Capítulo 4: Freddie
Dos días después, la policía encontró mis apuntes de la clase de poesía.
Los animales se habían llevado la libreta de donde estuvo inicialmente enterrada: la tierra no coincidía con las muestras de los alrededores
Entremezclados con las hojas y las ramitas estaban los trozos de papel. La policía separó el papel cuadriculado junto con fragmentos de otra clase de papel, más fino y quebradizo, que no tenía rayas. Una compañera de la escuela reconoció parte de la letra.
No era la mía, sino la del chico del que yo me había enamorado, Freddie Benson . En papel de arroz especial de su madre, me había escrito una nota de amor que yo nunca llegué a leer. Me la había metido en el cuaderno el miércoles, mientras estábamos en el club de ciencias. Tenía una caligrafía elegante. Cuando llegaron los agentes, tuvieron que juntar los trozos de mi libreta de biología y los de la nota amorosa de Freddie Benson
—Freddie no se encuentra bien —dijo su madre cuando un detective llamó a su casa y quiso hablar con él.
Pero a través de ella averiguaron lo que querían saber. Freddie asintió a medida que ella le repetía las preguntas de la policía. Sí, le había escrito una nota de amor a Sam Puckett. Sí, la había metido en el cuaderno de Sam. Freddie Benson pasó a ser el primer sospechoso.
—¿Ese chico tan encantador? —le dijo mi madre a mi padre.
—Freddie Benson es simpático —dijo mi hermana con voz monótona durante la cena de esa noche. Observé a mi familia y supe que lo sabían. No había sido Freddie. La policía irrumpió en su casa y lo intimidó, insinuando cosas. Al principio el hecho de que Freddie no asistiera al club de ciencias en la tarde fue en cuanto la policía recibió una lista de los cuarenta y cinco asistentes que habían visto hablar a Freddie en la conferencia «Zonas residenciales de las afueras: la experiencia americana» aquella tarde , se vieron obligados a reconocer su inocencia. Se quedaron a la puerta de la casa de los Benson, rompiendo ramitas de los setos.
Habría sido tan fácil, tan mágico, que la respuesta que buscaban hubiera caído literalmente del cielo desde un árbol. Pero se extendieron los rumores, y los pocos progresos sociales que Freddie había hecho en el colegio se invirtieron. Empezó a irse a casa inmediatamente después de las clases. Todo eso me hacía enloquecer.
Observar sin ser capaz de llevar a la policía hasta aquel apartamento a dos pisos abajo del mío, próximo al nuestro , donde el señor López tallaba florones para una casa de muñecas gótica que estaba construyendo. Él seguía las noticias y leía a fondo los periódicos, pero llevaba su inocencia como un cómodo abrigo viejo.
Dentro de él había habido disturbios, y ahora reinaba la calma.
