Capítulo IV

"¿Lo cumplirías por las dos?"


El peor dolor no es el que mata, ni el que te quita las ganas de vivir; el más cruel es el arranca el sentido de existir a quien más amas. El que te hace rogar que al cerrar los ojos no podamos abrirlos más; rogar a quien sea que pueda escuchar esa agonía silenciosa.

Te quiebras por dentro, y lo que cae en pedazos de ti no deja de existir, sino que perece, se pudre, y regresa. Regresa para recordarte que esa cicatriz nunca dejará de existir. Que no importa qué hagas, ni que tengas todo el poder, la sabiduría y el valor que exista, simplemente tus errores nunca podrán ser enmendados. Esa sombra putrefacta siempre regresa, para amargar los dulces momentos que disfrutamos, para arruinar los más deseados triunfos que producimos con esfuerzo, solo para apuñalarnos cuando finalmente el dolor nos da tregua.

Te abraza del cuello con una sonrisa sin lógica ni sentido, y te susurra lo que no deseas oír. Que tienes el instinto de un suicida, que desea arrancarse la existencia, desesperado por simplemente dejar de sentir. Heraldo de que algo quedó dentro, en el espíritu y en el alma; una aberración latente, que se fortalece si te resiste, y te alcanza si intentas huir; que siempre te incitará a rendirte...


—"Todo lo que he tenido, lo que cualquiera anhelaría lo he perdido por solo sobrevivir...

Y todos los errores que he cometido desearía que solo me hubieran perjudicado a mí.

Todo lo que he hecho por no pensar ni razonar, en mi memoria ya no soy capaz de revocar.

Así que canta nuestra última elegía, y moremos eternamente bajo las alas de Hylia..."

Cantaba con voz lúgubre y melodiosa; las letras de esa canción estaban más que escritas en su mente. No se percataba siquiera de lo que sus labios expresaban, simplemente estaba en un mundo desconocido entre su quebrantada consciencia. Estaba desterrada ahí, desde el inicio de esa espera ansiosa que nunca terminó. Cuando lo vio por última vez, y oírle de decir un: "No me digas adiós, sino hasta pronto", con una sonrisa apagada y extraña, pero que a ella le dio esperanza, esperanza que inevitablemente se quebró, al igual que ella. Una expectativa que nunca se cumplió. Y muchos sueños e ilusiones que nunca podrían ser realizadas nunca.

Tenía el libro en braille abrazado contra su pecho, acostada en la cama de esa fría habitación rodeado de vanos lujos. Junto al regalo que él nunca pudo leer. Sus ojos llevaban horas enfocados en un punto muerto de la pared, tan abstraída que no se había percatado de la poca iluminación que había al caer ya el atardecer.


—Lleva así todo el día...—dijo con tono cauteloso pero directo la criada a Zelda, mientras que ambas caminaban apresuradas por los pasillos de esa zona restringida y privada del castillo. La noble tenía un semblante apagado, débil. Que daba la impresión de que ni ella misma sabía cómo lograba dar otro paso en pie sin derrumbarse. Se veía demacrada, delgada, con ojos hundidos y una palidez anormal. Escuchaba y a la vez no a su acompañante, torturada por sus pensamientos y pisoteada por la cruda realidad. Tenía miedo.

Miedo de que finalmente todo había tocado fondo. Todo por lo que tanto había luchado se desboronaba entre sus dedos. Habían pasado dos meses desde la tragedia que golpeó a ambas hermanas, y en ese lapso de tiempo la situación fue empeorando. Otros pacientes fallecieron a un ritmo alarmante, por alguna causa u otra. El número de individuos afectados se redujo dramáticamente, la inmensa mayoría habían sucumbido.

Los pacientes estaban falleciendo, y el número de nuevos diagnósticos se estaban reduciendo cada vez más, causa por la cual también las investigaciones estaban comenzando a estancarse. Todo parecía indicar que ese síndrome se convertiría en otra incógnita, un mal que nadie encontró alivio, que arrasó con vidas sin distinción de edades, géneros, razas o posición social, y que se esfumaría sin dejar rastro más que las vidas que había arrancado.

Las palabras de sus colegas siempre le hacían recordar a Zelda lo mismo, aunque lo dijeran sin la mala intención: Había fallado. Como médica que debe velar por sanar las dolencias, como monarca que había jurado hacer hasta lo imposible por solventar lo que apenara a su pueblo; y ahora, estaba fracasando como hermana y única familia que le quedaba a Zylia.

Se estaba hundiendo a sí misma en la culpa.

—Puede irse...—dijo Zelda en tono bajo pero firme, justo cuando ya se encontraba delante de la puerta. La sirvienta solo asintió junto con una leve reverencia, y procedió a retirarse en la anchura de los pasillos reales. Esperó, hasta no distinguir en lo absoluto las pisadas de la sirvienta, y fue ahí cuando apretó los puños con fuerza, mientras que su cuerpo temblaba levemente por la presión y la ansiedad. Sus labios se abrieron un poco, para comenzar a respirar ahí con dificultad, casi sollozos. Inhaló con fuerza, prestando atención a lo que podía oír del otro lado de la puerta, la voz de Zylia.

—"Hablo, suplico y grito, mas veo como el mundo pasa sin poder oírme...

Y todos los que alguna vez he amado, desearían que me quede un día más.

Pero mi tiempo acabó ya, mi hora por fin llegó. Yo debería subir, ustedes aún no.

Subiré sin dejar de velarlos, y suavemente les susurraré un último lamento y juramento de amor..."

Ella seguía con su canto, y no pareció notar la presencia de su hermana mirándola luego de abrir la puerta. Seguía acurrucada como una pequeña crisálida, una que nunca iba a a volver a abrirse.

Zelda conservó el silencio, mientras que sentía un muy conocido picor detrás de sus ojos. Que para ella era la señal de que estaba llegando al límite. No decía nada, solo se acercaba pausadamente, con la mente en blanco, mientras que solo quedaba su corazón consciente, desgarrado con cada palabra de esa melodía que conocía tan bien. Una melodía que ella repudiaba desde el día en el que se había dado cuenta que no existían esas amorosas deidades que velaba por los bienaventurados de corazón. Pero oírla de su hermana la doblegaba.

Se sentó junto a la cama, frente a ella, pero los ojos de Zylia seguían con enfoque perdido y desganado, mientras que sus labios se movían, tarareando las partes que no recordaba de la canción y entonando cuando llegaba a una parte que sí se sabía. Estaba preocupantemente abstraída, y eso solo le causaba aún más dolor a Zelda, de tener de observarla de tal manera, y no poder hacer algo. Lo que habría dado por simplemente intercambiar sus lugares, sufrir con tal de que su hermana fuera de libre de su propio cuerpo.

Pero no podía, llanamente no podía. Para todo en su vida esa era la realidad: Era impotente.

Trató de tomar el antebrazo de Zylia, pero esta arisca se quedó inmóvil, sin mirar a su hermana. Zelda aún no se dignaba a hablar, y de forma involuntaria, sus ojos se volvieron a posar en lo que no quería. En las manos vendadas de la princesa menor, que mostraban algo impactante. Sus dedos se veían anormalmente cortos entre la gasa. Habían amputado las puntas de las mismas.

"Puede que las sombras lo cubra todo, pero la luz viviendo seguirá...

Puede que el poderoso viva, pero su fortaleza y vitalidad se agotará.

El osado siempre luchará, sacrificando su vida por obras que santificará.

Y puede que el sabio guíe, aun cuando su propio sendero sombrío está..."

Zelda tomó con firmeza el de ella antebrazo, rozando con sus dedos la piel áspera de Zylia, mientras trataba de corresponder su mirada perdida.

La hermana menor quería seguir cantando, pero ya no recordaba más de las letras; siguió tarareando, hasta llegar a su final y dejar que el silencio fuera el que tomara la batuta entre ambas. Uno que se volvía espeso y desagradablemente empalagoso, pero simplemente no sabían qué hacer. Especialmente Zelda.

—Sabes qué es lo peor...—susurró repentinamente Zylia, mientras su mirada se movía de aquí para allá, parpadeando de forma descoordinada, hablando de forma arrastrada. Zelda la miraba con intensidad, y su silencio servía como indicación de que la oía—Una chica con Hinom que estuvo en la habitación de al lado hace tiempo me dijo... dijo que cuando vas a morir, es como si ya lo presintieras, lo presientes aunque no sabes muy bien cómo interpretarlo. Con tus palabras te muestras esperanzado, pero quien lo ve venir, mira a sus amados como si fuera la primera... o la última vez que lo hará—Su voz sonaba ligeramente afónica; miró con sus ojos enrojecidos a Zelda. Su corazón latía lento, pero de forma dolorosamente intensa.

—Cuando iban a llevarlo al quirófano, obvio no me miraba, pero a cada momento me tomaba la mano, me pedía que le hablara para oír mi voz, y antes de irse, lo último que hizo fue tocar mi rostro. Tal vez Sasha lo presentía—dijo con voz muy grave y baja, casi como si no quisiera decirlo pero debía obligarse a aceptarlo. Por mucho que eso le doliera.

—Zylia...—murmuró Zelda sin querer, quería conservar silencio y oírla, pero no pudo resistirse a intentar detenerla porque le estaba asustando lo que ella decía. O tal vez lo que podría decir. Mas la jovencita en cama no pareció prestar atención.

—Me prometió que íbamos a ver la nieve cuando se recuperara. ¿Por qué tuvo que romper su promesa?—preguntó Zylia, aunque en el fondo sabía que su respuesta no podía ser respondida. Solo sonrió de forma mecánica con melancolía, retorciendo sus labios mientras que de nueva cuenta sus lágrimas invadían su rostro al pensar de nuevo en todo lo acontecido en ese día que prácticamente le había arrancado parte de lo que latía en su pecho. Se lo arrancaron justo en el instante en que le dijeron que él nunca despertó luego de la intervención que había sido supuestamente exitosa.

En ese momento simplemente no supo a qué hacer; fuera de sí y de tanto dolor no pudo hacer algo más que culpar a todos de todo, con incoherencias y habla desatinada. Que por su culpa lo había perdido. Incluso culpó a Zelda por la muerte de Sasha, ni ella entendía por qué, pero destrozó con sus palabras a la única persona que quedaba con amor hacia ella, y la golpeaba con sus palabras de forma ilógica, aunque en un remoto resquicio de su juicio sabía que eso, que todo eso, no había sido culpa de su hermana, que sin dudas habría dado su vida a cambio, si solo hubiera tenido esa posibilidad. Pero no podía, esa era la misma limitación para cada deseo soñador que se les pasaba por la mente. Una verdad que les mutilaba las alas sin piedad.

Quería ver la nieve, quería ir a Lanayru como desde un inicio habían planeado con tanto entusiasmo. Y de nuevo, Zelda no sabía qué decir. Atravesar esa situación en carne propia era infinitamente distinto a contemplarla en terceros, en la posición de doctora dando el trágico diagnóstico, o la cruenta realidad de la forma más directa pero prudente posible. Ahora más que nunca podía sentir lo doloroso que era no solo el fallecimiento de un ser querido, sino como su partida también se llevaba parte del alma de quienes componían su vida.

—Zelda...—susurró Zylia en llamado, mirando a su hermana, y con sus frágiles dedos seccionados trató de apretar sin éxito la mano de su única compañera de vida. La rubia asintió de forma casi imperceptible, indicándole a su hermana que la estaba oyendo, por muy tentada que estaba de interrumpirla.

— ¿Recuerdas que de niñas siempre decíamos que seríamos las mejores doctoras del mundo? Que iríamos a todas partes a sanar a todas las personas hasta que no quedara nadie enfermo. Seríamos princesas de verdad, encontrando a nuestros príncipes encantadores para casarnos y vivir en un castillo flotante... Quiero que me vuelvas a prometer algo que prometimos en ese momento—recordó con palabras mientras miraba por la ventana el ambiente nublado y gris que se podía observar en el atardecer.

—Dijimos que cumpliríamos ese sueño juntas; pero... ¿Lo cumplirías por las dos?—No entendió por qué, pero esa última pregunta hizo que latiera un segundo corazón en el pecho de Zelda, uno que latía de forma dolorosa, y le oprimía por dentro con angustia.

—Lo cumpliremos juntas. Podremos salir adelante, siempre lo hacemos—respondió Zelda, tratando de animarla de alguna forma u otra. Sonriendo aunque se estuviera obligando a sí misma hacerlo, cuando solo quería terminar de romperse con ese dolor que palpitaba en su pecho, ese opresivo dolor en su interior.

—No quiero salir adelante... Solo quiero quedarme aquí. Hasta aquí puedo, o pude—declaró, prácticamente musitando, tan bajo que Zelda tuvo que hacer un pequeño esfuerzo para entender las palabras de ese de ronroneo muerto.

—No puedes rendirte, Zylia, Zylia... Tú eres la persona más fuerte que alguna vez conoceré y tengo el honor de tenerte como mi hermana. Todo lo vemos negro, sin nada que nos ampare, pero...—Pero Zelda se vio interrumpida entre sus palabras, notando que comenzaban a fluir de forma muy forzada lágrimas por sus mejillas.

"Puede que el poderoso viva, pero su fortaleza y vitalidad se agotará."... Ahora sé lo cierto que es. No importa lo que quieras, siempre estarás dividida, entre el deber, y el corazón. Entre el pueblo, y yo. Es por eso que no has estado casi conmigo ¿No?—Lo dijo con un claro tono de reproche melancólico y apagado, no siendo capaz de mirar a los ojos a Zelda por algún sentimiento de mortificación, porque sabía que n estaba bien decirle eso. Era una intensa lucha interna, la razón y la resignación, y esa última estaba saliendo triunfante. Zylia sonreía de forma tiesa.

—Las cosas serán distintas ahora, te lo prometo—Le aseguró a su hermana menor con total certeza, con una determinación que ni la misma Zelda sabía de dónde lograba siquiera sacarla, mucho menos manifestarla. Estaba desesperada, deseosa de soltar esa verdad que la estaba consumiendo por dentro y le urgía liberarlo.

—No quiero que me prometas eso, no eso—reclamó Zylia en una especie de puchero algo agrio y hostigado.

—Entonces verás los hechos—respondió Zelda, intentado sonar lo más suave y comprensiva que podía, pero estaba apretando con suma fuerza su puño libre...

—Algo surgirá, te ocupará, habrán escusas...—

—Renuncié a la corona—interrumpió Zelda, y con esas palabras todo pareció paralizarse, unos instantes de mutismo se hizo presente entre el escepticismo, por tal revelación impactante—No puedo... no puedo pretender guiar un pueblo si mi familia me necesita. No podía continuar así. Debo estar aquí, a donde pertenezco—

Continuó diciendo Zelda luego de ese lapso de turbia tranquilidad, tratando de explicarse. Realmente había alcanzado su límite, al borde de todo lo que la componía, su paciencia, su fuerza, su comprensión, incluso su cordura estaba gravemente amenazada. Pero no iba a abandonarla, y aunque había sido un acto impulsivo, dejarlo todo, no se arrepentía. Su familia era su vida, y lo único que la anclaba a esa realidad.

Zelda se mantuvo inerte, observando a su hermana, tratando de recibir respuesta de ella, alguna reacción al menos. Zylia solo abrazó con un poco más de fuerza el libro en su pecho, mientras su vista continuaba en un punto perdido y sin enfoque, moviéndose de una forma un poco errática, y respirando de forma algo audible. Se veía inquieta, y Zelda no podía hacer más que tratar de observarla y esperar, oírla, y sacar paciencia de donde no tenía.

—¿Lo cumplirías por las dos?—volvió a preguntar de forma compulsiva y distraída, volviendo a mirar a su hermana con esa sonrisa muerta y decaída con ojos vidriosos, inundados en lágrimas espesas tan gruesas que no lograban salir de sus lagrimales. Verla así estaba matando a Zelda, verla marchita, descolocada en algunos puntos de su juicio, desconectada de su mundo.

Zelda comenzó a temblar por la crisis de ansiedad que ahora a ella la estaba invadiendo, pero trataba con todas sus fuerzas de mantenerse serena, e intentar tenderle una mano a Zylia en el foso oscuro que era su propia mente. Quiso gritarle, pero se contuvo. Quiso negarle con brusquedad, pero tragó sus palabras. Quería simplemente desaparecer, pero verla la mantenía con la convicción de seguir ahí. De nuevo hubo silencio, pero en ningún instante Zylia desvió su mirada atenta pero nublada de Zelda, esperando la respuesta a esa pregunta que era la única que le importaba. Solo quería un sí, un sí, no alternativas, no respuestas ambiguas. Solo un sí.

—Lo cumpliremos juntas... Dentro de poco vamos a viajar. Hay muchos lugares con especialistas prometedores, en alguna parte debe haber una cura, y lo encontraremos—explicó Zelda, tratando de hacerla comprender en medio de su frágil condición mental. Lo tenía todo meditado, tendrían que partir de Hyrule, tal vez no había logrado conseguir una cura, pero el mundo era basto, tendrían que buscar en otras tierras, en otros reinos y naciones, tenía en mente acudir a varios institutos y colegas que participaban activamente para el progreso innumerables avances en distintas áreas médicas, que iban a la par con los recientes logros de los hyruleanos.

El Hinom había sido una maldición misteriosa que había aparecido de forma repentina e impredecible, con un origen misterioso, y ahora estaba desapareciendo. Con todo, muchos deseaban encontrar respuestas, y Zelda tenía la esperanza de que la solución a ese misterio pudiera ser descubierta para al menos salvar las vidas que pudieran. Por muy ínfima que fuera esa esperanza, no podía hacer más que aferrarse a ella con desesperación.

—Vamos a encontrar una salida—afirmó Zelda, logrando sonreír de forma débil entre las crecientes lágrimas que se deslizaban por su semblante. Gotas de su alma que nunca podría recuperar, parte de lo que era que se quebraba para nunca volverse a sanar.

—No quiero. Estoy cansada, y harta—replicó Zylia, notablemente incómoda, irritada, muy irritada, aunque su semblante no lo expresara.

—Te comprendo, pero...—

—No, no comprendes, nadie comprende. Comprenderías si supieras qué se siente que te digan que tienes una enfermedad del que no hay ninguna cura, "por ahora". Que las personas te miren solo de dos formas, con asco o con lástima. Que con sus palabras te den a entender que tu esperanza de vivir es nula. Que te... quiten partes de tu cuerpo y lo destruyan como si fuera inmundo... que te cercenen y mueras por un tajo a la vez... ¿¡Acaso comprendes lo que es eso?!—gritó Zylia fuera de sí, alzando la voz por primera vez, no logrando controlarse, ni tampoco ordenar bien sus ideas al hablar, pero sus facciones y su mirada expresaban justo la desesperación que tenía de sencillamente dejar de sufrir, aunque solo hubiera una salida para eso. Al entenderlo, al sentir esa sensación que lograba ver en los ojos de su hermana, Zelda inmediatamente también sobrepasó la línea de su juicio.

—También estoy harta. ¿Sabes todo lo que he sacrificado por ti? ¿Tienes una remota idea? No, porque siempre estuviste encerrada en tu pequeño mundo de fantasía que te inventaste para huir de la maldita realidad. He velado por ti, he luchado por ti. Puse todo lo que tenía en el esfuerzo por hallar una cura. Tuve que tragar mis propias lágrimas para secar las tuyas, aguantar mi propio dolor para consolarte del tuyo, y sonreír por ti aunque lo único que quería hacer era abandonarlo todo. Sé que fracasé, fracasé en todo, y ya no tengo fuerzas para levantarme, mucho menos seguir levantándote. ¿¡Cómo puedes ser tan ingrata!?—gritó a todo pulmón sin importarle nada, sin pensar siquiera, sin meditar en el efecto de lo que saliera de sus labios. Solo lo liberó, tanta frustración y agotamiento sedimentado en su alma que la había arrastrado finalmente a ese punto. Su expresión se mantenía aparentemente imperturbable, pero las lágrimas que poco a poco comenzaban a salir la desmentían. Zylia se mantenía igual, mirándola de forma distraída, pero apretó con un poco de fuerzas la mano de su hermana, musitando un "Lo siento". Sus ojos eran los que de verdad hablaban por ella.

Zelda notaba ese extraño destello que iba difuminándose de los ojos de ella. Y Zylia comenzó a observarla también, con atención, detenimiento y hasta intriga. Con devoción. Como si realmente fuera la primera vez que veía a su hermana que tanto amaba desde que tenía uso de razón. O como si realmente, fuera la última vez que lo haría.

Ahora lo comprendía, a lo que se refería al decir que es algo que puede presentirse, algo que sientes que se acerca pero la mayoría de las personas solo quiere ignorar o acallar. Tal vez por miedo, tal vez por deseo de persistir, o por creer que es solo una sensación vacía. Pero solo quien lo experimentaba podía comprender y decir a ciencia cierta cómo era tal sentir. Solo quien contemplaba esa mirada final de quien amaba podía siquiera entenderlo. Pero Zelda no deseaba entender, no quería aceptar, se encontraba en un estado de obstinada negación, ahogada por su propio dolor que poco a poco extinguía lo que era.

—He aprendido demasiadas cosas en mi vida para salir adelante, pero nunca podré aprender a vivir sin ti...—dijo Zelda, quebrándose por fin en llanto, soltando todo lo que alguna vez había retenido en su interior, cada lágrima y gemido que contenía por mostrarse firme y templada. Apoyó su rostro sobre la cama, mientras sus sollozos desgarrados no paraban de ninguna forma, ni ninguna palabra de consuelo podría detener ese flujo interminable de lamentos y penas.

Estaba muriendo por dentro, todo lo que la componía y sustentaba se había vuelto intangible, y cada resquicio de su fuerza de voluntad y perseverancia se drenaba de su ser por cada gota traicionera que derramaban sus ojos de forma descontrolada. Se había rendido. Había fracasado. Había sido derrotada, y su alma perecía con cada reproche de esa indolente realidad que no hacía más que consumir los pocos restos de su humanidad.

Sin palabras ni sonido alguno, también derramando lágrimas sin parar, Zylia la tomó con sus débiles manos, atrayendo a Zelda con ella, guiándola a que se acostara a su lado en su lecho, tal como siempre lo hacían desde la más tierna infancia en cualquier circunstancia que asustara a alguna de las dos, o ambas, al punto de acudir a la más fiel de sus compañeras, su propia hermana. En esos días que se veían tan distantes, las cosas que hacían que durmieran juntas entre llantos y profundo pánico eran situación en su mayoría simples. Las intensas tormentas con truenos que constantemente azotaban las llanuras de Hyrule, cerca de la Ciudadela. Esos intensos sonidos retumbantes las asustaba profundamente, y no tenían a quién acudir más que una a la otra. No había ninguna figura paternal o maternal que las cuidara bajo su sombra, no había sostén alguno más que su propia hermandad.

Habían otras situaciones, ya más complejas y recurrentes, como la presión de un yugo y responsabilidad que nunca habían pedido. Un falso honor y una posición dizque privilegiada que era más una maldición. Ante esa vulnerable posición, tenerse una a la otra se convertía en su único salvavidas.

Tristezas que sin ninguna causa o razón las agobiaba. No necesitaban explicarse una a la otra qué las aquejabas, solo se recibían entre sí sin dudarlo ni un instante. Tal como una tormenta de truenos, cualquier pena que las cubría eventualmente se disipaba, tal como esas penumbrosas nubes; Siempre era así. O cuando entre su propio lazo y relación nacía la discordia, la reconciliación era inminente, porque de verdad eran corazones que latían en consonancia. Pero ahora, teniendo Zylia a su hermana mayor deshecha en sus brazos, se dio cuenta que probablemente esa tormenta que las estaba cubriendo era una que nunca iba a menguar.

Algo se movió de forma dolorosa en su pecho al darse cuenta de esa realidad, un hecho más que se negaba a aceptar, y al hacerlo, le causaba más dolor. ¿Para eso había nacido, para ser siempre una víctima, una frágil criatura esclava del dolor? ¿Era eso lo único que recordaría Zelda de ella, una figura endeble y marchita? Con tal sentimiento tan amargo en su interior, decidió simplemente dejar su mente en blanco, y estrechar a su hermana en su pecho con las pocas fuerzas que le quedaban. Al menos por una vez más, iba a ser su sostén, tal como Zelda lo había sido para ella.

Su repentina sonrisa vino acompañada de nuevas lágrimas, una extraña mezcla de felicidad por el simple hecho de tenerla ahí, y de una melancolía turbia y espesa que borbotaba en su pecho. A fin de cuentas, las Diosas habían puesto la dicha tan cerca del dolor que por ambas se podía llorar, pero por primera vez, lloraba por ambas razones.

De nuevo volvió a cantar esa melodía, suavemente y de manera pausada, mientras que sus ojos se fijaban en el rostro afligido de Zelda, aun estando ya dormida. Deseaba quitarle ese peso de encima; no le correspondía a ella. En eso se basaba todo, desear cosas que jamás podrían pasar. Ese recurrente pensamiento volvió. ¿Y si ella nunca hubiera existido, Zelda sería feliz, estaría en paz, realizada? Tenía miedo, porque siempre había pensado que la respuesta a esa pregunta era un sí. Zelda no habría que tenido abandonar sus expectativas por cuidarla, sacrificar todo de sí por encontrar una cura, ni convertir su pasión en una esclavizante responsabilidad. Habría querido que las cosas fueran distintas, y definitivamente no estar al borde de ese abismo al que la había arrastrado. Se sentía tan egoísta.

Rozando sus resecos labios por la frente de Zelda, le dio un suave beso, para después unir con delicadeza su frente con la de ella mientras más gotas recorrían su semblante. Ese instante, solo ese instante era el que quería inmortalizar, lejos de esa pesadilla que se llamaba vida, y del cual despertaba cuando se dormía. No fue hasta ese instante en el que se dio cuenta de cuanto miedo tenía. Creía haber perdido toda razón para seguir luchando cuando había perdido a Sasha, pero ahora era evidente que se había equivocado. Zelda siempre había sido una de sus razones para seguir viviendo, y se había dado por vencida sin meditar que su hermana también la necesitaba.

A eso se había reducido su existencia, sonreír sin ser feliz, llorar sin lágrimas, y morir mientras aun respiraba. Pero no le importaba. Tenía miedo, pero por lo que deparaba el futuro de la única persona que aun amaba en el mundo, lo que pasaría con Zelda cuando ella finalmente dejara de poder estar allí. Sin darse cuenta se había convertido en la vida de su hermana. Zylia se hacía interrogantes aunque se había resignado a quedar en blanco y disfrutar de lo simple, pero ahí estaban siempre sus dudas ¿Qué quedaría de Zelda cuando ella partiera? ¿Su vida quedaría sin rumbo? ¿Tendría algún sueño que cumplir? Le asustaba la respuesta a esas preguntas, porque había sido su culpa, eso era lo que creía.

Otra vez se aferró a una nueva esperanza. Que Zelda pudiera soportar esa tormenta, que de alguna forma u otra encontrara una nueva razón, y un sentido. Y sobre todo, que de nuevo pudiera sonreír. Eso quería Zylia, que su hermana pudiera sonreír, aunque no podría acompañarla en su dicha, ni apoyarla en el camino que le esperaba. Solo le esperaba una perpetua ignorancia, y un vacío infinito en la que no podría hacer más que desear y añorar. De nuevo le preguntó al silencio, sabiendo que nunca iba no recibir respuesta.

— ¿Lo cumplirías por las dos?—


Despertar siempre era un acto por reflejo que la intimidaba. Un retorno inevitable a todo lo que le temía. Pero ahora no era un sentimiento temeroso lo que la acompañaba al recobrar el sentido. No, era más bien una sensación gélida y vacía. Estaba totalmente a oscuras, y Zelda se encontraba aun sujeta con firmeza de su hermana, con gran recelo. Su mente se sentía nublada, y sus pensamientos estaban turbios. Respiraba de forma pausada, le pesaban los ojos. Solo quería volver a ese estado pasivo, abstraída de lo que sentía, y sumida a una tranquilidad que aunque efímera, era la única la que podía aferrarse.

Se apiñó con necesidad a su hermana, como desde niña acostumbraba hacerlo. Era eso lo que siempre buscaban cuando ni ellas mismas se entendían, cuando querían estar solas pero a la vez anhelaban afecto. Cuando decían estar bien; esa mentira que ambas decían con tanta frecuencia. Era eso de lo que siempre se encaprichaban, estar ahí, estar así, ya fuera por encontrar sostén, calidez, cariño. Era una sensación de alivio casi inmediata que experimentaba en sus brazos... Pero no lo sintió. No sentía nada. Solo una extraña soledad, y una calma asfixiante.

Había algo que la acompañaba siempre en esos pequeños instantes compartidos, cuando ambas se encontraban en los brazos de la otra, y era el sentir sus corazones latir. Pero Zelda solo sentía el suyo. La piel de Zylia siempre estaba cálida, y ahora la sentía tan fría. Siempre sentía la respiración de ella contra su rostro estando estrechadas, y ahora no.

Zelda se acomodó ligeramente para observarla, observarla con detenimiento. Estaba pálida, con todas sus facciones relajadas, su cuerpo sin tensión alguna, y completamente inerte. Nunca había pensado que ese último martirio sería tan quieto, tan gris. Pero no meditaba eso, se encontraba en absoluta negación. Simplemente lo que le indicaban sus sentidos no podía ser así, no quería.

Llamó con cariño a Zylia, como tratando de despertarla en una mañana luego de un profundo sueño. Volvió a llamarla, con un poco más de fuerza, mirándola de pies a cabeza, al no recibir respuesta alguna. La tomó de ambas mejillas con cuidado, acercándose más, contemplándola sin ninguna atención. No quería darse cuenta, ni aceptarlo. Su juicio simplemente se inmutaba al agujero que comenzaba a dilatarse en el interior de su ser.

No importó el momento, ni mucho menos el tiempo. Todo colapsó en su mente. Solo la tenía sujeta con fuerza, sin intensiones de soltarla. Zelda la tenía abrazada a su pecho, con la mirada más perdida que su alma, en completa calma. Susurraba lo mismo, llamándola, pidiéndole que volviera y dejara de bromear. Conversaba con la nada, esperando una respuesta que sin duda nunca llegaría. El tiempo transcurría con indiferencia, como siempre, sin importar lo que sucediera, sin importar lo que se sintiera, arrastraba a todos y todo en su flujo interminable.

Pasó bastante antes de que finalmente abrieran esa puerta y encontraran a ambas hermanas en brazos de la otra, o más bien, una en el regazo de la otra. Mientras que Zelda susurraba algo de forma intermitente, ya de por mera inercia, desubicada de lo que la rodeaba:

—No me dejes sola...—


En un lugar desconocido...

Era una tortura, sin lugar a dudas lo era. Y lo peor es que no podía apartar la mirada de esa imagen, de esa manifestación astral en la que observaba a su amada de vidas pasadas atravesar por un momento que la había estado persiguiendo por mucho, y finalmente la había alcanzado.

Link no solo podía contemplarla, también podía sentir, sentir su dolor y ser aplastado también por el remordimiento y la impotencia. Había sido derrotado también por la simple inaptitud, limitado de evitar y cambiar lo que quería. Forzado a contemplar las desgracias, y obligado a arrastrarse y continuar aunque solo quisiera detenerse.

Eran innumerables las lágrimas derramadas que había derramado ella, y eso que de niño él lo había intentado, las primeras veces en la que vio a la profetizada sacerdotisa de Hyrule, y por alguna razón, ni Impa ni Cya le explicaban el por qué no podían traerla a donde pertenecía, a donde su destino la llamaba. Y ahora en su adultez, era Link quien posponía o evitaba el cumplimiento de los designios divinos, en un obstinado debate con la sheikah, quien estaba decidida. Desde hace mucho ya debían revelarle a la heredera de Hylia su verdadera razón de nacer, y el que había evitado a toda costa ese inevitable acontecimiento había sido Link.

Muchas cosas pasaban por su mente, sentado en el jardín a los pies de esa inmensa esfinge de Hylia. Pensaba en lo que había pasado, lo que en ese momento acontecía, y sobre todo, lo que iba a suceder. Eso lo angustiaba. La depresión era enfrascarse en el pasado, y la ansiedad obsesionarse en el futuro, y él estaba hundido en ambos.

Seguía mirándola, hasta que una sombra espesa y demoníaca comenzó a cubrirlo. Link no pareció sorprenderse por eso, conocía muy bien esa pestilente esencia de su mayor némesis. Sus inexpresivos ojos azules miraron al firmamento, fijando su atención en la luna nueva, particularmente, el tono carmín sangre que estaba tomando uno de sus bordes, como si irradiara alguna especie de energía con consciencia. Un fenómeno que solo ojos entrenados en las artes místicas podían observar, a fin de cuentas, la Luna Carmesí solo brillaba a los ojos de los hechiceros.

Había pasado años desde la última vez que el poder de Ganon llegaba a su auge como para teñir de escarlata al astro nocturno, y Link y todos sus compañeros solo podían preguntarse qué les esperaba una vez que tal acontecimiento tuviera lugar, y para eso quedaba muy poco tiempo. Lo más perturbante no era el renacer de las legiones demoníacas al servicio del Rey de las tinieblas, sino que por ese lapso intermitente de debilidad en el sello que lo contenía, todo sensible a la magia sentía su presencia, con dicha o con terror. Link podía sentir perfectamente el aliento de su jurado enemigo en su nuca, riendo, y disfrutando de su pena. Siguiendo sus pasos para mofarse de sus desgracias.

Era un enfermizo juego que ambos tenían, demencial y recíproco, una relación de mutuo odio pero extraña devoción, una rivalidad que iba más allá de lo que podían explicar. Una constante e impaciente espera por reencontrarse de una vez por todas, y decidir quién se llevaba la supremacía entre ambos. Era más que salvar a Hyrule o dominarla, subyugar o libertar, era una competitividad primitiva que habían desarrollado, sin intervención de nada ni nadie; y que ambos estaban deseosos de dar por terminado ese enfrentamiento que iba a determinar sus destinos.


Comentarios finales

Me sentí algo melancólico mientras iba releyendo. Espero haya sido de su agrado. Y lamento inmensamente la demora, por varias razones, principalmente por mis obligaciones escolares, y también por algún par de trabajillos que tuve en este mes pasado. Por alguna razón se me dificultó un poco acabar este capítulo, pero a la final quedó como quería, y espero que haya surtido el efecto deseado cuando lo leyeron.

Quiero dar especial agradecimiento a Egrett Williams que me ayudó con varios aspectos reflexivos en el capítulo, y además me dio una mano al pulir mi idea original de esta entrega. Chas´ Grax Mija :B

La última escena creo que habla por sí sola ¿No creen? No se pierdan el próximo cap. Y espero puedan leer esta actualización hoy mismo porque según sé FF está teniendo una falla con las notificaciones al correo :S

En fin, espero puedan decirme qué opinan mediante los comentarios, ya saben que ese es el mejor medio para dejar ver sus puntos de vista que son valiosos para mí como escritor. Sin más, agradecimientos por los comentarios a:

sonicmanuel

Suki90

Yahab

Goddess Artemiss

Fox McCluode

LinkAnd06

Estoy realmente entusiasmado con lo que se viene para el capítulo que viene, tanto que ya lo inicié incluso xD Los espero en dos semanas con capítulo nuevo :D Y el domingo para la actualización en mi nueva serie de drabbles El mañana de nuestro destino.

Nos vemos estimados lectores.