En la habitación de paredes pastel de la Black del medio, Bellatrix hacía vanos intentos de controlar su emoción. Pero nunca lograba controlar sus emociones, así que se movía nerviosa y felizmente mientras observaba a su hermanita leer el libro. Una vez más, quiso reírse de lo graciosa que era su cara de concentración.

-No entiendo del todo lo que dice, pero capto la idea.

-¿No te parece una mejor idea que desvelarnos buscando estrellas?

Como para enfatizar sus palabras, Andrómeda bostezó.

-¿Pero no se necesita ser un mago muy poderoso para hacer algo así? ¡Ni siquiera estamos en Hogwarts aún!

-Andy, Andy, Andy, siempre con tan poca fe –Bella tomó el libro de regreso. –Nosotras somos Black. Podemos hacer lo que nos propongamos hacer. Y para crear estrellas fugaces no se necesitan hechizos, sólo dedicación, fuego de dragón, y… una piedra muy grande. Y una varita para lanzarla al espacio.

-Merlín, ¿cómo vamos a conseguir todo eso?

-Con paciencia, evitando a Padre y a Madre… y con elfos domésticos.


Andy no podía creer que había sido tan simple como decirle a Kreacher "ve al mercado y consíguenos fuego de dragón, a nombre de Alphard Black". Había sido idea de Bella que lo compre a nombre de su tío. Al fin y al cabo, no se enteraría nunca, y si lo hacía, no se enojaría tanto como Padre si compraban fuego de dragón embotellado a su nombre. También le ordenaron enfáticamente a Kreacher que no le dijera nada a sus padres.

Bella sabía que si las cosas salían mal, Madre decapitaría al pobre Kreacher… y ellas recibirían unos buenos crucios, pero en su mente, la expectativa del éxito y de verdad crear una pequeña estrella fugaz la emocionaba tanto que los peligros ocupaban sólo un rincón de su mente. Con Andy pasaba algo parecido, pero ella sentía más preocupación por el futuro del pobre Kreacher.

-Supongo que la clave será que simplemente Padre y Madre no se enteren. Es una suerte que Padre administre sus negocios él mismo, ¿no? –dijo Andy buscando esa piedra grande que necesitaban.

-Y que Madre no nos preste mucha atención.

-¡Vivan las radionovelas!

Tanto Andy como Bella habían pasado toda la mañana jugando con Cissy a que eran princesas encantadas. No era el juego más divertido del mundo, pero si hacía que Cissy se sintiera mejor…

Llegado determinado momento, después de un incómodo almuerzo donde ni Bellatrix ni Andrómeda se atrevieron a mirar a sus padres por miedo a que de alguna manera descubrieran sus planes, Cissy preguntó felizmente si podían volver a jugar a las princesas. Andrómeda, previendo que la paciencia de Bella estaba llegando a cero, le propuso a Cissy lo siguiente: ella escribiría una pequeña obra de teatro sobre las princesas, y luego la actuarían. Aquello resolvió los problemas de un plumazo: mantendría ocupada y feliz a Cissy, y les daría tiempo a ellas para buscar la "utilería de la obra".

-Princesas –bufó Bella pateando una rama. –De todos los juegos, ¿por qué siempre a las princesas?

-Quizás por los vestidos bonitos y las fiestas de té.

-¡La próxima vez, jugaremos a las Amazonas! ¡Con espadas, escudos, y guerras! Pido ser la Reina Hipólita. Tu puedes ser la General Phillipus.

-Bella, Cissy no querrá jugar si no hay princesas.

-Bien, que ella sea la princesa Diana.

-Esa es una princesa guerrera…

-Sí, ¿y qué con eso?

-Las princesas guerreras no usan vestidos, Bella.

Ambas hermanas siguieron caminando por el pequeño bosque. Se lo conocían bastante bien, al ser su lugar favorito de juegos, pero nunca estaba de más ser precavido. Por lo que Andy marcaba los árboles al pasar con una tiza blanca.

Cada vez que Bella encontraba una piedra muy grande, la marcaba con la tiza de su hermana, para encontrarla de nuevo al volver. Pero ninguna la satisfacía lo suficiente. Una estrella fugaz que diera vueltas alrededor del espacio debía de ser gigante, no sólo grande.

Con el tiempo jugándoles en contra, Andrómeda dijo que deberían regresar antes de que Madre notara su ausencia, pero Bellatrix insistió en caminar cinco minutos más. Su instinto le decía que lo que buscaban estaba cerca, y su instinto nunca le mentía.

Se vieron recompensadas al llegar a un claro donde la luz del sol era abrumadora. Una parte del bosque donde no recordaban haber estado antes. Y la sorpresa fue grande al encontrar una piedra enorme, mayor que ellas dos juntas, en medio de la hierba. La piedra tenía grafitis rojos y blancos en toda su superficie. Y fue entonces cuando Andy supo por qué nunca habían estado en esta parte del bosquecillo: estaba próximo a un pueblo muggle.

-…¿Crees que notarán si usamos esta piedra, Bellatrix?

-…Los muggles son tontos, pero si vienen aquí muy seguido, seguro notarán si desaparece.

-…¿Te importa?

-…En lo más mínimo.


Al día siguiente, bien temprano para que no la descubrieran, Bella buscó algunos manuales de francés para entender mejor las instrucciones del libro. Acto seguido se coló en la habitación de Andy, y luego de un par de almohadazos y amenazas para despertarla, ambas hermanas repasaron los pasos a seguir para que el fuego mágico, al combinarse con la gran piedra, pudiera resultar en una estrella fugaz.

-Necesitaremos sogas, muchas sogas. También una manera de efectuar el hechizo para ponerla en órbita. Demonios, ¿cómo vamos a hacer eso si ni siquiera tenemos una varita?- Andrómeda cerró bruscamente el libro, levantando una nubecita de polvo.

-Supongo que tendremos que usar la varita de Madre.

-Pero Bella, se dará cuenta –dijo Andy repentinamente blanca.

Bellatrix se mordió el labio y comenzó a sacudir el pie, señal de que su cabecita intentaba encontrar la solución adecuada.

-No, no se dará cuenta. Porque lo haremos esta noche, mientras duerme. Y luego devolveremos la varita y haremos como que no pasó nada.


Esa noche, Andy estuvo a punto de echarse atrás en todo y decidir que Cissy estaría perfectamente bien con el tiempo, pero no lo hizo. No quería que Bella creyera que era una cobarde.

Así que en la oscuridad, la puerta del cuarto de Druella se abrió silenciosamente. Andy estaba segura de que en su joven vida, jamás había tenido tanto miedo. Oh, el castigo que se llevaría si su madre la atrapaba. Caminando con las puntas de los pies, se acercó sigilosamente a la cama.

Naturalmente, la varita estaba en ese bonito porta-varitas que le habían regalado los primos Rosier para su cumpleaños. De pino, con corazón de pluma de arpía. Andy siempre había querido practicar con la varita, pero su madre les tenía muy prohibido tocarla.

"Claro. Eso significa que estoy muy muerta."

Su madre roncaba suavemente, bajo sus sábanas de seda sueca. Las pupilas de Andy se dilataron en la escasa luz. Tomó la varita de la mesa y salió tratando de ser rápida y silenciosa.

"Oh estoy tan muerta, tan muerta, tan muerta muerta muerta."

Encontró a Bella a mitad del pasillo, donde la había dejado. Estaba vigilando hacia el cuarto de Padre. Al verla venir, su hermana mayor la tomó de la mano para no perderse en la oscuridad.

-¿Ahora qué?- susurró Andy.

-Ahora, nos apuramos. Es una suerte que la luna esté muy luminosa hoy.

Acto seguido, Bella abrió muy despacio la ventana, y ambas hermanas salieron de su casa hacia el bosque.