El ultimo capitulo, gracias por lleer y a MrsDarfoy por ser mi hermosa beta.


VECCHIAIA


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Augusta caminaba rápidamente, considerando su edad, por los pasillos de San Mungo. Había creído que, después de la guerra, las cosas tomarían el rumbo indicado. Su nieto, Neville, había seguido los pasos de sus padres (aunque por poco tiempo) al ser auror, sin embargo, su pasión fue encaminada a una profesión más estable y tranquila; Augusta debía admitir que eso le dio cierta paz a su corazón.

Pero ahora, su mente se preguntaba una y otra vez el motivo por el cual estaba entre esos pasillos una vez más. El mensaje había sido corto y no explicaba nada, simplemente un «Ven a San Mungo, urgentemente». Los peores escenarios pasaron por su cabeza: ¿Algún accidente? ¿Hannah habría tenido complicaciones? Simplemente no sabía qué la estaría esperando cuando lograra dar con ellos.

Después de todo lo vivido, su mente se preparaba para cualquier golpe que la vida quisiera darle después de tanto tiempo.

—Señorita, señorita. —Logró detener a una joven sanadora que se encontraba cerca al mostrador. —Necesito saber dónde encontrar al paciente Longbottom. Soy su abuela.

La joven bruja le escuchó y asintiendo dejó los viales que sostenía para invocar un pergamino pronunciando el apellido que se le había dado.

—Están en el ala este, ya en su habitación. Siga el indicador que le daré y cuando llegue toque la puerta con su varita para hacerles saber que está afuera.

Augusta, con algo de impaciencia, observó a la joven hacer una garza con un pergamino y encantarlo para darle las indicaciones. El avecilla se elevó y comenzó a avanzar, seguida de Augusta.

Realmente no se detuvo a pensar a donde se dirigía, simplemente se aseguró de no perder de vista a su guía mientras ponía en orden sus pensamientos. Recordó que Frank y Alice estaban unas plantas arriba. Apenas esa semana habían ido a visitarles.

Fue consciente cuando la garza se detuvo frente a una puerta en el pasillo y cuando ella le hubiera dado alcance se deshiciera en el aire.

Sacó su varita del bolso y, sintiendo su mano temblar un poco, tocó la puerta con ella sintiendo el vibrar de la magia... magia protectora.

Al parecer, quien estuviera dentro de la habitación dio el permiso para entrar ya que la puerta se abrió sin hacer sonido alguno. Augusta entró esperando encontrar cualquier cosa menos la tranquilidad que ahí se sentía.

Con la mirada buscó a Neville o algún rostro conocido. Pudo observar a su ahora nieta Hannah tendida en la cama, al parecer dormitando.

—Abuela. Estás aquí.

La voz de su nieto le hizo ver al hombre que le daba la espalda en ese momento, y por un instante, como si un deja vú llegara a su mente, vio reflejado en él a Ernest y a Frank: los mismos ojos, la misma sonrisa, los mismos hoyuelos en las mejillas y la alegría en su más grande apogeo. Neville giró mostrándole lo que en sus brazos descansaba.

—No pude avisar antes, al parecer ya no quería esperar más. Lamento si te he preocupado.

Augusta en ese momento observó al pequeño bebé que dormía en brazos de su padre, arropado con todo el cariño que uno podía profesar a un hijo.

—Abuela. Quiero presentarte a tu bisnieto, Frank Longbottom II.

Sintió como Neville se acercaba a ella y le mostraba al niño que, si los genes no fallaban, se parecería a su padre y por ende a los Longbottom antes de él. Contuvo el aliento por un instante mientras sostenía al pequeño con sus brazos. La última vez que hizo eso, había sido el hombre frente a ella quien descansara en sus brazos. Cuántos años habían pasado.

Sonrió cerrando los ojos, sintiendo un par de lágrimas caer por ellos, pero esta vez no había que contenerlas, pues a comparación de las demás, estas lágrimas eran de felicidad.

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—Abuela, ¿Por qué papá está con esa bruja? Ella no es mamá.

Augusta sonrió sin poder evitarlo, la misma mueca que hacía su nieto Neville ahora adornaba el rostro de su bisnieto. Un Longbottom de pies a cabeza. Sí señor, no había duda de ello.

—El no es tu papá, Frank. El mago en la fotografía es tu bisabuelo, mi esposo: Ernest Longbottom.

Observó la forma en que los ojos del niño se abrían más de la cuenta y volteaban a verla, ella simplemente asintió satisfecha.

—No te pareces, abuela. Ahí no estás arrugadita.

—¡Frank! No digas esas cosas, jovencito.

La voz de Hannah se escuchó al momento que salía de la cocina limpiando sus manos y mirando apenada a Augusta quien, con un movimiento de mano, restó importancia al asunto.

—El niño no ha dicho nada que no sea cierto, querida. La edad deja huellas en cada uno de nosotros, Frank.

«Y nos hace más blandos», dijo una voz en su cabeza.

—Lo que hubiera dado por tener la suerte de Frank a su edad contigo, abuela.

Fue ahora Neville quien entraba a la casa, levitando un par de bolsas y dejaba que fuera Hannah quien las levitara hasta la cocina.

—Mi deber era hacer de ti un hombre de bien, ahora es tu turno con tu hijo. Puedo darme el lujo de ser un poco indulgente con él.

Neville le sonrió de esa forma que le recordaba a su Ernest, tan tierno y dulce. No podía culpar a Hannah por enamorarse de esa sonrisa. Claro que no era algo que él debiera saber.

—Y lo hiciste bien, abuela. O eso me gusta creer. —Su risa inundó la estancia seguida por la de Frank.

—Creo que es buen momento para que ayude a tu esposa en la cocina, Neville.

Sin embargo, antes de que pudiera ponerse de pie, su nieto se lo impidió. Volvió a darle el álbum de fotos dejándolo sobre sus piernas cubiertas por la frazada y Frank regresó a su lado para ver más fotografías.

—Está bien abuela, disfruta de tu nieto que crece rápido. Deja que yo me encargue de todo lo demás.

Le observó alejarse y entrar en la cocina, sin ser consciente de que con esas palabras la había remontado a su niñez, siendo su padre el que dijera palabras similares a ellas. Augusta vio a su alrededor, sus recuerdos, las penas y alegrías, su familia.

Era el ciclo de su vida.

Una vida que con sus altibajos comenzaba la recta final. Sonrió y acarició el cabello de su nieto. Podía sentirse orgullosa de todo lo vivido. Tres generaciones pasaron por sus manos y esperaba que, ese ciclo que ella terminaría, lo vivieran muchos descendientes más.

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N/A: Muchas gracias por leer y ojalá haya sido de su agrado, aquí se cierra el circulo de vida de Augusta Longbottom.