Disclaimer: ROTG/Guardians of Childhood no me pertenecen. Es propiedad de William Joyce y Dreamworks.
Agradezco inmensamente a Solei Dantés que no se tardo NADA en checar este capítulo. ¡GRACIAS MI QUERIDA BETA!
Bunnymund pudo haber repelado, ir contra las decisiones de Serafina y acompañarla de todas formas… No, la verdad es que él pudo haber impuesto su voluntad para ser quien acudiera en lugar de ella. Pero le bastó con ver a Jamie una vez para desistir completamente de esa idea. El ahora adolescente lo necesitaría cuando el momento llegara y si tenía que ser sincero, desde que supo la verdad sólo quería estar cerca de Sophie.
Además, el mismo Jack lo hubiera obligado a quedarse, tal vez después de discutir para no perder la costumbre, para creer que todo era normal. Y al final como quiera se quedaría con Jamie, probablemente porque es el único que podría explicarle las cosas cuando todo terminara.
—¿No irás? —preguntó Jamie.
Explicarle al chico que Jack los amaba, que no permitiría que algo malo les pasara, que los protegería a cualquier costo, pero sobre todo, que no volvería a dejarlos solos. Aunque eso signifique sacrificarse por ellos como lo hizo una vez por su hermana. Bunnymund entendía por qué hizo las cosas así. Y sí que lo entendía. Sólo que eso no quería decir que lo aceptara.
—No.
—Qué lástima, porque yo sí —su voz sonó más lejana.
Y cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde, Jamie había atravesado el portal.
—¡Jamie no!
Apenas iba a alcanzarlo, pero era demasiado tarde. Ya estaba del otro lado y el portal se desvanecía detrás de él. Dejando al pooka en el jardín de la casa del muchacho, atónito por lo que sucedió.
—Esto no puede ponerse peor.
Obviamente estaba en un error.
Primavera
Normalmente, un espíritu como ella y los otros guardianes tenían que cumplir con dos condiciones para llegar a "El Prado". Una de ellas era cuando los niños dejaban de creer en ellos y la otra era si ellos accedían por su propia cuenta. Afortunadamente (aunque a veces, desafortunada) ella era Madre Naturaleza. No era como Norte, Toothiana, Bunnymund ni Sandman. Mucho menos el Zar Lunar. Ella protegía y velaba por la naturaleza. Algunas veces considerada hasta guardiana de la vida. Por eso, a diferencia de los otros, ella tenía libre tránsito hasta el Prado, origen de toda la vida. Pero sólo hasta ahí. Más allá estaba prohibido… de momento.
Miró a su alrededor, asombrada de que no hubiera cambiado desde su última visita hace algunos siglos, los mismos árboles, las mismas ninfas [1] haciendo velas y la cantidad enfermiza de mariposas que revoloteaban por el lugar. Sonrió al ver a las últimas, con añoranza, recordando lo mucho que le gustaban… y la misma razón por las que las regaló.
Apartó su mirada de ellas y siguió caminando, buscando a la encargada del lugar. No podía estar muy lejos y definitivamente no salía del prado. No podía hacerlo aunque quisiera.
—Sabes, normalmente no me molestan las visitas, pero preferiría que avisaran antes de venir.
Al oír la voz se giró, encontrándose con la persona que buscaba. Una robusta mujer de pelo largo y castaño, vestida casi como el resto de las ninfas, pero su atuendo tenía ciertos tonos rosados que se acentuaban con el brillo del eterno sol.
—No hubo oportunidad de hacerlo, lo siento en realidad. —dijo la morena, feliz por no haber tomado más tiempo en encontrarla.
—Serafina —mencionó la otra, sonriendo levemente. Un gesto más de educación que de felicidad, eso era fácil de reconocer— ¿Hace cuánto que no te veo?
—Mucho tiempo…
—Sí —dijo, siguiendo su camino.
Madre Naturaleza se limitó a seguir sus pasos. Tenía tanto tiempo sin hablar con ella que ciertamente había olvidado un poco la manera de tratarla. Aunque aún mantuviera esa apariencia tierna y cálida, su comportamiento era un poco más… tranquilo. Cuando el último recuerdo que tenía de ella el de una chica que hablaba hasta por los codos.
—Lo último que supe de ti es que no podían sacarte de una ventisca que tú misma provocaste. Y de eso hace unos…
—307 años…
No le gustaba esa plática. Ese episodio era uno de esos que prefería olvidar, en especial porque demostró que fue incapaz de cumplir con su deber, que su corazón fue débil y que el pasado aún hacía estragos en su mente.
—Exactamente —miró a la morena de reojo, ignorando por completo la obvia molestia que estaba causando—. Hace unos momentos vino ese chico, tú sabes, el que Lunatoff tuvo tanto interés en convertir en guardián. Jack Frost… ¿Fue el quien te ayudó en tu problema?
—Vida —interrumpió, deteniéndose y haciendo que la regordeta también lo hiciera— ¿Dónde está Jack Frost?
La rubia parpadeó varias veces, mirándola con confusión. Seguía sin darse por enterada de lo incomoda que había puesto a Madre Naturaleza.
—Me gusta más el nombre de Vivi, si no te importa —mencionó, poniendo un mechón de su pelo detrás de su oreja y con algo de indignación.
—Bien. Vivi —replicó conteniendo la frustración que amenazaba por salir— ¿Dónde está Jack? —repitió.
Vivi seguía mirándola confundida, pero al fin habló:
—¿Cómo que dónde? ¡Pues con Mimi obviamente!
—¿Qué, qué? —Exclamó fúrica, inclinándose un poco hacia el frente— ¿Por qué no lo retrasaste o algo? ¡Siempre esperas que un inmortal venga para platicar!
—¡No podía hacerlo! —Explicó— El chico tenía mucha prisa en ir a ver a Mimi.
—No me salgas con eso, Vida. Siempre buscas cómo retrasar el encuentro de un inmortal con la muerte.
—¿QUÉ?
Ambas se sorprendieron de escuchar una tercera voz, voltearon en la dirección de la que provino y Madre Naturaleza se encontró con el chico Jamie, que corría hacia donde estaban, con el miedo tatuado en la cara.
—¿Qué haces aquí? —vociferó aún más molesta si era posible. Viendo al niño con la peor cara que se sabía posible de poner.
Y surtió efecto. El niño se detuvo en el acto, casi petrificado de miedo. Vivi miraba de una al otro, sin saber qué decir, aunque más que nada era por impresión que por ser otra víctima de la mortífera aura que emanaba Madre Naturaleza.
—Creí haberte dejado con Bunnymund.
El niño no habló los primeros segundos, pero tragó saliva, tomó valor y desafiante miró a la morena.
—Me le escapé. Estaba harto de no hacer nada.
—Tu madre y hermana te necesitan. Esto lo haremos nosotros.
Que Jamie estuviera ahí no era conveniente. Ya se había hecho a la idea de lidiar con aquel problema después de que todo el asunto de Sophie y Jack terminará. Que él estuviera ahí abría un nuevo temor en la mujer.
—¡No! —gritó él, avanzando al fin hasta ella, quedando a pocos centímetros de distancia, sorprendiendo a la morena pues no esperaba esa actitud de parte del adolescente— Tú lo has dicho, son mi madre y mi hermana. Si de alguien depende que estén bien es de mí y de nadie más. Lo ha sido desde hace bastante tiempo. Y si Jack tuvo que ir con la misma muerte, yo también puedo hacerlo.
Dicho eso avanzó hacia Vivi, quien se extrañó por al fin ser tomada en cuenta en la situación que se desenvolvía delante de ella.
—¿Por dónde se fue Jack?
—Vivi no le…
Pero ni pudo terminar para cuando Vida abrió la boca.
—Sólo tienes que caminar a través del tronco de uno de estos árboles, son una de las vías a los dominios de Mimi.
Madre Naturaleza lo vio correr en dirección a uno de los árboles antes de dejarla terminar. Ella fue detrás de él lo más rápido que pudo. Sus poderes ahí no funcionaban, lo sabía demasiado bien, así que no podía usarlos para detenerlo. Tuvo que correr, darle el suficiente alcance para que sólo le quedara estirar el brazo, abrir su mano y cerrar sus dedos para tomarlo de su suéter y chocar contra el tronco del árbol. Golpeándose el pechom, lo cual le causó dolor y le sacó el aire.
Se llevó los brazos a la zona golpeada, dando tumbos hacia atrás antes de caer sentada al suelo y con la respiración agitada, tratando de normalizarla. Miró mientras tanto, el tronco por donde había desaparecido Jamie Bennett.
—¡Serafina! —sintió que Vida se le acercaba por detrás y que puso sus manos en sus hombros. Pero con ese simple contacto la morena se removió, dándole a entender a la otra que no la quería cerca.
Ella respetó su decisión.
Cuando recobró el aliento la miró con ira, con tanta ira como hace mucho tiempo no sentía.
—¿Por qué carajo se lo dijiste?
—Porque yo no puedo mentir —empezó, sintiéndose más y más nerviosa por cada segundo que Madre Naturaleza la miraba. Fue cuando pareció recordar algo y sonrió con esperanza—. Pero no te preocupes. Es un humano, a diferencia de ustedes, él puede ir y venir como le plazca. Una vez que vea a Jack regresará y…
—¡No! —exclamó Serafina histérica— Tú no entiendes. Lo que acaba de pasar… —se llevó la palma de la mano a la frente, la otra estaba en la cintura— Jamie está a punto de saber que Jack y su hermana... Pero lo que más me preocupa es lo que pueda preguntarle a Mimi.
Volvió a verla en el momento justo en que su expresión cambiaba. Sus ojos se abrían más si era posible, palideció y se llevó las manos a la boca como si estuviera suprimiendo un grito de sorpresa.
—Y Mimi le dirá la verdad.
Madre Naturaleza asintió, echando un último vistazo al árbol. Lo que más temía acababa de convertirse en una posibilidad. Lo peor es que ni ella, Mimi, ni ningún otro guardián podían seguirlo más allá. Los dominios de la muerte son sólo para quien esté muerto, o en este caso, para un humano. Un guardián o Vivi no podían acceder ahí.
—Pero…
Regresó su atención a Vivi que la miraba algo insegura por lo que estaba a punto de decir.
—¿Está bien o no? Aún hay esperanza.
Y sólo se le pudo quedar mirando, mientras la frase golpeaba en cada rincón de su mente, resonando y trayendo consigo los recuerdos de aquella oscura época en la que de niña no supo nada de su padre… y de cómo cuando descubrió su triste destino, hubiera preferido no saberlo nunca.
—Vida, la esperanza puede ser la motivación y la fuerza más poderosa jamás conocida por el hombre. Pero el precio a pagar por ella es demasiado alto que pocos lo toleran. —se talló los ojos, eliminando aquellas traviesas lágrimas que habían osado salir—. Y si ese niño no hubiera venido… no hubiera condenado a sus seres queridos a cargar con esa deuda de sufrimiento por el resto de sus vidas.
Ya no dijo más, porque ya no había nada más que decir. Sólo esperar. Esperar que Jamie no fuera lo suficientemente inteligente como para hacerle la pregunta a la muerte.
El problema era que, muy en el fondo, sabía que lo era.
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En esos momentos Jack seguía debatiéndose por su decisión. Aunque se repetía una y otra vez que estaba haciendo lo correcto, que era la única opción y que no había otra cosa por hacer… le dolía. Sentía un dolor en su pecho, uno insoportable. Las lágrimas ya no tenía caso que las contuviera. Nunca antes había llorado, al menos en los 300 años de soledad, tomando en cuenta que tenía razones de sobra. Ese no era su estilo, él vivía para la diversión y ser el centro de ella (aunque nunca antes se le reconociera), perder el tiempo llorando y con pesimismo no se lo permitía ni de broma. De vez en cuando sí, pero sólo un momento, después regresaba a las andadas. La diferencia era que en esos momentos sabía que ya no podría regresar a hacer lo que más le gustaba.
Ya no había marcha atrás.
Se secó las lágrimas con la manga de su sudadera. Iría volando, pero como en el prado, en el camino de la transición, que era como llamaban la cueva por la que caminaba, sus poderes no servían de nada. Así que al parecer tendría una larga caminata para replantearse o torturarse con lo que estaba por hacer. Y el ambiente a su alrededor no ayudaba. Poco a poco podía sentir el cambio de temperatura. Esta se volvía más fría y realmente le preocupaba el hecho de que al fin fuera posible sentirla. Normalmente, debido a su baja temperatura corporal, no tendría problema. Pero en ese lugar, en el prado y próximamente en lo que sólo podía llamar inframundo, Jack Frost sentía que era un humano una vez más. Inclusive sentía como la roca raspaba sus pies descalzos, haciendo que se preguntara en qué estaba pensando cuando creyó que andar sin zapatos era buena idea.
Siguió caminando, preguntándose si ese frío camino era el que recorrían todos los humanos cuando les llegaba la hora.
¿Lo habría cruzado su hermana? ¿Su madre y padre?
¿Lo cruzará Sophie?
Agitó efusivamente la cabeza de un lado a otro. Tenía que alejarse de esos pensamientos. Por mucho que le doliera la mejor opción era esa que estaba tomando.
Sin pensarlo se llevó la mano al pecho y apretó con fuerza. Era Jack Frost, guardián de la diversión, había jurado proteger y velar por el bien de todo niño en el mundo.
Lo que nadie jamás le dijo, era que hacer el bien se podía sentir tan mal.
Justo en ese momento vio la luz al final del túnel. Bajo un raciocinio normal, ese que le advertía que al final, al momento de llegar a esa luz, sólo le esperaba eso: el final; hubiera mantenido el paso que llevaba. Pero Jack no razonaba de una manera normal. Antes que él estaba el alma de Sophie, que lo necesitaba, así que corrió. Corrió con todas sus fuerzas, ignorando la fría temperatura, el dolor en la planta de sus pies. Corrió como hace tanto tiempo no hacía. Gastando sus fuerzas, sintiendo el aire salir y entrar en sus pulmones, la respiración frenética del sobre-esfuerzo y la falta de ejercicio.
Jack Frost no se detuvo hasta que no logró salir del túnel y se encontró en una plataforma circular de adoquín. Sus pies descansaron ante el fresco contacto con aquella extraña piedra lisa. Él se detuvo a retomar aire, aunque no sabía si por mera costumbre humana –que justo en ese momento recordaba- o simplemente para saberse haciendo algo. Porque dudaba que el respirar importara en ese momento.
Cuando creyó haber recuperado la condición fue cuando se molestó en mirar a su alrededor. No supo ni explicar por qué había ignorado, hasta ese momento, a las miles de mariposas que revoloteaban por el lugar; una especie de caverna con piedra tan oscura como la del túnel por el que caminó. Lo curioso era que la mitad de ésta estaba ausente, permitiendo ver un cielo con leves tonos rosados y violetas en el horizonte, pero al levantar la vista se podía apreciar el cielo oscuro y tapizado de estrellas y constelaciones. Mismas que Jack no podía reconocer al ser muy diferentes a las de la tierra.
Su atención volvió a las mariposas cuando algunas lo empezaron a rozar al pasar a su lado. Las siguió con la vista y se encontró con la sorpresa de que entraban a un tronco que estaba detrás de él.
Si alguna vez hubo una cueva ahí, ya no estaba.
Regreso su vista a los alrededores, donde las mariposas seguían en su labor. Estaba seguro que eran las mismas mariposas de el prado, con la diferencia de que éstas o sólo llevaban velas y las acomodaban o iban sin ningún tipo de carga a cada uno de los árboles secos de las distintas plataformas. Porque así era. Había más plataformas de adoquín aparte de la que Jack podía llamar "suya". Cada una separada por un espacio de medio metro, que, de no ser porque estaba repleto de los candelabros donde las mariposas ponían las dichosas velas, podría saltar para llegar a la siguiente. Y todas ellas contaban con un tronco seco y oscuro que se extendía desde el centro hacia arriba, perforando el techo de aquella cueva de piedra negra. Y por lo que podía ver, todas y cada una ellas flotaba gracias a quién sabe qué fuerza, porque la verdad no podía ver un fondo desde el lugar en el que se encontraba. Sólo un abismo de oscuridad que no le apetecía a descubrir si terminaba o no.
La luz de las velas, combinada con la oscuridad que producía el casi nocturno cielo junto con las intrincadas formaciones de roca de la cueva, lograban acentuar la atmosfera de misterio y misticismo digna de aquel lugar popularmente llamado inframundo.
—Ejem
Jack al escuchar el ruido, buscó con la mirada su origen, dando un leve brincó en su lugar al toparse con la única cosa que lo pudo haber producido, porque las mariposas no hablaban y la verdad es que estaban demasiado ocupadas como para si quieran intentarlo.
Se trataba de un cráneo humano, que tenía un par de alas de mariposa…o más bien de hada. No sabía precisar muy bien. Una de cada lado, en donde deberían estar las orejas que se movían constantemente permitiéndole mantenerse en el aire. El cráneo parecía muy feliz de verlo. Lástima que él no podía decir lo mismo.
—Jack Frost ¡Bienvenido! —dijo el cráneo moviendo su mandíbula— Aunque debo decir que eres un ingrato. No ha pasado ni un milenio y ya estás aquí buscando la muerte.
—¿Cómo sabes quién soy? —preguntó cauteloso. Nadie, nunca antes, había ido al inframundo y regresado. Por lo tanto quién sabe qué clase de ser era el que se encontraba ante él.
Si era amigo o enemigo.
—¡Ja! La pregunta aquí sería chico, ¿por qué no sabría quién eres tú?
—Sabes, normalmente no tendría problemas con este juego de preguntas y misterio —confesó mientras se llevaba las manos dentro de la bolsa de su sudadera tratando de relajar su cuerpo y a sí mismo. Su cayado había quedado olvidado en el prado y adoptar aquella actitud era lo mejor que podía hacer en esa situación la verdad—. Pero dadas las circunstancias y que probablemente esté aquí toda la eternidad… creo que tengo derecho de saberlo y me aclares todas las preguntas que tenga.
El cráneo flotante (a falta de un mejor nombre) se carcajeó. Jack no entendió por qué.
—Tú mismo lo has dicho chico, toda la eternidad es lo que te espera aquí. Así que tenemos suficiente tiempo para ponerte al corriente.
—¿Tú eres Mimi? —preguntó entonces.
El otro carraspeó y Jack pudo sentir que estaba un poco más nervioso.
—No… no, claro que no. Yo me llamo Chacal y soy un heraldo —Jack frunció el ceño ante la mención de ese nombre. Pero Chacal no pareció notarlo—.Su excelencia está ocupada en estos momentos. Simplemente me pidió que esperara al inmortal ingrato y al estúpido humano impertinente. Citándolo textualmente, obviamente. Yo jamás podría expresarme así…
—¿Humano impertinente? —interrumpió.
Desgraciadamente, Jack recibió su respuesta justo en ese momento.
—¡JACK!
Sus ojos se abrieron de par en par. Porque oír esa voz era lo último que hubiera querido en esos momentos. Su cuerpo se tensó, juró que el corazón se le detuvo, que palideció aún más si era posible y le fallaron las rodillas.
Jack se desplomó en el suelo de manera tan inesperada que apenas y le fue posible poner sus manos en el suelo para evitar caer por completo.
—¡Jack! —se volvió a oír y un escalofrío recorrió la espalda de Jack mientras su respiración se agitaba más y más rápido.
Él no podía estar ahí. Lo había dejado en Burgess. Jamie Bennet tenía que estar en Burgess y no ahí, en el inframundo con él.
Porque si Jamie estaba ahí con el significaba que había vuelto a fallar.
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A esas alturas, Bunnymund, por más que le pesara, sólo podía hacer una cosa:
Estar recostado al lado de Sophie, abrazándola, hablándole de pascuas pasadas, de las pascuas que había pasado extrañando a su pequeña ayudante y cómo esperaba tenerla una vez más a su lado. Inclusive se atrevió a nombrar a su padre y a su madre. A sus amigos y hermanos. A los pookas extintos y olvidados. Le habló de su mundo, ese que con tanta añoranza recordaba, prometiéndole que pronto podría estar en uno igual y parecido. Pero que mientras ese momento llegaba, él no la dejaría sola. Ni su madre ni su hermano. Y justo cuando creía que no tenía más de que hablarle, le bastaba con verla una vez más para contarle las historias y mentiras más hermosas que jamás se creyó capaz de contar.
Él, guardián de la esperanza, la había perdido completamente y todo por una niña.
Podría llorar, realmente podía hacerlo en cualquier momento, pero era la misma Sophie la que le impedía hacer tal cosa. Tal vez estaba inconsciente y para ella el mundo a su alrededor no existía, pero Bunnymund sabía que no era así. La pequeña rubia era capaz de percibir esa aura que él emanaba y llorar solo la mancharía, provocando un desgarre más en el alma de esa niña.
Eso no podía pasar.
—Todo estará bien, Sophie. Muy pronto —dijo, con la voz entrecortada, mientras seguía con una de sus patas alrededor de la niña en un intento fallido de envolverla en calor con su propia piel.
Desvió la mirada, enfocándose con quien sabía era la madre de los hermanos. La mujer castaña que, desde que despertó, no se había despegado de la niña. Estaba sentada en una silla, al otro lado de la cama, con cabeza y brazos sobre esta, y una de sus manos entrelazada a la de Sophie, con fuerza.
En ningún momento fue capaz de sentir que no estaba completamente sola. Y como nunca antes en toda su vida, deseó poder ser visto por los adultos. No haría ninguna diferencia la verdad. Las cosas ya estaban prácticamente terminadas, sólo estaba esperando el desenlace. Y que una madre de dos hijos, este a punto de perder uno de ellos… necesitaría todo el apoyo posible.
Después de todo, es Sophie, y si Bunnymund estaba destrozado, no se quería ni imaginar cómo estaría la mujer que le dio la vida.
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Jamie estaba cada vez más y más preocupado. Desde el momento en que vio cómo reaccionaron Bunnymund y esa mujer, que según escuchó se llama Serafina, supo que algo andaba mal. Y sabía que tanto el conejo como la morena buscaban protegerlo, pero era obvio que le estaban ocultando algo y aún más que él no podía hacer nada al respecto.
¿Siempre sería así? ¿El mundo se caería a su alrededor, y él tendría que esperar a que los demás actuaran para poder moverse? No podía permitirse eso.
No importa si se tratase de su hermana o cualquier extraño. El hecho de quedarse de brazos cruzados sin si quiera intentar hacer algo era un pensamiento que él no concebía en su mente.
Hace siete años, cuando todos se habían dado por vencidos ese día de pascua, él buscó y buscó por toda la ciudad, por cada rincón y cada hogar. Se cayó, se raspó, se ensució y se lastimó. Pero él no era de los que se rendían cuando había una posibilidad, por tan mínima que fuera, la buscaba y la aprovechaba. Y esa vez había sido recompensado con el que se convirtió en su mejor amigo y la noche más maravillosa de toda su vida.
Así que por eso fue detrás de ella, por eso abandonó a Bunnymund. Ya había ayudado a Jack y los guardianes una vez. Si esta vez lo iban ayudar a él, era por demás necesario que se involucrara.
Sólo que no se imaginó que recibiría tremenda noticia.
¿Qué haría Jack con la muerte? Se temía lo peor, pero confiaba en el espíritu más que en cualquier otra persona. Vamos ¡hasta más que en su propia madre! Y jamás dejó de hacerlo. Nunca. Así que algo en él, esa parte de Jamie que se volvió valiente, le dijo que tenía que ir con su amigo. Jack podía ser lo suficientemente fuerte para cuidarse solo. Eso lo sabía de sobra. Pero el apoyo y la confianza de alguien más, de un amigo, siempre es un extra que jamás debe desperdiciarse.
Era por esa razón que sin dudar ni un poco de las palabras de esa mujer, Vivi, que corrió hacia el tronco y se encontró atravesando una cueva fría y oscura. Lo bueno fue que el camino no duró tanto para él. A los pocos minutos de caminar divisó la luz al final, y se dirigió a ella a toda prisa. Lo primero que pudo identificar fue el pelo blanco de Jack.
—¡JACK! —gritó, y la voz salió de lo más profundo de él, con todas sus fuerzas y cargada de un sentimiento de alivio que jamás había sentido.
Aquel sonido retumbo por las paredes, produciendo un eco que alteró la atmosfera, Jamie no se dio cuenta pero la temperatura había subido uno o dos grados.
El espíritu no pareció oírlo, corrió más a prisa y casi estaba fuera de la cueva en el momento en que vio caer al suelo a su mejor amigo.
—¡Jack! —exclamó preocupado, apenas puso un pie fuera de la cueva y lo primero que hizo fue acercarse a su mejor amigo. Se arrodilló frente a él, ignorando todo a su alrededor y puso ambas manos en su hombro— ¡Jack! ¿Estás bien?
El albino temblaba de pies a cabeza, su vista no se alejaba del suelo. Jamie volvió a repetir la pregunta mientras zarandeaba un poco al eterno muchacho.
—¡Jack, mírame! —le dijo con voz firme. Un tono que casi nunca usaba.
Y el espíritu hizo caso. Levantó la cabeza poco a poco, permitiéndole al castaño ver los ojos azules inyectados de pánico de Jack.
Jamie jamás había visto a Jack tan asustado. Nunca, ni en sus pesadillas, una expresión tan desesperanzadora había sido vista por él, hasta ese momento. Estaba asustado, en pánico, triste… Todo tipo de emoción negativa y deprimente parecía haberse apoderado Jack y sus ojos.
—Jamie …—jadeó, y de repente sus manos terminaron en la cara del muchacho, examinándolo rápidamente— ¿Qué haces aquí, Jamie? ¿Por qué? ¿Qué hiciste? Te dejé completamente bien y a salvo en Burgess, tu no deberías… tu no…
—¡Jack! –Jamie, como pudo, atrapo las manos de Jack con las propias, aunque le costó un poco porque el chico no dejaba de palpar su rostro, hombro y brazos. Pero parecía que el albino estaba más nervioso que nunca, porque aun forcejeaba para liberarse— ¡JACK, BASTA!
Eso fue suficiente para detenerlo. Jack se le quedó viendo como si tenerlo frente a él fuera una aparición horrorosa.
—¿Qué tienes? —fue lo único que le pudo preguntar, mirándolo como si se hubiera vuelto loco.
Sólo que él no abandonaba esa expresión de pánico. Lo seguía mirando, lentamente levantó la mano y la puso sobre su cabeza.
—Tu… tu…. Tu no.. no estás muerto ¿verdad? –preguntó con la voz temblorosa.
—Eh… no. Estoy completamente seguro de que estoy vivo.
Jack entonces desvió la mirada, Jamie lo siguió y fue cuando se percató del cráneo que volaba cerca de ellos, el cual lo tomó por sorpresa y se sobresaltó al verlo.
—¿Humano impertinente? —le preguntó Jack al cráneo, un poco más tranquilo.
—Sí, ese es él —habló la parte ósea, sorprendiendo más a Jamie— Y debes saber que es cierto lo que dice, él está completamente vivo.
—¿Entonces por qué está aquí?
—¿Aquí? —inquirió Jamie, Jack lo miró y le contestó:
—En el inframundo.
—Oh…
El cráneo volvió a carraspear para recibir su atención. Humano y guardián lo miraron.
—Los humanos son los seres más afortunados en existir. A diferencia de un guardián y un muerto, los humanos pueden viajar entre el prado y el inframundo. Ellos tienen esa luz de vida, por lo tanto, pueden regresar al lugar dónde se origina, el prado, y naturalmente donde se almacena hasta que decae, el inframundo. Pero si quieren alcanzar el prado requieren de un entendimiento superior al que poseen. Han pasado millones de años de evolución y aún siguen con ese pensamiento limitado… y me temo que al paso que van, seguirán sin lograrlo. Aunque claro hay otras maneras, ¿verdad?
Lo último lo dijo mirando a Jamie, y a pesar de carecer de expresión, se podía sentir que sonreía.
—¿Cómo llegaste al prado, niño? —preguntó el cráneo.
—Con una esfera portal de Santa Claus, Norte —contestó Jamie, suponiendo que con el prado se refería a aquel lugar con las mujeres que hacían velas.
En ese momento vio cómo Jack se relajaba cada vez más y más.
—¡Oh! Bueno, eso es interesante, según sé ni si quiera una esfera portal de él puede traerte al prado...
—En realidad si se puede.
Los tres se quedaron estáticos al instante. La voz que sonó no era de ninguno de los tres. Era grave y susurrante, casi imperceptible pero clara. Como si aquella voz en nivel tan bajo de sonido les estuviera hablando directamente en su mente.
—¡Oh, oh! ¡Oh, oh! —Empezó a decir una y otra vez el cráneo mientras revoloteaba frenéticamente de un lado a otro— su excelencia se acerca, su excelencia se acerca…
El cráneo seguía moviéndose, y Jack y Jamie se miraron entre ellos.
—¿Su excelencia? —preguntó el castaño.
Jack asintió, sus labios formando una línea recta, una expresión solemne en el rostro.
—La muerte.
—Así es.
El sonido provino de aquel espacio que se hacía entre ellos. Provocando que ambos abrieron los ojos como platos y voltearan lenta y simultáneamente el rostro, topándose así, a centímetros de ellos, con un cabello negro como el abismo, los ojos oscuros, las marcados ojeras que parecían tatuadas a la piel blanca, seca y pegada a los huesos de un… ¿hombre? Que estaba atrás de ellos en cuclillas.
—Ustedes dos me están causando un dolor de cabeza inmenso, y tengo planeado ponerle fin de una vez por todas.
Está de más decir que, a pesar de saber dónde estaban, de haberse acostumbrado a un cráneo que hablaba y, de que uno tenía quince años y el otro 325 [2] ambos chicos gritaron como pocas veces lo había hecho en sus vidas.
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Si la madre de Sophie y Jamie no hubiera abandonado a su niña creyente a los diez años, si se hubiera mantenido firme a sus sueños e ilusiones a pesar de lo mucho que fue presionada, en esos momentos se hubiera dado cuenta de que no estaba sola, que no solo ella y su hijo sufrían por su adorada Sophie y que a su lado había otros cuatro seres en esa habitación de la cual ella se negaba moverse. Y si lo hubiera hecho, podría ver como los ríos de arena dorada de Meme se le acercaban para, al fin, dejarla descansar en paz y tranquilidad.
—Gracias amigo —habló Bunnymund, quien no se había separado de Sophie a pesar de la llegada de los demás— En serio que lo necesitaba. No tenía buena cara.
—Es terrible —dijo Toothiana, quien se acercó al cuerpo de la mujer para acariciar su espalda en un intento de reconfortarla, aunque era obvio que no podría saberlo—. Su niña y tan pequeña… un padre no debería ver morir a su hijo.
Norte se acercó a Sophie, del mismo lado donde estaba conejo. Las lágrimas escaparon de sus ojos y no las pudo detener.
—Lo sentimos Sophie, en serio. Pero te prometemos que no te dejaremos sola hasta que llegue la hora.
Toothiana y Meme también se acercaron, jurando en silencio lo mismo que Norte, y también, sin despegar los ojos de la niña que tanto los había ayudado en el pasado.
—Yo pensé lo mismo y lo único que hice fue empeorar las cosas —dijo entonces conejo, llamando la atención de Toothiana y Meme, más no así de Norte quien no despegó la mirada de Sophie.
—¿De qué hablas? —preguntó el hada, y Meme lo miró con la misma curiosidad y con un signo de interrogación sobre su cabeza.
El conejo no contestó, su atención seguía en Sophie, pero levantó levemente la vista, con el ceño fruncido y miró a Norte. No era un reclamo, no era un reproche, simplemente estaba cansado.
—Tú lo sabes ¿verdad?
—Le dije a Jack que no lo hiciera… —empezó a decir Norte— que era mejor quedarse así… ¿Tenías que ir a ver a Serafina? —preguntó viendo con la misma expresión a Bunnymund.
—Si le hubieras explicado la situación a Jack en primer lugar, pero la verdadera situación, no hubiera ido a buscarme, yo no hubiera ido con Madre Naturaleza, y él y Jamie todavía estarían aquí.
—No pensé que Jack iría contigo.
—Pero lo hizo.
Eso le basto a Meme y Toothiana para sentirse excluidos de la situación, pero fue el pequeño hombrecito quien actuó golpeando levemente a los otros dos con uno de sus látigos de arena en un hombro. Ambos lanzaron un quejido, se sobaron la parte deñada con una mano y miraron acusadoramente al hombrecito que no lucía nada arrepentido de lo que hizo. Sino que los miraba directamente de brazos cruzados.
—Meme tiene razón. Dejen de hablar así y díganos que está pasando. ¿Por qué no están Jack y Jamie aquí? Pero queremos toda la verdad. Porque al parecer está pasando algo más y no quieren decirnos.
Norte y Bunnymund se miraron entre ellos. El segundo regresó a ver a Sophie lo cual le dio a entender a Norte que el que tenía que explicar, o al menos empezar a explicar era él.
—Tienen que estar conscientes de algo… vamos a perder a Jack.
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Lleva existiendo desde el inicio de los tiempos, se había topado con mortales e inmortales por igual, pero nunca en toda su existencia le habían causado tantos problemas como los dos que tenía frente a él. Un guardián y un adolescente mortal abrazados fuertemente muertos del miedo. Se reiría de lo cómico de la escena de no ser porque tenía un problema muy difícil en esos momentos que le impedía cualquier tipo de emoción como esa. Sólo podía sentir frustración y enojo, los cuales, para no dejarlos salir de control, tenía que convertir en dolor de cabeza. Y la verdad ya se estaba hartando de tenerlo.
—¿Por qué todos ustedes mortales tienen que reaccionar de la misma manera? —expresó con fastidio.
—Bueno, eres la muerte —intervino aquel que sabía era Jack, el albino que aunque abrazado al adolescente, se ponía por delante. Valiente pero innecesario, si se lo preguntaban a él— y tu presencia es naturalmente terrorífica. No sé si nos entiendes.
—No, la verdad no —dijo con simpleza—. Y jamás he tenido intención de hacerlo. Considero sus preocupaciones y temores innecesarios y una pérdida del poco tiempo de vida que tienen. Pero bueno, su lógica mortal no puedo compararla con la mía. Así que no planeo pedirles más de lo que son capaces de ofrecer.
Los dos se volvieron a mirar entre ellos, obviamente confundidos por lo que veían y lo acaban de escuchar. Delante de ellos estaba un hombre (al menos su voz era de hombre) con apariencia de adolescente, piel pálida, pelo negro, vestido con una camiseta blanca de tirantes, unos pantalones de cuero negro y unas botas de combate del mismo color. Pero lo que más los perturbaba era lo flaco y delgado que se veía. Podían apreciar los huesos de la clavícula, y cómo destacaban los de cada articulación que era apreciable. Era más flaco de lo que Jack alguna vez fue y eso que él vivió en desnutrición algunos años de su vida como humano.
—Mi lógica mortal —mencionó Jamie con ironía— me dice que acabas de insultarnos.
—Más o menos —se cruzó de brazos— con eso dicho, dejen de comportarse como cobardes y levántense. Que al menos yo no los voy a hacer nada. ¡Mírense! Lucen patéticos.
Nuevamente se vieron entre ellos y estaban fuertemente abrazados el uno del otro. Inmediatamente se separaron y pusieron de pie, tratando de recobrar la poca dignidad que les quedaba delante de la misma muerte, que estaba hablando con su sirviente.
—Chacal, tráeme la vela y no te hagas el que no sabes. Es la de colores azules—aplaudió dos veces— ¡Para ayer, Chacal!
Rápidamente el heraldo se fue de ahí, dejando a los tres solos. Jamie miró con curiosidad, pero alerta, al flaquísimo ser.
—¿Qué vela?
—La de Jack por supuesto.
Jamie iba a preguntar, pero ni tiempo le dio de formular la pregunta su anfitrión cuando empezó a hablar una vez más.
—Pero antes de saltarnos las cosas y de que a escarcha le dé otro paro emocional. Tú —señaló a Jamie con su esquelético dedo índice— no estás muerto. Como les decía Chacal, los humanos tienen tránsito libre entre el prado y el inframundo. Sólo que ni siquiera pueden llegar al prado, ¿Cómo llegarían aquí? Ese niño pudo hacerlo porque, si mal no estoy, Madre Naturaleza lo tuvo que traer consigo.
Jack lo miró escéptico.
—¿Viniste con Madre Naturaleza? —preguntó.
—En realidad la seguí. Usó un portal de Norte, ella cruzó primero y después la seguí.
—Así es. Madre Naturaleza es la única de ustedes espíritus que tiene libre tránsito y por consiguiente la única de ustedes que puede hacer un portal hasta aquí. Si otro guardián hubiera tratado de pasar no hubiera podido. Pero sí, tú, niño, estás tan vivo como Vivi allá en el prado. Así que escarcha no te desmayes ¿de acuerdo? Tenemos cosas por hacer.
—Me llamo Jack Frost… Mimi —agregó el albino con regodeo, al recordar el apodo de la muerte.
—Conoces mi apodo, eso es bueno —junto sus manos, luciendo un poco emocionado—. Supongo que ya estás listo ¿no? Despide a tu amiguito que no tenemos todo el día. Nos movemos bajo una estricta agenda que no permite ningún retraso y como sabes, Sophie Bennett, con respeto del aquí presente —dijo señalando con una de sus manos a Jamie—, nos ha estado atrasando un poco.
Jamie se alarmó ante eso, mirando desesperado a Jack que lucía tan preocupado como él y después al espíritu de la muerte que lucía emocionado, muy diferente a como los había recibido.
—¿Cómo que atrasado? ¿Vas a matar a mi hermana? —exclamó indignado el chico viendo con despreció a la flaca muerte.
—Oh no, claro que no —comentó como si nada, con una mano bajo uno de sus codos y la otra doblada contra sí— Yo no puedo matar a tu hermana, pequeño. Ya casi es primavera.
—¿Eso qué tiene que ver?
Mimi dejó caer los brazos, sus hombros también, viendo Jamie como si fuera un bicho raro. Parpadeo varias veces, como si esperara a que el niño le dijera algo más pero al ver que ni él ni Jack iban a hablar, se compuso, volvió a su pose normal y nuevamente se dirigió al chico.
—¿Estás hablando en serio? ¿No sabes nada?
—Lo único que sé es que mi hermana se va a morir, que tú la vas a matar… o ibas, y que Jack vino aquí a buscar una solución.
Apenas dijo eso, Mimi giró la cabeza en dirección a Jack tan rápido que se pudo escuchar como sus huesos tronaban, aunque poco le afectó al tipo. En lugar de emoción se veía la misma cara de fastidio y hasta molestia.
—No lo sabe, ¿cierto?
Jamie también miró a Jack, completamente perdido ante lo que sucedía. ¿Qué era lo que no sabía? ¿Qué cosa no le había dicho Jack?
El espíritu de la diversión no los miraba, a ninguno de los dos. La vista la mantenía en el suelo, parecía avergonzado y Jamie sentía que la incertidumbre se lo tragaba por cada segundo que pasaba.
—No. No lo sabe.
Mimi lanzó un gruñido exasperado mientras se llevaba sus huesudas manos a la cabeza y pisoteaba una y otra vez contra el suelo diciendo quien sabe cuántas palabras en quién sabe qué idiomas. Cuando al fin terminó, caminó directamente a Jack, tomándolo con una mano de uno de sus hombros y con la otra lo tomó por la barbilla, levantando su cabeza.
—Escarcha
—Jack… —le dijo, dándole un manotazo para que le soltará la cara, la cual Mimi esquivó, quitando la mano y no la volvió a poner ahí.
—No tienes derecho a corregirme —le soltó serio, Jack suspiró a harto— ignoraré eso. Le dices la verdad y se va ¿estamos? Suficiente tengo con los problemas en lo que me metieron Bunnymund y tú como para encima tener que lidiar con estas cosas.
Jack asintió, pero era obvio en su cara que no estaba para nada contento con lo que estaba pasando. Mimi se separó de él y se fue hacia el otro extremo de la plataforma y a Jack no le quedó de otra que enfrentarse de una vez por todas a la realidad. Caminó hacia Jamie quien no sabía que decir, aunque no era necesario, porque Jack podía ver que lo único que quería eran respuestas. Y había llegado la hora de dárselas todas.
—¡MOIRA TRAEME LA VELA PROBLEMÁTICA!
—Jack… —susurró Jamie, con el miedo palpable en su voz.
Ninguno se perturbo por el gritó ensordecedor de Mimi.
Ya sabía que algo malo iba a pasar. Y Jack se odió una y mil veces por eso.
—Jamie… hay algo que tienes que saber, algo que te tengo que explicar. Para empezar, bueno —sonrió de lado, tratando de atenuar un poco las cosas—, creo que ya sabes que el flaco de allá es la Muerte, ese que es más flaco que yo —Jamie sonrió un poco, Jack lo hizo también— y que la platicadora rubia de arriba es la Vida.
—Me lo imaginé.
—Bueno, Vida o Vivi, como le gusta que le digan, crea estas velas que determinan el tiempo de vida de las personas. Cuando las terminan las traen acá abajo donde se van gastando y gastando hasta que se acaban y Mimi las apaga. Es cuando una persona muere y su alma regresa a este lugar, donde su vida se originó. O eso en teoría. Muchas almas se pierden en el camino así que para que no se pierdan, Mimi tiene que mandar a un Heraldo por ellas. Para guiarlas y traerlas a salvo. Eso pasó con Sophie, su vela está agotada, sólo deben apagar la llama, pero no pueden. Cuando el canguro y yo nos acercamos a Sophie, nuestra aura de inmortal la envolvió. Así, como un Heraldo no se nos puede acercar, no se pueden acercar a Sophie.
—Eso no es bueno ¿cierto?
Jack negó con la cabeza, pasándose el dorso de la mano por los ojos antes de que la lágrima volviera a salir.
—La única opción que quedaba era que Mimi personalmente fuera por ella, pero no puede. Mimi sólo puede ir a nuestro mundo cuando es invierno. Del 21 de diciembre al 21 de marzo. Y el viaje de ascenso y descenso le toma más tiempo que a sus heraldos. Él hace 24 horas.
—Si salía, como quiera no iba a llegar a tiempo.
—Y Sophie tendría que esperar nueve meses en que su alma fuera recolectada. Si es que quedaba algo de ella —Jack tragó saliva y tomó a su protegido de las manos—. Jamie, por cada segundo que pasa en nuestro mundo, el alma de Sophie se está desgarrando. Si esos nueve meses pasan, al final no quedaría más que su cuerpo y ni si quiera su alma podría regresar.
La respuesta fue inmediata, Jamie se soltó del agarré, le dio la espalda a Jack y empezó a moverse por todo el lugar con las manos en la cabeza, respirando agitadamente. El mayor trató de acercarse pero apenas lo sintió cerca, el castaño alzó su mano dándole entender que se detuviera.
—No te atrevas.
—Jamie… tienes que escucharme, todavía no termino.
—¿Todavía no terminas? —le preguntó sarcástico con los ojos anegados en lágrimas y enfermo de coraje— Me acabas de decir no sólo que mi hermana se va a morir, sino que su alma se va a destruir. Que no tiene salvación alguna… Jack, ¿por qué?
—No lo sé… lo que sí sé… es que su alma si se puede salvar.
—¿De qué hablas?
—Para crear a los Heraldos, lo que Mimi hace es ofrecerle la oportunidad a esas almas que creen tener asuntos pendientes o simplemente no pueden descansar en paz. Tú sabes, esas que se encuentran en el limbo. Los Heraldos deben servir a Mimi por toda la eternidad, o hasta que estén listos para morir. Bueno, hace 307 años, yo morí. Morí cuando evite que mi hermana cayera en el mismo lago donde Sophie lo hizo, sólo que yo lo hice en su lugar. Pero fue en ese momento en el que Hombre de la Luna, o Zar Lunar como lo llaman algunos, me salvó convirtiéndome en guardián. Por eso soy diferente a los demás. Cuando a ellos sólo les cambiaron las condiciones de muerte, a mí no. Yo… Jamie…
El niño no necesitó que terminara. Ya había sacado la conclusión por sí mismo.
—Jamie, yo soy un heraldo.
Y él sólo tuvo que terminar por Jack.
—Y el único que puede matar a Sophie.
[1] Ninfas, tomé el nombre de las que mencionan en la mitología griega, pero no son precisamente ellas. Sólo necesitaba un nombre y pues sonaba linda y se quedo.
[2] Si tomamos en cuenta que Jack murió a los 18, y han pasado 307 años desde entonces… en total tiene 325 8D
Agradezco el review de Solei Dantés y de andreri. Los invitó a entrar a mi profile y dar click en el link que dice "Anexo" el cual los llevara a una entrada en mi blog, en dicha entrada habrá un link a los dibujos de este fanfic. Donde encontrarán un diseño de Madre Naturaleza y de Mimi y Vivi.
PD: Sólo queda un capítulo y el epílogo para terminar :D
