Hola!
Aquí llego yo con el nuevo capítulo, no olviden que mi pequeña maquinita de escribir se alimenta de sus reviews, muchas gracias a todas! enserio me han hecho muy feliz y me he reído un montón con sus mensajes
Disclamer: Los personajes le pertenecen a Akira Amano-sama
"Es una mujer débil, pero capaz de caminar entre las dimensiones"
—Woa—ironizó Hibari mientras observaba desde lejos a la prima de Tsuna.
Llevaba más de veinticuatro horas siguiendo a la herbívora, y hasta el momento, nada extraño había pasado. Lo único fuera de sitio hasta el momento era la existencia de Haru.
A pesar de que Reborn lograba mantener su fachada de relativa tranquilidad, el arcobalero también se encontraba haciendo su trabajo, vigilando el comportamiento de Haru en casa.
Sabía que Haru no estaba loca, el informe que había recibido corroboraba con esa teoría, lo que ella decía no era un invento de su mente. Era verdad. También se daba cuenta de que Haru era una joven normal, aunque venía de otra dimensión, lo cual solo embromaba más todo este asunto.
¿Por qué ella estaba aquí? ¿Qué la trajo?
—Necesito más información—reconoció el infante, lo bueno era que ya tenía un plan.
Por su parte Haru decidió salir con Lambo e I-pin al parque, ya que últimamente estaban causando demasiados desastres en casa.
Hibari ya estaba cansado de seguir a la herbívora de un lado a otro, a esos estúpidos lugares para herbívoros repletos de gente, y lo peor era que no podía golpear a nadie porque no podía llamar la atención. Al menos su pequeño Hibird parecía feliz por el paseo.
—¡Lambo-san quiere que Haru le compre muchos dulces!—exclamó el pequeño.
—¡Dulces, dulces!—le secundó I-pin.
Haru sonrió a sus dos acompañantes mientras revisaba cuánto dinero le había entregado Reborn para los gastos, era más que suficiente, se sintió un poco cohibida por estar cargando tanto dinero, o al menos más que nunca en su vida. Y solo era para comprar dulces.
—Haru no puede gastarse todo en dulces—dijo la joven, siguiendo el impulso de ahorrar arraigado en ella.
—¡Lambo-san quiere dulces!—volvió a repetir el Bovino.
Haru iba tan concentrada en su cartera que no se daba cuenta que la gente a su alrededor se amontonaba para dejarla pasar, cuando veían que Hibari Kyoya la estaba siguiendo.
—¡Todos abren paso al rey Lambo!—cantó el pequeño cuando se percató de ese detalle.
Unos autos negros comenzaron a rondar alrededor del parque, Haru ignoró a los vehículos y partió rumbo a la dulcería para comprarle sus golosinas a Lambo e I-pin. Ambos niños recibieron sus dulces con alegría, Haru les agradaba cada vez más.
Desde la otra calle unos ojos azul grisáceo miraban a la adolescente que compraba los dulces, como un carnívoro asechando a su presa, pero su atención estaba dividida entre la herbívora y los autos negros que se habían estacionado en distintos lugares estratégicamente seleccionados.
El prefecto tomó sus tonfas, pero las mantuvo ocultas, como el carnívoro que era, aun no quería enseñar los dientes, sin embargo estaba listo para atacar. Caminó sigilosamente por la vereda, acercandose a la dulcería, con pasos firmes y desinteresados, su cuerpo asechante estaba ansioso por lanzarse a pelear, pero sabía que no podía atacar de manera impulsiva en este momento.
La acción no fue desencadenada por los hombres de los vehículos negros, ni por Hibari, ni mucho menos por Haru, sino que por un pequeño Bovino cuya infantil codicia le jugó en contra, pues se lanzó sobre los estantes de dulces dispuesto a tomar todos los que pudiera esconder dentro de su cabello.
—¡Lambo! ¡No hagas eso!—gritó I-pin, pero ya era demasiado tarde.
Lambo cogió los dulces y salió corriendo en dirección al parque para esconderse ahí, mientras que I-pin le pisaba los talones en su alocada carrera, regañandolo por su acción.
Detrás de sí, Lambo dejó un desastre, el estante de dulces cayó al suelo, desparramando por el suelo los pocos dulces que el pequeño no había podido tomar.
Haru se deshizo en disculpas frente a la dependienta de la tienda y le prometió pagar por el desastre que había dejado Lambo. La señora no se veía muy feliz con lo que acababa de pasar, pero rápidamente se olvidó de ese pequeño incidente cuando la tienda comenzó a sufrir un real asalto.
Los disparos quebraron los vidrios de la dulcería, destrozando la colorida vitrina, pero no alcanzaron a herir a Haru porque justo en ese momento, alguien se abalanzó sobre ella, empujandola al suelo y protegiendola de los vidrios rotos y los balazos.
La herbívora había cerrado sus ojos inconscientemente, mas cuando los abrió pudo ver con claridad a su salvador. Se podría decir que Hibari Kyoya aplastaba el cuerpo de ella con el suyo, obligándola a permanecer recta en el suelo. Haru no pudo evitar sonrojarse al darse cuenta de la cercanía que estaba manteniendo con el prefecto, la vergüenza combinada con la adrenalina del momento le otorgó un hermoso color carmesí a sus mejillas.
Pero el momento no se extendió más allá de un par de segundos, antes de que Hibari se pusiera de pie y con un ágil movimiento sacara sus tonfas.
—Kamikorosou—declaró con voz ronca.
—¡Hahi!—exclamó la joven castaña, incorporándose rápidamente.
Lo primero en lo que pensó fue que Hibari estaba total y rotundamente loco, pero luego se sorprendió de que fuera justamente él quien viniera en su rescate. Nunca, ni siquiera en su dimensión, había tenido buena relación con los del comité de disciplina.
—¿Qué pasa?—preguntó Haru intentando comprender la situación en la que se encontraba.
—Largo de aquí—ordenó Hibari—. Molestas.
Pero Haru no obedeció, no podía irse dejando solos a Lambo e I-pin solos en medio de esta pelea, ella tenía que encontrarlos y llevarlos a un lugar seguro.
Había un montón de hombres armados apuntando a Haru, la única protección con la que ella contaba era un peligroso carnívoro ansioso por devolver la paz a su hábitat, intentó buscar con la mirada a los dos niños, pero no los pudo encontrar, por lo que un aterrador pensamiento pasó por su mente: tal vez los habían secuestrado.
Con dificultad se puso de pie para divisar mejor los lujosos coches negros, con patentes nuevas y pintura impecable, Lambo e I-pin podían estar dentro de cualquiera y era su deber como niñera rescatarlos.
La desesperada mente de Haru comenzó a idear planes cada vez menos lógicos, si bien contaba con el apoyo del prefecto, su ayuda solamente se aplicaba para golpear a los enemigos, él no cooperaría con el rescate, por lo que ella debía actuar sola en eso.
Por su parte, Hibari Kyoya comenzaba impacientarse, se suponía que en estos momentos Haru iba a estar corriendo lejos, asustada, temiendo por su vida, como cualquier herbívora. Pero ella permanecía pasmada detrás de él, como si estuviera esperando una nueva invitación para largarse.
—Haru no abandonará a Lambo e I-pin—se dijo para sí misma.
Hibari mantenía una postura desafiante frente a ella, no protectora, desafiante. Estaba retando a todos los hombres frente a él, quería ver si uno se atrevía a dar el primer paso, a disparar, a pelear contra él. Con cada segundo la atmósfera se volvía más y más tensa.
Haru miró al presidente del comité de disciplina, esperando que alguno de los dos bandos comenzara el ataque, buscando con la mirada alguna posible abertura para ir en su misión de rescate. Una perturbadora sensación de Deja Vù la invadió al darse cuenta que esto se sentía igual a aquellos días en los que intentaba burlar al comité de disciplina, la adrenalina corría por sus venas, su cabeza se deshacía intentado idear un plan, y su cuerpo se preparaba para reaccionar de manera rápida y eficaz.
En un día normal ella se habría dicho: "esto es como un anime" para darse ánimos. Pero ya venía siendo tiempo de renovar esa aburrida frase, antes de que con tantas repeticiones perdiera su efecto.
—Esto es un anime—se dijo la joven otaku.
