- ¿Sabes? Me equivoqué contigo.
Regina miró sorprendida a Emma. - ¿A qué te refieres?
- Pensaba que eras una estirada que miraba a todo el mundo por encima del hombro.
- Vaya, gracias.
- Jaja no te lo tomes a mal, te estoy diciendo que me equivoqué, no eres así. - Regina sabía la imagen que daba, era algo que le gustaba, sentía que infundía cierto respeto, pero nunca se imaginó que pensaran de ella que era una estirada que se creía superior a los demás. Bueno, pensándolo bien, no le había ido mal así y la gente que se había preocupado por conocerla se había dado cuenta de cuán equivocada era esa primera impresión.
- Me bajo aquí. Hasta luego.
Regina bajó del autobús y la realidad le dio un duro golpe al darse cuenta de que ya era viernes. Ya no volvería a ver a Emma por las mañanas. Aquello que empezó la tarde anterior acababa de terminar justo en ese momento y Regina, que aunque por la mañana lo tenía muy presente, por la tarde se había olvidado, y fue consciente de ello demasiado tarde. No intercambiaron números de teléfono ni correos electrónicos. Podría intentar localizarla, pero no sabía cómo hacerlo sin parecer una acosadora, sólo sabía de ella que se llamaba Emma y que estaba en el tercer año de Medicina en una universidad con más de 500 alumnos por curso. La única esperanza que le quedaba era coincidir con ella accidentalmente.
La joven se resignó y continuó con su día. Tras almorzar y soñar despierta un buen rato, se sentó en su escritorio y comenzó a estudiar.
¡Pip! ¡Pip!
¿Qué te pasó en el labio? ¿Por qué tienes esa cicatriz?
Regina miró su teléfono extrañada, no conocía ese número: ¿Quién eres?
- ¿Quién quieres que sea? Venga, respóndeme.
+ Oh, ¡venga ya! No tengo tiempo para esto, ¿quién eres?
- Emma. ¿Me quieres responder?
Era Emma, ¡era Emma! Había conseguido su número y le había mandado un mensaje. Regina se pensó su respuesta, aunque estaba deseando responder, también quería hacerla sufrir.
+ No te voy a responder por aquí. Si quieres, nos vemos un día y te cuento la historia en persona.
- Hecho. Mis padres me prestan el coche esta noche, espérame en la parada de autobús a las 9.
Regina miró el reloj, eran las 7. ¿Qué se pondría para esa noche? Corrió hacia su armario, lo abrió y empezó a colocar ropa encima de la cama, conjuntando blusas con faldas y con pantalones, los zapatos los elegiría en función del resto de la ropa. Tras mucho deliberar, y aprovechando que por las noches no estaba haciendo frío, se decidió por una camisa negra, con un pequeño escote, que dejaba sus hombros y la parte superior de la espalda al aire y se ataba a la altura de la nuca, un pantalón negro apretado que marcaba perfectamente sus curvas, un chal rojo y tacones del mismo color que el chal. Como ya había hecho esa mañana, se pintó los ojos y los labios. Se miró al espejo y comprobó la hora, las 8 y media, perfecto.
Cuando iba hacia la puerta se cruzó con su madre.
- ¿A dónde vas, cariño? ¿Has quedado con Jefferson?
- Emmmm sí, claro.
Su padre, que vio la escena, se acercó cuando ya su madre se había alejado.
- ¿La chica del autobús? – Regina asintió levemente -. Jefferson es un buen chico, no le hagas daño, sé sincera con él – Regina volvió a asentir, sintiéndose culpable -. Pásatelo bien y no hagas nada que yo no haría – el señor Mills le guiñó un ojo a su hija, le dio un beso en la frente y la acompañó hasta la puerta.
- Emma.
- ¿Qué?
- Que se llama Emma, la chica del autobús… Su nombre es Emma.
Su padre le leía el pensamiento, eso seguro, pensó Regina. Mientras se acercaba a la parada de autobús, sentía que su corazón latía más rápido con cada paso que daba. Volvió a mirar su reloj, llegaba con tiempo de sobra, pero vio a lo lejos una silueta conocida apoyada en un Beetle amarillo. Siguió avanzando y reconoció la melena rubia de Emma.
- Hola – saludó tímidamente la morena.
- Llegas tarde.
- ¡Tú llegas pronto! Aún son las menos 10, yo nunca llego tarde.
- Jaja ¡vaya! No te alteres, que era una broma – Emma sonrió y entró en el coche -. ¿Subes? ¿O quieres que te abra la puerta como si esto fuera una cita? - La palabra cita puso a Regina aún más nerviosa, pero reaccionó y se sentó en el asiento del copiloto -. En tu escala de normalidad/espectacularidad, del 0 al 10, ¿en qué puntuación te sitúas ahora mismo? – Objetivo conseguido, Emma se había fijado en ella.
- Mmmm ¿un 5? – respondió Regina intentando que sonara como si se hubiera puesto lo primero que había visto -. Tú tampoco vas mal del todo – Emma llevaba una cazadora roja, una blusa negra escotada y unos vaqueros que le hacían un trasero más que interesante. – ¿De dónde has sacado este coche? ¿Del desguace?
- No la escuches, chiquitín – dijo Emma acariciando el salpicadero de su querido coche, para posteriormente dirigirse a Regina – este coche lleva con mi familia desde que nací y en breve lo heredaré, así que no te metas con él – Emma puso la cara más seria que pudo, aunque finalmente se le escapó una ligera sonrisa.
- Bueno, algo es algo, yo ni siquiera tengo el carnet de conducir… y parece que no hay planes de que lo tenga a corto plazo.
- Si te portas bien, este chiquitín y yo te enseñaremos tras los exámenes.
- Si es que sigue funcionando… - Regina estaba inspirada, le gustaba picar a Emma -. ¿A dónde me llevas?
- Ya verás.
Aunque parecía que se alejaban del mar, en realidad lo que hizo Emma fue rodear una montaña y aparcó el coche a un lado de la carretera, donde el bosque parecía especialmente denso… y oscuro.
- Nuestra parada.
- ¿Eres una psicópata y es aquí donde vas a enterrar mi cadáver?
- Claro que no. Confía en mí, tenemos que atravesar esos árboles y ya verás.
- Llevo tacones, no me puedes hacer caminar por ahí. – ¡Mal día para llevar tacones!
- Lo supuse y traje otras zapatillas, por si hacían falta. Toma, espero que no te queden apretadas.
Regina cambió su calzado y salió del coche, donde ya la esperaba Emma cargada con lo que parecían dos mantas y un par de bolsas. – Vamos, es por aquí. – Regina la siguió a través de los árboles y vio como poco a poco se vislumbraba claridad al otro lado. Llegaron a una zona libre de árboles y el panorama que tenían delante era… ¿mágico? Se veía toda la ciudad iluminada, el puerto y el mar.
- Y ¡voilá! – exclamó Emma. Mientras Regina observaba la hermosa visión, Emma sacó de las bolsas un mantel que colocó en el suelo y unos bocadillos, tendiéndole uno a Regina – espero que no seas vegetariana.
Ambas se sentaron sobre el mantel y cada una se envolvió en una manta mientras comían los bocadillos.
- Me debes una historia – sonrió pícara Emma.
- Primero dime cómo conseguiste mi número de teléfono.
- Una, que tiene sus contactos – Regina elevó una de sus cejas, quería una explicación más extensa -. Jaja vale, vale. Fue fácil, ¿sabes cuántas Regina Mills hay en Maine que estudian 5º de Derecho y que son las primeras de su promoción? Te encontré en Facebook y allí tienes tu número – Regina resopló, debía revisar la privacidad del Facebook. – Ahora mi historia.
- Te has tomado demasiadas molestias para una historia tan simple: cuando estaba aprendiendo a montar en bici me caí de boca contra el suelo.
- Vale, ahora la historia de verdad. Tengo un sexto sentido para descubrir cuándo me mienten.
- Vaya, me has pillado – la morena refunfuñó -. Con 13 ó 14 años me gustaba jugar a ser una heroína que iba ayudando a los desfavorecidos. Un día vi a un gato subido a un árbol y yo, pensando que el pobre había subido hasta allí y no sabía bajar, escalé el árbol y al coger al gato, éste se rebeló contra mí. Esta cicatriz – se señaló el labio – es lo que me queda de mi época de súper heroína que salvaba gatos en apuros.
Emma rió ante la historia de Regina y ésta la miró detenidamente, observó su largo y ondulado cabello, sus risueños ojos, sus finos labios… esa visión era aún más hermosa que el paisaje que la rodeaba. Definitivamente, y aunque apenas se conocían, Emma le gustaba. Además, Regina no estaba acostumbrada a que las cosas ocurrieran tan rápido. A Jefferson le había costado muchos cines y muchos paseos con ella y su grupo de amigos que Regina aceptara quedar con él a solas por la noche. Jefferson había tenido que esperar, al menos, 6 citas para que ella lo dejara acercarse a besarla y, sin embargo, en ese instante la morena estaba deseando besar los labios de la rubia que tenía delante… en su primera no-cita.
Cuando terminaron sus bocadillos, y tras hablar y reír durante varias horas, ambas se acostaron a mirar el cielo, una al lado de la otra, juntando cabeza con cabeza. Pese a la luz de la ciudad, las estrellas se veían bastante bien, lo que permitió a Emma presumir de sus conocimientos sobre astronomía.
- Mira, esas tres estrellas forman el cinturón de Orión. ¿Ves la estrella esa tan brillante? Es la estrella polar. ¡Ah! Y esa constelación de ahí es la Osa Mayor.
- Emma, te lo estás inventando todo, la Osa Mayor debería verse por ahí.
- ¡Ups! Puede que me haya inventado algo… o todo.
Las jóvenes rieron y se miraron, estaban a unos escasos 20 centímetros la una de la otra, se hizo el silencio y se mantuvieron así un segundo, dos, tres, cuatro… el corazón de Regina latía tan fuerte que pensaba que Emma podría escucharlo… y cuando parecía que el beso era inevitable, Emma se incorporó. – Bueno, creo que deberíamos irnos ya, es tarde.
El camino de regreso fue mucho más silencioso. Regina no paraba de rememorar el momento del casi beso y miraba a Emma de reojo, que parecía nerviosa. Al llegar a su casa, Regina se bajó y se despidió.
- Buenas noches, Emma. Me lo he pasado muy bien.
- Buenas noches, Regina. - Ya la morena se había dado la vuelta cuando Emma la llamó - ¡Oye! Mañana voy con mi novio y unos amigos a jugar a los bolos, ¿quieres venir?
A Regina, escuchar la palabra "novio" saliendo de la boca de Emma, le había sentado como un jarro de agua fría, pero acertó a responder con un hilo de voz – tengo que estudiar, mañana me quedo en casa.
Lo había malinterpretado todo. Regina se había dejado llevar y se había permitido perder el control con respecto a sus sentimientos y pensamientos y lo había malinterpretado todo. Emma tenía novio y ella era una estúpida ilusa.
