No acepto órdenes
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— Buenos días, mi lady — Después de un golpecito en la puerta, Jessica entró con los brazos cargados de ropas limpias.
Tomada por sorpresa, Isabella no tuvo elección sino esconderse debajo de las mantas con el camisón sucio de sangre.
— Despertó temprano esta mañana, mi lady. Oí sus movimientos e imaginé que estaría necesitando esto. — La muchacha apoyó las enaguas sobre una mesita cercana y colgó un vestido limpio en el guardarropa. — ¿Qué gustaría que le trajese?
— Nada, por el momento. Creo que me voy a quedar un poco más en la cama.
— ¿No se siente bien, mi lady?
— Bien, es que... — Isabella alisó las mantas, evitando los ojos de la empleada. — Tal vez sea el principio de una gripe...
Ambas intercambiaron miradas cuando alguien golpeó la puerta. Emily entró con una bandeja cubierta por un paño.
— Buenos días, mi lady — La ama de llaves lanzó una mirada perspicaz a su ama — Espero que haya tenido una noche tranquila.
Isabella asintió con la cabeza.
— Dormí muy bien, Emily.
La mujer mayor suspiró aliviada.
— Le traje sopa de avena, te y galletas.
— Mi lady no va a querer nada — se adelantó Jessica. — No se siente bien y planea quedarse en la cama.
El ama de llaves posó la bandeja en silencio.
— La Dejaré aquí, con la esperanza de que le apetezca en algún momento.
— Gracias, Emily — Isabella miró a la criada — Ya que no voy a precisar de vos hoy, puedes ayudar a Emily allá abajo.
— Si, mi lady — La criada se retiró pareciendo desanimada.
Un día a la merced del ama de llaves significaba fregar el suelo hasta que brillara y después acompañar a Sam al puerto para comprar pescado fresco. Tareas que Jessica dejaría de buen grado para alguno de los otros empleados.
Isabella salió de la cama, miró el camisón que vestía y susurró a Emily:
— Espero que consigas explicarle estas manchas a Jessica sin despertar sospechas.
— Déjemelo a mí, mi lady. Pensaré en algo. — Bajando la voz, el ama de llaves miró al techo — Y en cuanto a nuestro... huésped. ¿Sobrevivió la noche?
— Sobrevivió.
Emily hizo la señal de la cruz y murmuró una plegaria de agradecimiento.
—Tuve miedo que... — Enjuagó una lágrima — Tal vez fuese bueno que veamos como está.
— Acabo de dejarlo — Ante la expresión pasmada del ama de llaves, Isabella se sintió ruborizar. — En el medio de la noche, él se cayó de la cama y fui a ayudarlo. Me pidió que me quedara y... acabé durmiendo en la mecedora.
— Nada más natural, después de todo por lo que pasó. Dios la bendiga, mi lady. Gracias a los cielos, Masen todavía está vivo. ¿Todavía siente mucho dolor?
— Mucho — informó Isabella — A juzgar por las cicatrices en su cuerpo, diría que está acostumbrado, pero le di una de las pociones. Dormirá en paz por algunas horas.
— Entonces, ¿cree que va a vivir?
Isabella se encogió de hombros.
— Sólo Dios lo sabe. Pero es un hombre fuerte. Un luchador. Y ya superó el peor momento.
Emily señaló la bandeja cubierta.
— Creí que le daría prioridad a él y no le importaría tomar el desayuno en el salón.
— Acertaste, Emily. Sólo avisa a los criados para que no me incomoden.
— Si, mi lady. Y, si Masen ya estuviera lo bastante fuerte como para comer, traeré una comida más substanciosa. — El ama de llaves se retiró cerrando la puerta.
A solas, Isabella se quitó el camisón y fue hasta la fuente con agua. Después de lavarse todos los vestigios de la sangre de Edward en su piel, se puso una camisa y una enagua delicadamente bordadas y, por encima, un vestido color rosa claro. Luego, sujetó los cabellos con peinetas y se calzó los zapatos. Finalmente, tomó la bandeja y subió la escalera estrecha hasta el cuartito en el ático.
Edward estaba tan inmóvil que ella imaginó que todavía dormía. Al aproximarse, sin embargo, vio sus ojos abiertos y nublados por el dolor. Las sabanas estaban empapadas de sudor, Pero él no se movía, no daba la menor señal de cuanto sufría.
Posando la bandeja, se arrodilló al lado de la cama y puso la mano en la frente del enfermo.
— Ah... — gimió Edward — Mi ángel volvió. Hice lo que me pediste, no hice ningún ruido.
Isabella se emocionó por su coraje.
— Lamento haber demorado tanto— Humedeció un paño en agua fresca y comenzó a limpiarle el rostro, el cuello, el pecho y los hombros — Parece que el remedio no funcionó.
— Funcionó, si... por algún tiempo. Hice una agradable visita al cielo... antes que el infierno me reclamase otra vez...
Ella mezcló un polvo con agua y le llevó el remedio a sus labios.
— Bebe. Tal vez alivie el dolor.
— Ya me siento mejor... ahora que estás aquí... — Edward sorbió todo el líquido y se acostó, debilitado, pero sin dejar de notar el perfume de rosas que siempre la envolvía.
— Mientes muy bien, Edward Masen — Isabella se sentó en la mecedora al lado de la cama, hundió una cuchara en la fuente humeante y la acercó a los labios de él.
— ¿Qué es eso? — quiso saber.
— Sopa de avena.
El la rechazó.
— Mi madre nos obligaba a comer eso... Prefiero barro.
— Tal vez te traiga un poco mañana. Pero, hoy, vas a comer sopa de avena. Mi ama de llaves, Emily Unly, la hizo especialmente para ti, para que recupere las fuerzas. Y vas a comer aunque sean unas pocas cucharadas.
— Dios del cielo, hablas igual que mi madre... — Edward degustó la sopa y la tragó, pareciendo sorprendido. — Emily Unly debe ser una bruja. Nunca probé una sopa de avena tan sabrosa...
— Le Diré que la aprobaste. Parece que no vas a tener que comer barro mañana. — Isabella le ofreció otra cucharada, que él aceptó de buen grado.
Se daba cuenta que cuidar a ese hombre no le recordaba en nada a la asistencia que le había prestado a su madre enferma. Cada vez que él abría la boca, sentía un deseo extraño de probar aquellos labios ávidos. Cuando él tragaba, cerrando los ojos con placer, experimentaba un estremecimiento íntimo.
Isabella se sentía totalmente fuera de su elemento en la presencia de ese hombre rudo, grosero, que se entregaba a la simple necesidad de alimentarse. Nunca había conocido alguien así. A Edward Masen parecía no importarle el hecho que estuviera desnudo debajo de las mantas. Pero ella estaba mas incomoda de lo que le gustaría admitir. Simplemente, no conseguía sacarse esa idea de la cabeza.
Él sólo rechazó la sopa de avena después haber devorado casi media fuente.
— Basta... Es mucho esfuerzo... comer.
Isabella posó la fuente en la bandeja y sirvió te en una taza.
— ¿Lograrás tomar algunos tragos?
Edward se negó.
— De ningún modo.
— Entonces, voy a esperar y ver si la poción alivia tu dolor — decidió ella, acomodándose en la mecedora.
Edward sonrió.
— Sólo mirarte me hace más bien que los remedios...
Isabella sintió su rostro arder.
— Tus galanteos ya están pasando todos los límites, Edward Masen.
Él pasó su mano por sus ojos.
— Deberías conocer a mi hermano Jasper. El, si, que es galanteador...
— ¿Verdad? ¿Y cómo te defines tú?
— Soy un luchador. Siempre el luchador.
Ella revolvió el te.
— Cuéntame sobre tu familia.
— Jasper es dos años mas joven que yo. Fue educado en el exterior, y nuestra madre quería que fuese sacerdote. Pero nuestro padre tenía otros planes...
— ¿Qué planes?
— Como Jasper es guapo, inteligente y conoce Inglaterra, mi padre espera verlo como representante de nuestro pueblo en la corte de Elizabeth.
Isabella sonrió.
— Me parece una manera más segura de conseguir cambios que con la espada.
— Noto un tono de desaprobación en la voz del ángel...
— Estoy contra la violencia.
Edward la miró de un modo que la hizo ruborizar. Ella resolvió cambiar de tema.
— Y... ¿tienes más hermanos?
Él negó con la cabeza.
— Sólo una hermanita, Elisabeth.
— ¿Y ella quiere mas a Jasper o a su hermano mayor?
— Ella ha sido mi sombra desde que nació... — le contó Edward, lleno de afecto y orgullo. — Es capaz de manejar una espada mejor que la mayoría de los hombres y ninguno es más hábil con un cuchillo...
Isabella no pudo contener la risa.
— ¡El cielo nos ayude! Una guerrera Masen.
— De hecho, es la desesperación de mis padres.
— Háblame de ellos.
— Mi padre, Carlisle, es de origen noble. Descendiente del rey Anthony... Mi madre, Esme, desciende los antiguos druidas y de los celtas... Después de tantos años, el amor de ellos todavía brilla más que todas las estrellas en el cielo. Da gusto verlos...
Isabella pensó en el amor de sus progenitores, también. Su padre había sufrido demasiado durante la larga enfermedad de su esposa. En su corazón, nadie jamás ocuparía el lugar de su amada Renée.
— Ellos tienen mucha suerte de tenerse el uno al otro.
— De hecho, es un amor raro. Asusta saber que continúan enamorados después tantos años juntos...
Edward se calló, e Isabella se preguntó si él recordaba a la mujer con quien casi se había casado. O lo que una persona sentiría al tener su amor arrebatado antes de poder declararle todo lo que tenía guardado en su corazón.
— Es mejor que intentes dormir ahora — aconsejó, poniendo la taza de lado.
—Lo intentaré... — Edward cerró los ojos. Al oírla levantarse, le sujetó la mano — Gracias, bondadosa Isabella.
— ¿Por qué?
— Por hacerme olvidar del dolor por algunos minutos.
— No fui yo. Fue la poción.
Él sonrió débilmente.
— Y agradécele a Emily Unly por la sopa de avena. Creo que voy a querer más mañana, en vez de barro...
— Se lo Diré.
Isabella lo observó por algunos segundos y entonces salió. Él ya se había hundido en el sueño.
Al mediodía, Emily volvió al cuarto de Isabella con otra bandeja.
— Por cuánto tiempo va a fingir estar enferma, ¿mi lady?
Isabella se encogió de hombros.
— Creo que al final de la tarde, tendré que recuperarme de forma sorprendente, pues debo ir a cenar con lady Mayori.
—Pues bien. Confirmaré con mi lady antes de mandarle a Jessica para ayudarla a vestirse.
— Gracias, Emily — Isabella tomó la bandeja, pero se volvió antes de subir la escalera estrecha. — Ah, Edward Masen mandó a felicitarte por la sopa de avena. Dice que es mucho mejor que la que su madre prepara.
El ama de llaves dejó el cuarto hinchada de orgullo. Isabella se espantó porque un simple elogio de un guerrero embrutecido causase tanta conmoción en una mujer de mediana edad.
En el pequeño cuarto del ático, encontró a Edward transpirando abundantemente, esforzándose para levantar la espada caída en el suelo. Usando las dos manos, consiguió recobrarla, pero entonces cayó fatigado sobre las almohadas.
La herida en su hombro se había abierto y ahora manaba sangre.
—Mira lo que lograste — Contrariada, Isabella apoyó la bandeja y se inclinó sobre el guerrero, apretando un paño contra el corte. — Y todo a causa de un arma sin gracia.
— ¿Sin gracia? — Edward le sujetó la muñeca y la miró a los ojos — Mujer, no pensarías así si hubieses enfrentado una columna de soldados blandiendo espadas. Entonces, darías todo lo que tienes por tener un arma para defenderte.
— Pero no hay soldados aquí, Edward Masen. Estás muy bien escondido.
El la miró pensativamente.
— Es lo que dices. Pero, ¿cómo tener certeza?
— Tienes mi palabra. ¿No te basta?
— Si, me basta.
— Debía guardar tus fuerzas y darle a las heridas la posibilidad de curarse.
— Las guardaré — Edward permitió que Isabella lavara el nuevo flujo de sangre. Pero no la soltó completamente, manteniendo los dedos en contacto con la muñeca delicada. — Es difícil cambiar los viejos hábitos...
Empeñada en la tarea, ella sentía los ojos del guerrero fijos en ella. Se ruborizó. Peor aún, su pulso se aceleró. Y sabía que él podía sentir el cambio, pues sujetaba su muñeca.
Para disimular su pudor, Isabella derramó una buena cantidad de alcohol sobre el corte.
— Te Va a doler un poco — Lo oyó retener el aliento — Aguante mientras hago un nuevo vendaje.
Lo miró. Él la observaba detenidamente. Y se concentraba en su boca. Sus labios estaban tan cercanos que casi se tocaban. Bastaba un movimiento, y podría degustarlos.
Como si le leyese la mente, Edward la empujó un milímetro mas cerca.
— Tu perfume me recuerda al rosal de mi madre...
Isabella tragó en seco.
— No soy tu madre, Edward Masen — le recordó, con voz trémula.
— Eso jamás pasó por mi cabeza —El guerrero sonrió seductoramente — Nunca quise besar a mi madre como te quiero besar a ti...
Ella posó la mano contra su pecho, dispuesta a empujarlo.
— No...
Tuvo que tragarse la protesta cuando él le tomó la boca. Eran labios calientes, firmes, expertos. Se movían sobre los de ella saboreándola, provocándola.
Ante el primer contacto, Isabella contuvo la respiración. Habría retrocedido, pero él previó ese movimiento y la sujetó firmemente. Con una de las manos apretaba su nuca, y la otra se deslizaba por su hombro y espalda. Edward movió sus labios sobre los de ella, hasta que ella no pudo contener más un suspiro de placer.
— Que esto te sirva de lección, Isabella... — murmuró Edward, contra su boca — Nunca me digas qué debo hacer. Existe algo en mi naturaleza que se rehúsa a acatar órdenes.
Ella respiró profundamente, sintiendo su cabeza girar.
— Recordaré eso. Ahora, suéltame, Edward Masen.
Él repitió una sonrisa peligrosa y ella se dio cuenta de su error, demasiado tarde.
— ¿Está viendo? — Edward le tomó el rostro entre sus manos — Lo hiciste nuevamente...
Sin el menor esfuerzo, Edward le impuso otro beso. Esa vez, enterró los dedos en sus cabellos, besándola hasta que casi quedó sin aliento, sin darle tiempo de recuperar el sentido común.
Él supo el momento exacto en que Isabella dejó de resistirse y se rindió. Ella enlazó su cuello con las mismas manos pequeñas que antes había usado para empujarlo. Y apretaba sus senos contra él de un modo muy sensual.
Caliente y dócil, se abandonó en sus brazos. La excitación llegó rápidamente, insistentemente. Edward se dejó avasallar por el deseo pero la cautela lo detuvo.
Con un movimiento ágil, sujetó a Isabella por los hombros y la apartó un poco. Fue el tiempo necesario para aclarar su mente y calmar su corazón descompasado.
— Espero que hayas aprendido la lección... Nunca más me diga qué debo hacer.
Los ojos de la muchacha se oscurecieron de rabia. Aunque fuese difícil hablar, pues el corazón latía locamente en su pecho, consiguió elaborar un comentario sarcástico.
— Quieres decir que para impedir que esto se repita, ¿debo ordenarte que me beses?
Edward tiró a cabeza hacia atrás, riendo. ¡Era deliciosa!
— ¿Me Tomas por idiota? Si me ordenases que te bese, no podría resistirme, eres demasiado hermosa. Simplemente tendría que obedecer...
— Me Voy en este instante.
— ¿Ya? ¿Antes de atender mis necesidades?
— Tus necesidades — Isabella soltó el paño y señaló la bandeja — Anoche, temí que muriese en esa cama. Pero veo que estás lejos de morir, Edward Masen. Un hombre capaz de agarrar a una mujer puede perfectamente sujetar una fuente. Espero que encuentres la sopa de Emily tan deliciosa como la sopa de avena.
— Estoy seguro de que lo está — Viendo que Isabella abría la puerta, Edward agregó — Pero no va a ser tan buena sin ti dándomela en la boquita...
Ella respondió retirándose y cerrando la puerta con firmeza.
En su habitación, Isabella se sentó en el borde de la cama y llevó la mano a sus labios. Todavía latían por el contacto con la boca del guerrero. Y preservaban su sabor peligroso.
Este era un juego tonto. No Permitiría que el guerrero irlandés tocara la cuerda romántica en su corazón. No sería la primera doncella en quedar con el corazón roto por un canalla. Tal como estaban las cosas, había más que su corazón en juego aquí. Se trataba de vidas. Y las consecuencias podían ser fatales.
