chupadas, los huesos marcados como cuchillos y arrugas en torno a la boca. Tenía el pelo apagado y mucho más corto.
Involuntariamente, rememoró la imagen de aquella mujer que lo había impactado en la cena de hacía cinco años. Algo que nunca antes le había pasado. La había deseado al instante. Completa, totalmente. Más que a ninguna otra mujer.
Y por la oportunidad de saciar ese deseo abrumador e insistente, había quebrado todas las reglas de su libro... sólo para poseerla aquella noche en que se había ofrecido a él en bandeja.
Y por la mañana había descubierto el motivo. Había representado otro golpe en las entrañas. Con odio en los ojos, la observó en ese momento. Esa mujer no podía ser la misma.
Sabía que la habían ingresado después de que la atropellaran, pero eso no podía justificar por sí solo la espantosa transformación de una belleza tan exquisita en esa... esa... bruja.
Apretó los labios. Recordó lo que le había dicho la asistente social.
Drogas. ¿Sería eso lo que había convertido a la seductora Bella Swan en esa bruja consumida y esquelética?
La palabra cruel fue como una puñalada. Esa mujer tenía un aspecto tan horrible que sería inhumano no sentir compasión por ella. Sin embargo, era lo último que merecía.
Sintió la furia aflorar en su interior al recordar la cara angustiada de su hijo.
Cualquier niño, cualquiera, merecía una madre mejor. Encima de todo lo que había sabido de ella, la clase de mujerzuela que cambia su cuerpo por un beneficio financiero, resultaba que era aún peor. Irresponsable, débil, capaz de dejar a un niño de cuatro años solo mientras ella dormía su despreciable adicción... adicción que la volvía violenta contra la misma mujer designada para proteger a su hijo...
¡Y que semejante mujer fuera la madre de su hijo! Hijo que deliberadamente le había ocultado. ¡Ningún tormento era suficiente para una mujer así!
Sin embargo, iba a tener que tratarla con guantes de seda. Sus abogados habían sido claros, a pesar de que había tenido ganas de echarlos de su despacho. En el Estados Unidos, los padres de los niños ilegítimos no tenían un derecho automático de custodia. Obtener la custodia de su hijo sería un asunto complicado. Y mientras tanto, hasta que la madre se recobrara físicamente, el pequeño seguiría al cuidado de los servicios sociales.
Apretó la mandíbula. ¡No, no permitiría que eso continuara! La desdicha del niño había sido palpable.
Sin importar lo que hiciera falta, ¡sacaría al pequeño de allí!
Aunque para ello tuviera que ser amable con alguien tan despreciable como Bella Swan.
Sintió un nudo en el estómago. Bella Swan podía ser una mercenaria y una drogadicta irresponsable, pero su hijo había llorado por ella...
«Mami... quiero estar con mami...».
Un recuerdo lo atravesó como un cuchillo, anegándolo con el dolor de oír a un niño con el corazón roto por su madre. Una madre que jamás volvería... Con un esfuerzo supremo de voluntad, suprimió la voz que todavía podía oír en su cabeza, como si fuera del día anterior y no de treinta largos años atrás.
No. Los recuerdos no tenían sentido en esa situación.
Sólo importaba un niño triste al que únicamente le quedaba un maltrecho oso de peluche al que aferrarse...
Respiró hondo y abrió las negociaciones.
La más crítica de su vida.
Jugaba por su hijo... y tenía que ganar.
Bella lo miró fijamente. Era una visión, una pesadilla... tenía que serlo. ¡Edward Cullen había desaparecido para siempre! Lanzado al olvido del pasado, enterrado en una caja cuya llave se hallaba tan profunda que nunca volvería a abrirla.
El instinto de supervivencia la había ayudado a mantener ese pasado enterrado. Porque recordar a Edward Cullen habría sido recordar todo lo que le había hecho... todo lo que ella le había permitido que le hiciera.
Todo lo que le había dicho aquella mañana espantosa.
Se había marchado de la suite del hotel temblando de vergüenza, con repulsión hacia sí misma y hacia él, anhelando esconderse para siempre.
Pero había tenido que regresar junto a su padre, contarle... contarle que había fracasado. En salvar la empresa, lo que él amaba en la vida por encima de todo, mucho más que a la esposa y a la hija descartada.
«Si hubiera logrado salvar su empresa...».
En su interior renacieron las viejas recriminaciones. Si hubiera podido salvar lo único que su padre anhelaba, lo que necesitaba por encima de cualquier cosa...
¡Entonces la hubiera querido! ¿La habría querido?
Pero había fracasado.
Y su nueva pobreza los había aplastado hasta verse reducidos a vivir en un apartamento del ayuntamiento en un edificio en el que nadie más quería vivir, mientras ella había tenido que convertirse en cuidadora de su hijo pequeño y de su padre inválido, estirando al máximo su subsistencia de las ayudas estatales.
Hasta el amargo y doloroso final que había reclamado la vida de su padre, drenándola de sus últimas y agotadas energías...
Después de todo lo pasado en los últimos cinco años, en ese momento se enfrentaba a lo peor. A que le arrebataran a Tony.
Y ahí estaba Edward, dominando una vez más su visión, borrando el resto del mundo. La arrogancia, exacerbada por el conocimiento de la riqueza y el poder que controlaba.
Poder.
Era eso lo que irradiaba.
El miedo la paralizó.
¿Qué hacía allí? ¿Cómo había llegado hasta allí?
Y lo peor de todo, lo más aterrador... ¿qué quería?
De pronto la luz se hizo en su cerebro.
A Tony.
El miedo le atenazó el corazón con sus poderosas garras. ¡No! ¡No podía saber de la existencia de Tony! ¡No podía!
La cordura se abrió paso entre el terror. Aunque se hubiera enterado de su existencia, ¡lo último que haría sería interesarse por el pequeño!
Durante un último y prolongado momento, miró a esa mujer demacrada. Había hecho que la trasladaran a un pabellón privado... no por ella, sino por sí mismo. No quería tratar el tema de su hijo en un lugar público.
Pudo ver que la había sorprendido. Parecía aterrada... y más le valía estarlo.
Volvió a experimentar una oleada de furia y la aplastó.
Ella lo miró con rostro angustiado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó con voz débil y forzada.
—¿No lo sabes?
El rostro de ella se tensó y sus ojos reflejaron una expresión cautelosa que no le pasó desapercibida. Empezaba a recobrar la guardia.
—¿Cómo voy a saberlo?
Su tono evasivo lo enfureció. ¿Se atrevía a estar ahí tendida y a querer jugar con él mientras su hijo estaba al cuidado de los servicios sociales?
Volvió a contenerse.
Sólo dijo una palabra.
—Tony.
El nombre cayó en el espacio abierto entre ambos.
Observó el rostro de ella mientras lo pronunciaba.
Se paralizó.
Completamente.
No se había equivocado. Ella no había querido que se enterara de la existencia del pequeño por el momento, hasta haber podido sacarle las mejores condiciones.
La observó una vez que forzó ese conocimiento en ella.
Y Bella sólo podía mirarlo mientras el aire se solidificaba en sus pulmones. No podía moverse ni respirar.
«Oh, Dios, conoce la existencia de Tony...».
Sintió que el pánico crecía en su pecho.
¿Cómo lo había averiguado?
Comprendió que debía de haber movido los labios, porque de pronto él frunció el ceño y habló sin emoción.
Y esa misma ausencia de emoción renovó el miedo que la embargaba.
—¿Cómo? Tu asistente social me telefoneó —la penetró con la mirada antes de continuar con voz implacable—: Dejó bien claro lo que pensaba de los hombres que tienen hijos y luego declinan asumir la responsabilidad financiera por ellos —la voz sonó gélida—. Le irritaba especialmente que un hombre con mis «amplios recursos financieros», esquivara sus obligaciones. Me dio a entender que me resultaría bochornoso, tanto en el plano social como en el profesional, que mi negligencia llegara a los tribunales o a la prensa.
La comprensión la dejó consternada. «Por eso está aquí». ¡Esa asistente social había llegado hasta él y lo había amenazado con recurrir a los tabloides!
Se clavó las uñas en las palmas de las manos. Se sentía mareada. La mente se le había entumecido. Sólo experimentaba el horror de que Edward Cullen conociera la existencia de Tony.
—Lo quiero fuera de los servicios sociales. De inmediato —afirmó él con contundencia.
Desde luego, jamás se arriesgaría a que se publicara que un multimillonario negaba la manutención de su hijo. Por eso estaba allí... para neutralizar el peligro que podría correr.
—No lo permitirán hasta que me den de alta en el hospital —expuso con voz neutra, sin revelar la agonía de verse separada de Tony, el pavor de que no se lo devolvieran. Todos los instintos le decían que le ocultara las emociones a ese hombre, cuya única preocupación era protegerse de un escándalo.
—Eso ya no representa un problema. He hablado con tu médico y ha acordado darte el alta —durante un segundo, le pareció que los ojos de ella brillaban por la emoción, pero al instante volvieron a estar inexpresivos.
—No... no lo entiendo.
—Le he informado de que te proporcionaría los cuidados médicos apropiados, lo que significa que ya no necesitas estar hospitalizada. También he informado a las autoridades sociales de que aportaré una niñera cualificada para cuidar del pequeño. Han quedado satisfechos hasta el punto de que han decidido rescindir la orden temporal de internamiento.
No pudo creer que eso significara que podría recuperar a Tony. La esperanza se elevó en su interior. Aunque preferiría rebajarse antes que dejar que Edward Cullen se acercara a Tony, si era el único modo de recuperar a su hijo, lo haría.
Pero no debía permitirle ver lo mucho que significaba para ella. Ya conocía lo implacable que era. De hecho, ya estaba furioso de que lo hubieran forzado a entrar en juego de esa manera, debido al hijo bastardo que amenazaba su reputación.
Observó el rostro duro e impenetrable del hombre que en una ocasión le había derretido su ser, que había sido capaz de seducirla con tanta facilidad como quitarle una golosina a un niño.
Se obligó a desterrar el pensamiento.
Lo único que importaba en ese momento era Tony, su adorado hijo.
Se obligó a hablar con serenidad y ecuanimidad.
—Entonces, ¿qué sucede a continuación?
—Te darán de alta mañana y pasarás al cuidado de la enfermera que he contratado. Junto con la niñera, tu coche parará en los servicios sociales de camino al aeropuerto...
—¿Qué quieres decir con eso de aeropuerto? —cortó con voz aguda. Todos los músculos de su cuerpo magullado se pusieron tensos y las alarmas sonaron en su cabeza.
Él la miró con gesto inexpresivo.
—Volaréis a Grecia...
—¿Grecia?
Unos ojos oscuros se tornaron fríos.
—Os alojaréis en mi villa, junto al mar. Se encuentra en una isla privada de mi propiedad. Es muy lujosa, con personal cualificado. Te atenderán como a una reina.
Con un suspiro doloroso, Bella lo entendió.
Todo se reducía a ocultarlos en una isla privada, a salvo de ojos curiosos. Para él, tenía sentido. Pero ¿para Tony y ella?
¿Cómo podía permitir que los encerrara en una isla privada, rodeados de su personal leal a él?
Pero era la única manera de recuperar a Tony.
Y eso era lo único que importaba.
Serían como unas vacaciones para Tony. Unas vacaciones después del trauma de haberse visto separado de ella.
Nunca había salido de vacaciones...
Sus pensamientos volaron.
El clima sería más cálido en Grecia, y con una enfermera para ella y una niñera que la ayudara con Tony, podría recuperarse más rápidamente que en el desolado y húmedo apartamento en el que vivía.
Y en cuanto estuviera lo bastante recobrada como para que le devolvieran definitivamente a su hijo, no tendría que depender de la riqueza de Edward Cullen.
Apretó los labios.
Entonces éste podría irse al infierno.
