Primero que nada… esta historia NO me pertenece… es una adaptación de un libro llamado Marido y amante de Jacqueline Baird… hehehe… Y en segunda los personajes de Sailor Moon, tampoco me pertenecen… son de la grandiosa Naoko Takeuchi…


Capítulo 4

Tres horas más tarde, Serena se sentó en la cama de Alexander y le leyó El conejo Rex y el hada buena, el primer libro que había ilustrado. A Alexander le encantaban las historias sobre Rex, un conejo más bien travieso, y el hada que siempre lo ayudaba a salir de apuros. El dibujo original del hada colgaba bien visible de la pared de su habitación. Al otro lado de la cama, sentado como un enorme y oscuro espectro, estaba Darien Chiba, escuchándolo todo. Terminó de leer la historia y, nerviosa, echó un vistazo a Darien para dirigir de nuevo su atención a Alexander.

—Ahora tus oraciones —murmuró, sonriendo dulcemente al niño. Aquella noche, a Serena el ritual de todos los días sólo le despertaba tristeza. Sabía que tenía que decirle a Alexander que su madre había muerto. Entre otros motivos, porque Darien había insistido de forma inequívoca; de lo contrario, él mismo se encargaría de hacerlo.

—Dios bendiga a mi Serena y a Mina. Amén —concluyó el niño sus oraciones.

—Mamá Mina —Serena murmuró automáticamente, aunque no obtuvo respuesta.

—Ah, y Dios bendiga a tío Darien —añadió Alexander con una gran sonrisa. Luego preguntó—: ¿Cuándo viene Mina? Todavía no le he dado las gracias por la cama.

Ningún momento era bueno para lo que Serena tenía que hacer, pero no había elección. Con los ojos humedecidos por las lágrimas, le acarició la mejilla.

—Mamá Mina no vendrá, cariño —e inclinándose sobre él le tomó por los hombros—. Como sabes, ella vivió mucho tiempo en Grecia. Pues bien, también el tío Darien, y por eso está hoy aquí. Él vino a decirnos que Mina murió en un accidente de coche —se le quebró la voz.

—¿Quieres decir que nunca va a volver? —le temblaba el labio inferior, y aquellos ojos zafiros, tan parecidos a los de Mina, se llenaron de lágrimas—. Pero… ¿por qué no? —Serena lo abrazó con fuerza contra su pecho.

—¿Recuerdas cuando el hámster murió e hicimos un pequeño entierro y yo te dije que había ido al cielo donde él podría verte incluso aunque tú ya no pudieras verlo más? —el niño la miró, luego a Darien y una vez más a Serena.

—¿Se ha ido al cielo? —preguntó mientras le rodaban grandes lágrimas por las mejillas.

—Sí, pero ella estará viéndote desde arriba.

—Pero yo quiero verla otra vez —comenzó a llorar con más intensidad.

—Shh, todo va a estar bien —le tranquilizó Serena.

—¿Tú no me dejarás como Mina? —sollozó temblando mientras sus pequeñas manos se aferraban a los hombros de Serena. Ella no estaba segura de si el niño comprendía el significado de la muerte o de si simplemente reflejaba la enormidad de la tragedia a partir de la tensión que experimentaban los dos adultos. Lo único que podía hacer era abrazarlo fuerte y acariciar su oscuro pelo rizado, susurrarle dulces palabras de cariño al oído y darle confianza diciéndole que no se preocupara, que ella siempre estaría allí a su lado.

Al final los sollozos cesaron y Serena lo tumbó con ternura en la cama y le besó la frente.

—¿Me prometes que tú no vas a morir ni a dejarme? —le rogó, con los ojos abiertos como platos y la cara sonrosada y húmeda por las lágrimas—. Prométemelo.

—No te preocupes, mi amor, siempre estaré aquí contigo —respondió Serena con dulzura, besándolo de nuevo en la frente. Por fin, el agotamiento hizo mella en el niño y éste cerró los ojos. Ella lo besó amorosamente en los párpados Y en las mejillas y le tapó con el edredón—. Lo prometo —y soltó una lágrima que se deslizó hasta la carita del niño, que arrugó su pequeña nariz, lanzó un suspiro y se durmió.

Diez minutos después, ante la insistencia de Darien, Serena estaba sentada en el salón mientras él preparaba café. Ella se encontraba emocionalmente exhausta y era incapaz de discutir; recostó la cabeza sobre los cojines del sofá y entornó los ojos. Oleadas de dolor y de culpabilidad la invadían, y su cabeza daba vueltas como un molinete en un vendaval. Nunca debió haber permitido que las circunstancias personales nublaran su juicio, pero entonces no habría conocido aquel profundo amor que sentía por Alexander. Su corazón no soportaría perderlo; sin embargo, siempre supo que Mina, tarde o temprano, iría a reclamarlo.

—Aquí tienes —abrió los ojos y vio a Darien, que le ofrecía una taza de café—. He echado un poco de coñac que encontré en una alacena. Te vendrá bien —Serena tomó la taza, se la llevó a los labios y dio un sorbo. Hizo una mueca cuando el licor pasó por su garganta: el calor parecía esparcirse por sus venas produciéndole una cierta sensación de placidez. Se lo bebió con calma, a pequeños sorbos, hasta la última gota—. ¿Iba en serio lo que le dijiste a Alexander acerca de que nunca lo dejarías? —preguntó Darien.

—Sí, por supuesto —confirmó ella—. Soy consciente de que será difícil, y obviamente no espero estar físicamente junto a él todo el tiempo. Me imagino que querrás pasar algún tiempo con él. Podría irse contigo en vacaciones como es costumbre en tu familia. Además, por lo visto ya se lo has dicho —no pudo resistirse a lanzar la indirecta—. En las presentes circunstancias, es inevitable que Alexander y yo estemos separados durante alguna temporada, pero aun así seguiré en contacto con él diariamente por teléfono para que nunca crea que lo he abandonado —Serena pensó que su propuesta era razonable.

—Te estoy escuchando, pero no estoy de acuerdo, es evidente que Alexander es feliz junto a ti y tú no quieres alejarte de él. Pero como tío suyo, su único pariente consanguíneo, creo que debería compartir su crianza. Alexander puede vivir conmigo seis meses al año y contigo los otros seis.

—No seas absurdo —exclamó Serena, abriendo los ojos con incredulidad ante aquel rostro misteriosamente atractivo—. No tiene sentido. ¿Cómo va Alexander a cambiar de hogar, de colegio, de médico, de todo, cada seis meses? Sólo a un hombre se le podría ocurrir semejante tontería —afirmó, sintiéndose por una vez superior a aquel demonio arrogante.

—Exacto.

—Entonces, ¿por qué lo has sugerido? —inquirió ella con cautela, empezando a desconfiar al intuir que Darien no había puesto todas las cartas sobre la mesa.

—No me malinterpretes. Creo que lo que has hecho con Alexander, sin apenas ayuda de mi hermana, es impresionante; aunque el dominio del griego por parte del niño es bastante bueno, lo que demuestra que ella hizo algo bien. Pero he notado que te llama «mi» Serena, y en cambio apenas llama mamá a Mina salvo que tú lo corrijas. La noticia de su muerte lo ha entristecido, pero, aunque me duela decirlo, nada en comparación a cómo se sentiría en caso de que te hubiera perdido a ti. A todos los efectos, tú eres su madre, y creo que lo mejor para él es quedarse contigo.

—¿Quieres decir que accedes a que se quede conmigo? —intentó aclarar Serena asombrada, sin apenas creer que Chiba pudiera ser tan razonable.

—No, quiero decir que el niño ha tenido un comienzo confuso en la vida y que tú has sido la única persona adulta que ha estado todo el tiempo a su lado, y que se merece algo más. Merece dos padres y un hogar estable, y yo puedo proporcionárselo.

Por un momento se sintió perdida, pero enseguida comprendió lo que él quería decir y se derrumbó por dentro. Era obvio que tenía una nueva mujer.

—Así que te has casado otra vez; no lo sabía —murmuró preguntándose por qué no se le había ocurrido antes. Un hombre atractivo y acaudalado como Darien Chiba, que podía elegir a la mujer que quisiese, desde luego tenía que tener una esposa. De repente, el riesgo de perder completamente a Alexander se hizo más real que nunca. ¿Cómo iba a negar al niño la posibilidad de tener dos padres?

—No, aún no estoy casado.

—Tienes novia. ¿Quieres decir que planeas casarte y construir un hogar para Alexander? —se atrevió a preguntar —Darien no contestó inmediatamente. Dejó su copa en la mesa y se tendió de nuevo en el sofá. Sus ojos zafiros la traspasaban con una inusitada intensidad.

—No, no tengo novia. Pero, con una condición, puedes casarte conmigo; de este modo compartiríamos la educación de Alexander en mi casa de Grecia —Serena se lo quedó mirando atónita, sin poder dar crédito a sus palabras.

—¡Casarme contigo! ¿Estás loco? —tenía que estar bromeando. A pesar de la animadversión que sentía por él, algo la hizo estremecerse. Los latidos de su corazón parecían martillazos en su pecho. Sintió de nuevo el miedo que había experimentado la primera vez que se encontraron, cuando era una adolescente.

—Me han acusado de muchas cosas, pero nunca de estar loco. Tú y mi hermana, sin embargo, teníais que estarlo para haber tramado un plan tan absurdo y privar a un niño de su derecho a crecer en el seno de su familia. Cuando murió Mina, me informaron de que había tomado drogas, lo que podría explicar su retorcido comportamiento. ¿Acaso tienes el mismo problema? Debo saberlo antes de casarme contigo —inquirió de forma arrogante.

—Desde luego que no —exclamó furiosa—. Y tampoco me creo que Mina las tomase; la última vez que la vi estaba sana y en perfecto estado físico.

—Entonces eres incluso más ingenua de lo que pareces —dijo con sorna—. Tengo el informe médico para probarlo.

Serena se quedó anonadada. Al principio, rechazaba la verdad, y luego, lentamente, cayó en la cuenta de que no había visto a Mina desde el verano anterior. Quizás la presión de regresar a vivir a Grecia y su compromiso podrían haberla llevado a cometer alguna estupidez. Ello explicaría el comportamiento errático de los últimos meses. La cancelación de visitas y las cada vez más escasas llamadas de teléfono cobraron de pronto sentido. ¿Por qué no había notado que algo iba mal? Había fallado su amiga cuando ésta más la necesitaba.

—Nunca me enteré. Nunca lo imaginé —susurró.

—Me inclino a creerte. Las primeras investigaciones apuntan a que Mina sólo empezó a consumir drogas el año pasado cuando regresó a Atenas y comenzó a frecuentar ciertos ambientes. Su novio no sabía nada, y cuando se enteró después de su muerte se quedó horrorizado. Mina era más retorcida de lo que ninguno de nosotros podía imaginar. Pero como ella ya no está con nosotros, ahora tienes que pagar el precio de tu imprudencia. A menos que quieras abandonar a Alexander, tendrás que casarte conmigo.

Expuesto de semejante manera, Serena no tenía argumentos. Había fallado a su amiga al no advertir que necesitaba ayuda, y ahora no podía agravar su falta dejando en la estacada a Alexander. Pero casarse con Darien Chiba…

Mientras buscaba las palabras adecuadas, ella comenzó a expresarse de forma vacilante:

—¿Será posible que no haya ningún otro modo de satisfacer las necesidades de Alexander que no implique el matrimonio? —preguntó en tono de súplica.

Darien Chiba notó el parpadeo de impotencia de sus ojos celestes, la leve pero perceptible depresión de sus hombros, y supo que tenía la victoria en la mano.

—Alexander acaba de perder a la madre que lo trajo a este mundo, aunque no fuera perfecta —dijo desdeñoso—. Para él, tú eres su madre, y ahora más que nunca precisa de la seguridad que le proporciona tu presencia constante. Conoces a mi sobrino desde que nació. Yo no he disfrutado de ese privilegio. Soy una persona civilizada, pero de ningún modo consentiré que ejerzas tú sola la custodia del niño. Casamos es la única opción posible —se levantó y fue a sentarse a su lado—. Créeme, Serena, si hubiera alguna otra solución te lo diría —tomó su mano y la apretó contra su muslo—. Me he casado antes y no deseo repetir la experiencia— le acarició distraídamente la palma de la mano con el pulgar—. Pero estoy dispuesto a hacerlo por el bien de Alexander.

Sintió que ella se estremecía y vio en sus enormes ojos celestes el sucesivo destello de dos emociones diferenciadas. La primera era el miedo, pero la segunda era una que un hombre de su experiencia no podía dejar de reconocer. Una sensación de triunfo recorrió todo su cuerpo.

Ella había intentado durante toda la tarde disimular lo que él le provocaba. Sin embargo, no había podido evitar que Darien notase los precipitados pestañeos, las mejillas sonrojadas o el pulso acelerado en su delgada muñeca. No le habría resultado demasiado difícil llevársela a la cama, y su cuerpo se tensó con sólo pensarlo. Pero no era el momento. Además, aún tenía a Neherenia, y Alexander era su prioridad. Por otra parte, no debía olvidar que Serena Tsukino era una mujer poco fiable. Como ella era la tutora legal de Alexander y coadministradora de los bienes del niño, casarse con ella facilitaría la protección de los intereses del niño y los suyos propios.

Desde la muerte de su padre, Darien había asumido de forma natural el total control de la compañía. Había tratado con rapidez y ecuanimidad las objeciones puntuales de varios primos lejanos que, a través de la herencia, tenían intereses en el negocio. Había tenido todo bajo su absoluto control hasta la aparición del nuevo testamento de Mina. De repente, la implicación de Serena Tsukino representaba una amenaza, si bien era cierto que sólo una leve amenaza. Pero él no era un hombre al que le gustase dejar nada al azar.

—Debes entender, Serena, que la única solución sensata pasa por nuestro sacrificio personal —ella estaba aturdida e intentaba por todos los medios que no se le notara—. Me dijiste que ahora no había ningún hombre en tu vida, y yo no tengo ningún compromiso, así que nadie más resultará herido… salvo Alexander si no nos casamos y le proporcionamos un hogar estable.

—Pero apenas, nos conocemos —repuso ella sin mucha convicción. Él pudo ver la confusión en los ojos de ella, y su boca dibujó una irónica sonrisa.

—Gracias a Mina, antes parecías pensar que sabías mucho sobre mí —un rubor de culpa tiñó las mejillas de Serena, lo cual no le sorprendió a Darien lo más mínimo, ya que tenía mucho de lo que sentirse culpable, pero controló su ira y continuó—: Por lo que a mí respecta, sé que eres buena para Alexander y no necesito más. Un matrimonio conveniente no es tan raro, y con la buena voluntad de ambas partes puede salir bien. Tenemos el incentivo añadido de Alexander para asegurar que nuestra relación será cordial.

Durante unos segundos, Serena permaneció estática observándolo. Resultaba innegable que la mirada de él denotaba un interés sincero. Quizás, después de todo, no era tan terrible como Mina lo había pintado. Serena no sabía qué pensar. No era de mucha ayuda que aún pudiera sentir el calor del muslo de él contra su piel, o el roce de su pulgar contra la palma de su mano. Entrelazo sus manos intentando controlar la velocidad de sus latidos.

—¿Un matrimonio de conveniencia, quieres decir? —se las arregló finalmente para hablar. Desde luego, se trataba de eso, y ella sabía que tenía sentido, pero entonces, ¿por qué se sentía extrañamente desalentada?

—Sí —contestó él con una determinación que no dejaba lugar a dudas—. Naturalmente tendremos que vivir en Grecia, ya que allí se encuentran las oficinas centrales de mi compañía. Pero no hay razón por la que no debas conservar esta casa y visitar a tus amigos de vez en cuando. Viajo al extranjero por negocios a menudo, así que eso no sería un problema.

Se levantó y la miró con un destello de cinismo.

—Y hay otro importante motivo por el que debemos casarnos. Cuando pasemos tiempo juntos con Alexander, lo que será inevitable, ¿qué pensaría la gente? Alexander es inocente y no comprende, pero las primeras palabras que salieron de su boca cuando nos conocimos fueron sobre el «tío» de su amigo. Ambos sabemos las connotaciones asociadas a tales relaciones, y yo no estoy dispuesto a exponerlo a ese tipo de especulaciones, máxime siendo ilegítimo. Sé que en tu país un hijo fuera del matrimonio es relativamente aceptable y cada vez más habitual, pero en Grecia aún es algo mal visto.

Un sentimiento de vergüenza y de culpabilidad le hizo a Serena ruborizarse.

—Nada puede cambiar las circunstancias del nacimiento de Alexander —dijo resignada—. Pero no había pensado en ello —añadió con voz dubitativa.

—Bueno, piensa en ello ahora, y dime que te casarás conmigo.

—No creo que fuera capaz de vivir conmigo si le fallara a Alexander.

—Bien, entonces eso es un sí.

Era un hombre alto, moreno y poderoso. Serena tuvo que echarse un poco hacia atrás para mirarlo de nuevo y sin mucha convicción asintió con la cabeza.

—Supongo que sí.

—Puedes dejármelo todo a mí— la tomó con su gran mano del brazo y tiró de ella hacia él. Antes de que pudiera decir nada, sintió la firme presión de la boca de Darien contra la suya. Ella percibió el suave olor de loción mezclado con un leve y masculino aroma a almizcle, y sintió el calor de aquel cuerpo envolviéndola y la sutil intrusión de su lengua entre sus labios. Perpleja, se tambaleó un poco como si una descarga eléctrica atravesase su cuerpo, y entonces súbitamente la liberó.

—¿Por qué lo has hecho? —preguntó ella cuando recobró el aliento, aún vacilante a causa del efímero abrazo.

—Acostúmbrate —esa vez la mirada que le dirigió no expresaba interés alguno, sino una fría determinación que ella encontró extrañamente amenazante—. Como tú misma has dicho, Alexander es un niño cariñoso, y para sentirse seguro con nosotros deberá ver algunas señales de afecto —su voz era distante y estaba teñida de ironía—. Además, podría servirte de práctica.

Serena, rabiosa, se sintió humillada. Así que Darien Chiba pensaba que ella no sabía besar. Teniendo en cuenta lo que indudablemente era su vasta experiencia con el sexo femenino, apenas resultaba sorprendente, pero entonces, ¿por qué se enfadaba Serena? Debería sentirse agradecida. Ahora sabía sin lugar a dudas que lo único que debía temer de su matrimonio de conveniencia era justamente aquello.

—Tengo que irme —dijo Darien interrumpiendo sus pensamientos—. Voy a pasar la noche en el hotel y debo hacer algunas llamadas —añadió impaciente, como si tuviese de pronto mucha prisa por marcharse—. Pero volveré por la mañana para ver a Alexander, antes de que los compromisos de trabajo me obliguen a regresar a Grecia. Pero estaremos en contacto. Concéntrate en empaquetar tus cosas, que yo me ocuparé de preparar todo para casamos en Atenas dentro de dos sábados.

—Pero hoy es jueves —exclamó Serena.

—No te preocupes. Te llamaré para comunicarte todos los detalles y volveré a tiempo para recogeros a los dos. Todo saldrá bien —aseguró antes de dirigirse hacia la puerta.

En ese instante alguien llamó varias veces al timbre. Era una llamada en código: uno, dos y uno otra vez. Darien Chiba se paró en seco. Se giró y, mirando a Serena, levantó las cejas inquisitivamente.

—Parece que tienes una visita tardía; se diría que estabas esperando a alguien —vio que Serena esbozaba una amplia sonrisa.

—Así es —respondió ella, caminando hacia él.

—¿Quién es?

—Se trata sólo de Seiya. Trabaja para la seguridad del hotel. Te acompaño a la salida y lo dejo entrar. Siempre hace un alto en su ronda para tomar una taza de té y comprobar que Alexander y yo estamos bien —explicó ella mientras pasaba hacia la puerta.

Dos minutos más tarde, Darien subía a su coche con expresión de pocos amigos. Que le despidieran de la casa de una mujer sin prestarle mayor atención mientras recibían a un joven y apuesto guardia de seguridad era una experiencia nueva para él, y desde luego no era de su agrado. No obstante, pensándolo fríamente, aquello era de esperar. Serena Tsukino era una veinteañera muy atractiva; lo lógico era que tuviera una vida sexual. Aunque había mentido al asegurar que no tenía ningún amante, lo que indicaba una vez más que no se podía fiar de ella. Pero, a fin de cuentas, ¿qué más le daba? No le costaría demasiado llevársela a la cama.

Él era ante todo un banquero, y siempre había conseguido lo que se había propuesto. Pronto tendría a Alexander en su casa y a Serena Tsukino como esposa. La fortuna de la familia estaría a salvo y su posición de liderazgo en Chiba International Bank sería indiscutible. Con un poco de suerte, podría incluso salvaguardar el nombre de su hermana.

Paró el coche y dio las llaves al muchacho del aparcamiento. Una sonrisa de implacable satisfacción sé dibujó en su rostro mientras entraba al hotel. La misma joven de antes estaba en la recepción cuando fue a pedir la llave.

—¿Encontró a Serena y a Alexander? —preguntó ella. La joven era simpática y obviamente algo chismosa. Darien se fijó en la tarjeta con su nombre y le ofreció una sonrisa llena de encanto.

—Sí, Tracy, los encontré. Serena estaba incluso más hermosa de lo que la recordaba; en cuanto a Alexander, es un chico fantástico —se inclinó ligeramente y añadió—: De hecho, te contaré un secreto. He pedido a Serena que se casara conmigo y ha accedido.

—¡Ay, qué romántico!

—Así es —Darien sonrió de nuevo, encargó la cena y se marchó. Una vez en su habitación, abrió su ordenador portátil y comenzó a revisar sus mensajes. Encontró uno de Neherenia desde París quejándose de su larga ausencia. Neherenia era un problema que debía resolver con rapidez, y para su sorpresa se dio cuenta de que se sentía aliviado con la idea.

Serena acababa de acompañar a Seiya a la puerta cuando sonó el teléfono. Escuchó asombrada cómo Tracy la felicitaba por su próxima boda. Chiba no había perdido el tiempo. Estaba tan estupefacta que asentía a todo lo que Tracy le sugería sin ni siquiera prestar atención.

Serena se fue a la cama desorientada. Las lágrimas empaparon la almohada cuando finalmente la realidad de la súbita muerte de Mina se le hizo presente. Con los ojos rojos y sin poder dormir, su cabeza no paraba de dar vueltas a la idea del matrimonio con Darien Chiba.

Tenía que estar loca para acceder a casarse. Las terribles noticias debieron de provocar temporalmente un cortocircuito en su cerebro, se dijo cuando los primeros rayos del alba iluminaban el cielo. Sin embargo, por mucho que quisiera, Alexander no era su hijo, y no podía casarse con Chiba sólo para conservar al niño. Cuando finalmente la venció el sueño, ya lo tenía todo más claro. Le diría a Darien Chiba que había cambiado de opinión.

—Venga, Alexander, cómete el yogur —aquella mañana el niño estaba más rebelde que de costumbre. Lo había lavado, vestido y sentado a la mesa de la cocina para que se tomara el desayuno, pero ella todavía no se había podido arreglar.

Al oír el timbre de la puerta Serena refunfuñó. ¿Quién sería el idiota que llamaba a las ocho de la mañana? Con Alexander a su lado, abrió la puerta y allí estaba Darien, con aire despierto y enérgico. Llevaba el mismo traje oscuro del día anterior, pero con una camisa y una corbata grises que le hacían parecer aún más imponente ante los ojos de ella. Alexander lo miró con recelo.

—Estoy desayunando.

Las palabras eran superfluas, ya que su boca estaba llena de yogur de fresa. Serena, tras los saludos de rigor y sin que el niño se diera cuenta, le dijo a Darien:

—Tengo que hablar contigo —una sola mirada era todo lo que necesitaba Darien Chiba para darse cuenta de que Serena había cambiado de idea.

—Yo me encargo de Alexander —propuso él en tono despreocupado—. ¿Por qué no te vistes y hablamos ahora? —entonces, tras darle a Serena un pequeño beso en la frente, sonrió bonachón al niño—. Y tú de vuelta a la cocina. No me vendría mal comer algo.

Quince minutos después, ya duchada, vestida con unos vaqueros y un suéter rosa de cachemira y con el pelo suelto, Serena entró en la cocina. Mientras tanto Darien, con una habilidad que Serena no hubiera esperado, había vencido el mal humor que Alexander tenía aquella mañana. En un golpe de ingenio, le había estado contando entretenidas historias de cuando Mina era niña, haciéndolo reír y calmando sus miedos. En sólo una hora, Alexander había recuperado su habitual carácter risueño, y absolutamente cautivado por su flamante tío, estaba charlando de forma muy animada con él.

Cuando Alexander se fue al servicio y por fin pudieron hablar a solas, ella se dio cuenta de que ya era demasiado tarde.

—Señor Chiba, en cuanto a lo que hablamos ayer, he cambiado de opinión. No quiero mudarme a Grecia ni quiero casarme con usted. Tendremos que encontrar alguna otra solución —se apresuró a concluir.

Darien posó sus ojos en ella y durante un instante guardó silencio. En la expresiva cara de ella había determinación, pero también algo más: un ligero miedo que era incapaz de disimular.

—Demasiado tarde —dijo con calma—. Ya le he dicho a Alexander que nos vamos a Grecia. Si quieres decirle que has cambiado de idea, que tú no quieres ir con él, está bien. Pero si lo haces, corres el riesgo de hacerle daño y, quizás, de perderlo para siempre, así que estás avisada.

—No tienes derecho a hacer eso —protestó.

Darien se puso de pie y la agarró del brazo.

—Tengo todo el derecho; teníamos un acuerdo —dijo con frialdad mientras la veía palidecer—. Soy un hombre de palabra. Tú, en cambio, como la mayoría de las mujeres pareces no entender ese concepto. Pero nos casaremos.

—¿Os estáis peleando? —preguntó una voz quejumbrosa, y los dos adultos se dieron la vuelta hacia donde estaba el niño. Darien fue el primero en reaccionar. Se puso en cuclillas y tomó a Alexander por los hombros.

—No. Estábamos hablando de nuestro futuro juntos —Serena no podía hacer nada sino observar y asentir mientras Darien le explicaba al niño que ella iba a casarse con él, y que ellos iban a ser sus nuevos padres y que todos Vivirían juntos en Grecia.

Para cuando Darien hubo terminado, no cabía duda de que Alexander era un muchachito cuyos sueños acababan de hacerse realidad, y que padecía un severo caso de culto al héroe.

No era de extrañar que Serena sufriera de un terrible dolor de cabeza fruto de la tensión. Aquel hombre la había chantajeado emocionalmente a fin de garantizarse su cooperación. Y aunque se resentía de ello con amargura, no había nada que pudiera hacer para impedirlo. Por fin, sintió un gran alivio cuando Chiba, tras insistir en concertar una cita para ella con el señor Kumada a la semana siguiente, se marchó hacia el mediodía aduciendo compromisos de trabajo.

¿Qué era lo que había hecho?


Bueno primero que nada. perdón por estar actualizando hasta ahorita, pero he tenido un día infernal...

sin mas que decir nos vemos el martes... que tengan una excelente tarde...

espero y me cuenten que les pareció la actitud de Darien, la verdad que en estos precisos momentos quiero matarlo... pero luego pienso... que haría después sin MI sexy dios griego y pues no me queda de otra que desistir de la idea...

hehhehe saluditos y besitos con sabor chocolate..

Sayo, y felices fiestas... OwO!


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