Hola amigxs, gracias por el comentario y por quienes siguen desde las sombras. Vamos avanzando en este proyecto, ya queda poco para saber de los demás personajes, irán apareciendo más interrogantes pero también respuestas, recuerdo a los lectores que esta historia es lenta. No esperen que Hermione mágicamente se enamore del primero que se le cruce y decida hacer su vida en el pasado feliz comiendo perdices. Si buscan algo similar, esta no es su historia; si están intrigados, los invito a leer. Cualquier duda o consulta, crítica constructiva (o destructiva) quedan cordialmente invitados también a dejar un review. Sin más preámbulos, aquí dejo el tercer capítulo de esta historia. Enjoy!
Cariños, Placeba.
ANTES DEL AMANECER
III
Vorágine
Era como una ley universal... o eso pensó Hermione Granger cuando por su mente se dibujó la imagen del Castillo que la cobijó por seis intensos, caóticos y hermosos años.
Era casi el eslogan, la campaña, el consuelo.
Hogwarts siempre disponía de ayuda a quien la necesite, repitió como un mantra en sus pensamientos y Hermione se encomendó a Merlín porque sea así dado que sentía su cuerpo y su magia cada vez más débil. Se estaba exigiendo a límites insospechados para su propia resistencia física, y tampoco podía ser menos. No era una de esas grandes mujeres del amazonas ni una super heroína con capa; Hermione solo es una bruja fatigada, golpeada y muy cansada.
Además, estaba el hecho de que su mente estaba procesando a mil por segundo lo que acaba de suceder. Por sus ojos se reproducía la portada de aquella revista que con números claros decía edición del año 1977, y se repetía la escena en círculos frente a su propia perplejidad.
Su cuerpo se sacudió aparatosamente producto del mareo post aparición. Temblorosa, Hermione cayó de rodillas sin alcanzar a buscar apoyo en las palmas de sus manos, perdiendo fácilmente la poca estabilidad. Se precipitó como un saco de papas desparramandose en el suelo.
Maldijo entre dientes su cabello frondoso, que al verse suelto le cubrió casi todo el rostro y parte de su espalda. No tenía fuerza para levantar el brazo ni mucho menos mover la varita para poner hechizos por seguridad, ni siquiera pudo alzar un dedo para quitar su molesta cabellera y descubrir su mirada. Su cuerpo no reaccionaba ante ninguna orden, de hecho, ni siquiera su mente emitía alguna orden. Solo estaba el pitido eterno en sus oídos y ese sabor metálico de sangre en el paladar de su boca.
Ahí, en la comodidad de la tierra, a mitad de algún bosque desconocido del que imploraba sea el bosque prohibido, y con la incertidumbre de si había sido acompañada en aquel tórrido viaje, la joven se obligó descansar solamente por el hecho de que no daba un segundo más.
Su mano derecha tocó el pasto que yacía bajo su cuerpo. Tiritando, Hermione enredó sus dedos en la hierba humedecida. Ni siquiera alcanzó a pensar en algo.
Todo se volvió negro.
Entre la maleza, las ramas de los árboles caídos como sogas, las raíces ensortijadas brotando por la tierra y el pasto lóbrego e indómito, pasos sutiles fueron haciéndose ruido por el olvido de ese claro. De repente entre la sombra de la noche aparecieron las pezuñas de los centauros, sendos pobladores de esa parte del bosque, acercándose con lentitud y cautela. La desconfianza estaba palpable en sus rostros.
Eran un grupo de cuatro machos, dos de piel negra como el carbón y otros dos de tez blanca. Uno se alzó ante los demás poniéndose al principio de la comitiva. En su espalda descansaba un arco, sobre su pecho desnudo e impoluto traía flechas largas y rústicas, sin dudas tenía un aspecto de guerrero o líder.
Su mirada se agudizó al ver aquello que los alertó en primer lugar y entonces se hizo el entendimiento rápidamente en su mente; el porqué de que se habían sentido atraídos a ese hilo conductor de magia. Ahí estaba la causante: un humano, desmayado tal vez, en mitad de sus tierras.
A su parecer, y desde que captó la señal de magia, había un olor extraño en el aire. Si se decantaba en alguna opción era en un hedor casi nauseabundo que lo tenía aún con dudas en su raciocinio. Algo no cuadraba, y él no era tonto, por algo sentía esa corazonada de que algo no marchaba bien.
Le hechó una mirada breve a sus acompañantes que estaba situados más atrás, con inherente autoridad y sin necesidad de palabras, informó que se todos se mantuvieran en su lugar. Él, como líder de la manada, iba a accionar el protocolo a seguir con los afuerinos. Tenía la certeza que todos desconfiaban que aquel humano sea alumno del brujo mayor al que conocían, pero nadie lo entabló.
—Hermet —masculló un centauro de piel clara, con un deje de advertencia. El aludido hizo caso omiso, empeñado en averiguar quién había osado pisar su tierra, además, podía sentir las vibras que provenían de ahí. No había ni un estado de alerta ni ataque de parte del desconocido. Alzó una mano en señal de silencio.
Bajó la luz de la luna llena, la piel oscura del centauro brilló. Rodeando el cuerpo inerte del extraño más información se le fue proporcionada. Hermet vio una melena sombría esparcida como pasto seco sobre un rostro dormido. Era una mujer humana, inconsciente, totalmente sucia y con heridas por doquier. Parecía sacada de un enfrentamiento. De hecho, ella le pareció una guerrera.
El centauro frunció el ceño. Nunca había recordado encontrar tal escena con algún alumno de Hogwarts, y eso que no faltaban los que pululaban el lugar en búsqueda de aventuras y torpezas propias de la mentalidad humana. Ahora algo era distinto, hasta el aire en torno a la chica era espeso, indescifrable y misterioso.
Hermet sólo supuso que aquel estado del lugar, de la mujer y lo que los incomodaba era que había magia oscura en el lugar.
El centauro tenía más de cincuenta años, pero por su sangre mágica se mantenía en forma tal como los guerreros más novatos, lozano y saludable. Hermet había sido un líder indiscutible por mucho tiempo, pero aparte de eso, muchas cosas habían pasado por sus ojos. La vida además de salud lo había iniciado en el perenne camino de la sabiduría.
Sin embargo, aquello que presentía, olía y veía era algo que no había presenciado antes. Él lo supo mucho antes de haber emprendido el camino hacía ese claro abandonado, pero fiel a su juicio y prudencia, el centauro quería tener plena seguridad de su hipótesis. En ese momento ya resultaba innegable que había llegado magia oscura.
E ahí la razón de la pestilencia en sus narices, pero entonces después venía el otro hecho que sacudía un poco su reflexión y era que Hermet, el centauro, no sentía ese tipo de presencia tan maligna desde hace mucho tiempo atrás. Años, pensó con un poco de sorpresa y recelo.
Sacó una de sus flechas y la acercó a la mujer removiendo algunos cabellos para revelar el rostro de la forajida. Dormida, la joven murmuraba unas palabras que no llegaban a ser frases apenas audibles. Mezclado con la fetidez de la magia negra estaba la esencia de la sangre. Ella se estaba desangrando y si no se hacía algo pronto, puede que hasta dejara de vivir.
Había que decidir, pero Hermet estaba en una disyuntiva. Por mucho hedor que tuviera esa bruja a magia maligna, había un parte de ella que despedía todo lo contrario. Las vibras de ella no eran amenazantes y parecían estar en lucha con su antítesis. Esa percepción hacía aún más excepcional la situación.
Cerró los ojos y alzó el rostro al cielo permitiéndose a sí mismo un momento. Cuando volvió a ver, frente a él, arriba a millones de metros, las estrellas se le exhibieron en una perfecta línea recta. Era una corrida de más de diez estrellas centelleantes en impecable sincronía, casi dándole un mensaje o la respuesta que necesitaba.
Hermet supo interpretarlo, los centauros eran fieles creyentes de los cosmos, las estrellas y estudiosos de la astronomía.
Si esa mujer estaba ahí era por alguna razón que se escapa de sus entendimientos.
Hincó sus patas delanteras y entre sus brazos capturó el cuerpo inerte de la mujer, parecía una muñeca sin vida. Ahí, aprisionada entre los fuertes brazos del líder de los centauros, sus extremidades colgaron producto de la gravedad. Estaba completamente desvalida.
—El cielo ha hablado —anunció con su voz grave y segura.
Sin esperar respuesta alguna comenzó a caminar dirigiendo nuevamente el paso entre la frondosidad del bosque.
—Hermione…
Y una sonrisa deslumbrante apareció entre la oscuridad de la nada. Una sonrisa de dientes largos y relucientes, enmarcado en unos labios gruesos y rozagantes.
—Hermione, levántate —susurró aún con el gesto burlón bailándole en la boca, ella como respuesta volvió a parpadear, confusa, pero frunciendo el ceño casi por instinto, sintiendo la conocida molestia por aquel gesto.
Ron Weasley le devolvía la mirada con esa expresión jocosa de siempre. Se veía contento y feliz, tal como en sus mejores momentos en el Colegio, pero al poco rato de observarse mutuamente y con cariño, su rostro se esfumó.
Hermione se preguntó qué sucedía pero no tuvo tiempo de cuestionar más porque pronto se vio inmersa en una insondable oscuridad que la dejó helada. Trató de alzar sus manos pero ni siquiera eso podía vislumbrar. Era como estar con los ojos cerrados, centrada solo en su voz interior y sus pensamientos.
¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban Ron, Harry y los demás? ¿Su familia? Eran muchas las incógnitas. Pensó que estaba en un sueño o en un trance pero mientras más demoraba su mente en otorgarle respuestas a sus preguntas, más ansiosa se ponía por supuestamente despertar. La joven no podía evocar nada de lo que estaba pasando en sí, de aquello que llevó para que se encontrara tan desorientada y aturdida, y esa duda la desesperó.
¿Porqué Ron había aparecido para después irse? ¿La abandonaría nuevamente como en aquel campamento de batalla perdido?
—Quiero despertar —se escuchó su voz nacer de alguna parte de la nebulosa negra. Sonó casi imperceptible.
Sentía tal como si estuviera flotando en el aire y no tener pie, como mantenerse en el agua, no ayudaba en calmar su estado. Hermione ni siquiera sabía nadar, así que esa sensación que no podía mantener a raya más la alteraba.
De igual manera buscó palparse o tocarse, sin embargo fue infructuoso dado que no agarraba nada, ni siquiera sus dedos podía advertir entre tanta negrura.
Recordó en medio de ese torbellino de porqués que Ron Weasley en un momento de su presente había muerto… Y acompañada de la confusión por su estado, surgió el dolor.
—Despierta —escuchó una orden seca, pero Hermione no sabía de quién provenía. Ella sólo estaba sumida en el nefasto efecto de que Ron estaba fallecido y en que volvía a experimentar tal desolación que le quitaba el aliento.
Ron, sus padres los Granger, Harry, sus amigas Ginny y Luna, la Orden del Fénix, todos esos rostros llegaron abruptamente a su memoria como latigazos en carne viva. Entonces el tapón que obstruía sus recuerdos se destapó, arrasando con todo.
Hermione recordó la misión, el Horrocrux de Voldemort que debía traer consigo, el giratiempo, el llanto dulce e inocente de un bebé, su enfrentamiento en la casa Muggle y la luna llena arriba en el cielo nocturno, fulgente y redonda, como final.
Aunque no se podía ver entre tanta densa negrura, boqueó desesperada. La información se le llegaba era demasiada para procesar. Sintió que se ahogaba en la potencia de los hechos y la caída estrepitosa en la realidad.
—Está ardiendo en fiebre —se pudo oír desde algún lugar.
Deseó gritar más que nunca, conmocionada. No tenía idea quien hablaba ni de donde se originaba esa voz, si habían intenciones buenas o malas ni en merced de quien se podía encontrar. Se caracterizaba por reflexionar en demasía, sopesar los pros y los contras de sus decisiones, siempre calculadora, analítica, pero el vórtice que ahora tomaban sus desesperados pensamientos no le permitía agudizar sus sentidos, concentrarse ni despabilar.
La realidad, cruda como la había dejado en su presente, la estaba asfixiando.
—...ya habrá tiempo para aclarar nuestras dudas, querida, después de todo, mañana es otro día...
El tiempo.
El mañana.
Hermione sólo supo que el tiempo era su peor enemigo en esta jugada.
Un líquido frío serpenteó por su cuerpo, sintiéndolo como un bálsamo para sus nervios. Como cobijada por un manto invisible rápidamente todas las preguntas, inseguridades y hechos parecieron atenuar su intensidad. El fuego en su interior se fue debilitando y Hermione sólo se dejo ir en ese súbita, pero confortable tregua contra sí misma.
La marea de oscuridad volvió a teñirlo todo.
