N/A: Recordar la primera y única advertencia del fic.


"Incluso la mente más sensata es débil a la tentación del cuerpo"

4

El corazón estaba por salírsele de la boca. Sus manos sudaban y trataba de secarlas con la tela de su falda, tragaba saliva cada cinco minutos intentando calmarse y comer su miedo. Sabía que tendría que aceptar cualquier consecuencia, pero por mucho que le costara asumirlo, temía enfrentarse al Lord de la mansión. Aunque intentara permanecer seria y segura, por dentro, cada vez que se enfrentaba a él se volvía en un manojo de nervios. Él era imponente y poderoso, su voz hacía vibrar cada célula de su cuerpo y no siempre de miedo. Creía que lo que más le aterraba y le hacía sentir insegura ahora, era que no tenía excusas para defenderse, ella podía dar su palabra de fe que no quiso hacerle daño, pero los hechos hablaban por sí solos. Se preguntó brevemente si Luisa no hubiera hablado ¿Habría confesado que fue su culpa?

—Señorita Bulma—levantó la mirada dando un brinco al oír a la Señora Baba—acompáñeme—asintió sin reproches ni cuestionamientos. Se puso de pie con gracia y elegancia, sacudió su falda y caminó junto a la Ama de llaves. Subieron en silencio hacia el segundo piso, por un segundo recordó al hombre junto a la sirvienta. Cada vez se convencía más de que era Luisa quien disfrutó del encuentro, no encontraba otro motivo para que la criada estuviera tan preocupada por el señor y se entrometiera tanto.

Al poner un pie sobre el siguiente eslabón que daba hacia el tercer piso, provocó que sus nervios aumentaran todavía más. Nunca había visitado esa área de la mansión, la alfombra que cubría los escalones era la misma que tapizaba los pasillos y demás escaleras. El tercer piso de la Mansión del Tridente era bastante diferente al resto del inmueble. Bulma se sorprendió al ver como las paredes muy prolijas eran de un tono más claro, como si la iluminación natural que ingresaba de cada ventana hiciera un trabajo bastante eficaz. Imaginó que sería todo lo contrario según el carácter del hombre. Miró los retratos de sujetos que no conocía y supuso eran ancestros de la familia Ouji, se deleitó con cada pieza de arte, cada mueble fino y candelabro elegante. La señora la condujo por un pasillo largo que era adornado cada un tanto de distancia por puertas de madera rojiza barnizada. Mientras se concentraba en su entorno, sin darse cuenta los nervios empezaron a amainar.

—Debe estar por salir el Señor Goku—rompió el silencio la mujer anciana. Bulma asintió y miró sus zapatos, pudo notar un timbre de voz preocupado ¿Era por ella? le costaba creerlo. Se quedaron fuera del fondo del pasillo del ala derecha. Donde unas enormes puertas dobles resguardaban una habitación que supuso sería de Lord Ouji. Tenía todas las características para ser los aposentos del dueño del Tridente. Sus padres conservaban un cuarto con cualidades similares en el Oeste. Pasaron unos minutos, quizá diez, donde ambas mujeres aguardaron de pie en silencio fuera del cuarto. No se oía ningún murmullo ni ruido proveniente del cuarto, lo que le hizo pensar si ellos realmente estaban allí o la habitación tenía paredes muy bien construidas que hermetizaba cualquier sonido. Se acercó a una ventana y corrió la cortina para poder ver hacia afuera. Se maravilló al ver las tierras lejanas que gracias a la altura podía vislumbrarlas, le sorprendía que todo lo que veía le pertenecía a Lord Ouji, sabía que era un hombre de influencias y poderoso, si quería podía hacer que se pudriera en una prisión aunque no hubiera más evidencias que las palabras de una criada y una simple torcedura de pie como consecuencia.

Se había metido en un gran problema. Sabía que debía disculparse pero estaba segura que él no aceptaría sus excusas, él era de ese tipo de hombres que no dejaba pasar ese tipo de cosas, que nada podía humillarlo ni dañarlo y quien osara con hacerlo pagaría las consecuencias. Tenía miedo porque no sabía cómo defenderse, él era un hombre fuerte y ella una joven educada, pero antes que nada mujer, y las mujeres no podían hacerle frente a los hombres, menos a uno como él.

—Oh ya están aquí—volteó hacia la puerta donde el amigo del señor se asomaba—puede pasar, señorita Bulma. Vegeta quiere hablar con usted.

—Claro—asintió tragando saliva. Intentó ignorar los latidos de su corazón y sus manos sudorosas, dio pasos temblorosos hacia la entrada del cuarto y esperó que el hombre saliera.

—Tranquila—murmuró Goku haciéndola voltear hacia él. El hombre alto le miró amablemente, Bulma se sorprendió al ver una mirada tan honesta y sin maldad en un hombre como él que era nada menos que amigo de Lord Ouji—fue un accidente, él entenderá.

Intentó sonreírle con la misma amabilidad y honestidad, pero sintió que no pudo corresponderle. Entró dando pasos lentos y suaves, sus ojos zafiro se deslizaron por todo el cuarto. Entendió que no se oyera nada, había una sala dentro de los aposentos y en el fondo un par de puertas de madera fina aguardando por ella. Cerró con suavidad, como si la madera pudiera romperse en cualquier momento. Miró nuevamente el salón, la elegancia y piezas finas no se hicieron extrañar. Creía que la habitación era por lo menos tres veces el tamaño de la suya, estaba adornada con sillones aparentemente suaves de color vino tinto, había muchas pieles de animales usadas como alfombra, cosa que la asqueó en cierto modo. Estaba segura que eran trofeos del hombre. Secó nuevamente sus manos en su falda y respiró profundamente, esperó unos segundos para calmarse y caminó con la frente en alto hacia las puertas imponentes que la esperaban. Antes de golpear, se acomodó el cabello-no supo porque lo hizo-arregló las mangas de su vestido y con sus nudillos tocó suavemente la madera lisa y barnizada. Sintió un vacío extraño al esperar por la respuesta, mordió su labio inferior impaciente. Su estómago se revolvió y tuvo que llevar sus manos a su abdomen plano para apaciguar su sentir.

—Adelante—su voz grave y masculina se oyó fuerte y claro, tanto que la estremeció. Posó su mano en el picaporte y lo giró son extrema lentitud, aplazando lo mayor posible lo inevitable.

—Permiso—murmuró en un susurro apenas audible porque su voz no salió. Carraspeó su garganta de modo sutil y entró con timidez; sus ojos miraron fugazmente toda la habitación, era más amplia que la de la entrada. Había una mesa con finos detalles en los bordes, en ella unos cinco libros y unas hojas esparramadas llamaron su atención. Todo el suelo estaba tapizado con una alfombra rojiza que supuso debía ser un dolor de cabeza para la servidumbre poder limpiarla. En el fondo del cuarto un estante lleno de botellas de alcohol y unas copas, el armario medía toda una pared y en el centro, una enorme cama cobijada con una piel negra de algún animal. El cortinaje del dosel era transparente y estaba sujeto a los pilares para poder ver al dueño de la cama quien reposaba en el centro apoyado en la marquesa de su cama y la miraba fijamente—Lord Ouji, yo…

—Acérquese—agachó la mirada y se acercó a los pies de la cama. Sentía que estaba siendo cobarde, pero no podía manejar la situación. Después del atrevimiento del señor en el bosque, había pensado más aún en lo sucedido esa noche, noche por la cual todavía no se disculpaba por haber presenciado. No había vuelto a quedarse a solas con él por ese mismo motivo, lo evitaba de modo indirecto, intentaba parecer indiferente pero le afectaba. Él había despertado algo muy fuerte, algo que sabía que era pero que no quería reconocer. Deseo. Todo eso sumado al accidente, sentía que estaba en una profunda desventaja, intentaba consolarse con que fuera honesta, no había sido su intención que aquello pasara y debía actuar como tal, cabizbaja y miedosa solo empeoraría su situación.

—Lord Ouji—repitió con más fuerza levantando la mirada—lo lamento, no fue mi intención—moduló con calma mirándolo a los ojos. Parpadeó un par de veces al ver su semblante tranquilo, era primera vez que lo veía tan sereno. Había un rasguño en su amplia frente, pero fuera de eso parecía estar bien.

—Acérquese—repitió el hombre. Bulma frunció el ceño y ladeó el rostro haciendo un gesto infantil sin darse cuenta. Miró hacia los lados, como si en las paredes pudiera encontrar el motivo del señor. Dio pasos dubitativos hasta el medio de la cama—acérquese—exigió frunciéndole el ceño, dejándole ver su semblante habitual. La joven casi suspira de alivio al ver su expresión normal. Con sus manos entrelazadas sobre su regazo, caminó acercándose como él se lo ordenaba.

—No sabía que el animal era suyo—comentó segura, pero el hombre no movió ni un músculo de su cara. Bulma tragó saliva nerviosa y relamió sus labios—aceptaré cualquier acción legal que decida tomar, mi Lord.

—Acérquese—abrió la boca perpleja— ¡Venga de una vez! —ordenó alzando la voz. Bulma dudó unos segundos, el hombre la miró molesto y con una mueca en sus labios que la asustó. Caminó lento nuevamente, dudosa, no sabiendo hasta qué punto quería que ella se aproximara. Ya había pasado de largo por la mitad de la cama—más—comentó él, como si adivinara sus dudas.

— ¿Mi Lord? —preguntó llegando a la cabecera de la cama. No pasaron más de cinco segundos cuando el hombre tomó con fuerza su muñeca, la joven abrió los ojos con sorpresa mezclada con miedo, soltó un jadeo tembloroso y estrechó sus ojos por el agarre brusco. No alcanzó a pedir explicaciones cuando fue jalada hacia la cama violentamente, su falda se sacudió por el movimiento, sus piernas se elevaron unos segundos antes de caer de golpe al colchón. Su corazón latió con fuerza, más que nunca, sus ojos se abrieron como plato al ver al hombre tan cerca y más aún cuando su otra mano la posó en su cintura y la elevó lo suficiente para sentarla sobre sus fuertes piernas. El hombre soltó su muñeca para posarla en su nuca y rápidamente, sin darle tiempo para entender qué estaba pasando la acercó a sus labios.

Abrió los ojos de par en par. El hombre devoró sus labios con hambre, movió su boca con experiencia sobre la suya, la mano en su nuca la obligaba a permanecer dispuesta a sus labios y su brazo libre rodeó su cintura apegándola a su cuerpo masculino. La joven estaba en completo asombro, fue al tercer beso continuo que reaccionó e intentó separarse de él poniendo sus manos sobre sus hombros vigorosos cubiertos por su camisa de lino blanco. Pero no pudo separarse ni un centímetro. Logró respirar cuando él se alejó unos centímetros para poder recuperar el aliento. Aun no creía lo que acababa de pasar. Miró estupefacta al hombre que la miraba con deseo y algo más que no supo identificar. Sentía sus labios húmedos e hinchados, su pecho subía y bajaba exageradamente recién notando que estaba temblando y completamente agitada. Él soltó su nuca, y sintió brevemente como su piel ardió después de su toque. Los ojos negros miraban sus labios y su escaso escote, la mano en su cintura la sostenía con firmeza y la joven sintió que hacía demasiado calor. La mano que antes estaba en su nuca, se posó en su hombro, esta vez con suavidad.

—Está perdonada—susurró el hombre con un tono de voz que la sorprendió—no tomaré ninguna acción en su contra—murmuró mientras sus dedos lentamente rozaban el escote de su vestido. Bulma contuvo la respiración, miró cohibida al hombre que admiraba su egoísta escote, y se tensó cuando dos de sus dedos traviesos se sobrepasaron, adentrándose debajo de la tela para poder sentir la curva de su monte—pero tendrá que venir a hacerme compañía lo que dure mi reposo, es su culpa que esté aquí después de todo.

No podía responder. Su voz estaba en algún lugar lejano que no conocía. Completamente muda observó al hombre, completamente muda y paralizada, permitió que la tocara. Dejó que la pasara a llevar. Le costaba creer que era real, que estaba pasando. Se imaginó muchas veces siendo ella la protagonista del encuentro nocturno en el pasillo, ahora estaba allí sobre sus piernas y siendo estudiada por él. Volvió a la realidad cuando lo vio sonreír con soberbia y superioridad, haciéndola sentir diminuta. Frunció el ceño y sintió sus mejillas ruborizarse rápidamente cuando comprendió la gravedad del asunto, cuando entendió que en esos minutos en que él la besó y ahora, intentaba indagar en su pecho, habían sido suficientes para manchar su honor. Molesta, quitó los dedos del hombre de su vestido, levantó la mirada furiosa hacia él, pero los labios del hombre la sorprendieron nuevamente. Su mano derecha sostuvo su nuca otra vez obligándola a recibir sus besos. El intercambio de saliva duró unos minutos, minutos que le dieron el tiempo suficiente para estudiar lo que estaba pasando, minutos que se dedicó a sentir sus labios, su calor, probar su sabor y entender que lo que hacían estaba mal, porque le gustaba. Estaba mal dejarse besar por su patrón, estaba mal porque era una señorita y las señoritas solteras no se besaban con hombre solteros, mucho menos cuando no había siquiera un compromiso entre ellos e incluso habiéndolo estaba mal visto.

Estaba mal. Incorrecto. Él quizás estaba acostumbrado a quedarse con el honor de mujeres de todas las clases sociales, no podía permitir ser una más, no podía dejarse seducir por la masculinidad que él irradiaba en cada poro de su cuerpo. Y más importante aún era, que él estaba burlándose, aprovechándose del poder que tenía sobre ella al ser su patrón y ella la joven institutriz. Él era un hombre formado, ella una joven que quería conocer el mundo.

—Por favor—murmuró alejándose de él. Lord Ouji contempló sus facciones respirando agitado, relamió sus labios y acarició su mejilla con suavidad, demasiada suavidad que la conmovió—está siendo atrevido—dijo indignada.

—Lo sé—susurró besando su mentón—y quiero hacerlo seguido con usted ¿No le apetece, señorita Bulma? —su sonrisa torcida la inquietó, había algo en sus palabras que tenía un enorme poder de convencimiento y sabía que dependía de ella y su temple hacerle frente, hombres como él habían por montones, hombres que se creían con el poder de pasar a llevar a mujeres como ella.

—No toleraré estas faltas de respeto, Lord Ouji—susurró conteniendo la rabia.

— ¿A dónde se fue toda esa timidez?—sus labios se tensaron y sus cejas delgadas se fruncieron—no me decido… me gusta dócil e indomable—no se contuvo más. Levantó su mano rápidamente e intentó abofetearlo, pero él fue más rápido y la detuvo, miró angustiada como el semblante del señor cambiaba, de seductor pasaba al temido patrón del Tridente—me gusta todo de usted. No se moleste, es una mujer, yo un hombre. Es normal lo que pasa entre nosotros.

—No pasa nada entre nosotros. Nada más que sus constantes atrevimientos—soltó molesta—no tiene ningún derecho a tocarme.

—Pero quiero tenerlo—susurró acercándose a sus labios. Bulma frunció el ceño y se deshizo de su agarre para poder empujar su pecho con ambas manos y alejarse de su tentador beso—bien… creo que es suficiente por hoy—dijo rendido sonriéndole malicioso—déjeme descansar.

Bulma frunció el ceño ¿Cómo podía actuar como si no hubiera cometido ningún error? ¡Se había aprovechado! Se alejó de él rápidamente, se bajó de la cama sin delicadeza y no volteó hacia atrás para poder huir de sus garras lo antes posible. Sentía el corazón latirle fuerte y subiéndole por la garganta, posó su mano en el picaporte y antes de salir oyó al señor decirle con un tono burlesco y soberbio:

—No se olvide—volteó hacia él sin dejar de fruncir sus cejas—vendrá a hacerme compañía—la seguridad de sus palabras la estremeció. No respondió y salió rápidamente de allí, temerosa y avergonzada, como si alguien más aparte de él y ella supiera lo que acababa de pasar.

Al salir no había nadie esperándola, cosa que agradeció. No tenía cabeza ni ganas de enfrentarse a nadie. No podía lidiar con sus propios sentimientos y pensamientos, no podía asumir lo que acababa de ocurrir. No podía creer que sus fantasías indecorosas estaban tomando vida, y aunque estaba indignada con lo que había pasado, sabía que intentaba concentrarse en ello para no dejar que la ansiedad y deseo hablaran por ella advirtiéndole lo mucho que esperaban volver a ese cuarto y acompañar a Lord Ouji en su reposo.

Se encontró con el señor Goku y el joven Tarble en el primer piso, sentía sus mejillas aun sonrosadas pero fingió calma que no sentía y dignidad que había perdido.

— ¿Está todo bien?—preguntó un asustado Tarble.

—Descuida—sonrío la institutriz—Lord Ouji comprendió que fue un accidente.

— ¿Lo ves?—dijo alegre el hombre al joven, Bulma se sorprendió al ver la amabilidad con que trató al niño para ser amigo del dueño de la mansión—todo salió bien.

Fingió una sonrisa. No sabía si "ese" era el precio que quería pagar por su inmunidad en aquella mansión.


(…)


Habían pasado dos semanas desde el accidente. Él no la llamó ni un solo día, y aunque se sentía aliviada por ello, en el fondo debía comerse su decepción, además, algo le decía que las visitas diarias del amigo del Lord tenían algo que ver en que no fuera solicitada a hacerle compañía.

Aunque ese día el hombre alto y amable no había aparecido por la mansión y perseguida-ingenua-estaba atenta a cada movimiento a su alrededor, como si en cualquier momento entrara la Señora Baba a decirle que el señor de la mansión la requería. La criada dejó caer ruidosamente la taza de té delante de ella, dio un respingo en su puesto y bajó el libro a su regazo para ver a Luisa mirarla despectivamente y salir del salón. Observó el té oscuro ondear dentro de la fina pieza de porcelana y rodó los ojos; la mujer estaba insoportable con ella, al menos cuando no había nadie importante a su alrededor, porque a solas con el joven Tarble era igual de grosera.

—Por poco te lo vierte en el vestido—comentó el adolescente mientras rayaba una oración en su hoja—no había visto a esa mujer tan enfadada antes.

—Cree que es mi culpa que Lord Vegeta esté postrado en la cama—respondió tomando la taza con elegancia y bebiendo un sorbo—en parte tiene razón, supongo que lo que le molesta es que no me haya echado de la mansión.

—La verdad—dijo el joven levantando la vista de sus escritos—también me pareció extraño—quiso calmarse, intentar actuar y fingir demencia, pero sus mejillas se incendiaron apenas recordó por qué seguía en el Tridente—quizá, hermano no es tan gruñón como parece—susurró sonriéndole, Bulma le sonrió y continuó con la lectura. El joven admiró su perfil unos segundos y volvió a su tarea. Pasaron una hora en silencio, disfrutando de la compañía del otro, cuando la institutriz dio vuelta una hoja, la Ama de llaves apareció por el umbral, con su porte serio y preocupado. Ambos voltearon hacia ella y notaron su semblante.

—Señorita Bulma—empezó diciendo, y la institutriz no necesitaba escuchar más para saber porque le hablaba— ¿Puede acompañarme?—no preguntó ni protestó, se puso de pie y con el libro a cuestas caminó hacia la salida, la mujer mayor al verla se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la escalera.

Podía sentir una especie de tensión entre ambas y no entendía porque. Por un momento se avergonzó, pensando que la anciana quizá sabía lo que pasaría o porqué el hombre la mandaba a llamar, porque estaba segura que por eso la había ido a buscar. Y no se equivocaba. Al llegar al tercer piso, la mujer por fin habló:

—Lord Ouji solicita su presencia—comentó sin mirarla—le rogaría que no lo moleste esta vez.

— ¿Disculpe?—preguntó ofendida. La mujer soltó una risita bajita y volteó a verla.

—Su juventud pone de mal humor al patrón—la peliturquesa parpadeó confundida, quizá estaba siendo paranoica y realmente nadie sabía lo que había pasado en el cuarto de Lord Ouji—el señor es mayor que usted por 12 años… pronto cumplirá 31, es normal que se exaspere con usted. Pero no es un mal hombre.

¿Estaba defendiéndolo? Frunció el ceño y miró el suelo, la mujer hablaba con cariño, supuso que había visto crecer al señor de la mansión, por eso evitaba aceptar que su patrón era despreciable. Estaba molesta con él, por su atrevimiento y por confundirla. Él quería sobrepasarse con ella, y no sabía qué paso debía tomar, porque a solas en su cuarto era sencillo repudiar su actuar pero estando con él a solas, era difícil ignorar lo que despertaba en ella. Y lo aborrecía por ello. Apretó el libro entre sus manos y caminó con calma, esta vez los nervios no se apoderaron de ella, ya no tenía nada que temer, él no estaba en ventaja, es más, ella tenía todo el derecho de reprochar y quejarse, él había sido un abusivo y no permitiría que volviera a pasar. Antes la pilló de sorpresa, ahora iba preparada.

La señora la acompañó hasta la entrada de los aposentos, entró con determinación y no se dio tiempo para relajarse o estudiar su entorno. Caminó segura hacia el fondo del cuarto y tocó con firmeza en la madera, el hombre no tardó en responder.

—Buenas tardes—dijo seria ingresando a la habitación. Lord Ouji estaba recostado, boca arriba con los ojos cerrados. Parecía dormido y tuvo que concentrarse en su enojo para no distraerse con sus facciones varoniles.

— ¿Está molesta?—preguntó abriendo lentamente los ojos.

—Por supuesto—respondió alzando la barbilla—le leeré un libro—el pelinegro alzó una ceja y volteó hacia ella al oírla, Bulma al ver la confusión pintada en sus rasgos le sonrío petulante, sorprendiéndolo. A pesar de que era una sonrisa de burla, le estaba sonriendo y era un avance, al menos para él— ¿Quería de mi compañía, no? Le leeré un libro.

—Bien…—respondió con una sonrisa seductora que estremeció a la joven—siéntese a mi lado—Bulma ignoró su orden, en cambio miró a su alrededor y divisó un taburete en una esquina. No tardó en tomarlo y acercarse a la cama del hombre—veo que le gustó el estilo actual—comentó el hombre mirando su vestido nuevo, Bulma parpadeó al oírlo cuando recordó que le habían llevado los primeros vestidos que había encargado, pensó que había elegido un mal día para usarlo— ¿Lo usa porque le gusta o para atraer la atención de un hombre? —la peliturquesa le frunció el ceño y lo ignoró, se desplomó en la superficie acolchada y el pelinegro sonrió burlesco. A menudo se le escapaban actitudes infantiles, caprichosas e inapropiadas, era como si su educación en casa se hubiera mezclado con lo que había aprendido desde que se fue de la comodidad de su mansión. Él podía notarlo, ella era elegante y educada por excelencia, no lo hacía a propósito, pero al intentar ir contra la corriente adoptaba una postura diferente a la lady normal y daba como resultado una mujer excepcional. Ella.

— ¿Se siente mejor?—preguntó intentando ser cordial y olvidar que estaba en la boca del lobo.

—Ahora que está aquí, sí—clavó su mirada en la tapa de su libro. Sintió su corazón latirle fuerte y rápido, pronto sus mejillas se incendiaron y cualquier enojo o determinación se vio reducido a nada por sus nervios; Vegeta sonrió al mirar su rubor, no había dejado de pensar en ella desde que la besó, por fin tenía un día en que el odioso de Kakaroto no lo iba a ver, por fin podía verla, por fin podía volver a probar de sus labios. Veía el pudor reflejado en sus ojos zafiro, podía entenderla. Ella era una dama, no una criada dispuesta a todo con tal de recibir beneficios, ella era una dama que no buscaba ser su esposa. Ella era una dama única y la quería para él— ¿Podría acomodarme las almohadas?—preguntó fingiendo pesar, la joven levantó la mirada y asintió. Se puso de pie dejando el libro en el taburete y caminó hacia la cabecera de la cama, movió con suavidad los cojines y él no perdió oportunidad de mirar su rostro y sus atributos femeninos.

—Creí que era un hombre fuerte—comentó mordaz, intentando ganar terreno y dejar sus nervios atrás.

—Lo soy—murmuró sin dejar de mirarla—le mentí para que se acercara—la joven lo miró sorprendida y antes de poder preguntar, él la apresó con sus brazos y la empujo hacia la cama, dejándola boca arriba para él—porque si se lo pedía, no lo haría ¿Verdad?

—Lord Ouji, por favor—pidió suplicante al sentir su peso sobre ella, el hombre estaba con su pijama, pudo sentir el olor a jabón entre sus ropas pero más importante aún fue la excitación que le provocó cuando sus pechos se tocaron. El pelinegro se había destapado para poder acomodarse mejor sobre ella y la joven solo podía mantenerse quieta bajo sus dominios—déjeme.

—No—susurró acercándose a sus labios—ambos queremos esto—sabía que estaba jugando con fuego, que no podía faltarle así el respeto a una mujer de buena familia como lo era su institutriz y sobre todo, ella era la institutriz de su hermano, él el patrón. Estaba tentando su suerte, estaba buscando la forma de deshonrarla pero sin mala intención, solo quería probar sus labios nuevamente, quería esta vez tocar su piel. Quería hundirse en ella, la quería para él. De todas sus conquistas, jamás se había sentido más excitado, pendiente y atento. Ella con su inteligencia lo había sorprendido, con su atractivo lo había atraído, y con su sabor lo había engatusado por completo.

Bulma respiró profundamente, elevando su pecho en el proceso, él lo sintió y observó su generoso escote. Se maravilló mirando su piel pálida, relamió sus labios y se inclinó hacia delante, ella sabía lo que venía a continuación, podía verlo en sus ojos negros. Debía detenerlo, hablar, voltear el rostro, quejarse, gritarle y si era necesario golpearlo. Pero no pudo. Su calor la envolvió en una expectación indescifrable, el deseo se apoderó de su menudo cuerpo y su mente seguía pensando en sus palabras. Sí, ella lo sabía al igual que él. Se deseaban. Por eso no se movió, por eso esperó por sus labios, cerró sus ojos y respondió el beso con calma, aceptando lo que estaba pasando.

Sus bocas se movían suavemente, tomándose el tiempo de estudiarse, saborearse y devorarse. La joven no tenía más experiencia que esa, él era un buen besador, la guiaba y la hacía sentir bien, demasiado bien. Sintió su cuerpo estremecerse, él tocó sus hombros en una caricia gentil mientras que no soltaba sus labios y profundizaba el beso introduciendo su lengua. Ella la recibió tímida y estudió con calma a la intrusa; el calor recorría cada célula de su cuerpo, y también en el cuerpo masculino, podía sentir su piel morena caliente y no sabía si aquello era bueno o malo. El hombre soltó sus labios y estuvo a punto de protestar, pero cuando lo sintió respirar en la curva de su cuello solo pudo suspirar. Había algo en su interior, algo caliente que quería salir pero se contenía, algo que afiebraba su piel y solo podía respirar, respirar y suplicar por sentido común. Su mente se apagó por completo cuando sintió los labios de él en su piel. Se estremeció bajo su cuerpo, y él tuvo que contener su jadeo de excitación. Sentía su erección estirar la tela de su pantalón y pensaba seriamente en subirle la falda y sin más preámbulos follarla. Pero no podía darse ese lujo, debía tomarlo con calma, no debía espantarla. Ella era inexperta y virgen, sería todo un escándalo pero no le importaba, si todo el mundo se enteraba no le interesaba. Él quería tenerla sin importar como ni cuando, y para ello debía ser considerado con la joven. La joven… ¡Era tan joven en comparación a él! Sabía que era normal en relaciones sobre todo en la aristocracia la diferencia de edad, pero él nunca se interesó en menores. Le gustaba compartir cama con mujeres en todo el sentido de la palabra, mujeres experimentadas y dispuestas, no con niñas. Ella tenía el cuerpo de mujer, pero seguía siendo en esencia una niña ingenua con ideales liberales que no aplicaba. Ella buscaba libertad intelectual, no corporal. Él la quería dominar, arrebatarle ambas libertades. Quería ser su hombre y que ella fuera su mujer.

La había encontrado, la quería a ella como su mujer. Era lo que pensaba mientras pasaba la lengua por su piel tersa como la porcelana. Bajó sus manos hasta su cintura, acarició su vientre lentamente antes de ir con el plato fuerte. La sentía jadear y se regocijaba con su melodía, quería más. Subió lentamente sus manos hasta sus montes llenos, la tela impedía gozarlos en su totalidad, pero le fue suficiente para el calor del momento. Sus palmas no cubrían la curva en su compleción, antes de poder masajearlos las manos de ella se posaron sobre las suyas y lo detuvo. Quizás estaba yendo demasiado rápido, quizá la estaba asustando pero no podía contenerse. Sus ojos negros como la noche se fijaron en su mirada oceánica, admirando sus mejillas sonrojadas y sus labios hinchados, su cabello estaba aplastado contra la almohada y podía notar su peinado completamente arruinado. Era una panorámica maravillosa y que podía volverse perfecta si le permitía desnudarla.

Volvió a sus labios, dejó libre uno de sus montes para acariciar su mejilla, la sintió relajarse en su toque y se permitió tantear la curva blanda cubierta por la tela que empezaba a estorbarle demasiado. Ella en cambio, se sentía más protegida. Había un límite, y ese lo ponía sus ropajes, sentía la mano de él sobre su seno izquierdo y se retorcía debajo de él dominada por sus sentires. Jamás se había sentido más libre que ahora, permitiéndose sentir cosas que estaban prohibidas para una mujer en su estado. Ni siquiera sabía si una mujer casada tuviera ese privilegio, siempre pensó que las mujeres eran forzadas a matrimonios arreglados para mantener el prestigio familiar o recibir una buena dote, donde estarían obligadas a tener hijos de un hombre que no amaban y que él tampoco las amaba. Lo que estaba viviendo era el acto más libre que había hecho en su vida. Irse de casa y estudiar no era nada comparado a lo que sentía, al calor, al deseo, a la necesidad de su caricia, a los gemidos que se le escapaban de la garganta. A la pérdida total del sentido común.

La forma en que él la tocaba la elevaba a otra dimensión. Sus manos sobre ella se sentían tan diferente a cuando ella misma se daba un baño o vestía. El cosquilleo hacía la diferencia, las ansias, la sed de más. Había perdido por completo la cordura y él sabía aprovechar la instancia. Lord Ouji gozaba de sus labios, de su calidez, de su suavidad y de su cuerpo bien formado. Para el señor de la mansión era igual de excitante la situación ¿Cómo no serlo? Ella nunca le prestó atención, jamás lo miró ni mucho menos le sonrío o le habló con la amabilidad que le demostraba a su hermano bastardo, pero allí estaba, debajo de su cuerpo dejándose tocar y besar. Lo supo ese día en el bosque, ese día en que la vio solo con su camisón húmedo y él se acercó más de la cuenta, y aunque sus palabras le pedían que la dejara, sus ojos decían otra cosa. Él conocía los ojos de una mujer interesada, y lo que fuera que sentía la joven, era un avance. El accidente con el caballo fue la mejor excusa para comprobarlo. Porque aunque la sorprendió, quizá también la asustó y enojó, ella no se fue de la mansión. Una mujer con sus estudios y modo de pensar se hubiera ido al ser pasada a llevar de ese modo. Y ella había vuelto a él.

Bajó sus manos tanteando sus curvas, comenzó a subir a duras penas la molestosa falda, sin dejar de besarla se alejó lo suficiente para hacerse espacio entre sus bellísimas piernas. Sintió el cuerpo entero electrificarse cuando se acomodó entre ellas, se separó de sus labios para observarla y comprobó que la joven empezaba a dudar, a temer, a pensar. Sus respiraciones agitadas era lo único que rompía el silencio candente que los envolvía, se miraban a los ojos, comprendiéndose y asimilando que el error que estaban a punto de cometer podía cambiar sus vidas para mal. Esos segundos bastaron para que la joven reaccionara, para que volviera en sí. No podía comportarse así menos con su patrón. Podía elegir a cualquier hombre para probar el sexo, no él. Él le perdería el respeto, es más, ya lo había hecho. Dejar que la besara había sido el peor error que había cometido, su juventud e inexperiencia le había jugado en contra.

Cuando Lord Ouji se acercó a besarla, ella volteó su rostro evitando que lo consiguiera. Sus manos aun sosteniendo sus muslos cubiertos por unas medias blancas hicieron una leve presión para buscar su atención. Sus ojos zafiro habían cambiado, ya no lo miraban y no brillaban por él. Frunció el ceño incrédulo, las telas de su falda amortiguaban su erección y no quería creer que se quedaría así el encuentro. No podía dejarlo así.

—Lord Ouji—Bulma cerró sus ojos aliviada, desertar del encuentro había sido la mejor opción, pero que interrumpieran la salvaba de la furia del señor. Los dedos en sus muslos se lo advertían, la sujetaba con tal posesividad y fuerza que la espantaba.

Vegeta al igual que ella, cerró sus ojos. Pero no por alivio, sino para contener el grito de furia que quería escaparse. Ella dudó y se arrepintió, estaba indignado con su juego. No podía hacer aquello, dejarlo tocarla y besarla para luego fingir que nada había pasado. La voz de la vieja Baba lo trastocó, era lo que menos quería oír en un momento así. Quería enfrentar a la joven, exigirle que cumpliera lo que nunca le prometió pero exigir de todas formas, era su deber. Él era un hombre excitado por culpa de ella, debía apaciguar su deseo. Sus dientes rechinaron ruidosamente y de mala gana soltó las piernas de la joven. Ella no tardó en bajar sus faldas y encogerse en su posición alejándose de él.

— ¿Qué? —preguntó alzando la voz, pudo percibir la excitación frustrada en su propio timbre de voz. Miró a la joven con rabia, ver su cabello alborotado, sus mejillas sonrojadas y su respiración profunda elevar su pecho lo enojó todavía más. Se veía hermosa, la quería para él ahora y podía ver en su reacción que lo que menos quería ella era que se acercara por más. Sus instintos lo incitaban a enojarse, a frustrarse y querer golpear algo, pero su raciocinio le advertía que estaba exagerando, que no estaba pensando con calma la situación. Ella era una joven de 19 años, educada y de alta cuna. No podía pedir que se le entregara así tan fácil como si fuera una prostituta. Debía entender que sería un poco más difícil con ella.

—Lady Rose vino a visitarlo—sintió su cuerpo tensarse. Tragó saliva con disimulo y miró de soslayo al hombre que rabioso observaba hacia la puerta. Él no pareció afectado por la presencia de la mujer que se suponía sería la próxima Lady del Tridente, como decía la mayoría. Solo se veía molesto, muy molesto por la interrupción y por su rechazo.

Recordar donde estaba, quien era y a quien le permitió tocarla la sacudió internamente. Rápidamente se bajó de la cama y acomodó su falda, sin importarle la vergüenza que sentía pesándole en la espalda. Estaba apenada, demasiado y temía que él no respetaría su presencia nunca más. Había actuado como una cualquiera, tanto que deseó ser ella a quien se follara en el pasillo la hizo caer en una trampa tentadora con suma facilidad. ¡Era una Brief por el amor a dios! No había sido criada para ser la entretención de un hombre soltero en su posición, había sido criada para ser la Lady de un hombre como él. No una institutriz que le enseñaba al hermano menor del Lord y luego se metía en su cama.

No esperó respuesta del señor, sin mirarlo se alejó de la cama y caminó hacia la puerta, giró el pomo con determinación, pero esta se evaporó cuando vio frente a frente a la mujer de ojos verde. Lady Rose alzó ambas cejas al verla, sintió sus mejillas sonrojarse de vergüenza. La mujer vestía un bello vestido amarillo pastel del mismo estilo que el suyo, su cabello estaba envuelto en un gorro precioso decorado por cintas y flores. Lucía maquillaje en sus labios y pómulos, pero no exagerado. Era primera vez que la veía así de cerca, y comprobó que efectivamente era mayor que ella, sus ojos afilados y experimentados la miraron de pies a cabeza y se sintió más expuesta que nunca. Una mueca de desagrado se formó en sus labios delgados de la mujer que arrugó su respingada nariz. La joven sentía su corazón latir con fuerza, como si la futura mujer de Lord Ouji pudiera adivinar que estuvo haciendo allí.

—Buenas tardes—saludó con cortesía, intentando que su voz sonara segura.

—Buenas… tardes—murmuró despectiva, recordándole su lugar en esa mansión solo con su voz. Bulma alzó su barbilla orgullosa, ignorando por completo el manojo de nervios que la hacía temblar, asintió a la mujer y pasó de largo, Lady Rose no tardó en hacerle espacio.

Agradeció a los dioses que la señora Baba no estuviera allí, estaba segura que no podría engañar a una mujer como ella. Dio pisadas largas, intentando alejarse lo más rápido posible de ese lugar pero a medio camino del cuarto recordó su libro. Negó molesta por su torpeza y se devolvió fastidiada, la puerta del dormitorio principal había quedado abierta, por lo que no se molestó en golpear pero al asomarse por el umbral tampoco habló. Se quedó de pie, completamente estática viendo como Lady Rose sentada al lado de Lord Ouji lo besaba apasionadamente. Algo se rompió en su pecho.

Se dio la vuelta y salió de allí, decidiendo que un libro perdido era mejor que la humillación que acababa de sentir. Si dejarse besar y tocar por él la había avergonzado, saber que no era más que otra en su lista la masacró internamente. Bajó las escaleras con rapidez sujetando su falda para no tropezar, su pecho oprimía su corazón, no se dio cuenta cuando comenzó a llorar. Se sentía tan humillada. No podía volver a la sala de estar en esas condiciones, así que sin pensarlo mucho corrió hacia el ala oeste del segundo piso. Tuvo suerte de no encontrarse con nadie en el camino. Se encerró en su cuarto y se apoyó en la puerta, respirando agitada e intentando contener sus lágrimas. No sabía si lloraba porque no era la única en su vida o por la humillación de la que fue víctima. Él acababa de besarla y tocarla para minutos después besar a Lady Rose. Fue una tonta. Caminó derrotada al baño y antes de abrir la llave para enjuagar sus lágrimas, se ahogó con su respiración al verse en el espejo. Su cabello hecho un desastre la golpeó mentalmente y entendió el rostro de sorpresa de la mujer. Entendió su mirada despectiva y que no se había equivocado, la futura Lady del Triente supo que había pasado entre ella y Lord Ouji.

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N/A: Reitero la advertencia. Este es un fic para adultos y por ahora la cosa va más calmada, pero es el último cap que será de ese modo.

Gracias a quienes dejaron comentarios, y lamento demorarme en la actualización, a fin de año la cosa se pondrá más tranquila al menos para mi. Espero terminar mi Tesis pronto y así poder preocuparme menos de esas obligaciones.

Disculpen los errores ortográficos, las palabras revueltas y a medio terminar. Son las 2 am en mi país y funciono mal, pero quería actualizar para intentar concentrarme en GTC este fin de semana.

Nuevamente gracias a quienes leen y el triple a quienes comentan, siento si no respondo pero las cosas andan un poco ajetreadas en mi día a día.

Cuídense y nos leemos!